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lunes, 23 de marzo de 2026

"ENTREVISTA A ARUNDHATI ROY, ESCRITORA INDIA". Marc Bassset, El País

ARUNDHATI ROY

La escritora india, autora de ‘El dios de las pequeñas cosas’, encarna la figura de la intelectual radical y global. Rechaza el ataque de Trump en suelo iraní. Argumenta que ella vive bajo un régimen cruel, el de Nerendra Modi, pero eso no significa que quiera que llegue Estados Unidos a bombardear el país. Y avisa de que en autoritarismo, la India va muy por delante de Occidente: allí, dice, el odio y el veneno ya no vienen solo del Estado, sino también de la sociedad

La cita para esta entrevista, al principio, estaba fijada a mediados de febrero en un hotel de Berlín. La escritora Arundha­ti Roy (Shillong, India, 64 años) estaba invitada a la Berlinale, el festival de cine, con ocasión del estreno de la versión restaurada de In Which Annie Gives It Those Ones (en el que Annie la monta, sin traducir al español), un popular telefilme de 1989 cuyo guion ella escribió y en el que actuó. A última hora, y estando en París a punto de subirse al avión hacia Berlín, vio que, en una rueda de prensa el cineasta alemán Wim Wenders, presidente del jurado, y otros miembros del cónclave eludían las preguntas sobre Israel y Gaza. “Me sorprendió que personas tan inteligentes tuviesen miedo de decir cualquier cosa sobre Gaza”, recuerda Roy. Y anuló el viaje y la entrevista.

La autora de El dios de las pequeñas cosas, la novela que la lanzó a la fama hace casi tres décadas, publicó hace unos meses en castellano Mi refugio y mi tormenta (Alfaguara, traducción de Catalina Martínez Muñoz), unas memorias centradas en la figura de su madre, una mujer a la vez extraordinaria y compleja. “Alguien me dijo que tuve la misma relación con la India que con ella”, dice. “La India también es mi refugio y mi tormenta”. Acosada por el nacionalismo hindú, y en el punto de mira de la justicia de su país por haber cuestionado que la región de Cachemira hubiese sido históricamente india, Roy —referente para intelectuales occidentales como Judith Butler o Naomi Klein— encarna la figura de la intelectual radical, a la vez global y muy arraigada en la India, su civilización y su universo de referencias.

“Por supuesto, habría podido ir al pase en Berlín, pero entonces habría sido ‘la mujer cabreada en el circo’, y era algo que yo no quería hacer”, explicó unos días después de la polémica en la Berlinale. Roy ya había vuelto a Nueva Delhi y se había concertado otra cita para la entrevista, esta vez por videoconferencia. “Es interesante”, explicó, “porque ha circulado una cita de Wim Wenders, de 1988, y es muy inteligente lo que dice. Dice que las películas que no son políticas son en realidad las más políticas, porque en cada fotograma apoyan el statu quo. No es que esto no se entienda ahora, es que, cuando se trata de Gaza, los cerebros se revuelven. Pueden ser políticos sobre cualquier cosa, pero no sobre Palestina”.

domingo, 8 de marzo de 2026

"NUESTRA BATALLA". Elvira Lindo, El País

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso,
da un discurso durante el acto institucional con motivo
del Día Internacional de la Mujer
Los mismos que adoptan una actitud burlesca hacia la causa de las mujeres son los que luego acusan a las feministas de ignorar a la mujer afgana o a la iraní

Quédate conmigo porque contigo todos los días son el Día de San Valentín, decía irónicamente el viejo estándar de Rodgers y Hart, de la misma forma que el Sombrerero Loco animaba a Alicia, la del País de las maravillas, a celebrar cada día el No Cumpleaños. Las efemérides desprenden en su esencia esa contradicción. Lo que verdaderamente nos recuerdan las fechas en rojo es la manera insensata con que dejamos que la vida pase, igual que pasa la corriente cuando el río busca el mar, que cantaban los Pata Negra en aquella canción jorgemanriqueña, sin ser conscientes, pobres de nosotros, de que nuestra existencia es aquello que ocurre entre los días que se dedican a celebrarla. Otro 8 de marzo. Y qué sensaciones contradictorias desprende este nuevo Día de la Mujer. En un momento de regresión como este, en el que hay una muchachada educándose en la pedagogía del resentimiento que promulgan los varones enfurruñados; en un tiempo en el que de las encuestan se desprende que hay un número no despreciable de jóvenes que cree que el feminismo ha ido tan lejos como para borrarles el protagonismo del que gozaron antaño, o demasiado lejos como para que ellos sean excluidos en favor de ellas; ahora, precisamente, cuando frente al sexo libre celebrado en otras décadas se ondea la bandera de la espiritualidad o de la tranquila vida segregada al margen de las emociones que el otro sexo puede provocar; ahora, hoy, cuando de manera preventiva hay quien ya va descartando la palabra feminismo en favor de un término que suena más conciliador, como es igualdad, en este presente confuso en que más que una labor de progreso la debemos hacer de resistencia ante la fuerte corriente que nos arrastra hacia atrás; ahora, paradójicamente, las mujeres volvemos a protagonizar de una manera tramposa la conversación y hay quienes, sin vergüenza, nos usan para armarse de razones, armarse, repito, hasta las cejas, y liarse a bombazos en nuestro nombre. Es Donald Trump, el mismo que pretende borrar cualquier rasgo de diversidad en el lenguaje de la administración y de las investigaciones académicas, Trump, el que separa a niños de sus madres para cumplir su promesa de limpieza étnica, es Trump, el mismo que agarraba el coño a las mujeres, el de los papeles de Epstein, quien invade un país para erigirse en salvador de las mujeres iraníes. Nunca juzgaré a una mujer iraní que aplauda estos bombazos desde su terraza, pero mi situación me permite tener la cabeza fría como para saber qué lugar ocupa en la mente trastornada de Trump la dignidad de estas mujeres, o en la de Benjamin Netanyahu, el asesino de niños, que desea borrar a un pueblo de la faz de la tierra.

Y aunque cualquiera podría entender que despreciar la legalidad internacional puede desbaratar, si es que no lo está haciendo, el frágil equilibrio del mundo (incluso Matteo Renzi puede entenderlo), aunque la historia reciente nos dice dónde quedó la soberanía de las mujeres o la paz en países que fueron invadidos y después se abandonaron a su suerte, son incapaces, los defensores de esta nueva guerra, de reconocer que no son las mujeres las que importan, sino la relativa tranquilidad comercial que ofrece ser vasallo de un tirano; en vez de ir de frente, envuelven cínicamente la acción bélica con el manto de una causa noble y hermosa: la libertad de las mujeres. Los mismos que en su casa niegan protección a una concejal que denuncia acoso o abuso por no perjudicar al partido, los mismos que adoptan una actitud burlesca hacia la causa de las mujeres, son los que luego acusan a las feministas de ignorar a la mujer afgana o a la iraní. Es verdad que hay causas que de pronto se imponen a otras, como la de Gaza, porque constituyen un paradigma, un aviso, un resumen de los crímenes de nuestro tiempo, pero el feminismo debería imponerse hoy, más que nunca, como una voz sin fronteras que luche contra los señores de la guerra. Y sí, he dicho señores.

sábado, 7 de marzo de 2026

"FURIA ÉPICA". Equator, editorial

La adoración de la fuerza se ha convertido en la pasión dominante de Occidente

Durante el invierno de 1940, unos meses después de que la Wehrmacht completara su conquista de Francia, la filósofa de 31 años Simone Weil publicó un ensayo sobre La Ilíada en la revista Cahiers du Sud, con sede en Marsella . «La Ilíada, o el poema de la fuerza» interpreta la epopeya de Homero como un espectáculo inhumano cuyas lecciones son completamente contemporáneas. Para Weil, el poema es un «estudio de los extremos y de los actos injustos de violencia», que presenta un retrato inquebrantable de lo que la fuerza hace a los humanos que la ejercen y la sufren por igual. O bien «convierte a un hombre en una piedra», escribió, o bien, «ejercitado hasta el límite, lo convierte en un cadáver».

La importancia contemporánea del texto de Weil reside no solo en su descripción de los efectos de la fuerza sobre los individuos, sino también sobre las sociedades y civilizaciones que caen bajo su influencia. En la raíz de tantas de nuestras crisis morales y políticas actuales se encuentra lo que Weil, al describir la vida bajo el fascismo europeo, denominó «la adoración del poder en su forma más brutal».

La vulgaridad de la guerra estadounidense e israelí contra Irán es solo la última demostración del poder profético de Weil. Desde el inicio de los bombardeos, los beligerantes han hecho pocos esfuerzos por justificar legal o moralmente el asesinato: dicho sin rodeos, creen que el poder de dominación otorga licencia para matar. Al negarse a articular una justificación coherente para iniciar lo que ahora se ha convertido en un conflicto regional, con consecuencias incalculables, Trump y Netanyahu han enviado un mensaje claro: actuaron porque podían.

