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sábado, 25 de abril de 2026

"AVERROES, UNA OPORTUNIDAD PARA LA RAZÓN". Carmen Calvo Poyato, Emilio González Ferrín, El País

El pensador medieval cordobés sigue vigente en la España actual porque plantea algo muy actual: cómo convivir en una sociedad diversa sin renunciar a la razón ni a las creencias

Se cumplen 900 años del nacimiento del cordobés Averroes (1126-1198), el pensador andalusí cuya obra pasó desapercibida en el espacio islámico y fue prohibida en el París de 1277, cuando el obispo Étienne Tempier incluyó el averroïsme entre las 219 proposiciones condenables por atentar contra el statu quo institucional eclesiástico, fundamento de la enseñanza superior europea de sus tiempos. El pensamiento de Averroes, a través de sus traducciones latinas, había inundado las artes liberales francesas y se presentaba como una oleada de racionalismo radical, contra los efectos de la cual se exigiría en Europa una inicial declaratio fidei, en cada obra hecha pública, en la que se constatase que la verdad está siempre del lado de la fe y que la filosofía no puede discutirla. Es decir, la negación explícita de Averroes y sus postulados más destacados: que el cometido de la filosofía es hacer preguntas que nos encaminen hacia lo verificable, y que la fe no tiene el monopolio de la verdad. Nunca abominó Averroes del hecho religioso, sino que simplemente lo ubicó en el terreno de lo emocional, si bien apuntando maneras literarias de gran interés a la hora de comprender los postulados de la fe: si hay algo inexplicable en ella, algo incoherente, absurdo, imposible, es porque debemos entender su entramado simbólico, y de ahí lo literario frente a lo literal. Todo eso acabó siendo conocido como la doble vía de la verdad: la fe para quien así lo sienta y la razón para quien la necesite. Dos patas de una escalera por las que poder subir en busca de las verdades, eligiendo cada cual según su criterio y proponiendo así Averroes una revolución epistemológica: una oportunidad para la razón.

No quedó ahí la obra del cordobés. Como todo sabio medieval que se preciase, en su polimatía aportó interesantes disquisiciones del corte astronómico, también otras derivadas de su práctica de la medicina o incluso reflexiones jurídicas en las que estuvo a la altura de su tradición familiar, los Banu Rushd, ejerciendo como jurista entre Córdoba y Sevilla y debiendo saltar a Marruecos por rivalidades entre los lobbies de la época. Además, apuntó nuestro autor unas interesantes nociones en materia de gestión de vida en común, de lo político en su mejor acepción, que probablemente no casasen entonces, ni probablemente ahora, en tiempos obsesionados por liderazgos en lugar de consensos: dos siglos después de Averroes, el filósofo de la historia Ibn Jaldún —el Aben Jaldún de Ortega y Gasset— iniciaría el largo y tedioso quehacer historiológico de las decadencias, de contemplar la historia como un permanente declinar de viejos apogeos. Pues bien, cuanto Ibn Jaldún presente en el siglo XIV como la panacea del éxito civilizador la asabiya o cohesión social, a modo de un sistema nervioso conectado con un cerebro a la altura —liderazgo indiscutible—, lo había esquivado nuestro Averroes en sus tratados sobre la simple y llana gestión colectiva de la medina, la ciudad en tanto que traslado en árabe de los tratados y asuntos de la polis. La medina de Averroes es, así, menos gestión individual de un carisma alimentado y mucho más atención a la innegable diversidad; lo dialógico y comunicativo, que estará mucho después en la base de la paradoja del recientemente desaparecido Jürgen Habermas: “¿Es posible el triunfo del diálogo?”. La razón averroísta dice que sí, por más que la sinrazón pueda hacer más ruido.

Una figura como la de Averroes no se improvisa. Se ha definido en ocasiones el tiempo de Al-Ándalus como el largo camino que lleva a Averroes, trasladándose en semejante exageración hiperbólica la inevitable cadena de transmisión de conocimiento que debió desplegarse, a lo largo de los siglos, desde Aristóteles hasta Averroes, su más completo comentador. Porque fue el estagirita el primer maestro en las artes racionales del Islam, así como la ciencia de los griegos, en ese genérico patrístico del saber universal, fue conocida en árabe como “la ciencia de los antiguos”, no “de los otros”, clave de bóveda para comprender no solo el esencial eslabón averroísta en el transcurrir de la razón aplicada, sino el sentido último troncal de una civilización islámica, siempre distinguible de una religión musulmana, que en el totum revolutum de nocturnidad con que contemplamos lo transeuropeo siempre parece todo igual, menor, ajeno.

El director de cine egipcio Yusuf Chahine nos presentó en 1997 una biografía hagiográfica del cordobés Averroes. En la película, que lleva por título traducido El Destino (1997), nuestro pensador andalusí se nos muestra envuelto en una profunda y esencialista pureza y orgullo de estirpe, con una inteligencia casi profética pero destacada, sobre un mundo prácticamente desértico. El profeta en el desierto. Sin embargo, el pensamiento averroísta de razón y medina, urbano y humano, requiere un resaltado con mucha menos excepcionalidad y más ejemplaridad, y tal es el cuidadoso tratamiento al que ha sido sometido por parte de dos grandes interpretadores, el español Andrés Martínez Lorca y el marroquí Muhammad Abid al-Jabri. Es importante mostrar estas dos caras de la moneda averroísta a ambos lados del Estrecho porque se corresponden con la efervescencia vital del propio Averroes, desde su florecimiento en Al-Ándalus hasta su refugio y finalmente muerte en Marruecos. Pues bien, si Martínez Lorca realiza una pormenorizada lectura europea de Averroes, destacando que llamar nuestra a la cultura de Al-Ándalus es romper un viejo paradigma de negación cultural, Abid al-Jabri definió al cordobés universal como la oportunidad perdida de la razón árabe. Porque no se le leyó en su tiempo ni siglos después en lengua árabe, es por lo que el marroquí proponía un retorno averroísta a la razón en latitudes cuyas medinas, decía Al-Jabri, están tratando de ubicar los espacios sentimentales religiosos al terreno de lo domiciliario.

