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miércoles, 28 de enero de 2026

"IGUALDAD PREFIERE A LAS MORAS TAPADAS". Najat El Hachmi, El País

Lo llaman “respeto a la libertad religiosa” cuando lo que se defiende es la libertad de someter a las mujeres

El Instituto de las Mujeres tiene en su página web un vergonzoso documento en el que defiende el uso del hiyab entre las jóvenes musulmanas españolas en el sistema educativo. Empieza diciendo que en España no hay ninguna ley que prohíba el uso de esta bandera del más rancio machismo en los centros públicos. Y claro que no la hay cuando desde hace décadas se vienen desoyendo, cuando no sofocando con inquina, las reivindicaciones de las feministas partidarias de la coeducación que permita a niñas y jóvenes vivir en igualdad por lo menos en los espacios en los que son educadas en esos valores. Todas las españolas tienen derecho a la soberanía sobre sus propios cuerpos, a hacer con ellos lo que les venga en gana, excepto si esas españolas tenemos la desgracia de nacer en familias musulmanas. Entonces nos debemos a nuestra religión, al padre, al marido, al hermano, al imán de la mezquita y todos los predicadores que pululan tanto en el mundo físico como el virtual y nos debemos también a ese brazo femenino del fundamentalista que son las hiyabistas, las que dicen que se tapan porque quieren y que si su identidad y no sé qué más. El ideario completo del islamismo está en ese documento del organismo que tiene que protegernos a todas por igual en boca de los testimonios de unas veloportantes que ya han sido adoctrinadas por las organizaciones político-religiosas que tienen el velo como bandera. Que las chicas crean realmente que tienen libertad para escoger taparse o no hacerlo es lógico teniendo en cuenta la alienación que supone el extremismo religioso y a que nadie le ponga freno. Nadie les pregunta de dónde sale esa elección que, curiosamente, comparten tantas chicas musulmanas, ¿por qué de repente a todas se les ocurre la misma idea, la de cubrirse para poder mostrar su identidad? ¿Acaso los hombres no tienen identidad? ¿No tienen religión?

En el documento se habla de respeto a la libertad religiosa, lo que supone una contradicción flagrante, dado que lo que se defiende es la libertad para someter a las mujeres. Los que la reclaman no respetan el libre desarrollo de niñas y jóvenes sin la hipersexualización precoz que supone el hiyab (si te tapas es para evitar provocar el deseo de los hombres, así que si una niña de cinco años lleva velo es porque alguien ya la considera un cuerpo sexualmente atrayente) ni la marca en hierro candente que es llevar esa liviana tela sobre la cabeza. En el fondo, lo que destila esa visión relativista no es más que un racismo de género, más que una “islamofobia de género”.

domingo, 1 de junio de 2025

"PROHIBIR EL VELO". Najat El Hachmi, El País 23 MAY 2025

Una mujer con niqab en un congreso nacional de la Unión de
Comunidades Islámicas de España celebrado en Valencia

Todas las niñas españolas y residentes en España, sea cual sea su nacionalidad, merecen ser protegidas como las demás y que no se acepte para ellas ese estigma

Soy partidaria de prohibir el velo en los centros educativos de primaria y secundaria y de vetar en todas partes el niqab o el burka. Y no por laicismo (ya hemos visto que a muchos se les ha olvidado este principio fundamental del orden democrático republicano ante esos papas supuestamente de izquierdas) sino por razón feminista. Esto es, por respeto a la igualdad entre hombres y mujeres, niños y niñas, aunque se nos presente el cubrir a las féminas como rasgo identitario. O precisamente por esto último, porque no se puede aceptar ninguna particularidad grupal que denigre a una de sus mitades, que atente contra la dignidad y la libertad de ellas mientras ellos andan tan contentos con sus cabezas al aire. Todas las niñas españolas y residentes en España, sea cual sea su nacionalidad, merecen ser protegidas como las demás y que no se acepte para ellas ese estigma, esa losa, esa cárcel ambulante, marca de pertenencia a una tribu, una comunidad, una religión.