Pete Hegseth, secretario de Guerra de Estados Unidos, se jactó de que los iraníes se enfrentarán a «muerte y destrucción desde el cielo todo el día» y anunció que «los estamos atacando mientras están caídos, que es exactamente como debe ser». Nos muestra lo que Dwight Macdonald (quien primero presentó el ensayo de Weil a los lectores anglófonos cuando lo publicó en Politics en 1945) describió como «la máxima devastación física acompañada del mínimo significado humano». CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 22 de octubre de 2025

"GRACIAS POR EL REGALO". Manuel Vincent, El País

Uno está muerto y no lo sabe si no reacciona ante la maldad y la estupidez que contempla cada día

Decía Maquiavelo: si tienes que hacer daño, que sea rápido, contundente y demoledor. Al enemigo que no puedas matar, no lo hieras, puesto que estarás siempre a merced de su venganza. Extírpalo con toda su familia como se arranca una hierba con sus raíces y semillas. En cambio, si tienes que hacer el bien, adminístralo en pequeñas porciones para que la víctima crea que es larga tu misericordia. Si alguien te está ahogando y al llegar al punto de la asfixia decide aflojar la zarpa sobre tu cuello, pensarás que estás obligado a darle las gracias. Después del abominable atentado de Hamás, el haber asistido en directo durante dos años al espectáculo de los bombardeos de Gaza con la muerte de decenas de miles de mujeres y niños; después de contemplar a diario el panorama de la completa devastación de una ciudad, uno puede llegar a pensar que también ha sido demolido por dentro y que su alma forma parte de los escombros. Entre los escombros puede haber muchos cadáveres aplastados. Podrías llegar a creer que también tú eres uno de ellos. De hecho, ir de zombi por la vida es lo último que se lleva. Uno está muerto y no lo sabe si no reacciona ante la maldad y la estupidez que contempla cada día. Mientras sucedía el genocidio de Gaza, Netanyahu se hacía injertar pelo para peinarse el flequillo disimulando la calva. ¿Es posible mayor escarnio? Pero ha sido suficiente que se declarara el alto el fuego para que la crueldad de Netanyahu mostrara el rostro humano, como si el Yahvé feroz del Antiguo Testamento se tornara de repente en el ser bondadoso del Evangelio. Moisés fue llamado por Yahvé a la cumbre del Sinaí para recibir las tablas de la ley. El pueblo esperó al pie del monte 40 días a que el profeta bajara la roca tallada con los diez mandamientos. El quinto decía: no matarás. Pero durante la espera el pueblo decidió adorar a un becerro de oro y Moisés oyó a su espalda que Dios le gritaba: “Mátalos”. Así puede terminar el alto el fuego. Gracias por el regalo.

miércoles, 24 de septiembre de 2025

"EN ISRAEL NECESITAREMOS UN LENGUAJE NUEVO DESPUÉS DE ESTA GUERRA". Etgar Keret, El País 29 AGO 2025

El cuerpo de una niña víctima de los ataques de Israel,
en el hospital de Al-Shifa, en Gaza

El hombre que me increpa por protestar y yo tenemos algunas cosas en común: los dos pensamos que este Gobierno es una vergüenza

Casi todos los sábados por la noche, mi esposa y yo participamos en Tel Aviv en una vigilia silenciosa, en la que cada uno sostiene una fotografía de un niño de Gaza asesinado por los recientes ataques de las Fuerzas de Defensa de Israel. Son muchos. Permanecemos allí durante una hora.

Algunos transeúntes se detienen a mirar las fotos y leer los nombres de los niños; otros nos insultan y siguen andando. Curiosamente, al contrario que en muchas otras protestas contra el Gobierno a las que asisto, en las que me siento un poco inútil, en esta vigilia sí siento que estoy haciendo algo. No es mucho, pero estoy facilitando el encuentro entre un niño muerto y la mirada de una persona que no sabía que existía ese niño.

Hace unas semanas, la vigilia fue más tensa de lo habitual. Hamás acababa de publicar un vídeo monstruoso en el que se veía al rehén israelí Evyatar David, esquelético, cavando su propia tumba por orden de sus captores. Algunas personas se pararon junto a nosotros. Un hombre en bañador me miró fijamente y me preguntó si había visto el vídeo: “Él es tu gente. Su foto es la que deberías alzar. ¡La suya!”. Otra mujer se detuvo y nos gritó: “¡Todo es propaganda de Hamás! ¿No os dais cuenta? Esos niños, es todo inteligencia artificial. ¡No son de verdad!”.

Me habría sido fácil discutir, mostrarme condescendiente con ellos y lo que decían. Pero, como la vigilia es silenciosa, tuve que limitarme a mirarlos y callar. Nunca se me ha dado muy bien callarme. En cierto modo, soy como los comentarios del director cuando da a conocer su versión de una película; siempre tengo respuesta o explicación para todo. Antes pensaba que era el único que lo hacía, pero ahora, con la ubicuidad de las redes sociales, parece que todo el mundo se ha vuelto como yo.

El hombre en bañador intentó que le respondiera y, cuando vio que no lo hacía, cambió a toda prisa y se dio cuenta de que podía seguir hablando sin obstáculos. Su intento de provocar una discusión pronto se convirtió en una peculiar mezcla de monólogo interior y publicación de Facebook. Habló de vidas perdidas, de enemigos, de este país nuestro y en qué demonios se ha convertido, de los rehenes, de su servicio en la reserva y de su sobrino, que está destacado en Gaza.

Lo que decía me hizo pensar que teníamos algunas cosas en común: los dos pensamos que este Gobierno es una vergüenza y los dos hemos perdido a alguien y algo de nosotros mismos en los últimos 22 meses. La diferencia es que yo muestro una foto de un niño palestino asesinado por soldados israelíes y que haga eso, desde su punto de vista, es un acto que no tiene explicación ni significado posible. Ni siquiera tiene nombre.

De repente, toda la situación me pareció, más que una disputa política, una moderna Torre de Babel, cuando Dios hizo que todos hablaran distintas lenguas para interrumpir su empeño en que la torre fuera cada vez más alta, para contener la arrogancia humana. Esta de ahora una historia en la que todos vivimos en un mismo edificio e intentamos alcanzar las nubes. El edificio no deja de crecer y nosotros subimos con él, cada vez más arriba: sabemos más, tenemos más seguridad, nuestros propósitos pesan cada vez más, pero, en algún momento —y no solo por arrogancia—, perdemos nuestra capacidad fundamental de comunicarnos. Estamos todos atrapados en nuestras propias fuentes de información, nuestros propios lenguajes, nuestros datos y conclusiones diferentes, cada vez más consolidados. Cuando dejamos de contemplar las paredes de la torre y miramos a los ojos del otro, lo que vemos nos resulta completamente extraño.

Al final del relato bíblico, el pueblo renuncia a su proyecto de construir la torre. Muchas historias de la Biblia terminan mal y la nuestra parece ir por el mismo camino. A menos, claro está, que nosotros —yo, el tipo en bañador y todos los demás— volvamos a encontrar un lenguaje común, una lengua que tenga nombre para todo, incluso para una persona que sostiene la fotografía de un niño muerto.
Etgar Keret es escritor y director de cine israelí. Su último libro traducido al castellano es "Avería en los confines de la galaxia" (Siruela).

sábado, 20 de septiembre de 2025

"UN PROBLEMA DE IMAGINACIÓN". Juan Gabriel Vásquez, El País 14 SEPT 2025

MIKEL JASO
La atención humana tiene límites y ahora está colonizada por la frivolidad organizada y el entretenimiento sin tregua

He vuelto a recordar por estos días una anécdota que he repetido muchas veces, de viva voz y por escrito, porque sirve para hablar de muchos lugares aparte del lugar donde ocurrió. La solía contar el escritor israelí Amos Oz, que murió en 2018 y no alcanzó a ver los atentados terroristas de Hamás ni el genocidio que perpetra todos los días, y ante la mirada de todos, el régimen asesino de Benjamin Netanyahu. Se la había contado su amigo Sami Michael, escritor y judío como él y, como él, defensor de la creación de un Estado palestino independiente: es decir, de la calumniada y ya tal vez irrealizable solución de los dos Estados. Sami Michael, al contrario que Oz, murió en un mundo donde ya el gobierno de Netanyahu había tenido tiempo de inscribirse con pleno derecho en la historia universal de la infamia. No sé qué haya pensado frente a los horrores que llenaban ya las noticias cuando murió; sé que saldría a las calles junto a Etgar Keret y otros miles que protestan en silencio —y corriendo riesgos— contra las atrocidades de su gobierno. Pero eso es otro tema.

La anécdota es la siguiente.

Iba Sami Michael en taxi por la ciudad de Haifa cuando, de repente, el taxista empezó a soltarle un discurso sobre lo importante que era para Israel matar a todos los árabes. En lugar de gritarle nazi o fascista y bajarse del taxi, como había hecho otras veces, Michael decidió esa vez razonar con el hombre. “¿Quién cree usted que debería matar a todos los árabes?”, le preguntó. “Nosotros”, dijo el taxista. “Los judíos israelíes”. “¿Pero quién exactamente?”, preguntó Michael. “¿La policía? ¿El ejército? ¿Los bomberos? ¿El cuerpo médico?” El taxista dijo: “Pienso que deberíamos dividirlo en partes iguales. Cada uno de nosotros debería matar a alguno”. “De acuerdo”, dijo Michael. “Suponga que a usted le toca un barrio residencial de su ciudad natal en Haifa y llama usted a cada puerta y toca el timbre y dice: ‘Disculpe, señor, o disculpe, señora, ¿no será usted árabe, por casualidad?’ Y si la respuesta es afirmativa, le dispara. Luego termina con su barrio y se dispone a irse a casa, pero al hacerlo oye en alguna parte del cuarto piso del bloque llorar a un recién nacido. ¿Volvería para dispararle?” Entonces se produce un momento de silencio y al final el taxista responde: “¿Sabe, señor? Usted es un hombre muy cruel”.

