Mostrando entradas con la etiqueta Artículo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Artículo. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de mayo de 2026

"PILLARLE EL TRUCO". Juan José Millás, El País

A veces, en mitad de una conversación trivial o mientras espero a que cambie el semáforo, algo se desajusta de pronto

De pequeño, se me salía con frecuencia la cadena de la bicicleta, de modo que adquirí cierta maña para obligarla a regresar a su sitio. Bastaba un pequeño salto, un cambio de ritmo en el pedaleo, una distracción mínima, y la cadena se desprendía de los dientes del plato con un chasquido seco que interrumpía su marcha. Yo me bajaba, le daba la vuelta y, manchándome las manos de grasa, volvía a poner las cosas en su lugar. Había algo tranquilizador en ese gesto: la certeza de que el mecanismo, aunque traicionero, obedecía a unas leyes. Si encontrabas el punto exacto, si tensabas lo suficiente, todo volvía a encajar. La bicicleta recuperaba su sintaxis y yo podía continuar el trayecto (o la frase) como si nada hubiera ocurrido.

Con los años, también a mí se me sale la cadena. No hay un chasquido audible, pero sí una especie de desplazamiento interior, una pérdida de engranaje con la realidad. Ocurre en momentos inesperados, a veces en mitad de una conversación trivial o mientras espero a que cambie el semáforo. De pronto, algo se desajusta: las palabras de los otros suenan huecas, los gestos se vuelven mecánicos, y yo experimento la sensación de haberme salido del carril común. Como si la relación con el mundo, que damos por hecha, se hubiera roto.

No sé cómo devolverme a mi sitio. Quizá, se me ocurre a veces, no tengo sitio. Me mancharía con gusto las manos si ese fuera el precio. Pero no hay un plato ni un piñón donde recolocar lo desacoplado. Permanezco entonces en una situación de atonía, observando desde fuera una realidad que continúa sin mí, perfectamente engrasada, indiferente a mi avería. Por lo general, el engranaje se recompone solo. Una frase, un golpe de luz, o un recuerdo cualquiera actúan como ese pequeño empujón que devolvía la cadena a su lugar. Entonces, las palabras recuperan su peso, los semáforos su utilidad, y yo, más o menos, mi papel en el conjunto. Pero no logro pillarle el truco.

martes, 20 de mayo de 2025

"TODOS TENEMOS DERECHO A SER PLUMA". Luis García Montero, El País 19 MAY 2025

Los emisarios del bulo acusan a los demás de falsificadores o enemigos de la libertad de expresión

Tomando ora la espada, ora la pluma. Así vivió Garcilaso de la Vega, un maestro de la poesía condenado a sufrir entre las armas del sangriento Marte. La vida despierta una curiosidad elocuente y, con puro ingenio y lengua casi muda, llegamos a descubrir en algunos rostros belicosos la presencia secreta de la pluma. Nos lo enseña la Égloga Tercera, escrita con voluntad honesta y pura. También nos lo enseña la triste experiencia de algunos amigos, condenados a utilizar la espada, la apariencia feroz, el grito, para ocultar en su cuerpo el amaneramiento de la pluma sigilosa, una pluma que el mundo cruel invita a convertir en secreto. Hay realidades que obligan a vivir en las mentiras y mentiras que se justifican a sí mismas bajo un disfraz guerrero contra la vida. Los emisarios del bulo acusan a los demás de falsificadores o enemigos de la libertad de expresión. Los corruptos de la Justicia acusan a sus víctimas de atentar contra la independencia judicial. Los que no aceptan los latidos de su pluma, porque la consideran fruto de una debilidad muy íntima, pretenden ocultar su solitaria blandura con una crispación automática. El desprecio, la soflama, los gruñidos, asaltan las discusiones para esconder la flojedad.

Pero si uno se fija bien en el rostro, aparece la pluma, sobre todo cuando una cosmética presumida quiere quitar arrugas y embellecer la mirada o la sonrisa. Hay falsificaciones que sólo sirven para descubrir la verdad. Todos tenemos derecho a ser pluma. Nos lo enseñó Luis Cernuda en otro poema famoso: estar cansado tiene plumas, plumas graciosas como un loro, plumas que desde luego nunca vuelan. Así que resulta muy cruel mentirse a sí mismo y a los demás, esconder el agotamiento y las debilidades con un vocabulario de Generalísimo, una retórica ofensiva contra la buena convivencia. A la larga aparece la pluma, la fragilidad, la condena de ser un opositor ante el propio espejo.


ESTOY CANSADO. Luis Cernuda

Estar cansado tiene plumas,
tiene plumas graciosas como un loro,
plumas que desde luego nunca vuelan,
mas balbucean igual que loro.

Estoy cansado de las casas,
prontamente en ruinas sin un gesto;
estoy cansado de las cosas,
con un latir de seda vueltas luego de espaldas.

Estoy cansado de estar vivo,
aunque más cansado sería el estar muerto;
estoy cansado del estar cansado
entre plumas ligeras sagazmente,
plumas del loro aquel tan familiar o triste,
el loro aquel del siempre estar cansado.

lunes, 12 de agosto de 2024

"CUANDO LA MEDIOCRIDAD ES EL TRIUNFO". Por Esther Peñas, publlicado en Ethic el 6 de agosto de2021

Una nueva pandemia parece haber llegado hasta nosotros: la implacable ola de lo mediocre

Convierta esa sonrisa encantadora en una mueca; guárdese sus ideas brillantes, ya no interesan; no trate de ser gracioso ni destape su carisma, carecen de público alguno; su talento, su virtuosismo, su destreza para cualquier disciplina no puntúan, ni asombran, ni fascinan: es la sombra de la mediocridad. Bienvenido al imperio de los mediocres. No se trata de otra distopía más, sino de una hipótesis que viene de antiguo, y que formuló como tal en la década de los sesenta el pedagogo canadiense Laurence J. Peter: «con el tiempo, todo puesto acaba siendo desempeñado por alguien incompetente para sus obligaciones». Esto se explica porque al ascender a un trabajador eficiente se le concede unos cometidos para los que no está preparado. Se conoce como el «principio de Peter».

¿Quién no ha tenido alguna vez la sospecha de que los mediocres gobiernan el mundo? Trump, Bolsonaro, Kim Jong-un, Berlusconi… Hace un par de años, otro canadiense, el filósofo Alain Deneault, volvió a analizar el asunto en el ensayo Mediocracia: cuando los mediocres toman el poder. La conclusión, terrorífica: según el momento, cada cual acata las normas imperantes, sin cuestionarlas, con el único propósito de mantener su posición, o bien las sortea de manera taimada sin que trascienda que no es capaz de respetarlas. Solo estas dos actitudes se enfilan hacia la esfera de poder. Nada más lejos que aquel camino del exceso que conducía, según William Blake, al palacio de la sabiduría.

Para Deneault no hay ámbito libre de mediocridad: académico, político, jurídico, económico, mediático o cultural. Cualquiera de ellos tiene a un mediocre por auriga. Al igual que aquello propuesto por Platón del gobierno de los mejores, la aristocracia, pero al revés. En lo público, como en lo privado. Para el canadiense, lo que procede y triunfa en estos tiempos son los argumentos que confirmen las teorías ya existentes, y evitar críticas o plantear soluciones arriesgadas, mucho menos originales. Porque ya no importa «la relevancia espiritual de las propuestas». Tampoco en lo económico, al fin y al cabo, recuerda el autor que el dinero nos pervierte, y «concentra la actividad de la mente en un medio que le hace perder toda conciencia sensorial de la diversidad del mundo».

Ni siquiera lo cultural escapa de la epidemia mediocre. ¿Cuántas veces hemos escuchado o pronunciado la frase «es más de lo mismo»? Deneault recoge la reflexión de Herbert Marcuse a propósito de la perversión de un sistema en el que patrón y obrero disfrutan con los mismos contenidos. Algo falla. No tanto que se diluyan o eliminen las clases sociales como que ambos legitiman los principios que sustentan el sistema.

Se trata de no destacar si queremos llegar a ser alguien. Con mucha retranca, el escritor Somerset Maugham decía que «solo una persona mediocre está siempre en su mejor momento». No actúa y, por tanto, no se equivoca. No contradice y, por tanto, no se enfrenta a nada ni a nadie. No enjuicia y, por tanto, obedece.

En 1961, Kurt Vonnegut, autor norteamericano de ciencia ficción, firmó el relato Harrison Bergeron, un texto distópico y satírico que comienza diciendo: «En el año 2081, todos los hombres eran al fin iguales. No solo iguales ante Dios y ante la ley, sino iguales en todos los sentidos. Nadie era más listo que ningún otro; nadie era más hermoso que ningún otro; nadie era más fuerte o más rápido que ningún otro. Toda esta igualdad era debida a las enmiendas 211, 212 y 213 de la Constitución, y a la incesante vigilancia de los agentes de la Directora General de Impedidos de los Estados Unidos». Para evitar que ningún ciudadano destacase, las autoridades ejercían la violencia sobre ellos. «George, como su inteligencia estaba por encima de lo normal, llevaba en la oreja un pequeño impedimento mental radiotelefónico, y no podía sacárselo nunca, de acuerdo con la ley. El receptor sintonizaba la onda de un transmisor del gobierno que cada veinte segundos, aproximadamente, enviaba algún ruido agudo para que las gentes como George no aprovechasen injustamente su propia inteligencia a expensas de los otros».

Todo parece indicar que si la voz de Dios sonara de nuevo, poderosa, atronadora, recia como aquella vez en que creó el mundo, acaso hoy dijera, resignado: «Mediocres del mundo, ¡yo os absuelvo!».

martes, 30 de julio de 2024

"ADIÓS A TODO ESO". Irene Vallejo, Milenio 17 JUL 2024


En muchas épocas ha existido la sensación de decadencia, de pérdida de esplendor. Cicerón se lamentaba de la confusión y la caída moral que percibía en la antigua Roma republicana. San Agustín escribió, cuando ya se intuía el fin del Imperio, que el mundo estaba envejeciendo, pues pensaba que todo se venía abajo. Miraba a su alrededor y creía ver entre sus contemporáneos falta de fuerza, de creatividad y de vida en un lapso de mera espera del final.

