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viernes, 3 de abril de 2026

"ABANDONEMOS A LOS LÍDERES FUERTES. ABRACEMOS EL PODER DE LO FEMENINO". Corine Pelluchon, El País

Muchos ciudadanos se refugian en los autócratas y aceptan perder libertad a cambio de una ilusión de protección. Ante la crisis de la democracia, la filósofa francesa Corine Pelluchon propone “el poder de lo femenino”. No es algo reservado a las mujeres, sino un potencial humano al alcance de todos. Una política basada en la consideración, los cuidados y la madurez emocional es posible

En toda Europa y más allá, la democracia se percibe frágil. Las instituciones siguen en pie. Se celebran elecciones. Los tribunales funcionan. Sin embargo, algo más profundo se está erosionando.

Los ciudadanos ya no confían los unos en los otros. El debate público se ha convertido en un campo de batalla de acusaciones y humillaciones. El miedo viaja más rápido que los hechos. El resentimiento se expande a más velocidad que la esperanza. Muchos analistas explican esta crisis en términos económicos: globalización, desigualdad, precariedad laboral, transición ecológica. Otros apuntan a la decadencia institucional o la fragmentación de los medios de comunicación. Estas explicaciones no son erróneas, pero sí incompletas.

La crisis de la democracia también es psicológica. Pero las disposiciones psicológicas no surgen en el vacío. Nuestras formas de ser y nuestras emociones están moldeadas por estructuras socioeconómicas que organizan el trabajo, el reconocimiento y la pertenencia social.

Por lo tanto, debemos tener en cuenta el impacto de las estructuras socioeconómicas en la psique. Sin ello, cualquier diagnóstico seguirá siendo incompleto y cualquier remedio, inadecuado. La dinámica de aceleración característica de la modernidad tardía —marcada por una expansión constante de la producción, el consumo y el intercambio sin otro fin que sostenerse a sí misma—, junto con las formas de gestión del trabajo, las nuevas tecnologías y las redes sociales, somete a los individuos a una presión intensa. Muchos llegan a sentirse superfluos, intercambiables, insignificantes. La consiguiente desubjetivización y la dificultad para establecer relaciones significativas con el mundo y con los demás se traducen en una insatisfacción generalizada y en un malestar difuso, persistente.

Al mismo tiempo, se ha abierto una brecha cada vez mayor entre la innovación tecnológica y económica —que avanza a un ritmo frenético— y la política, que requiere el tiempo lento de la deliberación. Este desajuste alimenta la desconfianza hacia el Estado de derecho y hacia Europa, ambos percibidos como demasiado lentos e ineficaces a la hora de abordar problemas urgentes. Este desencanto con la democracia, combinado con el miedo al descenso social en un mundo donde la competencia impregna todas las relaciones, vuelve a los individuos más vulnerables a los discursos autoritarios que glorifican el nacionalismo y dividen a las sociedades entre buenos y malos, puros e impuros.

Analizar las fuerzas conscientes e inconscientes que llevan a una parte cada vez mayor de la población a votar a partidos de extrema derecha no consiste en emitir un juicio moral. Se trata de dotar a los ciudadanos de las herramientas necesarias para reconocer las estrategias de quienes se aprovechan de la ansiedad social y del miedo al declive, y para comprender cómo gestionar las emociones negativas generadas por las convulsiones económicas, tecnológicas y geopolíticas actuales.

Solo enfrentándonos a nuestras heridas narcisistas —en lugar de reprimirlas— podremos adquirir la madurez necesaria para convivir en un planeta frágil. Analicemos el vínculo específico entre los líderes de extrema derecha y sus seguidores, la naturaleza de la fascinación que ejercen y las condiciones en las que un proyecto ecológico y democrático podría, en el contexto actual, resultar más atractivo.

El psicoanalista alemán Erich Fromm advirtió en su día de que la humanidad había desarrollado un extraordinario poder técnico sin alcanzar una madurez emocional y moral equivalente. El resultado, sugirió, era un desequilibrio peligroso: habíamos aprendido a fabricar armas destructivas, pero no a superar nuestro narcisismo. Y, sin embargo, este narcisismo es la raíz tanto del sufrimiento personal como de la tragedia colectiva. Refleja una incapacidad para convivir con los demás y, en última instancia, una incapacidad para amar. En este sentido, el nacionalismo no es más que narcisismo colectivo: un delirio compartido, tan intenso y violento como una pasión devoradora, pero totalmente desprovisto de amor. Porque no se basa en el reconocimiento de la diferencia, sino en un vínculo narcisista: la necesidad de llenar un vacío interior, expulsar el miedo y protegerse de la vulnerabilidad. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 1 de abril de 2026

"PADRES DEPRIMIDOS". Silvia Cosío, Publico.es

Siempre he creído que hay mucho de irresponsabilidad, de autoindulgencia y de ego en la decisión de convertirse en madre o padre. Que pensemos que estamos preparados para atender, cuidar, educar y proteger a un ser humano dependiente de nosotros, vulnerable y maleable es, si se piensa en frío, una locura. Cinco minutos antes de conocer a mi hija yo estaba inmersa en una burbuja de emoción, expectación y felicidad que no me dejaba pensar, solo sentir, pero esa noche, ya más calmada, en la habitación de aquel hotel en Addis Abeba, mirando a mi hija que dormía profundamente, sentí todo el peso de la responsabilidad que acababa de adquirir. El peso de saber que ese diminuto ser, su felicidad, su bienestar y su futuro reposaban en mis manos. De mi primer año como madre me queda el recuerdo de un montón de experiencias maravillosas, pero también la memoria del vértigo, del miedo, de la ansiedad, de las dudas, del cansancio, del desbordamiento y del estrés que padecí y que me hicieron sentir tan culpable como avergonzada. Tardé en darme cuenta de que eran sentimientos complejos y duros pero también naturales. Y, si bien es verdad que yo me libré de la montaña rusa hormonal que lleva aparejada la maternidad biológica, compensé su ausencia con las dificultades y retos que conlleva una adopción. Y hubo días en los que lo único en lo que podía pensar era en salir por la puerta y no mirar atrás.

Las madres de mi generación, y las de las generaciones anteriores, no solíamos verbalizar ni hacer público nada de esto, pues la sociedad tiende a censurar cualquier despliegue que nos humanice y que, por tanto, desmienta el halo de santidad, devoción y vocación innata con el que hemos dibujado tradicionalmente la imagen de la maternidad. Por eso no hay peor insulto ni peor afrenta para una mujer que la acusación de ser una mala madre, que es aún más estigmatizante incluso que la sospecha que recae en las mujeres que no desean o que han renunciado a la maternidad. Porque, aunque ambas representan la negación de la esencia de lo que nos han querido convencer que constituye “lo femenino”, la mala madre personifica además la “antimujer”, convirtiéndose así en una criatura contranatura que se deja arrastrar por sus necesidades y sus caprichos. En una mujer que abdica de la devoción, los cuidados y la abnegación y que se pone por delante de sus hijos. En una mujer que usurpa el papel tradicional del padre.

Afortunadamente el feminismo -ese que los amigos de los maltratadores dicen que ha llegado demasiado lejos- ha ido abriendo las mentes y los ojos de muchas de nosotras, tomándose además su tiempo para desmontar construcciones ideológicas y sociales que nos empequeñecían y nos limitaban a la vez que nos daba las herramientas con las que transformar nuestras mentes y vidas pero también con las que reforzar la confianza en nosotras mismas para admitir, aceptar y celebrar nuestras imperfecciones. En un mundo en el que se nos exige a las mujeres la perfección en todo, en el que si queremos que se nos tenga en cuenta tenemos que ser y estar siempre bellas, elegantes y delgadas, pero también ser productivas, profesionales y eficientes sin renunciar a ser hogareñas, cariñosas, tiernas y, por encima de todo, buenas y sacrificadas madres, aceptar que se es una madre imperfecta, es tanto una victoria como un alivio.

Pero más allá del valor terapéutico que han tenido las aportaciones y las reflexiones de las pensadoras feministas que han diseccionado, deconstruido y remodelado el concepto de maternidad, contribuyendo así a la mejora de nuestra calidad de vida al ayudarnos a reforzar nuestra autoestima y nuestra salud mental, su importancia se mide especialmente en que la mirada crítica del feminismo hacia la maternidad se ha materializado en las llamadas políticas de conciliación. Unas políticas con las que se busca equilibrar la vida familiar y laboral mediante permisos por nacimiento -compartidos entre ambos progenitores-, reducciones laborales, permisos de lactancia, adaptaciones de las jornadas laborales o excedencias de hasta tres años para el cuidado de los hijos, y que en teoría están pensadas para que se puedan acoger a ellas tanto las madres como los padres. Sin embargo son las mujeres las que de forma abrumadora -nueve de cada diez personas que se acogen a la reducción laboral para conciliar son mujeres- acaban priorizando el cuidado de los hijos a sus intereses, necesidades y ambiciones laborales. Y es que muchas de nosotras nos habremos librado de la maldita culpa cristiana y patriarcal que íbamos arrastrando por no conseguir ser unas madres perfectas, abnegadas y altruistas, pero seguimos cargando sobre nuestras espaldas con el peso de los cuidados.

