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lunes, 20 de octubre de 2025

"NOMBRES BORRADOS". Antonio Muñoz Molina, El País

Hay que enseñar la historia en las escuelas, y hay que honrar la memoria de las víctimas del terrorismo. Pero lo que no puede ser es esa tradición española de que algunas víctimas valgan más que otras

Me acuerdo como si fuera ayer de la tarde tórrida de julio en la que oímos en la radio que Miguel Ángel Blanco había sido asesinado. Me acuerdo de salir del Museo Thyssen y encontrarme en la acera con mi amigo Iñaki Esteban, que tenía la cara pálida y desencajada y me dijo que acababan de matar en Vitoria a Fernando Buesa y a su escolta. Y me acuerdo exactamente de la calle de Madrid por la que íbamos mi mujer y yo y oímos en la radio del taxi que unos etarras acababan de asesinar a Ernest Lluch. Nos quedamos en silencio y mi mujer rompió a llorar en la oscuridad del taxi, alumbrado apenas por las luces frías de la noche de Madrid. Las noticias de asesinatos eran tan frecuentes que se había instalado como una sorda rutina para acompañarlas: la rueda de “enérgicas condenas” de unos dirigentes políticos, el silencio o la ambigüedad oportunista y cínica de otros, los juegos malabares con las palabras, que en esa época habían alcanzado un nivel insuperable de vileza: la “lucha armada”, “el conflicto”, la siniestra “socialización del sufrimiento”.

Estábamos tristemente acostumbrados, casi resignados, porque a veces nos ganaba un fatalismo derivado del agotamiento, una amargura de impotencia. Me acuerdo del silencio del anochecer en la plaza amplia y civilizada de la Villa de París, el rumor luctuoso de las personas que nos congregábamos después del asesinato de Francisco Tomás y Valiente, en los alrededores del Tribunal Supremo. Me había cruzado alguna carta con él, y planeábamos comer juntos algún día. La comida quedó secamente cancelada por el disparo de un pistolero.

Amigos muy queridos vivían confinados en casa y solo salían de ella seguidos por la sombra de dos guardaespaldas. España, en los años noventa, en los primeros de este siglo, era un país en el que se podía morir tomando un café, paseando por la calle, poniendo en marcha el coche, comprando el periódico. Los familiares de las víctimas solicitaban audiencia y aliento a monseñor Setién, obispo de San Sebastián, y él los trataba con frialdad despectiva y les decía pastoralmente que en ninguna parte del Evangelio estaba escrito que el pastor debiera amar por igual a todas sus ovejas. Aquel pastor, y a bastantes de sus subordinados, amaban más a unas ovejas que a otras, pero sobre todo amaban y bendecían a los lobos.

Pero vuelvo a acordarme de esa noche en Madrid, el taxi a oscuras, el estallido del llanto, las aceras nocturnas y los escaparates y los bares de la calle San Bernardo, con sus luces tan crudas, llegando a la glorieta de Ruiz Jiménez, la voz del locutor en la radio, repitiendo el nombre de Ernest Lluch. Era la gota que colmaba el vaso, el vaso volcado de la sangre, de la sinrazón, del fanatismo frío, de la pura maldad, la maldad imbécil que se recrea en sí misma y enfervoriza a su babosa clientela, la maldad cebada en el hombre más pacífico del mundo, el mejor intencionado, el político íntegro que se había afanado con los cinco sentidos para mejorar la sanidad pública, el ciudadano aficionado a la música y a la literatura, tan optimista o tan inocente y tan valeroso que había creído en la posibilidad de propiciar un mínimo de buena voluntad o de sentido común en la conciencia no ya de los verdugos, pero sí al menos de sus valedores y beneficiarios políticos, los que sacudían el árbol y los que recogían las nueces, según la metáfora macabra de otro personaje de entonces cuyo nombre, por fortuna, ya no se escucha nunca.

Yo había hablado con Lluch una sola vez, en un trayecto prolongado en autobús, camino de un acto oficial. Con sus gafas grandes, su flequillo, su acento catalán, era de esas personas que vistas de cerca parecen algo ensimismadas y atrabiliarias, pero que combinan la visible distracción con una infalible agudeza. Cuanto más parecen no enterarse de nada, más atentas y observadoras permanecen. Descubrimos que teníamos en común, aparte del amor por la literatura, la amistad con Pere Gimferrer, y eso tan solo podía habernos dado para varias horas de conversación. Una singularidad de Lluch era que quien no lo conociese no podía saber que se dedicaba a la política.

