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domingo, 1 de febrero de 2026

"GALICIA FUE EL AVISO: CUANDO EL PODER EXPULSA A LOS POBRES Y EL EVANGELIO SE CONVIERTE EN ACUSACIÓN". José Carlos Enríquez Díaz, Religión Digital 31 ene 2026

La Doctrina Social de la Iglesia es tajante. "Gaudium et Spes" afirma que la persona humana es el principio, el sujeto y el fin de toda organización social. Cuando ese orden se invierte y la contabilidad ocupa el lugar de la vida, no estamos ante una opción técnica, sino ante un pecado estructural.

Hay momentos en los que la política deja de ser gestión y se convierte en juicio. No porque alguien lo decida, sino porque la realidad misma comparece como testigo. Cuando un anciano recibe una orden de desalojo con una cuenta atrás de quince días, cuando se niega una mejora mínima a quienes sobreviven con lo justo, cuando se cuestiona si alguien merece agua, luz o un techo, ya no estamos ante un debate técnico. Estamos ante una interpelación moral directa.

España vive uno de esos momentos. Y para entenderlo no hace falta imaginar futuros distópicos ni recurrir al alarmismo: basta con mirar a Galicia.

Galicia fue el aviso. No una metáfora ni un eslogan, sino una experiencia concreta. Bajo el mandato de Alberto Núñez Feijóo, la gestión de la pobreza adoptó una lógica precisa y reconocible: desconfianza hacia el pobre, sospecha sistemática, castigo institucional. La RISGA, diseñada como instrumento de integración, se transformó en un mecanismo de control y expulsión, reduciendo perceptores, endureciendo requisitos y desplazando la responsabilidad del Estado hacia las familias y la caridad privada.

No fue eficiencia. Fue deshumanización. Y no lo dijeron adversarios ideológicos, sino los propios trabajadores sociales. que denunciaron que aquello no integraba, sometía. Vidas convertidas en expedientes, dignidad reducida a baremos, personas obligadas a demostrar su abandono absoluto para ser ayudadas. La pobreza tratada como culpa.

La Doctrina Social de la Iglesia es tajante. Gaudium et Spes afirma que la persona humana es el principio, el sujeto y el fin de toda organización social. Cuando ese orden se invierte y la contabilidad ocupa el lugar de la vida, no estamos ante una opción técnica, sino ante un pecado estructural. El profeta Amós lo denunció sin eufemismos: «Venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias» (Am 2,6).

Ese mismo modelo reaparece hoy a escala estatal. La negativa del Partido Popular a apoyar la subida de las pensiones, del Ingreso Mínimo Vital no es un episodio aislado, sino coherencia ideológica. Coherencia con una visión donde los derechos se convierten en concesiones, donde ayudar al pobre se presenta como un riesgo moral y donde la pobreza se gestiona como una desviación que hay que corregir. No es responsabilidad fiscal: es crueldad organizada.

Y mientras a los pensionistas se les niega la subida mínima que les corresponde, algunos dirigentes, como Moreno Bonilla, han visto sus salarios incrementarse hasta 92.208,84 euros, lo que supone un aumento de 20.541 euros en solo tres años. Ese contraste no es anecdótico: mientras los pobres deben sobrevivir con migajas, el poder se autoadjudica incrementos sustanciales sin justificación ética.

Pero el salto cualitativo llega cuando Alberto Núñez Feijóo acusa al Gobierno de utilizar a los pensionistas como “rehenes” por aprobar junto a esa subida medidas como la suspensión de los desahucios de personas vulnerables, la prohibición de cortar suministros básicos —luz, agua, gas— o la protección de quienes no tienen alternativa habitacional. Según este marco, impedir que alguien duerma en la calle sería un chantaje, y evitar que una familia quede a oscuras, una manipulación política.

El PP, junto con Junts y Vox, sostiene que estas medidas fomentan la “inquiocupación” y desprotegen a los propietarios. El lenguaje no es neutro. El pobre vuelve a ser sospechoso, el vulnerable, un posible abusador. Isaías lo describió con una claridad que atraviesa los siglos: «¡Ay de los que dictan leyes injustas y promulgan decretos opresores, para negar justicia a los pobres!» (Is 10,1-2).

Hace poco conocí el caso de un hombre de 85 años. Vive solo. Su propietario le comunicó que debía abandonar su vivienda y le dio un plazo de 15 días. Quince días para desaparecer. No había alternativa habitacional, no había red familiar, no había margen real. Solo una cuenta atrás. ¿Qué tiene que decir Alberto Núñez Feijóo ante esto? ¿En qué párrafo de su discurso encaja este anciano? ¿En el del orden? ¿En el del mérito? ¿En el de la contabilidad?

Este caso no es una excepción. Es una parábola contemporánea. Personas mayores, familias con menores, enfermos, trabajadores pobres. Sin la suspensión de los desahucios, van a la calle. Sin la prohibición de cortar suministros, quedan sin agua, sin luz, sin calefacción. No es ideología. Es intemperie. Jeremías lo gritó con palabras que hoy incomodan al poder: «Se hacen ricos y poderosos, pero no defienden la causa del pobre» (Jer 5,28).

El Evangelio no admite interpretaciones cómodas. “Tuve hambre y me disteis de comer; fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). No hay letra pequeña. No hay baremos. No hay distinción entre pobres “merecedores” y “sospechosos”. Cuando la política introduce filtros donde el Evangelio no los pone, se coloca frontalmente contra él.

Fratelli Tutti advierte que una sociedad se deshumaniza cuando normaliza la exclusión, y Caritas in Veritate recuerda que la pobreza no se combate recortando derechos, sino garantizándolos. Llamar “rehén” a un pensionista mientras se cuestiona su protección frente al desahucio o el corte de suministros no es solo una contradicción política: es una fractura moral.