Y ahora descubrimos que los padres que han entendido que la baja de paternidad está pensada para que se hagan cargo de sus criaturas recién nacidas, y no para entrenar para el Ironman o para ver el Mundial de Fútbol, resulta que se deprimen y se desbordan. Que pelearse con jefes y encargados para que cumplan con la ley, que las horas perdidas en la sala de espera del pediatra, que la falta de sueño, que el cansancio o que el ver cómo el mundo laboral les va dejando atrás les está pasando factura a su salud mental y a su autoestima y exigen que se les preste atención. Parece que al fin han entendido lo que las feministas llevamos más de un siglo denunciando y combatiendo.

Y es por esto que el feminismo es un artefacto tan peligroso, porque ha venido a poner patas arriba lo que nos han hecho creer que constituía la naturaleza y la esencia de ese invento que llamamos “mujer” y, por esa regla de tres, de lo que creíamos también que era ser “hombre”. Pero sobre todo porque ha venido para decirles a los señores que ya va siendo hora de que dejen de hacerse los tontos y que asuman de una vez su parte de responsabilidad. Por dura que esta sea. Porque al final saldremos todos ganando. También ellos.

viernes, 6 de marzo de 2026

"Laurence Joseph, psicoanalista: “Callarse, a veces, significa aprender a escuchar y eso es algo raro en la sociedad actual”. Entrevista realizada por Enrique Alpañés, El País

La autora francesa publica ‘Nuestros silencios’, un ensayo en el que reflexiona sobre secretos, violencias y ‘omertá’
Igual que hay muchos tipos de ruidos, hay también distintos tipos de silencios. Algunos pueden servir para proteger a la víctima o para encubrir al verdugo. Pueden enquistarse y hacerse bola cuando envuelven un vergonzoso secreto. Pueden ser silencios cómplices o una siniestra omertá. En la sociedad hiperconectada y ruidosa en la que vivimos, a veces el silencio se convierte en un bien de lujo. Cristales insonorizados, cascos con cancelación de ruido, retiros para meditar... Aunque el silencio puede ser también una especie de intemperie, un lugar inmenso y desprotegido para quien no tiene a nadie con quien hablar. De todo esto habla Laurence Joseph (Le Mans, 1980) en su libro Nuestros silencios, por qué callamos (Gatopardo, 2026).

Joseph trabaja con silencios. Es psicóloga clínica y psicoanalista y, como explica en su libro, solo ante el mutismo de su interlocutor puede una persona empezar a contarse. Se llama escucha silenciosa. Aprender a callar en provecho del otro, con el propósito de que pueda explorar y explotar su discurso. “Callarse, a veces, significa aprender a escuchar, y eso es algo bastante raro en la sociedad actual”, explica la autora en videollamada desde su casa de París. Ella escribió este libro basándose en su experiencia de más de 20 años en consulta. Pero no es una simple recopilación de casos clínicos. Joseph recurre a la mitología, la literatura y la filosofía para trazar una cartografía de nuestros silencios individuales y colectivos.

La autora arranca explicando los silencios más duros e incómodos que ha vivido en su consulta. “He tenido muchos pacientes, especialmente niños, víctimas de incesto o violencia sexual, así que es evidente que hay un aspecto del silencio que rodea a niños, adolescentes y mujeres, que se debe a la imposibilidad de escucharlos”, reflexiona. Pero cree que algo está cambiando. Cita como prueba varios éxitos literarios recientes, especialmente El Consentimiento, donde la editora Vanessa Springora cuenta la relación que mantuvo a los 14 años con un escritor de 50, Gabriel Matzneff, y el silencio y hasta la connivencia social con un pederasta celebrado en el mundo de las letras hasta hace muy poco.

“Creo firmemente en el poder del ejemplo para permitir que las personas se expresen, la narrativa de la vergüenza hace posible que pasen cosas”, señala. “El hecho de que figuras públicas se pronuncien demuestra que estos testimonios se escuchan. Y esto tiene un efecto dominó. A través de estas historias mediáticas, descubrimos nuestro potencial para compartir nuestros secretos, para que nuestra relación con la vergüenza pueda cambiar. En este sentido, la historia del movimiento #MeToo es fascinante”.

Fue el filósofo francés Roland Barthes quien explicó que el silencio es neutral. Luego las personas lo manipulan a su manera para darle un significado, y a veces para convertirlo en algo político, explica la autora. “De esta forma el silencio no es una simple ausencia de sonido, no es una pausa pasiva, sino un acto cargado de significado”. Joseph considera que veníamos de años, décadas de silencio político. Y que denuncias como las de Springora han empezado a quebrarlo.

Procesos de reparación de las víctimas y persecución de los agresores, como el que en España se ha realizado con los abusos en el seno de la Iglesia católica, son otro ejemplo de este antiguo silencio que dejó de serlo. Hay un componente político innegable en todo ello. Hay un mutismo social que cobija muchos secretos individuales. Al pinchar la burbuja del primero, las historias van saliendo a flote una a una.

Pero Nuestros silencios no solo analiza la ausencia de palabras que rodea al trauma. Habla de la necesidad de silencio en un mundo especialmente ruidoso. Las redes sociales tienen un papel importante en todo esto. Ahora podemos tener una opinión sobre todo. Cada vez que sucede algo, nos animan a compartir nuestra opinión, a rebatir y discutir. Y esa actitud se ha extendido al resto de nuestras vidas, de modo que la gente no para de hablar y opinar sobre todo.

Se ha trasladado al mundo laboral, donde tenemos demasiadas reuniones. Se ha trasladado al ocio, donde tenemos millones de canales y plataformas de televisión. Y esto genera demasiado ruido, una sobrecarga de información que nuestros cerebros no están preparados para manejar.

La autora traza un arco generacional, pues los silencios cambian según la etapa vital en la que estemos. Para una madre, el silencio puede ser una bendición, un momento de paz y relax (bien lo sabe ella que tiene dos hijos adolescentes). Pero para una abuela suele estar asociado a una mayor soledad. “Pensé mucho en mi propia abuela, y en las personas mayores en general, mientras escribía el libro”, explica. “Imaginé cómo transcurría su jornada, tenía más de 90 años y vivía sola en casa. Si yo no la llamaba, no hablaba con nadie en todo el día. Y traté de imaginar cómo sería un día entero sin ruido. En el silencio absoluto de la soledad”.

Joseph habla mucho de hijos, abuelas y padres. El silencio, explica, es algo inherente a la familia. Hay secretos que existen con el propósito de proteger, que solo se cuentan en lo más íntimo de la tribu. “Y eso es lo interesante”, explica. “El secreto puede ser el núcleo ético de un grupo. La capacidad de guardar secretos sobre la muerte, la enfermedad, los orígenes o la sexualidad”.

La sexualidad también tiene un rol importante en el libro. “Entre los nombres secretos, hay uno que se impone siempre”, explica la autora, “el del amado o la amada”. La homosexualidad, las aventuras fuera del matrimonio, las castas, la diferencia de edad… “Algunos nombres resultan impronunciables durante un tiempo o para siempre. ¿Qué sucede con una aventura amorosa sin testigos? ¿Se vuelve más intensa o, por el contrario, se convierte antes en una quimera? ¿El secreto aviva las palabras susurradas en la intimidad?”.

También aquí tira de literatura para explicar su tesis. La protagonista de Pura pasión, de Annie Ernaux, acepta el silencio, el secretismo que rige su relación con un hombre casado, extranjero, más joven. Un hombre con quien nunca podrá conversar, dado que carecen de palabras en común: ella no habla su lengua ni él la suya; el cuerpo es su único diccionario.“Toda la infelicidad de los hombres se debe a una sola cosa: la incapacidad de permanecer en silencio a solas en una habitación”. La frase la dijo el matemático y filósofo Blaise Pascal y la recupera Joseph en su libro. Es buena. “Sí, pero el problema de Pascal es que olvida la importancia de los demás”, matiza la autora. “Esta idea del silencio en una habitación me recuerda a Virginia Woolf, a Una habitación propia. De hecho, lo interesante es que Pascal, aquí, se inclina por la oración, la fe, la meditación, tiene una visión más masculina. Virginia Woolf parte de otro lugar, ve los momentos de soledad como una bendición, quizá porque las mujeres tenemos acceso a ella más tarde en la vida”.

miércoles, 21 de enero de 2026

"EL LABERINTO DE LA SOLEDAD: ANATOMÍA DE UNA CRISIS DE SALUD PÚBLICA". Jose Juan Rivero Pérez, Universidad Europea, Theconversation.com 14 ENE 2026

La soledad no deseada es una de las crisis existenciales y de salud pública más relevantes. Y lo es en una época definida por la hiperconectividad digital y el individualismo. Esta paradoja, propia de la sociedad moderna, trasciende toda frontera y barrera generacional. Sus ramificaciones impactan en el bienestar y la salud mental de la población. ¿Cuál es la naturaleza psicológica de este fenómeno multifactorial? ¿Qué papel juegan las redes sociales? ¿Qué consecuencias supone la desconexión sobre nuestra vida?

En primer lugar es fundamental distinguir entre dos conceptos: el aislamiento social y la soledad no deseada. Ambos a menudo se confunden, pero no son lo mismo.

