jueves, 3 de abril de 2025

"UNA FEALDAD AMERICANA". Antonio Muñoz Molina, El País 29 MAR 2025

Fran Pulido

El sistema penal estadounidense es un gulag de crueldad y pobreza que tritura a los seres humanos

La triste verdad de esta nueva cara grosera y represora de Estados Unidos es que no es nueva en absoluto. Ha estado siempre ahí, como lo está siempre la cara oculta de la Luna, aunque nadie la vea. Es difícil verla porque nos ciega la mirada el brillo de la riqueza y del poder, favorecido por una propaganda abrumadora que cae sobre nosotros de manera incesante, a cualquier hora del día o de la noche, en el cine, en la televisión, en los carteles publicitarios de las calles, en los millones de espejismos de las redes sociales. Prácticamente, todas las películas o series de más éxito son americanas e imponen su supremacía insolente sobre los canales de distribución y sobre las conciencias, que apenas reciben otros mensajes visuales, otras ficciones no regidas por la misma estética y los mismos valores. En los laterales de las paradas de autobuses rara vez falta el cartel de una película americana en el que aparecerá un o una superhéroe con la musculatura decorada de barras y estrellas, o bien un policía esgrimiendo una pistola, o un gañán de camiseta rota armado con una ametralladora futurista. En las cadenas de televisión, incluida La 1 de Televisión Española, todas las películas que se proyectan por la noche son melodramas de gente acomodada que viven en urbanizaciones con mucho césped o historias de policías o de ciencia ficción que tienen en común un efectismo visual extremo y una celebración permanente de la violencia, los coches, los helicópteros, las armas de fuego, todo ello aderezado por doblajes robóticos en los que la pobre lengua española es retorcida y desfigurada hasta convertirse en un calco patético del inglés.

El evanescente ministro de Cultura manifestó al principio de su mandato la intención de descolonizar los museos españoles. Yo le recomendaría que, de paso, emprendiera una descolonización bastante más difícil, que es la de la cultura, la vida y la lengua españolas. Admiramos y copiamos ese mundo, con mimetismo de súbditos de un poder imperial, y en realidad no sabemos cómo es. Sabemos cómo son las high schools con la bandera en las aulas y las taquillas en los corredores, cómo son las cenas familiares de Thanksgiving y de Navidad, los soldados que vuelven de la guerra con un uniforme a medida, las cheerleaders en los laterales de los estadios de fútbol americano. Y, como todo eso nos parece una realidad más atractiva y casi más verdadera que la nuestra, no podemos imaginar en qué medida todo es un gran decorado, una representación hecha por personas adiestradas desde la niñez para interpretarse a sí mismas, y para no ver lo que para ellas es preferible no ver: por una parte, la fragilidad o la pura mentira de las ficciones de entusiasmo y de éxito que la inmensa mayoría reverencia como una religión; y, por otra, la brutalidad y la negrura que están solo a un paso de las superficies luminosas que prevalecen en la cultura visual americana: mundos de penuria, miseria, abandono, de una crueldad social que para un europeo son inimaginables.

Decía Simone Weil que Hitler actuaba con los países invadidos de Europa como actuaban las potencias europeas en sus dominios coloniales. Viajeros con pasaportes de Canadá y de la Unión Europea reciben ahora en las fronteras de Estados Unidos un trato que se parece en algo, no en todo, al que sufren los inmigrantes que vienen de regiones mucho más pobres. Jasmine Mooney, una profesional blanca con pasaporte canadiense, despertó los recelos de uno de esos temibles funcionarios de Inmigración que al llegar lo examinan a uno de arriba abajo como si bajo su aire formal y amedrentado escondiera a un terrorista. Después de un breve interrogatorio, se vio arrojada a una celda minúscula en la que había otras cinco mujeres, y en la que la luz no se apagaba nunca. Le quitaron el cinturón y los cordones de los zapatos, además de todas sus pertenencias. La autorizaron a hacer una sola llamada de teléfono, pero ya nadie guarda números en la memoria. Bloqueada, aterrada, de pronto recordó el de una amiga, y le hizo una llamada de auxilio. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 2 de abril de 2025