A esto se suma la criminalización del inmigrante pobre, convertido en chivo expiatorio del malestar social. El relato del “efecto llamada” no protege a nadie: divide a los de abajo y absuelve a los de arriba. Decir que solo merece ayuda quien ha cotizado es moralmente obsceno. ¿Qué cotizó un niño con discapacidad severa? ¿Qué aportó una mujer que huye de la violencia? ¿Qué cotiza quien trabaja en negro porque el sistema le cierra la puerta? La dignidad no se cotiza: se reconoce.

En el plano económico, el proyecto compartido por PP y Vox apuesta por adelgazar el Estado, privatizar lo común y mercantilizar los derechos. Sanidad, educación y vivienda pasan de ser garantías a ser productos. Un país de dos velocidades, donde los pobres esperan y los ricos eligen. La Doctrina Social lo dice sin rodeos: los bienes esenciales no pueden quedar al arbitrio del mercado.

Y todo ello se acompaña de una forma de ejercer el poder basada en la distancia. Feijóo afirmó que, si mentía, se marcharía. Hoy, ese compromiso con la verdad aparece erosionado por contradicciones y por su comparecencia telemática ante la DANA, cuando la ética pública exigía presencia, cercanía y responsabilidad. Gobernar es dar la cara. Comparecer desde una pantalla no es neutral: es huir del rostro del sufrimiento.

España ya vio este patrón con el “plasma” de Mariano Rajoy. Aquella imagen simbolizó la evasión de la rendición de cuentas. Hoy, el eco regresa. Primero se relativiza la verdad, luego se deshumaniza al débil y finalmente se gobierna desde la distancia.

Galicia fue el laboratorio social. Allí se comprobó que, bajo este modelo, la pobreza no se combate: se castiga. Hoy, con el IMV, las pensiones mínimas, los desahucios, los suministros básicos y la vivienda, el riesgo es el mismo, pero a escala estatal.

La pregunta final no es económica ni electoral. Es apocalíptica en el sentido bíblico: revela lo que hay debajo. ¿De qué lado se sitúa el poder cuando un anciano de 85 años recibe un ultimátum de 15 días para abandonar su casa? ¿Del contrato o de la persona? ¿Del mercado o de la vida?

Porque, como advierte Jesús sin anestesia, al final no se nos preguntará por el déficit ni por el equilibrio presupuestario, sino por el pobre expulsado, el hambriento ignorado y el forastero rechazado. Y entonces, ya no habrá comparecencias a distancia.

Galicia fue el aviso. Ignorarlo no será ingenuidad. Será complicidad.

viernes, 23 de mayo de 2025

"DEBEMOS HABLAR DE RIQUEZA EXTREMA". Dhananjayan Sriskandarajah, elDiario.es 20/05/2025

Hace décadas, los economistas del Banco Mundial formularon un umbral de pobreza extrema.Hoy necesitamos una línea equivalente para el otro extremo del espectro: el punto por encima del cual una sociedad no debe permitir que ningún hogar acumule riqueza

Una vez más, es la familia Hinduja. Gopi Hinduja y su familia, que dirigen el Grupo Hinduja, aparecen citados como la familia más rica de Gran Bretaña en la última lista de ricos del Sunday Times. La gran noticia hasta ahora parece ser que su riqueza ha descendido a 35.300 millones de libras, frente a los 37.200 millones del año anterior. Pero esa noticia, y gran parte del debate que habrá este fin de semana, corre el riesgo de pasar por alto la verdadera historia. “Lista de ricos” apenas es la descripción adecuada para la riqueza extrema de la que deberíamos estar hablando.

En 1989, cuando el Sunday Times publicó por primera vez su lista anual de ricos, para ser incluido en ella alguien tendría que tener 6.000 veces la riqueza de la persona media en el Reino Unido. Eso ya es una brecha bastante grande, pero ahora se ha triplicado hasta más de 18.000 veces la media, según un estudio de la Universidad de Greenwich.

El problema es que la riqueza engendra riqueza. Quienes poseen tierras, propiedades y acciones han obtenido enormes beneficios de estas inversiones y han podido acumular más activos con el tiempo, generando aún más beneficios. Para empeorar las cosas, mientras que la desigualdad de ingresos puede atenuarse con medidas como un salario mínimo o impuestos progresivos, los responsables políticos parecen incapaces o poco dispuestos a hacer algo con respecto a la acumulación de riqueza.

Los sucesivos gobiernos han afirmado estar a favor de los “trabajadores”, pero han hecho la vista gorda ante el hecho de que la mayor parte de la acumulación de riqueza en las últimas décadas se ha producido a través de la recaudación pasiva de los rendimientos de la riqueza existente, en lugar de obtenerse mediante el trabajo duro o la brillantez empresarial. Lo peor de todo es que no existe un límite máximo para la riqueza que puede adquirir un individuo o una familia. En lugar de ello, se nos pide que celebremos las grandes fortunas de los superricos y observemos pasivamente cómo nos precipitamos hacia los primeros trillonarios del mundo. Algo que podría ayudar a frenar los excesos de la desigualdad de la riqueza es una “línea de riqueza extrema”, una idea que está empezando a ganar adeptos entre los activistas y los expertos políticos.

Hace décadas, los economistas del Banco Mundial formularon un umbral de pobreza extrema calculando cuánto dinero necesitaría una persona para comprar alimentos y productos básicos suficientes para sobrevivir cada día. Esa innovación nos ayudó a comparar la pobreza entre países y épocas, y ayudó a los responsables políticos a priorizar las intervenciones para reducir la pobreza. También era una declaración ética: el punto por debajo del cual una sociedad no debe permitir que caiga ningún hogar.

