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miércoles, 29 de julio de 2026

"CIRCO SIN PAN". Irene Vallejo, El País

FERNANDO VICENTE
El espectáculo ha devenido en estructura profunda de nuestro mundo. Es el sol que nunca se pone en el imperio de la pasividad moderna

Las celebridades nos persiguen, nos asedian, nos acosan con ubicuidad, alevosía y cháchara motivadora. Se diría que viven obsesionadas por nuestra mirada. Su presencia es insistente, acechante, indiscutible, sin réplica. Te asaltan en la sala de espera del dentista, en la peluquería, en los informativos, en la parada de autobús, en una inofensiva charla de ascensor. Sin querer, sin importarte, sin pretenderlo, averiguas sus peripecias, sus cumbres y sus derrumbes. Recuerdo que, siendo aún niña, mientras atravesaba la ría de Vigo en un barco de línea regular con mi pelo corto alborotado por un viento ensordecedor, la televisión retransmitía una boda principesca. Me parece estar viendo aquella pequeña pantalla parpadeante y muda. Con tres años, contemplaba boquiabierta los metros de cola de un vestido interminable —más larga que la estela de espuma del ferry que me llevaba a bordo—. Fue la primera aparición, palpitante y tersa, de lo irreal.

En su raíz latina, la palabra “célebre” significaba “concurrido, abarrotado”, antónimo de desertus. Compartía raíz con celer, de donde viene nuestra “aceleración”. Los famosos activan un veloz hervidero de pasiones, el centrifugado del fisgoneo. Ya en tiempos remotos la mitología se nutría de dramas aristocráticos: fiestas fastuosas, caídas en desgracia, frivolidades e infidelidades, reputaciones dudosas y crónica rosa. Los primeros arquetipos de celebridades globales fueron Aquiles y Helena.

Cuenta la leyenda que Aquiles afrontó una decisión radical sobre la fama. Pudo elegir una existencia larga y oscura, como heredero del trono de su padre, reinando en paz, rodeado de sus hijos y nietos, sin dejar eco en la posteridad. Según las profecías, si participaba en la guerra de Troya, sus hazañas perdurarían en los cantos heroicos, pero moriría en el esplendor de la juventud. Aquiles quiso sacrificarlo todo por los fulgores del renombre. Escogió una muerte gloriosa y la tuvo. Terminada la guerra, Odiseo visitó fugazmente el mundo de los muertos, donde reencontró a su antiguo compañero de armas: “No debe apenarte estar muerto, porque allá arriba los hombres honran tu memoria”. Pero Aquiles, repentinamente enamorado de la vida, contesta: “Preferiría ser labrador en tierra ajena antes que reinar sobre todos los muertos. ¡Ay, si pudiera volver bajo el sol!“. Desde las sombras, el legendario Aquiles envidia las vidas corrientes, anónimas y apacibles.

Bien sabían los poetas épicos del pasado que a nosotros, su audiencia, nos encanta el chismorreo, pero todavía más moralizar sobre los melodramas humanos y divinos. En la mitología griega los inmortales son muy entretenidos: caprichosos, frívolos y pendencieros. Un grupo de deidades con comportamientos bufonescos decide los destinos humanos. Cuenta la leyenda que un certamen de belleza entre concursantes corruptas desencadenó la guerra de Troya. Tetis y Peleo, futuros padres de Aquiles, celebraron en el Olimpo la boda más esperada de la era pagana. Pero, ay, olvidaron invitar a Eris, diosa de la discordia, que tomó venganza arrojando en medio del baile una manzana de oro “para la más bella”. Hera, Atenea y Afrodita la reclamaron. Las tres querían ser la primera reina de la belleza documentada, así que exhibieron sus encantos ante el príncipe troyano Paris, único jurado. A escondidas, ofrecieron regalos a cambio de su voto —el soborno, divino tesoro—. Hera le prometió que dominaría Asia y Europa; Atenea, sabiduría infinita; Afrodita, el amor de Helena, esposa del rey de Esparta, la mujer mortal más hermosa del mundo. Paris, que tenía claras sus prioridades, eligió seducir a la más bella. De aquel juego sucio en las cloacas de miss Olimpo nació el amorío que, según la tradición, desató la masacre entre griegos y troyanos.