Casi cada generación ha conocido guerras o dictaduras o catástrofes naturales o desplomes económicos. Hemos superado muchas otras crisis. El recuerdo de tiempos mejores no debería llevarnos al repliegue o al ensimismamiento justo cuando hace falta luchar, como enseña la antigua leyenda de Orfeo. El mismo día de su boda con Eurídice, Orfeo la vio morir por el mordisco de una serpiente. Desconsolado, se adentró en el reino de los muertos y con los maravillosos acentos de su música sedujo a los dioses del submundo, que le prometieron devolverle a su mujer, pero con una condición: no podía volverse a mirarla ni tampoco hablarle hasta salir de los infiernos. Comenzó el ascenso por un camino escarpado, envuelto en niebla y en silencio. Ya se vislumbraba la luz del sol cuando a Orfeo le pudo la angustia: ¿de verdad le seguía Eurídice? Y giró la cabeza para poder verla. Entonces el suelo se abrió y ella cayó hacia abajo, engullida por el vacío, perdida por segunda vez y para siempre. En realidad el regalo de los dioses para Orfeo era su consejo: no mires atrás. De espaldas no se puede hacer frente a la realidad.

miércoles, 24 de julio de 2024

"QUE NO PARE EL ESPECTÁCULO PEINADO". Esther Palomera, elDiario.es

Si Zola viviera y fijase su mirada sobre España, igual escribiría otra vez el célebre Yo acuso, un alegato contra la injusticia en el que denunció una trama de imposturas, manipulaciones y mentiras nutridas de un tosco patriotismo para condenar al capitán Alfred Dreyfus a la reclusión perpetua. Hoy el objetivo es Pedro Sánchez –no es Begoña Gómez– y el protagonista, el juez Peinado. Con él, la indefensión, el cuestionamiento del Estado de Derecho, los excesos del poder judicial, el papel de los medios de comunicación y la deformada opinión pública que mayoritariamente se informa a través de las pestilentes redes sociales. Todo suma y todo nos convierte en un país que empieza a dar miedo.

[...] Que Vox se recree por haber conseguido lo que se proponía no es ninguna sorpresa –“Gracias a Vox, Pedro Sánchez tendrá que declarar como testigo en las presuntas corruptelas de su mujer y no descansaremos hasta desalojar al clan corrupto que ocupa la Moncloa”–, lo indigno es que un partido como el PP, que un día fue partido de Estado, se sume a la casquería de la ultraderecha y haya pedido de inmediato la dimisión del presidente. El mismo Feijóo que exige la salida de Sánchez por una investigación aún no concluyente sobre su esposa es el que calla ante la permanencia en su cargo de la presidenta de la Comunidad de Madrid, cuya pareja –antaño, técnico sanitario y hoy, comisionista del mayor proveedor sanitario del gobierno regionalha confesado dos delitos de fraude fiscal y uno de falsedad documental y ha aceptado ocho meses de cárcel, además del pago de 491.000 euros.

jueves, 18 de julio de 2024

"UN NUEVO NOSOTROS". Un artículo de Pau Luque Sánchez, El País 17 JUL 2024

Raquel Marín
Hay pocas ideas más fascistas que aquella según la cual “los migrantes deben integrarse”

Pasó por fortuna desapercebida —situación que espero no revertir irónicamente con este texto— una iniciativa de Vox de hace unos meses en el Congreso al calor del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. Se trataba de una proposición no de ley que pretendía “suspender los expedientes de adquisición de la nacionalidad española, las autorizaciones de estancia y residencia y prohibir la entrada en España de inmigrantes procedentes de países de cultura islámica, en tanto no se pueda asegurar su correcta y pacífica integración en nuestro territorio”.

Siempre me ha desconcertado ese ataque de realpolitik que algunos sienten cuando la barbarie se expresa libremente. Me refiero a esa cosa del “No estoy de acuerdo con Vox, pero al menos no son políticamente correctos: si los terroristas son de origen islámico hay que decirlo, hay que decir la verdad”. Cuando los bárbaros con tribuna institucional hablan como tales estigmatizan a los migrantes (o hijos o nietos de migrantes) de origen árabe, incluso aunque no practiquen el Islam. Y, al hacerlo, comienza ese sutil y difuso proceso de legitimación de eventuales agresiones, pues si las instituciones amparan la degradación de las personas mediante el lenguaje, ¿qué impide a las personas de a pie completar la tarea y degradarlas más allá del lenguaje?

Tampoco querría conducir yo a equívocos. No extender la sospecha sobre personas que tienen determinados rasgos o hablan ciertas lenguas o rezan a un dios específico no garantiza que los políticos no sean racistas ni xenófobos. Lo único que garantiza, estrictamente hablando, es que sean hipócritas, porque bien pueden estar diciendo cosas en las que no creen. ¿Pero saben qué? La hipocresía es una virtud civilizatoria. Conseguir que los bárbaros no hablen como bárbaros es deslegitimar su forma de hablar. Y deslegitimar su forma de hablar es, sobre todo cuando cuentan con un atril en el Congreso, un primer paso civilizatorio. Se dirá que no es mucho. Pero al negarnos a aceptar que los bárbaros hablen como si la barbarie fuera una alternativa como cualquier otra, estamos exigiendo que las instituciones nos protejan, como decía Judith Shklar, contra el miedo. Un objetivo modesto, pero nada banal.

La propuesta no de ley de Vox, sin embargo, contenía algo más inquietante. Me refiero a la idea de la “correcta y pacífica integración” de los migrantes. Una de las razones por las que Vox creció como creció se debe, me temo, a que Vox es explícito y enfático con tal idea, que genera un amplio consenso. Y es que, ya se sabe, ellos sí dicen “la verdad”, ellos sí dicen, en fin, lo que supuestamente todo el mundo piensa.

Bien, pues se me ocurren pocas ideas sustantivamente más fascistas que aquella según la cual “los migrantes deben integrarse”. Y es que para pedir a alguien que se integre hay que creer que tenemos más derechos que quien llega de fuera simplemente porque nosotros estábamos antes que tú en esta tierra. Por ejemplo, tenemos el derecho, del que tú careces, de pedirte que renuncies a tu forma de vida y te conformes a la nuestra. O sea, que te integres.

Para quienes creen en el deber de integrarse, el migrante carece de autonomía y agencia: no tiene derecho a armar su vida como considere oportuno; tiene que mimetizar las conductas locales, o, si no queda otro remedio, debe al menos modificar su forma de vida de manera tal que esta sea compatible con aquéllas. Así que el deber de integrarse que tienen los migrantes es correlativo al derecho que tienen los locales de exigir que los migrantes renuncien a ser quienes son únicamente en virtud de ser eso, locales.

Este tipo de nacionalismo es una forma incluyente de nacionalismo, pues al menos admite la entrada de algunos migrantes, siempre y cuando paguen el peaje de que los locales elijan cómo los migrantes deben vivir o qué lengua deben hablar. Y yo me pregunto: si un nacionalista incluyente ya niega toda agencia y autonomía a los migrantes, ¿qué clase de Belzebú es un nacionalista excluyente? (Esto conduce a otra pregunta: ¿no es toda forma de nacionalismo defensivo una forma de nacionalismo agresivo a ojos de quien ocupa, en cada contexto, el último lugar en la cadena trófica de las identidades nacionales?)

La idea de la integración es desagradable ya en abstracto. Pero si uno aterriza en la historia y se da cuenta de que los países que más legitimados se sienten a exigir la integración suelen ser países con un pasado colonialista, entonces la situación se vuelve grave aunque no muy seria. Resulta que los herederos de quienes han colonizado tierras durante siglos ahora exigiremos a los herederos de las tierras colonizadas que acepten definitivamente que nosotros siempre tuvimos razón. La idea de la integración es tal vez la más perversa y refinada expresión de Europa, y más en general de Occidente, concibiéndose a sí mismo como el ombligo del mundo. Es como si tuviera lugar una pelea en el patio de la escuela en que un niño le pega una somanta de palos a otro y, cuando lo tiene finalmente sometido, le pregunta: “¿Verdad que soy el más civilizado, el más culto y el más racional?”.

Pero lo más perturbador de la idea de la integración es que se niega a negociar un nuevo nosotros político. Pedirle a los migrantes que se integren es querer dejar intacto quiénes somos políticamente, cosa en realidad imposible y, sobre todo, indeseable cuando se cruzan formas de vida. La idea de la integración es intrínsecamente reaccionaria porque intenta congelar para siempre un “nosotros” que, por otra parte, muy probablemente nunca ha existido. Respetar políticamente a los migrantes es darles carta de ciudadanía, o sea regularizarlos. Pero, además, es interpretar su llegada como el detonante de la obligación de reconfigurar ese nosotros político.

Los nacionalismos occidentales vienen a plantearnos un dilema que apesta a solemnidad en cada uno de sus cuernos. O bien los migrantes se integran o bien serán las sociedades occidentales las que se desintegrarán. Pues no. Lo único que por suerte se desintegra si los migrantes no se integran es la fantaseada nación centenaria o milenaria. Los nacionalistas nos quieren persuadir de que la sociedad se reduce a la nación. Nada más falso. Un migrante que no se integra es una feliz ofensa para la nación, pero no para la sociedad. La supervivencia de una sociedad no depende de que los migrantes se integren, pero sí de renegociar el nosotros político.

Siendo yo un aficionado muy moderado a las metáforas futbolísticas, resulta irresistible acudir a la selección española de la Eurocopa 2024 para hablar del nuevo nosotros al que la migración obliga. Resulta que el mejor jugador catalán, Lamine Yamal, desdibuja lo que el nacionalismo catalán dice que es un catalán como dios manda: su imaginario sentimental está filtrado por su barrio, Rocafonda (Mataró), no por la nación catalana. Y resulta que el mejor jugador vasco, Nico Williams, desdibuja lo que el nacionalismo vasco dice que es un vasco como dios manda: dijo a finales de 2022, con la sonrisa de un pillo, que su nivel de euskera es cero. Resulta, además, que los dos mejores jugadores de España son precisamente ese catalán y ese vasco, cosa que desdibuja lo que el nacionalismo español dice que es un español como dios manda. La selección española simboliza el feliz triunfo de la sociedad española y la derrota de la nación española. Es la alegoría de un nuevo nosotros.

