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sábado, 24 de enero de 2026

"LA PERSONA Y EL ESPEJO". Luis García Montero, infolibre.es

En este tiempo de crispación, prisas, mentiras, invitaciones al odio, ley del más salvaje, sálvese quien pueda y el último que cierre la puerta, el pseudoperiodismo y el envilecimiento de algunos medios de información hacen su agosto en el invierno democrático. Cuando asisto al espectáculo del todo vale en el decir y en el comportarse, me acuerdo con frecuencia de Baudelaire. Su magisterio nos enseñó a los poetas contemporáneos que, al escribir, hay que mirarse a uno mismo. No basta con escribir, hay que saber dónde se escribe y qué lugar ocupa uno al escribir. Baudelaire nos enseñó que hace falta mirarse, vigilarse, comprenderse. Uno de sus poemas más conocidos, El hombre y el mar, empieza con una afirmación tan rotunda como engañosa: “Hombre libre, siempre adorarás el mar”.

La libertad se pone en relación con el mar de manera inmediata gracias a las navegaciones, las aventuras, las distancias, los vientos, los mástiles y las orillas. El pirata de Espronceda tardó poco en romper el yugo del esclavo a despecho de los ingleses. Celebró el tesoro de su barco y su devoción por la libertad. Pero a Baudelaire le gustaba observarse, ser conflictivo, y no se detuvo en el velero bergantín que, viento en popa y a toda vela, cortaba las aguas del uno al otro confín. Baudelaire hizo también del mar un espejo para contemplar su propia imagen, su alma, las turbiedades.

Mirarse al espejo resulta algo poco complaciente. Además de las arrugas y el paso de los años, además de los defectos que nos apuntan o nos despuntan en la superficie, la profundidad del alma hace acto de presencia en la mirada, con sus torbellinos, sus abismos y las sangrías interiores. Cuando uno tiene al alma más o menos tranquila, la mirada del espejo es llevadera. Pero supongo que debe ser difícil convivir con el espejo cuando uno es un corrupto, y no sólo por haber robado, sino por haberse convertido en un vasallo de los rencores o las diversas formas de estercolero que están hiriendo la democracia a través de la crispación, los egoísmos y los bulos.

En la prisa de los tiempos que marcan el pseudoperiodismo y los teleoligarcas, pienso más en los mentirosos que en sus víctimas cuando veo que alguien firma con su nombre y lanza un bulo hacia otra persona. Es el infame quien merece un sentimiento de compasión. Todo va tan rápido que las mentiras tardan un día en diluirse para dar paso a otros bulos nuevos, otros insultos que reclama la crispación. La infamia hoy es un recurso de actualidad. Te pueden llamar ladrón, derrochador, pesebrero, corrupto, cualquier cosa, y los ataques hacen poco daño, porque las acusaciones tardan poco en desaparecer cuando no hay debajo de ellas ninguna verdad. El insulto del lunes desaparece en el griterío del miércoles. Uno puede hasta reírse de las invenciones ajenas.

Pero supongo que otra cosa distinta debe ocurrir en los ojos del pseudoperiodista cuando se mira en el espejo y empieza a observar su alma en las profundidades marinas de la intimidad. La lógica de la mezquindad ha asaltado la información, muchos profesionales se han visto obligados a olvidarse de su dignidad para ponerse al servicio de los millonarios que no quieren pagar impuestos y buscan gobiernos sometidos. La comunicación subvencionada puede hacer hoy presidente a un violador, a un señor impúdico o a una señora capaz de degradar la sanidad pública y las residencias de ancianos para enriquecer a su novio. Todo es así, y ya es una afligida costumbre.