Averroes simboliza una etapa (Al-Ándalus) donde convivieron distintas culturas. La idea averroísta de diálogo entre culturas y religiones resulta clave para encauzar positivamente los conflictos y fomentar la integración. Hoy, el pensamiento de Averroes sigue vigente en la España actual porque plantea algo muy actual: cómo convivir en una sociedad diversa sin renunciar a la razón ni a las creencias.

En la era de la desinformación, su defensa de la razón, la lógica, el pensamiento crítico y el conocimiento es más relevante que nunca. Averroes no es solo una figura imprescindible del pasado: es una presencia latente, casi susurrante en el presente convulso que habitamos. Su pensamiento no pertenece únicamente a la historia, sino que respira —aunque a veces débilmente— en cada intento de comprender antes que imponer, en cada gesto que elige el diálogo frente al dogma.

Hoy, cuando tantas voces se alzan con la pretensión de ser únicas, definitivas, inapelables, volver a Averroes es como abrir una ventana en una habitación cargada en la que entra el aire y la luz de primavera. Y con ella, la sospecha de que ninguna verdad que necesite imponerse por la fuerza puede ser completamente verdadera. Porque lo que no persuade al entendimiento, difícilmente arraiga en el corazón.

Averroes nos recuerda que la razón no es fría ni distante, sino profundamente humana: es el puente invisible que permite a las diferencias no convertirse en abismos. Su vigencia reside precisamente en su capacidad de interpelarnos en medio del ruido ensordecedor de la confrontación irracional, de invitarnos a comprender al otro sin malestar, sin sentir que renunciamos.

En su tiempo, habló de convivencia como quien siembra en tierra incierta; habló de tolerancia como quien confía en un futuro que no verá; habló de separar la política de la fe como quien intuye que el poder, sin el contrapeso de la razón, se vuelve ciego. Y en esa intuición hay algo profundamente contemporáneo: la certeza de que la libertad necesita reflexión y pensamiento y el pensamiento requiere libertad.

Por eso su legado no es un conjunto de ideas muertas, sino una llama que debe mantenerse sin estridencia, pero persistente. Y en tiempos de penumbras tan ruidosas, esa luz discreta se vuelve indispensable.

Averroes es una figura imprescindible para el presente y extraordinariamente oportuna y necesaria en el momento que nos ha tocado vivir. Al mundo le hace falta recordar su doctrina porque frente a los pensamientos fundamentalistas y extremistas que buscan imponer una única visión de la vida, apelar a Averroes es revindicar la razón no sólo como un medio de conocimiento, sino también como una herramienta para la convivencia pacífica. Recuperar su obra nos da la oportunidad de escrutar mucho mejor todo tipo de fundamentalismo, no sólo religioso sino también económico y político, para poder reconocerlos y contestarlos con mucha mayor contundencia.

Recordar a Averroes hoy no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de resistencia serena: la defensa de una forma de estar en el mundo donde la razón no divide, sino que une; donde el diálogo no debilita, sino que fortalece; donde pensar sigue siendo, todavía, un anhelo de esperanza.

sábado, 8 de noviembre de 2025

"LA MANIPULACIÓN DE LA IRA: UN ASPECTO DE LA MODERNIDAD EXPLOSIVA". Ana Marta González, El País

Acto del ultraderechista Vito Quiles
en la Universidad de Alicante
El deterioro de la convivencia civil, visible en sucesos como el ocurrido en la Universidad de Navarra por la gira de Vito Quiles, tiene muchas causas, y las redes sociales no son la menor

Tienen ganas de pelea, aunque no sabrían decir por qué. Algunos sacan provecho partidista de esa ignorancia, definiéndoles un enemigo sobre el que proyectar sus energías frustradas y, como no saben articular políticamente sus diferencias, recurren a la violencia. La suspensión de la actividad académica en la Universidad de Navarra, ante la anunciada visita del activista Vito Quiles, evitó oportunamente un enfrentamiento entre grupos extremistas del que hubieran podido seguirse graves consecuencias.

Evidentemente, no piensan mucho. Son jóvenes y tienen sed de emociones fuertes. Han frecuentado entornos digitales donde se normaliza el insulto y se banaliza la violencia; entornos poco propicios para la reflexión y la conversación cualificada. No han pensado en el efecto de la violencia sobre su propio carácter, ni en cómo deteriora la convivencia, hasta volverla irrespirable. Sus bisabuelos vivieron una guerra civil. Pero ellos solo la conocen por los libros y, por lo visto, ningún ejercicio de memoria histórica ha servido para hacerles reflexionar sobre la fragilidad de la convivencia civilizada y cuán fácilmente los conflictos enconados tienen un desenlace trágico.