Si hacemos caso a Guy Debord en La sociedad del espectáculo, los realities, el pavoneo en bodas tumultuosas, los chanchullos por todo lo alto y los líderes pueriles han ido a más con el paso de los milenios. Como escribió en su célebre ensayo, el espectáculo ha devenido en estructura profunda de nuestro mundo. Es el sol que nunca se pone en el imperio de la pasividad moderna. El autorretrato del poder, que prefiere la copia al original y se guía por la representación antes que por la realidad. El monólogo autoelogioso que el orden actual mantiene acerca de sí mismo. Su falaz paraíso.

La Roma clásica dominó el arte de los espectáculos de masas con fines políticos. Es difícil igualar sus trepidantes carreras hípicas, sus luchas de gladiadores y naumaquias. El poeta satírico Juvenal acuñó la expresión “pan y circo” para denunciar ese cinismo imperial que ofrecía alimentos gratuitos y juegos grandiosos al pueblo, y así lo mantenía entretenido y apaciguado. La parte del pan se refería al reparto mensual de una ración de cereales entre las familias pobres: en tiempos de Augusto, casi un cuarto de la población de la capital se benefició de esta medida. Hoy, gobernantes nostálgicos de viejos imperios dispensan ración cotidiana de circo, pero nos dejan sin pan. El público mira hipnotizado la farsa del poder mientras magnates —y mangantes—encarecen los precios con sus aventuras bélicas, recortan la sanidad pública, eliminan programas de alimentos y traman rebajas en bajas laborales y pensiones. Jerarcas adictos al espectáculo invitan a sus seguidores a invertir en criptodivisas, negocios familiares y otras estafas piramidales; y, mientras ellos multiplican sus fortunas, incautos desplumados aplauden a rabiar la sagacidad de sus amados líderes. Según Oscar Wilde, dadme lo superfluo, que lo necesario es una vulgaridad. Como súbditos, no tenemos precio: la ciudadanía romana, al menos, sabía lo que valía el pan.

En El rugido de nuestro tiempo, Carlos Granés interpreta que hemos invertido los términos: la política debería ser aburrida y el arte provocador. Los líderes macarras transgresores se disfrutan más en una serie que en una legislatura. Las ficciones podrían saciar nuestro apetito de despropósitos. En el pasado, tras las escenificaciones fascinantes, la realidad siempre fue más banal. Nadie atacó la amurallada Troya por una mujer, sino por un estrecho. No fue un conflicto pasional, sino comercial. La ciudad estaba situada estratégicamente en la entrada de los Dardanelos. Controlar ese acceso permitía a sus gobernantes dominar las rutas de navegación hacia el mar Negro y cobrar lucrativos peajes. En la partitura de la historia, el bajo continuo siempre evoca codicia.

Eurípides denunció en una de sus tragedias los motivos inventados para justificar la guerra. La propia Helena confiesa que jamás estuvo allí: “No fui a tierra troyana, un fantasma era”. Y le replican: “¿Qué dices? ¿Por una nube entonces sufrimos tanto?“. Siglos después, otro griego, Georges Seferis, dedicó un poema a los hechos bélicos alternativos: ”Diez años nos degollamos por Helena. Los ríos se hinchaban con el barro, con la sangre". En los versos finales se pregunta si la humanidad volverá a creer el viejo engaño, si después de los siglos escucharemos de nuevo a mensajeros llegados para contar “que tanto dolor, tanta vida se fueron al abismo por una túnica vacía, por una Helena”. En la leyenda troyana hasta las celebridades son tramoya: Aquiles se arrepiente y Helena fue tan solo un vacío, un bulo. Eurípides y Seferis sabían que las pasiones bélicas se enardecen con cuentos. Antiguamente, aedos y trovadores daban voz a esas ficciones, pero hoy los juglares se sientan en el trono. La historia y la mitología enseñan: cuídate de las guerras donde triunfan el espectáculo y los especuladores.

viernes, 29 de mayo de 2026

"LA DECENCIA DE CERRAR LAS VENTANAS". Daniel Innerarity, El País

Raquel Marín

La revelación irrelevante de conductas personales es políticamente devastadora porque desplaza el juicio de la prueba a la insinuación.

