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miércoles, 21 de octubre de 2026

"SI LA FILOSOFÍA NO FORMA UN SENTIDO CRÍTICO NO ESTÁ CUMPLIENDO CON SU IMPULSO LIBERADOR (Jesús Conill)". David Lorenzo Cardiel, Ethic

El catedrático y filósofo Jesús Conill (España, 1952) regresa al atemporal diálogo que representa la filosofía con una nueva propuesta, ‘Nietzsche frente a Habermas‘ (Tecnos, 2021), un ensayo en el que el autor compara las genealogías de la razón de Friedrich Nietzsche y Jürgen Habermas, además de su importancia para la comprensión del mundo que habitamos. Hablamos con el reconocido académico español sobre las ideas centrales de su obra –y otras cuestiones relativas a la actualidad– para adentrarnos en la lúcida mirada ofrecida por su pensamiento.

viernes, 14 de agosto de 2026

"EL PENSAMIENTO VIVO DE AVERROES". Juan José Tamayo

Santo Tomás de Aquino confunde a Averroes', de Giovanni di Paolo (1445-1450)
Andrés Martínez Lorca reivindica con maestría narrativa, rigor filosófico y profundo conocimiento histórico al pensador cordobés en su 900º aniversario y en tiempos de negación del legado musulmán

Existe en España una ignorancia multisecular —y enciclopédica, valga el oxímoron— sobre nuestros filósofos musulmanes y judíos. Como afirmara el escritor e intelectual cordobés Juan Valera, “se diría que cuando los expulsamos los quisimos expulsar para siempre hasta borrar su memoria de entre nosotros”. Uno de estos filósofos musulmanes, quizá el más insigne, es el cordobés Averroes (1126-1197), cuya valoración intelectual ha oscilado entre la recepción entusiasta y el rechazo sectario. A él le dedica Andrés Martínez Lorca, catedrático emérito de Filosofía Medieval en la UNED, este lúcido ensayo escrito con maestría narrativa, rigor filosófico y profundo conocimiento histórico con motivo del 900º aniversario de su nacimiento.

Lo sitúa en su momento histórico, en al-Ándalus del siglo XII durante el gobierno de los almohades, que lograron la simbiosis entre al-Ándalus y el islam, y analiza los tres campos en los que el pensador cordobés brilló con luz propia y sigue iluminando la oscuridad del presente: el derecho, la medicina y la filosofía. En el derecho destacó como juez mayor en Sevilla y Córdoba demostrando competencia jurídica e integridad moral. Su obra Bidaya ejerció una gran influencia en el mundo islámico.

Averroes defendió los derechos de las mujeres: su igualdad con los hombres, el rechazo de la poligamia, el derecho a ser jueces, el rechazo de la dote que las convertía en esclavas...

Martínez Lorca subraya la defensa de Averroes de los derechos de las mujeres: su igualdad con los hombres, el rechazo de la poligamia, el derecho a ser jueces, el rechazo de la dote que las convertía en esclavas, etcétera. El pensador cordobés denunció la discriminación de las mujeres y su reclusión en el espacio doméstico. Tal actitud igualitaria contrastaba con los prejuicios de la época y chocaría más tarde con la ideología discriminatoria de Tomás de Aquino, que calificaba a la mujer como “varón imperfecto”.

El segundo campo en el que trabajó fue la medicina, que ejerció como médico de Cámara. Su principal y más influyente obra en esta materia es Kulliyyat, cuya teoría médica estaba basada en el “galenismo arabizado”.

Pero donde Averroes demostró mayor competencia y originalidad es en la filosofía, hasta el punto de marcar un nuevo rumbo en el pensamiento europeo medieval y renacentista. Como principal aportación en este campo, Martínez Lorca destaca su enfoque humanista y racionalista y la centralidad que concede a Aristóteles. Averroes ubica al filósofo griego en el eje de la filosofía medieval porque la considera “la menos sujeta a dudas, la mejor adaptada y la más conforme con la realidad y la más libre de contradicciones”. La huella de Aristóteles se dejó sentir en el pensamiento de Averroes en puntos concretos, como la autonomía de la filosofía, el naturalismo de base, el racionalismo filosófico, la superioridad del tipo de vida intelectual en el plano ético y el carácter propedéutico de la lógica para el conocimiento científico. Lo que no significa sumisión servil, ya que el filósofo cordobés tenía pensamiento propio, fue más allá de Aristóteles y a veces rompió con el aristotelismo.

Martínez Lorca reconoce la importante contribución de Averroes al pensamiento medieval en la distinción entre filosofía y religiones. Las religiones se dirigen al pueblo en general y tienen como finalidad el logro de una vida virtuosa. La filosofía se dirige a una parte selecta de la sociedad y requiere argumentación, al tiempo que la considera necesaria en el islam. Se muestra respetuoso con las creencias religiosas, pero muy crítico con el dogmatismo teológico. Se aprecian aquí importantes elementos de modernidad. Averroes fue el receptor de la ética aristotélica en la Edad Media. Divide las virtudes en morales e intelectuales, subraya el nivel social de la ética y vincula ética y política. Sitúa lo colectivo como primer valor civil, fundamenta sólidamente la cohesión social, pone límites a la propiedad privada y se muestra crítico con el despotismo de los gobernantes.

Desde una hermenéutica creativa, más allá del simple comentario discipular, Martínez Lorca afirma que Averroes activó un primer Renacimiento, iluminó la Europa medieval e influyó en la construcción de la Europa moderna. Con él se completa el brillante ciclo árabe de los filósofos arabizantes. Este libro contribuye a recuperar su pensamiento vivo como fermento de renovación intelectual y social hoy en efeméride tan señalada como es el 900º aniversario de su nacimiento tras siglos de irrelevancia y persecución por mor de un catolicismo dogmático, antimusulmán y antiárabe.

sábado, 25 de abril de 2026

"AVERROES, UNA OPORTUNIDAD PARA LA RAZÓN". Carmen Calvo Poyato, Emilio González Ferrín, El País

El pensador medieval cordobés sigue vigente en la España actual porque plantea algo muy actual: cómo convivir en una sociedad diversa sin renunciar a la razón ni a las creencias