Hoy en día, creo que necesitamos una línea equivalente para el otro extremo del espectro: el punto por encima del cual una sociedad no debe permitir que ningún hogar acumule riqueza, y por encima del cual los responsables políticos deben actuar de forma proactiva para frenar la acumulación de riqueza.

Hay un punto a partir del cual la riqueza da demasiado poder para influir en la política a través de grupos de presión, donaciones a partidos o regalos, del mismo modo que hay un punto a partir del cual los impactos medioambientales de los estilos de vida de los superricos causan un daño extremo al medio ambiente. Y un punto a partir del cual la concentración de riqueza socava la competencia económica y reduce la inversión productiva. Mientras tanto, el aumento de la desigualdad desgarra el tejido social que nos une. Corremos el riesgo de convertirnos en una isla de ricos y pobres, en lugar de una isla de extraños.

Aquí es donde la cosa se complica. Si preguntamos cuál es ese punto, obtendremos respuestas muy diversas. ¿Es cuando alguien se convierte en multimillonario? ¿Es el 1% de los más ricos? ¿Son 10 millones de euros, como sugiere la escritora holandesa Ingrid Robeyns en su excelente libro 'Limitarianism: The Case Against Extreme Wealth?'.

Aquí es donde el trabajo realizado por los compiladores de la lista de ricos para sumar el valor de la tierra, la propiedad, las acciones y “otros activos como el arte y los caballos de carreras” de los súper ricos podría ser útil. Resulta que se necesita un patrimonio neto de 350 millones de libras para figurar en la lista de este año. No sé si era su intención, pero esta cifra es unas 1.000 veces la riqueza media de los hogares británicos. Curiosamente, una encuesta reciente reveló que casi dos tercios de los millonarios de los países del G20 creen que la riqueza supone un riesgo para la sociedad cuando alguien tiene 1.000 veces la media social. Incluso los ricos creen que hay un límite.

Me encantaría someter estas opciones a una asamblea ciudadana y pedir a una muestra representativa de británicos que consideraran las pruebas, escucharan los argumentos y llegaran a un punto por encima del cual la riqueza debería considerarse extrema. Sin algún tipo de comprensión independiente de cuándo la riqueza se convierte en perjudicial, existirá la opción de ofuscar, impedir y anular los intentos de frenar los perjuicios de la riqueza extrema.

Encontrar una forma democrática de definir una línea de riqueza extrema podría dar por fin a los políticos el mandato y un marco para abordar la desigualdad antes de que sea demasiado tarde. Daría a la canciller una justificación sólida para aumentar los tipos impositivos a aquellos cuya riqueza supere la línea. Si no está dispuesta a ir tan lejos, podrían modificarse las normas fiscales y de sucesión para obligar a los ricos a donar a obras benéficas el patrimonio que supere la línea. Si incluso eso le parece demasiado audaz, el gobierno podría limitar la herencia que podría recibir cualquier neonato por debajo de la línea de riqueza extrema.

La semana pasada, Bill Gates se comprometió a donar el 99% de su fortuna, citando un ensayo de 1889 ('El Evangelio de la Riqueza') del magnate Andrew Carnegie, que escribió: “El hombre que muere así de rico muere deshonrado”. Esto es admirable, pero es ingenuo y peligroso que la sociedad confíe en el filántropo ilustrado para frenar la desigualdad. Tenemos que dejar de glorificar la riqueza mediante listas de ricos y empezar a poner coto a la riqueza extrema.

jueves, 3 de abril de 2025

"UNA FEALDAD AMERICANA". Antonio Muñoz Molina, El País 29 MAR 2025

Fran Pulido

El sistema penal estadounidense es un gulag de crueldad y pobreza que tritura a los seres humanos

La triste verdad de esta nueva cara grosera y represora de Estados Unidos es que no es nueva en absoluto. Ha estado siempre ahí, como lo está siempre la cara oculta de la Luna, aunque nadie la vea. Es difícil verla porque nos ciega la mirada el brillo de la riqueza y del poder, favorecido por una propaganda abrumadora que cae sobre nosotros de manera incesante, a cualquier hora del día o de la noche, en el cine, en la televisión, en los carteles publicitarios de las calles, en los millones de espejismos de las redes sociales. Prácticamente, todas las películas o series de más éxito son americanas e imponen su supremacía insolente sobre los canales de distribución y sobre las conciencias, que apenas reciben otros mensajes visuales, otras ficciones no regidas por la misma estética y los mismos valores. En los laterales de las paradas de autobuses rara vez falta el cartel de una película americana en el que aparecerá un o una superhéroe con la musculatura decorada de barras y estrellas, o bien un policía esgrimiendo una pistola, o un gañán de camiseta rota armado con una ametralladora futurista. En las cadenas de televisión, incluida La 1 de Televisión Española, todas las películas que se proyectan por la noche son melodramas de gente acomodada que viven en urbanizaciones con mucho césped o historias de policías o de ciencia ficción que tienen en común un efectismo visual extremo y una celebración permanente de la violencia, los coches, los helicópteros, las armas de fuego, todo ello aderezado por doblajes robóticos en los que la pobre lengua española es retorcida y desfigurada hasta convertirse en un calco patético del inglés.

El evanescente ministro de Cultura manifestó al principio de su mandato la intención de descolonizar los museos españoles. Yo le recomendaría que, de paso, emprendiera una descolonización bastante más difícil, que es la de la cultura, la vida y la lengua españolas. Admiramos y copiamos ese mundo, con mimetismo de súbditos de un poder imperial, y en realidad no sabemos cómo es. Sabemos cómo son las high schools con la bandera en las aulas y las taquillas en los corredores, cómo son las cenas familiares de Thanksgiving y de Navidad, los soldados que vuelven de la guerra con un uniforme a medida, las cheerleaders en los laterales de los estadios de fútbol americano. Y, como todo eso nos parece una realidad más atractiva y casi más verdadera que la nuestra, no podemos imaginar en qué medida todo es un gran decorado, una representación hecha por personas adiestradas desde la niñez para interpretarse a sí mismas, y para no ver lo que para ellas es preferible no ver: por una parte, la fragilidad o la pura mentira de las ficciones de entusiasmo y de éxito que la inmensa mayoría reverencia como una religión; y, por otra, la brutalidad y la negrura que están solo a un paso de las superficies luminosas que prevalecen en la cultura visual americana: mundos de penuria, miseria, abandono, de una crueldad social que para un europeo son inimaginables.

