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jueves, 5 de junio de 2025

"LAS MUJERES AFGANAS HAN DESAPARECIDO DE LAS REIVINDICACIONES FEMINISTAS". Soledad Gallego-Díaz. El País 01 JUN 2025

Nicolás Aznárez
La fragmentación de este movimiento ha permitido una interferencia en los conceptos de igualdad y derechos

Establecer prioridades ha sido tradicionalmente un requisito para el éxito de movimientos políticos y sociales. Los sindicatos se formaron y adquirieron una fuerza formidable en torno a la reivindicación de la jornada de ocho horas. Lo mismo sucedió con el movimiento feminista, cuya prioridad más evidente fue, y es, el reconocimiento de igualdad de derechos entre hombres y mujeres en todos los planos de la actividad económica, social o política. La fijación de esas prioridades permitió, además, la universalización de esos movimientos, porque sus objetivos podían ser compartidos en todo el mundo, al margen de creencias culturales.

Fijar prioridades sigue siendo necesario. Los periodistas de todo el mundo, por ejemplo, podemos encontrar un punto de encuentro si exigimos que se nos deje entrar en Gaza para dar un testimonio profesional de lo que allí ocurre. De hecho, la Federación de Asociaciones de Periodistas de España acaba de hacer público un manifiesto, difundido en español, inglés, francés y árabe, para que profesionales de todo el mundo apoyen esta petición:

La desaparición y relativización de las prioridades clásicas del movimiento feminista ha sido uno de sus peores errores. Este mes de junio se cumplirán cuatro años desde que Estados Unidos y la OTAN empezaron la retirada de todas sus fuerzas de Afganistán y desde que el nuevo Gobierno talibán empezó su metódica persecución de las mujeres y niñas. En estos cuatro años, la comunidad internacional ha sido incapaz de proteger a un colectivo que supera los más de 20 millones de seres humanos, mujeres y niñas, sometidas a un terrible régimen de esclavitud. Peor aún, el movimiento feminista internacional no parece haber colocado entre sus prioridades la lucha contra esta situación ni ha ejercido la presión necesaria sobre gobiernos y entidades multinacionales que podrían obligar al Gobierno afgano a modificar su postura.

Debilitado por los retrocesos en materia de igualdad que van apareciendo en los propios países donde el feminismo parecía más desarrollado y también por una fragmentación interna sobre aspectos ideológicos que no ha hecho más que crecer en las dos últimas décadas, fundamentalmente por la relación entre el feminismo y el movimiento queer y trans, las mujeres y niñas afganas han quedado fuera de la reivindicación feminista cotidiana. Han quedado sepultadas en beneficio de un debate ideológico, cuando hasta hace muy poco el feminismo había dejado claro que los derechos humanos y civiles de las mujeres eran su objetivo prioritario, no negociable, ni sometido a ningún tipo de discusión relacionado con el ámbito de las ideas, conceptos o sistemas de creencias.

En el momento en el que los talibanes volvieron al poder, un 25% del Parlamento de Kabul estaba formado por mujeres y más de 100.000 ocupaban puestos en los ayuntamientos locales. Todo eso ha desaparecido. La única esperanza de las adolescentes y las madres que intentaron educarlas en libertad era la fuerza que representan las mujeres de todo el mundo. Pero esas mujeres las dejaron, para vergüenza de todas, en el más absoluto abandono. ¿Dónde se organizaron y se siguen organizando grandes manifestaciones de apoyo? ¿En cuántos Parlamentos se presentaron mociones exigiendo respuesta internacional? Absorbido por otras cuestiones, difícilmente comparables, el feminismo no ha hecho nada efectivo.