Se cumplen 900 años del nacimiento del cordobés Averroes (1126-1198), el pensador andalusí cuya obra pasó desapercibida en el espacio islámico y fue prohibida en el París de 1277, cuando el obispo Étienne Tempier incluyó el averroïsme entre las 219 proposiciones condenables por atentar contra el statu quo institucional eclesiástico, fundamento de la enseñanza superior europea de sus tiempos. El pensamiento de Averroes, a través de sus traducciones latinas, había inundado las artes liberales francesas y se presentaba como una oleada de racionalismo radical, contra los efectos de la cual se exigiría en Europa una inicial declaratio fidei, en cada obra hecha pública, en la que se constatase que la verdad está siempre del lado de la fe y que la filosofía no puede discutirla. Es decir, la negación explícita de Averroes y sus postulados más destacados: que el cometido de la filosofía es hacer preguntas que nos encaminen hacia lo verificable, y que la fe no tiene el monopolio de la verdad. Nunca abominó Averroes del hecho religioso, sino que simplemente lo ubicó en el terreno de lo emocional, si bien apuntando maneras literarias de gran interés a la hora de comprender los postulados de la fe: si hay algo inexplicable en ella, algo incoherente, absurdo, imposible, es porque debemos entender su entramado simbólico, y de ahí lo literario frente a lo literal. Todo eso acabó siendo conocido como la doble vía de la verdad: la fe para quien así lo sienta y la razón para quien la necesite. Dos patas de una escalera por las que poder subir en busca de las verdades, eligiendo cada cual según su criterio y proponiendo así Averroes una revolución epistemológica: una oportunidad para la razón.

No quedó ahí la obra del cordobés. Como todo sabio medieval que se preciase, en su polimatía aportó interesantes disquisiciones del corte astronómico, también otras derivadas de su práctica de la medicina o incluso reflexiones jurídicas en las que estuvo a la altura de su tradición familiar, los Banu Rushd, ejerciendo como jurista entre Córdoba y Sevilla y debiendo saltar a Marruecos por rivalidades entre los lobbies de la época. Además, apuntó nuestro autor unas interesantes nociones en materia de gestión de vida en común, de lo político en su mejor acepción, que probablemente no casasen entonces, ni probablemente ahora, en tiempos obsesionados por liderazgos en lugar de consensos: dos siglos después de Averroes, el filósofo de la historia Ibn Jaldún —el Aben Jaldún de Ortega y Gasset— iniciaría el largo y tedioso quehacer historiológico de las decadencias, de contemplar la historia como un permanente declinar de viejos apogeos. Pues bien, cuanto Ibn Jaldún presente en el siglo XIV como la panacea del éxito civilizador la asabiya o cohesión social, a modo de un sistema nervioso conectado con un cerebro a la altura —liderazgo indiscutible—, lo había esquivado nuestro Averroes en sus tratados sobre la simple y llana gestión colectiva de la medina, la ciudad en tanto que traslado en árabe de los tratados y asuntos de la polis. La medina de Averroes es, así, menos gestión individual de un carisma alimentado y mucho más atención a la innegable diversidad; lo dialógico y comunicativo, que estará mucho después en la base de la paradoja del recientemente desaparecido Jürgen Habermas: “¿Es posible el triunfo del diálogo?”. La razón averroísta dice que sí, por más que la sinrazón pueda hacer más ruido.

Una figura como la de Averroes no se improvisa. Se ha definido en ocasiones el tiempo de Al-Ándalus como el largo camino que lleva a Averroes, trasladándose en semejante exageración hiperbólica la inevitable cadena de transmisión de conocimiento que debió desplegarse, a lo largo de los siglos, desde Aristóteles hasta Averroes, su más completo comentador. Porque fue el estagirita el primer maestro en las artes racionales del Islam, así como la ciencia de los griegos, en ese genérico patrístico del saber universal, fue conocida en árabe como “la ciencia de los antiguos”, no “de los otros”, clave de bóveda para comprender no solo el esencial eslabón averroísta en el transcurrir de la razón aplicada, sino el sentido último troncal de una civilización islámica, siempre distinguible de una religión musulmana, que en el totum revolutum de nocturnidad con que contemplamos lo transeuropeo siempre parece todo igual, menor, ajeno.

El director de cine egipcio Yusuf Chahine nos presentó en 1997 una biografía hagiográfica del cordobés Averroes. En la película, que lleva por título traducido El Destino (1997), nuestro pensador andalusí se nos muestra envuelto en una profunda y esencialista pureza y orgullo de estirpe, con una inteligencia casi profética pero destacada, sobre un mundo prácticamente desértico. El profeta en el desierto. Sin embargo, el pensamiento averroísta de razón y medina, urbano y humano, requiere un resaltado con mucha menos excepcionalidad y más ejemplaridad, y tal es el cuidadoso tratamiento al que ha sido sometido por parte de dos grandes interpretadores, el español Andrés Martínez Lorca y el marroquí Muhammad Abid al-Jabri. Es importante mostrar estas dos caras de la moneda averroísta a ambos lados del Estrecho porque se corresponden con la efervescencia vital del propio Averroes, desde su florecimiento en Al-Ándalus hasta su refugio y finalmente muerte en Marruecos. Pues bien, si Martínez Lorca realiza una pormenorizada lectura europea de Averroes, destacando que llamar nuestra a la cultura de Al-Ándalus es romper un viejo paradigma de negación cultural, Abid al-Jabri definió al cordobés universal como la oportunidad perdida de la razón árabe. Porque no se le leyó en su tiempo ni siglos después en lengua árabe, es por lo que el marroquí proponía un retorno averroísta a la razón en latitudes cuyas medinas, decía Al-Jabri, están tratando de ubicar los espacios sentimentales religiosos al terreno de lo domiciliario.

Averroes simboliza una etapa (Al-Ándalus) donde convivieron distintas culturas. La idea averroísta de diálogo entre culturas y religiones resulta clave para encauzar positivamente los conflictos y fomentar la integración. Hoy, el pensamiento de Averroes sigue vigente en la España actual porque plantea algo muy actual: cómo convivir en una sociedad diversa sin renunciar a la razón ni a las creencias.

En la era de la desinformación, su defensa de la razón, la lógica, el pensamiento crítico y el conocimiento es más relevante que nunca. Averroes no es solo una figura imprescindible del pasado: es una presencia latente, casi susurrante en el presente convulso que habitamos. Su pensamiento no pertenece únicamente a la historia, sino que respira —aunque a veces débilmente— en cada intento de comprender antes que imponer, en cada gesto que elige el diálogo frente al dogma.