El aislamiento social implica la ausencia de contacto social y es una condición objetiva que podemos cuantificar. Por ejemplo: falta de amigos, vivir solo, tener pocas interacciones fuera del entorno virtual.

Por contraste, la soledad no deseada es una experiencia intrínseca, subjetiva y de carácter emocional. Se trata de una carga negativa que genera malestar y sufrimiento. Surge cuando las relaciones sociales que poseemos son diferentes, en calidad y cantidad, de las que anhelamos. En España, el 20 % de las personas se encuentra en esta situación, aunque casi la mitad dice haberla vivido alguna vez en la vida.

La soledad es una sensación visceral de desconexión emocional o ausencia de apoyos significativos. Puede experimentarse incluso estando rodeado de personas, porque el problema no está solo en la cantidad, sino en la calidad del vínculo. Comprender esta diferencia es crucial.

Los lazos se debilitan y aumenta el individualismo

La soledad crónica en adultos se alimenta de rupturas en tres pilares relacionales: pareja, familia y amistad. Antes estos lazos ofrecían seguridad, pero hoy su fragilidad se debe a una profunda reconfiguración de los valores sociales y económicos.

Una serie de enemigos silenciosos están debilitando nuestros lazos afectivos:

  • Masificación y movilidad urbana. Las grandes ciudades facilitan el anonimato y diluyen la responsabilidad comunitaria. La constante movilidad dificulta la formación de lazos vecinales profundos y estables.
  • Precarización laboral y falta de tiempo. La presión por la productividad y las largas jornadas reducen el tiempo necesario para cultivar relaciones significativas. El tiempo libre se consume en la recuperación o el consumo, no en la construcción de relaciones sanas.
  • Debilitamiento del lazo familiar extenso. Las estructuras familiares cambiantes y la falta de contacto entre generaciones reducen la red de apoyo inmediato.
Sin embargo, el factor que más deteriora los vínculos es la filosofía de la autosuficiencia radical. Hoy, la autonomía, la independencia absoluta y la soledad disfrazada de tiempo para uno mismo parecen la máxima realización personal.

Esta doctrina del “yo primero” tiene consecuencias devastadoras. Fomenta las relaciones frágiles, al permitir desvincularse ante el primer conflicto. Se demoniza la interdependencia, se genera terror a la vulnerabilidad y se bloquea la intimidad real.

Al priorizar el crecimiento individual, se impone una cultura del descarte. Los conflictos se resuelven con la eliminación del vínculo en lugar de su reparación. La soledad se convierte en el coste inevitable de esta búsqueda.

Las redes sociales: el instrumento de la soledad

Las redes sociales no son la causa, pero sí el instrumento que amplifica esta filosofía. Ofrecen una ilusión de conexión mientras profundizan el aislamiento emocional. El ecosistema digital está diseñado para la idealización y la comparación social negativa.

  • Identidad e idealización. Los usuarios presentan una versión editada y exitosa de su vida. Esto genera una presión que hace que las interacciones reales parezcan fallidas.
  • Magnificación de la carencia. La exposición constante a narrativas de éxitos activa el miedo a perderse experiencias. Esto magnifica la percepción de las propias carencias y alimenta la envidia.
  • Validación superficial. La obsesiva búsqueda de likes genera una dependencia excesiva de la validación social externa. De lo contrario, la persona se siente vulnerable, sola e insuficiente, y pierde su sentido de identidad.
La calidad de la interacción digital es clave, pero rara vez es nutritiva:
El factor de la edad

La soledad se manifiesta con matices distintivos en cada edad.

En personas mayores se relaciona con pérdidas vitales inevitables (fallecimiento de seres queridos, deterioro de la salud). La brecha digital también aumenta el aislamiento. Los factores protectores son la calidad de las relaciones sociales previas y el involucramiento comunitario.

En jóvenes, la soledad está impulsada por la presión social, la búsqueda de identidad y la dependencia excesiva de la validación de redes sociales. Aunque sean frecuentes, las interacciones online resultan superficiales y no suplen el apoyo emocional profundo. Dejan una sensación constante de vacío y dificultad para desarrollar habilidades de conexión genuina.

Problemas de salud mental asociados a la soledad crónica

La soledad no deseada es un factor de riesgo psicológico y médico de primer orden. Cuando se cronifica, sus efectos son graves:
  1. Trastornos del estado de ánimo y ansiedad. La soledad no deseada es un potente predictor de la depresión. La sensación prolongada de desconexión lleva a un estado de indefensión. Aumenta la ansiedad social y es un factor de riesgo significativo para la ideación suicida.
  2. Impacto cognitivo y autoestima. La falta de estimulación social y el estrés crónico se han vinculado a un mayor riesgo de deterioro cognitivo y demencia con un deterioro más rápido de la función cognitiva. La soledad prolongada se asume como un fallo personal, que deteriora la autoestima y la visión negativa de uno mismo.
  3. Trastornos de la conducta. La falta de apoyo dificulta la regulación emocional. Las personas solitarias pueden recurrir al consumo de sustancias o a la sobrealimentación para compensar el vacío. También puede generar hipervigilancia social, que perpetúa la desconfianza.
La soledad no deseada es el coste psicológico y social de una individualización impuesta. Desmontarla requiere reconocer que la interdependencia no es una debilidad, sino la clave de la resiliencia humana. El esfuerzo debe redirigirse hacia construir vínculos significativos y proteger relaciones de calidad.

miércoles, 14 de enero de 2026

"CUANDO LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL SE CONVIERTE EN CONFIDENTE: RIESGOS Y OPORTUNIDADES PARA LA SALUD MENTAL". Pere Castellvi Obiols, Universitat Internacional de Catalunya, theconversation.com 8 ENE 2026

Un informe de la ONG Plan Internacional revela que una de cada cuatro jóvenes españolas entre 17 y 21 años utiliza un sistema de inteligencia artificial (IA) como confidente. Las razones son comprensibles: la IA siempre responde, no juzga y ofrece un tipo de atención que muchas personas no encuentran en su entorno inmediato.

Este fenómeno, que de entrada podría parecer inofensivo o incluso positivo, abre interrogantes profundos sobre el futuro de la salud mental y la ética tecnológica. Los sistemas conversacionales actuales, como ChatGPT o Replika, son capaces de reconocer patrones de lenguaje asociados a estados emocionales. Por ejemplo, si detectan tristeza, ansiedad o desesperanza, responden con mensajes de consuelo o apoyo.

En términos técnicos, estos modelos aprenden a predecir la siguiente palabra en función del contexto, pero su efecto psicológico es muy real. Nuestro cerebro responde a las interacciones con una IA de forma parecida a como lo haría ante otro ser humano: la voz digital o el texto empático activan los mismos circuitos neuronales de apego y recompensa.

Pero lo cierto es que estos sistemas no sienten: solo simulan sentir, y esa simulación puede provocar una ilusión de comprensión que confunde. En contextos de especial vulnerabilidad como la soledad no deseada o el sufrimiento emocional, esa ilusión puede aliviar… o crear dependencia.

Los nuevos riesgos de una mente digital

La IA aplicada a la salud mental encierra una paradoja: cuanto más humana parece, más fácil es que olvidemos que no lo es. De esa confusión derivan tres grandes riesgos.

El primero de ellos es la dependencia emocional. Algunos usuarios establecen vínculos afectivos con máquinas que de ningún modo pueden corresponder. La interacción habitual con una IA puede sustituir gradualmente el contacto humano y empobrecer la capacidad de empatía y autorregulación emocional.

Además, es posible desarrollar ansiedad tecnológica. Vivir bajo la influencia constante de sistemas que nos recomiendan cómo sentir o qué pensar puede generar una pérdida de autonomía y una sensación de control disminuido sobre la propia vida emocional.

Finalmente, corremos el riesgo de deuda cognitiva. Al delegar el pensamiento o la introspección a la máquina, perdemos el hábito de reflexionar y elaborar nuestras emociones. Del mismo modo que el GPS debilita nuestra memoria espacial, la IA puede debilitar nuestra memoria emocional.

A todo ello se suman los sesgos algorítmicos. Las IA aprenden de datos reales, pero estas bases de datos reproducen a menudo las mismas desigualdades de género, raza y cultura. Sin un mecanismo correctivo, esto puede provocar que una respuesta aparentemente neutral refuerce estereotipos o trivialice experiencias de dolor psicológico.

El espejo emocional de la IA

Recientemente, el Instituto para la Ética en Inteligencia Artificial de la Universidad Técnica de Múnich publicó un artículo informando de que los chatbots de IA necesitan salvaguardas emocionales. En él, los autores advierten que las interacciones prolongadas con IA pueden alterar la regulación emocional de los usuarios, e incluso inducir estados de dependencia o idealización del sistema.

Proponen introducir “salvaguardas emocionales obligatorias”, como la identificación clara de la IA como no humana, la inclusión automática de recursos de ayuda psicológica en situaciones de riesgo o la auditoría ética de los datos emocionales que estos sistemas recopilan.

El mensaje es claro: la inteligencia artificial no es neutral. Refleja las intenciones, valores y sesgos de quienes la diseñan. En el ámbito de la salud mental, donde las emociones son frágiles y el sufrimiento real, esto adquiere una relevancia ética decisiva.