Pau Luque es investigador en la UNAM. Su último libro es Ñu. Un problema para cada solución (Anagrama).


domingo, 9 de junio de 2024

"IDIOTAS". Irene Vallejo, Mileniio 05 JUN 2024

Luis M. Morales

En medio de este gran desbarajuste, furiosos por las injusticias, nos desahogamos contra la política. Ejercemos lo que Franco Battiato llamaba “el placer de sentirse juntos para criticar”. Cada vez más gente en la cansada Europa —y en los Estados Unidos, al parecer siempre jóvenes—, se declara “antipolítica”. También podríamos proclamarnos antioxígeno, pero seguiríamos respirándolo. Política es todo, política somos nosotros: lo que compramos y nuestro modelo de consumo, las condiciones laborales que hay detrás de la ropa que vestimos, el colegio de los niños, encender o no la televisión, las causas que apoyamos, los sentimientos nacionalistas, la mentalidad cosmopolita.

La palabra “idiota” se refería en origen a este debate. Así llamaban los griegos a los ciudadanos que se desentendían de los asuntos públicos, refugiándose en sus intereses privados. Para Aristóteles, un idiota es quien se queda en su casa y deja que gobiernen los bandidos. Definía al ser humano como “animal político” y la política como la capacidad de cooperar persiguiendo fines comunes. Afirmaba que construimos el Estado por dos vías principales, la educación y la constitución —es decir, las leyes que nos afectan a todos. Cuando vivimos juntos, participamos en política queramos o no, por acción o por omisión. Pero si abundan los idiotas, suben al poder quienes se las saben todas.

domingo, 19 de mayo de 2024

"NEGARSE A LA EQUIDISTANCIA". Luis García Montero (infoLibre 18 de mayo de 2024)

Siempre es peligroso que la vida se convierta en un monólogo. Así se pudren las aguas más envenenadas del yo. Para evitar que las envidias, las impotencias y las obsesiones pierdan el sentido del pudor, más que monologar con el veneno interior, conviene mantener una conversación con la propia conciencia. Hablar con la persona que va junto a nosotros, escuchando la cara y la cruz de las cosas, es mucho más aconsejable que monologar hasta caer en el ridículo. Mi admiración por Luis Cernuda se debe a su poesía, pero también a que una personalidad tan difícil como la suya supo mantener la dignidad hasta el final de su vida. El recuerdo de sus poemas y su dignidad me acompaña estos días que vivo en México y con México, país en el que murió exiliado en 1963.

Como recordó en Historial de un libro, durante la Guerra Civil vio enfrentadas la sempiterna reacción española, partidaria siempre de la intolerancia, la superstición y la ignorancia, y una España joven, cuya oportunidad parecía llegada. Pero lo que llegó fue la victoria de “los caínes sempiternos” que se habían levantado en armas en 1936 contra la democracia española. La denuncia de las tramposas equidistancias tiene más valor cuando se da en la obra de Cernuda. Junto a la agresión del franquismo, tuvo que soportar algunas ofensas del bando republicano y muchas dudas sobre el protagonismo de los comunistas, de los que se distanció después de haber colaborado en la revista Octubre, haber firmado varios manifiestos en Mundo obrero y haberse integrado con Alberti en la Alianza de Intelectuales Antifascistas.

Durante la guerra hubo indignidades en los dos bandos. Las presiones de Wenceslao Roces, por ejemplo, hicieron que Cernuda tuviera que suprimir una estrofa en su poema de homenaje a Lorca, cuando se publicó en Hora de España. No fueron bien vistas sus simpatías homosexuales. Por haber sufrido ese tipo de ofensas tiene mucho valor que Luis Cernuda se negara siempre a la equidistancia y denunciase la barbarie de la España reaccionaria que había dado el golpe militar, responsable fundamental de la catástrofe, y “estúpida y cruel como su fiesta de los toros”. El verso citado pertenece a Díptico español, un poema de Desolación de la quimera (1962), dedicado a la España obscena y deprimente regentada por la canalla franquista.

Poco antes de morir escribió también 1936, un poema en el que quiso cantar la memoria de un soldado de la Brigada Lincoln que se había jugado la vida al luchar, fuera de su país, por una causa justa, una causa que Cernuda, y así lo dejó escrito, seguía considerando noble, aunque algunos hubiesen traicionado por egoísmo la dignidad de sus banderas. “Gracias, compañero, gracias por el ejemplo”, escribió Cernuda, un poeta muy poco dado a utilizar la palabra compañero.

Cernuda mantuvo la dignidad ante las ofensas porque hablaba con su propia conciencia, y eso le ayudó a no perder el sentido de la vergüenza. Las diferencias entre un médico y un curandero a la hora de hacer un diagnóstico se dan también entre un historiador y un opinador de pacotilla cuando se hace memoria, o entre alguien que dialoga consigo mismo y alguien ya abandonado al monólogo de su propia degradación. La sempiterna prensa reaccionaria está llenando ahora sus páginas de curanderos, muy resabiados además porque no son bien acogidos en otros lugares más apetecibles. Cernuda tuvo que soportar las salidas de tono de algún antiguo conocido. Y no dio nombres, ¿para qué? Pero sí dio una Respuesta:

Lo cretino, en ti,

No excluye lo ruin.

Lo ruin, en tu sino,

No excluye lo cretino.

Así que eres, en fin,

Tan cretino como ruin.

lunes, 13 de mayo de 2024

"DOBLES RASEROS". Irene Vallejo, El País 05 MAY 2024

CINTA ARRIBAS
Señalamos sin tapujos los abusos que cometen otros, pero nos consideramos una excepción a las normas

Es casi tan difícil admitirlo como evitarlo. No tratamos a todo el mundo con el mismo baremo ético, con idéntica vara de medir. Nos ofuscan las pasiones, los odios y las distancias entre las distintas personas verbales. Nuestros juicios tienden a la conjugación irregular: yo hago, tú cometes, él perpetra. Perdonamos con facilidad nuestros errores mientras atizamos sin piedad los tropiezos de los demás. Cultivamos el amor propio y la vergüenza ajena. El doble rasero es el mal nuestro de cada día.

El rasero era un utensilio utilizado antiguamente para rasar las medidas del grano. Consistía en una vara metálica que permitía retirar el cereal que rebasaba el borde de las vasijas, asegurando así que todas contenían la misma cantidad, sin la menor diferencia. Se necesita pulso, delicadeza, disciplina y sentido de la equidad para rasar bien: arrasar es más rápido y embriagador. El filósofo Bertrand Russell afirmó que la humanidad posee “una moral que predica pero no practica, y otra que practica y no predica”. Alzamos la voz y fruncimos el ceño para exigir que el resto del mundo se comporte como es debido, pero con media sonrisa justificamos los incumplimientos, excepciones y exabruptos de quienes nos resultan más simpáticos. Con frecuencia, repartimos la culpa y la disculpa en función de las querencias, no de las evidencias; de las adhesiones, no de las acciones. El escritor Ambrose Bierce construyó un libro entero, El diccionario del diablo, a base de definiciones asimétricas y sarcásticas: “Una persona aburrida es la que habla cuando deseas que te escuche”. “Un egoísta es una persona que piensa más en sí misma que en mí”.

La política es un terreno particularmente fértil para este divorcio entre actos y principios. En la antigua república romana, un tribuno llamado Licinio Calvo propuso una serie de iniciativas legislativas que, como era costumbre en el derecho romano, quedaron unidas a su nombre. Las leyes Licinias, pensadas para contener los excesos de los ricos, limitaban la acumulación de tierra en manos de un solo propietario y protegían a los deudores frente a los acreedores. Se aprobaron contra la indignada oposición de los patricios. Años más tarde, el extribuno Licinio Calvo fue acusado de transgredir su ley por acaparar más tierra de lo permitido. Su avaricia rebasó los límites y acabó condenado a la pena que él mismo había fijado como legislador, desde el otro lado de la barrera.

Alguien condenado por su propia ley es la imagen perfecta de nuestras incoherencias. Señalamos sin tapujos los abusos que cometen otros, pero nos consideramos una excepción a las normas. Para nosotros siempre encontramos justificación, mientras lanzamos reproches: nada necesita más reforma que la conducta de los demás.

Esta disonancia moral tiene una raíz psicológica: contemplamos la realidad desde la atalaya del yo. Así, la paja en el ojo ajeno nos parece monstruosa en comparación con nuestra propia viga y nuestra propia vida. Inevitablemente, nuestras acciones —y razones— siempre nos resultarán más lógicas, más comprensibles, más motivadas. A todos nos duelen los mínimos golpes en carne propia, y al mismo tiempo soportamos como nadie los males que aquejan a los demás. Se necesita un poderoso ejercicio de imaginación para corregir esos errores de perspectiva, para reconocer que solo desde nuestro punto de vista somos el centro del mundo. Hay millones de centros más, convencidos de ser igual de decisivos; el planeta está superpoblado de protagonismos. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 1 de enero de 2024

"CONSUMIR O MORIR". Un artículo de Najat El Hachmi publicado en El País 29 DIC 2023

Hay que comprar y comprar aunque no se tenga dinero porque esa es nuestra principal distracción, válvula de escape de la masa

Con la inflación haciendo estragos y un panorama económico lleno de incertidumbre, los ejes comerciales de las ciudades están abarrotados. Hay que comprar y comprar aunque no se tenga dinero porque esa es nuestra principal distracción, válvula de escape de la masa. Solo se resisten a comprar por comprar los zumbados iluminados por alguna religión oriental. Consumo, luego existo, aunque me falten la casa y el pan, el presente y el futuro.