Hoy, cuando tantas voces se alzan con la pretensión de ser únicas, definitivas, inapelables, volver a Averroes es como abrir una ventana en una habitación cargada en la que entra el aire y la luz de primavera. Y con ella, la sospecha de que ninguna verdad que necesite imponerse por la fuerza puede ser completamente verdadera. Porque lo que no persuade al entendimiento, difícilmente arraiga en el corazón.

Averroes nos recuerda que la razón no es fría ni distante, sino profundamente humana: es el puente invisible que permite a las diferencias no convertirse en abismos. Su vigencia reside precisamente en su capacidad de interpelarnos en medio del ruido ensordecedor de la confrontación irracional, de invitarnos a comprender al otro sin malestar, sin sentir que renunciamos.

En su tiempo, habló de convivencia como quien siembra en tierra incierta; habló de tolerancia como quien confía en un futuro que no verá; habló de separar la política de la fe como quien intuye que el poder, sin el contrapeso de la razón, se vuelve ciego. Y en esa intuición hay algo profundamente contemporáneo: la certeza de que la libertad necesita reflexión y pensamiento y el pensamiento requiere libertad.

Por eso su legado no es un conjunto de ideas muertas, sino una llama que debe mantenerse sin estridencia, pero persistente. Y en tiempos de penumbras tan ruidosas, esa luz discreta se vuelve indispensable.

Averroes es una figura imprescindible para el presente y extraordinariamente oportuna y necesaria en el momento que nos ha tocado vivir. Al mundo le hace falta recordar su doctrina porque frente a los pensamientos fundamentalistas y extremistas que buscan imponer una única visión de la vida, apelar a Averroes es revindicar la razón no sólo como un medio de conocimiento, sino también como una herramienta para la convivencia pacífica. Recuperar su obra nos da la oportunidad de escrutar mucho mejor todo tipo de fundamentalismo, no sólo religioso sino también económico y político, para poder reconocerlos y contestarlos con mucha mayor contundencia.

Recordar a Averroes hoy no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de resistencia serena: la defensa de una forma de estar en el mundo donde la razón no divide, sino que une; donde el diálogo no debilita, sino que fortalece; donde pensar sigue siendo, todavía, un anhelo de esperanza.

sábado, 4 de abril de 2026

"LA SOLEDAD DE EUROPA NO ES UNA CONDENA, ES UNA LIBERACIÓN". Anrtoniio Scurati, El País

Eva Vázquez
Estados Unidos y Rusia están conduciendo el mundo hacia un lugar distinto al que se soñó desde Europa. E incluso quienes deberían venerar los valores del Viejo Continente, como la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, hacen amagos de ceder ante la nueva ola imperialista. La UE se ha quedado sola. Pero en esa soledad está su fortaleza para renacer como la última barrera defensiva contra la deriva fascistoide

Cuántas veces nos lo hemos repetido en nuestro fuero interno, con un gesto melancólico mientras bebemos a sorbos nuestro campari bien agitado? Por el este nos amenaza la Rusia de Putin; por el oeste, los Estados Unidos de Trump, después de abandonarnos, insultarnos y sabotearnos, se han convertido también en una amenaza; nuestra influencia en el resto del mundo no deja de disminuir. Solos, debilitados, consternados. Así nos sentimos. Así nos vemos a nosotros mismos. Parece que todo nuestro pasado glorioso nos hubiera olvidado. “Europa, esa pequeña península del continente asiático”. Nuestra rabia da la razón al sarcasmo de Paul Valéry, el gran poeta europeo del siglo pasado, él también olvidado. Ahora bien, ¿y si la soledad de Europa fuera una oportunidad? ¿Y si no fuera una maldición, sino una promesa?

En un libro reciente sobre Europa, El continente sin cualidades [que publicará en español Siruela], Peter Sloterdijk la describe como un escenario vacío. El gran filósofo alemán adopta una metáfora teatral y arroja luz sobre un fenómeno sin precedentes en la historia europea: la renuncia a toda ambición imperial. Durante milenios, la política europea se aferró, en versiones más o menos creativas, al guion fundacional del Imperium Romanum. De Carlomagno a Hitler, la Europa política fue “el teatro en el que se volvían a escenificar los sistemas de poder romanos”. Ese deseo provocó devastadoras guerras continentales de conquista y una violencia colonial obscena.

Después del apocalipsis de la Segunda Guerra Mundial, Europa renunció al imperio en un pronunciamiento sin precedentes. El último país de Occidente que aspiró a recrear el Imperio Romano fue Estados Unidos. Y ese fue un cambio trascendental, porque, desde esta perspectiva, la segunda mitad del siglo XX inaugura una era en la que todavía estamos viviendo. Cuando el presidente francés se negó a que Estados Unidos se apropiara de Groenlandia y dijo “no a un nuevo imperialismo”, estaba renovando los votos de los padres fundadores de la Europa de la posguerra y reafirmando su renuntiatio ab imperio.

Una de las primeras escenas de este guion divergente que señala Sloterdijk se produce el octavo día de abril de 1341, Domingo de Pascua, en Roma. Ese día, Francesco Petrarca es “coronado” poeta e historiador supremo en una solemne ceremonia. La coronación de Petrarca es la escena paradigmática de otra Europa, distinta del poder político y eclesiástico. Yo la llamaría la Tercera Europa. La Europa que introduce en el mundo un formidable impulso ascendente, la “explosión del conocimiento”, en las famosas palabras de Peter Burke.

En suelo europeo se desatan las energías disruptivas del progreso: aprendizaje permanente, constante superación personal, libertad para la ciencia, competencia y comercio, sistemas innovadores en los ámbitos de las artes, las tecnologías y las instituciones gubernamentales. Siguiendo esta evolución, Europa comienza donde termina el poder político imperial romano y resurge de sus propias ruinas; es el denominado Renacimiento.

En este sentido, la genealogía de Europa es peculiar: no presenta una fecha de nacimiento concreta, sino muchas en las que vuelve a vivir. Europa no nace (ni muere) de una vez por todas. Renace una y otra vez. La Europa moderna —nuestra Tercera Europa— no se construye mediante la reencarnación política del Imperio Romano, sino por la supervivencia del núcleo de su cultura dentro de una civilización milenaria. Europa no es una geografía. Es una civilización.