“Los jóvenes no son discípulos adecuados para la política”, decía Aristóteles. Y añadía: “El defecto no es la juventud, sino el procurarlo todo según la pasión”. Pero la política exige cordura y trabajo, porque es un ejercicio de la razón: no una razón abstracta e ideológica, sino una razón práctica y sobria, que toca el corazón, porque mira a las necesidades reales de las personas y trabaja pacientemente por resolver sus problemas, sin dejarse embaucar por relatos pseudoheroicos. El deterioro de la convivencia civil tiene muchas causas. Las redes sociales no son la menor. Cualquier gesto o palabra sacado de contexto —algo frecuente en las redes— puede desencadenar una explosión de indignación, aunque de ordinario dure poco, porque enseguida tiene lugar un nuevo escándalo. En su último libro, Eva Illouz caracteriza nuestra situación como “modernidad explosiva”. Con ello quiere apuntar el hecho de que muchos rasgos clave de nuestra cultura moderna han entrado en conflicto entre sí, generando tensiones y contradicciones que encuentran eco en nuestra vida emocional: las emociones se han convertido en un campo de batalla en torno al que parece girar la identidad. Así ocurre, de manera singular, con la ira.

Los fenómenos de radicalización se producen cuando un agravio sufrido por una persona se extiende a un grupo. La ira que entonces aflora “se convierte en constitutiva de su identidad y la del grupo que crea en torno de su agravio”. De esa forma se multiplica exponencialmente. “¿Por qué tantos grupos étnicos y sociales de diferentes tendencias políticas muestran cada vez más ira en muchas sociedades democráticas?”, se pregunta Illouz. Al respecto se han barajado muchas hipótesis: acaso la democracia prometía más de lo que podía cumplir, y, en consecuencia, ha generado frustración; acaso el sistema ha producido un puñado de ganadores y una masa de perdedores, alimentando el resentimiento; acaso los partidos y el discurso político han evolucionado hacia una progresiva polarización que se contagia a sus bases… A juicio de Illouz, la indignación se ha generalizado simplemente porque se ha legitimado, como si constituyera indefectiblemente un índice de moralidad. Sin embargo, no siempre lo es. De hecho, “la ira es moralmente ambigua y psicológicamente desconcertante, porque, en principio, no hay forma de diferenciar entre la ira como expresión de amenaza al privilegio y la ira como respuesta a la injusticia; entre la ira como protección farisaica del propio estatus y la ira como reacción al despojo de tierra, trabajo y dignidad”.

Las emociones no se interpretan solas. Reclaman el discernimiento de la razón, tanto en el terreno personal como en la vida política. La convivencia no es posible sin civilizar las emociones, procurando transformar los gritos que dividen en palabras que podemos compartir. De eso trata, en gran medida, la educación y esa es la función de los espacios educativos. “Ni unos ni otros: dejadnos estudiar”. Esa fue la pancarta que al día siguiente colgaron algunos estudiantes que lo han entendido.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

"ELOGIO Y REFUTACIÓN DE LA RISA". Daniel Innerarity, Diario Vasco

Asistimos a un choque entre la libertad de expresión, llevada al límite de la burla, y la capacidad de sentirse ofendido, llevada al límite de quienes no son capaces de tolerar la sátira de lo que consideran más sagrado. Me temo que esta espiral causada por las caricaturas de Charlie Hebdo y a las que ha seguido una respuesta terrorista brutal no es más que el comienzo de un conflicto destinado a durar.

El humor es algo que nos distingue como humanos y la capacidad de ampliar el catálogo de aquellas cosas de las que podemos reírnos constituye una gran conquista de la humanidad. Forma parte de esta liberalidad el tener que convivir con gustos, expresiones y modos de vivir que nos parecen absurdos, que incluso nos desagradan profundamente, pero por cuyo derecho a existir nos batiríamos todo lo que hiciera falta. No deberíamos renunciar a nuestra libertad de expresión, que incluye el deber de soportar el humor incluso sobre aquello que consideramos intocable por la ironía. Tampoco estamos obligados, por cierto, a que esas caricaturas nos hagan ninguna gracia. La libertad de practicar una religión no incluye el derecho a que ningún aspecto de esa religión pueda ser objeto de sátira por otros.

El derecho a caricaturizar a cualquiera forma parte de este tipo de civilización, abierta y liberal, pero por eso mismo está limitado y debe reconsiderarse en un mundo que no está organizado en torno a una civilización dominante sino que se configura como una constelación de civilizaciones. Este es el primer asunto sobre el que deberíamos reflexionar. ¿Cómo convive la secularización en una parte del mundo con el fanatismo religioso o, simplemente, la susceptibilidad que podemos juzgar excesiva? Me refiero tanto a la convivencia en un mismo espacio como a esa convivencia peculiar de la globalización en virtud de la cual todos están al tanto de todo y, por ejemplo, Macron y Erdogan comparten el mismo mundo.

Nuestra cultura de la sátira está pensada para sociedades homogéneas y no para las sociedades plurales y globales. En la actual fusión y convivencia de culturas la misma idea de caricatura cambia de significado. Como lo cómico y la ironía, la caricatura solo se entiende en el marco de una comunidad que comparte los códigos simbólicos, fuera de los cuales resulta incomprensible e incluso agresiva. Jacob Rogozinski llamaba la atención sobre el hecho de que las sociedades secularizadas no podamos concebir que cierto ejercicio de nuestra libertad de expresión pueda ser percibido como una ofensa no solamente por una minoría de fanáticos sino también por un gran número de creyentes pacíficos de buena voluntad. Hay creyentes incultos, por supuesto, pero también increyentes que no tienen la menor idea qué significa lo sagrado para otros.