La estratificación social está hoy en las cadenas de productos y el que no adquiere el suyo es porque no ha visitado portales chinos que ya copian a las firmas low cost que copian a diseñadores de moda. A mí el modo en que se van llenando las casas de trastos y objetos me provoca una angustia existencial, lo opuesto al horror vacui. Por eso un signo de distinción y riqueza es no tener nada en enormes espacios diáfanos. Como mucho habrá algún mueble blanco. A mi madre le daría un patatús ver el sofá níveo de Kim Kardashian. El blanco es el color prohibido para las madres con muchos hijos, se ensucia rápido y hay que estar siempre quitando las manchas. Algo por lo que la Kardashian no parece muy preocupada.

Lo que no sé es si en casa de los ricos los niños tienen tantos cachivaches como en la de los pobres. Si los tienen se notarán menos porque igual son todos Montessori, de madera eco sostenible y toxic free. Los chavales pobres se harán más fuertes chupando el petróleo de sus juguetes 100% plástico, unos juguetes que parecen invadir el poco espacio del que disponen muchos hogares porque a los niños también les educamos antes para ser compradores que ciudadanos.

En su primera infancia, incluso en las familias más afectadas por la falta de recursos, los peques reciben cada año un alud de regalos: amigo invisible, tió, Olentzero, papá Noel y Reyes Magos, cumpleaños y santo. Me lo pido para tal, dicen, como si nadie tuviera que pagar el regalo y sus deseos fueran órdenes para los adultos. Si les sugieres que pongan calcetines o pijamas en la lista, como se hacía antes, te miran ofendidos. Para que el regalo sea regalo tiene que carecer de utilidad. Y si a los padres les supone un esfuerzo sobrehumano costear los presentes, que disimulen o sus hijos tendrán un trauma de por vida que ríete tú de las infancias dickensianas. El trauma de tener conciencia de la realidad y asumir que los recursos son finitos.

domingo, 5 de noviembre de 2023

"LA VERGÜENZA TIENE IDEOLOGÍA". Antonio Maestre, elDiario.es, 4 Nov 2023

España ha tenido momentos que hicieron sentir vergüenza a muchos españoles de una gravedad mucho mayor que el perdón de unos delitos leves en el marco de una negociación

Pablo Motos dijo esta semana en El Hormiguero que sentía vergüenza de ser español por primera vez en su vida por la ley de amnistía. Lo cierto es que sentí mucha empatía con esa afirmación de sentir vergüenza por algo que no has hecho tú, porque es algo que me ha acompañado en muchas ocasiones a lo largo de mi vida escuchando algunos discursos. La afirmación me llevó a reflexionar sobre la subjetividad de la vergüenza como elemento central de la ideología en una época en la que la emoción prevalece sobre la razón a la hora de mover los discursos políticos.

No entendí demasiado las críticas a Pablo Motos porque fue una demostración emocional de su ideología y se agradecen estos reconocimientos sinceros de la matriz de pensamiento que todos tenemos. No es criticable la sensación de vergüenza porque es una emoción que no se puede controlar, lo que hay que valorar es cómo y por qué se pueden sentir vergüenza, asco u orgullo. Es decir, cuál es el sustrato hegemónico y cultural que lleva a alguien a sentir vergüenza de ser español por primera vez en su vida. Por qué ahora y por qué no antes. Cuál es la línea roja traspasada que hace sentir pudor a una persona por su origen que nunca antes se haya sobrepasado.

Los procesos identitarios llevan asociados una serie de valores y componentes que conforman esa misma identidad. La vergüenza es una emoción, un sentimiento, una sensación de oprobio ante el maltrato a la propia identidad. Para avergonzarse de ser español se tiene que asociar a la identidad unos valores con los que se sienta concernido e identificado. Es decir, si se siente vergüenza por sentirse español es porque alguien ha maltratado esos valores que se identifican con la idea de España y que han sido mutados hasta transformarse en la idea de España que el avergonzado tiene de su país. Es comprensible que alguien que se vincule con una idea de España próxima al nacionalismo se sienta violentado con una prebenda a los nacionalistas catalanes de modo que por primera vez le lleve a sentir vergüenza de lo que antes le hacía sentir orgullo.

La vergüenza sobre la aprobación de la ley de amnistía parece venir identificada por el hecho de que todos los españoles dejamos de ser iguales ante la ley, pero al ser la primera vez que a alguien le ocurre entenderíamos que el hecho se ha producido por primera vez en España y por ende, esa novedad pervierte los valores de España. La lógica dictaría un imperativo categórico de ineludible cumplimiento para quien se sienta avergonzado por el hecho de que no haya igualdad entre españoles. No cabe otra cosa que haber sentido esa emoción de vergüenza cuando el emérito fue exonerado de toda culpa por su condición de rey después de haber reconocido tener una fortuna fuera de España con prácticas ilegales, de haber desviado fondos a sus cuentas o de haber sido librado de la fiscalía de los delitos de evasión fiscal. Pero no, por alguna extraña razón eso no provocó vergüenza.

Sentir vergüenza es una emoción humana y por qué la sentimos es lo que define nuestra sensibilidad política, emocional y cultural. Se puede sentir vergüenza por haber dejado que en Madrid más de 7.000 ancianos fueran abandonados en las residencias para morir sin atención hospitalaria mientras aquellos con seguro privado tenían la oportunidad de salvarse o morir con menos sufrimiento y agonía. Pero es cierto que eso puede no haberte hecho sentir vergüenza y sí que Carles Puigdemont pueda volver a España sin ser juzgado por malversación. España ha tenido momentos que hicieron sentir vergüenza a muchos españoles de una gravedad mucho mayor que el perdón de unos delitos leves en el marco de una negociación. La participación de España en la guerra de Irak, las mentiras del PP después del 11M, la corrupción sistemática de la derecha durante décadas, la participación del Estado y el PSOE en el terrorismo de los GAL, la muerte de cientos de inmigrantes en las vallas de Melilla y en el mar Mediterráneo, la muerte de miles de pacientes esperando un tratamiento contra la hepatitis, la pervivencia de los símbolos que exaltan la dictadura, la permanencia de miles de cadáveres de españoles en las cunetas, los indultos a los policías condenados por torturas, los miles de desahucios a personas sin recursos. Se puede sentir vergüenza por ser español por primera vez en la vida por una ley de amnistía. Es una emoción subjetiva que hay que comprender, pero sí es cuestionable por qué no se ha sentido vergüenza en todos estos años cuando se han producido infinidad de actos, hechos y actuaciones que han podido llevar a movernos la víscera.

La vergüenza es un sentimiento profundo que a lo largo de la historia ha movido a muchos intelectuales a mostrarla como la más pura emoción política vinculada a una identidad presente y perdida. Decía Bertolt Brecht en su poema sobre la Alemania de 1933: “Hablen otros de su vergüenza. Yo hablo de la mía. Los discursos que salen de tu casa producen risa”. El qué provoca esa vergüenza es lo que muestra la diferencia entre una emoción sincera o cuándo nace del más profundo privilegio. En un mundo como el actual en el que todo esta interrelacionado y se está produciendo un genocidio sobre el pueblo palestino hay motivos para sentir vergüenza sobre el silencio, la complicidad o la indiferencia del papel de nuestra sociedad y nuestro país con el crimen sistemático de menores y la aniquilación de todo un pueblo. Pero lógicamente puedes no sentir vergüenza por eso y sí porque cuando sales de viaje al extranjero alguien te pregunte por Puigdemont. Eso es en sí mismo un marcador de clase y prioridades que enseña cuál es la hegemonía ideológica predominante de una determinada y específica España avergonzada. La vergüenza también tiene ideología y en ocasiones la ajena conduce al bochorno.

domingo, 10 de septiembre de 2023

"ENJAMBRE DE OPINIONES". Un artículo de Irene Vallejo publicado en El País el 3 de septiembre de 2023

Ante las torpezas y tropiezos, el dedo acusador casi nunca es la mejor medicina. Más sabio que discutir será divertirse

Tenemos más opiniones que contemplaciones. “No juzguéis y no seréis juzgados” es tal vez uno de los preceptos más incumplidos de la historia. O, más bien, nadie cree desafiarlo: de nuestra boca jamás emanan veredictos, solo la verdad. Tú misma asomas la cabeza en estas páginas para propinar consejos no solicitados, uniéndote alegremente al sermoneo generalizado.

Hace siglos el griego Esopo ilustró en una de sus fábulas esta pasión irrefrenable por la crítica a destajo. Dos labradores, padre e hijo, se dirigían a un mercado con un burro para que cargase las compras al regreso. Tirando del animal por las riendas, echaron a andar. “Vaya par”, comentaron dos desconocidos, “ellos que tienen caballería van a pie. Qué mal repartido está el mundo”. Al oírlo, el padre ordenó al chiquillo que subiera a lomos del borrico. “Lo que hay que ver”, opinaron entonces unos campesinos que seguían la misma ruta, “el joven va cómodo mientras al padre le falta el aliento. No sé cómo lo consiente”. Entonces el labrador, avergonzado, hizo bajar al hijo para auparse él. “Parece mentira que haga trabajar así al pobre niño”, escuchó a un grupo de viajeros. Ofendido, montó al pequeño en la grupa, detrás de él. “Ahora ya no podrán decir nada”, pensó triunfante. Se equivocaba. Una voz taladró sus oídos: “Fíjate, no pararán hasta que el burro reviente”.

Según repetidas encuestas, todas las personas tienden a considerarse más atractivas, inteligentes y simpáticas que el promedio, lo que es estadísticamente imposible. Además pensamos unánimemente que siempre tenemos razón —otra asombrosa anomalía en términos de probabilidad—. En la vida real y en la digital, a quienes nos llevan la contraria hemos aprendido a etiquetarlos para no escucharlos. Divididos por la espiral de ira, hijos de la hipérbole, creemos que solo nuestras normas permiten avanzar, mientras fuera de ellas imperan los intereses, las mentiras y las turbias complicidades. Nosotros tenemos ideas; los demás, ideología. Al negarnos a comprender al otro, alimentamos una tensión colectiva que nos vuelve más conflictivos y menos efectivos. En su libro La conversación infinita, Borja Hermoso entrevista a Inma Puig, psicóloga experta en contextos de alta tensión: “Estamos juzgando todo el tiempo a todo el mundo, sin pruebas. Y dictamos sentencias, de forma que cerramos ya toda posibilidad de seguir tratando de entender”. Quizá necesitemos redescubrir que cada mirada sobre el mundo es una peculiar aleación de deseos, experiencias, esperanzas y emociones. Las personas somos un material frágil y valioso.