Ya no lo vi nunca más. Los años del terrorismo fueron también los de la esperanza de una fraternidad que pusiera por encima de las divergencias partidistas la vindicación de los valores democráticos más elementales, el derecho a la vida y a la libertad por encima de todo, el imperio estricto y sereno de la ley. Fue esa fraternidad la que estalló como un bello espejismo en las mayores manifestaciones unitarias que se han visto en España, las que desbordaron las plazas de todo el país en los días siguientes al asesinato de Miguel Ángel Blanco. Parecía una de esas insurrecciones populares que fundan un tiempo nuevo en un país, un vigoroso borrón y cuenta nueva, la de Portugal en 1974, la de Italia en 1946, en los días del referéndum sobre la República. Yo veía a la gente inundando las calles y gritando contra el terrorismo y pensaba que esa era la efervescencia racional y emocional que no habíamos conocido en los días confusos de la Transición: el ensueño de una patria común que no era otra que el sistema democrático, y de una fecha indudable para la fiesta nacional.

El sectarismo político y las deslealtades de unos y de otros desbarataron muy pronto aquella esperanza. La participación de España en la guerra de Irak, a la vez vergonzosa y ridícula, creó una fractura que se volvió irreparable un año más tarde, con las mentiras escandalosas del Gobierno sobre la autoría de los atentados islamistas del 11 de marzo. Ni siquiera la derrota policial y jurídica de los terroristas ni su expresa rendición sirvieron para apaciguar el encono político, para alimentar el orgullo compartido de una victoria de nuestra muy imperfecta pero resistente democracia. Cuanto más se aleja el fantasma de ETA, más se empeñan en agitarlo la derecha y la extrema derecha españolas. Hay demagogos y demagogas que aseguran que los terroristas salieron victoriosos. Hay colegios en la Comunidad de Madrid donde se enseña ahora que la banda terrorista sigue existiendo, porque sus herederos políticos “han cambiado las bombas por los trajes”.

Hay que enseñar la historia en las escuelas, y hay que honrar la memoria de las víctimas, igual que el trabajo de quienes se jugaron la vida para combatir el terrorismo con las armas de la ley. Pero una antigua vergüenza española es que siempre hay unas víctimas más respetables y más dignas de recuerdo que otras, unas visibles y otras invisibles, conmemoradas o borradas, según una tendencia al mangoneo político que tiene mucho de profanación de los muertos y de ofensa añadida a los vivos que sufrieron su pérdida. En Valencia un nuevo gran hospital iba a llevar el nombre de Ernest Lluch, lo que habría sido un gesto doble de justicia, por la tragedia de su muerte y por los esfuerzos que dedicó en su vida a la causa de la sanidad pública. Pero, cicateramente, la Generalitat valenciana retiró el nombre de Lluch al complejo y lo relegó a uno de los edificios. Mientras, la alcaldesa, del mismo partido, alegó que al fin y al cabo un nombre no tiene ninguna importancia. Hace unos meses, el Ayuntamiento de Madrid le quitó a una calle el nombre de una maestra republicana represaliada para devolvérselo a su titular originario, el general Millán Astray. Quizás el Ayuntamiento de Valencia debiera ponerle al nuevo hospital el nombre del general Planas de Tovar, que entró en la ciudad al mando de las tropas victoriosas de Franco.

miércoles, 26 de marzo de 2025

"ANTE EL SILENCIO, YO ACUSO". Coral Rodríguez Fouz, elDiario.es 24 MAR 2025

De izquierda a derecha: Fernando Quiroga Veira, Jorge Juan Garcia Carneiro
y Humberto Fouz Escobero (tío de Coral Rodríguez, autora del artículo)
En cuanto a las personas a quienes acuso, debo decir que ni las conozco ni las he visto nunca, ni siento particularmente por ellas rencor ni odio. Las considero como entidades, como espíritus de maleficencia social. Yel acto que realizo aquí, no es más que un medio revolucionario deactivar la explosión de la verdad y de la justicia. (Emile Zola, 'Yo acuso')

Este 24 de marzo se cumplen 52 años de la desaparición a manos de ETA de mi tío Humberto Fouz Escobero y de sus amigos Fernando Quiroga Veiga y Jorge García Carneiro. Para quienes no conocen esta terrible historia recordaré que eran tres jóvenes veinteañeros coruñeses que a principios de los años 70 se habían trasladado a Irún en busca de trabajo y de nuevas oportunidades.

El sábado 24 de marzo de 1973 decidieron ir a Francia a ver una película prohibida en España por la censura franquista. Lo que prometía ser una feliz escapada a saborear las libertades del país vecino acabó en una desgarradora pesadilla que truncó todos sus sueños. Tuvieron la mala fortuna de toparse con varios miembros de la banda terrorista ETA que en su ceguera asesina y con una crueldad absoluta creyeron que eran policías y no solo los torturaron y asesinaron, sino que añadieron una vuelta de tuerca más a su bajeza moral haciendo desaparecer los cadáveres y guardando un espeso silencio que se mantiene medio siglo después.