Decía Simone Weil que Hitler actuaba con los países invadidos de Europa como actuaban las potencias europeas en sus dominios coloniales. Viajeros con pasaportes de Canadá y de la Unión Europea reciben ahora en las fronteras de Estados Unidos un trato que se parece en algo, no en todo, al que sufren los inmigrantes que vienen de regiones mucho más pobres. Jasmine Mooney, una profesional blanca con pasaporte canadiense, despertó los recelos de uno de esos temibles funcionarios de Inmigración que al llegar lo examinan a uno de arriba abajo como si bajo su aire formal y amedrentado escondiera a un terrorista. Después de un breve interrogatorio, se vio arrojada a una celda minúscula en la que había otras cinco mujeres, y en la que la luz no se apagaba nunca. Le quitaron el cinturón y los cordones de los zapatos, además de todas sus pertenencias. La autorizaron a hacer una sola llamada de teléfono, pero ya nadie guarda números en la memoria. Bloqueada, aterrada, de pronto recordó el de una amiga, y le hizo una llamada de auxilio. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 22 de marzo de 2025

"COINCIDENCIA ESOTÉRICA". Juan José Millás, El País 16 MAR 2025

Decenas de personas durmiendo en un ala de la T4 de Barajas
a mediados del pasado mes de febrero. 
David Expósito

La foto se tomó a mediados de febrero en las instalaciones de la terminal 4 del aeropuerto de Madrid-Barajas, inaugurada en 2006 y celebrada por su diseño moderno y funcional, en el que llaman la atención los techos ondulados, construidos con materiales ligeros, de colores vivos, y espacios amplios que facilitan la entrada de luz natural. Realizados los trámites de acceso, el viajero desemboca directamente en el corazón de una tienda libre de impuestos profusamente iluminada y aromatizada, en la que se quedaría a vivir. Vencido ese arrebato, se alcanzan las puertas de embarque, flanqueadas por tiendas de lujo y restaurantes para todos los paladares.

Por la noche, cuando la actividad cesa, se convierte, como muestra la imagen, en refugio de personas que no tienen dónde dormir ni, seguramente, dónde caerse muertas. Se apagan los escaparates de las tiendas de las primeras marcas, se apagan el boato y la gastronomía, y se enciende la realidad. O se enciende, si ustedes prefieren ser caritativos, una realidad según la cual 500 indigentes pernoctan entre las cuatro terminales del citado aeropuerto. Hace 10 años, no pasaban de 40. Significa que, en ese punto geográfico de la España que es el motor económico de Europa, coinciden esotéricamente la macroeconomía, que va como una moto, con la microeconomía, que ya ven. Dicen que lo macro hace esfuerzos por llegar a lo micro con su cuerno de la abundancia, pero lo cierto es que a medida que crece el patrimonio de los acaudalados, aumenta la penuria de los miserables. Lo que se conoce, en fin, como robar a los pobres para socorrer a los ricos.

domingo, 9 de febrero de 2025

"Ni paz ni prosperidad con Franco: las mentiras del manifiesto firmado por Tejero en apoyo al dictador, una a una". Marta Borraz, elDiario.es 6 de febrero de 2025

El texto lanzado por la Plataforma 2025 hace apología de la dictadura y está plagado de mitos, entre ellos que Franco creó la Seguridad Social o que dirigió un Estado “honrado y eficaz”, y de vacíos intencionados: nada menciona de la hambruna española ni de la feroz represión que buscó el exterminio de la izquierda

Si un ser que no fuera de este mundo y nunca hubiera hablado con nadie quisiera saber algo de España y leyera el manifiesto Ni olvidamos ni callamos pensaría que España fue durante la dictadura franquista un lugar envidiable para vivir. Y Franco el mejor gobernante que ha tenido nunca. Calcando la retórica y la propaganda que el régimen desplegó para intentar limpiar su imagen, el texto define a Franco como un “hombre bueno” que trajo la “paz y la prosperidad”, propició “la reconciliación” entre españoles, “salvó” al país y propulsó la economía española hasta cotas casi milagrosas.

Sin embargo, el texto, suscrito por un centenar de personas entre las que están los nietos del dictador o el golpista Antonio Tejero, es un conglomerado de vacíos interesados y de los principales mitos que el franquismo edificó sobre sí mismo. El escrito, impulsado por la Plataforma 2025, hace apología de la dictadura y celebra el triunfo de los sublevados en la que llama la “Cruzada de Liberación” –en referencia a la Guerra Civil y sin nombrar el golpe de Estado– y, por supuesto, obvia lo que supuso el régimen en términos de derechos humanos. Estas son algunas de sus mentiras:

La “paz” de Franco

Define el manifiesto al dictador como un “cristiano ejemplar”, pero nada dice de la maquinaria de terror que diseñó el régimen desde el principio con el único objetivo de exterminar a la izquierda y a todo aquello que sonara a República. No nombra los fusilamientos, la suspensión de garantías constitucionales, la persecución extrajudicial o el castigo sistemático que generalizó la dictadura. “Siempre se basó en la división de la comunidad nacional entre vencedores y vencidos, no hubo paz ni reconciliación”, explica el historiador Nicolás Sesma, autor de Ni una, ni grande, ni libre (Crítica).