En base a esto yo podría alegrarme de que Junts esté pensando en imponer esta restricción y en parte me alegro por todas las niñas y adolescentes que, de aprobarse algún día la norma, puedan estar eximidas de ese deber patriarcal que les transmite la idea de que sus cuerpos son un problema y tienen que cubrirse para ser consideradas decentes. Mi alegría es amarga porque soy consciente de que lo que lleva a la formación nacionalista a tomar ese camino no es, ni de lejos, su preocupación por el bienestar de las niñas, sino disputarle votos a Aliança Catalana. También se me agria esa posible victoria contra el fundamentalismo islamista porque esa guerra debería haberla librado y batallado y liderado la izquierda desde hace tiempo, los sectores progresistas deberían haberse posicionado férreamente frente a ese racismo de género que consiste en dejarlas a ellas abandonadas a su suerte para no herir la cultura de la dominación masculina fundamentada en principios de dominación religiosa. No eran nuestras costumbres ni nuestras tradiciones (y aunque lo fueran) pero prefirieron escuchar a los imanes que a las feministas traicionando lo que venía siendo uno de sus principales pilares: la igualdad.

Ahora imagino que para hacer lo contrario de la derecha nos vendrán con que prohibir esa indumentaria fascista es racista cuando lo más racista ha sido no escuchar nuestras voces. Eso sí, Junts no va a solucionar un problema que ha ido creciendo en los últimos años: la penetración del islamismo (en todas sus formas) y su influencia sobre los nuevos catalanes (y los nuevos españoles). Para eso hace falta pedagogía, educación, prevención y considerar a esos moros catalanes como ciudadanos de pleno derecho. Es decir, inclusión real.

sábado, 1 de octubre de 2022

"PAÑUELOS AL VIENTO". Por Begoña Beristain en Crónica Vasca el 29 de setiembre de 2022

Siempre me ha gustado ver cómo los y las estudiantes lanzan al aire los birretes el día de su graduación. Es una forma de celebrar haber alcanzado la meta, el objetivo, de sentirse libres después de los años de estudio y disciplina. Estos días, cuando veo a las mujeres iraníes lanzar al viento los pañuelos que cubren sus cabezas siento un profundo desasosiego. Ese gesto de liberarse de una prenda que constriñe y resta libertad no es en ese país sinónimo de libertad sino de riesgo. Se arriesgan a ser multadas, agredidas o en los casos más extremos, asesinadas.

Masha Amini era una joven iraní que murió estando bajo custodia policial. Su delito, llevar mal puesto el velo islámico. Las autoridades aseguran que sufrió un repentino infarto pero su familia mantiene que gozaba de buena salud. Me da que a la policía de la moral, que es como se llama la que se encarga de hacer cumplir el código de conducta islámico y tiene a las mujeres en su diana, se le fue la mano en el cumplimiento de las estrictas interpretaciones de la moral.

Conocida la muerte de Masha, miles de mujeres se lanzaron a las calles para denunciar la opresión a la que se ven sometidas por quienes se han arrogado la tarea de hacer cumplir un código de conducta que pretende promover la virtud y prevenir el vicio. Gasht-e Ershad es el grupo que se encarga de controlar que las mujeres usen el pañuelo para cubrir su cabello y de detener a quienes, a su juicio, no lo cumplen. Detener, apalizar y en ocasiones, matar.

Las movilizaciones se han saldado, por el momento, con más de setenta personas muertas. Los agentes han disparado sobre las multitudes que claman por la libertad de las mujeres en una especie de cacería pública. Enfrentarse a esa policía de la moral sale caro, pero las mujeres están perdiendo el miedo. Ante la falta de libertad, el control, la vida restringida y las agresiones, las iraníes están dejando en casa el temor y se lanzan a la calle en un gesto de valentía que personas y gobiernos de todo el mundo deberían apoyar. Pero no pasa. Que se arreglen ellas. Si al mundo occidental le viene bien económicamente el apoyo al gobierno que pisotea los derechos de las mujeres, se mira para otro lado y listo.

