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viernes, 18 de septiembre de 2026

Santiago Alba Rico (2026), “Gaza y el destino del mundo. Un ensayo sobre la verdad, el poder y el retorno de la barbarie”. Barcelona, Arpa Editores


Hay lugares que, a fuerza de concentrar el horror del mundo, trascienden su geografía para convertirse en conceptos. Así ocurrió con Auschwitz o con Hiroshima y, ahora, con Gaza. Ya no está solo en Palestina, sino en nuestra imaginación, en nuestra conciencia y, si se quiere, en nuestra tradición moral. Nombra una época que termina y otra que empieza bajo reglas distintas.

Este libro no es una historia del conflicto palestino-israelí ni una denuncia de los crímenes de Israel, o no solo eso. Es la profunda y conmovedora reflexión de Santiago Alba Rico sobre lo que Gaza revela de nosotros: de la historia de Europa, del antisemitismo como proyecto de expulsión, del colonialismo como forma de construir Estados humanistas sobre ruinas y del derecho internacional como frágil consenso inhibidor de la barbarie que hoy vemos desaparecer. Un texto para pensar el mundo después del genocidio, cuando ya no basta con mirar, sino que hay que imaginar un futuro.

domingo, 21 de diciembre de 2025

"¡AY DE LOS VENCIDOS". Irene Vallejo, El País

Terminar las guerras concediendo al más fuerte todo el botín y la impunidad absoluta solo abre la puerta a nuevas violencias y venganzas

La paz a la fuerza es la última incorporación a nuestro repertorio de paradojas cotidianas. La convivencia se cimenta en la violencia; los nuevos paraísos, sobre los escombros de la destrucción. El abuso y el absurdo del poderoso se aplauden, sin tapujos ni disimulos, como logros diplomáticos. Quien está en posición de debilidad solo tiene la libertad de capitular. La clave de la negociación es halagar al líder, árbitro arbitrario que forja pactos para hacer negocios y colocar una medalla más en su pecho tintineante. La humanidad, tras un breve paréntesis de fe en una imperfecta comunidad internacional, regresa a las viejas costumbres del dominio arrollador de las grandes potencias.

Ciertos gobernantes adornan su afán pacificador con humillaciones públicas, amenazas a los más débiles, agasajos entre líderes autoritarios y declaraciones propias de villanos cinematográficos. Como en una timba de tahúres, recriminan al atacado porque tiene malas cartas. Estos nuevos políticos, tan antiguos, deciden un futuro que tendrá que gustarles a los países invadidos: en boca cerrada no entran bombas. Para ellos —tan defensores de la ley y el orden—, la devastación de ciudades, la destrucción de hospitales, los niños asesinados o los periodistas incómodos descuartizados son, simplemente, cosas que pasan.

En su ensayo Lo llamaron paz, Lauren Benton investiga un patrón habitual en los conflictos bélicos: después de los armisticios y las aclamaciones, suelen continuar las agresiones, amparadas en frases sonoras pero nebulosas, como “derecho a la autodefensa”, “ataques preventivos”, “objetivos estratégicos” y “operaciones especiales”. Los antiguos romanos fueron tal vez los primeros en utilizar el eslogan de la Pax Romana para justificar sus abusos imperiales. Desde entonces, “pacificar” un territorio ha significado con frecuencia conquistarlo. El historiador Tácito dejó constancia de las críticas a la expansión de una Roma soberbia, codiciosa y despótica. Lo hizo a través de las palabras de Calgaco, jefe de las tribus caledonias, en la actual Escocia: “A la rapiña, el asesinato y el robo llaman los romanos por mal nombre gobernar; y donde crean un desierto, lo llaman paz”.

Una máxima latina advierte: Vae victis! –¡ay de los vencidos!–. Cuando el ganador posee poder suficiente para aplastar, no existe la compasión: los derrotados sufren todas las injusticias. Los romanos alcanzaban acuerdos con quienes aceptaban su dominación sin rechistar, pero cuando encontraban resistencia eran despiadados. En Numancia o Cartago dejaron huellas milenarias de su crueldad. Después de derrotar a los cartagineses en las dos primeras guerras púnicas, Roma provocó con pretextos una tercera para acabar la tarea y destruirlos por completo. Incendiaron la ciudad, masacraron a la mayoría de la población y vendieron como esclavos al resto. Se dijo que sembraron la tierra con sal para que nada volviera a crecer en el solar de su victoria. La paz del páramo, como denunciaba Calgaco.