Amos Oz incluyó la anécdota en una conferencia del año 2000, y es imposible no maravillarnos por lo mucho que han cambiado esas palabras y sus implicaciones en un cuarto de siglo. Por otra parte, hay algo que no ha cambiado nunca: la anécdota le gustaba a Amos Oz porque ponía en escena la relación extraña que existe entre el fanatismo y la falta de imaginación. Tan pronto le pedimos al fanático que vaya un poco más allá —venía a decirnos Amos Oz—, tan pronto le pedimos que imagine las consecuencias de su odio o a los seres humanos sobre los cuales habrán de recaer esas consecuencias, se abre una grieta en su fanatismo. Digo que esto no ha cambiado nunca y de inmediato me pregunto: ¿será cierto? Tal vez ya no sean ciertas las verdades que Amos Oz podía tranquilamente asumir en el año 2000; tal vez hemos cambiado desde entonces, se me ocurre a veces, y la convivencia constante con las imágenes de la violencia nos ha acabado anestesiando, o las imágenes recurrentes y rutinarias del dolor ajeno han acabado por facilitarnos la convivencia con él. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 22 de agosto de 2025

"HAY QUE DETENER A ISRAEL". Iris Leal (novelista y columnista política del diario israelí Haaretz). El País 22 AGO 2025

El país al que huyó mi padre, un Estado fundado como refugio para los supervivientes del Holocausto, está matando de hambre a niños. Es posible cruzar la línea que separa a la víctima del verdugo

Igual que las fotografías en blanco y negro que se graban a fuego en la psique de todos los niños israelíes en el Día en Memoria del Holocausto —unas imágenes cuyo propósito es garantizar que nunca olviden lo que se le hizo a su pueblo—, veo ahora las imágenes que llegan de Gaza. Las imágenes de Muselmen, un término cargado de cruel ironía, acuñado en los campos, que significa “hombre musulmán” y se utiliza para describir a esas figuras esqueléticas que se encuentran en las últimas fases de la inanición. Veo cuerpos macilentos de adultos y niños física y mentalmente destruidos, con las mejillas demacradas, los ojos hundidos y una única expresión que es el reconocimiento mudo de la muerte inminente.

Soy la segunda generación de una familia superviviente del Holocausto. Mi padre llegó a Israel con su hermana mayor dentro de la Aliá de “los niños de Teherán” —sí, otra ironía—, así llamados porque viajaron a través de Teherán y permanecieron allí, hambrientos y desamparados, antes de embarcar hacia Palestina. Él tenía seis años y ella ocho. Huyeron de Polonia a Siberia, donde su madre, mi abuela, murió de tifus delante de ellos. Mi padre nunca hablaba de sus experiencias. Pudimos reconstruir los fragmentos de su infancia a partir de las historias que nos contó mi abuelo, que llegó a Israel años después.

Ahora, el mismo país al que huyó mi padre, un Estado fundado como refugio para quienes sobrevivieron al Holocausto, está matando de hambre a niños e impidiendo que los bebés tengan acceso a leche de fórmula. Sus soldados disparan contra las multitudes hambrientas que se amontonan alrededor de los camiones de ayuda para hacerlos retroceder.

Si alguien me hubiera dicho, cuando se fundó este país, que llegaría un día en el que un Gobierno odioso encabezado por Benjamín Netanyahu iba a imponer deliberadamente el hambre en Gaza, me habría parecido inimaginable. Aunque me lo hubieran dicho en hebreo, me habría parecido una lengua extranjera. Los campos de concentración. El asesinato en masa de civiles. La destrucción sistemática de infraestructuras. El hambre como herramienta de dominación. La aniquilación de familias enteras. Creía que estos eran unos horrores que solo existían en el vocabulario histórico alemán.

Sin embargo, el 7 de octubre, el ministro de Defensa israelí, Yoav Gallant, calificó a todos los gazatíes de “animales humanos” y anunció el asedio total. El ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, declaró que no se permitiría la entrada de ni un solo grano de comida. Varios generales retirados propusieron la estrategia de matarlos de hambre y elaboraron los planes. Los manifestantes de extrema derecha impidieron el paso de los convoyes de ayuda. Casi ningún periodista alertó a la población. Los principales medios de comunicación dieron pocas informaciones, hasta hace solo unos días. La oposición continúa en silencio.

Y así hemos llegado a este momento en el que mi país está inventando cada día nuevas formas de morir: por bombardeos aéreos, francotiradores, hambre, sed, asfixia o sepultados bajo los escombros. Ahora, con los hospitales en ruinas y tantos médicos asesinados, la muerte llega por falta de atención médica. Los voluntarios extranjeros que han entrado en este infierno cuentan que los trabajadores sanitarios de Gaza han adelgazado hasta 30 kilos. Trabajan envueltos en la bruma provocada por el hambre, mareados después de varios días de subsistir con un solo plato de arroz.

Después de una semana de silencio, mi contacto en Gaza respondió a mi mensaje. “No estoy bien”, escribió. “Estoy exhausto todo el día por falta de comida. Mi estado mental es el peor que he tenido jamás”. Leí sus palabras y lloré. Era lo único que podía hacer por un hombre al que mi país está matando poco a poco. Llorar y escribir. Llorar y protestar. Dos días después, con nuestra mesa de viernes por la noche rebosante, vuelvo a preguntarle. ¿Ha conseguido comer? “Sí”, responde. “Pero solo una vez. Una comida al día”.

La pregunta de cómo sucedió —cómo dejaron los alemanes y los polacos que se desencadenara el horror, cómo vieron el humo de las chimeneas, la llegada de los trenes y la construcción de la maquinaria de la muerte y no ofrecieron resistencia— atormenta a todos los israelíes. Quienes han leído a Primo Levi, el cronista más importante del Holocausto y superviviente de Auschwitz, conocen su advertencia. Pero fue, sobre todo, una advertencia para los judíos: “Porque Auschwitz lo crearon unos seres humanos”, dijo, “y nosotros somos seres humanos”.

Hoy debemos afrontar sin reservas lo que muchos israelíes siguen rechazando con una actitud furiosamente defensiva: que, aunque el Holocausto fue un acontecimiento singular en la historia de la humanidad, es posible cruzar la línea que separa a la víctima del verdugo.

Todavía hay israelíes que no han perdido los rescoldos de la conciencia. Se manifiestan en la calle llevando fotografías de niños hambrientos en Gaza. Cargan con sacos de harina y se arriesgan a sufrir agresiones de transeúntes que les gritan “traidores”. Muchos israelíes, torturados por el recuerdo de la masacre perpetrada por Hamás el 7 de octubre, piensan que el Holocausto ha vuelto. Sumidos en el terror y la impotencia, han permitido que esta guerra se convierta en una bárbara cruzada de venganza, al servicio del espejismo de una victoria total. Hay que detenernos, hay que detener a nuestro Gobierno.

Donald Trump y Benjamín Netanyahu —dos líderes carentes de empatía— forman una alianza tóxica. El mundo debe intervenir. Hay que obligar a Israel a inundar Gaza de alimentos. Hay que levantar hospitales de campaña para tratar la desnutrición aguda en los lugares en los que ya no basta con llevar comida y agua. Hay que enviar médicos para sustituir a los que han resultado heridos o han muerto por los ataques israelíes. Israel debe declarar un alto el fuego inmediato, lograr la liberación de todos los rehenes, retirarse de Gaza y, si se le solicita, ayudar a reconstruirla.

Después de todo eso, la sociedad israelí deberá iniciar una larga labor de expiación: un Yom Kippur de un año de duración que incluya el ayuno, la introspección, la confesión, el remordimiento y la petición de perdón.

domingo, 17 de agosto de 2025

"DE ESO VA TODO". Juan José Millás, El País 17 AGO 2025

Zainab Abu Haleeb, una niña palestina de cinco meses completamente desnutrida,
recibe tratamiento en el hospital Nasser en Jan Yunis.

Usted, tranquilo, que esto no va con usted. Las costillas de esa bebé desnutrida no son las suyas, ni siquiera son las costillas del mundo ni, por lo tanto, las de Europa. Tampoco son las costillas de la decencia ni de la moral públicas, son unas costillas individuales, unas costillas de cartílago, ya que no han comenzado a osificar. Resultan fáciles de ver porque el esqueleto asoma con el hambre y eso es lo que le pasa a la niña, que tiene hambre. Lleva muchos días sin comer por decisión de algún general de ejército judío, uno de los más poderosos del mundo. La pequeña, según Netanyahu, pertenece a una organización terrorista que hay que exterminar. Mientras lo logra o no, va aniquilando cualquier vestigio de vida que se atraviesa en su camino.

Ahora le ha tocado a esta bebé cuyas piernecitas parecen las patitas de un pájaro perfectamente a juego con el rostro afilado y envejecido, que son signos también de la penuria que la consume. Como la fotografía tiene sus límites, en la imagen no se aprecia, pero lo más probable es que, además del abdomen hinchado, tenga la piel seca, lo que provoca una picazón insoportable. Llora también por eso, por la picazón y por las agujas con las que la mantienen intubada. Conocido su estado, es casi imposible que llegue a gatear algún día, que llegue a hablar, que se llegue a sentar. Ocupará un espacio minúsculo en un agujero hecho en el mismo suelo sobre el que quizá, una vez exterminados todos los gazatíes, se levante una urbanización de lujo en la que los ricos de este mundo puedan pasar al fin unos días de descanso. De eso va todo.

miércoles, 13 de agosto de 2025

"‘LOCUS HORRIDUS’: EL SENTIDO DE LA BANALIDAD DEL MAL EN GAZA". Ana Carrasco-Conde, El País 11 AGO 2025

Martín Elfman
Quien ordena matar de hambre a la población, ¿no sabe lo que está haciendo? Quien dispara a quien busca víveres, ¿es un cumplidor de la ley?