De la amenaza al potencial

Pese a estos riesgos, la IA puede ser una gran aliada si se usa bien. Puede detectar precozmente signos de depresión o ansiedad analizando el lenguaje natural gracias a análisis de datos de una magnitud que va mucho más allá del alcance de la mente humana. También puede facilitar el acceso a atención psicológica en zonas rurales o con pocos recursos, además de servir como herramienta educativa para mejorar la metacognición, es decir, la capacidad de pensar sobre el propio pensamiento y gestionar mejor las emociones.

Paralelamente puede liberar a los profesionales de tareas repetitivas, ayudándolos a concentrarse en la relación terapéutica. No se trata de sustituir la empatía humana, sino de potenciarla mediante datos y análisis. Cuando la IA está al servicio del juicio clínico y no al revés, puede contribuir a un modelo de atención más humano, no menos.

Pero para ello necesitamos un marco regulatorio ético y científico sólido. La nueva Ley de IA europea, que entrará en vigor en febrero de 2026, es un paso adelante: exige transparencia, trazabilidad y supervisión humana en los sistemas de alto impacto.

En el ámbito de la salud mental, considerado de alto riesgo, esto debe traducirse en protocolos de seguridad emocional para estos sistemas, auditorías de sesgos y formación ética para los desarrolladores y clínicos.

En conclusión, la inteligencia artificial se han convertido en un espejo emocional de nuestra sociedad. Refleja nuestras fortalezas, pero también nuestras soledades. Puede acompañarnos, pero nunca reemplazarnos.

El desafío no es hacer que las máquinas sean más humanas, sino asegurar que los humanos no perdamos nuestra humanidad al hablar con ellas.

sábado, 1 de febrero de 2025

La pobreza es causa de esquizofrenia, pero también consecuencia, según un nuevo estudio". Adrián Cordellat, El País 26 OCT 2024

Reparto de alimentos en Aluche (Madrid)
La ciencia avanza en el estudio de la relación bidireccional entre ser pobre y tener trastornos mentales, en medio de un fuerte debate sobre cómo ese conocimiento debe cambiar el tratamiento y prevención de estas enfermedades

La relación entre un determinante social como la pobreza con la salud mental ha protagonizado no pocos debates científicos y políticos. ¿La pobreza conduce a trastornos mentales o son estos últimos los que empujan a la pobreza? ¿Qué fue primero: el huevo o la gallina? El más reciente de estos debates fue el protagonizado por la comisionada de salud mental del Ministerio de Sanidad, Belén González, que aseguraba que en España el diagnóstico de esquizofrenia es 12 veces más frecuente en rentas bajas que en rentas altas, o que el uso de antidepresivos es aproximadamente cuatro veces mayor según la clase social. “Con frecuencia identificamos que lo que realmente necesita un paciente no es un psicólogo, sino un abogado laboralista. Frente a la impotencia de no hacer nada y la falta de tiempo para generar un relato más ajustado a los problemas sociales, se opta por la prescripción de psicofármacos”, señalaba González antes de reivindicar grupos de deporte en lugar de rubifén, asociaciones feministas en lugar de sertralina, o un sindicato en lugar de lorazepam.

La respuesta de algunos psiquiatras no se hizo esperar. Celso Arango, director del Instituto de Psiquiatría y Salud Mental del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, alertaba en una columna publicada por EL PAÍS del reduccionismo del discurso de la comisionada y le afeaba el hecho de “interesarse solo por algunos factores de riesgo —dejando a un lado, por ejemplo, el cannabis— o simplificar hasta lo ridículo los trastornos mentales como consecuencia del sistema capitalista o de los problemas sociales”.

Un estudio publicado este verano en la prestigiosa revista científica Nature Human Behaviour con datos del Biobanco del Reino Unido se ha sumado al intenso debate al descubrir una relación bidireccional entre pobreza y determinados trastornos mentales. Concretamente, de los nueve trastornos mentales analizados, los autores hallaron que la pobreza contribuye al trastorno depresivo mayor y a la esquizofrenia; mientras que, por su parte, la esquizofrenia y el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) incrementan el riesgo de pobreza.

viernes, 7 de junio de 2024

"¿TÚ TAMBIÉN VAS A TERAPIA? Elvira Lindo, El País 02 JUN 2024

Los términos de la salud mental se han abaratado hasta tal punto que cualquiera padece un trauma o una depresión. Queríamos visibilizar la salud mental y el resultado está siendo extraño

La periodista pregunta, “¿Cuál es tu persona favorita?”; la actriz responde, “hace un año te hubiera dicho dos o tres, pero ahora que voy a terapia te diré que mi persona favorita soy yo”. No digo el nombre de la artista porque en esta alarmante moda de presentar el egoísmo como el máximo logro de una terapia no hay día en que no nos topemos con un nuevo ejemplo. La duda es si es que todos van al mismo terapeuta o si se trata de una nueva corriente psicológica consistente en exacerbar el ego de quien, a buen seguro, ya lo tiene en cantidades ingentes. Da la impresión de que en esas misteriosas sesiones jamás se plantea esa disciplina saludable de mirar hacia fuera para descansar de nosotros mismos; lo que se impone es el ejercicio de doblar el tronco hacia delante hasta alcanzar con la vista ese asombroso catalejo que es el ombligo para bucear entonces por el profundo mar de nuestro propio yo, donde podemos encontrar traumas que hasta el momento no nos habían atormentado y un catálogo de reproches hacia quienes nos criaron o hacia los que no nos trataron con la consideración que nosotros, proyectos de genio, merecíamos.

Hasta el momento no se ha dado el caso de que una persona célebre confiese que tras un año de terapia ha llegado a la cruda conclusión de ser un gilipollas, un bobo preocupado tan solo por su bienestar, por sus sentimientos, experto en hacer la vida imposible al prójimo, incapaz de comparar su privilegio con la precariedad de otros y de considerar que lo que le pasa es solo un contratiempo y que la vida consiste en eso, en sortearlos. Pero los términos de la salud mental se han abaratado hasta tal punto que cualquiera padece un trauma o una depresión, cualquiera ha sido víctima en mayor o menor grado. No ha ocurrido tampoco que a la ya tópica cuestión sobre la terapia, alguien responda que si va y se somete a ella es porque ha de refrenar esos impulsos de chulería que le hicieron temible para los más débiles del patio del colegio.

Queríamos visibilizar la salud mental y el resultado está siendo extraño: solo tenemos noticias de aquellas personas que lidian con la exhibición pública, que disfrutando ya de una considerable atención se muestran vulnerables para ser perdonados por el éxito. Con muy buen criterio, Miguel Mihura se inventaba una enfermedad cada vez que se enfrentaba a un estreno. Hoy se habla sobre todo de la salud mental de personas que han de afrontar neurosis, estrés o inseguridad, como es lógico, pero que tienen la suerte de desahogar sus tormentos por medio de la creación, algo que no está al alcance de cualquiera. Tampoco está al alcance de todos los bolsillos pagarse un terapeuta, y ahí está la clave: fuera de la atención sanitaria privada quedan todos aquellos que han de colocarse en penosas listas de espera porque la saturada sanidad pública ha de priorizar entre los más graves y los que pueden resistir un poco más sin asistencia; quedan las que no pueden desprenderse del trauma lacerante; aquellos a los que la depresión no deja levantarse cada mañana; quedan personas que rumian su dolor por la calle porque no encuentran a quien las escuche y que aprecian el rechazo silencioso que provocan en la gente con la que se cruzan; quedan fuera de esa supuesta conversación sobre salud mental las que sufren soledades no deseadas; también las madres y padres que cuidan de un hijo esquizofrénico, ellos sí que saben del estigma del enfermo mental. Son personas a las que nadie entrevista, que no necesitan quererse más a sí mismas sino que la sociedad las ampare por ser su eslabón más débil. Está claro que no todo el mundo necesita terapia, aunque si puedes pagarla y te beneficia, bienvenida sea, pero ha de quedar claro que al hablar de las sesiones en público y de paso afirmar que has aprendido a quererte, no estás haciendo una labor social sino sobándole el lomo a tu insaciable yo.

miércoles, 1 de noviembre de 2023

Jim Van Os, psiquiatra: “Ser diferente de los demás es muy malo para la salud mental” (El País 29 OCT 2023)

El científico holandés pone en cuestión los cimientos de la psiquiatría moderna y alerta de que “el clima social y existencial en el que vive la gente joven hace algo con su mente que provoca que se sientan mal”

Una epidemia de mala salud mental recorre los países occidentales y los servicios sanitarios, extremadamente tensionados, empiezan a mostrar sus costuras. Algo está fallando, asegura el psiquiatra y epidemiólogo Jim Van Os (Utrecht, Países Bajos, 63 años): “Cuanto más tratamos, peor se siente la gente joven”, reflexiona este médico, que es director del Departamento de Psiquiatría y Psicología en el Centro Médico de la Universidad de Utrecht y profesor en la Universidad de Londres. Van Os lleva años poniendo en cuestión los cimientos de la psiquiatría moderna y propone un giro hacia una atención verdaderamente “biopsicosocioexistencial”, dice, donde la experiencia del paciente sea el centro de un abordaje terapéutico muy individualizado.