Ya desde tiempo de los romanos, el ideal de los imperios camina sobre el filo —de una espada—. Por un lado, les gusta presentarse como adalides de las leyes y civilización —bárbaros y eje del mal, ya lo sabemos, son los demás—. Por otra parte, imponen la lógica de la fuerza desnuda y la paz a palos. Frente a la metrópoli invasora, que se exhibe como benefactora, surgen siempre voces indignadas que desenmascaran las contradicciones chirriantes, los abismos entre la justificación moral y la verdadera conducta. En esas rebeldías tempranas brota el germen del derecho internacional. Avergonzado ante la crueldad de las huestes romanas, Séneca escribió: “Los homicidios individuales los castigamos, pero ¿qué decir de las guerras y del glorioso delito de arrasar pueblos enteros? Elogiamos hechos que se pagarían con la pena de muerte porque los comete quien porta insignias de general”.

El desembarco español en América, rápidamente convertido en sueño de conquista, alumbró una de las más tempranas ―si no la primera— defensa pública de los derechos humanos. En 1510 llegaron a Santo Domingo, sede del Virreinato, los primeros frailes dominicos. Alojados en una choza pequeña, vivían en extrema pobreza. Fray Antonio de Montesinos, graduado en oratoria por la Universidad de Salamanca y fogoso predicador, pronunció el 21 de diciembre de 1511 su célebre sermón de Adviento: “¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades en que, de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren y, por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? (…) ¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos?”. Allí se encontraba Bartolomé de las Casas, un encomendero que, como después admitió, trataba injustamente a los taínos. Conmovido por la recriminación, se convirtió en testigo comprometido y defensor de la causa. En su Historia de las Indias, recogió aquellas encendidas palabras de Montesinos.

La guarnición española reaccionó con furia. Sin embargo, el domingo siguiente los frailes no solo no se retractaron, sino que añadieron nuevos cargos contra las autoridades, negándoles la absolución mientras no enmendaran su conducta. El virrey Diego Colón se apresuró a enviar una queja a la Corte. Fray Antonio de Montesinos fue llamado a España a rendir cuentas. Un memorial escrito en 1516, probablemente por el cardenal Cisneros, atestigua su persistencia en denunciar y sus exigencias alarmantes acerca del oro: “Un Fray Antonio, dominico, hizo un sermón en la ciudad de Santo Domingo en que dijo que los indios no los podían poseer ni servirse dellos, e que todo el oro que con ellos habían ganado e sacado, lo habían de restituir”. Los frailes obtuvieron una cierta victoria legal: las Leyes de Burgos de 1512, el primer código de ordenanzas para proteger a los pueblos originarios y limitar las demandas de los colonizadores. Pero el oro, claro, nunca se devolvió —esas, en cambio, son cosas que no pasan— y, en la práctica, los abusos continuaron. En 1540 Antonio de Montesinos fue asesinado en la Provincia de Venezuela por un oficial debido a su firme oposición a la explotación de los indígenas. El sermón de Adviento, como el de la Montaña, demuestran que la ley del más fuerte siempre tuvo insubordinados.

Líderes iracundos nos aseguran que vamos a la guerra para hacer del mundo un lugar más seguro, nos hacen creer que las armas abrirán paso a la democracia, nos aleccionan para imponer la paz sin escatimar violencia. En tono condescendiente, invitan a los agredidos a callar y claudicar: vae victis. Sin embargo, “paz” y “pacto” son palabras que comparten raíz y sentido; sin la coherencia de los hechos, no sobreviven los derechos. Terminar las guerras humillando a los derrotados y concediendo al más fuerte todo el botín en la bandeja dorada de la impunidad absoluta solo empedrará el camino hacia nuevas violencias y venganzas. ¿Seguimos en ese sueño tan letárgico dormidos? Cuando los vencedores imponen las condiciones más letales en vez de las legales, nadie está a salvo. Vivir en esa clase de mundo seguro es muy peligroso.

lunes, 15 de septiembre de 2025

"EL DESEMBARCO DE ALUCEMAS". Najat El Hachmi, El País 12 SEPT 2025

Al pretender conmemorar la guerra del Rif, Vox borra tanto a los que murieron en aquel conflicto como a quienes en España estaban en contra del colonialismo