El núcleo de esa civilización europea, a pesar de todas sus catástrofes, sus repetidos holocaustos y renacimientos, es el humanismo: la revolucionaria visión del mundo derivada de situar al ser humano en el centro del universo. Todos los logros morales y materiales de la civilización europea moderna emanan de esta visión, que en el Renacimiento tendió un puente —­transitable en ambas direcciones— hacia la Antigüedad. De ella descienden el reconocimiento y la defensa de los derechos humanos y su inviolabilidad por parte del poder político y religioso. En otras palabras: la libertad es la dignidad de la persona. La Europa moderna nace y renace cada vez que un individuo, movido por pasiones creativas, reivindica su libertas frente al poder religioso y el poder político. Esta génesis diferida, esta tarea sin fin, como dice Sloterdijk, “consiste en desaprender gradualmente la sumisión”. En resumen: la democracia liberal.

No podemos extraer conclusiones sin mencionar, al menos por un instante, el lado oscuro de la luminosa explosión de conocimiento impulsada por el humanismo europeo, es decir, los imperios coloniales europeos. Estamos hablando del eje central de la historia mundial moderna. Esto no es un elogio, sino un hecho. Pero también es importante reconocer que el humanismo europeo engendró, al mismo tiempo, un sistema de conocimiento y pensamiento comprometido con el ejercicio de la crítica y la limitación constantes del poder político. Los pueblos oprimidos por la política europea recibieron de la propia Europa las herramientas culturales para su liberación. 

Para afrontar la crisis actual, debemos ser plenamente conscientes de que nuestra época representa el fin de esa historia de dominación. Vivimos en el ocaso de una era. A principios del siglo XXI, por primera vez en 500 años, Occidente ha dejado de ser hegemónico. Desde luego, Europa no lo es. Y creo que todavía no se han evaluado ni apreciado por completo las inmensas consecuencias psicopolíticas de este ocaso. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 30 de marzo de 2026

"HABERMAS: EL FILÓSOFO QUE CREYÓ QUE CONVENCER ERA POSIBLE". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

Perder al pensador no es perder una respuesta. Es perder a alguien que todavía creía que la pregunta valía la pena

Habermas muere en un momento poco hospitalario para la empresa a la que dedicó su obra. No es una paradoja sentimental, sino un diagnóstico preciso. Construyó el andamiaje intelectual más sofisticado del siglo XX para sostener una idea simple y radical: que la democracia puede fundarse en la razón comunicativa, que la legitimidad nace del mejor argumento y no del poder bruto, y que Europa podía ser la prueba histórica de que ese proyecto era viable. Hoy, cuando sus dirigentes hablan con naturalidad de abandonar la pretensión normativa que definió el proyecto europeo, la muerte de Habermas adquiere un significado que no es biográfico sino político.

Jürgen Habermas fue el filósofo que se negó a rendirse ante el pesimismo. Heredero de la Escuela de Fráncfort, creció intelectualmente en la sombra de Adorno y Horkheimer, pensadores que habían visto en la razón moderna no solo una promesa de emancipación sino también el germen de Auschwitz. Habermas tomó ese diagnóstico sombrío y lo sometió a una corrección radical: si la razón había contribuido a la catástrofe, pensaba, no era porque estuviera condenada, sino porque había sido reducida a un instrumento. Había que repensarla de otro modo: no como técnica de dominio, sino como capacidad de entendimiento entre sujetos. De esa intuición nació su gran proyecto filosófico: la teoría de la acción comunicativa.

La idea es tan simple en su formulación como exigente en sus consecuencias. Cuando los seres humanos hablan para entenderse —no para manipular ni para vencer— activan una forma de racionalidad distinta a la del mercado o a la de la burocracia del Estado. Una racionalidad que propone en lugar de imponer, que escucha en lugar de silenciar y que funda su legitimidad no en el poder de quien habla sino en la fuerza del mejor argumento. De ese principio Habermas extrajo una teoría de la democracia, una filosofía del derecho y una defensa del proyecto europeo como el experimento político más avanzado de la historia: la apuesta de que es posible construir orden sin soberano y legitimidad sin espada. Fue también, como se señaló desde la teoría feminista, un proyecto con puntos ciegos: su ideal de imparcialidad tendía a expulsar del espacio público precisamente aquello que no encajaba en el molde de la razón desapasionada. Pero era un proyecto. Tenía horizonte. Creía que el mundo podía ser mejor mediante la palabra.

Habermas no fue un teórico de gabinete. Fue un intelectual que entendía que los argumentos tienen consecuencias y que por tanto hay que defenderlos en público. Intervino en el debate sobre la memoria del nazismo cuando historiadores conservadores intentaban relativizarlo. Se enfrentó a Foucault y a los posmodernos cuando creyó que su escepticismo radical disolvía las bases mismas de la crítica. Criticó la intervención en Irak y se posicionó sobre Ucrania cuando ya tenía más de noventa años. No siempre tuvo razón, pero siempre estuvo dispuesto a jugársela.

Habermas construyó toda su obra sobre un supuesto: que existe un espacio público donde los argumentos pueden competir en condiciones de igualdad y que el mejor argumento tiene posibilidades de ganar. Ese supuesto no era ingenuo. Sabía que el capitalismo lo erosionaba, que los medios lo podían distorsionar, y que el poder lo podía colonizar. Lo diagnosticó en 1962 con una lucidez extraordinaria, pero el diagnóstico de 1962 describía una degradación. Lo que tenemos hoy es algo cualitativamente distinto: no la colonización del espacio público sino su sustitución. Como ha señalado Evgeny Morozov, el espacio público habermasiano donde debía nacer el entendimiento ha sido reemplazado por una infraestructura propietaria donde el debate no se distorsiona desde fuera sino que se diseña desde dentro. Y en ese nuevo espacio el intelectual público de la razón ilustrada -el que baja al barro con argumentos, el que cree que convencer es posible- ha sido sustituido por el oráculo tecnológico. En lugar de argumentar, profetiza; en lugar de debatir, acumula seguidores; en lugar de buscar el mejor argumento, administra el algoritmo. Eso es Yarvin frente a Habermas. Eso es Musk frente a Habermas. Ese contraste resume, en última instancia, la oposición entre la Ilustración Oscura y la Ilustración tout court: entre el filósofo que creía posible convencer mediante argumentos y el tecnomagnate que controla la plataforma, diseña el algoritmo y decide qué argumentos circulan y cuáles desaparecen.