La leyenda de lady Godiva no habla solo de desnudez; habla, sobre todo, de decencia pública. Según la tradición, Godiva pidió a su marido, señor de Coventry, que aliviara la carga fiscal de sus vecinos. Él, intuyendo que la humillación sería más eficaz que la compasión, le impuso una condición cruel: atravesar la ciudad desnuda montada a caballo. Ella aceptó, pero pidió a los vecinos que se metieran en sus casas y cerraran puertas y ventanas.

John Collier la pintó en 1897. Godiva no mira al espectador. Su cabeza está inclinada, el cabello cae como un velo; el cuerpo, desnudo y luminoso, se repliega sobre sí mismo. Es quizá la imagen más reproducida del mito, pero no es una imagen de exhibición: es una imagen de pudor. Incluso en su desnudez más bella, Godiva pide que no la miren.

Lo importante de la leyenda no es el desnudo. Lo importante es que el pueblo no miró. Comprendieron que aquello no era espectáculo, sino sacrificio; que una mujer pagaba con su pudor una mejora para los demás. Tuvieron la decencia de no convertir la vulnerabilidad en entretenimiento. Esa es la clave moral: la dignidad de una sociedad se mide, a menudo, no por lo que puede ver, sino por aquello que decide no mirar.

La leyenda tiene, sin embargo, una cara oscura que la tradición registra con el nombre de Peeping Tom: un sastre que no cerró su ventana y pagó con la ceguera el precio de su curiosidad. Toda sociedad produce sus Peeping Toms: quienes convierten la desgracia ajena en entretenimiento y quienes, más peligrosamente, organizan el espectáculo para que otros miren.

Algo de esto ocurre cuando un procedimiento penal, antes incluso de probar un delito, desnuda la vida privada de una persona ante la opinión pública. La justicia debe investigar hechos penalmente relevantes, conductas antijurídicas y culpables, pero no convertir cada relación, cada mensaje o cada proximidad personal en una pieza de sospecha moral. Cuando esto ocurre, el objetivo no es probar un delito, sino producir una impresión: en muchas ocasiones, se trata de una filtración contra todo derecho que causa un daño, a veces irreparable, al imputado y no nos hace mejores a la ciudadanía, que nos convertimos en unos auténticos cotillas. La pregunta fundamental que ha de hacerse quien tiene en sus manos desvelar algo es para qué sirve: ¿a la causa judicial, para alimentar la curiosidad publica o para favorecer ciertas estrategias políticas? ¿Somos así los ciudadanos personas mejor informadas o mirones que han satisfecho su ración de indignación?

A menudo, la información sobre procesos judiciales en curso está repleta de conexiones hipotéticas y detalles escabrosos que nos distraen de lo esencial y que no tienen significado penal sino reputacional. La fijación en lo anecdótico o escandaloso, ¿mejora nuestra tarea de vigilancia democrática o funciona como una gigantesca distracción colectiva? El público crítico no es el que mira todo lo que le ponen delante, sino el que es capaz de preguntarse por qué le muestran eso y de ese modo.

Así, ni siquiera la función de vigilancia democrática puede ejercerse con plenitud, ya que la espectacularización de la vida política impide percibir todo aquello que no encaja en la categoría de lo sensacional, que resulta poco atractivo para el ciudadano-espectador, aquello que no impresiona ni es personal, cuanto no provoca rabia o envidia o indignación, todo lo que es normal, banal, estructural o complejo.