El pasado se ha convertido en un campo de las batallas culturales del presente. Los hechos son manipulados y reinterpretados, encajados en rígidos marcos ideológicos en beneficio propio, borrando, si hace falta, los matices y la complejidad de un momento no vivido. Yo creía desfasados los discursos que legitimaron la colonización, creía que ya estábamos todos de acuerdo en que fue un error histórico mayúsculo de catastróficas consecuencias para los pueblos conquistados (y para los hombres que eran obligados a luchar contra los indígenas). Pero la extrema derecha ha desempolvado ese supuesto patriotismo belicoso que no fue el de la mayoría de la población española ni siquiera en los tiempos de la guerra emprendida contra los rifeños hace más de un siglo. Vox pretendía que se conmemorase el Desembarco de Alhucemas, la victoria militar de 1925 que siguió al horror del desastre de Annual y acabó con la resistencia de Abdelkrim. Si, por un lado, sería injusto y absurdo exigirle a la España de hoy que rinda cuentas de lo que hizo la de Alfonso XIII o la de Primo de Rivera también podríamos tachar de revisionismo lo que hacen los radicales de Abascal: borrar el contexto de esa guerra que trajo muerte y desgracias para los que iban a morir a Marruecos por los intereses de unos pocos empresarios que se valieron de sus influencias políticas para iniciar una conquista. Llegan a comparar la operación del Rif con el desembarco de Normandía, algo ofensivo no para Marruecos ni su gobierno, como dicen, sino para todos los que se dejaron la vida en las áridas tierras en las que nací, vidas de rifeños y de españoles.

Pretendiendo conmemorar esa guerra Vox borra de la memoria histórica tanto los que murieron en ella como a quienes estaban en contra de la penetración colonial. Desempolvan así el discurso de un sector de ese ejército predemocrático con altos índices de corrupción y cuyos oficiales actuaban a menudo al servicio de sus propios intereses y no de los de España. Los militares de hoy deberían repudiar con contundencia esa instrumentalización tendenciosa.

De lo ilegítima que fue esa desgraciada aventura tampoco se acuerdan los ultras. No leyeron a Sender ni a Barea ni a Galán ni ninguno de los que escribieron entonces. Ni tienen en cuenta la visión crítica de historiadores demócratas como Rosa María de Madariaga, Eloy Martín Corrales y tantos otros que no se han conformado con el relato único de los vencedores.

A Vox no le importan los muertos del pasado, lo que pretende con su revisionismo es volver a construir a ese enemigo que tan bien armó la propaganda belicista: el moro como anárquico, salvaje, violento, rebelde y traidor. Rasgos que perduran en el imaginario colectivo y en mayor medida en los discursos de la extrema derecha morófoba.

Los moros no pudieron defenderse entonces de su encierro en el estereotipo deshumanizador (aunque las entrevistas a Abdelkrim demuestran que su resistencia fue también con razones y argumentos), algo con lo que nos vemos enfrentados, a nuestro pesar, los moros del presente. Porque encontramos ecos del pasado en el racismo que vivimos hoy pero también porque al indagar en las razones últimas de la diáspora rifeña, fenómeno endémico desde hace décadas en la zona, acabamos en ese punto crucial de la historia de España, descubriendo con asombro que ahí se unen nuestras dos identidades, la española y la amazig (palabra que, por cierto, no aparece en el diccionario de la RAE).

Al intentar viajar al pasado para comprender el peso que tiene en el presente yo he tropezado con un enorme vacío fruto, en parte, del flagrante desequilibrio entre la historia que contaron los vencedores y lo que callaron los vencidos. En este caso, además, me encuentro, como descendiente de esos insumisos guerreros, con dos silenciamientos y un olvido. Las autoridades españolas derrotaron a los rifeños y contaron desde su condición de colonizadores lo que llamaron proceso de ‘pacificación’ pero es que una década después la zona fue brutalmente reprimida por el gobierno de ese Marruecos del que nunca nos hemos sentido parte. Abandono, plomo y maltrato por parte del régimen de Hassan II que también explica el origen de nuestra disgregación por el mundo. El olvido, en cambio, se debe al hecho de ser hablantes de una lengua oral cuya memoria colectiva se remonta a lo que puedan recordar los mayores. Sin archivos, sin hemeroteca, sin tangibles a los que aferrarnos para conocer el pasado, nos vemos obligados a buscar en la Historia de otros la nuestra.