Pero sobre las costumbres y las superficies está la propia imagen: ese soy yo. Mirarse al espejo después de mentir, informar en falso y acusar con infamias a otra persona no debe ser fácil. Si pensamos en la intimidad de quien se coloca delante del mar o de un espejo, las mentiras acaban por hacer más daño al mentiroso que a su víctima. Tal y como va el mundo, las personas decentes pueden incluso reírse ante las noticias y acusaciones descalabradas que inventa la prensa estercolero. Mucho más difícil debe ser ensuciar el propio nombre en la firma de una calumnia. Uno empieza obligado por las circunstancias y acaba interiorizando la basura del estercolero en el que le ha tocado trabajar. Los rencores, los fracasos y los abismos devoran la existencia de las noches y los días. Más que adorar el mar, como el poeta de Baudelaire, este rebaño acaba hundido en el infierno de su propia mezquindad. Las miserias particulares infectan lo público tanto como la miseria pública infecta las vidas privadas. La desinformación es una de las grandes heridas de la democracia.

lunes, 26 de mayo de 2025

Iñaki Gabilondo: "Feijóo debe temer más a Ayuso que a Vox". Entrevista de Henrique Mariño, publico.es 21/05/2025

El histórico presentador de 'Hoy por hoy' reflexiona sobre el periodismo, la ultraderecha, el capitalismo, el futuro de la izquierda o la crisis del pensamiento utópico progresista.

Iñaki Gabilondo (San Sebastián, 1942) es un grande de la radio. No el más grande, porque Luis del Olmo mide uno noventa. El histórico presentador de Hoy por hoy, el programa de la SER que logró desbancar a Protagonistas como líder de audiencia, se reencuentra con su antaño competidor y siempre amigo en la Biblioteca Nacional, donde han inaugurado el ciclo Periodismo. La profesión va por dentro. Iñaki no echa de menos la emisora, pero Gabilondo se enzarza imaginariamente con los tertulianos cuando sintoniza la cadena.

¿Cuándo fue la última vez que sintió que le gustaría estar en el estudio?

No he tenido esa nostalgia. Yo me fui casi convencido de que ya hubiéramos debido quitarnos de en medio mucho antes, porque tenía una cierta sensación de pelmazo [risas]. En cambio, muchas veces he tenido la sensación de participar: a menudo me veo a mí mismo de pronto discutiendo con los contertulios o con los presentadores de los programas. Vamos, que ya era muy mayor cuando me quité de la radio por última vez y estaba un poquito harto de mí.

En cambio, se fue de la radio, pero se metió en la tele.

Eso fue un regalo de la vida que no puedes rechazar. Que te permitan hacer entrevistas con cuatro cámaras a científicos por todo el mundo (Singapur, China, Stanford, Harvard...) es un premio enorme.

En Cuando ya no esté (Movistar) pretendía explorar el futuro. ¿Qué se ha adelantado en este mundo antes del horizonte que fijó en 25 años?

Yo estaba queriendo ver qué se estaba moviendo por ahí. Y cuando regresaba, algunas veces descubrí algo muy importante: había ido buscando una respuesta a la pregunta de “qué va a pasar” y me encontré con que la pregunta era equivocada. No es qué va a pasar, sino qué vamos a hacer.

Todos los científicos que me hablaban de las novedades con las que trabajaban y que anunciaban un futuro muy especial, cuando yo les preguntaba "¿qué va a pasar?" se sentían un poquito molestos y venían a decir: "Nosotros vamos a colocar sobre la mesa de la sociedad un montón de posibilidades, pero a vosotros os toca [aportar las] reflexiones de corte jurídico, político, ético, etcétera, y de ahí se derivará una cosa u otra".

O sea, "no os sacudáis el bulto de esta forma tan alegre", como vemos que ocurre cuando la gente mira al futuro como si fuera un hecho que va a ser una particularidad geológica que se va a producir al margen de nosotros, o como si la ciencia fuese a dejar resueltas las cosas. No, la ciencia va a dejar una montaña de posibilidades y de interrogantes que el ser humano tendrá que responder.

