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sábado, 22 de junio de 2024

"DEMASIADO TARDE PARA DESPERTAR. ¿QUE NOS ESPERA CUANDO NO HAY FUTURO?". Un libro de Salavoj Žižek

Sinopsis: Žižek reflexiona sobre los retos del presente: de la guerra de Ucrania al ascenso de los populismos.

¿Y si diéramos por hecho que el fin del mundo ya no tiene vuelta atrás? ¿Y si hubiera que empezar a pensar a partir de esa asunción?

Žižek, el filósofo rockstar, analiza los retos del presente con su agudeza, contundencia y dosis de provocación e ingenio habituales: la guerra de Ucrania y la manipulación del lenguaje; Putin, el leninismo y los sueños de la Rusia imperial; los pacifistas melifluos e ingenuos (y en algunos casos muy cínicos); el ascenso de los populismos; la situación de Palestina y los dobles raseros; el calentamiento global; la cultura woke y sus derivas; el caso Assange…

Filosofía de urgencia para pensar no el futuro y sus utopías, sino el presente y sus desgarros. Reflexiones iluminadoras y nada acomodaticias para desentrañar las trampas del mundo en que vivimos. Una invitación a repensar nuestra realidad.

martes, 12 de marzo de 2024

"Alemanes, no tomar partido por Ucrania es ser parte". La respuesta del historiador Timothy Snyder a Jürgen Habermas (El País 10 JUL 2022)

Alemania no puede decir que no ha intervenido en la guerra contra Ucrania. A rebufo de su política exterior en las últimas décadas, tan cercana a la Rusia de Putin, está interviniendo, casi siempre del lado equivocado

Jürgen Habermas, considerado el mayor filósofo político de Europa, ha escrito un texto sobre su principal crisis actual, la guerra de Ucrania. Su tesis es que la historia recomienda la Besonnenheit (sensatez) alemana, que en la práctica se ha plasmado en mucho hablar y poco actuar durante los cuatro primeros meses del conflicto más importante que vive Europa desde 1945.

Habermas defiende su tesis con argumentos históricos, pero resulta llamativo que no tenga nada que decir sobre la II Guerra Mundial. Este suele ser el punto de partida para cualquier conversación sobre la responsabilidad de Alemania, y en el caso de Ucrania es todavía más pertinente. Hitler dijo que los ucranios eran un pueblo colonial e intentó desplazarlos, matarlos de hambre y esclavizarlos. Quiso usar las reservas de alimentos del país para convertir Alemania en un imperio mundial autárquico. Vladímir Putin ha evocado temas hitlerianos para justificar su guerra de destrucción: los ucranios no poseen conciencia histórica ni nacionalidad propia ni clase dirigente. Igual que Hitler, e igual que Stalin, quiere utilizar los alimentos ucranios como arma. Pero al lector de Habermas no se le pedía que tuviera en cuenta esas semejanzas ni que se preguntara si es posible que los alemanes tengan cierta responsabilidad respecto a Ucrania, un país en el que Alemania mató a millones de personas no hace mucho tiempo.

Habermas opina que el punto de referencia de la civilización es la lógica, pero en su ensayo no hace ningún esfuerzo para identificar la lógica ucrania. Me atrevo a decir que su falta de referencia a la II Guerra Mundial le impide identificarla bien, porque es una lógica anclada en la existencia. No nos enteramos de que Putin niega la existencia de un Estado y una nación ucrania, ni de que la maquinaria oficial de prensa de Rusia habla de resolver la cuestión ucrania, la televisión rusa difunde de manera habitual mensajes genocidas y los soldados emplean lenguaje de odio y genocida para justificar los asesinatos, las violaciones y todo lo demás. Los ucranios, con razón, han llegado a la conclusión de que están luchando por la supervivencia nacional. Habermas menciona la situación de Ucrania cuando habla de generaciones heroicas y posheroicas, pero esa forma alemana de enmarcar el problema aleja al lector de la experiencia ucrania y quizá, incluso, de los problemas más importantes. Pienso en Roman Ratushnyi, que murió en combate cuando estaba a punto de cumplir 25 años. Roman era un activista civil de 16 años en 2013, cuando se manifestó en favor de que Ucrania estrechara su relación con la Unión Europea. Luego se dio a conocer en Kiev como ecologista y defendiendo los espacios verdes frente a unos planes urbanísticos dudosos. Su vida y su actividad miraban hacia el futuro.

