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miércoles, 22 de julio de 2026

"VON DER LEYEN HA DESCUBIERTO A LOS NIÑOS". Sira Rego, El País

Europa renuncia a gobernar el poder y decide gobernar los cuerpos

Los ha descubierto en los discursos, en los comunicados de prensa, en las fotografías con la luz adecuada y el fondo institucional. Los pronuncia con la solemnidad con la que en Bruselas se pronuncian las palabras que serán automáticamente vaciadas de sentido, de acción, de compromiso. Derechos. Paz. Autonomía estratégica.

Esta vez propone limitar el acceso a las redes sociales a los menores de 13 años. Una formidable innovación europea: trece años es ya la edad mínima declarada por Instagram, TikTok y la mayoría de las grandes plataformas. La Comisión llega, por tanto, tarde a su cita con la historia y, para asegurarse de no equivocarse de sala, presenta como solución una regla que ya existe y que las empresas digitales no han sido capaces —o no han tenido interés— en hacer cumplir.

Von der Leyen ha hablado también del scroll infinito, de los mecanismos de adicción y de los riesgos de un entorno digital construido para retener a los más jóvenes el mayor tiempo posible. Pero el centro político del anuncio está en otra parte. Mientras varios gobiernos europeos intentan, con instrumentos todavía insuficientes y a menudo dentro de márgenes legislativos estrechísimos, poner límites reales al poder de las plataformas, la Comisión propone una medida que los caudillos digitales pueden recibir sin perder un minuto de sueño.

En España partimos de un principio elemental: los derechos de los niños y las niñas no se detienen ante una pantalla. Hemos propuesto una ley que interviene sobre la responsabilidad de las empresas, que exige control público sobre los entornos digitales y que, sí, fija también un límite de edad: los 16 años. No porque un umbral lo resuelva todo, sino porque debe formar parte de una política que obligue a las plataformas a cambiar. Las infancias no son consumidoras defectuosas encargadas de defenderse solas de una de las industrias más poderosas del planeta. Son titulares de derechos.

Otros gobiernos europeos están intentando avanzar en la misma dirección. Sin embargo, cada vez se encuentran con la religión del mercado único: competencias europeas, riesgo de fragmentación, libre circulación de servicios, equilibrio competitivo. Para garantizar los derechos de un niño, la legislación se convierte de repente en un laberinto. Para proteger el mercado, en cambio, Bruselas encuentra enseguida la salida.

Los Estados intentan avanzar, la Comisión les pide prudencia y, al final, recoge la medida menos molesta para las empresas, la envuelve con 12 estrellas y la llama liderazgo. A los gobiernos les quedan los límites. A las plataformas, el mercado. A las niñas y niños, una regla que ya figuraba en las condiciones de uso.

No es falta de iniciativa. Es una elección de bando.

Von der Leyen no quiere únicamente evitar un enfrentamiento con las grandes plataformas. Quiere tranquilizarlas. Decirles que Europa seguirá hablando con severidad, siempre que esa severidad no interfiera demasiado con su modelo de beneficio.

Por eso seguimos planteando la pregunta que la Comisión evita: ¿por qué ese entorno ha sido construido de manera peligrosa? ¿Por qué la reproducción tiene que ser automática, el scroll infinito, la publicidad personalizada y la perfilación tan capilar? ¿Por qué el derecho de una empresa a maximizar el tiempo de permanencia debe prevalecer sobre el derecho de las personas a habitar el entorno digital sin que cada emoción se convierta en una señal comercial?

Son preguntas que exigen una Comisión dispuesta a gobernar el mercado. Von der Leyen prefiere, una vez más, dejarse gobernar por él.

Nada de autonomía estratégica. El único y verdadero plan industrial de esta Europa parece ser la producción en serie de vasallaje.

Vasalla de Donald Trump cuando transforma la migración en una cuestión de policía, detención y deportación. Vasalla de los caudillos digitales cuando trata su modelo económico como una ley de la naturaleza y no como una elección política. Vasalla de Netanyahu cuando llama equilibrio a mirar hacia otro lado y se convierte en complice del genocidio en Gaza. En Washington mandan los multimillonarios de las plataformas y marchan los agentes del ICE; Bruselas responde copiando el uniforme de los segundos y preguntando cortésmente a los primeros si estarían dispuestos a coser un botón de seguridad en sus productos.