El periodismo ha cambiado y estamos asistiendo al fin de una época. Quizás también al ocaso de su público tradicional, cada vez de mayor edad en algunos soportes, lo que podría darnos alguna pista sobre el futuro del sector y hacernos reflexionar sobre los ingresos por las ventas o las suscripciones, entre otras cuestiones.

Se ha perdido mucho la esperanza. Es decir, si vamos viendo el ciclo de mi vida, el recorrido de la gente de mi edad y de mi generación, de la ilusión enorme que tuvo cuando llega la democracia, el encuentro con la realidad ha resultado en ocasiones llenos de altibajos, pero siempre con una especie de inclinación declinante que en los últimos últimos tiempos ha producido un "esto es lo que hay y no hay manera humana de soñar con otra cosa".

Es la primera vez que no existe un pensamiento utópico progresista. El único pensamiento utópico que hay es regresivo. O sea, los únicos que sueñan con algún futuro son los que sueñan con el pasado. Quieren que el pasado regrese. Ese es el único futuro que ahora calienta los corazones de la sociedad. El pensamiento que anteriormente alimentaba un "otro mundo es posible" ha dado por imposible cualquier otro mundo.

Mucha gente no lo dice, a lo mejor tampoco lo ha llegado ni siquiera a interiorizar, pero tiene la sensación de que se ha construido un juego de poderes de tal magnitud que está fuera del alcance de las posibilidades de la sociedad, y de que estamos inexorablemente arrastrados por una corriente que impone su ley con autoridad. El pensamiento ha perdido gas, ilusión o esperanza.

Insisto, es la primera vez que no veo en el horizonte un pensamiento que sueñe. Lo único que veo en el horizonte es el sueño de los que quieren regresar al pasado. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 7 de octubre de 2024

"GAZA: OCCIDENTE NO SE ENTERA DE NADA". Pankaj Mishra (Jhansi, la India, 1969) es escritor. Texto del discurso pronunciado por Pankaj Mishra, galardonado con el Weston International Award, en el Royal Museum de Ontario (Canadá), el 16 de septiembre, El País 06 OCT 2024

Ilustración de Sr. García sobre una foto de un campamento
bombardeado en Nuseirat, Gaza, tomada por Emad El Byed.
“En el principio fue la prensa y después apareció el mundo”, escribió Karl Kraus en 1921. La alusión bíblica no era una floritura retórica. En una era apocalíptica, el escritor austriaco —seguramente el primer gran analista de los medios de comunicación— tenía motivos para creer que el periodismo había dejado de ser un filtro neutral entre la imaginación popular y el mundo exterior y había decidido construir una nueva realidad.

Kraus había refinado su crítica durante la I Guerra Mundial, cuando empezó a culpar a los periódicos de estar agravando el desastre sobre el que debían informar. “¿Cómo es posible que se esté empujando al mundo hacia la guerra?”, preguntaba; en su opinión, el origen de la guerra fundacional del siglo XX estaba en el hundimiento de las facultades cognitivas e imaginativas en todo el continente que había provocado la prensa y que facilitó que las naciones europeas cayeran en la trampa de una guerra que no supieron prever ni detener. “Gracias a décadas de práctica”, escribió, “[el periodista] ha creado en la humanidad tal falta de imaginación que es capaz de enzarzarse en una guerra de exterminio contra sí misma”.

Puede parecer fácil despreciar, desde nuestra perspectiva privilegiada y bien informada, el mundo provinciano de las publicaciones periódicas vienesas contra las que despotricaba Kraus. Sin embargo, ahora que se extienden, imparables, unas guerras encarnizadas en Europa y Oriente Próximo que amenazan con convertirse en conflagraciones más amplias y están desgarrando el tejido de varias sociedades, la crítica de Kraus al cuarto poder, el llamado pilar de la democracia, no solo es más pertinente, sino que resuena como un análisis general de la decadencia de las instituciones democráticas en Occidente.