Resulta paradójica esta afición universal al lanzamiento de jabalina verbal, cuando tanto nos irrita ser la diana. Es un hecho comprobado: hagas lo que hagas, siempre tendrás cerca a alguien dispuesto a opinar. Ese cuestionamiento constante erosiona nuestros intentos y nuestros encuentros, nuestros amores y esplendores. En la familia, los reproches crean fallas sísmicas entre generaciones. Cuando se supera el miedo a defraudar a los padres, surge el espanto por las miradas de piedra, los juicios explosivos y las frases letales de los vástagos adolescentes. La autora mexicana Rosario Castellanos escribió Autorretrato, un poema irónico sobre sí misma que retrata sus inseguridades con humor autocrítico e irreverencia. Los versos más desasosegantes los dedica a su hijo: “Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño que un día se erigirá en juez inapelable y que acaso, además, ejerza de verdugo. Mientras tanto lo amo”. En esas treguas, cuando aún se comparten las miradas risueñas y las bromas mutuas sin irritación ni enmiendas a la totalidad, la escritora sitúa los momentos más felices de la vida.

Nos ayudará, cuando los lazos se enmarañan, dejar de ver mala fe en la opinión ajena, evitar el juicio sumarísimo, aprender a confiar en la honestidad de los distintos. Y ante las torpezas y tropiezos, el dedo acusador casi nunca es la mejor medicina. Más sabio que discutir será divertirse juntos con la variedad de caracteres y actitudes. Cultivar un cierto sentido de improvisación y experimentación infantil. Si a “juzgar” le quitas tan solo una letra, podrás jugar.

viernes, 18 de agosto de 2023

"Y TÚ, ¿QUÉ HARÍAS?". Un artículo de Diego S. Garrocho publicado en Ethic el 2 de noviembre de 2022

En cualquier discusión se apela a esta clase de pregunta personal, pero su aparente lógica es completamente engañosa: los juicios morales no dependen de nuestro contexto individual; dependen, en realidad, de la acción justa que podemos (o no) llevar a cabo.

La pregunta sabrán reconocerla. Es probable que se hayan visto obligados a darle respuesta. Es posible, incluso, que hayan sido ustedes quienes la han formulado. Todos hemos estado ahí alguna vez. Como si de un último recurso se tratara, o como si se intentara saldar un debate apelando a la subjetividad propia, demasiadas veces intentamos resolver un dilema o un problema moral invocando una cuestión que parece imbatible y que, paradójicamente, entraña una irreparable torpeza. No importa cuál sea el escenario de decisión, pero si se discute sobre un conflicto de carácter ético, siempre hay alguien que nos espeta: pero, entonces, tú, en esta situación, ¿qué harías?

La fórmula parece inocente. De hecho, se antoja abusivamente lógica, por obvia, y, sin embargo, apelar a esta decisión personal es tanto como corromper cualquier debate moral. Tal vez, por este motivo, cada vez que alguien pronuncia «¿y tú qué harías?» me esfuerzo en intentar responder con franqueza. Así, sin ironía, y concediendo que sólo una total sinceridad podría reparar el absurdo de la cuestión, contesto con transparencia: yo lo que haría, exactamente igual que tú, es equivocarme.

En efecto, interrogarnos sobre nuestro contexto, sobre nuestra posición o aun sobre nuestras miserias es un fracaso si aspiramos a razonar moralmente. Preguntar qué haríamos nosotros es contrario a lo que deberíamos hacer si aspiramos a construir un razonamiento ético que sea válido y, ojalá, compartido. El juicio moral requiere de una cierta asepsia, una distancia con el objeto juzgado, una desposesión de intereses íntimos que puedan hacer que nos equivoquemos.

Los interrogantes éticos tienen sentido cuando aspiran a solucionarse desde una perspectiva normativa y no cuando se limitan a describir qué haría cada persona. O dicho de otra forma sencilla: no se trata de elucubrar qué acción emprenderíamos. Responder moralmente se parece más a decantar qué creemos que deberíamos hacer o qué consideramos que sería justo hacer, por más que ese propósito se demuestre, como todo ideal, imposible. Este óptimo se parece, las más de las veces, muy poco a lo que verdaderamente estaríamos dispuestos a realizar.

Esta trampa conversacional aparece en casi todas disputas, y lo peor de todo es que tendemos a concederle una notable validez. No importa si debatimos sobre la pena de muerte, el aborto, la guerra en Ucrania o cualquier drama familiar. El «y tú qué harías» atiende a una formulación meramente privada y, las más de las veces, sólo sirve para demostrar que ante un dilema moral cualquier persona implicada se encontraría en un contexto poco idóneo para tomar la mejor decisión.

Si soy víctima de un delito concreto, tiene muy poco sentido que alguien me pregunte qué pena propongo para mis victimarios, ya que mi juicio estará alterado por mi honda afectación personal. El familiar de un asesinado, por llevarlo a un extremo, es casi seguro que se mostrará más favorable a la pena de muerte que cualquier ciudadano medio. La vivencia de un daño en carne propia no convierte la evaluación de la persona implicada en un observador más perfecto, sino todo lo contrario. Por todo ello, deberíamos ser muy cuidadosos a la hora de conceder ciertos privilegios epistémicos a quienes, en cualquier debate moral, tienen arraigados intereses, daños o expectativas privadas.

Todos sabemos que no existe un razonamiento ético puramente objetivo, pero eso no impide que podamos aspirar a aliviar la carga subjetiva de nuestros juicios. Que un ideal sea imposible de realizar no nos impide reconocerlo como un criterio rector utilísimo para afinar el tiro. Nadie puede dejar de ser quien es cada vez que razona, pero salir de nosotros mismos –o al menos intentarlo– es algo que siempre debemos intentar, sobre todo en el marco de un debate público.

Este es el motivo por el que la moral, especialmente en lo que atañe al razonamiento ético, exige siempre la existencia de un grupo que vigile nuestros sesgos y que nos ponga a salvo de nuestras inclinaciones. Esta es la razón, sospecho, por la que una comunidad política bien construida nos propone razonar no como lo que somos, sino como agentes morales que disimulan y que piensan, que exponen y conversan de un modo mucho más perfecto a como lo haríamos si no tuviéramos cerca un grupo de semejantes observándonos. Nunca decidan en base a lo que ustedes harían. Es mucho más útil preguntarse qué haría alguien que fuera mucho mejor que todos nosotros.

miércoles, 2 de agosto de 2023

"VINE A LA LIBERTAD". Un artículo de la escritora Najar el Hachmi publicado en El País el 28 JUL 2023

Alertamos contra la censura de la ultraderecha y denunciamos a quienes pretenden meter mano política en la cultura, pero no nos asustan los vetos que se hacen en nombre de la defensa de un determinado derecho

Me trajeron a este país por su prosperidad, pero yo encontré en él la libertad. Me inmigraron para que pudiera vivir y no solo sobrevivir, pero yo aquí descubrí un bien mucho más preciado, el que me ha permitido desarrollar un pensamiento propio, expresar mi visión de las cosas, no tener que callar porque sí y poder hablar partiendo de la base de que todas las voces cuentan y todos podemos emitir aquello que nos parezca oportuno. La libertad a la que tuve la suerte de venir sin saber de antemano que existía se construye a base de educación, acceso al conocimiento, cultura y diálogo con otros, algunos con quienes coincidimos, otros con los que discrepamos sin matices. La libertad se da cuando hay espacios en los que se respeta al discrepante, se puede intentar convencer al otro con argumentos y en la dialéctica de la conversación, incluso si es discusión fragorosa y vehemente, está la esencia de la democracia.

Por todo esto me preocupa la deriva autoritaria y censora que vamos aceptando cuando nos creemos cargados de razón. No saben los microdictadores imberbes que se desgañitan gritándole facha a todo aquel que diga algo que no les gusta que viven en un entorno privilegiado donde la libertad (muy escasa en otras latitudes) te viene de nacimiento sin más y no se dan cuenta de que al defender la cancelación, el acoso, el silenciamiento de los molestos están cavando su propia tumba. Porque uno tiene todo el derecho del mundo a criticar las opiniones de otros pero no a pedir que esos otros desaparezcan de la esfera pública, que se depuren las ágoras mediáticas de todos los sujetos que creen peligrosos a la muy inquisitorial manera.

Alertamos contra la censura de la ultraderecha, ese peligro lo tenemos más que claro, y denunciamos a quienes pretenden meter mano política en la cultura, pero no nos asustan los vetos (incluso los aceptamos y los aplaudimos) que se hacen en nombre de la defensa de un determinado derecho. Aquellos que al luchar por una causa noble se arman con la misma artillería que los intolerantes de toda la vida para acabar con los que piensan de otra forma no están defendiendo una libertad real con raíces profundas y robustas porque la libertad o es para todos o no es para nadie. Cultivándola en esta humilde parcela me encontrarán a la vuelta de agosto, consciente siempre de que es una suerte vivir donde disponemos de este bien tan preciado.

domingo, 30 de julio de 2023

"LA PALABRA NUBE". Un artículo de Martín Caparrós publicado en El País Semanal del 15 de julio de 2023

Un avión sobrevuela la región de Hesse, Alemania, el pasado 22 de mayo.
Decimos que allí estamos cuando no sabemos qué decimos: no, ése está en las nubes. Pero saber ayuda: las palabras, más que nada, nos timan —y lastiman. Ahora nos engañan, por ejemplo, con la palabra nube. Nos dicen que nuestro contenido —nuestros mensajes, nuestras fotos, nuestros secretos y revelaciones, nuestro trabajo y nuestros ocios— vive en esa “nube” que nos venden los patrones informáticos: que el verdadero mundo es esa nube.