Tampoco cita los 300 campos de concentración que creó el franquismo por toda España o los 270.000 presos que estaban en 1940 encerrados en cárceles en condiciones inhumanas. Para los firmantes, no existieron los más de 100.000 trabajadores forzados ni las decenas de miles de enterrados en cunetas y fosas sin permitirles a sus familias despedirse o darles un entierro digno, muchos de los cuales siguen hoy desaparecidos. Tampoco les importa el casi medio millón de exiliados contabilizados en marzo de 1939 o el control moral y social que impuso el franquismo en casi todos los ámbitos, por nombrar solo algunas de sus consecuencias.

Un Estado “honrado, austero y eficaz”

El manifiesto atribuye a Franco haber levantado una “España en ruinas” y convertirlo en un país próspero. Nada más lejos de la realidad. Son muchos los historiadores y economistas que han definido la gestión económica de la dictadura como “un absoluto desastre y un fracaso”, en palabras del catedrático Carlos Barciela, autor de Con Franco vivíamos mejor (Catarata). El experto asegura que fue “uno de los periodos más duros y negros de nuestra historia” provocado por la política autárquica que Franco impuso en su primera etapa, lo que causó el hundimiento de la economía.

A la corrupción, que el experto define como “elemento intrínseco” al franquismo se sumó un sistema fiscal “injusto” que privilegiaba a las clases poderosas y a la Iglesia y propiciaba el fraude sobre todo de terratenientes y grandes propietarios. “España iba muy por detrás del resto de Europa occidental, entre otras cosas porque tenía un estado muy ineficaz”, añade el historiador Antonio Cazorla. A partir de 1959 A Franco, que al principio se oponía, no le quedó más remedio –a riesgo de entrar en bancarrota– que asumir el Plan de Estabilización, que inauguró el fin de la autarquía y favoreció el crecimiento económico. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 1 de febrero de 2025

La pobreza es causa de esquizofrenia, pero también consecuencia, según un nuevo estudio". Adrián Cordellat, El País 26 OCT 2024

Reparto de alimentos en Aluche (Madrid)
La ciencia avanza en el estudio de la relación bidireccional entre ser pobre y tener trastornos mentales, en medio de un fuerte debate sobre cómo ese conocimiento debe cambiar el tratamiento y prevención de estas enfermedades

La relación entre un determinante social como la pobreza con la salud mental ha protagonizado no pocos debates científicos y políticos. ¿La pobreza conduce a trastornos mentales o son estos últimos los que empujan a la pobreza? ¿Qué fue primero: el huevo o la gallina? El más reciente de estos debates fue el protagonizado por la comisionada de salud mental del Ministerio de Sanidad, Belén González, que aseguraba que en España el diagnóstico de esquizofrenia es 12 veces más frecuente en rentas bajas que en rentas altas, o que el uso de antidepresivos es aproximadamente cuatro veces mayor según la clase social. “Con frecuencia identificamos que lo que realmente necesita un paciente no es un psicólogo, sino un abogado laboralista. Frente a la impotencia de no hacer nada y la falta de tiempo para generar un relato más ajustado a los problemas sociales, se opta por la prescripción de psicofármacos”, señalaba González antes de reivindicar grupos de deporte en lugar de rubifén, asociaciones feministas en lugar de sertralina, o un sindicato en lugar de lorazepam.

La respuesta de algunos psiquiatras no se hizo esperar. Celso Arango, director del Instituto de Psiquiatría y Salud Mental del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, alertaba en una columna publicada por EL PAÍS del reduccionismo del discurso de la comisionada y le afeaba el hecho de “interesarse solo por algunos factores de riesgo —dejando a un lado, por ejemplo, el cannabis— o simplificar hasta lo ridículo los trastornos mentales como consecuencia del sistema capitalista o de los problemas sociales”.

Un estudio publicado este verano en la prestigiosa revista científica Nature Human Behaviour con datos del Biobanco del Reino Unido se ha sumado al intenso debate al descubrir una relación bidireccional entre pobreza y determinados trastornos mentales. Concretamente, de los nueve trastornos mentales analizados, los autores hallaron que la pobreza contribuye al trastorno depresivo mayor y a la esquizofrenia; mientras que, por su parte, la esquizofrenia y el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) incrementan el riesgo de pobreza.

miércoles, 30 de octubre de 2024

"CALAMITOSO MUNDO". Juan José Millás, El País 25 OCT 2024

Campamento de personas sin hogar en un descampado
junto a la ronda Litoral de Barcelona.
A un pobre le arreglas el día con un billete de cinco. Pero no cae esa magia económica en el vaso

Los pobres asustan. De ahí que evitemos su proximidad. Se nos aparecen en las aceras, sentados sobre el meado de los perros, tras un cartel que dice: “No he comido”, o “Tengo tres hijos”, o “Estoy loco”. Colocan en el suelo un vasito de plástico con dos tristes monedas de 20 céntimos, de modo que cuando alguien les echa un euro no se lo creen, no pueden creérselo porque no es normal que alguien les eche un euro. A un pobre le arreglas el día con un billete de cinco. Pero no cae esa magia económica en el vaso. El pobre, en su aburrimiento, recuerda los días en los que perteneció a la clase media, o casi. Recuerda el escalón moral o económico o familiar en el que tropezó para precipitarse en la mendicidad. Para desplomarse, más bien, como un cuerpo atraído por una fuerza magnética irresistible que se llama capitalismo salvaje, ultraliberalismo, atraco a mano armada, como ustedes prefieran. Si pasas cerca de sus bordes, te atrapa, te chupa, te absorbe y ahí te quedas, en medio de la Gran Vía de cualquier ciudad, con tu caja de cartón para dormir y tu vasito de plástico para las monedas de 20 céntimos, preguntándote dónde harás hoy tus necesidades cuando los intestinos aprieten.