Sin embargo, a pesar de ese silencio, en el sumario archivado en abril de 1975 figuran los nombres y apellidos de los presuntos asesinos. Tomás Pérez Revilla (alias Hueso), Imanol Murua Alberdi (Casero), Jesús de la Fuente Iruretagoyena (Basacarte), Ceferino Arévalo Imaz (El Ruso), Prudencio Sudupe Azkune (Pruden) y Sabin Atxalandabaso Barandika. Cuando en su último Zutabe ETA reconoció haber cometido algunos asesinatos sobre los que había mentido una y otra vez, olvidó romper su silencio sobre Humberto, Fernando y Jorge. Siguió callando. ETA no ha reconocido públicamente este crimen, pero nunca ha negado su autoría.

En el acto de homenaje celebrado el 24 de marzo de 2023 en el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo exigí, en nombre de estas tres familias, que reconocieran la verdad y que nos dijeran dónde se deshicieron de sus cadáveres. No lo han hecho. Hoy, 52 años después de su desaparición, acuso públicamente.

Acuso a José Manuel Pagoaga Gallastegui (Peixoto) de miseria moral. Por callar todo lo que sabe, después de haberse explayado en conversación con el infiltrado Mikel Lejarza (Lobo) en los detalles más escabrosos de las torturas a las que sometieron a Humberto, a Fernando y a Jorge.

Acuso a los asesinos de Tomás Pérez Revilla. Por convertirse ellos también en victimarios. Por convertir en víctima a un asesino. Y por privarnos de la posibilidad de preguntar a Hueso por su fechoría.

Acuso a Iñaki Mugica Arregui (Ezkerra) de mentir. De mentirme aquella mañana de octubre de 2005 en que acudí a su despacho de San Sebastián. Por decirme que él no sabe nada porque en aquellas fechas estaba en la cárcel. Mentira. Ezkerra no fue detenido hasta el año 1975 y así consta en las hemerotecas. Cuando ETA hizo desaparecer a Humberto, a Fernando y a Jorge, en marzo de 1973, Iñaki Mugica era uno de los dirigentes de la banda terrorista. No creo que no sepa nada.

Acuso de ruindad a los altos cargos de Eusko Alkartasuna que aconsejaron silencio a Imanol Murua Alberdi Casero. Él mismo señaló que fueron miembros de ese partido nacionalista los que le recomendaron que no contestara a las dos cartas que le remití en el año 2000 a la cárcel de Logroño, donde cumplía condena, supuestamente arrepentido, por su pertenencia a ETA.

Acuso a Arnaldo Otegi de cobardía. Por no tener el coraje de recibirme en persona. Por no querer escucharme. Le acuso de cobardía por no ser capaz siquiera de contestar a la carta que le dirigí en setiembre de 2023. Nunca digas nada. Solo quería pedirle en persona la ayuda que hoy vuelvo a reclamarle públicamente. Que trabaje para que los que fueron miembros de ETA reconozcan todos los crímenes cometidos.

Acuso a Sabin Atxalandabaso Barandika de no tener corazón. Hace unos meses conseguí que llegara a sus manos una carta en la que le pedía que demuestre tener un mínimo de humanidad y que no se lleve a la tumba el secreto del lugar donde se deshicieron de los cadáveres de mi tío y sus amigos. Silencio sepulcral.

Creo que su silencio le delata. ¿Cuántos de quienes están leyendo estas líneas callarían, siendo inocentes, ante la acusación de haber cometido un crimen?

Internet me permitió encontrarle como firmante de una carta a los lectores del Diario de Navarra publicada en enero de 2022. En esa carta glosaba, junto a otros vecinos, todo aquello que hace del pueblo donde vive –o vivía en ese momento– un buen lugar para vivir. Como le decía en mi carta, el interés que manifestaba por el bienestar de sus vecinos refiriéndose a logros alcanzados a lo largo de muchos años viene a reflejar un recorrido vital alejado de la banda terrorista ETA. Todo apunta a que Sabin Atxalandabaso, que en 1976 era dirigente de ETA político-militar, pudo acogerse a la amnistía de 1977, por lo que deduzco que lleva décadas reinsertado. Le pedí, en privado, que facilitara a mi madre el consuelo de saber lo que hicieron con los restos de su hermano. He esperado pacientemente una respuesta que no ha llegado. Creo que no llegará.