Es cierto que nadie tiene el derecho a no ser ofendido, como decía un editorial del The Economist tras los brutales atentados terroristas en Francia, pero también es verdad que nadie está eximido de la obligación de medir las consecuencias de sus acciones. Mi argumento no gira tanto a deberes y derechos como a la convivencia. De hecho, todos tenemos experiencia en la vida privada de haber auto-limitado nuestro “irrenunciable” derecho a la libertad de expresión por no ofender, por motivos de prudencia o para facilitar la convivencia. No tenemos el deber de sacrificar siempre y en todo nuestra libertad de expresión por el hecho de que haya unos fanáticos que no nos la reconozcan, pero sí el deber de examinar si en lo que hacemos y decimos hay algo que pueda resultar ofensivo para alguien, incluidos quienes no tienen, para su desgracia, la cultura de sarcasmo e ironía de la que disfrutamos. Si todo lo reducimos a cuestiones de principio (la apelación abstracta a la libertad de expresión), seremos incapaces de resolver aquellos conflictos en los que además de tener razón hay que tener prudencia. Defender la libertad de expresión y el derecho a caricaturizar es compatible con la autolimitación pragmática para no ejercerlos siempre y de cualquier modo.

Si hay una libertad de blasfemar, faltaría más, es porque también existe el deber de no ofender innecesariamente a nadie. De hecho, la libertad de expresión está muy limitada en casi todas las legislaciones, por lo que no tenemos que elegir entre una libertad absoluta y una autocensura total. Hay una regulación de esta libertad, del mismo modo que está regulada la libertad económica o el derecho de asociación. Como ha señalado la filósofa Donatella di Cesare, precisamente en estos tiempos oscuros de pandemia se pone de manifiesto qué vacía es la idea de libertad de un sujeto soberano que se siente emancipado de cualquier tipo de responsabilidad en relación con los demás. No existe en nuestras legislaciones el delito de blasfemia, pero sí el de odio. No deja de ser contradictorio que se exalte abstractamente la libertad de expresión en un momento en el que estamos debatiendo intensamente sobre cómo combatir el discurso del odio en las redes sociales, cuando la reflexión postcolonial llama la atención sobre la arrogancia implícita en el intento de imponer unos valores pretendidamente universales sobre otras culturas y cuando tratamos de que nuestro lenguaje no resulte ofensivo, discriminatorio o machista.

Hay una frontera muy fina que separa la sátira del desprecio. ¿Es posible ironizar sin arrogancia, un sarcasmo que no implique humillación? Las bromas y las ridiculizaciones no suelen ayudarnos en la tarea de revisar los estereotipos que tenemos de los demás y frecuentemente construyen un cierto tipo de superioridad frente a ellos. Por cierto: ¿qué tipo de burla estaríamos dispuestos a tolerar si el objeto fueran nuestras serias ceremonias de homenaje a las víctimas de los atentados islamistas? ¿Aceptaríamos la ridiculización de los judíos, los homosexuales o las mujeres? Reconozcamos que toda sociedad traza un límite del que no es demasiado consciente entre lo que se puede y no se puede decir. En todas hay algo incuestionable o sagrado, aunque solo sea el derecho universal a la mofa, que nadie puede cuestionar. En cualquier caso, lo que demuestra una mayor madurez y liberalidad no es burlarse de otros sino ser capaz de mirarse a sí mismo con ironía. ¿Estaríamos dispuestos a tomarnos menos en serio nuestro derecho a ridiculizar a los demás, sean humanos o divinos?

domingo, 14 de septiembre de 2025

"LA FURIA EN LA CALLE". Elvira Lindo, El País 07 SEPT 2025

Un hombre increpaba el martes a la Policía durante

una protesta contra un centro de acogida de menores

inmigrantes, en Madrid

Hay quienes están dispuestos a poner a prueba la paz social si así agarran un cacho de poder entre los dientes

Y, a pesar de todo, deberíamos considerarnos afortunados por vivir en este punto del mapa. Mientras en mi juventud había un anhelo de explorar mundo, hoy existe un repliegue al origen por la necesidad imperiosa de sentirse protegido. Incluso dentro de España, más aún de las grandes ciudades, hay un deseo de retorno, tal vez para restituir ese lazo con lo rural que un día se rompió. Y, a pesar de este ruido insufrible que perturba el sueño, deberíamos ser conscientes de ello y estar agradecidos, ser capaces de coser o de remendar lo que de cordialidad hay en unas relaciones diarias que pudieran acabar hechas jirones si nos dejamos llevar por el hedor de la vida pública. A pesar de todo, se convive, pero hay quienes sin escrúpulos están dispuestos a poner a prueba la paz social si con ello agarran un cacho de poder entre los dientes. Son los que dejan atrás cínicamente a los que fueron arrastrados por la dana sacudiéndose la responsabilidad; los que se olvidan, cuando en la tierra aún parece palpitar la amenaza del fuego, de la pobre gente que lo ha perdido todo, porque saben que convirtiendo la desgracia ajena en motivo de enfrentamiento rabioso eluden sus culpas.