La teoría de la acción comunicativa no tenía herramientas para pensar un mundo en el que el espacio del debate deja de ser corrompido y pasa a ser privatizado, y en el que la manipulación no se ejerce sobre los argumentos sino sobre la arquitectura misma del debate. Eso es una limitación real y hay que decirlo. Pero la pregunta que animaba todo su proyecto —¿puede la razón ser el fundamento de la democracia?— es hoy más urgente que nunca. Precisamente porque ya nadie la defiende con su rigor. Precisamente porque se ha vuelto incómoda, ingenua, pasada de moda. Perder a Habermas no es perder una respuesta. Es perder a alguien que todavía creía que la pregunta valía la pena. En un momento en que los oráculos de Silicon Valley han ocupado el lugar del intelectual público y los líderes europeos abandonan el orden normativo como quien se quita un abrigo que ya no calienta, lo que se va con Habermas no es solo un filósofo. Es la última gran voz que insistió, sin ingenuidad y sin rendirse, en que el poder necesita justificarse ante la razón. Y no al revés.

jueves, 20 de noviembre de 2025

"EL DÍA QUE INVENTAMOS LA REALIDAD". Javier Argüello (2025), Barcelona, Debate

Con la agudeza y la elegancia características de su gran talentoliterario, Argüello relata en estas páginas, con visionaria lucidez, el origen y la consolidación, las contradicciones y las incongruencias del rocambolesco camino que nos ha llevado a construir una fantasía tan prodigiosa como «la realidad». Y, al mismo tiempo, nos invita a mirar hacia el futuro para explorar los desafíos a los que nos enfrentamos como humanidad.

La realidad es un invento relativamente reciente. Desde tiempos inmemoriales han sido las mitologías que cada cultura ha construido —las ficciones que nos hemos ido contando— las encargadas de dar forma a eso que llamamos «realidad». Hoy es el propio relato científico el que nos está obligando a replantearnos su existencia. Y si descorremos ese velo, ¿qué es lo que hay detrás?

Historia, filosofía, música y matemáticas —así como la impronta de las narraciones y el poder creador de la palabra— se entrelazan magistralmente en este ensayo para desvelar la trama que construye nuestra idea del mundo, para acercarnos a la singularidad de la vida y la conciencia, para explicarnos el nacimiento de la ciencia, la revolución cuántica, el advenimiento de la inteligencia artificial y las relaciones que se establecen entre todos estos fenómenos y las diversas formas de espiritualidad.


jueves, 16 de octubre de 2025

"ELÍAS CANETTI, EL FILÓSOFO QUE CONSIDERABA EL PODER COMO UNA ENFERMEDAD MENTAL". Use Lahoz, El País 26 AGO 2025

El autor de ‘La provincia del hombre’ pensaba que el deseo de dominar a los demás o de fundirse en una muchedumbre nacía del miedo a la muerte. Frente a esa tendencia proponía una ética del respeto

Misia Sert, pareja del pintor Josep Maria Sert, tío del gran arquitecto Josep Lluís Sert, y considerada musa de tantos artistas en el París de principios del siglo XX, contaba en sus memorias que siendo niña ensartaba con gran placer moscas vivas en un hilo para hacer con ellas un “collar” que colocaba luego alrededor de su cuello. Le emocionaba profundamente el zumbido de las alas atrapadas que sentía contra su piel. La imagen de ese collar —la crueldad disfrazada de juego— inquietó tanto a Elias Canetti que la utilizó en 1992 como metáfora central del ensayo El suplicio de las moscas, donde trata de forma inquietante la fascinación humana por el poder y el sufrimiento ajeno.

Sin fundar una escuela filosófica ni un sistema teórico cerrado, Elias Canetti (Ruse, Bulgaria, 1905-Zúrich, Suiza, 1994), autor de una novela, Auto de fe, y de numerosos ensayos en lengua alemana como el recientemente reeditado por Taurus La provincia del hombre, apuntes y textos breves escritos entre 1942 y 1970, mereció en 1981 el Premio Nobel de Literatura. Es uno de los pensadores determinantes del siglo XX por su mirada única, penetrante y radicalmente humana sobre los grandes temas de su tiempo: el poder como enfermedad mental y la avaricia como enfermedad moral, la masa, la lucha contra la muerte, el lenguaje y la identidad, la violencia, la libertad del espíritu, la relación entre el individuo y la sociedad.

También en El suplicio de las moscas decía Elias Canetti: “El verdadero poder no se ejerce a gritos ni con látigos, sino en los detalles sutiles, en actos que parecen insignificantes pero que anulan a otros seres con impunidad”, y añadía: “A medida que crece, el saber cambia de forma. No hay uniformidad en el verdadero saber. Todos los auténticos saltos se realizan lateralmente, como los saltos del caballo en el ajedrez. Lo que se desarrolla en línea recta y es predecible resulta irrelevante. Lo decisivo es el saber torcido y, sobre todo, lateral”, una cita que inspiró hace años el nacimiento de la revista de cultura Lateral.

La idea del “salto lateral” como un movimiento del pensamiento libre y creativo estaba ya presente en La provincia del hombre. En el prólogo a la nueva edición de Taurus, Ignacio Echevarría recuerda: “Buena parte de este libro, uno de los más ricos y plurales del siglo XX, está escrito al dorso de otro no menos rico pero mucho más monolítico y extraño, Masa y poder, de 1960, que Canetti consideró siempre la obra de su vida”. No es La provincia del hombre una obra sistemática ni teórica: se lee como un diario intelectual fragmentario, donde Canetti plasma sus impresiones sobre el ser humano y su misterio, el poder, la lengua, la muerte, la locura, el mundo animal…, y lo hace con una escritura incisiva, a veces lírica, a veces filosófica, otras casi profética. Canetti desconfía del pensamiento rígido: “Quien piensa con rigor deja de pensar”. Y en otro momento: “El pensamiento más claro es el que más duda de sí mismo”. Canetti analiza no solo los dictadores y las masas, sino los gestos cotidianos de dominio: “Quien quiere dominar a los demás, se convierte en esclavo de su propio poder”. No escribe como un filósofo académico. Lo hace a través de apuntes que le permiten respirar y sobrevivir en el mundo intelectual, lo que en cierto modo lo vincula con Heráclito, Demócrito, Pascal, Nietzsche o Cioran. En 1943 Canetti anota: “Los grandes aforistas se leen como si todos ellos se hubieran conocido bien unos a otros”. Y seguidamente: “Ha habido imperios milenarios: el de Platón, el de Aristóteles, el de Confucio”. Después de vivir las catástrofes del siglo XX —las guerras, el nazismo y el gulag—, Canetti articuló una resistencia del espíritu, una especie de ética de la atención, la vigilancia, la compasión. Cada ser vivo merece respeto. Se rechaza toda forma de destrucción gratuita, desde torturar a una mosca hasta el exterminio de pueblos enteros (sería interesante conocer hoy su opinión sobre Gaza, él que era un judío sefardita ciudadano del mundo). CONTINUAR LEYENDO

