sábado, 4 de abril de 2026

"LA SOLEDAD DE EUROPA NO ES UNA CONDENA, ES UNA LIBERACIÓN". Anrtoniio Scurati, El País

Eva Vázquez
Estados Unidos y Rusia están conduciendo el mundo hacia un lugar distinto al que se soñó desde Europa. E incluso quienes deberían venerar los valores del Viejo Continente, como la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, hacen amagos de ceder ante la nueva ola imperialista. La UE se ha quedado sola. Pero en esa soledad está su fortaleza para renacer como la última barrera defensiva contra la deriva fascistoide

Cuántas veces nos lo hemos repetido en nuestro fuero interno, con un gesto melancólico mientras bebemos a sorbos nuestro campari bien agitado? Por el este nos amenaza la Rusia de Putin; por el oeste, los Estados Unidos de Trump, después de abandonarnos, insultarnos y sabotearnos, se han convertido también en una amenaza; nuestra influencia en el resto del mundo no deja de disminuir. Solos, debilitados, consternados. Así nos sentimos. Así nos vemos a nosotros mismos. Parece que todo nuestro pasado glorioso nos hubiera olvidado. “Europa, esa pequeña península del continente asiático”. Nuestra rabia da la razón al sarcasmo de Paul Valéry, el gran poeta europeo del siglo pasado, él también olvidado. Ahora bien, ¿y si la soledad de Europa fuera una oportunidad? ¿Y si no fuera una maldición, sino una promesa?

En un libro reciente sobre Europa, El continente sin cualidades [que publicará en español Siruela], Peter Sloterdijk la describe como un escenario vacío. El gran filósofo alemán adopta una metáfora teatral y arroja luz sobre un fenómeno sin precedentes en la historia europea: la renuncia a toda ambición imperial. Durante milenios, la política europea se aferró, en versiones más o menos creativas, al guion fundacional del Imperium Romanum. De Carlomagno a Hitler, la Europa política fue “el teatro en el que se volvían a escenificar los sistemas de poder romanos”. Ese deseo provocó devastadoras guerras continentales de conquista y una violencia colonial obscena.

Después del apocalipsis de la Segunda Guerra Mundial, Europa renunció al imperio en un pronunciamiento sin precedentes. El último país de Occidente que aspiró a recrear el Imperio Romano fue Estados Unidos. Y ese fue un cambio trascendental, porque, desde esta perspectiva, la segunda mitad del siglo XX inaugura una era en la que todavía estamos viviendo. Cuando el presidente francés se negó a que Estados Unidos se apropiara de Groenlandia y dijo “no a un nuevo imperialismo”, estaba renovando los votos de los padres fundadores de la Europa de la posguerra y reafirmando su renuntiatio ab imperio.

Una de las primeras escenas de este guion divergente que señala Sloterdijk se produce el octavo día de abril de 1341, Domingo de Pascua, en Roma. Ese día, Francesco Petrarca es “coronado” poeta e historiador supremo en una solemne ceremonia. La coronación de Petrarca es la escena paradigmática de otra Europa, distinta del poder político y eclesiástico. Yo la llamaría la Tercera Europa. La Europa que introduce en el mundo un formidable impulso ascendente, la “explosión del conocimiento”, en las famosas palabras de Peter Burke.

En suelo europeo se desatan las energías disruptivas del progreso: aprendizaje permanente, constante superación personal, libertad para la ciencia, competencia y comercio, sistemas innovadores en los ámbitos de las artes, las tecnologías y las instituciones gubernamentales. Siguiendo esta evolución, Europa comienza donde termina el poder político imperial romano y resurge de sus propias ruinas; es el denominado Renacimiento.

En este sentido, la genealogía de Europa es peculiar: no presenta una fecha de nacimiento concreta, sino muchas en las que vuelve a vivir. Europa no nace (ni muere) de una vez por todas. Renace una y otra vez. La Europa moderna —nuestra Tercera Europa— no se construye mediante la reencarnación política del Imperio Romano, sino por la supervivencia del núcleo de su cultura dentro de una civilización milenaria. Europa no es una geografía. Es una civilización.

El núcleo de esa civilización europea, a pesar de todas sus catástrofes, sus repetidos holocaustos y renacimientos, es el humanismo: la revolucionaria visión del mundo derivada de situar al ser humano en el centro del universo. Todos los logros morales y materiales de la civilización europea moderna emanan de esta visión, que en el Renacimiento tendió un puente —­transitable en ambas direcciones— hacia la Antigüedad. De ella descienden el reconocimiento y la defensa de los derechos humanos y su inviolabilidad por parte del poder político y religioso. En otras palabras: la libertad es la dignidad de la persona. La Europa moderna nace y renace cada vez que un individuo, movido por pasiones creativas, reivindica su libertas frente al poder religioso y el poder político. Esta génesis diferida, esta tarea sin fin, como dice Sloterdijk, “consiste en desaprender gradualmente la sumisión”. En resumen: la democracia liberal.

No podemos extraer conclusiones sin mencionar, al menos por un instante, el lado oscuro de la luminosa explosión de conocimiento impulsada por el humanismo europeo, es decir, los imperios coloniales europeos. Estamos hablando del eje central de la historia mundial moderna. Esto no es un elogio, sino un hecho. Pero también es importante reconocer que el humanismo europeo engendró, al mismo tiempo, un sistema de conocimiento y pensamiento comprometido con el ejercicio de la crítica y la limitación constantes del poder político. Los pueblos oprimidos por la política europea recibieron de la propia Europa las herramientas culturales para su liberación. 

Para afrontar la crisis actual, debemos ser plenamente conscientes de que nuestra época representa el fin de esa historia de dominación. Vivimos en el ocaso de una era. A principios del siglo XXI, por primera vez en 500 años, Occidente ha dejado de ser hegemónico. Desde luego, Europa no lo es. Y creo que todavía no se han evaluado ni apreciado por completo las inmensas consecuencias psicopolíticas de este ocaso. CONTINUAR LEYENDO

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