Esta ola de indignidad ha ido creciendo sin respiro y hoy, este principio de curso, amenaza en el horizonte como un tsunami. Este septiembre recién inaugurado ha sido ejemplo de lo que nos espera: una gresca ensordecedora y estéril. Algo que en absoluto mejorará España, que no la preparará para los desafíos futuros: justo el ambiente donde suele brotar la discordia. Quien no lo vea está ciego o es un cínico. Somos un país con el suficiente bienestar como para asumir la protección de unos cuantos menores desamparados, hemos sido tradicionalmente generosos, pero, quién sabe, igual nos convencen para dejar de serlo.

No sufrimos de una violencia que nos impida salir a pasear por la noche como en tantos otros pobres países comidos por la violencia, pero puede acabar triunfando la idea de que nos urge atrincherarnos. Aún sentimos los ecos de una guerra, razón de que cediéramos tiempo y espacio a la lucha contra un genocidio que nos espanta y avergüenza. Habiendo salido de una dictadura que marcó a fuego una moral católica, nos hemos puesto a la cabeza de los derechos civiles y en leyes que las respaldan, pero no somos capaces de negar el espacio dentro de las instituciones públicas a quienes quieren cercenarlas. Teniendo una macroeconomía razonablemente saneada, podríamos llegar a acuerdos que posibilitaran la vida a quienes no alcanzan a tener un hogar en el que protegerse cada noche. Gozamos de un turismo que crea suficiente riqueza como para que no nos engolfemos en las cifras del éxito y atendamos también la vida de los barrios y el bienestar de los vecinos. En suma, somos lo suficientemente privilegiados como para repensar el país, protegernos ante la vulnerabilidad climática, ser generosos con quienes huyen del hambre, afianzar los derechos logrados. Hay talento de sobra para afrontar el desafío, pero algo nos dice que en el ansia ya desesperada por el poder prevalecerá el cinismo que nace de un egoísmo extremo.

Ya no se habla de incendios cuando aún olemos el humo, solo de los asuntos que son rentables electoralmente, el fiscal general, la mujer del presidente, los menores migrantes, la supuesta pérdida de la España esencial. ¿Ha marcado usted esta agenda? Yo tampoco. Poseen la indiscutible astucia de dirigir nuestros temas de conversación. El centro de las ciudades no se llena para exigir acceso a la vivienda ni para parar el genocidio, pero crecen el número de los autodenominados españoles genuinos que se plantan delante de un centro de menores para sacarlos a patadas.

Y todo esto en un país en el que se sigue viviendo mejor que en la mayor parte de este mundo convulso. Nos tendría que castigar Dios, diría un creyente. A lo mejor nos castiga y traslada esta furia a la calle. Ya se va sintiendo. ¿No la oyen?

martes, 24 de junio de 2025

"ELOGIO DEL PINGANILLO CONSTITUCIONAL". Eduardo Manzano Moreno, El País

Uno creía, en su irremediable candidez, que en pleno siglo XXI la histórica pluralidad lingüística de este país habría sido finalmente asumida por todos como un patrimonio común

Un servidor pensaba ingenuamente que a estas alturas no tendría que volver a escuchar por enésima vez la historia del indignado turista al que en una tienda en Barcelona le hablan en catalán y se marcha enfurecido tras exigir que se dirijan a él en castellano; uno también estaba convencido de que ya no quedaba nadie tan ignorante como para considerar al euskera como un rasgo folclórico de cuatro tipos con boina empeñados en hablar raro a la entrada de su caserío, o como para hacer del gallego objeto de chanzas a propósito de su supuesta identidad con el castellano tan solo marcada por un entrañable acento. Uno creía, en su irremediable candidez, que en pleno siglo XXI la histórica pluralidad lingüística de este país habría sido finalmente asumida por todos como un patrimonio común, siguiendo los pasos del proyecto integrador de Manuel Azaña cuando decía que “tan española es la cultura catalana como la nuestra”, o la clarividencia política de un historiador tan poco sospechoso como Claudio Sánchez Albornoz cuando declaraba que “sólo mediante la concesión de máximas libertades y mediante los máximos respetos a las hablas regionales podremos encontrarnos todos a gusto dentro del Estado que estamos edificando todos juntos”.

Desgraciadamente, en este asunto, como en tantos otros, estamos retrocediendo a pasos agigantados de la mano de irresponsables políticos que proclaman, por una parte, querer evitar la ruptura de España, mientras despliegan una demagogia que tensa las costuras que cosen la convivencia de nuestro país y que impiden que algunos se hagan trajes a medida con sus retales.

Hace ya casi medio siglo, los redactores de la Constitución de 1978 declararon el castellano como lengua oficial del Estado, pero reconocieron las “demás lenguas españolas” como oficiales en sus respectivas Comunidades Autónomas, estableciendo también que las “distintas modalidades lingüísticas de España” deben ser consideradas como patrimonio cultural “objeto de especial respeto y protección”. Estos añorados políticos de todo el espectro ideológico sabían muy bien lo que hacían. Lejos de obedecer a un capricho político, el mandato constitucional de respetar y proteger el euskera suponía reconocer el excepcional valor de una fascinante lengua de desconocidos orígenes que volcó el dinamismo de su milenaria tradición oral en numerosos libros publicados desde el siglo XVI en adelante.