Entre tanto, intentas evocar la primera vez que escribiste el cartel de “No he desayunado”, o de “Tengo un bebé y un perro”. Cuanto más dramático es el cartel, más pánico da a la gente echar una limosna. Temen que el escalón fatal se encuentre cerca de ese vaso. A los pobres os falta márquetin, de ahí vuestros disuasorios eslóganes.

En fin, solo deciros, desde unas páginas que no leeréis, porque usáis el periódico, con toda la razón, para limpiaros el culo, que os amo, queridísimos pobres, y que me producís una lástima solo semejante a la que siento por mí al comprobar mi incapacidad para arreglar los males de este mundo, de este mundo calamitoso, Dios mío, en el que, sin embargo, ha sido posible la existencia de Caravaggio.

sábado, 20 de mayo de 2023

"JORDAN NEELY, el náufrago en un vagón del metro". Un artículo de Antonio Muñoz Molina publicado en El País el 13 de mayo de 2023

Aprendí en Nueva York que el trastornado sin hogar que guarda silencio en su burbuja de invisibilidad puede ser ignorado sin molestia. El que rompe a hablar y grita se vuelve una amenaza

En medio del ruido y de la multitud hay personas trastornadas que viven en Nueva York como en una isla desierta en la que llevaran muchos años sin ningún trato humano. Hay quien se cubre la cabeza con un capuchón tan grande, y tan caído sobre los ojos, que no llegan a distinguirse sus rasgos. El capuchón es una cueva y ellos viven agazapados en lo más hondo, en una oscuridad a la que no llega la luz del día, ni tal vez el sonido de las voces. Cada vez que yo leía La isla misteriosa, el personaje que me impresionaba más, aparte del redivivo capitán Nemo, era un marino llamado Ayrton, al que dejaron solo en una isla deshabitada durante cinco años, al cabo de los cuales había perdido la razón y hasta el uso del habla, reducido por la falta de compañía humana a una animalidad de gruñidos roncos y gritos como ladridos. Casi todos los náufragos que rondan las calles y las estaciones y los trenes del metro de Nueva York son enfermos mentales de los que no cuida nadie, pero su condición clínica sin duda está exagerada por la dureza de la vida a la intemperie en una ciudad de inviernos muy crueles, y por una forma particular de soledad que es la de aquellos que estando rodeados de gente no reciben nunca la mirada de nadie, ni tienen respuesta si alzan la voz.

Incluso en los años de menos inseguridad, en Nueva York uno aprendía rápido a observar de soslayo, a mirar sin que pareciera que uno estaba mirando, para detectar así anticipadamente no ya un peligro posible, sino una simple incomodidad. De ese modo, cuando unos metros por delante, en mitad de una de esas aceras generosas de la ciudad, había un pedigüeño agitando su vaso de papel, o alguien de un aspecto alarmante, uno se desviaba a tiempo y aceleraba el paso, sin que pareciera que lo hacía para evitar al otro, como si en realidad no lo hubiera visto. En el andén del metro bastaba ladear la cabeza para saber si había alguien inquietante por detrás, porque de vez en cuando se publicaba la noticia o se corría el rumor de que había personas malévolas o dementes que empujaban a algún incauto contra las vías en el momento en que llegaba el tren, con ese estruendo metálico que parece anunciar siempre el advenimiento de un desastre.

Pero la supervisión instantánea y como distraída que uno aprendía antes era la del vagón del metro en el momento de entrar. Podía suceder que en un tren lleno de gente uno descubría toda una fila de asientos libres, y se apresuraba a sentarse en uno de ellos. Y solo al estar sentado se daba cuenta de la trampa de novato en la que había caído, al ver, y con frecuencia oler también, al viajero que era la causa de todo aquel espacio libre: un hombre, casi siempre un hombre, y casi siempre negro, forrado de harapos y bolsas de basura, durmiendo con las piernas abiertas contra una esquina, o tirado sobre varios asientos, rodeado de sus pertenencias inmundas, despidiendo un olor no ya de establo ni de vertedero, sino de pozo negro, de orines y sudor y mierda humana acumulada. El hedor marcaba de manera tajante el ámbito de la isla de soledad en la que ese hombre habitaba. Dedos de largas uñas sucias surgían de guantes invernales improvisados con trapos. La cara siempre estaba escondida bajo el capuchón, en el fondo de una cueva de misantropía y de locura.

Criaturas sociales, nuestra identidad está hecha en gran parte por el trato con los otros. Si no nos hablan ni nos escuchan perdemos poco a poco el uso del habla. Si no nos miran nos volvemos invisibles. Un fantasma es alguien a quien los demás se han puesto de acuerdo para no ver. En el código social implícito de Nueva York, y en las recomendaciones oficiales sobre seguridad, una cautela cardinal es eludir la mirada de quien parece amenazante. Cuando se generalizaron los móviles, los únicos usuarios de las cabinas telefónicas muchas veces destripadas de Nueva York eran los mendigos y los enfermos mentales que escarbaban los cajetines en busca de alguna moneda y usaban los auriculares inútiles para enredarse en largas diatribas con interlocutores invisibles. En Nueva York, como en Madrid, las personas cuerdas van por la calle hablando a voces por los móviles con gesticulaciones de dementes antiguos. Cuando yo volvía a Madrid, algo que me sorprendía siempre era la ausencia de esa población de náufragos mentales a los que me había acostumbrado en mi otra ciudad. Algunos va habiendo, igual que hay ya también ese tipo de personas de aspecto común que rebuscan furtivamente en los contenedores de basura, indigentes avergonzados con su carrito de la compra buscando comida cuando ya es de noche y no queda gente en la calle.