No es la primera vez que estas mujeres se organizan y movilizan. “Mi libertad sigilosa”, los “Miércoles blancos” o “Las chicas de la calle Revolución” son algunos de los movimientos que desde hace tiempo denuncian la falta de libertad en Irán. Y no está siendo en vano. El propio presidente del Parlamento ha dicho que la conducta de la policía de la moral ha de ser investigada, aunque esa investigación tendrá que hacerse en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU si se quiere una aclaración veraz. Desde instancias políticas se apuesta porque las unidades policiales no arresten a personas por violar las normas de vestimenta. Normas que no deberían existir, por otra parte. Cómo se visten las mujeres, si se tapan o no el pelo, ha de ser única y exclusivamente responsabilidad de ellas. Violar un derecho tan básico nos da una ligera idea de lo que sucede en otros ámbitos. También el Parlamento Europeo debe involucrarse en el tema, tal y como le piden las mujeres iraníes exiliadas, para que las que siguen en el país no terminen muertas ante los ojos de un mundo que les mira de reojo.

No solo Irán ejerce fuerza y violencia para vigilar los valores morales. Arabia Saudita, Sudán o Malasia funcionan de la misma manera. No podemos dejar pasar aquí la oportunidad de denunciar, alto y claro, cómo se pisotean los derechos de un colectivo que ha decidido lanzarse a las calles desafiando no solo las normas sino también a la policía.

¿Qué dicen ellos? Pues en esta ocasión hay un dato novedoso e importante. Ellos también han salido a la calle y se han mantenido junto a ellas en las protestas por sus derechos. Cierto es que son muchos otros temas los que los hombres reclaman en las calles pero si cada vez son más numerosos en las protestas femeninas, algo habremos avanzado. Es un camino, como el del feminismo, que han de hacer juntos hombres y mujeres.

No podemos dejar solas a las mujeres iraníes. Necesitan nuestro apoyo. Necesitan no solo gestos sino acciones. Que desde España, por ejemplo, se organicen competiciones de fútbol en países que agreden a mujeres, Arabia Saudita, por no llevar un pañuelo en la cabeza y no pase nada es síntoma de que se nos llena la boca clamando por la libertad pero no estamos dispuestos a perder negocio. A eso se le llama hipocresía, sin más. Fingimos sentimientos que se contradicen con lo que hacemos realmente.

A los y las periodistas nos toca contar lo que sucede en el país para que no caiga en el olvido. Tenemos que ser quienes vivimos lejos de ahí y no estamos sometidas a esas terribles leyes, las que insistamos en poner el asunto sobre la mesa. Las periodistas iraníes son testigos incómodos, claro, y están siendo encarceladas, silenciadas y asesinadas. Nuestro trabajo ha de servir para que los derechos de todas las mujeres del mundo sean respetados.

lunes, 20 de junio de 2022

Kahina Bahloul, la primera mujer imam de Francia: “Quiero ser buena musulmana y también libre, por eso no llevo velo”. Por Sandra Vicente, elDiario.es, 11 de junio de 2022

Islamóloga y jurista, es fundadora de la mezquita de Fátima, un templo itinerante abierto a mujeres y hombres de cualquier credo y religión que pretende luchar contra las imposiciones del fundamentalismo

Las palabras y afirmaciones de Kahina Bahloul son contundentes, pero serenas. Haber estudiado durante años las escrituras sagradas del islam le profiere seguridad para defender sus postulados, pero sin excluir la duda o el desacuerdo de su interlocutor. Se mueve por la sala como si flotara, alta como es, envuelta en un largo vestido que le llega a los pies. Su rostro es poco expresivo, pero nada frío. Su gesto es acogedor, calmado. El mismo que se podría esperar de una ministra espiritual, porque lo es.