Cuando Jean Améry escribió sobre su experiencia en los campos de concentración y describió las torturas a las que se vio sometido durante su encarcelamiento en Más allá de la culpa y la expiación. Tentativas de superación de una víctima de la violencia (1966), la polémica tesis sobre la banalidad del mal propuesta por Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén (1963) ya contaba con cierta aceptación y se iba consolidando. Era duro aceptarlo. Con el paso del tiempo se ha convertido en uno de los mayores tópicos a la hora de explicar el mal en situaciones que no nos entran en la cabeza, aunque nos echemos las manos a ella. Se emplea muchas veces así como lugar común, como especie de locus amoenus horaciano transformado en locus horridus, es decir un lugar espantoso, sobrecogedor e inquietante, deshumanizado y atravesado de fuerzas indómitas, como se reformula en la literatura medieval. Aparece antes en la tradición hebrea, como en Deuteronomio 32:10, donde se asocia al páramo y al aullido de alimañas (yelel, en hebreo yəlêl). Efectivamente, es horrendo si pensamos que cualquiera puede hacer el mal, cualquiera puede ser un monstruo o una alimaña, cualquiera puede colaborar activamente o con su inacción a una matanza y tener al mismo tiempo la conciencia tranquila al no reflexionar sobre sus consecuencias.

Con el genocidio en la Franja de Gaza ha irrumpido con fuerza la formulación de Arendt. Estamos ante un ejemplo de banalidad del mal, aunque al sostener tal cosa podemos incurrir en un ejercicio de banalización del daño que, lejos de ayudarnos a entender, cierra la discusión al etiquetarla. Sin embargo, precisamente lo que quiso Arendt fue abrir la reflexión para favorecer la comprensión de las causas y consecuencias de ciertos fenómenos asociados a una ideología totalitaria cuando queda alterada la capacidad de juzgar moralmente.

Vayamos a la tesis de Arendt muy esquemáticamente. Sus reflexiones se centraron en dos elementos: la colaboración de los Judenräte con las SS y el papel del burócrata Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS y responsable de la logística de transporte. Todas las descripciones de Eichmann coinciden: un hombre gris y mediocre, un cualquiera. En su defensa se presentó como “un ciudadano cumplidor de la ley”, como se titula el capítulo octavo del informe de Arendt. Nunca se consideró culpable porque “solo” seguía órdenes. Esto conduce a Arendt a enfocar el problema del mal en la capacidad de juzgar o, mejor dicho, en la incapacidad de reflexionar sobre las consecuencias de los propios actos. De ahí la noción de banalidad: el mal no es banal porque sea trivial sino porque, frente a la tesis kantiana del mal radical, el mal puede extenderse superficialmente en el momento en el que los seres humanos dejan de cultivar su reflexión. Dejan de ser personas para transformarse en seres sin conciencia. Nada más nihilista y peligroso. En una carta a Gershom Scholem de 1963 escribe: “Puede crecer desmesuradamente y reducir el mundo a escombros porque se extiende como un hongo por la superficie”. Cuando toleramos el mal o lo justificamos, lo perpetuamos y lo extendemos. Eichmann era un cualquiera. Cualquiera puede cometer un genocidio. Pero no, no cualquiera puede.

En 1999 fueron encontradas las cintas originales de la transcripción de la entrevista que Eichmann, en libertad, concedió en 1957 en Buenos Aires al periodista holandés nazi Willem Sassen y donde cuenta orgullosamente su labor. Esta transcripción, que apareció resumidamente en la revista Life, fue desestimada en el juicio de 1961 porque no se hallaron los audios. La imagen de Eichmann es otra, como muestra el documental de Yariv Mozer, La confesión del diablo: las cintas perdidas de Eichmann (2022). Fueron muchas las horas de grabación que fueron corregidas a su vez por Eichmann en las transcripciones. En ellas se oye: “Si hubiéramos asesinado a diez millones trescientos mil de estos enemigos entonces, diría con satisfacción, habríamos cumplido nuestra tarea”. Habla del orgullo de la raza a la que pertenece. No solo fue un burócrata, sino que creía en lo que hacía: “Cualquier cosa por el bien de mi raza. Esa es la ley sagrada”. Se lamentaba de la escasez de tiempo y de la falta de competencia de sus superiores a los que tuvo que desobedecer para ser más eficaz. CONTINUAR LEYENDO.

lunes, 11 de agosto de 2025

"NETANYAHU USA EL HAMBRE COMO ARMA DE GUERRA". Gadi Algazi, El País 20 JUL 2025

El primer ministro israelí está ejecutando un plan premeditado de hambruna para arrinconar a la población palestina en el sur de la Franja. La ubicación allí de los centros de distribución de alimentos —cuatro para dos millones de personas— es el instrumento que usa para forzar los desplazamientos. La limpieza étnica avanza inexorable

En muchas ciudades de Israel se pueden oír las explosiones o sentir la sacudida de los bombardeos israelíes en Gaza. Las casas tiemblan. Al fin y al cabo, este es un mismo país que comparten dos pueblos y es muy pequeño. Los ruidos cuentan la historia de familias enteras asesinadas y de casas demolidas, una tras otra. El enclave de Gaza está siendo destruido. Para ahorrar dinero, el ejército contrata a empresas privadas para que derriben las casas con excavadora. Ahora sabemos cuánto se les paga por cada casa y que muchos de ellos son colonos radicales de Cisjordania, convencidos de que tienen la histórica misión de aprovechar la oportunidad para arrasar Gaza y colonizarla. Pero todos nosotros, israelíes, compartimos la responsabilidad de lo que está sucediendo.

Sé que las matanzas y la decisión de dejar morir de hambre a la población civil y retener el combustible, el agua o la comida para los bebés han dejado de ser noticia. Las atrocidades actuales se ahogan bajo el ruido continuo de las informaciones sobre las atrocidades pasadas. Cada vez es más difícil comprender el significado de lo que sucede y la guerra de Gaza está pasando a un segundo plano. Pero debemos ser conscientes de que lo que está ocurriendo tiene una trascendencia histórica y no es meramente otra ronda más de asesinatos sin sentido. Si dejamos que continúe, determinará el futuro tanto de los palestinos como de los israelíes y sus repercusiones no solo se harán sentir entre los pueblos de Oriente Próximo.

Lo que está en juego es la expulsión en masa de los palestinos de Gaza; en otras palabras, una limpieza étnica. Tenemos tendencia a pensar que la expulsión es un instante dramático en el que se obliga a la gente a abandonar su hogar en camiones, autobuses o a pie. Pero es la culminación de procesos más largos, como podemos ver con las comunidades palestinas de Cisjordania, que se ven obligadas a huir de sus hogares después de años de terror a manos de los colonos y el ejército. El desplazamiento de un pueblo es un proceso, no un hecho aislado, y ese proceso ya ha comenzado. Todavía se puede parar, pero para ello es necesario que tengamos claro lo que está pasando bajo la cortina de humo de la guerra: el expolio y la expulsión masiva de corte colonialista. CONTINUAR LEYENDO


Gadi Algazi (Tel Aviv, 1961) es historiador social, profesor de Historia en la Universidad de Tel Aviv y activista. Está especializado en la Europa occidental entre 1400 y 1600, así como en la historia de Israel y Palestina en las décadas de 1950 y 1960. En 1979 fundó el primer grupo de jóvenes soldados que se negaron a prestar el servicio militar en los territorios ocupados y, tras un año en prisión, fue liberado y eximido del servicio.

sábado, 19 de abril de 2025

"UN NIÑO PALESTINO SIN BRAZOS Y CON NOMBRE: MAHMOUD". Isaac Rosa, elDiario.es 18 ABR 2025

'Mahmoud Ajjour, de nueve años'
No sé a ti, pero a mí me ha roto la foto ganadora del World Press Photo de este año, de la palestina Samar Abu Elouf: el retrato del pequeño Mahmoud Ajjour, que perdió los dos brazos en un bombardeo israelí. Perdón, corrijo: no “perdió” los brazos, no se le cayeron; se los arrancó un bombardeo israelí.

Me ha roto la foto de Mahmoud, pero no voy de sensible ni intento amargarte la semana santa, qué va: reconozco que me ha roto por un motivo personal, anecdótico y hasta frívolo: Mahmoud se parece a mi sobrino Asier, tiene una expresión muy similar, la forma de la boca, la mirada, el cuerpo delgadito y moreno. La vi y lo primero que pensé: cómo se parece a Asier.

Me fijé en la foto, no por la doble amputación, fotografiada con tanta delicadeza que puede incluso pasar desapercibida, no darnos cuenta de que le faltan los brazos. Yo no me fijé por los muñones, sino por el parecido con mi sobrino, y este parecido me hizo ver de pronto a Mahmoud, un niño real y vivo, con nombre propio y vida propia y una mirada entre triste y ensoñadora. Un niño como mi sobrino, tras dos años y medio viendo niños asesinados, aplastados, mutilados, despedazados, quemados, ensangrentados, que me dolían pero en los que no veía a los niños que habían sido o que podrían haber sido en el futuro: solo veía niños genéricos, palestinos genéricos, cadáveres genéricos, amputados genéricos; despersonalizados como pasa siempre con las víctimas, y en el caso de los palestinos además deshumanizados.