El trastornado que guarda silencio en su burbuja de invisibilidad puede ser ignorado sin molestia. El que rompe a hablar y grita se vuelve una amenaza, aunque no esté dirigiéndose a nadie. He visto muchas veces en Nueva York a hombres negros que hablan solos, moviéndose muy rápido, con gestos de ira, haciéndole reproches a alguien que no ven, apilando interjecciones una tras otra, en una pelea feroz en la que no hay adversario, con una furia impotente que se agota en sí misma. Por eso no me cuesta nada imaginar a ese hombre sin techo, Jordan Neely, en un vagón de la línea F, de pie entre la gente que finge no verlo, que se aparta de él poco a poco, se contrae en el asiento, la cara inexpresiva, los ojos ausentes, mientras él alza la voz por encima del ruido del tren y se va encendiendo al oírse a sí mismo, aunque sus palabras parece que suenan en el interior de una campana de cristal. Tiene 30 años y lleva media vida viviendo en la calle. Ganaba calderilla haciendo imitaciones de Michael Jackson en las aceras llenas de turistas de Times Square. Cuando tenía 14, a su madre la asesinó un amante que dejó el cuerpo descuartizado en una maleta, en el arcén de una carretera del Bronx. Testigos que parecían no oir ni ver nada han contado lo que repetía gritando: “No tengo nada que comer. Quiero agua. No me importa que me encierren en la cárcel para toda la vida. Estoy dispuesto a morir”.

Su destino podía haber sido el de tantos enfermos mentales: la policía los detiene por cualquier motivo, los llevan a la terrible prisión preventiva de Rikers Island, y como no pueden pagar una fianza los dejan encerrados, lo cual agrava su trastorno y suscita, por lo tanto, nuevos castigos, entre ellos el del túnel sin fin de las celdas de aislamiento, desde donde ya no hay regreso hacia la cordura.

A Jordan Neely le calló la boca para siempre un pasajero del mismo vagón que en lugar de hacerse el distraído se sintió un héroe y lo tiró contra el suelo inmovilizándolo con una palanca muscular contra el cuello, con toda la solvencia técnica de un exmarine vigoroso de veinticuatro años. Como Neely se resistía y pataleaba, enseguida se unieron unos cuantos voluntarios a la hazaña. Cuando el tren se detuvo, Neely tenía la boca abierta y los ojos en blanco. Quizás no le dio tiempo a comprender que la invisibilidad de fantasma y de náufrago contra la que quiso alzar la voz era también su único refugio.

jueves, 13 de octubre de 2022

"TODO ESTÁ CONCECTADO: POBREZA, MIGRACIÓN Y DESASTRE AMBIENTAL". Por Valeria Souza, Revista Gatopardo

Un sofá después del huracán Iota en Bilwi, Nicaragua,
el 27 de noviembre de 2020. Fotografía de Oswaldo Rivas / REUTERS.

 La bola de cristal de la ciencia nos dice que no solo morirán las tortugas y los peces, morirán los niños y migrará eternamente la población pobre a tocar la muralla insalvable de los vecinos del norte. Los ricos siempre encontraran maneras de sobrevivir, pero los pobres no tienen ese lujo.

[...] Según expertos de la UNAM, como reporta la gaceta del 23 mayo de 2022, distintos organismos han alertado que más de 200 millones de personas podrían verse obligadas a desplazarse dentro de su país o cruzar fronteras de otras naciones por motivos climáticos en el año 2050. Incluso se ha advertido que durante la próxima década podrían surgir puntos críticos de migración por causas medioambientales, que pueden ser evidentes como la sequía de Monterrey, los huracanes que destruyen todo a su paso, o la consistente degradación ambiental que vive dramáticamente Haití, Bangladesh, Ghana, Venezuela y Senegal, ya no digamos México. La situación es gravísima y no hay una regulación específica para tratar a esos desplazados.

[...] La economía que devora a la naturaleza está provocando la situación que hoy enfrentamos, ocasionada por aquellos interesados en hacer avanzar las fronteras extractivas sobre territorios que antes no estaban identificados por el radar del capital y que contribuyen a la destrucción del planeta mediante la deforestación, la megaminería tóxica, etcétera. Esos actores capturan territorios y los vuelven inhabitables. México, por ejemplo, es el quinto país con mayor deforestación del mundo.

[...] Recordemos que los humanos requerimos una gran cantidad de servicios ambientales para sobrevivir y la pobreza lleva a una espiral de degradación ambiental donde las condiciones son cada vez mas desesperadas. En Haití quedan 2% de los árboles y por lo tanto hay deslaves, erosión y tierras infértiles, sin cosechas. A esto hay que sumarle temblores, huracanes y enfermedades como el cólera. Sin embargo, el país de junto, República Dominicana, no tiene ese nivel de problema, a pesar de tener la misma geografía, es decir la misma isla. La diferencia enorme es que la independencia de Haití se construyó sobre la liberación aparente de los esclavos, a cambio que adquirieran una deuda brutal con sus dueños en Francia, misma que Estados Unidos “pagó” a cambio de intereses brutales que los pobladores de Haití siguen pagando 250 años después. Todo esto nos lleva a entender mejor la ola de migración proveniente de Haití rumbo a cualquier otro país. Otro espiral de pobreza y degradación ambiental alimentada por la sed insaciable del capitalismo.

sábado, 5 de febrero de 2022

"POBRES PERO FELICES". Un artículo sobre Cuba de Sara Tiyá en Afroféminas (10 de Diciembre de 2019)

Imagen de Paul Quimbau

Creer y difundir el mito de que el dinero no da la felicidad, es la forma más corriente de lavar la conciencia del Primer Mundo.

En el fondo lo hacen por nosotros, porque ser feliz es lo más importante, a fin de cuentas. Y hasta ahí puede que estemos de acuerdo. Pero también puede que tengamos visiones muy distintas de lo que se necesita para ser feliz. Y muchas de esas cosas no son gratis.