La fragmentación del movimiento feminista ha permitido que consideraciones culturales interfieran incluso en los conceptos de igualdad y derechos. La escritora Najat el Hachmi escribía el pasado 23 de mayo en este periódico expresando su amargura porque la posible prohibición del velo en las escuelas públicas de Cataluña se deba a una propuesta de Junts, un partido que sólo quiere disputar los votos al grupo ultra Aliança Catalana, en lugar de tener su origen en una reflexión del movimiento feminista. Quizás la prohibición del uso del velo sea polémica, pero ese debate se despacha con demasiada rapidez, sin tener en cuenta las voces del movimiento feminista en países como Irán, Egipto o Marruecos, según las cuales el aumento del uso del velo, incluso entre las segundas y terceras generaciones de inmigrantes en países europeos, no forma parte de un movimiento cultural, sino que es producto de una campaña muy intensa diseñada por hombres musulmanes empeñados en atajar los movimientos a favor de los derechos de las mujeres. Campañas que debían ser combatidas de manera prioritaria. Pero no, la prioridad no son ellas.

domingo, 23 de marzo de 2025

"DESPUÉS DE GAZA". Antonio Muñoz Molina, El País 8 MAR 2025

FRAN PULIDO
Aunque seamos testigos impotentes, tenemos la responsabilidad de mirarlo todo con los ojos abiertos, sin que unas formas de barbarie nos cieguen sobre otras

Ahora nuestro destino es contemplar pasivamente el progreso acelerado de la inhumanidad en el mundo, así como las borracheras de obscena felicidad de quienes lo hacen posible o se benefician de él o simplemente celebran su triunfo como un desquite contra un adversario irrisorio y disperso: lo woke, las feminazis, los trans, los beatos del lenguaje inclusivo, de la empatía y el buenismo, los pelmazos del cambio climático, los represores que ya no dejan hacer chistes sobre negros, maricones y cojos y además quieren prohibir la caza y las corridas de toros, y hasta dicen que los animales sufren y pueden tener derechos. Pasivamente, confortablemente, contemplamos hace ya tres años cómo un pequeño país era invadido por otro gigantesco. La gente de Ucrania detuvo en seco e hizo retroceder una invasión que todo el mundo consideraba victoriosa de antemano, y eso fue una llamarada de esperanza durante algún tiempo. Pero la realidad de la destrucción y la muerte y de la pura fuerza bruta de un país inmenso regido por gánsteres pronto impusieron una monotonía del horror que anestesiaba la atención y también el sentimiento de solidaridad y de ultraje.

Bien mirado, esa condición de testigos impotentes y desbordados por lo inconcebible empezó mucho antes, en el comienzo mismo de este siglo sombrío, con el atentado de las Torres Gemelas y con las dos invasiones vengativas de Afganistán e Irak, en aquellas guerras de nombre metafísico —War on Terror, ni siquiera on Terrorism: el terrorismo, en sentido estricto, es una actividad política criminal que puede ser combatida por la policía y por los jueces, como nosotros los españoles sabemos muy bien—. El Terror, con mayúscula, está entre la pura abstracción y la fantasía apocalíptica. En nuestro presente angustioso no hay diplomático ni comentarista político que no lamente la pérdida de un orden internacional no regido por la fuerza, sino “basado en reglas”, pero estará bien recordar que en 2001 y 2003 Estados Unidos invadió uno tras otro dos países de los que no había recibido ninguna agresión y que no constituían un peligro para nadie, salvo para sus desdichados habitantes, cuyas vidas no se puede decir que mejoraran bajo el dominio imperial de sus libertadores.

Nos toca ser testigos impotentes de la inhumanidad, y también de la hipocresía, y de los dobles raseros. Los verdugos encapuchados y en moto de Hamás, armados con sus fusiles de asalto y sus teléfonos móviles con los que grababan sus propios crímenes, cometieron el 7 de octubre de 2023 una masacre de 1.200 inocentes, y hubo personas y organizaciones supuestamente progresistas que evitaron condenar ese espanto, incluso que lo calificaron como un acto de resistencia legítima. Pero Israel emprendió inmediatamente después una venganza exterminadora contra toda una población que lleva ya durando año y medio, y la mayor parte de los gobiernos occidentales, y de los portavoces y opinadores de derechas, han mantenido o bien otro cuidadoso silencio o han apoyado explícitamente la matanza. Las bombas que destruyen escuelas y hospitales en Gaza y la metralla con que son abatidos mujeres y niños se las suministran al Gobierno supremacista de Israel las respetables democracias occidentales, incluidas las europeas, sobre todo Alemania, donde además cualquier crítica a Israel corre el peligro de incurrir en el delito de antisemitismo.