Lo que más podría sorprender a un ojo occidental poco versado en la cultura islámica es que no lleva velo. Pero, a pesar de eso, no sólo es musulmana practicante sino que, además, es la primera mujer que se ha erigido como imam en Francia. Ha creado su propia congregación, bajo el nombre de mezquita de Fátima, un lugar de culto que acepta a mujeres y hombres por igual, sean musulmanes, judíos, cristianos o agnósticos, y los invita a compartir “la espiritualidad en un lugar que suprime las fronteras y discriminaciones patriarcales”.

Bahloul dirige la oración ante su congregación alternándose con un hombre, el filósofo Faker Korchane, en consonancia con el postulado sufí que considera que hombres y mujeres se complementan, siempre desde la igualdad y la justicia. “Las mujeres tenemos que tomar la palabra y romper el monopolio que tienen los hombres sobre la religión y el poder”, asegura Bahloul. “Tenemos que estar ahí, al frente, pero tiene que ser junto a los hombres, para recuperar el equilibro que hemos perdido”.

Esta jurista e islamóloga tiene una visión propia del islam, trabajada a través de años de estudio del Corán y que explica en su libro Mi islam, mi libertad (La Llave, 2022). Esta investigación la lleva en un viaje a través de la historia de la espiritualidad musulmana, pero también a través del patriarcado que la impregnó. “La religión es una forma de poder y, como tal, los hombres han tenido la necesidad de apropiársela. Para ello, han tergiversado la interpretación de los textos, cambiando la masculinidad tranquila por un virilismo violento, que reprime con fuerza cualquier cosa que amenace su hegemonía”.

Con estas palabras, la islamóloga se remite principalmente a Ayatolá Jomeini, líder de la Revolución Islámica que se prendió el mismo año que Bahloul llegó al mundo, un 1979 que cambiaría el curso de la historia del islam. “Jomeini es el ejemplo de virilismo, de cómo los hombres han instrumentalizado el Corán para recluir a las mujeres a través del miedo. Para imponer su poder en nombre de un dios”, explica Bahloul, con un evidente pesar en el rostro, a sabiendas de que, desde su nacimiento tendría que batallar por ser mujer, musulmana y libre.

Creciendo entre bombas

Kahina Bahloul nació en París en 1979, pero a los pocos años se mudó a la Argelia natal de su padre. Allí se reencontró con sus raíces bereberes y abrazó, junto a sus abuelos y tías, un islam “bello y tranquilo”, que nada tendría que ver con el fundamentalismo que se instalaría poco después. Bahloul llegó a conocer la Argelia de las minifaldas y las melenas al aire, pero creció en la Argelia de los hiyabs y el terrorismo.

“Cuando vi que se podían cometer crímenes y asesinatos en nombre de Alá, me alejé de la religión. Como niña, no comprendía que era una instrumentalización política. Y, como mujer, sentía que esa violencia me interpelaba directamente”, recuerda Bahloul. Pero con el paso de los años, decidió no rendirse al fundamentalismo y recuperar el islam que le había enseñado su abuelo, allá en la Cabilia argelina.

Así que se hizo defensora del islam liberal, que “tiene la misión de releer los textos sagrados, teniendo en cuenta los retos del mundo contemporáneo, y huir de la esclerosis de aquellos que nos remiten a interpretaciones de la edad media”, dice. Remitiéndose a las escrituras, Bahloul descubrió un islam no impositivo, que no reduce a las mujeres al hogar y que, por contra, les abre las puertas de las mezquitas.