Estoy seguro de que Habermas tiene razón cuando dice que los alemanes, tanto los mayores como los más jóvenes, deben hacer más esfuerzos para comprenderse, pero no es ahí donde se encuentran los problemas más acuciantes. La guerra entre Rusia y Ucrania es un conflicto generacional mucho más inequívoco porque los hombres que mandan en la política rusa tienen toda una generación de diferencia con los hombres y mujeres que gobiernan Ucrania. Putin inició esta guerra en nombre de un pasado mítico, con referencias al siglo X (un bautismo a manos de un vikingo) o al XVIII (Pedro el Grande) como disculpas para una agresión en el siglo XXI. La generación que ocupa hoy el poder en Ucrania es la primera educada después de 1991, y su valentía reside en que está defendiendo lo construido desde entonces y la idea de un futuro europeo normal. Los hombres y mujeres que luchan en la guerra, unos jóvenes y otros no tanto, relacionan la supervivencia nacional, como es comprensible, con una vida normal y un futuro en la Unión Europea. Arriesgan la vida, y a veces la pierden, por ese objetivo. Seguramente se puede llamar heroísmo, pero tal vez en un sentido más fácil de entender. Ese sentido tiene poco que ver con los debates sobre el heroísmo que, en el contexto alemán, están contaminados por el lenguaje nazi. ¿Pero de verdad es el contexto lingüístico alemán el que debe regir las opiniones de los alemanes sobre otros pueblos? Cuando Habermas se obsesiona con los problemas que suscita esta situación entre su generación y otras más jóvenes está evitando abordar las razones de la resistencia ucrania. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 4 de marzo de 2022

"ARMAS EN LOS LABIOS: PUTIN Y LA INSOPORTABLE TERGIVESACIÓN DE LA HISTORIA". Iván Igartua, Catedrático de Filología Eslava

El recurso a la justificación histórica suele ser inversamente proporcional a la legitimidad o la justicia de las decisiones políticas que lo reclaman. Cuanto más dudosa es su licitud (hasta el extremo de ser a veces nula), tanto mayores serán la carga discursiva y la ristra de motivaciones supuestamente ancladas en la historia que se ofrecen como aval del atropello. La retórica que envuelve la agresión de Rusia a Ucrania, decretada por el presidente ruso Vladímir Putin el 24 de febrero de 2022, el año en que se cumple el centenario de la creación de la Unión Soviética, es un ejemplo trágicamente paradigmático de la manipulación falaz de la historia para justificar, cara a la galería (a su galería), una iniciativa bélica que viola la legalidad internacional (sin ir más lejos, el artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas) y que es, por encima de todo, un infame atentado contra la libertad de la sociedad ucraniana, contra la débil democracia aún incipiente del país y contra la dignidad humana.

Los argumentos que ha esgrimido el régimen autocrático de Rusia para lanzar el ataque a Ucrania son esencialmente geopolíticos, pero conformarse con la idea de que el Kremlin solo exige un cinturón de seguridad para sus ciudadanos frente a la tendencia expansiva de la OTAN supone menospreciar la megalomanía sovietizante de Putin (aparte de caer en la trampa de su marco mental). Imbuido de espíritu revanchista y neoimperial, el presidente ruso aspira a refundar un orden internacional que ha mermado notablemente el peso de Rusia en el mundo desde el hundimiento de la Unión Soviética, la gran catástrofe de la historia moderna, según Putin, y causa de un resentimiento que explica su visión y buena parte de sus actos. Lo suyo es, en el fondo, una rebelión en toda regla ante al fin de la historia anunciado en 1989 por Francis Fukuyama, esa clausura que entrañaba la generalización definitiva de las democracias y el declive irremediable de las tiranías (pronóstico que vino a ser, sin duda, prematuro). El fin liberal de la historia, así lo han entendido Putin y el Rasputin de Putin (el filósofo-estratega Alexander Duguin), representa su propio fin. Pero ellos calculan que aún están a tiempo de conjurar la amenaza.
La reinvención del pasado

El paso que ha dado Rusia en Ucrania es el más dramático desde la anexión de Crimea, aquel primer episodio de la recuperación a plazos de su área de influencia en los territorios eslavos orientales (sin los cuales no hay imperio que valga). Putin no ha dejado de repetir que los rusos y los ucranianos forman un mismo pueblo y deben compartir destino, con independencia, por supuesto, de lo que piensen y deseen estos últimos. A los bielorrusos (o rusos blancos, los del oeste) ni los menciona, los tiene bien atados por ahora. La ficción de la Gran Rusia imaginada por Putin arranca en la Rus de Kiev, primera configuración estatal de pueblos eslavos orientales, que data del siglo IX y cuyos príncipes fueron, al principio, de estirpe varega (es decir, germanos, no eslavos), como atestiguan sus nombres (Riúrik, Oleg, Olga, Igor), todos ellos de ascendencia germánica. Dentro de esa dinastía, Vladímir I el Grande (luego el Santo) convirtió la Rus de Kiev al cristianismo en el año 988 y su hijo Yarosláv I, apodado el Sabio, amplió sus territorios, inicialmente restringidos a parte de la Ucrania actual, hasta llegar, hacia 1054, a zonas septentrionales de lo que hoy es la Rusia europea.