Nunca nadie en mi familia me habló de la guerra con España ni de la Civil que se produjo en la Península pero un día mi primera suegra mencionó como de pasada que no conoció a su padre porque murió en combate en Sppania y que nunca supieron dónde fue enterrado, si es que alguien le dio sepultura (sería uno de esos ‘moros de Franco’). Y luego en un encuentro familiar se aludió al hecho de que el padre de nuestra abuela materna fue militar en un tiempo en el que solo podía serlo bajo las autoridades españolas. La última vez que estuve en mi pueblo una de mis tías me señaló la casa de al lado, en la que habían nacido mi madre y sus hermanas, y me aseguró que ahí había estado Abdelkrim. Me tomé la información con cautela dado que los relatos orales suelen permitirse no pocas licencias literarias pero un día, buceando por la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, di con una crónica en la que se afirmaba que el líder de la resistencia rifeña se encontraba en el aduar de Tanut n’Arruman, que es donde está la casa de mi bisabuelo. Y en algunos vídeos recientes en YouTube unos primos lejanos la recorren acompañados de un señor mayor que va mostrando dónde tenía Abdelkrim su “tribunal”, dónde los prisioneros o los escondrijos.

Así que sí, es bastante probable que la memoria oral acierte en este caso y que ese líder inteligente y carismático que unió por primera vez a las tribus de la zona para frenar la colonización española se hospedara en la misma casa en la que nació mi madre. También es probable que Tanut n’Arruman fuera uno de los primeros sitios donde la población civil fue bombardeada con gases tóxicos (mostaza, cloropicrina y fosgeno e iperita) a pesar de que ya se habían prohibido después de la Primera Guerra Mundial. Hay organizaciones que atribuyen a esos ataques el elevado número de enfermos de cáncer que hay en todo el Rif pero la hipótesis es difícil de demostrar a pesar de los conocidos efectos mutagénicos de las armas de ese tipo. Más cuando algunas décadas más tarde la zona volvió a ser bombardeada con los mismos gases venenosos por un joven príncipe llamado Hassan.

Al investigar sobre esta parte de la historia he dado con un vacío difícil de suplir solo con la memoria de los ancianos: el que dejan los ganadores al tener en exclusiva el poder de relatar la historia. En este caso quienes acabaron perdiendo la guerra, a pesar de la larga resistencia, fueron mis antepasados, esos “indígenas” primitivos y atrasados que había que “civilizar”. En realidad, como toda empresa colonial, de lo que se trataba era de explotar los recursos naturales de la región sin que ese supuesto progreso llegara nunca a los rifeños. De haber revertido positivamente en la población civil quién sabe, puede que no nos hubiéramos visto obligados a emigrar. Nos habríamos ahorrado así el tener que defendernos, de nuevo, de la morofobia de esa ultraderecha que hoy, como hace cien años, quiere volver a convertirnos en el enemigo.

miércoles, 5 de marzo de 2025

Entrevista a Pankaj Mishra, ensayista: “Trump y Putin son dos ‘gangsters’ poniéndose de acuerdo entre ellos”.

El ensayista indio, uno de los pensadores que de manera más brillante da voz al sur global, sostiene que la “limpieza étnica” que Israel está ejecutando es el presagio de una nueva cultura de la crueldad y la impunidad. Su nuevo libro disecciona el mundo que viene después de la invasión de Gaza

Pankaj Mishra (Jhansi, India, 56 años) pertenece a esa categoría de intelectuales como Edward Said o Arundhati Roy que utilizan con virtuosismo las herramientas de la cultura occidental para desmontar prejuicios y convencionalismos históricos. Para demostrar que otras partes del mundo, mucho más vastas y pobladas que Europa o Estados Unidos, tienen una perspectiva y una visión de los acontecimientos completamente diferente y propia.

Con un estilo preciso y profundamente creativo, Mishra ha sido capaz, durante una trayectoria de tres décadas, de crear novelas muy premiadas, como Los románticos (2000) o Corre a esconderte (2022), y volcarse además en el estudio de los grandes acontecimientos de la época actual con ensayos que han marcado el debate público, como La edad de la ira (2017), en el que ahonda en los orígenes de la gran oleada de odios que pueblan el mundo, o Fanáticos insulsos (2020), donde analizó por qué se impusieron el liberalismo y el capitalismo anglosajones como única alternativa posible.

Decide charlar con EL PAÍS en una mañana londinense gris y húmeda. El encuentro se produce en los alrededores de Oxford Circus. Mishra tiene hambre, y sugiere ir a comer algo a un restaurante indio muy popular. Apenas tocará su masala dosa, una crepe con relleno de patata y curry muy popular en el sur de la India.