"CULTIVAR LA FRICCIÓN". Lola López Mondéjar, El País 28 MAR 2025

Eulogia Merle
La etnógrafa Anna Lowenhaupt Tsing escribió en 2004 su ensayo Fricción. Una etnografía de la conectividad global. En él cuenta sus investigaciones en las selvas de Indonesia, cuando las comunidades locales se vieron invadidas por empresas que buscaban explotar el caucho, y el conflicto entre los campesinos, los ingenieros, los ecologistas y el Gobierno creó lo que llama zonas fronterizas que, afirma, provocan salvajismo, entremezclan visiones, hiedras y violencia. Sin embargo, Tsing señala cómo esas zonas de fricción son también un territorio rico para que aparezca lo nuevo, algo que habrá que aprender a regular juntos.

Una rueda, observa, gira debido a su roce con la superficie de la carretera; si girara en el aire no iría a ninguna parte. La fricción es indispensable para su movimiento.

Exportando el concepto a las relaciones entre sujetos, toda interrelación humana, individual o grupal, incluye una fricción de la que surge una zona fronteriza, una zona de compromiso incómodo, siguiendo a Tsing en su trabajo, donde aparecen lo salvaje, el inconsciente, los fantasmas de cada uno de los implicados, la explosión de un conflicto que puede acabar con esa relación o producir algo nuevo. En definitiva, el inevitable choque con los otros no tiene por qué ser destructivo, sino creativo y fecundo.

Sin embargo, ya en 1976, Nils Christie, sociólogo y criminólogo noruego, en su famoso artículo Los conflictos como pertenencia subrayaba cómo la criminología ha arrebatado la gestión de los conflictos a las personas directamente afectadas por ellos para desplazarlos a los tribunales, a distancia incluso del lugar donde se produjeron los hechos objeto de controversia. Para Christie, los conflictos deben ser usados por quienes se vieron envueltos en ellos, ya que, de no ser así, perdemos las oportunidades pedagógicas que nos aporta su abordaje conjunto.

El neoliberalismo trajo de la mano un individualismo feroz cuya consecuencia, entre otras, ha sido que los seres humanos signifiquemos cada vez menos los unos para los otros. Los rituales de duelo, más rápidos que nunca, son un ejemplo de cómo la muerte de un semejante no se convierte apenas en un acontecimiento, y queda rápidamente zanjada y engullida por la aceleración de la vida, con sus múltiples y urgentes ocupaciones. El semejante se ha convertido en un otro funcional; hemos mercantilizado y ludificado (gamificado) las relaciones humanas, de modo que el otro es valioso si encaja en mis expectativas, y puedo borrarlo y olvidarlo si no las cumple. Entrar en la fricción supondría, sin embargo, un reconocimiento intersubjetivo que implica que el semejante me importa, que estoy dispuesto a invertir mi tiempo en él, a dialogar con él a pesar de nuestras diferencias. Pero hoy pedaleamos en el aire ensimismados, sin avanzar, o corremos de acá para allá como pollo sin cabeza. El anhelo de no fricción, exportado de las formas de funcionamiento de las aplicaciones digitales, orgánicas, intuitivas, sin fricción, se ha encarnado en nuestras expectativas sobre la comunicación humana, y nos aleja de los otros.

La irrelevancia en que hemos quedado reducidos para el capitalismo extractivista, que nos toma, cual minerales, como materia prima para extraer nuestros datos hasta vaciarnos de singularidad, conduce a un devenir indigno del mundo, pues el valor de la vida humana se ha devaluado, y las instituciones que deberían protegerla se disuelven en un tecnocapitalismo que ha visto en la ultraderecha su perfecto aliado. El devenir negro del mundo, en palabras de Achille Mbembe, que apunta a que “la distinción entre el ser humano, la cosa y la mercancía tiende a desaparecer y borrarse, sin que nadie —negros, blancos, mujeres, hombres— pueda escapar de ello”, se impone, y tratados como cosas nos desvitalizamos, nos cansamos, mientras crece la desafección política. CONTINUAR LEYENDO

"UNA FEALDAD AMERICANA". Antonio Muñoz Molina, El País 29 MAR 2025

Fran Pulido El sistema penal estadounidense es un gulag de crueldad y pobreza que tritura a los seres humano s La triste verdad de esta nuev...