Tampoco era, desde luego, un empecinamiento identitario dar el rango que le correspondía a un idioma como el catalán con una tradición literaria que se remonta, al igual que el castellano, a la época medieval y que ha mantenido un uso social con el que no ha podido ninguna de las prohibiciones que ha sufrido a lo largo de la historia reciente.

Resaltar la importancia de la lengua gallega, en fin, no suponía hacer una graciosa concesión para que sus hablantes estuvieran contentos, sino reivindicar un idioma cuyos primeros testimonios se manifiestan en una excepcional poesía lírica que se declamaba, por ejemplo, en la corte del rey Alfonso X el Sabio, quien no sólo no se marchaba del estrado cuando los trovadores entonaban composiciones en esa lengua, si no que además, haciendo honor a un apelativo hoy en desuso entre algunos políticos, inspiró la composición en gallego de una obra tan capital en la historia de la literatura como las Cantigas de Santa María.

Los defensores del sentido común (esa no ideología que está en un trís de convertirse en la inspiración de los totalitarismos del siglo XXI) arguyen que es un dispendio de fondos públicos poner pinganillos con traducción simultánea para que puedan entenderse gentes que hablan el mismo idioma. Sin embargo, también es un dispendio, y nadie lo ha denunciado nunca, traducir a las lenguas del Estado los documentos oficiales o hacer lo propio con las versiones de las páginas electrónicas de sus organismos cuando cualquiera podría consultar esos textos en castellano. Ya puestos, todo sería más simple, barato y eficiente si no hubiera que educar a los niños en esas lenguas, si no hubiera que poner señales de tráfico duplicadas en pueblos y ciudades, o si, en fin, en los trenes o aviones no se usaran esas lenguas junto con el castellano en sus anuncios por megafonía. La lista de dispendios que este país lleva haciendo para reconocer a sus lenguas oficiales no cabría en el espacio de esta tribuna. Y, sin embargo, a estas alturas debería ser evidente para todos, sea cual sea su ideología política, que este esfuerzo ha merecido mucho la pena, pues ha servido para normalizar el carácter multilingüe de nuestro país.

Jamás en la historia se ha hablado una sola lengua en España y la experiencia muestra sobradamente que están condenados al fracaso los intentos de introducir una uniformidad idiomática en el país. Cualquier organismo internacional, cualquier persona con una mínima formación o incluso cualquiera con una pizca de sensibilidad saben que, lejos de constituir un engorro, esa variedad lingüística es una riqueza social, cultural e incluso económica cuya defensa debería comprometernos a todos. Ponerse el pinganillo no es, por lo tanto, hincar la rodilla ante las exigencias de los nacionalistas; es visibilizar que existen comunidades lingüísticas en España que por primera vez en la historia gozan de un reconocimiento legal y político, un logro colectivo que ha costado mucho y que algunos, tal vez por ignorancia, tal vez por cálculo político o tal vez por una estrecha visión de lo que debe ser España, están intentando deshacer.

Eduardo Manzano Moreno es profesor de investigación del CSIC. Su último libro es España diversa. Claves de una historia plural (Crítica).

sábado, 19 de agosto de 2023

Diana Aurenque, filósofa: “Los humanos no aceptamos que somos un simio evolucionado”. Publicado en El País el 13 de agosto de 2023

La académica chilena publica ‘Animal ancestral. Hacia una política del amparo’ (Herder), un libro donde propone una nueva forma de arraigo ante el desamparo actual

Diana Aurenque (Santiago, Chile, 1982) es profesora de la Universidad de Santiago, especialista en ética médica y filosofía de la medicina. En 2022, en la pandemia, publicó Animales enfermos, filosofía como terapéutica, donde planteó que el ser humano es un animal enfermo porque su verdadera salud no está dada por la naturaleza. Que estar sano no es solo mantenerse con vida, sino construir la propia existencia.

Apenas terminó ese libro, sin embargo, se dio cuenta de que le faltaba algo: pensar la vida en comunidad, en los vínculos perdidos. Y en cómo el ascenso de posturas políticas cada vez más extremas, tanto de populismos de ultraderecha como de luchas identitarias de agendas progresistas, “han contribuido a erosionar el diálogo y la convivencia democrática”. ¿Cómo construir un nosotros político desde lados tan opuestos? ¿Cómo encontrarse y escucharse sin cancelarse unos con otros?

Algunas de estas interrogantes son las que plantea en su último libro Animal ancestral. Hacia una política del amparo (Herder), que se publica en España en octubre y luego en Chile, en el que propone “atreverse a un giro ancestral”. Ante el desarraigo del sujeto moderno, la filósofa invita a un anclaje con la tierra y con los otros a partir de una interpretación del ser humano como un animal ancestral.

Ella misma ha hecho la prueba de volver a contactar con la tierra, al dejar su departamento en la capital de Chile para vivir un periodo entre las montañas, en el valle del Elqui, en la zona centro norte del país. Cambió el cemento por el campo.

PREGUNTA. En su libro menciona como un hecho político el estallido social en Chile de 2019. ¿Cuánto determinó en cómo repensó el concepto de comunidad?

RESPUESTA. Muchísimo. Desde el estallido social y luego con el rechazo de la propuesta constitucional en el 2022, que buscaba ofrecer una salida institucional a la crisis, para mí, como apruebista, fue una bofetada de realidad. Desde ahí me he preguntado cómo siendo tan distintos podemos estar juntos sin tanta trinchera, algo muy similar, a lo que plantea Peter Sloter­dijk. Que no solo nos podamos congregar en torno a una crisis, un conflicto o al escándalo de turno, sino en torno a ideas, intereses o valores comunes sobre cómo queremos vivir.