jueves, 15 de mayo de 2025

"El pensamiento indígena señala las causas de nuestras crisis. E interesa cada vez más". Mar Padilla - El País 25 ABR 2025

Dos yanomamis en la selva del sur de Venezuela
Si observamos nuestra sociedad ultraliberal desde fuera —como si fuéramos etnólogos investigando nuestra propia forma de vida—, descubrimos un sistema que nos está llevando a una crisis existencial
Demasiadas veces creemos que nuestro modo de vida es el único válido, el “verdadero”. Pero la gran enseñanza de la antropología es que hay muchísimas maneras de interpretar y habitar el mundo. Hasta hace una década, cuando Gemma Orobitg, profesora de Antropología en la Universidad de Barcelona, explicaba en clase el pensamiento de la comunidad pumé, de Venezuela, muchos estudiantes no lograban conectar. “Les sonaba a chino”, dice.

Ahora no tanto. De un tiempo a esta parte percibe mayor interés por el pensamiento indígena. “En general, nuestra forma de pensar es cerrada. Pero hay que salir de nuestras respectivas cajas de resonancia. Y ahora noto más ganas de cambiar de perspectiva”, afirma al teléfono Orobitg, doctora en Antropología por la École des Hautes Études en Sciences Sociales.

Más allá del tópico exótico y esencialista, se diría que últimamente hay hambre de conocer formas de pensar de culturas para las que los occidentales somos, precisamente, los otros. Por eso se están publicando libros como El pensamiento indígena contemporáneo (Colegio de San Luis), coordinado por el mixteco Francisco López Bárcenas; La caída del cielo, de Davi Kopenawa, líder yanomami de Brasil (Capitán Swing); Escrito en la arena. Cómo el pensamiento indígena puede salvar al mundo y Relato correcto, relato incorrecto. Una travesía por el pensamiento indígena, de Tyson Yunkaporta, de los apalech, de Australia (Herder), o Ideas para postergar el fin del mundo (Prometeo) y Futuro ancestral (Taurus), de Ailton Krenak, filósofo indígena brasileño.

No es tan extraño. Si intentamos observar nuestra sociedad ultraliberal desde fuera —como sesudos etnólogos investigando nuestra propia forma de vida—, descubrimos un sistema que nos está llevando a una crisis existencial. “El mundo se está infectando de simplicidad artificial, enfangado en esa simplicidad. En realidad, la guerra entre el bien y el mal es una imposición de la estupidez y la simplicidad sobre la sabiduría y la complejidad”, advierte Yunkaporta por videoconferencia desde Melbourne.

No es tan extraño. Si intentamos observar nuestra sociedad ultraliberal desde fuera —como sesudos etnólogos investigando nuestra propia forma de vida—, descubrimos un sistema que nos está llevando a una crisis existencial. “El mundo se está infectando de simplicidad artificial, enfangado en esa simplicidad. En realidad, la guerra entre el bien y el mal es una imposición de la estupidez y la simplicidad sobre la sabiduría y la complejidad”, advierte Yunkaporta por videoconferencia desde Melbourne.

Según el autor australiano, el pensamiento occidental arrastra un defecto de origen: la idea de “yo soy más que tú, tú eres menos que yo”. Bajo un manto de corrección cultural, cuesta la mera posibilidad de escuchar y valorar otras formas de cultura. Pero no todo está perdido: el conocimiento está vivo, y el tiempo de la creación sigue desplegándose ahora, según los apalech. Otras personas en otros territorios también piensan así. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 26 de enero de 2025

"POR QUÉ EL FENÓMENO DE LOS ESTOICOS NO TIENE FIN". Jaime Rubio Hancock El País 12 ENE 2025

GURIDI
El éxito de los libros sobre estoicisimo responde a la búsqueda de valores en un contexto en el que sentimos que no tenemos control sobre nuestras vidas. Pero sus ideas filosóficas también se han simplificado y se intentan convertir en material de autoayuda que ‘influencers’ y emprendedores venden como un remedio para aguantar el estrés

En las mesas de novedades de las librerías se cuelan desde hace más de una década unos invitados inesperados: los filósofos estoicos. No solo libros de divulgación, como los de Massimo Pigliucci (Cómo ser un estoico) y John Sellars (Lecciones de estoicismo), sino también los textos clásicos, como el Manual de Epicteto y las Meditaciones de Marco Aurelio, que en los últimos años han editado y reeditado editoriales como Taurus, Cátedra, Arpa, Alianza…

Cada año se publican además nuevos libros sobre esta escuela filosófica del siglo III antes de nuestra era, fundada en Atenas por Zenón de Citio y que recomienda una vida de autocontrol y fortaleza de ánimo a través de la reflexión sobre los aspectos de nuestra vida sobre los que tenemos control. Algunos ejemplos de estas novedades: en enero tendremos las Lecciones de estoicismo, de Antonio Cascón Dorado (en Arpa); Paidós publica también este mes Ser un estoico, de William Mulligan, youtuber en Everyday Stoic, un canal con más de 400.000 suscriptores, y Ariel lanzará en primavera la Guía práctica del estoicismo, también de Pigliucci.