Durante hora y media, hablará con pasión de su nuevo ensayo, El mundo después de Gaza. Una breve historia (de Galaxia Gutenberg, editorial que ha publicado gran parte de su obra), de su relación sentimental y crítica con el sionismo israelí y de su visión de la destrucción de Gaza como el presagio de una nueva cultura de la impunidad. Será el arranque de una conversación que incidirá en otros asuntos, como la crisis de Ucrania, la irrupción de Donald Trump o el ataque de la derecha contra lo que despectivamente llaman lo lo woke para referirse al feminismo, la lucha contra el cambio climático o a la defensa de un discurso razonable frente a la inmigración irregular.

sábado, 9 de noviembre de 2024

«EL VICTIMISMO SE HA CONVERTIDO EN UNA FUENTE DE AUTORIDAD". Entrevista a Suisan Neiman, filósofa y Directora del Einstein Forum en Potsdam

La filósofa estadounidense Susan Neiman, que dirige desde el año 2000 el Einstein Forum en Potsdam, acaba de publicar ‘Izquierda no es woke‘ (Debate, 2024), una defensa de la izquierda ilustrada y una crítica a los enemigos de la razón. Más que criticar al movimiento ‘woke’ –que se niega a definir porque lo considera incoherente– su libro defiende aspectos de la Ilustración que considera que están en peligro: desde el universalismo de los valores a la noción de progreso o la idea de que la razón es emancipadora y no un instrumento de dominación como sugieren sus críticos.

Hay siempre un debate sobre lo que es exactamente lo woke. Una definición breve podría ser «política de la identidad desde la izquierda», es decir, la politización de unas identidades concretas que son esencializadas.

En primer lugar, no uso el concepto de política de la identidad. Creo que está mal y tenemos que dejar de usarlo. Yo uso tribalismo. Pero ese es solo uno de los problemas de lo woke. Hay otros dos problemas en los que creo que lo woke se acerca a una visión reaccionaria y que abordo en el libro, que es la distinción entre justicia y poder y la cuestión del progreso humano. Creo que son más importantes que la cuestión de la identidad, pero son menos atendidas. En segundo lugar, no creo que sea posible definir lo woke, porque es un concepto incoherente. Una de las razones por las que escribí el libro era para explicarme eso. Lo woke se construye sobre una base de emociones muy de izquierdas (estar del lado de los oprimidos, corregir los errores del pasado), con las que estaba y estoy de acuerdo. El problema es que las emociones están completamente separadas de las ideas. Y se usan ideas muy reaccionarias.

Hace décadas, esencializar a la gente («los blancos son así», «los negros son de esta manera», «las mujeres de esta otra») era algo reaccionario, pero hoy es progresista. Cita una frase de Benjamin Zachariah: «La autoesencialización y el autoestereotipo no solo están permitidos, sino que se consideran emancipadores».

Creo que tiene que ver con algo que estoy investigando para otro libro. Hemos pasado de identificarnos con el héroe como el sujeto de la historia a identificarnos con la víctima. El héroe es activo, nadie es un héroe solo por sufrir. Pero en los últimos setenta años nos hemos centrado en la víctima. Es una corrección, era algo positivo al principio. Siempre se ha dicho que la historia la escriben los vencedores. Y las víctimas de la historia quedan fuera de la historia. Y a mitad del siglo XX nos dimos cuenta de que estábamos dejando fuera de la historia a mucha gente. Y hubo individuos que comenzaron a sentir que no debían rechazar su condición de víctimas, e incluso comprobaron que había incluso ventajas materiales al identificarse como miembro de un grupo históricamente oprimido.

¿Qué ocurrió a mitad del siglo XX para que se produjera ese cambio? ¿Es consecuencia del movimiento anticolonial o poscolonial?

Creo que hubo dos causas, una el anticolonialismo y el otro el Holocausto, que pusieron a la víctima en el centro. Igual que muchas cosas, la gente quería corregir un error y una ausencia (la falta de víctimas en el relato histórico) pero se pasaron de la raya. Alemania es un ejemplo de esa «sobrecorrección» con respeto al Holocausto.

Quien quiere identificarse como víctima es porque espera algún tipo de reparación. Y esto es algo que solo puede ocurrir en una democracia. A nadie se le ocurriría exigir el estatus de víctima en una dictadura totalitaria.