P. Ha dicho que Chile es una sociedad atomizada.

R. Sí. Al igual que muchas otras sociedades, en Chile, hay cada vez más fragmentación. Con pequeños grupos con intereses muy particulares que no solo no dialogan entre sí, sino que también muchas veces conflictúan. Por ejemplo, las luchas feministas o las de los movimientos LGTBIQ+, si bien son en extremo necesarias, tienden a desplegarse como políticas identitarias que conflictúan con valores universalistas. Así, una pregunta filosófica y política importante del libro radica en explorar formas amables de comprender la identidad.

P. Esa sociedad atomizada y fragmentada, ¿es una realidad global?

R. Así es. Hoy, como planteo en el ensayo, el gran protagonista es el individuo, no la comunidad.

P. Es crítica con la existencia de las políticas identitarias de la extrema derecha, pero también de las de la izquierda. ¿Cómo articular una comunidad?

R. Vivimos en una sociedad pluralista, donde las diversas formas de vida deberían ser legítimas. Sin embargo, es cada vez más difícil tener esa libertad. Por un lado, hay grupos que pelean por libertades, por más pluralismo y más respeto al individuo y sus proyectos de vida, pero, por otro, aumenta el conservadurismo.

P. ¿Y por qué ocurre?

R. Parece cierto el diagnóstico de Hugo Herrera (profesor de Derecho y abogado chileno) de que los discursos progresistas se volvieron cada vez más moralistas e intolerantes respecto de proyectos de vida más bien tradicionales, pero que, en el fondo, siguen teniendo sentido para grandes mayorías. Lo conservador significa, por ejemplo, que la tierra, el país, el linaje, la familia y Dios importan. Probablemente, porque dan un sentido de trascendencia a la vida y a la organización social. Pero, además, porque se cohesionan ante un enemigo común, el progresismo. Me da la impresión de que los sectores más progresistas no han logrado ofrecer, por desgracia, relatos tan poderosos. Con todo, también quedan presos en la lógica de la división entre amigos y enemigos.

P. ¿Por qué es importante para usted la idea del animal ancestral?

R. Me sorprende que, después de más de un siglo de conocer a Darwin y la teoría de la evolución, no sólo encontramos creacionistas o negacionistas, sino también muchísima gente que cree en los alienígenas ancestrales. Yo sabía que había un programa sobre eso en la televisión, pero no que llevaba 21 temporadas. Me pregunto, entonces, ¿por qué seguimos atados a una explicación que se resiste de ver al ser humano como parte de la evolución? ¿Por qué esa obstinación de que el origen humano tiene que provenir de un cielo y no de la tierra?

P. ¿O Dios o un alienígena?

R. Sí. ¿Por qué tiene que venir una inteligencia divina a sembrarnos en la tierra? ¿Por qué nos sentimos tan especiales y distintos de las plantas y los demás animales? Esa me parece una soberbia peligrosa, y una de las razones por las que nos ha costado reconocer a los animales como entes que sienten dolor y no como cosas. Hay una necesidad del ser humano de distinguirse y no aceptar que somos un simio más evolucionado. Si miras a un caballo u otro animal, algo compartes con él. Hay que dejar de pensar que nuestros parientes cercanos son dioses, sea por racionalidad o espiritualidad, sino que los de verdad cercanos están aquí mismo en la tierra. Uno podría sentirse más amparado, como parte de una comunidad amplia y diversa, si empieza a darse cuenta de que es un terrícola, no de afuera.

P. Plantea avanzar hacia el amparo. ¿Dónde observa el desamparo?

R. En todos lados. En la medida que la vida perdió los grandes relatos, como dice [Jean-François] Lyotard, uno deja de creer en las grandes ideologías. Al mismo tiempo, las religiones tradicionales también han perdido sus adeptos y cada vez encuentras más una espiritualidad alternativa o ritualista ad hoc. Entonces, cuando ya no crees en Dios ni en ideologías, la vida se desencanta y se vuelve vacía. Lo central para mí es reconocer que el humano necesita proporcionar a su vida un sentido trascendente para poder hacer significativa la vida en un gran nosotros. La ancestralidad ofrece una forma de nuevo arraigo, de atarse a un pasado con necesidad de futuro, y permite contrarrestar el desamparo actual.

P. ¿Qué efecto tiene ese giro ancestral?

R. Si nos comprendemos ancestrales, nos reconocemos menos celestiales (y divinos) y más terrícolas (y animales), mucho más vinculados con todo el planeta, los otros, los animales y las plantas. Vivimos una crisis climática, ecológica, hace muchos años. Si recuperamos eso de que los ancestros poseen autoridad para nosotros, tienes una deuda con ellos, no con Dios ni con el pecado; tienes un presente común con sentido de futuro. Por eso la idea de lo ancestral es reconocer que existe una autoridad trascendente sobre nosotros, no desde un Estado, ni del cielo, sino desde una tierra con sentido de trascendencia.

jueves, 12 de enero de 2023

"CONFUSIÓN LINGÜÍSTICA Y REALIDAD". Un artículo de opinión de Andrés Krakenberger y Pedro Ugarte publicado en noticiasdegipuzkoa.eus el11·01·23

Quienes conocen a los que suscribimos este artículo saben que ambos somos personas con visiones del mundo muy diferentes pero creemos que saben, al mismo tiempo, que somos perfectamente capaces de encontrar espacios compartidos. Los dos, desde luego, nos reconocemos recíprocamente la buena voluntad de buscar un mundo mejor para nuestros semejantes y pensamos que la decisión de firmar juntos este artículo es un ejercicio estimulante y positivo.