Se trata de un éxito que sorprendió a los propios autores. Pigliucci cuenta por videollamada que todo comenzó con un artículo en The New York Times en 2015, que se convirtió en uno de los más leídos y compartidos del periódico. El mismo día que lo publicó recibió tres llamadas de editoriales que querían saber si estaba interesado en escribir un libro sobre el tema, algo que él ni se había planteado. Cómo ser un estoico, publicado en 2017, lleva una docena de traducciones y más de 300.000 ejemplares vendidos en todo el mundo, y ha llevado al autor a escribir otros cinco libros sobre el tema. Desde su editorial en España, Ariel, nos confirman que las ventas de la edición en bolsillo, publicada en 2021, llevan dos años creciendo.Pero esta filosofía no tiene éxito solo por sus ideas útiles, sino porque en algunos casos sus reflexiones se han simplificado hasta convertirse en una versión crossfitera y de autoayuda para aspirantes a influencers y emprendedores. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 19 de enero de 2025

"EL ESPEJO DEL CEREBRO". Nazareth Castellanos

 

Conocer el cerebro es el gran reto de la neurociencia, y se podría decir que es uno de los grandes retos de nuestro tiempo. La autora de este ensayo nos invita a ha- cerlo a través de su experiencia científica en laboratorios y su continua búsqueda de conocimiento en áreas, todas interco- nectadas, como la medicina, la filosofía o la espiritualidad. Este libro recoge los resultados de la neurociencia de la me- ditación donde se muestran los cambios cerebrales que suceden cuando tenemos una actitud atenta y consciente. Estas investigaciones nos invitan a conocer los obstáculos de la mente y a recordar que la biología nos permite moldearnos y ser escultores de nuestro propio cerebro. «Escribir este libro, nos dice la autora, ha sido como destilar la neurociencia para extraer el aceite que nos ayude a cono- cernos a nosotros mismos». Este libro es una oda al crecimiento personal basado en la neurociencia y la reflexión filosófica.

sábado, 19 de agosto de 2023

Diana Aurenque, filósofa: “Los humanos no aceptamos que somos un simio evolucionado”. Publicado en El País el 13 de agosto de 2023

La académica chilena publica ‘Animal ancestral. Hacia una política del amparo’ (Herder), un libro donde propone una nueva forma de arraigo ante el desamparo actual

Diana Aurenque (Santiago, Chile, 1982) es profesora de la Universidad de Santiago, especialista en ética médica y filosofía de la medicina. En 2022, en la pandemia, publicó Animales enfermos, filosofía como terapéutica, donde planteó que el ser humano es un animal enfermo porque su verdadera salud no está dada por la naturaleza. Que estar sano no es solo mantenerse con vida, sino construir la propia existencia.

Apenas terminó ese libro, sin embargo, se dio cuenta de que le faltaba algo: pensar la vida en comunidad, en los vínculos perdidos. Y en cómo el ascenso de posturas políticas cada vez más extremas, tanto de populismos de ultraderecha como de luchas identitarias de agendas progresistas, “han contribuido a erosionar el diálogo y la convivencia democrática”. ¿Cómo construir un nosotros político desde lados tan opuestos? ¿Cómo encontrarse y escucharse sin cancelarse unos con otros?

Algunas de estas interrogantes son las que plantea en su último libro Animal ancestral. Hacia una política del amparo (Herder), que se publica en España en octubre y luego en Chile, en el que propone “atreverse a un giro ancestral”. Ante el desarraigo del sujeto moderno, la filósofa invita a un anclaje con la tierra y con los otros a partir de una interpretación del ser humano como un animal ancestral.

Ella misma ha hecho la prueba de volver a contactar con la tierra, al dejar su departamento en la capital de Chile para vivir un periodo entre las montañas, en el valle del Elqui, en la zona centro norte del país. Cambió el cemento por el campo.

PREGUNTA. En su libro menciona como un hecho político el estallido social en Chile de 2019. ¿Cuánto determinó en cómo repensó el concepto de comunidad?

RESPUESTA. Muchísimo. Desde el estallido social y luego con el rechazo de la propuesta constitucional en el 2022, que buscaba ofrecer una salida institucional a la crisis, para mí, como apruebista, fue una bofetada de realidad. Desde ahí me he preguntado cómo siendo tan distintos podemos estar juntos sin tanta trinchera, algo muy similar, a lo que plantea Peter Sloter­dijk. Que no solo nos podamos congregar en torno a una crisis, un conflicto o al escándalo de turno, sino en torno a ideas, intereses o valores comunes sobre cómo queremos vivir.

P. Ha dicho que Chile es una sociedad atomizada.

R. Sí. Al igual que muchas otras sociedades, en Chile, hay cada vez más fragmentación. Con pequeños grupos con intereses muy particulares que no solo no dialogan entre sí, sino que también muchas veces conflictúan. Por ejemplo, las luchas feministas o las de los movimientos LGTBIQ+, si bien son en extremo necesarias, tienden a desplegarse como políticas identitarias que conflictúan con valores universalistas. Así, una pregunta filosófica y política importante del libro radica en explorar formas amables de comprender la identidad.

P. Esa sociedad atomizada y fragmentada, ¿es una realidad global?

R. Así es. Hoy, como planteo en el ensayo, el gran protagonista es el individuo, no la comunidad.

P. Es crítica con la existencia de las políticas identitarias de la extrema derecha, pero también de las de la izquierda. ¿Cómo articular una comunidad?

R. Vivimos en una sociedad pluralista, donde las diversas formas de vida deberían ser legítimas. Sin embargo, es cada vez más difícil tener esa libertad. Por un lado, hay grupos que pelean por libertades, por más pluralismo y más respeto al individuo y sus proyectos de vida, pero, por otro, aumenta el conservadurismo.

P. ¿Y por qué ocurre?

R. Parece cierto el diagnóstico de Hugo Herrera (profesor de Derecho y abogado chileno) de que los discursos progresistas se volvieron cada vez más moralistas e intolerantes respecto de proyectos de vida más bien tradicionales, pero que, en el fondo, siguen teniendo sentido para grandes mayorías. Lo conservador significa, por ejemplo, que la tierra, el país, el linaje, la familia y Dios importan. Probablemente, porque dan un sentido de trascendencia a la vida y a la organización social. Pero, además, porque se cohesionan ante un enemigo común, el progresismo. Me da la impresión de que los sectores más progresistas no han logrado ofrecer, por desgracia, relatos tan poderosos. Con todo, también quedan presos en la lógica de la división entre amigos y enemigos.

