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miércoles, 18 de febrero de 2026

"TODA ESTA LIBERTAD QUE NO QUERRÍA PERDER". Najat El Hachmi, El País

Cristina Estanislao
El velo islámico no es un derecho individual; es la parte visible de una política sexual que pretende anular nuestra condición de sujetos deseantes

Será solo un fantasma el que me persigue: el de la posibilidad de volver atrás en el tiempo y que, en vez de seguir disfrutando de esta gozosa libertad, el retroceso me devuelva a los tiempos oscuros en los que la sumisión no solo era tenida por natural sino por algo deseable y respetable. Hoy ese espectro lo agita una joven estudiante de Logroño, que ha llevado a los tribunales al centro educativo que la está formando porque, aplicando la normativa que ya tenía el instituto, no la dejaban entrar con la cabeza cubierta. La chica, apoyada por numerosas asociaciones y defendida por una abogada comunista, pedía una indemnización de 40.000 euros, porque hacerle cumplir con las normas del centro era “vulnerar su derecho a la libertad religiosa”. Algo en lo que ha estado de acuerdo la magistrada que ha dictado sentencia, que ha hecho prevalecer el derecho del islam a someter a las mujeres por encima del derecho de las niñas a tener una educación igualitaria. No sabemos cómo llega la jueza a la conclusión de que el hiyab representa la identidad como musulmana de la joven, cuando no hay un solo versículo en el Corán que especifique hasta dónde tiene que cubrirse una para cumplir con el mandato de modestia y recato que sí exige al sexo femenino. Si las sentencias judiciales se van a poner a validar los preceptos religiosos de los ciudadanos, yo reclamo que revisen la entrepierna de todos los varones que se declaran seguidores de Mahoma y se aseguren de que no queda en ellos ni rastro de prepucio, no sea que se esté vulnerando así su libertad religiosa.

Este caso es grave porque sienta un precedente y porque la magistrada no parece haber tenido en cuenta el interés superior de la menor, su derecho a tener una infancia y una adolescencia libres de la marca de misoginia que es el hiyab en todas sus formas. Pero hay algo mucho más profundo y trascendental en esta cuestión que velo sí o velo no, incluso más que feminismo sí o feminismo no. Lo que está en juego es un concepto de libertad del que hoy parecen desconfiar incluso los demócratas de esta parte del mundo. Es algo que puedo nombrar con conceptos abstractos que todos conocemos, pero más que nada es algo que siento incluso de un modo físico y que me permite ser enteramente persona. Es una expansión, un sentido de la vida misma. No estar sometida a la voluntad de otro ser humano, no tener que obedecer a otro solo porque ese otro tenga unos determinados rasgos que se consideran mejores que los míos (por ejemplo, gónadas fuera de la cavidad abdominal, un apéndice que cuelga). La libertad es tomar decisiones por mi propia cuenta, con toda la angustia existencial que caracteriza a los neuróticos, con todas las dudas, idas y venidas, con todo ese árbol de ramificaciones de pensamientos que atormentan a los que tenemos la facilidad de imaginar todo tipo de catástrofes. Es también la escritura misma, como hago ahora en un arrebato que siento como una secreción corporal y que sé que no me va a traer un castigo tan insoportable que tenga que callarme. La libertad es escribir, decir, reírse de todo aquello que alguien decidió que era sagrado. Impugnar ese orden establecido con una sonora carcajada que emerge del grito de la vida misma.