Es cierto, pero creo que no es un proceso tan consciente. Sí, hay individuos que se posicionan como víctimas para obtener beneficios, pero la mayoría no. Por ejemplo, odio absolutamente cuando me invitan a un acto o comité solo porque necesitan una mujer. Y odio cuando se me identifica como «filósofa mujer». Hago filosofía y mi género quizá sea importante en otras situaciones pero no es importante en mi profesión. Y la mayoría de gente creo que en cierto modo se siente así, se sienten incómodos explotando su posible victimismo. Pero incluso aunque no sea una cuestión de reparaciones monetarias, hay una reparación simbólica: hoy parece que tienes más autoridad por haber sido víctima. El victimismo se ha convertido en una fuente de autoridad. Antes mencioné a Alemania. He escrito bastante al respecto. Una de las cosas que cambió mi opinión fue convertirme en una conferenciante prominente en cuestiones sobre el antisemitismo e Israel y Palestina desde una perspectiva de una judía de izquierdas, que es algo común en Israel y en EE.UU. pero muy poco común en Alemania. Hay muy pocos judíos de izquierdas. Y los pocos que se atreven a hablar en contra de Israel son incluso llamados nazis. En Alemania no hay muchos judíos en puestos importantes. Yo dirijo el Einstein Forum. Me he dado cuenta de que las voces más autorizadas de la comunidad judía en Alemania son los judíos que hablan solo de antisemitismo. Y es lo que hacen constantemente las organizaciones oficiales judías, de tendencia de derechas. Y los judíos que no queremos ser vistos simplemente como posibles víctimas del Holocausto somos considerados menos auténticos. Es un cambio bastante interesante. Ha pasado también en EE.UU. con el racismo. Las voces negras auténticas son las que enfatizan la historia del racismo. Estoy leyendo mucho a Franz Fanon, y en uno de sus ensayos dice: «No soy esclavo de la esclavitud que deshumanizó a mis antepasados». Y dice muchas cosas parecidas, que resultan chocantes hoy. Se ha convertido en un símbolo de la teoría poscolonial, que por cierto es algo muy diferente al movimiento anticolonial. Pero no se suelen mirar esas citas de Fanon, en las que insiste una y otra vez que no quiere ser una víctima, que esa no es su identidad. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 14 de octubre de 2024

"LOS INMIGRANTES HAITIANOS NO COMEN MASCOTAS. ES LA COMUNIDAD INTERNACIONAL LA QUE "COME" AITIANOS". Soledad Gallego-Díaz, El País

Los traficantes de armas estadounidenses inundan el país con pistolas y rifles automáticos con los que se asesinan a miles de personas

No hay ninguna denuncia ni prueba de que los inmigrantes haitianos en Ohio se hayan comido a ninguna mascota de sus vecinos blancos, un bulo difundido por el candidato presidencial Donald Trump y apoyado por toda la red de medios que se encargan de empujar la campaña del expresidente. Donde es posible que no queden mascotas es en el propio Haití. Según el último informe del Programa Mundial de Alimentos: “5,4 millones de personas luchan por alimentarse a sí mismas y a sus familias todos los días, lo que representa una de las proporciones más altas de personas en situación de inseguridad alimentaria aguda en cualquier crisis mundial”. De ellas, dos millones se enfrentan a escasez extrema de alimentos, desnutrición y enfermedades.

Haití está sumido en el caos, sometido a la violencia de pandillas armadas que han provocado en lo que va de año 4.789 homicidios y 2.490 secuestros. Dado que en la isla no existe ninguna fábrica de armas ni de munición, todo el armamento de que disponen esas pandillas llega desde Estados Unidos, y muy específicamente, desde Florida. Por más que las organizaciones internacionales piden a Estados Unidos que impida ese tráfico, parece que nada se hace, al menos con la suficiente eficacia. Así, pues, los inmigrantes haitianos en Estados Unidos no se comen las mascotas de sus vecinos, pero algunos traficantes de armas estadounidenses inundan Haití con miles de pistolas y rifles automáticos con los que no se mata a mascotas sino a personas, miles.Más información

Las relaciones de Estados Unidos con Haití han sido siempre desgraciadas. En 2010, el expresidente estadounidense Bill Clinton hizo algo insólito: pidió perdón por haber obligado a Haití a reducir los aranceles a la importación de arroz norteamericano, que llegaba subvencionado por Washington y que destruyó la producción nacional. “Quizás fue bueno para algunos de mis productores de arroz en Arkansas, pero no funcionó. Fue un error”. Lo fue. Haití perdió la capacidad de producir uno de los cultivos más importantes para la alimentación de su población. Solo porque el presidente de Estados Unidos quería ayudar a los productores de Arkansas a deshacerse de sus excedentes. “Debo convivir con las consecuencias de lo que hice”, dijo, compungido, Bill Clinton, pero quienes vivieron con las consecuencias fueron esos millones de haitianos a los que hundió en la miseria. Ese mismo Clinton había ayudado a reponer en el cargo de presidente democrático de Haití a Jean-Bertrand Aristide, el político y sacerdote salesiano expulsado del poder por un golpe militar. Clinton conocía bien el país. Pasó allí parte de su luna de miel, cuando en 1975 se casó con Hillary Rodham (entonces, gobernaba el hijo del dictador, Jean-Claude Duvalier). Pero nada impidió que destruyera su capacidad agrícola de un plumazo.