Hija de esa época de miseria absoluta conocida como Período Especial, mis primeros recuerdos son de personas en los huesos que soñaban con una casa que no se estuviera cayendo, un jabón para darse un baño decente, un buffet libre de carne de res, y cualquier otro lujo de telenovela importada. La vida se nos podía ir en eso: en imaginar una realidad lejos de la masa de oca y las compresas racionadas. Una realidad donde, si no íbamos a la escuela, era porque no queríamos y no porque no tuviéramos zapatos.

¿Nos reíamos? Sí. Y jugábamos al dominó y hasta bailábamos casino. Contábamos chistes durante los apagones. Quemábamos muñecos la noche de San Juan, y hacíamos caldosas comunitarias con más voluntad que proteína para celebrar las fiestas revolucionarias. Por eso los extranjeros se confundían. Ahí estábamos nosotros, bebiendo matarratas y permitiéndonos el lujo de pasarlo bien un rato, y ahí estaban ellos, cámara en mano, inmortalizando el momento y elogiando nuestras paredes de ladrillo visto, como si fueran cuestión de moda y no de falta de presupuesto.

De ahí pasamos al paternalismo: “Yo, que he tenido el privilegio de viajar mucho y ver mucho, te digo que en otros países se está peor, así que no te quejes”. Gracias por el consuelo, pero no. No me sirve aguantar y conformarme por el miedo a una vida peor; prefiero la esperanza de que se puede cambiar todo aquello que nos ata a la miseria. Y, sea mejor o peor, aspiro a conocerlo por mí misma y no a través de tu opinión.

Y del paternalismo, al colonialismo. Ese colonialismo que aún nos dice que debemos sacrificarnos para que otros puedan mantener sus estándares de vida. Da igual si ya no tenemos el calificativo de provincia o de territorio de ultramar, seguimos siendo considerados lugares a los que explotar. Y debemos cumplir nuestra misión con la sonrisa que nos caracteriza.

Misión que empieza con el compromiso a no cambiar.

Desde que llegué a España (hace algunos años ya), he perdido la cuenta de toda la gente que me ha dicho: “Hay que ir a Cuba antes de que se muera Fidel”, “Hay que ir antes de que lleguen los yanquis”, “Hay que ir antes de que la cosa cambie, porque luego no será lo mismo”. Incluso sin saber si queremos cambiar o no, si el cambio será a mejor o a peor, si vienen los yanquis o no, si nos mantenemos fieles a la patria socialista o cogemos con ganas el capitalismo, la premisa es ir mientras seamos un país atascado en el tiempo, con su tardía llegada al siglo XXI, sus coloridos almendrones vintage, y su gente desesperada con tanto inventar y resolver. Que la cosa cambie, implica que a lo mejor no encontrarás un cuarteto de son en cada esquina ni exóticas nativas low cost, y ante la duda, mejor si se queda todo como está, encajando con tus expectativas.

¿Qué quiere la gente de Cuba? Nada, que vamos a querer. Somos pobres, pero felices. Tener buen humor nos desacredita hasta para desear.

Y seremos pobres, y hasta felices a veces, pero queremos lo mismo que tú. Crecemos teniendo las mismas aspiraciones y recibiendo los mismos mensajes, con la diferencia de que esos mensajes se elaboran en una parte del mundo a la que no pertenecemos: la tuya. A nosotros también nos gustan los mercados bien abastecidos, los armarios llenos de ropa, la conexión a internet de alta velocidad, los coches de último modelo y las vacaciones en el extranjero. ¿Capitalista? ¿Consumista? ¿Antiecológico? Seguramente. Pero te llevas las manos a la cabeza cuando somos nosotros quienes lo queremos, no cuando eres tú quien lo disfruta.

Hace poco me contaba una conocida que había ido a Perú, y, como buena viajera, quería ver las comunidades auténticas, esas donde la gente aún está como hace siglos. Después de varios días en el país, consiguió llegar a una aldea donde los indígenas vivían de hacer artesanía para vender a los turistas. Y se sorprendió cuando una de las artesanas le dijo que su smartphone le encantaba, que ella también quería uno. “Qué pena, ¿no? Al final el capitalismo se lo come todo”.

Esa artesana indígena no tenía derecho a querer un teléfono con conexión al resto del planeta. No podía querer ver lo que otros ven, ir a donde los otros van, ni hacer otra cosa que no fuera permanecer en su sitio, pobre, incomunicada, para que mi conocida pudiera subir fotos cool a las redes sociales con sus collares de semillas.

Y así estamos: el capitalismo buscando nuevos mercados, generando necesidades para seguir vendiendo y vendiendo, y el colonialismo diciendo qué se hará con nuestros recursos, pero que no nos entusiasmemos: para que haya en un lado tiene que faltar en otro. Siempre en el mismo.

Puedes saquear nuestros países mientras nos niegas el derecho a migrar, porque somos pobres, pero felices donde estamos.

Puedes presumir ante nosotros de cualquiera de tus privilegios: no los necesitamos. Nos basta con un taparrabos y un tambor.

Puedes incluso disfrazar de ayuda humanitaria tus donaciones de libros de EGB y enciclopedias desfasadas. Cualquier mierda que te sobre nos hace felices.

No te preocupes: aquí nos quedamos. Seguiremos siendo ese parque de atracciones viviente donde todo permanece tal y como está. Nos sacrificamos los de siempre para que laves tu conciencia pensado que cambiarías con gusto tu vida por la nuestra, porque tú sí sabrías ser feliz ahí donde nosotros no podemos.

"TUCÍDIDES Y EL TRIBUNAL PENAL INTERNACIONAL". Máriam Martínez-Bascuñán

Una corte sin ejército toma prestadas las manos de los gobiernos que juraron ejecutar sus fallos, y estos prefieren la excusa antes que dete...