La fragilidad innata de esas instituciones la vieron hace mucho tiempo los súbditos asiáticos y africanos de los colonialistas europeos. Mohandas “Mahatma” Gandhi, para quien la democracia era literalmente el gobierno del pueblo, insistía en que, en Occidente, era pura teoría. No podía ser una realidad mientras “persista el inmenso abismo entre los ricos y los millones de personas hambrientas” y los votantes “se dejen guiar por sus periódicos, tantas veces deshonestos”.

Hoy, una evaluación así de contundente llegaría a la conclusión de que la deshonestidad de gran parte de los medios digitales que trafican con bulos y teorías de la conspiración es sistemática. La prensa tradicional, que suele estar en manos de grandes magnates, mantiene su pretensión de tener una responsabilidad política y ética, de ser una luz en esa oscuridad en la que supuestamente muere la democracia. Pero las pruebas de su ineptitud e incluso su carácter corrupto no han hecho más que acumularse de forma siniestra en las tres décadas que llevo dedicado al periodismo. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 7 de octubre de 2022

"PROTEGER EL FUEGO DE PROMETEO". Por Olga Rodríguez Colaboradora de elDiario.es

No son solo unas manzanas podridas ni hechos aislados. El periodismo sufre una descomposición en demasiados lugares. Este oficio olvida a menudo que lo que tiene entre manos –la información– no es una mera mercancía, sino un derecho fundamental, un pilar básico de las sociedades libres y democráticas; que su tarea principal es ser consciente de la gigantesca responsabilidad social que implica escoger qué noticias se difunden y cómo se enfoca esa información. Ese cometido exige enormes dosis de ética, de compromiso, de sentido del deber.

Sin embargo, observamos diariamente cómo proliferan formatos que conceden la misma credibilidad a la verdad y a la mentira, que sitúan al mismo nivel los argumentos a favor y en contra de los derechos humanos y que otorgan espacios privilegiados a los discursos deshumanizadores y de extrema derecha. Nada de la última década puede entenderse sin el papel que ha jugado ese tipo de periodismo.

Una sociedad mal informada es fácilmente manipulable. Lo saben bien quienes abusan de sus privilegios para tergiversar, falsear o practicar esa nociva equidistancia. Son sujetos que desprecian el concepto democrático del periodismo y que se sienten embriagados por la idea de actuar como una elite que nos guía y moldea, que influye y confecciona consensos encumbrando los debates artificiales y enterrando asuntos urgentes de la actualidad.

El periodismo de los despachos y las alfombras rojas padece tortícolis de tanto mirar hacia arriba mientras olvida la terca realidad existente fuera de su burbuja. Considera a la masa receptora como un rebaño desconcertado (Walter Lippmann ‘dixit’), dúctil y maleable que toma los caminos que se le señalen. Aspira a tutelar a las masas con un poder similar al que sustentaba la Iglesia en la Edad Media. Y a menudo lo consigue.

En nuestro país hay tipos que dicen ejercer el periodismo y que presumen de que los presidentes del Gobierno pasan mientras ellos permanecen en sus puestos directivos, marcando pautas con más poder que aquellos que son elegidos en las urnas. El poder periodístico sin ética y sin cultura democrática genera delirios de grandeza y normaliza psicopatías voraces. Quienes abusan de sus batutas y se excitan con ellas consideran imbéciles a quienes luchan por un periodismo digno, a quienes no usan cauces privilegiados para enredar, manipular y enriquecerse de forma deshonesta.

Ante ello, el reto que se nos presenta es urgente. Debemos reivindicar más autocrítica en la profesión y dejar de temer –o incluso de admirar– al periodismo mercenario. Como escribió Primo Levi, “siempre nos queda la facultad de negar nuestro consentimiento”, de evitar participar en dinámicas que dañan la convivencia y la democracia. Es posible ensanchar la mirada, defender la decencia, señalar la injusticia, reivindicar la palabra precisa, preservar la verdad.

