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jueves, 13 de junio de 2024

"ROMPECABEZAS". Irene Vallejo, Milenio 13 MAR 2024

Luis M. Morales

Aunque escuchamos una loa constante de la competencia, no deberíamos olvidar que somos animales solidarios por instinto. Incluso Darwin, al que debemos una cruda imagen de la vida como rivalidad, defendió que existen instintos de generosidad hacia el prójimo tan poderosos como los del interés egoísta. La cooperación y la ayuda son impulsos innatos que nos han sido útiles en la dura lucha por la supervivencia.

En realidad, algunos antropólogos plantean una curiosa paradoja: les va mejor a los individuos egoístas por separado, pero en conjunto son más eficaces las sociedades altruistas. La gran pregunta es cómo construir grupos colaboradores allí donde los individualistas conquistan las mejores recompensas. El filósofo Epicteto, que conoció largos años de esclavitud y más tarde fue liberado, sabía hasta qué punto dependemos de los demás. Según sus discípulos, solía decir que nadie es una entidad aislada, sino una pieza esencial del rompecabezas de la humanidad. “Todos formamos parte de una comunidad humana vasta, intrincada y ordenada. ¿Dónde encajas? Si sabes quién eres y a quién estás vinculado, sabrás lo que debes hacer”. Los antiguos también usaban la metáfora de la red y los vínculos. No se referían, como nosotros, a las redes de comunicación que internet ha hecho posibles, sino a las redes de colaboración que anudamos cuando nos ayudamos.


viernes, 23 de febrero de 2024

"ANIMALES, DIOSES, IDIOTAS". Un artículo de Irene Vallejo (El País 11 FEB 2024)

El mito del triunfador hecho a sí mismo es irreal. Todo avance solitario es en realidad solidario.

Érase una vez una niña que estaba sola en el mundo. He olvidado el resto del cuento, pero recuerdo el terror contenido en esa frase. Con literalidad infantil, me imaginé a mí misma en un planeta vacío bajo las heladas estrellas. Más que ningún otro relato de miedo, la imagen de ese páramo y de ese desamparo nutrió las pesadillas de mi niñez. Tal vez el temor al abandono alimenta la necesidad universal de pertenecer a un grupo, a un equipo, a un partido, a una familia sanguínea o elegida. Nos mueve el anhelo febril de adhesiones. Incluso las rebeldías, conspiraciones y nihilismos buscan el calor de un clan disidente. Cuanto más incomprendido sea el rasgo compartido, más une. Hasta las redes sociales, que nos enjaulan en una rutilante burbuja, nos seducen al prometernos una ilimitada posibilidad de encuentro. Porque la buena compañía nos nutre. La palabra proviene del latín cumpanis, que significaba “compartir el pan”. Uno de nuestros apetitos más hondos es ser aceptados y convidados, hacer buenas migas con quienes nos rodean. Necesitamos confiar en otros, y que confíen en nosotros. Aunque ese orgullo de pertenencia desate más pasión que compasión.

Al amparo de la democracia ateniense, Aristóteles definió a los humanos como seres sociales, animales cívicos inseparables de las redes de afectos, vínculos, intercambios, solidaridades y sueños compartidos que nos anudan y sostienen. En su Política, argumentó que un individuo no logra ser feliz en una ciudad infeliz: las penalidades de tus vecinos son también tu desgracia. “Quien es incapaz de vivir en comunidad o quien nada necesita por su propia suficiencia no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios”. El ideal de independencia y arrogante autonomía puede ofrecer una vida divina o fiera, pero en todo caso inhumana. También había sombras en la comunidad imaginada por Aristóteles; las mujeres y esclavos quedaban excluidos de la ciudadanía. Sin embargo, un mensaje poderoso late en sus palabras: todos los seres humanos somos políticos, y no solo los profesionales del gremio parlamentario.

Loables o detestables, las decisiones del poder nos afectan siempre. Quizá por eso, los griegos llamaban ‘idiota’ —cuya raíz significa “propio”— a quienes se desentendían de los asuntos públicos, pendientes solo de sus intereses particulares. En tiempos de sobresalto, la política se vuelve sospechosa y las sociedades se fragmentan en archipiélagos de esfuerzos aislados, privados —de aliento colectivo— y desconfiados. En esos momentos, cuando se ignora lo que nos anuda y abundan los idiotas, suben al poder quienes se las saben todas. CONTINUAR LEYENDO

"EL SUMO SACERDOTE". Juan José Millás, El País

No se pierdan a Florentino Pérez entrando en la sala de prensa de Valdebebas con el gesto de quien se dispone, más que a responder pregunta...