Tenemos posturas muy distintas –a veces incluso opuestas– en multitud de cuestiones políticas o económicas. Hemos intercambiado pareceres en las redes sociales. Contrariamente a lo que suele ocurrir en ellas, nuestros debates han sido educados y respetuosos. No ha habido –ni habrá– esas salidas de tono que caracterizan a algunas redes. Eso no impide que hayamos defendido cada uno nuestras tesis con el convencimiento y la vehemencia necesarios, pero nadie habrá visto sangre en esos debates.

Juntos hemos comprobado que, por desgracia, en esta sociedad tan dada a la exageración una de las primeras víctimas es el lenguaje. Observamos que a nuestro alrededor, incluso entre quienes apoyan tesis parecidas a las nuestras, ya casi nunca se llama a las cosas por su nombre. Se prefiere acudir a la hipérbole, a la exageración de un hecho, circunstancia o relato. Puede tratarse de algo que ocurra aquí, en Perú, Argentina, Estados Unidos, Pakistán o Mali. Da lo mismo. Exageramos siempre. Y con ello generamos dos efectos distintos, pero igual de indeseables: empobrecer el lenguaje y pervertir el discurso.

Que un mandatario utilice medidas que tuercen la legalidad para obtener sus fines no es un golpe de estado. Tampoco que unos energúmenos desorganizados tomen unas dependencias gubernamentales. ¡Ojo! Esta precisión no es aprobar o justificar una ilegalidad: es solo constatar que no es un golpe de estado si faltan determinados ingredientes de fuerza coercitiva e incluso de violencia, control de medios de comunicación y represión de la oposición. Un análisis similar permite constatar que no todo asesinato masivo conforma un genocidio: no lo es si falta la intención de liquidar una raza o nacionalidad. Y, de nuevo, constatar que un asesinato masivo no es genocidio, no supone la más mínima tolerancia hacia él. También es frecuente llamar terrorismo a cualquier forma de violencia que queramos reprobar con energía, pero no todas las formas de violencia son terrorismo: tiene que haber, cuando menos, la intención de los perpetradores de aterrorizar a un sector de la población. Entre los detractores del aborto se utiliza el término asesinato para condenarlo con energía, pero el asesinato es una figura penal muy concreta y de uso restringido. No hay ninguna reprobación añadida en la imprecisión lingüística, en la confusión semántica. Otro término de uso cada vez más indiscriminado: esclavitud. Que un empresario establezca condiciones leoninas en un contrato laboral y que personas las acepten por necesidad no es esclavitud; hay una diferencia básica: en la esclavitud –que increíblemente aún está vigente como tal en algunos rincones del planeta– no hay escapatoria; en cambio, un contrato leonino se puede romper por acuciante que sea la necesidad. Y conste, de nuevo, que con ello no decimos que un contrato laboral leonino sea admisible: simplemente decimos que no es esclavitud.

No estamos justificando ni suavizando hechos lamentables e incluso condenables, porque no hay ninguna indulgencia en llamar a las cosas por su nombre. Si todo se convierte en golpe de estado empobrecemos el lenguaje. La exactitud del lenguaje es mucho más importante de lo que podemos creer en un principio. Al dar nombre a las cosas les damos un color, un sabor, que hace que la mente del receptor piense que algo es deseable o indeseable, y que su reacción vaya en una dirección o en otra. Y si la emoción es lo bastante fuerte, el receptor puede llegar a reaccionar. Lo importante, por tanto, es que reaccione sabiendo exactamente ante qué reacciona, precisamente para atinar en la respuesta.

Sentimos nostalgia de otros tiempos en los que había fronteras claras entre las secciones de opinión y de noticias en los medios de comunicación. Se suponía que en la sección de noticias se describían hechos y en la sección de opinión estaban los pareceres que esos hechos podían suscitar. Ahora esa frontera se ha difuminado. Puede que en parte sea debido al empobrecimiento del lenguaje, o acaso al revés: que difuminar esa frontera haya empobrecido el lenguaje. Sea como fuere, estamos de acuerdo en que no es algo deseable.

El lenguaje, por lo tanto, es importante. Si todo es asesinato, si todo es golpe de estado, si todo es calificado como algo distinto a lo que es realmente, nos exponemos al peligro de desfigurar la realidad. Ningún juicio certero puede sostenerse en una realidad desfigurada. A base de repeticiones asumimos la pobreza del lenguaje y quienes con ello quieren hacernos reaccionar nos están dando gato por liebre, porque les importa más nuestra reacción –para los fines que sean– que la realidad. Todo un peligro en los tiempos que corren.

Buscar la verdad, especialmente la verdad moral, es un arduo ejercicio, pero más lejos estaremos de encontrarla si utilizamos una misma palabra para aludir a realidades completamente diferentes. Acordar el sentido de las palabras es un primer paso para discutir, debatir, negociar y concertar, entre todos, un futuro mejor.

"EL SUMO SACERDOTE". Juan José Millás, El País

No se pierdan a Florentino Pérez entrando en la sala de prensa de Valdebebas con el gesto de quien se dispone, más que a responder pregunta...