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| El ex primer ministro israelí Menachem Begin |
La ultraderecha mundial dora la píldora a Netanyahu solo porque es mucho más despiadado (aún) que sus antecesores
Esta semana hemos recordado los horrendos asesinatos de Hamás del 7 de octubre, de imágenes insoportables, gente como usted y yo arrastrados por los pelos a un coche, ejecutados en el jardín de su casa. Hemos recordado también lo que siguió, y sigue. En Naza, documental en el que 24 militares de Israel explican el uso de la IA en Gaza, lo más angustioso es la deshumanización extrema, maquinal, a la que se ha llegado. Hablan de noche, envueltos en la oscuridad moral, como el coronel Kurtz. Uno de ellos, que admite haber matado a miles de civiles, dice que antes no entendía cómo un nazi podía asesinar y seguir con la vida de siempre, pero ahora confiesa que no sabe bien lo que es él. Parecía extraviado en el horror, en un camino torcido en un punto muy lejano.
En 1946 el grupo terrorista judío Irgun puso una bomba en el hotel King David de Jerusalén, sede del mando británico, y causó 91 muertos. En abril de 1948 asesinó a un centenar de vecinos en la aldea árabe de Deir Yassin. Su líder se llamaba Menájem Beguin. ¿Era esto terrorismo? Lo era para 28 intelectuales que firmaron una carta contra él en The New York Times, en diciembre de 1948. Acababa de fundar, tras el nacimiento de Israel, el partido Herut (Libertad). Los firmantes advertían que era “muy similar a los partidos nazi y fascista”. ¿Eran gente woke antisemita? Juzguen ustedes, entre ellos estaban Albert Einstein y Hannah Arendt, que habían visto a los nazis de cerca y podían comparar.
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Beguin hizo carrera y su línea se impuso, entre guerras y terribles atentados palestinos, como en Múnich. En 1963 fundó el Likud, el partido de Sharon y Netanyahu. En 1977 ganó las elecciones y por primera vez la derecha sionista llegó al poder en Israel. Beguin fue primer ministro y hasta ganó el Nobel de la Paz por los acuerdos de Camp David. Luego invadió Líbano en 1982. Diez días después, en Italia, varios intelectuales pidieron la retirada de las tropas: “La solución militar” evocaba “un lenguaje de triste memoria para cualquier judío”. ¿Eran otros antisemitas? No, eran Primo Levi, Natalia Ginzburg, Edith Bruck, entre otros. Al frente de la invasión estaba Ariel Sharon, ministro de Defensa, y lo entrevistó Oriana Fallaci. Le preguntó si acaso no eran ellos terroristas cuando ponían bombas en el King David y Sharon respondió: “No, éramos combatientes por la libertad”. Fallaci le reprochó la ferocidad, la desproporción de sus bombardeos en Beirut, expresó su pena por cómo había cambiado Israel (“Ya no sois la nación del gran sueño”), y le mostró fotos de niños muertos bajo los escombros. Sharon contestó: “Me tiene que creer, hemos querido evitar estas cosas lo máximo posible”. Diez días después fue la masacre de palestinos en Sabra y Chatila, obra de las Falanges Libanesas con la anuencia del ejército israelí. ¿Fue un genocidio? Así la definió tres meses después la asamblea general de la ONU, sin votos en contra. Primo Levi pidió la dimisión de Beguin, “fascista” de “arrogancia sanguinaria”. En 1984 dio una amarga entrevista sobre la deriva de Israel, de título helador: Si esto es un Estado, alusión a Si esto es un hombre, su obra esencial del Holocausto. Luego vino Netanyahu, hasta hoy, después de que un sionista de extrema derecha asesinara a Isaac Rabin por firmar la paz en 1995. Hoy es todo mucho peor. Las masacres son como un videojuego y quieren quitar la nacionalidad a los autores de Naza. La ultraderecha mundial dora la píldora a Netanyahu solo porque es despiadado, admira su brutalidad. Esa es la línea política, la oscura emoción que hoy quiere ser dominante.

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