¿Exagero? Podría ser, es a lo que nos dedicamos los escritores, pero creo que hay algo muy real en mi miedo a perder la libertad, no solo a perderla para mí, sino para todos y para todas las nacidas en familias y tradiciones que odian que podamos ser sin someternos, que nos odian cuando nos alzamos firmes sobre nuestros propios pies y no nos doblegamos por terribles que sean las consecuencias. Las religiones no son más que formas de dominar extensos grupos humanos. Nosotros mismos creamos dioses, los moldeamos, inventamos historias y mitos con los que sostenerlos y luego los adoramos y nos sometemos a ellos. Solo que algunos, unas élites privilegiadas, se dedican a mover los hilos para su propio beneficio. ¿O alguien puede creer en el relato ingenuo que afirma que una chica menor de edad acaba llegando por sí sola a la conclusión de que tiene que erigirse en una Juana de Arco del hiyab? ¿O que de repente a tantos jóvenes les dé una epifanía casualmente católica? Tomarse en serio las religiones y sus preceptos es, a estas alturas, ridículo. ¿Cómo voy a tener en cuenta las opiniones de un obispo si sé que cree que Jesucristo fue concebido de forma inmaculada? ¿Cómo no tener por locos a quienes afirman que María parió a un hijo siendo virgen? ¿Por qué los cristianos son más respetables que los terraplanistas? Si los segundos tuvieran más poder y estuvieran organizados en iglesias que establecen pactos y concordatos con los Estados, tendríamos leyes que nos obligarían a respetar su “libertad religiosa”. En cambio, seguimos aceptando todos los pulpos que nos venden las confesiones más establecidas y otorgándoles derechos inmerecidos que atentan contra el orden democrático mismo. ¿Puede una organización que afirma que Mahoma estuvo una noche entera dando tumbos por el cielo montado sobre un caballo alado decidir la identidad y la forma de vestir de las mujeres en un país con una Constitución basada en principios republicanos, un país aconfesional? ¿Puede una magistrada docta en leyes laicas aceptar la injerencia de un ser imaginario y fantástico en la autonomía de un centro educativo, por muy Alá que se llame?

Entiendo que con la secularización alcanzada por la sociedad española en su conjunto no veamos hasta qué punto el empuje del oscurantismo fundamentalista puede hacer peligrar los cimientos de este sistema, pero ya fue asesinado un profesor en Francia por hablar de libertad de expresión, ya se viene atacando y señalando a cualquiera que no se comporte como es debido con el islam; es decir, como un creyente. Porque muchos musulmanes que dicen defender la libertad religiosa en realidad están aprovechando este derecho fundamental para imponer su propia visión teocrática; están queriendo someter al resto de ciudadanos a sus propios dogmas. Cuando una madre pone una queja en la escuela a la que van sus hijos porque han recibido una charla de educación sexual, está pretendiendo imponer el islam al sistema educativo, está enfrentándose y atacando una de las libertades más importantes y que más ha costado conquistar: la libertad del propio cuerpo sexuado, del deseo y los afectos.

¿Se imaginan vivir en un país sin libertad sexual? Gozar sin culpa, sabiendo que no hay nada malo en el placer carnal; explorar y descubrir este vasto terreno de la existencia que es lo contrario a la muerte, fantasear sin remordimientos, llenarse del aire único que provoca el orgasmo. Y decirlo y escribirlo y que no pase nada. Entender profundamente que no es delito ni transgresión ni algo malo o sucio. Desenturbiar y desoscurecer el placer y traerlo a la luz de lo normal y natural y bueno. El deseo liberado de atávicas ataduras impuestas por los clérigos hincha el pecho de la fuerza necesaria para denunciar el resto de opresiones y represiones. ¿Se imaginan no tener todo esto? Cuando les hablo de libertad a los fanáticos, me flagelan con una pregunta que en realidad es una acusación, un reproche: ¿para qué quieres la libertad? ¿Para follar? A veces, añaden esos insultos tan universalmente patriarcales para reprocharnos que queramos ser dueñas de nuestros cuerpos y gozarlos como nos venga en gana: “Zorra”, “puta”. Fornicadoras, en lenguaje coránico. Así que el velo no solo no es una simple tela ni mucho menos un derecho individual; es la parte visible de una política sexual que pretende seguir convirtiéndonos en objetos inertes al servicio del hombre y anular nuestra condición de sujetos deseantes. Qué miedo tan grande les debemos provocar las mujeres sexualmente libres cuando dedican tanto esfuerzo a organizar nuestro sometimiento, a borrar nuestro deseo.

miércoles, 28 de enero de 2026

"IGUALDAD PREFIERE A LAS MORAS TAPADAS". Najat El Hachmi, El País

Lo llaman “respeto a la libertad religiosa” cuando lo que se defiende es la libertad de someter a las mujeres