Hace muchos años que conseguimos derribar el muro de silencio, que rescatamos para toda la sociedad vasca y española la memoria de estos tres jóvenes, una memoria conservada hasta ese momento únicamente en el seno de sus familias. Aunque los responsables de su desaparición sigan, 52 años después, parapetados tras los restos de ese muro, aunque sigan guardando silencio, no han conseguido el olvido. Porque junto a nuestra memoria limpia, nuestra memoria doliente, junto a la memoria rescatada de tres jóvenes trabajadores llenos de sueños y de ansias de libertad, está la memoria de sus asesinos. Cuando los hijos, los nietos, los hermanos, los amigos de estos últimos busquen sus nombres en internet, ese enorme ventanal abierto al mundo, ese gran hermano que nos permite acceder a información que no imaginábamos poder llegar a tener tan al alcance, los encontrarán retratados como los asesinos de Humberto, Fernando y Jorge.

Como escribió Adolfo García Ortega en 'Una tumba en el aire', ni víctimas ni asesinos merecen el olvido.

domingo, 3 de noviembre de 2024

"EXIBICIÓN PÁNICA", Juan José Millás, El País

Dan ganas de apagar el trasto cuando aparece este hombre en el telediario, con ese aspecto de lactante ahíto, para perpetrar alguna de sus fechorías, o facherías, dialécticas. Decía Cocó Chanel, aunque lo podría haber dicho Camus, que a partir de cierta edad cada uno es responsable de su rostro. También Tellado, que, tras sus intervenciones, se precipita en un deleite íntimo productor de una sonrisa satisfecha (quizá satifacha) que no pertenece a esta dimensión de la realidad. Habría sido perfecto para encarnar al recién nacido de La semilla del diablo. No es necesario tener cuernos ni pezuñas para provocar el horror. Polanski prefirió que no apareciera en la película el bebé de Rosemary como Kafka se negó a que en las portadas de La Metamorfosis apareciera un escarabajo. Partían ambos de la idea de que no convenía cambiar el terror metafísico por la truculencia plástica. Quizá no se habían percatado aún del poder paralizante de la normalidad. Saque usted a una persona normal, normal como Tellado, que es el epítome (signifique lo que signifique epítome) de la normalidad, sáquelo usted, decíamos, sujetando el cartel de la imagen con esos dedos recién salidos de la manicura, y déjese de historias. El efecto pánico está conseguido sin necesidad de los rabos ni de los cuernos que temía Polanski, o de los exoesqueletos de los que recelaba Kafka.

Hasta en sus propias filas, dicen, produjo espanto esta fotografía, sobre todo cuando uno comparaba la expresión de los rostros de las víctimas con la del portavoz, o lo que sea, del PP. ¡Qué nostalgia de ETA y qué poco pudor en exhibirla!

martes, 22 de octubre de 2024

"DELITOS Y PENAS". Luis García Montero, El País

El portavoz del Grupo Popular, Miguel Tellado, exhibe una foto
con víctimas socialistas de ETA, en el pleno del Congreso.

Manipular a las víctimas de ETA es tan grave como manipular el sistema penitenciario o convertir las penas en un linchamiento

Hace tiempo escribí una columna para agradecer a los padres de un niño asesinado que se negasen a que la muerte de su hijo fuese utilizada para celebrar el odio. La furia con la que se estaba pidiendo una pena de muerte contra la asesina identificaba a un sector de la sociedad más con la asesina que con la víctima. Me emocionó la decencia de los padres. Un pseudoperiodista afirmó entonces que yo me dedicaba a defender a la asesina. Que existan periodistas indecentes, subvencionados por poderes económicos y políticos para convertir en fango la convivencia, es un problema. Pero estamos sufriendo ya un problema más grave. Si antes la mala política lanzaba bulos interesados sobre la realidad, ahora se produce un viaje de vuelta. El fango que se arroja regresa sin pudor a la política para ensuciar los debates. Ya no es un pseudoperiodista el que infama en un pseudoperiódico. Es el portavoz de un partido importante el que degrada el respeto a las víctimas en un parlamento. Que el pseudoperiodismo creado por la mala política esté convirtiendo a la mala política en pseudopolítica no es un juego de palabras, sino una desgracia grave para la convivencia.

La modernidad democrática tuvo desde sus orígenes la necesidad de plantearse de manera digna los asuntos relacionados con los delitos y las penas. Manipular a las víctimas de ETA, jugar con su memoria, faltarles el respeto en cualquier discusión, es tan grave como manipular el sistema penitenciario o convertir las penas en un linchamiento. La justicia no es una venganza, es una razón social. Los discursos de odio, agitados para manipular el significado de los delitos y las penas, suponen una dinámica que envenena los mandamientos legales de la democracia. Es desolador ver cómo sufre la foto de una víctima en manos de un pseudopolítico, algo mucho más grave que una infamia en los labios de un pseudoperiodista. España necesita otra derecha.

"EL SUMO SACERDOTE". Juan José Millás, El País

No se pierdan a Florentino Pérez entrando en la sala de prensa de Valdebebas con el gesto de quien se dispone, más que a responder pregunta...