Esta es la sorprendente coherencia entre el plano digital y el migratorio.

En ambos casos, Europa renuncia a gobernar el poder y decide gobernar los cuerpos.

Dura con los migrantes, prudente con los multimillonarios. Inflexible con quien cruza el mar, subalterna con quien explota a los niños. La Europa que debía representar una alternativa democrática al trumpismo importa, en cambio, sus dos grandes pasiones: la deportación como espectáculo político y la concentración privada del poder como destino inevitable.

Pero sería demasiado cómodo atribuir todo esto únicamente a Meloni, Le Pen, Vox y a la galaxia reaccionaria. La extrema derecha ha puesto los gritos, los grandes partidos de estado los sellos. Antes del “send them back” estuvieron los pactos, las abstenciones, los comunicados prudentes y una socialdemocracia convencida de que podía domesticar a los ultras administrando una versión aseada de sus obsesiones.

Así se ha desplazado Europa. No con un golpe, sino con una cadena de concesiones presentadas como sentido de Estado. Ellos pedían expulsiones, Bruselas redactaba retornos. Ellos señalaban al extranjero, las grandes alianzas diseñaban procedimientos. Ellos imponen el miedo, las instituciones de la UE lo llamaban realismo.

Y ahora Von der Leyen descubre a los niños. Los coloca bajo la luz, junto a la bandera y pronuncia sus derechos. Fuera de campo quedan los que esperan en una frontera, los que crecen bajo las bombas y los que alimentan con sus emociones el negocio de las plataformas. La foto sale perfecta. Europa, no.

viernes, 27 de marzo de 2026

Odome Angone, ensayista: “Las personas no blancas no tenemos derecho a ser nosotros. Hablamos siempre en nombre de un colectivo”. Una entrevista de Silvia Laboreo Longás publicada en El País

Profesora de literatura hispanoafricana en la universidad en Dakar, ha escrito el libro ‘¿De qué color son los blancos?’, donde reflexiona sobre quién produce el conocimiento aceptado y visibiliza las voces silenciadas

Odome Angone (Gabón, 46 años) se define como madre, universitaria y africana. Tres etiquetas que “carga con mucho orgullo”. Desde hace más de 11 años, esta filóloga hispánica y doctorada por la Universidad Complutense es profesora de literatura hispanoafricana y afrodescendiente en la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar, desde donde reflexiona sobre quién produce el conocimiento que es aceptado.

Su último libro, ¿De qué color son los blancos? (Edicions Bellaterra, 2025), presentado recientemente en Casa África en Canarias y en Madrid, pretende visibilizar las voces históricamente eclipsadas y empujadas hacia los márgenes de la normalidad en la ciencia, la academia o el arte.

“Nos da la impresión, a las personas que no somos de esa categoría social, de que muchas veces las personas blancas han sido socializadas como si no tuvieran color. Por eso titulo el libro con esa pregunta sarcástica”, explica Angone en una entrevista con este diario. “Para que ellos también se autocritiquen y piensen qué papel desempeñan en ese sistema global, que al fin y al cabo ha sido diseñado según una perspectiva eurocéntrica y que de algún modo les beneficia”, añade.

jueves, 5 de marzo de 2026

"LA FUERZA DEL FEMINISMO". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

El problema no es que los jóvenes se alejen del feminismo, sino que nadie les cuenta lo que está haciendo realmente mientras seguimos discutiendo sobre su imagen o radicalidad

Un príncipe británico ha sido detenido por primera vez desde 1647. Los archivos Epstein exponen una red global donde el abuso sexual de menores era moneda de cambio entre las élites del planeta. En Francia, 51 hombres corrientes (enfermeros, militares, funcionarios) fueron condenados por violar a una mujer drogada por su propio marido. Y ella, Gisèle Pelicot, renunció a su derecho al anonimato en el gesto político más radical de la década: convertir lo sufrido en privado en un hecho público que exige respuesta. Nada de esto ocurrió porque el feminismo fuera popular. Ocurrió porque es eficaz. El problema no es, como parece decir una reciente encuesta, que los jóvenes se alejen del feminismo, que algo de eso hay. Es que nadie les cuenta lo que el feminismo está haciendo realmente mientras seguimos discutiendo sobre su imagen o radicalidad.