El Instituto de las Mujeres tiene en su página web un vergonzoso documento en el que defiende el uso del hiyab entre las jóvenes musulmanas españolas en el sistema educativo. Empieza diciendo que en España no hay ninguna ley que prohíba el uso de esta bandera del más rancio machismo en los centros públicos. Y claro que no la hay cuando desde hace décadas se vienen desoyendo, cuando no sofocando con inquina, las reivindicaciones de las feministas partidarias de la coeducación que permita a niñas y jóvenes vivir en igualdad por lo menos en los espacios en los que son educadas en esos valores. Todas las españolas tienen derecho a la soberanía sobre sus propios cuerpos, a hacer con ellos lo que les venga en gana, excepto si esas españolas tenemos la desgracia de nacer en familias musulmanas. Entonces nos debemos a nuestra religión, al padre, al marido, al hermano, al imán de la mezquita y todos los predicadores que pululan tanto en el mundo físico como el virtual y nos debemos también a ese brazo femenino del fundamentalista que son las hiyabistas, las que dicen que se tapan porque quieren y que si su identidad y no sé qué más. El ideario completo del islamismo está en ese documento del organismo que tiene que protegernos a todas por igual en boca de los testimonios de unas veloportantes que ya han sido adoctrinadas por las organizaciones político-religiosas que tienen el velo como bandera. Que las chicas crean realmente que tienen libertad para escoger taparse o no hacerlo es lógico teniendo en cuenta la alienación que supone el extremismo religioso y a que nadie le ponga freno. Nadie les pregunta de dónde sale esa elección que, curiosamente, comparten tantas chicas musulmanas, ¿por qué de repente a todas se les ocurre la misma idea, la de cubrirse para poder mostrar su identidad? ¿Acaso los hombres no tienen identidad? ¿No tienen religión?

En el documento se habla de respeto a la libertad religiosa, lo que supone una contradicción flagrante, dado que lo que se defiende es la libertad para someter a las mujeres. Los que la reclaman no respetan el libre desarrollo de niñas y jóvenes sin la hipersexualización precoz que supone el hiyab (si te tapas es para evitar provocar el deseo de los hombres, así que si una niña de cinco años lleva velo es porque alguien ya la considera un cuerpo sexualmente atrayente) ni la marca en hierro candente que es llevar esa liviana tela sobre la cabeza. En el fondo, lo que destila esa visión relativista no es más que un racismo de género, más que una “islamofobia de género”.

domingo, 2 de marzo de 2025

"ESTUDIANTES POR EL 'HIYAB'". Najat El Hachmi, El País 28 FEB 2025

Participantes en una concentración en respuesta a la

prohibición del uso del 'hiyab' en tres institutos

del municipio madrileño de Parla.

NAHIA PECIÑA (EFE)


Reivindicar el uso del velo, que es fundamentalista aunque las que lo lleven no lo sepan, supone legitimar una imposición patriarcal misógina

Los estudiantes de Parla (Madrid) convocaron una manifestación contra la prohibición del uso del hiyab en los institutos de la localidad, que tildan de racista e islamófoba. Demuestran así que las mujeres musulmanas no podemos confiar en que quienes han crecido en democracia vayan a defender nuestros derechos. Reivindicando el uso del velo preceptivo, un velo que es fundamentalista aunque las que lo lleven no lo sepan, lo que están haciendo es legitimar una imposición patriarcal misógina que pretende que vayamos por el mundo con esa marca, esa cárcel ambulante. Dicen que las alumnas que profesan esta religión y que han salido a protestar en contra de la restricción nos han dado a todos una lección de dignidad. La dignidad, ahora, es defender, difundir y normalizar el sometimiento.

Ninguna mujer se levanta un día por la mañana y decide que no va a salir nunca más a la calle con la cabeza descubierta, que no mostrará a sus compañeros varones ni un solo pelo. A ninguna de nosotras se nos ha ocurrido nunca una idea tan extraña. Tampoco llegamos por nosotras mismas a la conclusión de que mostrando nuestras melenas estamos incitando a la lujuria de los hombres, que por lo que parece tienen una naturaleza tan primitiva que no pueden controlar sus impulsos ante la visión de una mujer “desnuda” según las convenciones islamistas. Esto es, sin el hiyab.

No, queridas, nosotras no hemos inventado estas denigrantes normas de decencia y decoro y no se puede negar la carga simbólica del atuendo y cómo degrada la dignidad de las mujeres. La historia del hiyab es la siguiente: durante siglos, cuando podían encerrarnos detrás de las celosías y apenas veíamos la luz del sol, los religiosos no dedicaban mucho tiempo al asunto. El orden social establecido era lo bastante efectivo como para mantenernos con la pata quebrada, no había posibilidad alguna de conquistar nuestra libertad. Pero llegó el siglo XX, las mujeres musulmanas tuvieron noticias de los avances que estaban conquistando las occidentales y no quisieron conformarse con menos. Accedieron a la educación y a la independencia que da el trabajo remunerado, se pusieron prácticos pantalones y se deshicieron de engorrosos velos. Los padres, los maridos, los líderes religiosos y políticos se estremecieron ante tal revolución. Fue entonces cuando inventaron el hiyab, ese pañuelo ceñido con imperdible que nada tiene que ver con las pañoletas tradicionales. Así que los estudiantes no se manifestaron en contra del racismo, sino a favor de la misoginia religiosa.