Desde el principio la internet se presentó como una construcción inmaterial, etérea, hecha de conexiones en un “cyberespacio” misterioso. Y la metáfora de la nube le sirvió para completar esa ilusión; solo que esa supuesta nube donde ahora pasamos gran parte de la pequeña vida es una enorme maraña de cables escondidos, más de un millón de kilómetros de cables que atraviesan los mares para llevar sus bips a esos centros atiborrados de máquinas de punta, hectáreas y más hectáreas de materia pesada que consume el 20 por ciento de toda la electricidad que el mundo usa —y consigue que nos creamos en el éter celeste.

Ahí la palabra nube sirve para hacernos pensar en cielo y angelitos. Hay pocos engaños más brutales en este mundo de engaños que hemos construido. Si nos engañan es porque queremos: siempre quisimos creer en nubes; allí, durante siglos, habitaron extraños personajes. Pero ahora estoy en otras nubes: voy volando. O, más bien, lo hace un avión en el que estoy sentado. Y miro y, como tantas veces, deslumbrado, me pregunto cuándo decidimos que era banal mirar el mundo desde arriba. ¿Cómo nos olvidamos de que, desde el principio de los tiempos, los hombres y mujeres no pudieron, que somos los primeros? Y ahora que podemos no lo hacemos. ¿Por qué se marchitó la maravilla?

Yo trato de recordarla cada vez, y esta tarde, sobre la Guayana, me cautivan las nubes. Las nubes, allá abajo, son copos de algodón desperdigados sobre una selva interminable: casi toda la tierra está soleada y solo de tanto en tanto la sombra de una nube mancha un trozo —cuyo tamaño, desde 12.000 metros de altura, no logro calcular. Hasta que de pronto veo que, en una de esas sombras, bajo una nubecita casi nada, hay un poblado. No sé qué es: unas calles de tierra, algunas casas, unos caminos que llegan o se van —y todo ensombrecido por su nube. A veces me sucede: creo que entiendo algo. Algo menor, siempre, algo muy bobo, pero aún: seguramente todo ese pueblo, todas esas personas bajo su nubecita creen que el cielo está cubierto. Los imagino molestos o aliviados, comentando este tiempo tan raro, inquietos o deseosos de la lluvia: viviendo la realidad de vivir bajo esa nube. Para mí, mirando desde arriba, está claro que la tierra está soleada y que esa nube es solo un accidente chiquitito, una sombra de nada. Para ellos, ahora mismo, es todo.

¿Cómo es mirar, en qué consiste ver? ¿Es más cierto que esta tarde resplandece el sol, como yo puedo comprobar desde la altura, kilómetros y kilómetros de tierra iluminada? ¿O es más cierto que esta tarde está nublada, como saben y viven los habitantes de ese pueblo que ya se quedó atrás?

¿Qué es más cierto cuando nada es tan cierto? ¿Qué es verdad, qué es verdadero entonces? ¿Me pongo majestuoso y digo que ellos no saben que su percepción es solo un accidente y que yo, en cambio, desde arriba, puedo ver todo el panorama y conocer la realidad real? ¿Me pongo necio, henchido de saber? ¿O acepto que alguien puede mirarme desde más arriba o ver desde otro avión mi avión moviéndose y dudar de mi posibilidad de entender nada a 1.000 kilómetros por hora, a esa distancia, y ver algo que yo no puedo ver y captar una realidad que yo no sé? ¿O será que, aun siendo el mismo cielo, el azul y el nublado son igualmente ciertos, uno para mí, otro para ellos, y que todo depende de quién lo mire y cómo lo mire y que cualquier intento de hacernos creer que hay una sola realidad, una sola verdad, es un engaño?

¿Y si es así qué digo, qué decimos? ¿Vale la pena seguir tratando de saber? Saber es intentarlo, es saber que todo saber es una duda, e intentarlo aun así.

Nubes, son solo nubes, que pasan y se pasan. El sol se queda, pero también se va.

Estamos —siempre estamos— por saber.

Y después llueve, y otra vez.

 

viernes, 7 de julio de 2023

"ACROBACIAS EN LA CAMA". Un artículo de Irene Vallejo

Conoces bien esos momentos íntimos, altamente inflamables, de fogosidad encendida y apasionada, también llamados comidas de domingo. A veces, en esas sobremesas familiares estallan discusiones largas, virulentas y resbaladizas. La trifulca se alborota y, de pronto, en medio de una frase exaltada, te visita una certeza repentina: has empezado a exagerar tu indignación, lo que dices no es lo que piensas, estás deformando tus propias ideas. La obsesión por acomodar la realidad a la estrechez de nuestros intereses se denomina “síndrome de Procusto” en honor a una leyenda griega. Se cuenta que el héroe Teseo llegó una noche a un tenebroso motel en las colinas, estilo Psicosis, regentado por Procusto, un bandido que ofrecía posada al viajero confiado y solitario. Aquel temprano Norman Bates acompañaba amablemente a su huésped a una cama de hierro donde, una vez dormido, lo ataba y amordazaba. Si era alto y sobresalía, le cortaba los pies; si era de baja estatura, lo descoyuntaba a martillazos hasta alargarlo­. El asesino en serie, cuyo nombre en griego significaba “el estirador”, prolongó su reinado del terror hasta que Teseo lo mató aplicándole el mismo tormento.

Procusto simboliza a quienes fuerzan los hechos hasta que se ajustan a sus expectativas, como los ideólogos, políticos y opinadores que distorsionan los datos para apuntalar sus hipótesis. Pero no son los únicos. Nuestros cerebros, como los lechos de la posada del crimen, padecen el sesgo de confirmación, es decir, la tendencia a creer los indicios que afianzan nuestra visión del mundo, y desdeñar cualquier información que la contradiga. Aprendices de bandido, nos gusta que los acontecimientos encajen en nuestras ideas previas y nos devuelvan el brillo artificial de los deseos cumplidos.

En casos extremos, las personas con tendencia a estirar la talla de las cosas terminan por habitar una realidad paralela. Billy Wilder retrató en Sunset Boulevard la fábrica de los sueños como una factoría de delirios. La protagonista, Norma Desmond, es una olvidada estrella de cine mudo parapetada en su mansión, al frente de un séquito fantasmal de criados, como si el mundo aún obedeciera a su voluntad. Al reconocerla, William Holden exclama: “Era usted grande”, y ella replica con una fabulosa frase procustea: “Soy grande. Es el cine el que se ha hecho pequeño”. La voz en off compara a Norma con la señorita Havisham, personaje de Grandes Esperanzas, de Dickens, una mujer abandonada por carta instantes antes de la boda, en un anticipo de las rupturas por wasap. Desde entonces vive sola en su ruinoso palacio, sin quitarse nunca su vestido de novia, con la tarta nupcial sobre la mesa y los relojes parados a la hora exacta en la que llegó la noticia insoportable.

Esta actitud es inherente al ser humano y aparece incluso sin mala intención. Como explica Will Storr en La ciencia de contar historias, nuestro cerebro es un órgano narrativo y tiende a someter la información que recibe a la trama de nuestro relato interior. Dedicamos grandes esfuerzos a construirnos una visión del mundo y somos reacios a dejarla desmoronarse cuando una evidencia la resquebraja. A veces ese intento de amordazar los acontecimientos esconde un trasfondo de angustia y naufragio, como ocurre al conmovedor protagonista de Los adioses, de Juan Carlos Onetti. Un desconocido llega a un pueblo para ingresar en un sanatorio pero, en lugar de obedecer a los médicos, se hospeda en un hotel, atrincherado en la negación: “empecinado, ignorando los remolinos del tiempo; defendiéndose con las ropas, el sombrero y los polvorientos zapatos de la aceptación de estar enfermo y separado; aplicado con una dulce y vieja tenacidad a persuadir y sobornar lo que estaba mirando”.

Solemos creer que quienes piensan distinto adaptan lo evidente al molde de sus prejuicios: Procustos solo son los demás. Sin embargo, esta es una tendencia arraigada; todos nos negamos a que las evidencias arruinen una buena certeza. Quizá lo más sensato sea abrirnos a modular o demoler ciertas convicciones, si no queremos vivir siempre cautivos de nuestras normas –como Norman y Norma– en una realidad basada en hechos ficticios.

lunes, 19 de junio de 2023

"RECUPERAR EL TIEMPO DE LA VIDA". Un artículo de Carlos Javier González Serrano publicado en Ethic el 27 de octubrre de 2022

En esta sociedad hiperproductiva, todas las actividades han quedado supeditadas a los estándares de la productividad. Detenerse sin ningún motivo, hoy, también es rebelarse.

En nuestra sociedad hiperproductiva, en la que cualquier actividad ha quedado supeditada a los estándares de la rentabilidad, la dinámica propia del consumo y a una vertiginosa y anestesiante rapidez, pasear o deambular sin ningún tipo de finalidad puede parecer una rareza. Nos desplazamos para ir al trabajo o a nuestro centro de estudios, para acudir a terapia o para reunirnos con nuestros amigos. El «para» –es decir, la utilidad y el provecho– es el nuevo ídolo de nuestro tiempo: nada se hace sin que eso que se hace encierre un beneficio determinado.

Esta percepción de la realidad como un escenario en el que siempre se gana o se pierde lo ha convertido, a su vez, en un lugar inhóspito y hostil, en el que todos somos enemigos y donde las circunstancias se presentan como una oportunidad para lograr el éxito y el progreso esperados del sujeto, amenazado por las voraces y acechantes fauces del continuo rendimiento. O visto desde el prisma complementario, donde todos estamos a un paso del fracaso –considerado este como una no adaptación a lo exigible–, a las expectativas depositadas en el individuo contemporáneo: eficacia, fama, dinero.