De visita en Barcelona para participar en un seminario organizado por el Programa de Doctorado en Psicología Clínica y de la Salud de la Universidad Autónoma de Barcelona, Van Os relata cómo se obsesionó, desde sus años de estudiante de medicina, con la “diferencia entre la teoría de la psiquiatría y la experiencia del paciente”. Sus vivencias personales con familiares muy cercanos que sufrían cuadros psicóticos, tan distante de lo que aprendía en la facultad, marcó su forma de ver la profesión y la atención a los pacientes.

Pregunta. ¿Ha conseguido acercar lo que aprenden ustedes en las facultades con lo que vive en paciente?

Respuesta. Hay dos tipos de conocimiento que trabajamos hoy en día: el conocimiento de la experiencia de los usuarios y el conocimiento de la psiquiatría y la psicología, que están buscando todavía cuál es la hipótesis sobre la mente que hay que usar para investigar el fenómeno de la variación mental. Lo que vemos en salud mental es que lo que cuenta es la experiencia de la gente trabajando en ella; las técnicas y sus medicaciones no tienen tanta importancia como habíamos pensado. Las tasas de trastornos psiquiátricos están aumentando en países europeos, son alarmantes. En Holanda se han doblado en los últimos 15 años y tenemos un ejército de psicólogos y psiquiatras, pero hay una paradoja: cuanto más tratamos, peor se siente la gente joven.

P. ¿Por qué pasa eso?

R. Hay fuerzas colectivas, no individuales, que hacen que aumenten las tasas de malestar mental. Es como en cardiología, por ejemplo, que sabemos que si la nutrición de la población es mala, hay más enfermedades cardiovasculares y cáncer. Estamos aprendiendo que el clima social y existencial en el que vive la gente joven hace algo con su mente que provoca que se sientan mal.

P. Pero, ¿por qué ahora? Si el ambiente siempre ha influido, ¿por qué ahora están aumentando los trastornos de salud mental y no hace 20 años?

R. Lo que dicen las investigaciones —y la gente joven— es que hay un clima de competitividad: el éxito es una elección y si no tienes éxito, es que has elegido mal, eres un tonto. Y hay también un clima de aislamiento porque, aunque haya más contacto en las redes sociales, se produce la paradoja de que esto no da más vínculos, sino más soledad. Y también hay más vigilancia: la gente tiene miedo de no parecer normal porque si los demás te notan diferente, te sientes mal. Para la gente joven, esas fuerzas hacen que se sientan mal.

P. ¿Por qué impacta tanto sentirse diferente?

R. Ser diferente de los demás es muy malo para la salud mental. Porque necesitamos sentirnos vinculados con los demás. Somos animales sociales. Toda nuestra biología está desarrollada por estar vinculado con los demás y durante los primeros 10 años de vida, tienes un proceso de vinculación que te va a guiar las relaciones sociales y contigo mismo durante la vida.


sábado, 20 de mayo de 2023

"JORDAN NEELY, el náufrago en un vagón del metro". Un artículo de Antonio Muñoz Molina publicado en El País el 13 de mayo de 2023

Aprendí en Nueva York que el trastornado sin hogar que guarda silencio en su burbuja de invisibilidad puede ser ignorado sin molestia. El que rompe a hablar y grita se vuelve una amenaza

En medio del ruido y de la multitud hay personas trastornadas que viven en Nueva York como en una isla desierta en la que llevaran muchos años sin ningún trato humano. Hay quien se cubre la cabeza con un capuchón tan grande, y tan caído sobre los ojos, que no llegan a distinguirse sus rasgos. El capuchón es una cueva y ellos viven agazapados en lo más hondo, en una oscuridad a la que no llega la luz del día, ni tal vez el sonido de las voces. Cada vez que yo leía La isla misteriosa, el personaje que me impresionaba más, aparte del redivivo capitán Nemo, era un marino llamado Ayrton, al que dejaron solo en una isla deshabitada durante cinco años, al cabo de los cuales había perdido la razón y hasta el uso del habla, reducido por la falta de compañía humana a una animalidad de gruñidos roncos y gritos como ladridos. Casi todos los náufragos que rondan las calles y las estaciones y los trenes del metro de Nueva York son enfermos mentales de los que no cuida nadie, pero su condición clínica sin duda está exagerada por la dureza de la vida a la intemperie en una ciudad de inviernos muy crueles, y por una forma particular de soledad que es la de aquellos que estando rodeados de gente no reciben nunca la mirada de nadie, ni tienen respuesta si alzan la voz.

Incluso en los años de menos inseguridad, en Nueva York uno aprendía rápido a observar de soslayo, a mirar sin que pareciera que uno estaba mirando, para detectar así anticipadamente no ya un peligro posible, sino una simple incomodidad. De ese modo, cuando unos metros por delante, en mitad de una de esas aceras generosas de la ciudad, había un pedigüeño agitando su vaso de papel, o alguien de un aspecto alarmante, uno se desviaba a tiempo y aceleraba el paso, sin que pareciera que lo hacía para evitar al otro, como si en realidad no lo hubiera visto. En el andén del metro bastaba ladear la cabeza para saber si había alguien inquietante por detrás, porque de vez en cuando se publicaba la noticia o se corría el rumor de que había personas malévolas o dementes que empujaban a algún incauto contra las vías en el momento en que llegaba el tren, con ese estruendo metálico que parece anunciar siempre el advenimiento de un desastre.

Pero la supervisión instantánea y como distraída que uno aprendía antes era la del vagón del metro en el momento de entrar. Podía suceder que en un tren lleno de gente uno descubría toda una fila de asientos libres, y se apresuraba a sentarse en uno de ellos. Y solo al estar sentado se daba cuenta de la trampa de novato en la que había caído, al ver, y con frecuencia oler también, al viajero que era la causa de todo aquel espacio libre: un hombre, casi siempre un hombre, y casi siempre negro, forrado de harapos y bolsas de basura, durmiendo con las piernas abiertas contra una esquina, o tirado sobre varios asientos, rodeado de sus pertenencias inmundas, despidiendo un olor no ya de establo ni de vertedero, sino de pozo negro, de orines y sudor y mierda humana acumulada. El hedor marcaba de manera tajante el ámbito de la isla de soledad en la que ese hombre habitaba. Dedos de largas uñas sucias surgían de guantes invernales improvisados con trapos. La cara siempre estaba escondida bajo el capuchón, en el fondo de una cueva de misantropía y de locura.

Criaturas sociales, nuestra identidad está hecha en gran parte por el trato con los otros. Si no nos hablan ni nos escuchan perdemos poco a poco el uso del habla. Si no nos miran nos volvemos invisibles. Un fantasma es alguien a quien los demás se han puesto de acuerdo para no ver. En el código social implícito de Nueva York, y en las recomendaciones oficiales sobre seguridad, una cautela cardinal es eludir la mirada de quien parece amenazante. Cuando se generalizaron los móviles, los únicos usuarios de las cabinas telefónicas muchas veces destripadas de Nueva York eran los mendigos y los enfermos mentales que escarbaban los cajetines en busca de alguna moneda y usaban los auriculares inútiles para enredarse en largas diatribas con interlocutores invisibles. En Nueva York, como en Madrid, las personas cuerdas van por la calle hablando a voces por los móviles con gesticulaciones de dementes antiguos. Cuando yo volvía a Madrid, algo que me sorprendía siempre era la ausencia de esa población de náufragos mentales a los que me había acostumbrado en mi otra ciudad. Algunos va habiendo, igual que hay ya también ese tipo de personas de aspecto común que rebuscan furtivamente en los contenedores de basura, indigentes avergonzados con su carrito de la compra buscando comida cuando ya es de noche y no queda gente en la calle.

El trastornado que guarda silencio en su burbuja de invisibilidad puede ser ignorado sin molestia. El que rompe a hablar y grita se vuelve una amenaza, aunque no esté dirigiéndose a nadie. He visto muchas veces en Nueva York a hombres negros que hablan solos, moviéndose muy rápido, con gestos de ira, haciéndole reproches a alguien que no ven, apilando interjecciones una tras otra, en una pelea feroz en la que no hay adversario, con una furia impotente que se agota en sí misma. Por eso no me cuesta nada imaginar a ese hombre sin techo, Jordan Neely, en un vagón de la línea F, de pie entre la gente que finge no verlo, que se aparta de él poco a poco, se contrae en el asiento, la cara inexpresiva, los ojos ausentes, mientras él alza la voz por encima del ruido del tren y se va encendiendo al oírse a sí mismo, aunque sus palabras parece que suenan en el interior de una campana de cristal. Tiene 30 años y lleva media vida viviendo en la calle. Ganaba calderilla haciendo imitaciones de Michael Jackson en las aceras llenas de turistas de Times Square. Cuando tenía 14, a su madre la asesinó un amante que dejó el cuerpo descuartizado en una maleta, en el arcén de una carretera del Bronx. Testigos que parecían no oir ni ver nada han contado lo que repetía gritando: “No tengo nada que comer. Quiero agua. No me importa que me encierren en la cárcel para toda la vida. Estoy dispuesto a morir”.

Su destino podía haber sido el de tantos enfermos mentales: la policía los detiene por cualquier motivo, los llevan a la terrible prisión preventiva de Rikers Island, y como no pueden pagar una fianza los dejan encerrados, lo cual agrava su trastorno y suscita, por lo tanto, nuevos castigos, entre ellos el del túnel sin fin de las celdas de aislamiento, desde donde ya no hay regreso hacia la cordura.

