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martes, 27 de octubre de 2026

"EXILIADOS: ESPAÑA HA MUERTO". Paco Cerdá, El País

Varias personas esperan a la entrada del Consulado de España
en Ciudad de México

Hace 20 años no ocurrió nada cuando la Ley de Memoria Histórica reconoció el derecho a la nacionalidad a los descendientes de los españoles. Ahora sí

I. Iba Cernuda por una calleja de Londres y una sombra lo seguía. El poeta sevillano acababa de llegar al exilio, ese mundo sin raíces lleno de cartas por escribir y recuerdos que llorar. Atrás quedaba su tierra sangrante y en ruinas mientras él se preguntaba qué puede el hombre contra la locura de todos.

La guerra no terminaba, la posguerra no empezaba y a la paz no se la esperaba. En ese paréntesis cargado de monstruos, Cernuda, romántico apasionado, que en el 36 luchó voluntario en la sierra de Guadarrama con un fusil al hombro y un tomo de Hölderlin en la chaqueta, que en el 37 gritó contra el fascismo entre el coro de escritores antifascistas que acudió a España para intentar salvar a Europa, en aquella noche del 38 arrastraba sus pasos exiliados por una calleja de Londres mientras una sombra lo seguía.

La sombra era misteriosa. Un hombre. Caminaba solo, lento, fatigoso, como cargando el peso de su tumba. Al llegar a su altura, aquella sombra espectral le dijo al poeta: “¿España? Un nombre. España ha muerto”.

II. Los nietos de los exiliados no votarán en las próximas elecciones españolas. No lo ha querido la derecha y la ultraderecha, no lo ha permitido el Supremo, no lo ha impedido el Constitucional. Hace 20 años no ocurrió nada cuando la Ley de Memoria Histórica reconoció el derecho a la nacionalidad a los descendientes de los españoles salidos de nuestro país entre 1936 y 1955. Ahora sí. Hoy se habla de trampa, de fraude, de pucherazo. Y es lógico: el panorama es muy distinto. El ambiente está polinizado de odio y todo lo malo enseguida germina.

No voy a hablar del voto, con todo el simbolismo que tiene que tantos nietos de exiliados queden castrados de voz ante el probable regreso de la ultraderecha al poder del Estado que expulsó a sus familias. Lo que siento es pena por asistir a esta venganza cometida sobre una vieja venganza. Por la dolorosa humillación que supone. Por la segunda expulsión que se comete contra los exiliados. Por la inhumanidad con la que algunos hablan de ellos. Por la frialdad con la que se piden papeles acreditativos. Vuelven a ser culpables hasta que no demuestren lo contrario. Sísifos errantes.

Desde Chile me escribe Beatriz Lorenzo. A sus padres españoles los expulsó el exilio. También ella tuvo que exiliarse en España en los terribles años de Pinochet. Ida, vuelta, y así va la Historia aunque lo olvidemos. Pero Beatriz me aconseja que no busque conmover. Yo no creo, me dice, que esta mezquindad se entienda mejor a través de la historia triste de un nieto que va a ser despojado de su derecho a voto. Se entiende a partir del justo derecho —en justicia, no en legalidad— a poder heredar sus nietos la nacionalidad, con todos sus deberes y derechos, del país que los expulsó. Que los centrifugó a los cuatro vientos a partir de una victoria que no llevó paz sino venganza. A los que se fueron de España entre 1938 y 1948, me dice, los echó la guerra y la venganza. A los que se fueron hasta 1960 los echó el hambre. ¿Qué hay que demostrar?, me pregunta.

III. El tiempo fue pasando para Luis Cernuda. También las cartas, y los recuerdos, y las chinchetas negras en el negro mapa de su exilio. París, Londres, Glasgow, Cambridge, Oxford, Surrey. Massachusetts, Los Ángeles, Berkeley, Ciudad de México.

Su voz es la voz del exilio español más culto, consciente, profundo. Pero hubo otros exiliados, los sin nombre. Pensaba en ellos esta primavera al acariciar en Buenos Aires las altas puertas del Gran Hotel España. Debajo de su letrero rojo y en medio de aquel vestíbulo estrecho, tan oscuro, tan de calle sin sol, podía imaginar maletas, esperanzas, desilusiones, pérdidas, fríos, melancolías, una herida viva y al otro lado olvidada. Amargos los días de una larga espera.

Seguro que sus historias eran mejores que la de Cernuda. Pero Cernuda tenía la voz. Y con esa voz escribió: “Ellos, los vencedores, Caínes sempiternos, de todo me arrancaron, me dejan el destierro”. Con esa voz, encallada por tanto dolor, a España le advirtió: “Un día, tú ya libre de la mentira de ellos, me buscarás. Entonces, ¿qué ha de decir un muerto?”.

Ya han pasado 90 años. Puede que España recuperase su libertad. Puede que haya simulado recobrar su memoria. Sin embargo, lo que nunca ha apaciaguado es el tormento del exilio. Nunca ha saldado esa deuda. Hay deudas imposibles de saldar.

Un día me buscarás, dijo el poeta.

Qué macabra ironía. A los exiliados y a sus descendientes los busca España ahora. Con un desprecio ideológico freudiano. Con saña administrativa.

Qué metáfora tan brutal: los busca ahora, cuando la calleja se va haciendo más y más oscura. Justo ahora, cuando solo un giro del destino podría apartarnos de esa niebla fanática que el exilio sabe leer.