A este respecto, el filósofo Byung-Chul Han se ha mostrado contundente. Como defiende en Psicopolítica, Somos conscientes prisioneros que, bajo una entusiasta ilusión de libertad, se autoexplotan: «Se explota todo aquello que pertenece a prácticas y formas de libertad, como la emoción, el juego y la comunicación. […] La explotación de la libertad genera el mayor rendimiento». Fundamentalmente, porque es una esclavitud libremente asumida: un sometimiento aceptado del que no nos podemos liberar salvo que queramos quedar atrás: «Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona». Ya antes que Han lo había denunciado el alemán Peter Sloterdijk en su breve ensayo, Estrés y libertad, donde se refiere a un malestar «que impregna nuestro ser en la civilización técnica de un sentimiento de fugacidad cada vez más intenso. Este sentimiento es indisociable de que nuestra sociedad está estresada a causa de su autoconservación, que exige de nosotros un rendimiento insólito».

Incluso la felicidad, como ha señalado con mucho acierto la investigadora Sara Ahmed en La promesa de la felicidad (Caja Negra), ha quedado transformada en un instrumento: «Nos hacemos felices como si se tratara de una adquisición de capital que nos permite, por su parte, ser o hacer esto o aquello, e incluso conseguir esto o aquello». De este modo, apunta Ahmed, la felicidad «afectiviza normas e ideales sociales, generando la idea de que la proximidad relativa a estas normas e ideales contribuiría a alcanzar la felicidad». CONTINUAR LEYENDO

lunes, 12 de junio de 2023

"LLANTO POR UNA NIÑA". Un artículo de Elisa Beni publicado en elDiario.es el 10 de junio de 2023

Aunque muchos lo vean como un atraso, no hay mayor atraso que separar el sexo de la afectividad en los momentos iniciales de la adolescencia. Tendrán tiempo para eso. Volvamos a ilusionarlos con llenarse del otro, con amar

Trece años de miel y luna. Trece años abatidos bajo la furia innoble de ocho niños convertidos en bestias lascivas. Trece años manchados por una culpa que es más extensa que cualquier delito y que tal vez nos señala a todos. La inocencia revolcada en la miseria. Una vida agostada en un descampado o en un baño de centro comercial. Lloro por ellas, lloro como si sintiera el despertar de sus sentidos asesinado por la afilada hoja de la humillación. Lloro como si las viera romperse en mil pedazos, como si las viera frotándose la piel hasta arrancarla para borrar de ella la suciedad inmensa que las ha cubierto. Son niñas y su futuro está siendo violentado y poca gente quiere mirar a los ojos al problema. Lloro por ellas, pero lo hago también por esta sociedad absurda y vil, embrutecida y egoísta, que a sabiendas del daño que está infligiendo a varias generaciones, persiste en el error por interés o por miedo.

Llamarles manadas sólo tendría sentido si quisiéramos entroncar con la animalidad de sus acciones, que no es tal porque no hay animales ni bestias feroces que traten así a sus hembras o a sus crías más jóvenes. La naturaleza es respetuosa con la capacidad de dar la vida. En 2021 se produjeron diez violaciones grupales a la semana. Sí, leen bien, tres violaciones grupales cada dos días. Es un fenómeno nuevo, en el sentido de que altera la tipología criminal de la violación, se empeñen lo que se empeñen algunas criminólogas, el modus operandi ha variado. Claro que siempre las hubo, pero no en este número y frecuencia. Tampoco era norma criminal que los violadores fueran menores de edad ni que los chavales de 14 años que comenzaban sus escarceos sexuales llamaran a su pandilla para ofrecerles a su conquista como sórdida presa de la violencia de sus penes apenas estrenados. Desde 2016 las violaciones grupales se han incrementado en un 54 por ciento.

Chavales que se exhiben como hombres ante otros hombres sin manifestar la más mínima empatía hacia el objeto que utilizan para ello: una niña. ¿Recuerdan el excitante camino del petting? ¿No era que antes el delirio de un hombre era un menage à... con varias mujeres para demostrarse su potencial de satisfacerlas? El cambio es evidente. Lloremos por todas esas niñas y adolescentes que no van a disfrutar del tierno y placentero aprendizaje de las relaciones sexuales sino que van a ser sometidas a “prácticas” que las más de las veces no buscan ni desean ni soportan sus cuerpos y sus psiques. Yo lloro por ellas, por el cántaro roto de la inocencia compartida, del descubrimiento del placer, del amor adolescente, del paso de niña a mujer. Lloro porque recuerdo lo hermoso y perturbador que era y porque es evidente que ha muerto, como tantas otras cosas que nos hacían más humanos.

Mirar al dedo. Mirar al dedo es pedir como remedio que se haga descender la edad penal para castigar penalmente a los violadores menores de 14 años. Es harto posible que esos niños no sean a su vez sino víctimas de ese enorme mercado de violencia contra la mujer, de objetualización y de miseria embrutecedora que precisa de un creciente número de consumidores. ¡Oh, sí, insúltenme si quieren, pero es imposible que exponer el espíritu humano a tales niveles de degradación deje incólume a un adulto, cuanto menos a un niño! 97.000 millones de euros son 97.000 millones de razones por las que han convencido a todo el corpus social de que la industria pornográfica es una industria como otra cualquiera y que no esconde detrás una máquina de picar carne femenina y delante otra de picar mentes masculinas. Sí, siempre hubo porno, pero ni tan prolífico ni tan accesible ni tan bestial ni tan degradante. Mantener vivos 97.000 millones exige ir siempre un poco más allá en la degradación de la representación de la sexualidad humana y un poco más acá en la captación de “consumidores” desde la infancia. Opio del pueblo, en el que anestesiar el vacío y proveer al capitalismo.

La imitación. Los sexólogos la sitúan, junto con la pornografía, en la base del fenómeno que se expande y que asesina el futuro de generaciones completas. Unos niños violan en grupo y otros niños deforman para siempre su idealización de las relaciones sexuales y emocionales con el otro sexo. ¿Por qué dicen que desciende el número de relaciones sexuales de los jóvenes? Tal vez porque lo que se les ofrece como tal es para muchas una porquería que las daña. Algo que se aleja de lo que la humanidad de las chicas desea. Pero nada, sigamos afirmando que la industria pornográfica es liberadora, que empodera a las mujeres, que proporciona educación sexual... Busquemos la forma de liberar nuestras conciencias pidiendo más cárcel para los niños perdidos en el mundo de mierda que les estamos dando. 97.000 millones son mucho PIB, ¿qué coño importan los niños?

La hipersexualización. ¡Qué gracia que a perengano le gusten las colegialas! ¡Qué literario que a mengano las carnes tersas de las niñas le llamen más que el olor de los sexos adultos! Cada mañana, la acera llena de colegialas con faldas imposibles en pleno invierno ¿por gusto de ellas o por imperativo de quién? Redes llenas de lolitas orgullosas. Niñas maquilladas hasta lo grotesco. Niñas vestidas de leopardo y brillantina, niñas envalentonadas de labios rojos. Niñas, al fin y al cabo, con su almita de niñas que en este siglo XXI no devendrán mujeres plenamente adultas hasta casi la treintena, pero que se muestran como si los tuvieran. La niña que recibió sobre sí el embate de ocho violadores en Badalona había mantenido “sexo consentido con el primero de ellos”, el que luego llamó a sus amigos para “ofrecérsela”. Será muy moderno pero a mí trece años me parece muy temprano, casi tercermundista. Dejémoslas ser niñas, una infancia feliz es el único territorio del que nunca seremos desahuciados.

Especial referencia del problema para el feminismo y los progresistas, porque siendo un problema transversal, se reproduce con virulencia en entornos desfavorecidos o desestructurados, como hemos visto en Badalona o en Logroño. Es importante ser capaces de guiar estas jóvenes vidas hacia una experiencia plena y satisfactoria de su sexualidad, más allá de si en sus familias son capaces de apoyarles y guiarles. Aunque muchos lo vean como un atraso, no hay mayor atraso que separar el sexo de la afectividad en los momentos iniciales de la adolescencia. Tendrán tiempo para eso. Volvamos a ilusionarlos con llenarse del otro, con amar. Si no lo hacen a esa edad ¿cuándo creen que podrán ponerse a ello?

Lloro por una niña y es un llanto por lo que les estamos haciendo a todas.

Soy una boomer infame, pero precisamente por eso lloro por la inocencia derramada que nunca les será devuelta. Aquella que nosotros sí tuvimos.

viernes, 14 de abril de 2023

"PROHIBIDO REIRSE". Un artículo de Joaquín Urías publicado en blico.es el 11 de abril de 2023

La pasada Semana Santa en un programa satírico de la televisión pública catalana emitieron un sketch en donde unos humoristas bromeaban con la devoción popular mariana andaluza, imitando de manera forzada el acento andaluz y con una de ellos disfrazada de la Virgen del Rocío llegando incluso a hacer bromas sexuales sobre su virginidad. A la emisión le siguió una oleada de protestas en Andalucía. Una de las primeras indignadas fue la líder de la marca andaluza de los anticapitalistas, Teresa Rodríguez, que vio en ello un episodio más de andaluzofobia, señalando que no era humor porque no iba de abajo hacia arriba. Pronto se le sumaron voces de la derecha, incluidos obispos, alcaldes populares y el mismísimo Presidente de la Junta de Andalucía que exigió públicamente una rectificación. Al final, hasta la hermandad matriz del Rocío anunció acciones legales contra la televisión.

Hay quien dice que este episodio ha vuelto a poner de actualidad el debate sobre los límites del humor. En realidad, lo que pone de manifiesto es lo difícil que resulta ejercer libremente la libertad de expresión en nuestra sociedad cuando se usa contra las ideas mayoritarias de un grupo amplio.

Ciertamente, los andaluces estamos cansados de ser objeto de burlas por nuestro acento. Superados antiguos complejos de superioridad, la mayoría de la gente en Andalucía reivindica una forma de hablar el castellano propia y enriquecedora. Los tópicos del andaluz vago e ignorante hacen aún daño a nuestra sociedad seguramente de un modo más intenso -por su componente clasista- que otros tópicos igualmente dañinos como el del catalán tacaño, el vasco bruto o el gallego sin personalidad. Sin embargo, eso no significa que cada vez que alguien, con mayor o menor acierto, imite nuestro acento estemos ante un caso de odio a lo andaluz. El sketch se ríe de la religión católica y de la devoción popular en Andalucía. Sin duda. Pero no deja de ser un ejercicio de crítica que, guste más o menos, apena se diferencia de otras.