P. ¿Por qué es importante para usted la idea del animal ancestral?

R. Me sorprende que, después de más de un siglo de conocer a Darwin y la teoría de la evolución, no sólo encontramos creacionistas o negacionistas, sino también muchísima gente que cree en los alienígenas ancestrales. Yo sabía que había un programa sobre eso en la televisión, pero no que llevaba 21 temporadas. Me pregunto, entonces, ¿por qué seguimos atados a una explicación que se resiste de ver al ser humano como parte de la evolución? ¿Por qué esa obstinación de que el origen humano tiene que provenir de un cielo y no de la tierra?

P. ¿O Dios o un alienígena?

R. Sí. ¿Por qué tiene que venir una inteligencia divina a sembrarnos en la tierra? ¿Por qué nos sentimos tan especiales y distintos de las plantas y los demás animales? Esa me parece una soberbia peligrosa, y una de las razones por las que nos ha costado reconocer a los animales como entes que sienten dolor y no como cosas. Hay una necesidad del ser humano de distinguirse y no aceptar que somos un simio más evolucionado. Si miras a un caballo u otro animal, algo compartes con él. Hay que dejar de pensar que nuestros parientes cercanos son dioses, sea por racionalidad o espiritualidad, sino que los de verdad cercanos están aquí mismo en la tierra. Uno podría sentirse más amparado, como parte de una comunidad amplia y diversa, si empieza a darse cuenta de que es un terrícola, no de afuera.

P. Plantea avanzar hacia el amparo. ¿Dónde observa el desamparo?

R. En todos lados. En la medida que la vida perdió los grandes relatos, como dice [Jean-François] Lyotard, uno deja de creer en las grandes ideologías. Al mismo tiempo, las religiones tradicionales también han perdido sus adeptos y cada vez encuentras más una espiritualidad alternativa o ritualista ad hoc. Entonces, cuando ya no crees en Dios ni en ideologías, la vida se desencanta y se vuelve vacía. Lo central para mí es reconocer que el humano necesita proporcionar a su vida un sentido trascendente para poder hacer significativa la vida en un gran nosotros. La ancestralidad ofrece una forma de nuevo arraigo, de atarse a un pasado con necesidad de futuro, y permite contrarrestar el desamparo actual.

P. ¿Qué efecto tiene ese giro ancestral?

R. Si nos comprendemos ancestrales, nos reconocemos menos celestiales (y divinos) y más terrícolas (y animales), mucho más vinculados con todo el planeta, los otros, los animales y las plantas. Vivimos una crisis climática, ecológica, hace muchos años. Si recuperamos eso de que los ancestros poseen autoridad para nosotros, tienes una deuda con ellos, no con Dios ni con el pecado; tienes un presente común con sentido de futuro. Por eso la idea de lo ancestral es reconocer que existe una autoridad trascendente sobre nosotros, no desde un Estado, ni del cielo, sino desde una tierra con sentido de trascendencia.

lunes, 26 de septiembre de 2022

"ESTA VIDA". Un libro del filósofo Martin HÄgglund

 

Abarcando desde cuestiones existenciales fundamentales hasta los problemas sociales más acuciantes de nuestro tiempo, Hägglund expone por qué nuestro compromiso con la libertad y la democracia debería llevarnos más allá de la religión y el capitalismo, y pone en tela de juicio nuestras nociones de fe y libertad. La fe que necesitamos cultivar, sostiene, no es una fe religiosa en la eternidad, sino una fe secular dedicada a nuestra vida finita en común. Demuestra que todas las cuestiones espirituales de la libertad son inseparables de las condiciones económicas y materiales. Pero lo que importa en última instancia es cómo nos tratamos unos a otros en esta vida, y qué hacemos con nuestro tiempo juntos. Hägglund desarrolla nuevos principios existenciales y políticos al tiempo que transforma nuestra comprensión de la vida espiritual. Su crítica a la religión nos lleva al corazón de lo que significa llorar a nuestros seres queridos, comprometerse y preocuparse por un mundo sostenible. Su crítica al capitalismo demuestra que no podemos mantener nuestros valores democráticos porque nuestras vidas dependen del trabajo asalariado. En términos claros y rompedores, Hägglund explica por qué el capitalismo es perjudicial para nuestra libertad, y por qué deberíamos, en cambio, perseguir una forma novedosa de socialismo democrático.

martes, 14 de junio de 2022

"IDENTIDAD Y AMISTAD. Palabras para un mundo posible". Emilio Lledó, Barcelona, Taurus, 2022

Un acontecimiento muy esperado: el ensayo al que Lledó se ha dedicado durante los últimos diez años. «En la otra ladera del dolor y la desesperación se dibuja el horizonte sorprendente de la amistad». En uno de los momentos más emocionantes de la Ilíada, Príamo reclama a Aquiles el cadáver de su hijo Héctor. En el tenso diálogo entre ambos, surge un destello de humanidad y Aquiles rinde honores al héroe muerto ofreciendo hospitalidad al anciano padre. A pesar de la guerra, nos dice Emilio Lledó, Homero nos deja atisbar el horizonte de la amistad, «que acoge y sublima el dolor de la muerte». La libertad de las personas guarda una estrecha relación con la libertad de las palabras, pues implica posibilidad de pensar, posibilidad de ser. En este maravilloso ensayo, Lledó juega y conversa con los numerosos términos que la cultura griega nos ha legado, y se detiene en el de amistad, un concepto clave a la hora de explorar quiénes somos. Lo contrapone a otra noción esencial, la de identidad, hoy tan manida y viciada, que, en su origen, lejos de aludir a lo que nos diferencia, se refería a nuestra mirada humana sobre el mundo y sobre nosotros mismos, y es un componente fundamental de la democracia. Lledó rastrea ambos conceptos en las fuentes clásicas, trazando maravillosas conexiones entre ellos -así como con el resto de grandes palabras- y profundizando en sus sucesivas interpretaciones. Al hacerlo, ofrece una lúcida visión de la vida moderna. La crítica ha dicho: «Si hubiera muchos intelectuales como Lledó el nuestro sería un país bien distinto.»
 

"HIPÓCRITA HOMENAJE A LA VIRTUD". Aldo Conway, elDiario.es

Carteles de protesta en la primera manifestación por el desahucio de Maricarmen El conservador ha descubierto el placer de saltarse las norm...