Todo fue muy mal con Estados Unidos muy pronto. En 1914, Washington envió una cañonera con marines para, pura y simplemente, robar el oro del Banco Nacional de la República de Haití. Ocho marines entraron en la sede del banco, robaron oro por valor de medio millón de dólares de la época y se volvieron a Estados Unidos, donde depositaron los lingotes en el National City Bank. El Banco Nacional de Haití era propiedad de accionistas norteamericanos, así que cuando necesitaron el dinero recurrieron, sin más, a la cañonera. Las relaciones de Haití con Francia tampoco fueron mejores. Como cuenta la BBC, “hace 220 años, Haití se convirtió en la primera nación independiente de América Latina, la república negra más antigua del mundo y la segunda república más antigua del hemisferio occidental después de Estados Unidos. Todo esto se logró tras la única revuelta de esclavos exitosa en la historia humana”. Sin embargo, para que se reconociera su independencia, Haití tuvo que pagar 150 millones de francos (unos 21.000 millones de hoy) a Francia en concepto de indemnización por las propiedades ¡y los esclavos! que habían perdido los franceses. Un caso único en el que el colonizado no recibe indemnización, sino al contrario. Se podría pensar que la ONU o la comunidad internacional repararían tanto desatino. Pero Duvalier padre, el sangriento dictador, se mantuvo en el poder 14 años, hasta su muerte en 1971, sin que nadie le incomodara, todos encantados con su régimen de terror frente al comunismo caribeño. Tras el terremoto de 2010, la ONU intentó ayudar a recomponer el país, pero con muy mal pie: los cascos azules llevaron consigo una feroz epidemia de cólera y fueron acusados de violaciones y abusos.

Así que, si se mira hacia atrás, no han sido los haitianos los que se han comido las mascotas de nadie, sino todos los demás quienes se han comido sus recursos.

domingo, 26 de mayo de 2024

"¿PEDIR PERDÓN POR LO QUE HICIERON NUESTROS ANTEPASADOS? Un artículo de Ángela Sepúlveda publicado en Ethic el 2 de febrero de 2023

Pedir perdón y pagar reparaciones por los crímenes del pasado se han convertido en temas de debate sobre cómo la historia impacta en el presente. ¿Deben los herederos que pagar por la cuestionable moral de sus ancestros?

El nombre de Benedict Cumberbatch ha aparecido unido al de Barbados en los titulares de los periódicos de forma involuntaria. The Telegraph publica que el país caribeño podría demandar al actor por el pasado esclavista de su familia. Los antepasados de Cumberbatch tenían tierras en las que cultivaban azúcar y donde trabajaban unos 250 esclavos. Cuando se abolió la escalvitud, los propietarios recibieron una compensación económica y la familia de Cumberbatch obtuvo unas 6.000 libras de entonces, 1.300.000 euros de ahora según el diario británico.

Esta historia, que ha puesto a Cumberbatch en el foco, ha sido desmentida por David Comissiong, vicepresidente del Grupo de Trabajo Nacional sobre Reparaciones, quien ha explicado que no sabía ni quién era el actor y ha aclarado que no pedirán reparaciones a personas concretas aunque sí a países europeos. Comissiong ha recordado que en 2016 las Comunidades del Caribe mandaron cartas oficiales a Reino Unido, Francia, España, Portugal, Países Bajos y Dinamarca, países involucrados «en el genocidio de la población nativa esclava del Caribe y África», invitándoles a sentarse para «debatir qué rol pueden jugar» a la hora de reparar esos daños del pasado.