A Jordan Neely le calló la boca para siempre un pasajero del mismo vagón que en lugar de hacerse el distraído se sintió un héroe y lo tiró contra el suelo inmovilizándolo con una palanca muscular contra el cuello, con toda la solvencia técnica de un exmarine vigoroso de veinticuatro años. Como Neely se resistía y pataleaba, enseguida se unieron unos cuantos voluntarios a la hazaña. Cuando el tren se detuvo, Neely tenía la boca abierta y los ojos en blanco. Quizás no le dio tiempo a comprender que la invisibilidad de fantasma y de náufrago contra la que quiso alzar la voz era también su único refugio.

sábado, 6 de mayo de 2023

Doparse para vivir: más de dos millones de españoles toman ansiolíticos a diario

A Alfredo (nombre ficticio) le costaba dormir. La ansiedad que le provocaba el trabajo le tenía en un estado de tensión constante. Una breve visita al médico le bastó para conseguir la receta de una pastilla que se convertiría en su compañera de viaje durante años: un ansiolítico. Tan inseparables se hicieron que tardaron 5 años y un accidente de coche en terminar su relación. Supuso el fin de su idilio con las benzodiacepinas.

Puede que gran parte de la población no sepa identificar estos medicamentos, pero si hablamos de Valium, Orfidal, Lexatín o cualquiera de los numerosos acabados en -Zepam, como Diazepam o Lorazepam, muchos lo localicemos en casa. En España, según datos del Ministerio de Sanidad, una de cada diez personas toman estos fármacos a diario, siendo uno de los países de la Unión Europea que más consumen. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 15 de abril de 2023

"TOMARLO EN SERIO, HABLARLO EN SERIO". Un artículo Juan Mata publicado en Granada Hoy el 13 de abril de 2023.

Durante una conversación literaria mantenida con adolescentes en la biblioteca de un colegio de Granada una alumna de 14 años afirmó con naturalidad que la vida no tenía sentido. No había en sus palabras ningún atisbo de impostura o provocación. Lo creía firmemente. Es cierto que su biografía, ensombrecida por el desamparo, el fracaso escolar y el acoso, la empujaba a ese pensamiento, pero eso no explicaba del todo su convicción. Añadió además que a su edad todo lo que tenía que vivir ya lo había vivido. Lo inquietante es que los otros adolescentes presentes no se mostraron especialmente sorprendidos ni contrarios. Días más tarde, y a propósito de otro asunto, reiteró su convicción, que fue apoyada además por otros compañeros.

Me sentí descorazonado.

Suele argumentarse que esas declaraciones tremendas son propias de la edad, que los adolescentes son, por naturaleza, melodramáticos y les gusta mostrarse extravagantes y descreídos. Muchos adultos se consuelan pensando que finalmente no pasará nada, que esas exageraciones son modos de llamar la atención, simples aspavientos. Me parece, sin embargo, que no deberíamos ignorar esas afirmaciones, más habituales de lo que quisiéramos creer.

Las conversaciones a la que aludo coinciden en el tiempo con las manifestaciones de jóvenes en las calles reclamando más preocupación por la salud mental, el aumento significativo de las llamadas a los teléfonos de prevención del suicidio y la alarma expresada por psicólogos y personal sanitario. Por lo que se va sabiendo, la pandemia de la COVID-19 ha incrementado los problemas de salud mental entre niños y adolescentes, de modo que subestimar esas señales es una temeridad. Resulta abrumador el hecho de que el suicidio, junto a los accidentes de tráfico, sea en España la primera causa de mortalidad externa entre los jóvenes de 10 a 19 años. Y no basta con lamentar los suicidios consumados, de los que estos días hemos tenido ejemplos desoladores. Las tentativas, la mera ideación o las autolesiones son igualmente turbadoras.

Bien sabemos que las causas del suicidio no son inequívocas ni universales. Podemos hablar de inmadurez, malestar emocional, depresión, trastornos psicológicos, coacción del grupo, altas expectativas no cumplidas, acoso, menosprecio de sí mismos, soledad..., pero cada caso es único. Y afecta por igual a chicas o chicos vulnerables y desubicados y a otros que son responsables, extrovertidos e integrados. Algo, sin embargo, se quiebra de repente en ellos y la vida deja de tener valor. La percepción del sinsentido de la vida no conduce inexorablemente al suicido, pero en todo suicidio hay siempre un sentimiento previo de ausencia de sentido.

Puedo entender, incluso justificar (a pesar de ser hijo de un suicida), la muerte voluntaria de personas adultas, atosigadas por problemas económicos, remordimientos morales o dolencias físicas insoportables. Son actos conscientes, meditados la mayor parte de las veces. Me resulta, en cambio, incomprensible el suicidio de los jóvenes, el hecho de que se quiebre, apenas comenzada, una vida.Y aunque en todos los casos está presente la desesperación, me parece más desoladora la desesperación adolescente, más injusta también.

Los argumentos que desde la filosofía o la literatura se han esgrimido a favor del suicidio -libertad, derecho, autonomía, legitimidad...- resultan insustanciales ante el suicidio de los jóvenes. Cuando un adolescente toma esa desgarradora decisión es porque se siente abrumado por un sufrimiento emocional insoportable y se considera incapaz de afrontar por sí solo su situación. No importa si las causas son graves o leves, antiguas o recientes. Entienden que la vida en esas circunstancias no tiene sentido y optan por desistir. Más que un acto de liberación se trata en esos casos de un acto de rendición.

A diferencia del suicidio de los adultos, considero que el de los jóvenes no es un acto privado, exclusivamente personal. Nos concierne a todos. Una vida adolescente que se pierde es una vida que se nos pierde. La responsabilidad es, en última instancia, individual, pero de un modo u otro todos participamos en esa tragedia. Lo son desde luego quienes con sus actos pueden convertir a otros en víctimas, pero lo son también quienes se desentienden o piensan que los adolescentes de hoy son blandengues y consentidos o consideran que la vida es miserable y no tiene remedio. Con la indiferencia o el mutismo también se participa.

Esos finales abruptos de la vida joven nos interpelan, nos hieren, aunque ocurran lejos de nuestro entorno. Nos exigen una respuesta. Los adultos tenemos la obligación de preservar la vida que nos reemplaza. Es un compromiso ético con los recién llegados al mundo. Somos herederos de la mucha vida que nos precedió. Y aunque no seamos los únicos responsables de su perduración, y aunque la humana no sea más que una mínima muestra de la vida planetaria, estamos obligados a protegerla y prolongarla.

El suicidio es una manera dramática y silente de hablar. Más todavía en el caso de los adolescentes. Son voces que nos reclaman, que deberíamos escuchar atentamente cuando todavía son verbales y audibles, cuando aún pueden ser parte de un diálogo. Muchas personas se sienten, sin embargo, intimidadas por esa cuestión. La consideran inabordable. ¿Cómo hablar sin angustia con un hijo o una alumna sobre el fin voluntario de la vida? Temen poder inducirlos a fantasear con esa posibilidad o incluso intentarlo. Me parece, sin embargo, que el silencio o la desatención son peores opciones. Entre otras razones porque ignorar las señales que nos envían supone dejar a los adolescentes en manos de los delirios y los bulos que se expanden abiertamente por las redes sociales. Significa desterrar un asunto tan grave a los dominios del obscurantismo y los tabúes.

Es necesario hablar seriamente del suicidio y hacerlo sin apremios ni conmociones causadas por alguno especialmente dramático. No podemos hablar en función de las noticias, muchas veces rodeadas de espectáculo y trivialidad. Hay que hacerlo asiduamente, sin temor ni imposturas, con seriedad, porque el suicidio es un asunto serio, el más serio de la filosofía a juicio de Albert Camus: «Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía». De eso se trata, de plantear en serio el valor de la vida.

Hablar seriamente sobre el suicidio no incumbe solo a los padres o a los docentes, ni se trata exclusivamente de dar charlas esporádicas en aulas o salones de actos atestados de adolescentes. Se trata de algo más profundo y comprometido. Requiere ante todo disponer de tiempos y espacios para la seriedad. Mantener a los adolescentes en el territorio de la frivolidad y la insignificancia es una inicua actitud ética. Para hablar seriamente no es necesario recurrir al tremendismo, la solemnidad o la reprimenda. Menos aún al miedo o la culpa. Implica hacerlo con veracidad y esperanza, con palabras de aliento y comprensión, haciendo ver la desdicha de convertir las frustraciones o las adversidades de sus incipientes vidas en abatimiento y renuncia. Supone hablar del suicidio no solo con la intención de prevenirlo sino de hacerlo inconcebible.

El reverso del derecho a morir de modo voluntario, que se esgrime en el caso del suicidio de los adultos, es el derecho a vivir para quienes apenas han comenzado a hacerlo. Es una sinrazón dar fin a una vida antes de saber si merece ser vivida. Y es responsabilidad de los adultos alentar esa confianza, pero sobre todo hacerla creíble. Muchos adolescentes, lamentablemente, no lo ven así. Y no solo por su inmadurez, como se quiere creer, sino porque lo que les ofrecemos como vida, como porvenir, está plagado de injusticias, desigualdades, mentiras, incoherencias, mezquindades.