Hay catástrofes futuras que se avistan mejor desde el pasado. A veces alguien, una sombra, un poeta, viene de allí para susurrarnos España ha muerto.

jueves, 25 de noviembre de 2021

Transterrados: los obligados a irse de sí mismos. Un artículo de José M. Portillo publicado en Crónica Vasca el 25.11.2021

No sabemos cuántos, dónde fueron, cómo rehicieron sus vidas… No sabemos prácticamente nada y, lo que es más preocupante, tampoco parece importarle mucho a nuestras autoridades públicas

Con este adjetivo de uso tan poco habitual, la Fundación Fernando Buesa ha titulado su reciente simposio, el número diecinueve, de estudios relacionados con la violencia política y sus efectos en la sociedad vasca. Interesaba atender un capítulo prácticamente desconocido del que fue uno de los efectos más nocivos del terrorismo ultranacionalista vasco: la salida forzada de Euskadi y la búsqueda de arraigo en otros lugares de personas que ya sufrían otras formas de violencia. No sabemos cuántos, dónde fueron, cómo rehicieron sus vidas… No sabemos prácticamente nada y, lo que es más preocupante, tampoco parece importarle mucho a nuestras autoridades públicas. No hay en la historia vasca reciente un fenómeno más relevante de abandono del país por motivos políticos y, sin embargo, en el potente, y muy bien financiado, programa del Gobierno vasco para el estudio, atención y mimo de lo que denominan “diáspora” vasca no hay ni una rendija para atender este fenómeno, ni siquiera para estudiarlo.

Es asunto que requiere urgente atención por varios motivos que estas jornadas han puesto suficientemente de relieve. Muchas de esas historias, las que hemos podido oír estos días en Vitoria, comenzaron con un grito de dolor por el anuncio de un asesinato, con una bomba fallida que podría haber matado a una familia, con una voz al otro lado del teléfono que hablaba de nombres en una lista: son víctimas del terrorismo forzadas a irse de su ciudad, de sus familias y amigos, de sus trabajos, son víctimas a las que se forzó a irse de sus vidas. Los transterrados fueron víctimas, en fin, que fueron forzadas a alejarse de sí mismas en la medida en que se iba el yo para buscar una nueva circunstancia.
Esto es tan dramático como desatendido por unas autoridades que, como digo, dedican miles de euros a vascos que se fueron de Euskadi. Esa sería la primera reparación, la de urgencia, abrir un registro (como el que se ha hecho para víctimas de la violencia policial ¿ven como si se quiere se puede?), ponerse en contacto con ellos, preguntarles, aunque sea decenas de años después, si necesitan algo de esta sociedad vasca, vindicarles públicamente y tratar de sanar en la medida de lo posible el daño causado.

Muchos de ellos han rehecho vidas por otros rumbos y han procreado fuera de aquí otras generaciones, que se verán lógicamente más de esos lugares que vascos, pero que, lo hemos podido oír también estos días en Vitoria, siguen considerando Euskadi como referencia esencial en sus vidas. La mayoría no querrá volver a transterrarse para regresar, como es lógico, pero eso no quiere decir que no desearían tener más presencia entre nosotros. Lo dijo alguien que, dirigiendo el periódico más importante del país, se fue de Euskadi sin una despedida pública, sin una miserable palmada en la espalda de quien estaba al mando de este trozo de Estado. José Antonio Zarzalejos ejemplifica muy bien al transterrado que se difumina hasta desparecer del espacio público, que es, justamente, lo que buscaban quienes le forzaron con violencia a irse. Zarzalejos habló este lunes, por fin, en Vitoria y lo hizo para ofrecer nombre y persona para lo que sea menester a ese mismo trozo de Estado que le ignoró en su trasnterramiento.
Pero estos transterrados vascos, estos forzados a abandonar el país, necesitan, a mi juicio algo más y de alguien más. La bomba, el tiro a su familiar, el secuestro, la carta de extorsión, todo eso era obra de ETA, o llevaba su sello o reivindicaban con orgullo la ekintza. Sin embargo, en el proceso que lleva al transterramiento ese era solamente el punto final, la consecuencia de no haber obedecido antes las órdenes: calla, paga, deja tu profesión, vete. Había momentos previos a ese paso final y fatal. Varias periodistas se han referido también a ello esta semana en Vitoria: amenazas en ruedas de prensa, señalamientos con nombres y apellidos en la prensa adicta, pintadas con dianas frente al domicilio, cartelería insultante. Todo ello tenía la finalidad de anular cualquier competidor en el espacio público, silenciar al contrincante, impedir su libertad de escribir. Por supuesto que se partía de un presupuesto diferente que no veía a aquellas personas como contrincantes políticos sino simplemente como enemigos a los que abatir. El cantante Imanol, como recordó Felipe Juaristi, es el epítome de todo ello: el ultranacionalismo lo convirtió en enemigo y se le sometió a un borrado literal del espacio público hasta que murió lejos y solo.

De esas fases previas que llevaban al transterramiento no se ocupaban los de las pistolas sino los del atril. Tiene tanto nombre como ETA: Herri Batasuna, Euskal Herritarrok, Jarrai, Ikasle Abertzaleak. Ni una sola palabra se les oyó entonces de reprobación o repudio del asesinato de sus contrincantes políticos ni de que otros tuvieran que abandonar la esfera pública vasca para sobrevivir. Todo lo más, aprovechaban la ocasión para decir cuánto sufrían ellos, los del atril y los de las pistolas. No pocos de aquellos dirigentes lo siguen siendo hoy de Sortu y siguen con atril a su disposición, ¿alguien les ha oído decir algo de su propia actitud ante el asesinato o el transterramiento de sus contrincantes políticos? Ni en la intimidad.

"HIPÓCRITA HOMENAJE A LA VIRTUD". Aldo Conway, elDiario.es

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