Para Putin esa comunidad de partida resulta suficiente. Pero, por si fuera poco, niega la existencia de Ucrania al margen de Rusia, contra toda verdad histórica, hasta que –dice– Lenin crea su estado en 1922; antes no habría sido más que ‘Malorossiya’, la Rusia Pequeña o Menor, mero apéndice de la Madre Rusia. Silencia convenientemente la época en que Ucrania (o parte de ella, la antigua Rutenia) formó parte del Ducado Lituano (siglos XIV-XVI) y el hecho de que no fue hasta finales del siglo XVIII cuando el imperio ruso la engulló definitivamente. Ni una palabra, desde luego, de la hambruna de 1933, el ‘Holodomor’ (literalmente “muerte por hambre”) que se llevó por delante la vida de más de 3 millones de ucranianos. Tampoco de los procesos forzados de rusificación. Aunque Putin siga a rajatabla el principio orwelliano según el cual quien controla el presente controla también el pasado, la historia no puede ocultarse todo el tiempo, por más que se prohíban actividades como las de ‘Memorial’, asociación que investigaba la represión totalitaria de los tiempos soviéticos. ¿Es posible a estas alturas que el presidente ruso aún se pregunte por qué una mayoría de ucranianos rechaza a toda costa el abrazo aniquilante de su “hermano mayor”?

Una de las falsedades más indecentes que propala el líder ruso es la de que Ucrania está gobernada por nazis o neonazis desde 2014, año en que la sociedad ucraniana consiguió derrocar a Víktor Yanukóvich, la marioneta corrupta de Putin en Kiev. De cara a su público, la “desnazificación” de Ucrania es otro de los motivos que sustentan la agresión a un país soberano (en su jerga, “operación militar especial”; en plata, una ‘Blitzkrieg’ fallida) y la pretensión de derribar un gobierno libremente elegido bajo el pretexto, ominoso si no fuera delirante, de liberar a la población ucraniana de un régimen opresor, responsable de “genocidios”. La calumnia llega a extremos ultrajantes cuando la dirige al actual presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, hoy símbolo de la heroica resistencia de Ucrania, que es judío y varios de cuyos familiares fueron asesinados en el Holocausto. El gran historiador británico Antony Beevor ha manifestado estos días que el único que se está comportando como Hitler es Putin. La última vez que Kiev sufrió un bombardeo fue precisamente en 1941.
Un resentimiento histórico

El desprecio por la verdad de lo sucedido que suele acompañar al enmascaramiento de las iniquidades actuales tiende a coaligarse con una extraña necesidad de fundamentación historicista, cuando en realidad quien comete la tropelía o, como en este caso, el crimen los ejecuta tanto si hay como si no hay razones históricas para ello. Es en ese medio donde toma cuerpo la tentación de instrumentalizar el pasado falseándolo a conciencia, donde campa impune la insoportable –a menudo burda– tergiversación de la historia. El régimen ruso la practica a espuertas, sin pudor alguno, como corresponde a un fiel heredero de las épocas más terribles y oscuras de Rusia.

El resentimiento es una palanca nociva de acción política (y seguramente de cualquier clase de actividad), como se ha advertido desde Nietzsche y Scheler. El colapso de la Unión Soviética y sus efectos, de los que Putin hizo responsable también a Occidente, han sido fuente de un rencor duradero que, transformado en hostilidad hacia el supuesto causante de la ofensa, se cierne ahora como una sombra siniestra sobre Europa y la convivencia en el mundo. Ucrania, un país en el que Putin no ve patria sino patrimonio, es la primera víctima. Las consecuencias de la invasión son impredecibles. “No hay nada más peligroso en política que un resentido con talento”, dijo una vez Unamuno. En especial cuando ese talento despliega su inmenso arsenal destructivo y lo hace, además, amenazando al conjunto de la humanidad libre.

"TUCÍDIDES Y EL TRIBUNAL PENAL INTERNACIONAL". Máriam Martínez-Bascuñán

Una corte sin ejército toma prestadas las manos de los gobiernos que juraron ejecutar sus fallos, y estos prefieren la excusa antes que dete...