En el caso de los adolescentes, hablar seriamente del suicidio supone sobre todo sostener la «voluntad de vivir», tal como la concebía Arthur Schopenhauer. Corresponde a los adultos tratar de evitar que esa fuerza primaria que nos empuja a todos a conservar y reproducir la vida se deteriore o se extinga. Hablar en serio del suicidio es hablar de la vida, no solo entendida como simple fenómeno biológico, sino de la vida buena, tal como se ha venido definiendo a lo largo de los siglos, es decir, una vida satisfactoria, digna, gobernada por uno mismo, no dañada gravemente, vinculada armoniosamente con otras vidas, esperanzada... Una vida, en fin, con sentido.

Juan Mata ha sido profesor de la UGR y es autor del libro 'Al otro lado del bosque'.

martes, 1 de noviembre de 2022

"CONVIVIR CON EL PERRO NEGRO". Depresión y suicidio. Por Facundo Rojo, en elDiario.es el 31 de octubre de 2022

Busqué y encontré un árbol para ahorcarme. No es una metáfora. Existe. Está en el alto de Zaldiaran. Comprobé que la rama aguantaba mi peso y que mis pies no tocaban el suelo. Tenemos que hablar del suicidio y la depresión


Busqué y encontré un árbol para ahorcarme. No es una metáfora. Existe. Está en el alto de Zaldiaran. Comprobé que la rama aguantaba mi peso y que mis pies no tocaban el suelo. Otto, mi perro, me miraba divertido mientras lo hacía. Llegué a planear dónde dejar el coche, qué cuerda iba a usar —una de escalada del Decathlon— y cuándo hacerlo: el treinta y uno de octubre de dos mil veintidós, un día después de dejar a Otto en casa de una amiga que cuida perros semiclandestinamente. Hoy es uno de noviembre de dos mil veintidós, no me he colgado, pero he de reconocer que saber dónde está ese árbol palía mi tristeza.

Como ideador suicida, soy un cliché estadístico: un hombre de casi cincuenta años, sin pareja y con tendencia a autosedarse con alcohol. Toda mi vida adulta ha sido una constante lucha entre mis necesidades afectivas y mi tendencia natural al aislamiento, y se puede decir que finalmente el señor Aislamiento ha vencido el combate por K.O: por supuesto que estoy separado desde hace tiempo, por supuesto que mis hijos han decidido que no quieren estar más con un individuo que no parece vivir en el mismo plano de la existencia que ellos y por supuesto que tengo una relación fría con mi familia de origen. Tengo unos cuantos amigos con los que mantengo una relación fiel, pero en la que no abundan los momentos de sinceridad emocional.

El alcohol es mi medicación. Y no es una buena medicación; aunque me ralentiza y me seda el pensamiento durante periodos breves de tiempo, hace que duerma mal y eso tiene consecuencias en mi estado de ánimo posterior. La adrenalina del peligro y el enfrentamiento con la autoridad me suben la autoestima, pero tienen un claro lado negativo: me cargan de ira, una ira que acaba deglutida o liberada en pequeñas dosis hacia quien no se la merece.

Cada vez me resulta más agotador mantener el personaje, y los accesos de llanto cuando estoy a solas son frecuentes. Reconozco tener la necesidad de que alguien me toque, me acaricie y me cuide, pero me encargo metódicamente de apartar a cualquier persona que lo intente, en parte porque siempre me engaño a mí mismo pensando que yo soy más autosuficiente que nadie, en parte porque no quiero provocarle un daño emocional a otro espíritu amable de los que de vez en cuando tienen el valor de acercarse al tigre. Creo que no he perdido la capacidad de empatía, pero cada vez me cuesta más comunicar con sinceridad lo que siento.

Muchos de mis allegados me habrán reconocido enseguida, y habrá otros allegados que habrán reconocido a alguien a quien mi ropa le queda como un guante. Os he contado lo mío aquí, en público, porque tengo la sensación de que no es nada original. Y porque tenemos que hablar del suicidio y la depresión. Todos tenemos conocidos que han pasado o están pasando por cosas similares a las que pasan en mi vida. Es difícil no dejar solo a quien manifiesta contínuamente que quiere estar solo, pero, por favor, no los dejéis solos.

Un “¿cómo estás?” preguntado de corazón sienta muy bien. Interrogadles sobre las ideas de muerte, eso no aumenta el riesgo de nada, más bien al contrario. Por lo demás, creo que no se necesitan grandes gestos: hay pocas cosas que haya agradecido más que un buen amigo ayudándome en las rutinas diarias, por ejemplo. La psicoterapia y el abordaje psiquiátrico son fundamentales, pero suele ser difícil dar con esa o ese profesional que te viene bien, y los recursos públicos están desbordados. Convivir con el perro negro es una tarea agotadora, y mantener la perspectiva de que tendrás días buenos cuesta muchísimo, pero los acabas teniendo. Yo os he contado todo esto desde la mañana de uno de ellos. ¿Alguien más se anima?

viernes, 28 de octubre de 2022

"EL SUICIDIO, PRIMERA CAUSA DE MUERTE ENTRE ADOLESCENTES". Artículo Ethic, 27/X/22

El aislamiento durante la pandemia provocada por la covid-19 y el consumo impulsivo de los dispositivos electrónicos son algunos de los factores más determinantes de este aumento.

El manifiesto de intenciones suicidas entre los grupos de población más jóvenes aumenta a medida que niños y niñas alcanzan la adolescencia. Según el último informe sobre salud mental en la infancia y adolescencia llevado a cabo por Save The Children, el porcentaje de niños y niñas entre 4 y 8 años con este tipo de pensamientos es de un 2%, fracción que se triplica en la adolescencia, alcanzando un 6% en el grupo de entre 13 y 16 años. A esto hay que añadir las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y Unicef, que apuntan al suicidio como una de las principales causas de muerte entre niños y adolescentes, superando, incluso al cáncer y los accidentes de tráfico.

Ante esta situación, la Fundación Cofares ha celebrado ayer el encuentro «Suicidio en adolescentes y redes sociales» con el objetivo de visibilizar la importancia de la salud mental en los jóvenes y el riesgo emergente que presentan las nuevas tecnologías, especialmente las redes sociales.

En él, varios expertos en salud mental se han encargado de abordar los factores más influyentes en el aumento de los trastornos psicológicos entre los jóvenes. «El tema de hoy es difícil de hablar y de reconocer en el seno familiar. Por eso, nuestro objetivo es dar voz a esta realidad de tal forma que ayude a las familias a aprender a prevenir y gestionar un momento tan complicado», señaló Sofía Azcona, directora de la Fundación Cofares.

La doctora María José Penzol, médico especialista en Psiquiatría de Infancia y Adolescencia, ha abordado la situación actual de comportamientos suicidas y autolesivos entre los jóvenes y los factores que favorecen el aumento de la incidencia del trastorno mental grave entre este grupo. «Los recursos de hospitalización breve de la Comunidad de Madrid eran de dos unidades para pacientes adolescentes. Actualmente, sin embargo, son cinco, además de una unidad extra a la que tenemos que recurrir asiduamente», ha afirmado. Y añadió: «Los factores que están influyendo son el aislamiento por la covid-19 en una edad en la que el contacto social es importantísimo, el consumo excesivo y sin supervisión de los dispositivos electrónicos y de cannabis, que desencadena en trastornos psicóticos en las personas más vulnerables».

En este sentido, Luis Fernando López Martínez, psicoterapeuta, codirector ISNISS del programa de Doctorado de Psicología de Salud de la UNED y coordinador técnico del programa ‘Hablemos de Suicidio’ del Colegio de la Psicología de Madrid, ha manifestado la necesidad de reconocer la influencia de las redes sociales para poder modular estrategias preventivas y adaptativas: «El suicidio no es un trastorno mental, es una conducta debida al dolor, la desesperanza y la desconexión que, a través de determinadas herramientas, podemos disminuir y aprender a afrontar».

«Los menores en esta situación encuentran en las redes sociales un espacio donde poder comunicar su sufrimiento; y a un ‘otro’ digital que los valida y acompaña a disminuirlo, lo que potencia la parte más insalubre de la comunicación interpersonal y potencia la idea suicida, incluso aportando recursos para que la autolesión sea el medio idóneo para acabar con una situación que, en la mayoría de casos, es temporal», ha declarado.

Por último, Laura Cuesta Cano, profesora de Cibercomunicación y Nuevos Medios de la Universidad Camilo José Cela y responsable de contenidos digitales del Servicio de Prevención de Adicciones de Ayuntamiento de Madrid, ha defendido la responsabilidad de todos los agentes implicados en la educación de los menores –familias, centros escolares, plataformas y administraciones– en relación con los contenidos inapropiados que se publican en ellas: «La fórmula más eficaz de prevención y protección de los menores es, sin duda, la alfabetización digital de estos, que es lo que les permitirá tener un sentido crítico y emocional para poder enfrentarse a los riesgos de la red». Y concluye: «La solución no es limitar el uso de los canales para que los contenidos inadecuados no les afecten. La tecnología también tiene muchos aspectos positivos que hay que trasladarles. La clave consiste en enseñarles a utilizar internet de una manera sana, de tal forma que sepan sacarle el mejor rendimiento».

miércoles, 12 de octubre de 2022

"MIRO A MI HIJA DE 15 AÑOS Y VEO CÓMO SE LE VA LA VIDA EN UNA CAMA". Por Alfonso Torices en elcorreo.com el 6 de octubre de 2022

Depresión. La avalancha de niños y jóvenes con trastornos psicológicos tras la pandemia ha colapsado unas consultas públicas de salud mental faltas de medios y de personal

«Miro a mi hija de 15 años y veo cómo se le va la vida en una cama». La historia de Paula, una madre desesperada porque la sanidad pública es incapaz de dar una atención mínimamente satisfactoria a la depresión que mantiene postrada desde hace tres años a su hija, es el reflejo de la de muchos miles de niños y adolescentes que junto a sus familias piden ayuda tras la crisis pandémica a unas consultas de salud mental colapsadas por la falta de personal, especialistas y medios.