Llevamos dos años y medio de matanza en Gaza, con capítulo aparte de infanticidio: más de 15.000 menores asesinados, y otros 34.000 heridos, entre ellos muchos sin brazos o piernas. Solo en las últimas semanas, desde la ruptura de la tregua, Israel ha asesinado a más de 500 niños, a un ritmo diario superior al de los meses anteriores, como si estuviese acelerando el exterminio infantil. Con la impunidad de quien sabe que por asesinar y mutilar niños no le van a expulsar ni de Eurovisión.

Dos años y medio viendo niños genéricos, hasta que he visto a Mahmoud y me ha impactado el parecido físico con mi sobrino Asier, y de pronto he visto a un niño, y he visto sus brazos que le arrancaron y he visto todo lo que hace mi sobrino con las manos y que Mahmoud ya solo podrá hacer con los pies, con ayuda de sus cuidadores, con prótesis algún día si la suerte le acompaña; y he visto manos infantiles, las de Asier y las que ya no tiene Mahmoud, manos que juegan, dibujan, escriben, teclean, cogen libros y juguetes, sujetan cubiertos y vasos, trepan, botan, rompen, exploran, acarician, rascan, hurgan, pellizcan o toman otra mano.

Lo he pensado al ver la foto, al ver el parecido de Mahmoud con Asier, y he sentido una profunda vergüenza, la verdad. Vergüenza propia por no haber visto antes a ningún niño palestino porque no se parecían a mi sobrino. Vergüenza propia porque, al no ser mi sobrino, me olvidaré de él en seguida. Y vergüenza propia de no hacer más que escribir este artículo, el típico artículo horrorizado pero inofensivo, no hacer más para impedir que niños como Mahmoud sigan perdiendo brazos, piernas, padres, madres, hermanos, el futuro, la vida.

viernes, 18 de abril de 2025

"EL DISCURSO QUE NO SE PUDO ESCUCHAR EN EL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BUCHENWALD". Omri Boehm, El País 13 ABR 2025

Supervivientes en el campo de exterminio de Buchenwald,
cerca de la ciudad de Weimar (Alemania), en 1945.
El filósofo israelo-alemán Omri Boehm, nieto de un superviviente del Holocausto y crítico con Netanyahu, iba a pronunciar un discurso en el 80º aniversario de la liberación de Buchenwald. Pero su participación fue cancelada por las presiones de la Embajada israelí en Berlín, según ‘Der Spiegel’. Ofrecemos íntegra su intervención

El historiador judío-estadounidense Yosef Hayim Yerushalmi fue uno de los más profundos conocedores de la historia de la memoria judía. Su obra más destacada, Zakhor, que se publicó en alemán en 1988 con el título Zachor-¡Recuerda!, termina con una pregunta: “¿Y si lo contrario del olvido no fuera el recuerdo, sino la justicia?”. El propio Yerushalmi nunca respondió a la pregunta hasta su muerte en 2009, ni se molestó en explicar lo que quería decir con ella. Y, sin embargo, constituye un buen punto de partida para reflexionar sobre el significado y la fuerza del recuerdo en un momento en que ese recuerdo se enfrenta a nuevos e intolerables desafíos.

Según Yerushalmi, la tradición judía distingue claramente entre la historia y la memoria. La historia se escribe en tercera persona, y su objetivo es transmitir conocimientos fácticos sobre el pasado. La memoria, en cambio, solo puede contarse en primera persona, ya sea singular o plural; y no es puramente objetiva ni estrictamente descriptiva, sino que nos interpela, nos insta a actuar. La diferencia fundamental es, por tanto, que mientras la historia trata realmente del pasado, el recuerdo en realidad se orienta hacia el presente y el futuro. Y esa es también la razón por la que es posible recordar y, sin embargo, olvidar. En otras palabras, lo contrario del olvido no es solo conocer el pasado, sino también acatar en el futuro las obligaciones que nos impone dicho pasado.

El objetivo moral más elevado

Esta constatación nos permite resolver una contradicción que parece constituir la esencia de la vida y del pensamiento judíos. Por un lado, el judaísmo se caracteriza por ocuparse intensamente de la memoria; por otro, constituye una tradición profética que se interesa principalmente por el futuro o incluso por la utopía y el ideal. Y no es ninguna contradicción, ya que cuando los profetas exhortan una y otra vez “¡recuerda!”, ¡zakhor!, en realidad quieren que no olvidemos nunca que solo podremos honrar el pasado si buscamos la justicia en el futuro.

Pero me gustaría ir más lejos en esta argumentación porque, en mi opinión, las reflexiones de Yerushalmi a este respecto no son más que el comienzo. El objetivo más elevado que nos marcan los profetas, de hecho, no es la justicia, sino la paz. Martin Buber, por ejemplo, lo vio claramente. Pero fue Hermann Cohen quien lo expresó de manera más rotunda, cuando explicó que la justicia no puede ser el objetivo moral más elevado, porque depende de la ponderación y valoración, y, por tanto, es en sí incompleta y sesgada. La paz, por el contrario, representa en la tradición judía lo que para los griegos era la armonía: la perfección, el todo. La palabra shalem en hebreo significa “completo”, y es el origen de la palabra hebrea para paz: Shalom. La paz viene a completar la justicia universalizándola. ¿Es posible entonces que lo contrario del olvido no sea ni el recuerdo ni la justicia, sino la paz?

Al hacer estas reflexiones, Cohen no solo se basaba en los profetas, sino también en el ideal fundamental de la Ilustración, al que Kant dedicó su obra más influyente: Sobre la paz perpetua. Frente a la doctrina de Heráclito según la cual “la guerra es el padre de todas las cosas” (que desde siempre convence a todos los que se consideran “realistas”), los profetas hebreos y Kant plantean una alternativa radical: para ellos, el origen de las relaciones humanas, de la política humana y del derecho humano no es la supuesta necesidad de la guerra, sino el ideal de la paz. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 23 de marzo de 2025

"DESPUÉS DE GAZA". Antonio Muñoz Molina, El País 8 MAR 2025

FRAN PULIDO
Aunque seamos testigos impotentes, tenemos la responsabilidad de mirarlo todo con los ojos abiertos, sin que unas formas de barbarie nos cieguen sobre otras

Ahora nuestro destino es contemplar pasivamente el progreso acelerado de la inhumanidad en el mundo, así como las borracheras de obscena felicidad de quienes lo hacen posible o se benefician de él o simplemente celebran su triunfo como un desquite contra un adversario irrisorio y disperso: lo woke, las feminazis, los trans, los beatos del lenguaje inclusivo, de la empatía y el buenismo, los pelmazos del cambio climático, los represores que ya no dejan hacer chistes sobre negros, maricones y cojos y además quieren prohibir la caza y las corridas de toros, y hasta dicen que los animales sufren y pueden tener derechos. Pasivamente, confortablemente, contemplamos hace ya tres años cómo un pequeño país era invadido por otro gigantesco. La gente de Ucrania detuvo en seco e hizo retroceder una invasión que todo el mundo consideraba victoriosa de antemano, y eso fue una llamarada de esperanza durante algún tiempo. Pero la realidad de la destrucción y la muerte y de la pura fuerza bruta de un país inmenso regido por gánsteres pronto impusieron una monotonía del horror que anestesiaba la atención y también el sentimiento de solidaridad y de ultraje.

Bien mirado, esa condición de testigos impotentes y desbordados por lo inconcebible empezó mucho antes, en el comienzo mismo de este siglo sombrío, con el atentado de las Torres Gemelas y con las dos invasiones vengativas de Afganistán e Irak, en aquellas guerras de nombre metafísico —War on Terror, ni siquiera on Terrorism: el terrorismo, en sentido estricto, es una actividad política criminal que puede ser combatida por la policía y por los jueces, como nosotros los españoles sabemos muy bien—. El Terror, con mayúscula, está entre la pura abstracción y la fantasía apocalíptica. En nuestro presente angustioso no hay diplomático ni comentarista político que no lamente la pérdida de un orden internacional no regido por la fuerza, sino “basado en reglas”, pero estará bien recordar que en 2001 y 2003 Estados Unidos invadió uno tras otro dos países de los que no había recibido ninguna agresión y que no constituían un peligro para nadie, salvo para sus desdichados habitantes, cuyas vidas no se puede decir que mejoraran bajo el dominio imperial de sus libertadores.

Nos toca ser testigos impotentes de la inhumanidad, y también de la hipocresía, y de los dobles raseros. Los verdugos encapuchados y en moto de Hamás, armados con sus fusiles de asalto y sus teléfonos móviles con los que grababan sus propios crímenes, cometieron el 7 de octubre de 2023 una masacre de 1.200 inocentes, y hubo personas y organizaciones supuestamente progresistas que evitaron condenar ese espanto, incluso que lo calificaron como un acto de resistencia legítima. Pero Israel emprendió inmediatamente después una venganza exterminadora contra toda una población que lleva ya durando año y medio, y la mayor parte de los gobiernos occidentales, y de los portavoces y opinadores de derechas, han mantenido o bien otro cuidadoso silencio o han apoyado explícitamente la matanza. Las bombas que destruyen escuelas y hospitales en Gaza y la metralla con que son abatidos mujeres y niños se las suministran al Gobierno supremacista de Israel las respetables democracias occidentales, incluidas las europeas, sobre todo Alemania, donde además cualquier crítica a Israel corre el peligro de incurrir en el delito de antisemitismo.