martes, 13 de septiembre de 2022

Waleed Saleh: “Los partidos de izquierda deberían saber que el hiyab no es una prenda cualquiera, sino el símbolo patriarcal por excelencia”

Nacido en Iraq en 1951, Waleed Saleh es doctor en Estudios Árabes e Islámicos y se ha destacado en los últimos años por sus análisis del islam político. Conocido también por ser traductor de Gabriel García Márquez al árabe, en su última obra, Feminismo e islam. Una ecuación imposible (El Paseo), impugna el llamado feminismo islámico como un oxímoron: a lo largo de 170 páginas, Saleh pone de manifiesto el modo en que la influencia del Corán en las leyes aleja la posibilidad de alcanzar sociedades igualitarias, revela la misoginia de algunas fetuas y advierte de los peligros que entraña el relativismo cultural. El autor encontró un momento en sus vacaciones para atender por teléfono las preguntas de elDiario.es Andalucía.


Usted menciona en su libro a los partidos que llevan en sus listas a candidatas con hiyab para ganarse el voto de los musulmanes. En el caso de las formaciones de izquierda, ¿no es atentar contra sus propios principios, colaborando con el patriarcado?

Es una actitud inaceptable. Ellos lo justifican en nombre de la interculturalidad, la pluralidad, el relativismo cultural, la idea de que son sus costumbres y hay que respetarlas. Pero eso es una gran equivocación, y como dices está en contra de sus propios ideales. No se atreven a llegar al fondo de las cosas. Porque el hiyab no es una vestimenta cualquiera, es el signo patriarcal por excelencia. Se alude a que es un signo de identidad. ¿Por qué se lo quitan cuando las mujeres están solas? ¿Deja entonces de ser necesario un signo de identidad? ¿Y por qué tiene la mujer que llevar un signo de identidad, y no el varón? Porque cuando vienen, los vemos vestidos como occidentales, ultramodernos, con sus pantalones cortos y sus gafas de sol, y la mujer al lado metida en un saco negro, ¿por qué esa condena? Sería razonable que los partidos de izquierda lo pensaran y actuaran de otra manera. Yo no estoy en contra de que una mujer madura y consciente lleve el hiyab por su propia voluntad, pero sabiendo siempre lo que significa. Y tiene que saberlo todo el mundo: las sociedades, los partidos, las comunidades y la propia mujer que lo usa.

¿Tiene esperanza de que los partidos tomen esa conciencia?

[risas] Simplemente es importante hacerles ver esta actitud incorrecta. A lo mejor en algún momento reaccionan y actúan de otra manera. Incluso mucha gente académica, profesores, intelectuales, se equivocan al defender el hiyab o las tradiciones que hemos comentado. Por ejemplo, hay cantidad de profesores y profesoras, ¡sobre todo mujeres!, en defensa total del feminismo islámico, apoyándose en libros escritos en España, Inglaterra, Francia, EEUU… No se paran a pensar: ellas son modernísimas pero defienden el hiyab, el tema del divorcio, etc. Me choca muchísimo, me pregunto si saben realmente qué están defendiendo, si han mirado un poco los códigos de familia, los textos fundacionales del islam. El error de la academia para mí es todavía más grave que el de los partidos.

¿No es una forma de racismo defender unas normas para otras que yo jamás aceptaría?

Exacto. Para mí quiero una vida con libertades, puedo fumar en la calle o teñirme el pelo como quiera, ponerme un pantalón corto, una minifalda o un bikini, pero defiendo el pañuelo y el burkini para las mujeres musulmanas, y que el divorcio esté en manos del hombre. Es una actitud selectiva, racista, machista. Y es inaceptable desde el punto de vista de las libertades y los derechos.

¿POR QUÉ LA CRUELDAD ES RENTABLE ELECTORALMENTE?". Violeta Assiego, elDiario.es

Solo desde esta lógica se pueden comprender algunas de las cosas que hemos escuchado sobre Maricarmen antes de morir, e incluso después. Des...