Rebecca Solnit reconstruye en The Guardian la cadena causal que llevó a la detención del príncipe Andrés. Fueron décadas de trabajo feminista las que lograron que muchas mujeres ocuparan posiciones ―juezas, editoras, productoras― donde podían decidir “qué es verdad y quién importa”, hasta que la “sociedad que se había negado durante décadas a escuchar a las víctimas estuvo finalmente dispuesta a hacerlo”. Sin ese trabajo acumulado, la investigación de Julie K. Brown en el Miami Herald no habría sido siquiera publicada. Sin esa publicación, Epstein no habría sido detenido. Sin esa detención, los archivos no se habrían abierto. Sin los archivos, un príncipe seguiría impune. Cada eslabón de esa cadena fue feminismo. Ni teoría ni identidad: acción política con consecuencias. Porque el #MeToo no fue una batalla de las guerras culturales: fue la mayor ampliación del perímetro de la rendición de cuentas democrática en décadas. Hizo exactamente lo que hace la democracia cuando funciona: extender el principio de igualdad ante la ley a territorios donde antes no llegaba, y no porque faltasen leyes, sino porque existía un consenso tácito sobre qué puertas no se podían abrir. El feminismo las abre, y lo que encuentra detrás no es una cuestión de identidad. Es poder.

Eva Illouz muestra en Le Grand Continent de qué clase de poder hablamos. Los archivos Epstein no revelan un depredador solitario sino una red global donde el abuso forjaba lealtades y garantizaba protección mutua frente a la ley. Las víctimas, chicas precarias a quienes se les prometían falsas oportunidades, tenían la misma edad que los jóvenes que dicen no sentirse feministas. ¿Por qué se tardó tanto en romper la impunidad? Sara Ahmed ha dedicado años a responder esa pregunta, y describe un mecanismo tan simple como devastador. Las instituciones no solo ignoran a quien denuncia: lo castigan. Nombrar el problema te convierte en el problema. La verdad, muestra Ahmed, no se pierde solo por la propaganda o la mentira organizada. Se pierde también por los mecanismos cotidianos que castigan a quien la enuncia. Algo sabemos de esto en España, donde el número dos de la Policía Nacional está acusado de violar a una inspectora subordinada que no utilizó los protocolos internos y fue directamente a los tribunales porque sabía que la institución que debía protegerla no lo haría.

La reacción de los jóvenes no es proporcional a los excesos feministas, sino a su fuerza. Por eso hay un aparato de algoritmos, influencers y redes de masculinidad herida dedicado a enseñarles que las mujeres son el origen de su malestar. Y es la política quien debe combatir esto, también con pedagogía. Pedirle al feminismo que se modere porque genera reacción es pedirle a la democracia que se detenga donde más incómoda resulta. No se trata de negar los problemas sino precisamente de afrontarlos. La pregunta aquí es por qué no hay ninguna fuerza política capaz de ofrecer a esos jóvenes algo mejor que la antigua cantinela de que las mujeres hablan demasiado.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

"NOMBRAR EL RESTO DE LA CLASE". Violeta Assiego, elDiario.es

Cientos de personas participan en la manifestación
convocada por la Coordinadora de las Plataformas en
defensa de la universidad pública madrileña, durante
el segundo día de huelga general universitaria
Más del 70% sigue apoyando las políticas de igualdad. Esa mayoría, habitualmente invisibilizada, también encabeza la preocupación por el cambio climático, la diversidad LGTBIQ+, los servicios públicos, la vivienda y la salud mental

El ruido de una minoría que simpatiza con el autoritarismo es mucho más “noticiable” que la apuesta progresista de una mayoría silenciosa. Es lo que se conoce como el sesgo de la negatividad. Que alrededor del 19% de las personas jóvenes declare que preferiría vivir en una dictadura o que aumente la simpatía juvenil hacia la extrema derecha nos ayuda a identificar un riesgo real y a detectar tensiones generacionales, pero también produce un efecto colateral no menos preocupante: invisibiliza a la mayoría de la juventud. Conviene añadir, además, un matiz fundamental: el apoyo a opciones abiertamente antidemocráticas no se limita a los más jóvenes. En la encuesta de El País, un 23% de las personas de entre 29 y 44 años y un 16% de quienes tienen entre 45 y 66 años también afirma que preferiría vivir en una dictadura. Reducir el fenómeno a “la juventud” no solo es inexacto, sino que refuerza una lectura distorsionada, y quizá interesada, del panorama actual.