El caso de Barbados vuelve a poner de actualidad el debate sobre si es necesario revisar la historia –y que los descendientes se encarguen de reparar el daño causado por sus familiares– o si lo que se está haciendo es caer en el presentismo histórico, es decir, juzgar el pasado con ojos del presente. Y es un debate con posiciones encontradas. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 21 de abril de 2022

"CONTRAPEDAGOGÍAS DE LA CRUELDAD". Rita Segato


Llamamos "pedagogías de la crueldad" a todos los actos y practicas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas. Esto supone la captura de algo que fluía errante e imprevisible, como es la vida, para instalar en su lugar la inercia y esterilidad de la cosa mensurable, vendible, comprable y obsolescente, como conviene al consumo en la actual fase apocalíptica del capital. El ataque sexual y la explotación sexual de las mujeres, por ejemplo, son actos de rapiña y consumición del cuerpo que constituyen el lenguaje mas preciso con que la cosificación de la vida se expresa.

Desde AQUÍ puedes acceder a la última parte del libro 



martes, 15 de febrero de 2022

"AFROTOPÍA". Un libro de Felwine Sarr.

 África no tiene que alcanzar a nadie, no tiene que imitar a nadie. Suyo es el futuro y eso le exige abstenerse de la competencia, de ese infantilismo con el que las naciones se miden para ver quién ha acumulado más riquezas, aparatos tecnológicos, sensaciones fuertes, sin plantearse que esta irresponsable carrera pone en peligro las condiciones sociales y naturales de la vida humana. Necesita lograr su descolonización a través de un encuentro fecundo consigo misma. En treinta y cinco años, la población africana representará un cuarto de la humanidad. Un peso demográfico y una vitalidad que inclinarán los equilibrios sociales, políticos, económicos y culturales del planeta. Afrotopía no es un dulce sueño. Es una utopía activa que pretende sacar a la luz los vastos espacios posibles de las realidades africanas y fecundarlos; es conducir a la humanidad a un nivel superior.

ÁFRICA NO ES UN PAÍS


domingo, 14 de febrero de 2021

Entrevista a Donato Ndongo: "Guinea, para las élites españolas, siempre ha sido una colonia de explotación". Por Bernardo Álvarez-Villar.

El escritor ecuatoguineano Donato Ndongo acaba de reeditar Historia y tragedia de Guinea Ecuatorial, un exhaustivo relato de la colonización española, la independencia y la tiranía poscolonial. En el caso de Guinea Ecuatorial, como de muchos otros países africanos, historia y tragedia resultan ser casi sinónimos: "Las independencias, exigidas para realizar los anhelos de libertad y desarrollo, negados desde siglos, se redujeron a mero formalismo, sin contenido verdadero; los nuevos Estados eran, en realidad, cárceles inmensas en las cuales resultaba más fácil morir que vivir", escribe el escritor, periodista y opositor ecuatoguineano Donato Ndongo-Bidyogo (Niefang, 1950) en la edición revisada y ampliada de Historia y tragedia de Guinea Ecuatorial, cuya primera versión apareció en 1977. Este monumental volumen, editado por Bellaterra, repasa con rigor y sin escatimar en detalles la desdichada historia de su país. Desde los albores de la colonización española hasta la satrapía de la familia Obiang, en el poder desde hace cuatro décadas, pasando por los convulsos años de la independencia y el saqueo de los recursos naturales del país. Ndongo, también novelista y poeta, ha sido el último delegado de la Agencia Efe en Guinea Ecuatorial, de donde fue expulsado por el dictador para instalarse en España como exiliado político.

Nunca ha querido obtener la nacionalidad española y sigue viajando con su pasaporte de refugiado político, pese a llevar más de cincuenta años viviendo aquí. En alguna parte ha escrito que "el escritor africano es un exiliado entre los exiliados".

Es un gesto de coherencia con mis ideas. Cuando era estudiante, en el año 68, se produce la independencia de Guinea. Aquí éramos pocos guineanos, la mayoría estudiantes universitarios. El Gobierno de Macías nos prohibió entonces ir a Guinea Ecuatorial, y los que fueron al poco tiempo tuvieron que salir y algunos fueron encarcelados. ¿A qué me iba a ir yo a Guinea? Si no había universidad, no había nada. La mayoría decidimos quedarnos y el Gobierno de Macías nos quitó la nacionalidad.

La reacción del Gobierno fue quitarnos también la nacionalidad española: ya no éramos españoles porque Guinea ya era independiente. Nos quedamos indocumentados, en tierra de nadie. No podíamos hacer nada. A los que tenían beca se las quitaron, y empezamos a pasar las de Caín. Muchos, desgraciadamente no todos, conseguimos terminar los estudios y colocarnos como podíamos. CONTINUAR LEYENDO