«Hay muchos niños que están sufriendo, que no pueden ser atendidos porque no hay citas. Te llaman y te dicen: 'Te damos la cita para el año que viene'. ¿Y yo qué hago con mi hija? No todos podemos pagarnos un psicólogo privado», denuncia.

«Cada vez que va tiene un terapeuta distinto. La niña no quiere ir porque no tiene más remedio que contar su historia veinte veces. Necesita continuidad y un especialista que la vea una vez al mes y no uno distinto cada cinco o seis meses», lamenta.

La hija de Paula no mejora, pero esta mujer lo que teme de verdad es que el colapso en la atención pública y las listas de espera cronifiquen su dolencia. «Empezamos a ir al psicólogo de Salud Mental en 2019 y no hay avance ninguno. Lo que tengo miedo es a que se vuelva a autolesionar y volvamos al principio».

El relato pone rostro a las voces de alarma que desde hace meses no paran de dar médicos, psicólogos, pediatras y ONG, y que han quedado corroboradas y retratadas en las conclusiones de una reciente investigación monográfica de Save the Children.
El brusco cambio de hábitos, la pérdida de relaciones sociales, la sobreexposición a las pantallas y la convivencia con la enfermedad, el dolor y la muerte de seres queridos sufridas durante la pandemia ha causado en España una avalancha de trastornos mentales en niños y adolescentes. Un drama que ha atacado de forma especial a los menores de familias más pobres, con un número desconocido de autolesiones y procesos suicidas, que amenaza con prolongarse años y al que las autoridades sanitarias se ven incapaces de dar una respuesta adecuada debido a la endeblez de la estructura pública de salud mental.

Cuando el calendario está a punto de recordar la enorme relevancia internacional de este problema sanitario -el lunes es el Día Mundial de la Salud Mental-, conviene no olvidar que los desajustes y preocupaciones que la covid ha introducido en hogares y escuelas ha sacado a la luz una cantidad inédita de casos de ansiedad, depresión, miedos, hiperactividad o trastornos alimentarios graves entre los españoles de 4 a 14 años.

Sin alternativa a lo público

Los técnicos de Save the Children cuantifican en un 4% las patologías mentales en este grupo de edad y recogen hasta un 7% de niños y adolescentes con alteraciones de conducta. De la dimensión del problema da fe que los nuevos diagnósticos sean el cuádruple y el triple, respectivamente, que los que había en 2017, cuando se cerró la última encuesta nacional de salud.

Un segundo dato explica por qué el drama que mortifica a Paula, que como la mayoría de familias modestas no tiene alternativa privada a las listas de espera de la sanidad pública, es el de miles de hogares españoles. Si las alteraciones psicológicas han crecido entre todos los menores, se puede decir que se han disparado entre los chicos más pobres. Hasta el 13% de estos adolescentes, el cuádruple que en los hogares pudientes, tienen trastornos mentales o de comportamiento. También son el triple los afectados por ideaciones suicidas.

El Gobierno ha puesto en marcha un plan de refuerzo de los servicios de Salud Mental dotado con 100 millones en tres años y ha creado un teléfono de 24 horas (024) para ayudar a personas con ideaciones suicidas, pero Save the Children lo ve «insuficiente».

Faltan pediatras, psicólogos clínicos y psiquiatras especializados en infancia, falta coordinación entre atención primaria y hospitalaria, falta más inversión y el colapso de consultas conduce a una excesiva medicación de los niños por la imposibilidad de darles otra respuesta rápida.

«Las listas de espera para recibir atención psicológica o psiquiátrica se convierten en un cuello de botella al tiempo que el trastorno suele ir empeorando o cronificándose. Es intolerable que el acceso a la salud mental también dependa de la renta. La infancia y la adolescencia más vulnerable debe tener a su alcance recursos públicos y de calidad», reclamó hace pocas semanas Andrés Conde, director general de la ONG autora del informe.

lunes, 24 de enero de 2022

"EL MEÑIQUE QUE SOSTIENE EL MUNDO". Columna de Irene Vallejo en El País de 23.01.2022

Los problemas de salud mental no son —­contra lo que pensaba Tony Soprano— un síntoma propio de nuestros tiempos

Siendo todavía una niña, aprendiste a descifrar los disimulos de los adultos. Pronto supiste que tu madre ocultaba sus jaquecas como si fueran una debilidad inconfesable. En un extraño juego del escondite acechabas sus evasivas, sus pretextos, ese empeño por mantener el tipo aunque los esfuerzos agudizasen el dolor. Ahora, cuando tú misma protagonizas el teatro ante tu hijo, te preguntas por el perverso resorte que nos induce a sentirnos culpables de nuestras enfermedades.

En el inolvidable comienzo de Los Soprano, Tony sufre un ataque de ansiedad. No se avergüenza de la extorsión y el homicidio —meros gajes del oficio mafioso—, sino de su angustia. En la consulta de su psicóloga añora un pasado donde nadie se quejaba porque solo los blandengues sufrían enfermedades mentales: “Hoy en día, todo el mundo tiene que ir a psiquiatras y consejeros a hablar sobre sus problemas. Qué fue de Gary Cooper, el tipo fuerte y silencioso que no estaba en contacto con sus sentimientos. Simplemente hacía lo que tenía que hacer. Ahora todo es disfunción por aquí y disfunción por allá”. Irónicamente, el Gary Cooper de carne y hueso sufrió una depresión que lo postró en la cama de un hospital a comienzos de los años treinta, justo en los inicios de su fama. En esos mismos días, el actor explicó en una carta a su sobrino: “Dejé que la gente me atacara a través de mis emociones, mi simpatía, mis afectos”.

En nuestro imaginario, el pasado está siempre poblado por seres más fuertes que nosotros. Asociamos la Antigüedad romana con invencibles legionarios y generales impávidos. Sin embargo, la salud mental era una enorme fuente de preocupaciones, patentes en la literatura médica. Según Alejandro de Trales, una mujer vendaba su dedo meñique todos los días temiendo que, al doblarlo, el mundo se derrumbaría. Libanio se refiere a personas que “padecen una ansiedad generalizada de mente y cuerpo, viven afligidos por temblores y se estremecen de terror ante mensajes banales”. Galeno describe a un paciente que creía ser una olla de barro y temía romperse —como el cervantino licenciado Vidriera­—, mientras que otros se identificaban con Atlas cuando soportaba el peso del mundo sobre los hombros. Cuenta el mito griego que el titán Atlas se rebeló contra los dioses y fue condenado a cargar sobre su espalda la bóveda del cielo hasta acabar su vida petrificado, convertido en la cordillera norteafricana del mismo nombre. Simbólicamente, quien sufre hoy el zarpazo de la depresión hereda el dolor de aquel esfuerzo insoportable.

En realidad, esos tipos duros como roca —incluso por castigo— existen únicamente en las leyendas. Para los simples mortales del mundo antiguo, los médicos eran muy caros y aún más el tratamiento en casa, así que la población pobre tenía que conformarse con amuletos y exorcismos. Los enfermos más graves eran encerrados o expulsados a la intemperie, donde vivían como vagabundos. Los Evangelios narran la historia del endemoniado de Gerasa, que rompió los grillos y cadenas para huir al desierto. Cierto día Jesús conjuró a sus demonios y los arrojó a una piara de cerdos, que acto seguido se lanzaron por un precipicio. Aquella legión de animales no pudo soportar el suplicio que afligía a un solo ser humano: era la época del sálvese quien pueda.

Los problemas de salud mental no son —contra lo que pensaba Tony Soprano— un síntoma propio de nuestros tiempos líquidos; si nos adentramos en los textos históricos, descubrimos que han existido siempre. Según la Organización Mundial de la Salud, una de cada cuatro personas sufre un trastorno de este tipo en el mundo. El neurólogo Oliver Sacks llamó a estas patologías “enfermedades moralmente neutras”. En este escenario no caben disfraces, disimulos ni culpas. Lo real es el peso de las adversidades que afrontamos ­—llámense confinamiento, duelo, trabajo precario, violencia o estrés— y nuestros recursos para lidiar con las heridas que provocan. Insistir solo en las flaquezas de las personas deja a cada paciente en soledad. Los trastornos de la mente emergen por fin del silencio. Puede que los veamos como un enigma: no los convirtamos en estigma.

"HIPÓCRITA HOMENAJE A LA VIRTUD". Aldo Conway, elDiario.es

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