Ya que somos testigos a la fuerza impotentes, al menos nos cabe la responsabilidad de mirarlo todo con los ojos abiertos, sin que el escándalo de unas formas de barbarie nos ciegue sobre otras. Uno de esos observadores insobornables que tanta falta hacen ahora es Pankaj Mishra, de quien Galaxia Gutenberg acaba de publicar en español su último libro, El mundo después de Gaza. Mishra escribe una prosa clara y vehemente y tiene la avidez de saber y el sentido del rigor de los reporteros internacionales que han visto con sus propios ojos los desastres del mundo, y también la variedad feraz de las culturas y las vidas. Nacido en la India en las décadas posteriores a la independencia, su mirada periférica le permite una agudeza desapegada sobre la visión que los países principales de Occidente tienen de ellos mismos, acostumbrados a ejercer una hegemonía indiscutible sobre el resto del mundo, y esconder un pasado de violencia y rapacidad colonialista bajo el brillo de los valores democráticos que proclaman: esa “civilización occidental” que dice estar defendiendo Benjamín Netanyahu a golpes de limpieza étnica.

La hipocresía es tan escandalosa como la crueldad, y actúa como su aliada. La República Federal de Alemania, desde su fundación, recuerda Mishra, redujo al mínimo la persecución de los nazis y facilitó que muchos de ellos alcanzaran puestos importantes en la Administración y en el Gobierno, pero su apoyo económico y militar a Israel le sirvió de coartada contra cualquier acusación de complicidad con los perpetradores de la Shoah. Los antiguos aliados en la II Guerra Mundial se ungen con el mérito de haber derrotado al nazismo, pero ninguno de ellos, ni Estados Unidos, ni el Reino Unido, quiso acoger más que a un número exiguo de judíos fugitivos, a pesar de las evidencias de la persecución nazi y de las noticias que fueron llegando sobre los campos de exterminio. En los años de posguerra, el silencio y la indiferencia hacia lo que había sucedido en ellos se extendió también a Israel, donde reinaban una ética y una estética de vigor físico y energía de pioneros en la que había más desdén que compasión hacia las víctimas.

Pankaj Mishra es una de esas personas que descubrieron siendo jóvenes a Primo Levi, a Jean Améry y Hannah Arendt, y quedaron marcadas por la candente lucidez de esos judíos que a través del sufrimiento extremo y la voluntad de atestiguar y comprender nos legaron una visión insobornable de la naturaleza humana, desolada y al mismo tiempo esperanzadora. Ellos mismos son la prueba de lo mejor del ser humano, y a la vez nos avisan de la ferocidad que puede habitar en nuestros semejantes y dentro de cada uno de nosotros si las pasiones ideológicas o nacionales desbaratan los hilos frágiles de la convivencia y nos llevan a ver a otras personas como seres inferiores que merecen ser sometidos o eliminados. Levi, Arendt y Améry eran judíos secularizados, bien integrados en las sociedades que consideraban suyas, por lengua y cultura: nada de eso los salvó de ser perseguidos, y destinados a la muerte por el solo hecho de ser judíos. Levi y Améry, más que Arendt, vieron con esperanza la creación de Israel, pero muy pronto, como muchos otros judíos, en la diáspora y en el país recién fundado, alertaron sobre el peligro de un nacionalismo militarista, racista en su desprecio por la población árabe, y hasta por los mismos judíos que emigraban a Israel desde países musulmanes, gente de piel más oscura que los askenazíes de origen europeo. Y a todos ellos, víctimas del nazismo, les inquietaba el modo en que la memoria del Holocausto, ignorado durante tanto tiempo por los primeros dirigentes del país, se convirtiera poco a poco en una invocación de victimismo permanente para legitimar cualquier crimen, cualquier abuso, cualquier agresión, que los poderes israelíes cometieran contra la población palestina.

En uno de los libros más escalofriantes, más necesarios que yo he leído en mi vida, Más allá de la culpa y la expiación, Jean Améry cuenta que al primer golpe que recibe alguien sometido a tortura ya pierde para siempre su confianza en la condición humana. Poco antes de quitarse la vida, cuenta Mishra, leyó testimonios de presos palestinos torturados en calabozos israelíes. Se sintió entonces más extranjero y excluido que nunca, porque su patria no podía ser la de los torturadores.

miércoles, 5 de marzo de 2025

Entrevista a Pankaj Mishra, ensayista: “Trump y Putin son dos ‘gangsters’ poniéndose de acuerdo entre ellos”.

El ensayista indio, uno de los pensadores que de manera más brillante da voz al sur global, sostiene que la “limpieza étnica” que Israel está ejecutando es el presagio de una nueva cultura de la crueldad y la impunidad. Su nuevo libro disecciona el mundo que viene después de la invasión de Gaza

Pankaj Mishra (Jhansi, India, 56 años) pertenece a esa categoría de intelectuales como Edward Said o Arundhati Roy que utilizan con virtuosismo las herramientas de la cultura occidental para desmontar prejuicios y convencionalismos históricos. Para demostrar que otras partes del mundo, mucho más vastas y pobladas que Europa o Estados Unidos, tienen una perspectiva y una visión de los acontecimientos completamente diferente y propia.

Con un estilo preciso y profundamente creativo, Mishra ha sido capaz, durante una trayectoria de tres décadas, de crear novelas muy premiadas, como Los románticos (2000) o Corre a esconderte (2022), y volcarse además en el estudio de los grandes acontecimientos de la época actual con ensayos que han marcado el debate público, como La edad de la ira (2017), en el que ahonda en los orígenes de la gran oleada de odios que pueblan el mundo, o Fanáticos insulsos (2020), donde analizó por qué se impusieron el liberalismo y el capitalismo anglosajones como única alternativa posible.

Decide charlar con EL PAÍS en una mañana londinense gris y húmeda. El encuentro se produce en los alrededores de Oxford Circus. Mishra tiene hambre, y sugiere ir a comer algo a un restaurante indio muy popular. Apenas tocará su masala dosa, una crepe con relleno de patata y curry muy popular en el sur de la India.

Durante hora y media, hablará con pasión de su nuevo ensayo, El mundo después de Gaza. Una breve historia (de Galaxia Gutenberg, editorial que ha publicado gran parte de su obra), de su relación sentimental y crítica con el sionismo israelí y de su visión de la destrucción de Gaza como el presagio de una nueva cultura de la impunidad. Será el arranque de una conversación que incidirá en otros asuntos, como la crisis de Ucrania, la irrupción de Donald Trump o el ataque de la derecha contra lo que despectivamente llaman lo lo woke para referirse al feminismo, la lucha contra el cambio climático o a la defensa de un discurso razonable frente a la inmigración irregular.

viernes, 27 de septiembre de 2024

"A VER SI ASÍ SE ENTIENDE". Javier Gallego, elDiario.es 25 de septiembre de 2024

¿Y si Alemania le hubiera dado parte de su territorio a los judíos y los judíos hubieran hecho con los alemanes lo que los alemanes hicieron con los judíos? ¿Lo llamaríamos “legítima defensa” frente al Holocausto?

¿Qué hubiera pasado si el Ejército español en respuesta al terrorismo de ETA hubiera entrado a sangre y fuego en Euskadi, asesinando a más de 42.000 personas, casi el 80% mujeres y niños? ¿Qué habríamos dicho si el ataque hubiera obligado al 100% de los vascos a dejar sus casas bajo las bombas? ¿Qué habríamos hecho si el bombardeo de Gernika hubiera sido todos los días en todo el País Vasco durante un año hasta reducirlo a cenizas y polvo? ¿Qué hubiera pensado el mundo de nosotros si hubieran bombardeado escuelas y clínicas, masacrando a familias enteras, bajo la excusa de que ahí se ocultaban los terroristas, que utilizaban a los civiles como escudos? ¿Hubiéramos justificado la masacre porque, total, todos los vascos son etarras o les dan cobijo?

¿De verdad hubiéramos asistido impasibles a las imágenes de los cuerpos mutilados, de los niños muertos, de los familiares destrozados de dolor? ¿Nos hubiéramos callado si les hubieran dejado sin agua, comida, luz y medicamentos abocando a la muerte a los enfermos y heridos? ¿No hubiéramos alzado la voz al ver los bebés prematuros que morían por falta de medios? ¿Tampoco hubiera dicho nada la prensa mundial si hubieran asesinado a más periodistas que en ningún conflicto de la historia? ¿Hubieran venido los presidentes occidentales a felicitar a nuestro presidente después de llamar a las víctimas “hijos del mal”? ¿Nos hubiera parecido normal que el ministro de Defensa llamase “animales humanos” a los vascos mientras ordenaba su exterminio? ¿En serio se habría llamado “legítima defensa” a un genocidio en plena Europa?

¿Y si, como planteaba Maruja Torres en su última columna en la SER, Alemania les hubieran dado a los judíos parte de su territorio y los judíos hubieran hecho con los alemanes lo que los alemanes hicieron con los judíos? ¿Y si les hubieran ocupado las tierras, les hubieran asesinado y encarcelado, humillado y torturado, y les hubieran encerrado en un apartheid de guetos y campos, donde hubieran iniciado su extinción? ¿Lo llamaríamos “legítima defensa” frente al Holocausto? ¿Occidente apoyaría la colonización de Alemania? ¿Ayudaría también a los nuevos nazis? ¿Perseguiría también a los antinazis? ¿Seguiría llamando “democracia” a Israel y “terroristas” a los alemanes?