Así, esta jurista se sumó a una lista de imames mujeres más larga de lo que podría parecer, pero todavía escueta, y fundó la mezquita de Fátima para agrado de muchos, pero también contrariando a otros tantos. De hecho, convertirse en guía espiritual le ha valido ser la diana de amenazas de muerte por parte del integrismo islámico. Para evitar posibles ataques, la mezquita es un lugar de culto itinerante, que se va encontrando en casas particulares, en locales cedidos e, incluso, en una parroquia católica.

Pero, a pesar de que su nombre esté en la mira, al igual que Francia está en el epicentro del terrorismo en Europa, Kahia Bahloul quita hierro al asunto, con una sonrisa ambigua que recuerda a la de la Mona Lisa. “Quienes me amenazan son gente joven que se toman por salvadores del islam patriarcal y tradicional”, asegura. “Pero se ponen detrás de una pantalla porque son cobardes y, por eso, no me preocupan”.

Lo que se esconde tras el velo

La función de un(a) imam no es sólo dirigir la oración, sino también brindar consejo espiritual a sus acólitos. Y a Bahloul le llegan dudas de todo tipo, que se cuestionan aspectos aparentemente sin sentido, pero que son la base del conservadurismo del islam (y de cualquier religión). “Me preguntan mucho sobre el matrimonio mixto. Muchas mujeres quieren entender por qué no tienen derecho, según la lectura tradicional del islam, a casare con un no musulmán”.

La tríada de monoteísmos (islam, judaísmo y cristianismo) es algo que “rasga por dentro” a Bahloul, puesto que su familia paterna es musulmana, su madre es católica y su abuela judía. Las tres grandes prácticas están en su forma de entender la espiritualidad y, precisamente por eso, esta imam antepone su libertad a su religión. Esta es una elección que ha tenido que enfrentar repetidas veces durante su vida, como mujer musulmana. La primera de ellas, relativa al velo.

“El virilismo ha impuesto el velo y ha creado una fantasía alrededor del cuerpo de la mujer, que debe ser escondido. Y nos dijo que, para ser buenas musulmanas, debíamos taparnos. Yo quería ser buena musulmana, pero también libre, por eso no llevo velo y decidí que nunca lo llevaría”, dice, profiriendo una de las pocas risas que se le escuchan, mientras se atusa la melena. Pero, tal como recuerda Bahloul, el velo no es algo único del islam, aunque el fundamentalismo así lo quiera hacer creer. “En Europa, las mujeres llevaban velo, y no por cuestiones necesariamente religiosas”, recuerda.

De hecho, originalmente el hiyab era una prenda que portaban las mujeres para significar que eran de casa noble. Tanto es así, que las mujeres esclavas iban con el torso descubierto. “Y, aún así, podían rezar sin que eso las convirtiera en malas musulmanas, según se cuenta en el Corán”, explica Bahloul. “Si ellas podían orar con los pechos al aire, nosotras podemos hacerlo con la cabeza descubierta”, resume.

Esa es una opción del empoderamiento femenino dentro del islam. La otra es portar el hiyab, pero resignificándolo. “Llevar el velo es una elección según el Corán, así que respeto a aquellas mujeres que lo usan libremente. Pero lo que sí me enerva es que haya quien hace del velo su identidad”, expresa la jurista. “La religión es una opción espiritual, que forma parte de ti, pero no te determina”, dice Bahloul.

Ahí radica la crítica que hace esta islamóloga del fundamentalismo, quien ve los textos sagrados como una guía espiritual, no una lista de requisitos y obligaciones. “Es una ayuda para buscar el bien común, la justicia y elevar el ser humano a algo superior. Por ello, creo que el Corán puede ser la mejor herramienta para luchar contra el patriarcado, siempre que las mujeres estemos dispuestas a usarlo como tal”, resume Bahloul.

"CUCARACHAS PARA LOS BUITRES". Antonio Maestre, elDiario.es

Mari Carmen nos ha enseñado que funciona la presión social. Que si conocemos el nombre de los buitres que se esconden tras un fondo, sicav o...