También los medios tienen que hacerse preguntas incómodas porque no pocas veces contribuyen a esta degradación de nuestra conversación pública. Cuando un medio se plantea si debe o no dar a conocer un comportamiento privado, las preguntas que debería hacerse son: ¿qué efectos tendría esto sobre la calidad de nuestra vida democrática? ¿Se trata de un conocimiento del que deben disponer los ciudadanos para evaluar la acción de sus representantes? Si hay que hacerlo, ¿guarda proporción el grado de publicidad con su pertinencia? ¿A quién beneficia y a quién perjudica (injustamente) determinada revelación o el modo de enfocarla?

La revelación irrelevante es políticamente devastadora porque desplaza el juicio desde la prueba hacia la insinuación. Mientras el derecho penal exige hechos, la opinión pública se conforma con atmósferas; mientras el juez distingue entre culpabilidad e inocencia, el escándalo solo necesita confundirlas durante el tiempo suficiente. El resultado es lo que podríamos llamar la pena de desnudez: una persona puede ser absuelta jurídicamente y quedar condenada socialmente, una vez que su intimidad ha sido expuesta, fragmentada y convertida en munición. Sin contexto, lo que decimos y hacemos, enjuiciados únicamente a partir de lo que dicen otros de nosotros mismos, no somos nada.

Aquí reside la responsabilidad política de quienes impulsan estos procesos. Desnudar a una persona ante la mirada pública no siempre es un daño colateral de la justicia; con frecuencia puede ser su verdadero objetivo. Existe una perversión específica en quienes, sabiendo que la prueba es insuficiente, se afanan en exponer los restos de la intimidad para mantener viva la sospecha. No se desnuda a alguien para servir a la verdad, sino para intimidar o destruir a un adversario, convirtiendo la humillación en arma política. Quien organiza el espectáculo no es un espectador curioso: es un actor que ha elegido su papel. También lo es quien pide más. También quien asiste complacido.

Se dirá que la transparencia exige explicaciones: las conversaciones, los vínculos, las decisiones. Es verdad, pero esa exigencia tiene un límite que conviene no olvidar: afecta a los actos públicos del poder, no a la vida entera de las personas. Confundir ambas cosas no es rigor democrático; es voyerismo institucionalizado.

Nadie resiste una transparencia absoluta. Todos vivimos rodeados de frases incompletas, vínculos equívocos, afectos desordenados, torpezas, fragilidades. Sacados de contexto, muchos gestos humanos parecen feos, pero no todo lo que incomoda a un observador exterior merece convertirse en reproche público. La confianza democrática no nace de verlo todo; nace de aceptar que no podemos, y no debemos, verlo todo, y convivir aun así bajo reglas comunes. Una sociedad construida solo sobre la vigilancia no es más virtuosa: es más desconfiada, más cruel y, al final, más autoritaria.

Por eso la leyenda de Godiva sigue interpelándonos. Ante la maquinaria que coloca a una persona desnuda en la plaza pública, la pregunta no es solo qué hicieron quienes promovieron, alentaron o aprovecharon el espectáculo. La pregunta es qué hacemos nosotros cuando nos invitan a mirar. También los ciudadanos y ciudadanas podemos tomar ciertas decisiones libres y responsables a este respecto. Porque mirar no es inocente ni inocuo: alimenta el poder de quien organizó la humillación, nos aparta de lo que verdaderamente está en juego y, al final, nos ciega. Visto lo cual, propongo que cerremos ciertas ventanas que no dan luz a nuestra existencia, sino que se asoman a un patio donde se desarrolla un espectáculo en el que se nos muestra todo para que no nos enteremos de nada.

"SI ESTO ES UN ESTADO". Íñigo Domínguez, El País

El ex primer ministro israelí Menachem Begin La ultraderecha mundial dora la píldora a Netanyahu solo porque es mucho más despiadado (aún) q...