¿Y si Israel hiciese detonar a distancia cientos de buscas y walkies de la resistencia alemana, aniquilando al mismo tiempo a decenas de civiles, hiriendo a centenares, los medios lo llamarían por fin “terrorismo” o se dedicarían a elogiar el prodigio tecnológico y la habilidad de los servicios secretos? ¿Y qué haría Europa si Israel decidiera invadir Francia o Polonia porque está prestando ayuda a sus vecinos: dejaría que el nazismo israelí se extendiese por el continente como un cáncer, como se ha extendido por Palestina? ¿Y Estados Unidos saldría en defensa de los ocupantes y no de los ocupados porque tenemos una deuda histórica con los judíos que les da carta blanca para pasar de víctimas a verdugos? ¿Entonces esta vez las democracias del mundo se pondrían de parte del genocidio?

¿Entonces también estaríamos de parte de la invasión de Rusia a Ucrania porque nosotros estamos a favor del colonialismo? ¿Entonces también estaríamos del lado de los israelíes cuando invadiesen toda Europa como legítima defensa por lo que les hicieron? ¿Entonces estaríamos a favor de tener que salir huyendo cuando nosotros seamos los bombardeados? ¿Entonces nos parecería bien que Israel nos ocupe y nos encierre en la península como ha encerrado a los palestinos en Gaza? ¿Entonces nos dejaríamos someter dócilmente y llamaríamos “terrorista” a todo el que mostrase rebeldía? ¿Entonces aceptaríamos que nos llamasen a nosotros “invasores” cuando cruzásemos el Mediterráneo hacia África para huir de las bombas? ¿Entonces nos resignaríamos a morir en el mar y a ser recibidos a balazos en las fronteras?

¿O entenderíamos, por fin, quién es el invasor, el colonizador, el genocida, quién es el invadido, el oprimido, la víctima, cómo es posible que nadie haga nada para para detener al agresor y que nosotros no hagamos más para denunciar la mayor matanza jamás retransmitida, cómo nos tienen colonizadas las cabezas, cómo los medios llaman democracia al terrorismo y terrorismo a la autodefensa, por qué la piel y la religión importan y el lado de la frontera donde naces determina el lado de la historia al que perteneces? ¿Entenderíamos, por fin?

sábado, 4 de mayo de 2024

"NECESITAMOS UN ÉXODO DEL SIONISMO". Naomi Klein (elDiario.es 3 MAY 2024)

Judíos y simpatizantes celebran un Séder de Pascua para protestar contra la guerra en Gaza, el pasado 23 de abril, en el distrito de Brooklyn, Nueva York
No necesitamos ni queremos el falso ídolo del sionismo. Queremos liberarnos de un proyecto que comete genocidio en nuestro nombre

He estado pensando en Moisés y en la rabia que sintió al bajar del monte y encontrar a los israelitas adorando un becerro de oro. A la ecofeminista que hay en mí siempre le incomodó esa historia: ¿qué clase de Dios siente celos de los animales? ¿Qué clase de Dios quiere acaparar para sí todo lo sagrado que hay en la Tierra?

Pero hay una interpretación menos literal de la historia. Es una historia de falsos ídolos, de la tendencia humana a adorar lo profano y brillante, a fijarnos en lo pequeño y material en lugar de en lo grande y trascendente.

En este histórico y revolucionario Séder en la Calle [comida ritual de la Pascua hebrea], lo que esta noche quiero decirles es que una vez más son demasiados los que adoran a un falso ídolo que los tiene embelesados, embriagados y envilecidos. Ese falso ídolo se llama sionismo.

Es un falso ídolo que usa lo más profundo de nuestros relatos bíblicos sobre justicia y emancipación de la esclavitud —la propia historia de la Pascua—, para transformarlos en brutales armas de robo colonial de tierras, en hojas de ruta para el genocidio y la limpieza étnica.

Es un falso ídolo que ha cogido la trascendental idea de la tierra prometida —una metáfora de la liberación humana que a través de múltiples religiones ha llegado a todos los rincones del planeta—, y se ha atrevido a convertirla en el contrato de compraventa de un etnoestado militarista.

La interpretación que el sionismo político hace de la liberación es en sí misma profana. Desde un primer momento exigió con la Nakba la expulsión de los palestinos de sus hogares y tierras ancestrales. Desde un primer momento, estuvo en conflicto con el sueño de la liberación.

Estamos en Séder y vale la pena recordar que también hay que incluir el sueño de liberación y de autodeterminación del pueblo egipcio.

El falso ídolo del sionismo entiende que para la seguridad de Israel hacen falta una dictadura en Egipto y estados vasallos. Desde un primer momento ha fabricado un desagradable tipo de libertad en el que los niños palestinos no son vistos como seres humanos, sino como amenaza demográfica. De la misma manera que en el Libro del Éxodo el faraón temía por la creciente población de israelitas y ordenaba por ese motivo dar muerte a sus hijos.

El sionismo es un falso ídolo que ha traicionado todos los valores del judaísmo, incluido el que concedemos al cuestionamiento, una práctica que forma parte del Séder con las cuatro preguntas que el niño más pequeño debe formular

El sionismo nos ha traído hasta este momento de catástrofe y es hora de que lo digamos claramente: este es el lugar al que nos viene llevando desde siempre.

Es un falso ídolo que ha llevado a demasiados de los nuestros por un camino profundamente inmoral y que ahora les hace justificar la vulneración de mandamientos fundamentales: no matarás; no robarás; no codiciarás.

Es un falso ídolo que equipara la libertad judía con bombas de racimo que matan y mutilan a niños palestinos.

El sionismo es un falso ídolo que ha traicionado todos los valores del judaísmo, incluido el que concedemos al cuestionamiento, una práctica que forma parte del Séder con las cuatro preguntas que el niño más pequeño debe formular.

El sionismo es un falso ídolo que ha traicionado el amor que como pueblo profesamos por la palabra escrita y por la educación, justificando el bombardeo de todas las universidades de Gaza; la destrucción de innumerables colegios, imprentas y archivos; el asesinato de cientos de académicos, periodistas y poetas. La muerte de los medios de educación, lo que los palestinos llaman escolasticidio.

Mientras tanto, en esta ciudad de Nueva York, las universidades llaman a la policía y se atrincheran contra la grave amenaza que representan sus propios estudiantes por atreverse a hacer preguntas básicas, como esta: ¿cómo podéis afirmar que creéis en algo, y menos en nosotros, mientras permitís, invertís y colaboráis con este genocidio?

Durante demasiado tiempo se ha permitido que el falso ídolo del sionismo crezca sin control. Así que esta noche decimos: esto se acaba aquí.

Nuestro judaísmo no cabe dentro de un etnoestado porque nuestro judaísmo es internacionalista por naturaleza.

Nuestro judaísmo no puede ser protegido por el ejército desenfrenado de ese Estado, porque lo único que hace ese ejército es sembrar el dolor y cosechar el odio, incluso contra nosotros como judíos.

Nuestro judaísmo no se siente amenazado por las voces que, en solidaridad con Palestina, alzan gentes de todas las razas, etnias, generaciones, identidades de género y capacidades físicas. Nuestro judaísmo forma parte de esas voces y sabe que en ese coro residen nuestra seguridad y nuestra liberación colectiva.

Nuestro judaísmo es el judaísmo del Séder de Pascua: la ceremonia de compartir comida y vino en un encuentro con seres queridos y extraños por igual. Un ritual intrínsecamente portátil, lo suficientemente ligero como para llevarlo a la espalda, sin otra necesidad que la de estar con los demás. Un ritual sin muros, sin templo y sin rabino en el que todos cumplen un papel, también y especialmente el niño más pequeño.

El Séder es una invención característica de la diáspora, hecha para el duelo colectivo y la contemplación, para el cuestionamiento y el recuerdo, para revitalizar el espíritu revolucionario.

Así que mirad a vuestro alrededor. Este de aquí es nuestro judaísmo. Cueste lo que cueste, rezamos en el altar de la solidaridad y de la ayuda mutua mientras suben las aguas, arden los bosques y nada es seguro.

Ni necesitamos ni queremos el falso ídolo del sionismo. Queremos liberarnos de un proyecto que comete genocidio en nuestro nombre. Liberarnos de una ideología sin más plan de paz que cerrar tratos con las teocracias asesinas de los petroestados vecinos mientras vende al mundo tecnologías para cometer asesinatos con robots.

Nuestra intención es liberar al judaísmo de un etnoestado que quiere a los judíos en un estado permanente de miedo, que quiere que nuestros hijos sientan miedo y hacernos creer que el mundo está en contra de nosotros para que así corramos a refugiarnos en su fortaleza bajo su cúpula de hierro. O para que sigan fluyendo las armas y las donaciones, al menos.

Ese es el falso ídolo. Y no es solo Netanyahu. Es el mundo que él creó y que a su vez lo creó a él. Es el sionismo.

Naomi Klein es columnista y colaboradora de The Guardian US. Es profesora de justicia climática y codirectora del Centro para la Justicia Climática de la University of British Columbia. Su último libro, Doppelganger. Un viaje al mundo del espejo, se publicó en septiembre.