¿Los que se quejan del sketch de la televisión catalana nunca han hecho bromas imitando el acento galleguiño? Lo dudo. Apuesto también a que la mayoría de ellos alguna vez han llamado gordo a Buda, se han reído de que los musulmanes no puedan disfrutar del jamón o han ironizado con que los judíos no puedan entender una luz en sábado. Normalmente, los mismos que se burlan de la bajada del ángel en el misterio de Elche o del ayuno durante el Ramadán montan en cólera cuando es otro el que hace humor a partir de sus tradiciones y religión. Es la maldición de la libertad de expresión: todos la quieren para sí, pero nadie la entiende en los otros.

Quienes ahora se indignan con ese sketch, adoptan la postura contraria cuando se trata del derecho de ellos o su gente a reírse de otros. Teresa Rodríguez, por supuesto, defiende que en el carnaval de Cádiz se rían de Ortega Lara haciendo bromas sobre el tiempo que pasó a la sombra. Y evidentemente, Juanma Moreno defiende sin dudar el derecho de los vecinos de Coripe de quemar monigotes con la esfinge de Carles Puigdemont y otros líderes independentistas. Esto último, por cierto, muy criticado por algunos de los catalanes que ahora defienden a muerte el derecho de los humoristas de TV3. CONTINUAR LEYENDO


jueves, 6 de abril de 2023

"CARTA A UN JOVEN POSMODERNO". Un artículo de Diego S. Garrocho Salcedo, profesor de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid.

El autor denuncia cómo la sociedad actual ha desactivado las armas intelectuales de la crítica.

Querido amigo:

Estás mal. Como todos. Como toda tu generación, a la que algunos decidimos condenar a un consumismo también inmaterial. Dicen que la Filosofía no sirve para nada, pero tú y yo sabemos que son libros de Filosofía los que han legitimado parte de lo que te pasa. Hay todavía quien se atreve a sublimar tu tristeza, pero para ti ha dejado de ser un juego.

Te prometieron que podrías vivir una vida en el absurdo, sin sentido y sin arraigo, pero tú ya estás cansado de sufrir. Creciste educado en un mundo en el que te dijeron que la verdad no existía. Pero, qué demonios, tu dolor actual es absolutamente cierto. Demasiado cierto.
Todo empezó en el instituto. Como buen adolescente, creciste leyendo a Nietzsche y te fascinó el nervio indómito de su escritura. Aquella Filosofía decía lo contrario de lo que advertían tus padres. Que todo fueran interpretaciones y que no existieran los hechos era, en aquellos días, una buena noticia.
En cualquier caso, aquella lectura simplista era casi un imperativo biológico. Porque lo que de verdad te abrió los ojos, así te gusta contarlo, fue Foucault, en el primer año de carrera.

Aún recuerdas a aquella profesora carismática que os enseñó unos libros en los que se comparaba el poder disciplinario de un hospital, de una escuela y de una cárcel. Entonces lo viste clarísimo. Esa opresión silente e invisible de las instituciones era la culpable de tu malestar y de la censura que te impedía expresar tu autenticidad.

Tu narcisismo y tú sabíais que no eras como los demás y empezaste a tirar del hilo. Creíste leer en aquellas páginas que la locura era una simple convención social y que cualquier ordenación de la realidad no era más que un trampantojo de normas ilegítimas.

Había en aquellos textos palabras que te fascinaban: microfísica, biopoder, procesos de subjetivación... Con aquellos nuevos conceptos creíste que por fin podrías interpretar tu realidad, igualmente compleja y sutil, casi tan sublime como tú. Mientras pudieras repetir aquellas fórmulas (fatigar a fondo esa bibliografía era demasiado duro) pensaste que estarías a salvo.

En aquel tiempo, estabas tan atrapado que decidiste pasar a mayores. Droga dura, te decían metafóricamente los compas de cursos superiores. Fue entonces cuando decidiste leer a Deleuze y Derrida.

Tú no entendías nada, pero te aplicabas con un rigor masorético a entreverar algún sentido en aquellas palabras incomprensibles. Como el necio que ante un lienzo en blanco formula la hipótesis de lo que ahí podría haberse pintado, tú quisiste imaginar interpretaciones ocultas, sentidos velados o rumbos transitables en una escritura que, en el fondo de tu ánimo, te parecía un sinsentido.

Pero era eso, el sentido de las cosas, lo que había que combatir y revocar, por lo que no te importaba demasiado aquella sensación de extravío. Jamás entendiste nada, pero un profesor elegante y cómplice te propuso habitar en el desafío de la incomprensión y tú cometiste el error de creerle. Nunca podrás pasarle la factura.

Aquellas derivas teóricas, aunque fascinantes, seguían sin satisfacerte del todo, por lo que decidiste dar un paso más y vincular aquellas doctrinas con tu vida cotidiana. Hacer cuerpo de tus ideas, decías.

Por aquel entonces arrastrabas ya algunos fracasos amorosos y nunca fuiste demasiado seguro en la cama (como todo el mundo, vaya). Fue en ese momento cuando leíste, por recomendación de una amiga, a Judith Butler y a Paul B. Preciado.

De la primera no entendiste demasiado, pero intuías una sofisticación que volvía a resonar en ti con ecos de vanguardia liberadora. La prosa de Preciado, en su radicalidad explícita, te parecía más inteligible, más aplicable, y te tentaba la idea de convertir tu cuerpo en un laboratorio.

La causa que protegían era tan indudablemente legítima que fue entonces cuando decidiste, en lo que creías que era un ejercicio de liberación personal, experimentar con tu propio deseo, obligándote a sospechar de lo que siempre estuvo claro para ti.

Ante la duda decidiste seguir acelerando. Encomendar el gobierno de tus pasiones a autores que ni siquiera conocías, y que hoy ruedan anuncios para Gucci, te pareció, por absurdo que pueda demostrarse ahora, una buena idea.

El tiempo ha pasado y has dejado de leer. Para poder pagar el pequeño piso donde vives, de escasos 30m2, contrapeas dos trabajos mal pagados y apenas tienes tiempo para hacer otra cosa que no sea ver tu ordenador tirado en la cama.

Ahora es a través de YouTube y de artículos cortos como te aprovisionas de nuevos argumentos con los que intentar vertebrar una vida que cada vez te resulta más inhabitable.

Y comienzas a estar cansado porque ya no entiendes nada. Lo hiciste todo bien de niño, cuando te obligaron a estudiar y a ser ordenado. Y, sobre todo, lo hiciste todo bien de joven, cuando épicamente te invitaron a desafiar el relato normalizador que te habían impuesto.

Pasas tus días devorado por una incertidumbre y una ausencia de sentido sobre la que cabe poca hermenéutica. Para Baudrillard, la Guerra del Golfo pudo ser un simulacro pero, sin embargo, tu dolor es real, tan real como la caja de diazepam que llevas en la mochila.

Ya no te vale lo del hecho y la interpretación: la leas como la leas, tu vida es una mierda. Y es una mierda porque las cuentas no salen. Has pasado los últimos años creyendo que deconstruías cánones, convenciones, normas y sentidos, pero en el fondo ya no puedes engañar a nadie. Lo único que has destruido es tu propia vida.

Y hay otra mala noticia: quienes te invitaron a hacerlo sí que están a salvo.

Despreciaste la idea de normalidad, pero una vida normal, en el fondo, es a lo único a lo que ahora aspirarías. Empiezas a sospechar que esa normalidad podría haber existido, y que así debe exigirse.

Pero es quizá demasiado tarde. Una vida normal es aquella en la que con esfuerzos normales podría adquirirse una independencia económica también normal para tener, si te diera la gana, hijos a los 25, o a los 27. Lo normal, vaya.

Pero, ay, amigo, te han arrebatado el concepto e incluso te invitaron a hacer una apología de lo anormal, de lo monstruoso y de lo desviado, como si esa opción retadora pudiera hacerte más feliz.
No sólo te hemos arrojado a una vida desventurada, sino que, además, te hemos sustraído cualquier lucidez crítica que te permita enfrentar la miseria a la que te hemos condenado. No lo olvides nunca, el capital te ha hecho despreciar todo aquello que te ha arrebatado: una familia, un sentido para tu existencia y un catálogo de valores estables en torno a los cuales ordenar tus decisiones, que es tanto como ordenar tu vida.

Agotarás el catálogo de Netflix una y otra vez, comprarás infusores con forma de ballena en AliExpress para tomar el té orgánico que adquieres en la tienda de comercio justo y adoptarás un gato con glaucoma para que te haga compañía, hasta que un día se caiga por el patio interior de la casita en la que habitas (volverás de madrugada borracho, a tus años, y habrás olvidado cerrar la ventana).

Podrás, eso sí, anunciar tu tristeza en Instagram, pero seguirás, a pesar de los bellos filtros, irremediablemente solo.
Y mirarás a la biblioteca y no encontrarás un solo libro que te sirva de consuelo. No habrá ni una sola palabra que te asista para reconstruir una vida que hoy se exhibe demolida y llena de escombros.

No busques más: no hay nada que deconstruir, tu vida es ya una perfecta ruina.

Pero para que no desesperes, hemos convertido tu rabia en una moda monetizable, en un hashtag, en una absurda caricatura. Creciste afanado en la posibilidad de negociar significados, pero tu desesperación no admite ya otra interpretación posible que la más obvia y literal.

Te han roto, amigo, y lo han hecho por el eje. Como dijera Kipling, nuestros padres nos mintieron. Lo peor de todo es que nosotros hemos decidido engañarte también a ti.

Y no te resistas: las únicas armas conceptuales con las que podrías rebelarte han sido desactivadas.

"LA OBSCENA ISLAMOFOBIA". Adolfo Estrella, infoLibre.es

El odio al islam como nuevo sentido común reaccionario Aumentan en España los episodios cotidianos y mediáticos de rechazo al islam, focaliz...