Ya que somos testigos a la fuerza impotentes, al menos nos cabe la responsabilidad de mirarlo todo con los ojos abiertos, sin que el escándalo de unas formas de barbarie nos ciegue sobre otras. Uno de esos observadores insobornables que tanta falta hacen ahora es Pankaj Mishra, de quien Galaxia Gutenberg acaba de publicar en español su último libro, El mundo después de Gaza. Mishra escribe una prosa clara y vehemente y tiene la avidez de saber y el sentido del rigor de los reporteros internacionales que han visto con sus propios ojos los desastres del mundo, y también la variedad feraz de las culturas y las vidas. Nacido en la India en las décadas posteriores a la independencia, su mirada periférica le permite una agudeza desapegada sobre la visión que los países principales de Occidente tienen de ellos mismos, acostumbrados a ejercer una hegemonía indiscutible sobre el resto del mundo, y esconder un pasado de violencia y rapacidad colonialista bajo el brillo de los valores democráticos que proclaman: esa “civilización occidental” que dice estar defendiendo Benjamín Netanyahu a golpes de limpieza étnica.

La hipocresía es tan escandalosa como la crueldad, y actúa como su aliada. La República Federal de Alemania, desde su fundación, recuerda Mishra, redujo al mínimo la persecución de los nazis y facilitó que muchos de ellos alcanzaran puestos importantes en la Administración y en el Gobierno, pero su apoyo económico y militar a Israel le sirvió de coartada contra cualquier acusación de complicidad con los perpetradores de la Shoah. Los antiguos aliados en la II Guerra Mundial se ungen con el mérito de haber derrotado al nazismo, pero ninguno de ellos, ni Estados Unidos, ni el Reino Unido, quiso acoger más que a un número exiguo de judíos fugitivos, a pesar de las evidencias de la persecución nazi y de las noticias que fueron llegando sobre los campos de exterminio. En los años de posguerra, el silencio y la indiferencia hacia lo que había sucedido en ellos se extendió también a Israel, donde reinaban una ética y una estética de vigor físico y energía de pioneros en la que había más desdén que compasión hacia las víctimas.

Pankaj Mishra es una de esas personas que descubrieron siendo jóvenes a Primo Levi, a Jean Améry y Hannah Arendt, y quedaron marcadas por la candente lucidez de esos judíos que a través del sufrimiento extremo y la voluntad de atestiguar y comprender nos legaron una visión insobornable de la naturaleza humana, desolada y al mismo tiempo esperanzadora. Ellos mismos son la prueba de lo mejor del ser humano, y a la vez nos avisan de la ferocidad que puede habitar en nuestros semejantes y dentro de cada uno de nosotros si las pasiones ideológicas o nacionales desbaratan los hilos frágiles de la convivencia y nos llevan a ver a otras personas como seres inferiores que merecen ser sometidos o eliminados. Levi, Arendt y Améry eran judíos secularizados, bien integrados en las sociedades que consideraban suyas, por lengua y cultura: nada de eso los salvó de ser perseguidos, y destinados a la muerte por el solo hecho de ser judíos. Levi y Améry, más que Arendt, vieron con esperanza la creación de Israel, pero muy pronto, como muchos otros judíos, en la diáspora y en el país recién fundado, alertaron sobre el peligro de un nacionalismo militarista, racista en su desprecio por la población árabe, y hasta por los mismos judíos que emigraban a Israel desde países musulmanes, gente de piel más oscura que los askenazíes de origen europeo. Y a todos ellos, víctimas del nazismo, les inquietaba el modo en que la memoria del Holocausto, ignorado durante tanto tiempo por los primeros dirigentes del país, se convirtiera poco a poco en una invocación de victimismo permanente para legitimar cualquier crimen, cualquier abuso, cualquier agresión, que los poderes israelíes cometieran contra la población palestina.

En uno de los libros más escalofriantes, más necesarios que yo he leído en mi vida, Más allá de la culpa y la expiación, Jean Améry cuenta que al primer golpe que recibe alguien sometido a tortura ya pierde para siempre su confianza en la condición humana. Poco antes de quitarse la vida, cuenta Mishra, leyó testimonios de presos palestinos torturados en calabozos israelíes. Se sintió entonces más extranjero y excluido que nunca, porque su patria no podía ser la de los torturadores.

"HIPÓCRITA HOMENAJE A LA VIRTUD". Aldo Conway, elDiario.es

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