Esta es una transcripción de un discurso pronunciado en el Séder de emergencia celebrado la semana pasada en las calles de Nueva York.

lunes, 30 de octubre de 2023

“NO UTILICEN NUESTRO DOLOR PARA CAUSAR MÁS MUERTES". el ruego a Israel de las familias de los pacifistas víctimas de Hamás (elDiario.es)

Pared en Tel Aviv (Israel) que muestra información
de rehenes capturados por Hamás
Familiares de activistas que permanecen secuestrados o fueron asesinados por el grupo palestino se manifiestan en contra de la venganza y piden a Israel que deje de bombardear Gaza

Noy Katsman sabía que el panegírico a su hermano asesinado enfadaría a algunas de las personas que fueron a llorar su muerte, pero no quería que el violento fallecimiento de Hayim Katsman eclipsara su vida como pacifista. Según Noy, el duelo y la sensación de pérdida por el cruel asesinato de Hayim a manos de Hamás aumentó al ver a Israel lanzar en Gaza una guerra en su nombre. Así que, en el funeral, confiando en la tradición judía de respeto por las personas de luto, Noy pidió ponerle fin.

“No utilicen nuestras muertes y nuestro dolor para provocar las muertes y el dolor de otras personas y otras familias”, dijo Noy ante cientos de personas mientras el Gobierno bombardeaba Gaza y preparaba una invasión terrestre a gran escala. “No tengo ninguna duda de que, incluso frente a las personas de Hamás que le asesinaron, Hayim seguiría alzando la voz contra los asesinatos y la violencia contra personas inocentes”, añadió.

Manifestarse contra las represalias en Gaza mientras Israel se recupera del ataque de Hamás del 7 de octubre no está bien visto. De hecho, en un momento dado durante el panegírico pronunciado por Noy, los asistentes comenzaron a expresar su enfado y desaprobación. Sin embargo, los amigos de Hayim se acercaron después a darle las gracias. “Uno me dijo: 'Es exactamente lo que tu hermano habría querido que dijeras'”.

Hayim y Noy son parte de la relativamente pequeña comunidad de izquierdas en Israel. Son pacifistas activos y defensores de los derechos humanos; personas que, por lo general, creen que su país, Israel, no puede alcanzar la paz a través del enfrentamiento. También ambos se han visto afectados con especial dureza, tanto personal como políticamente, por el asalto de Hamás en Israel, cuando fueron atacados lugares que eran, históricamente, centros del sionismo de izquierdas, donde tienen amigos y familiares.

“En los kibutz, las comunidades afectadas del sur, muchas de las personas a las que Hamás hirió, secuestró y mató luchaban a favor de la paz y soñaban con un futuro diferente”, asegura Avner Gvaryahu, director ejecutivo de Breaking the Silence (Rompiendo el silencio), un grupo fundado por combatientes veteranos israelíes para documentar abusos por parte de los militares en los territorios ocupados palestinos. “Hay miembros de todas las organizaciones que lideran la defensa de los derechos humanos que están secuestrados, muertos, heridos o traumatizados”, apunta.

“No necesito venganza”

Hayim era uno de los antiguos soldados del Ejército israelí que testificaron para Breaking the Silence, que está vetada en los colegios israelíes, ha sido objeto de difamaciones por parte del Gobierno y ha tenido que afrontar polémicas y ataques en contra de su labor.

También se encuentra entre las víctimas un académico que investigaba a la derecha religiosa en Israel y que pasó un tiempo con comunidades campesinas palestinas en las ocupadas colinas al sur de Hebrón. Su presencia les ofrecía cierta protección frente a los militares, policías y colonos israelíes de la zona. Otras víctimas pertenecientes a los kibutz han sido Shlomi y Shachar Matias, una pareja que ayudó a fundar un colegio bilingüe, que enseñaba hebreo y árabe a los niños bajo el lema “educación judeo-árabe por la igualdad”.

Vivian Silver, una de las principales miembros de Women Wage Peace (Mujeres que luchan por la paz), ha sido secuestrada en Gaza. La pacifista ayudaba también a organizar los viajes para que los palestinos en Gaza que hubieran obtenido el poco común permiso necesario pudieran abandonar la Franja para recibir tratamiento médico. Se cree que varias personas más del grupo son también rehenes, entre ellos la pareja de octogenarios Oded y Yochka Lifshitz.

Sin embargo, en medio de un ambiente de ira y apoyo generalizado a la guerra, hay familiares de los activistas fallecidos y desaparecidos que están tratando de superar el dolor y hacer incidencia pública, al igual que Noy.

“Yo estaba ahí”, escribió Ziv Stahl, directora ejecutiva del grupo de defensa de los derechos humanos Yesh Din en una tribuna para el periódico israelí Haaretz sobre las horas que pasó escondida en un cuarto de seguridad, similar a un búnker, con un familiar herido. “No necesito venganza, nada nos devolverá a aquellos que se han ido. Ni todo el poder militar de la Tierra nos proporcionará defensa y seguridad. La única solución pragmática posible es la política”.

El consuelo en Internet

Los familiares de quienes permanecen secuestrados en Gaza viven una agonía adicional al ver los bombardeos israelíes sobre la Franja. Neda Heiman, que también colabora con Women Wage Peace, perdió el contacto con su madre de 84 años, Ditza Heiman, temprano por la mañana de aquel sábado 7 de octubre. Después la vio en un vídeo en el que Hamás la forzaba a subirse a una camioneta a punta de pistola para llevarla a Gaza: “Sigo pensando que solo una solución política puede resolver los problemas”, afirma. “Bombardear Gaza no puede ser una solución duradera. Ya lo hemos visto”.

No es el de estos familiares un mensaje que esté teniendo mucho espacio ni recibiendo mucha atención en Israel. Noy ha concedido más de 20 entrevistas sobre aquel discurso, sobre la labor de Hayim y sobre su propio activismo, pero ni una sola petición procede de un medio de comunicación israelí.

Aun así, Noy ha encontrado consuelo en Internet, donde tanto israelíes como personas que afirman estar en Gaza le han brindado apoyo. “Solo quería decirte lo mucho que siento lo que le pasó a tu hermano y te quiero agradecer enormemente que no nos quieras muertos, al revés que todos los demás”, le escribió una persona.

Sobre los fallos de seguridad de Israel el pasado 7 de octubre, un país que consideraba que su Ejército y sus servicios de inteligencia estaban entre los más eficaces del mundo, los activistas apuntan más allá: afirman que tienen su origen en un error más profundo relacionado con la visión política desplegada y que, si la cuestión no se aborda desde ahí, Israel nunca estará a salvo.

“Vemos que este dolor se usa para ir en una dirección aún peor, que no nos promete nada más que más dolor, más sangre, más pérdidas”, sostiene Alon-Lee Green, miembro de la junta directiva de Standing Together, un movimiento de ciudadanos judíos y palestinos de Israel. “Como Estado, tenemos derecho a defender a nuestros ciudadanos de ser asesinados, pero debemos responder a una pregunta realmente fundamental: ¿Y después, qué? Conquistamos la Franja de Gaza, ¿y después qué?”, cuestiona el activista.

¿Argumentos históricos?

La izquierda es una fuerza en retroceso en la política israelí desde hace décadas. En las elecciones de 1992, dos partidos del ala izquierda, Labor y Meretz, alcanzaron casi la mitad de los votos entre los dos. Sin embargo, en las últimas elecciones Meretz no consiguió entrar en el parlamento y Labor bajó hasta una cifra de proporción del voto de un solo dígito.

Durante 20 años, el ala derecha de Israel ha ido desmontando lentamente un amplio aunque reticente consenso sobre el camino hacia la seguridad a largo plazo, que consistía en una resolución negociada con los palestinos para formar dos países vecinos.

En 2003, cuando la segunda intifada hacía estragos, incluso el entonces primer ministro, Ariel Sharon, que había secundado los asentamientos en Gaza y Cisjordania, arguyó que Israel no podía ocupar tierra palestina de forma indefinida. Sharon sufrió un infarto poco después de supervisar la retirada israelí de Gaza en 2005.

Sin embargo, el actual primer ministro, Benjamín Netanyahu, consolidó su poder en parte argumentando que Israel podría contener a Gaza y gestionar su ocupación de Cisjordania. El apoyo a la solución de los dos Estados se desmoronaba a la vez que Israel construía puentes con otros países de la región que antaño rechazaban reconocer su existencia. En un reciente sondeo preelectoral, la seguridad estaba entre las últimas preocupaciones de los votantes; la primera era la economía.

Muchos de los supervivientes del ataque de Hamás y entre quienes están sufriendo la pérdida de un ser querido en él aseguran que se sentían abandonados por un Gobierno que sabía que tenía pocos votantes en las zonas cercanas a Gaza. Bajo el mando de Netanyahu, la financiación militar y la atención han virado hacia Cisjordania y hacia los asentamientos de colonos allí, que eran una prioridad para sus votantes y aliados.

En su momento nadie escuchó sus advertencias, pero puede que ahora su enfado y frustración tengan más eco. Una encuesta reciente encargada por el Jerusalem Post concluyó que aproximadamente cuatro de cada cinco israelíes culpan a Netanyahu de las masacres, y la mayoría piensa que debería dimitir cuando acabe la guerra. Lo que está menos claro es si solo ponen en duda al hombre o también el modelo de seguridad que él ofrece.

Emma Graham-Harrison / Quique Kierszenbaum
Jerusalén —23 de octubre de 2023

"EL SUMO SACERDOTE". Juan José Millás, El País

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