El sentido del periodismo es denunciar los abusos del poder, no entregarse a ellos. Como Prometeo, nuestra razón de ser como periodistas es robar el fuego de los dioses para entregárselo a los humanos, arriesgándonos al castigo de Zeus. No estamos aquí para satisfacer a los señores del Olimpo.

domingo, 9 de enero de 2022

"EL PERIODISMO MATARÁ LA DEMOCRACIA". Por Antonio Maestre en elDiario.es el 8.01.2022

El periodismo ha dejado de ser útil a la democracia para convertirse en su mayor lastre al quedar subyugado a los intereses de cualquier jerarca con mucho dinero y poca moral

Los periodistas solemos tenernos en alta estima. Cuando alguien nos ataca salimos en comandita corporativista gritando la proclama de "Sin periodismo no hay democracia" creyendo que somos los guardianes de la lucha contra el totalitarismo. Pero no es cierto, si hay que trazar un retrato robot del periodismo estamos más cerca de ser el mayor peligro para las democracias liberales que su cancerbero protector.

El asalto al capitolio se pudo dar por las mentiras de un presidente que un ecosistema mediático favorecía, promovía y creaba. La opinión pública estaba completamente intoxicada por una mayoría mediática a favor del poder y que no dudaba en manipular y difundir bulos en la mayoría de los casos y otros muchos que mostraban una posición de tibieza y cobardía ante lo que implicaría enfrentarse de manera frontal a un presidente sin escrúpulos para ejercer su poder de manera déspota. El resultado de esa distribución mediática es que el 68% de los republicanos cree que a Donald Trump le robaron las elecciones, y eso no se puede conseguir con una cuenta de Twitter escribiendo en mayúsculas, es necesario que exista una FOX y un ecosistema mediático que prime el poder de los de su ideología a la verdad, el rigor y la honestidad.

No hace falta irse a EEUU para comprobar lo que sucede cuando la mentira y la desinformación arraigan en la ciudadanía para que no se puedan tomar decisiones acertadas. Estos días hemos visto cómo se ha mentido para que Alberto Garzón parezca que ha criticado al sector ganadero español. Es posible que muchas personas, incluso algunos ganaderos con explotaciones extensivas, a los que defendió, hayan creído que eso ha sucedido. Esa es una de las razones para instaurar un bulo en el imaginario colectivo, atraer a votantes con engaños que por la vía de los hechos jamás serían suyos. La mentira tiene potencial de arma de guerra en tiempos de paz, un mecanismo de destrucción masiva que sirve para exonerar de responsabilidades a criminales o negligentes, por eso es posible que haya más gente que crea que Pablo Iglesias fuera el responsable de las residencias en lo peor de la pandemia en vez de Isabel Díaz Ayuso. El periodismo ha dejado de ser útil a la democracia para convertirse en su mayor lastre al quedar subyugado a los intereses de cualquier jerarca con mucho dinero y poca moral.

El periodismo solo es un poder más completamente intoxicado por las dinámicas que emanan del capital, habrá medios más decentes y periodistas en quienes ustedes confíen, pero no se engañen, si los periodistas estuviéramos representados en un hemiciclo con 350 escaños más de 300 estarían copados por la derecha y la extrema derecha. Ese es el entorno mediático en el que nos movemos y hasta que no rompamos el tabú y asumamos que es necesario afrontar una reforma legal que equilibre la balanza mediática valdrá mucho más en política la mentira de la reacción que todas las buenas medidas, certezas, verdades y el rigor científico de cualquier propuesta de este gobierno o cualquier otro que no sea el que creen que les pertenece. No importa la verdad cuando no hay nadie que la diga para que alguien la pueda escuchar, si la democracia muere en el siglo XXI el que le dé el tiro de gracia será un periodista.

"LA OBSCENA ISLAMOFOBIA". Adolfo Estrella, infoLibre.es

El odio al islam como nuevo sentido común reaccionario Aumentan en España los episodios cotidianos y mediáticos de rechazo al islam, focaliz...