Los datos de otros sondeos, incluidos aquellos que alimentan los titulares centrados en esa minoría autoritaria, dibujan un escenario mucho más complejo. El Barómetro Juventud y Género de la FAD muestra que la mayoría de la juventud, especialmente las mujeres, pero también un porcentaje relevante de los hombres, identifica la violencia machista como un problema social muy grave, y aunque el negacionismo ha aumentado entre los chicos, más del 70% sigue apoyando las políticas de igualdad. Esa mayoría, habitualmente invisibilizada, también encabeza la preocupación por el cambio climático, la diversidad LGTBIQ+, los servicios públicos, la vivienda y la salud mental. Que las personas adultas progresistas nos llevemos las manos a la cabeza ante esta “ola reaccionaria juvenil” no solo no ayuda, sino que, puede estar contribuyendo a crear el estado anímico perfecto para que la extrema derecha haga calar sus mensajes y borramos de la conversación a toda esa otra juventud a la que no vemos y que directamente ignoramos. La dejamos sin reconocimiento político, justo en un momento en que la extrema derecha sí les ofrece identidad y pertenencia.

El tema no es solo que “los jóvenes” se vuelvan de derechas, sino que hay una grieta abismal de género entre chicas y chicos gracias al feminismo. Miramos obsesivamente a los chicos que siguen a influencers reaccionarios mientras ignoramos a las chicas jóvenes, que sostienen posiciones democráticas y de igualdad de manera mucho más sólida. Ellos se llevan nuestra atención mientras repetimos la invisibilización de ellas. Caemos en una lectura parcial de la polarización actual, que no solo se da entre la juventud. Una lectura parcial que refuerza desequilibrios y nos impide comprender lo que realmente les está ocurriendo a las y los jóvenes porque hacemos de nuestros problemas y frustraciones, los suyos. No les vemos, no les escuchamos, no les tomamos en serio.

Diversas autoras feministas no niegan ese 19%, pero lo reencuadran: no es una “nueva ola natural”, sino una reacción defensiva ante el avance de la mayoría, del feminismo y de otros movimientos sociales que defienden los derechos humanos y cuya voz y protagonismo han ido ganando espacio. Nombrar al resto de la clase implica sostener dos verdades a la vez, que se dan entre las y los jóvenes, pero no solo ahí. Por un lado, esa minoría que coquetea con el autoritarismo no es un espejismo: muestra miedos e inseguridades que exigen interpretación política, no desprecio. A la vez, alrededor de esa minoría existe una mayoría expectante que observa hacia dónde se inclina el mundo y recibe impulsos opuestos: proyectos de convivencia, igualdad y justicia frente a un intento de restaurar un orden basado en la arbitrariedad y el privilegio, sostenido por una exhibición obscena de la impunidad.

Poner el foco únicamente en la minoría reaccionaria sirve para disciplinar a las mujeres (“cuidado, que os odian”) en lugar de reconocer la autonomía y la fuerza política que la mayoría ya ha logrado. Debemos comprender que estamos en la lógica del backlash y que cada avance genera una contraofensiva. El riesgo no es solo que crezca la minoría reaccionaria, sino que la mayoría permanezca sin ser nombrada y, por tanto, sin ser disputada. Los titulares alarmistas funcionan como profecía autocumplida: si repetimos que “los jóvenes son fachas”, invisibilizamos a los chicos que son aliados y empujamos a los indecisos hacia la reacción por pura identidad de grupo.

La democracia no se defiende solo señalando el peligro, se defiende ampliando lo posible. Por eso, precisamente ahora, es importante que pongamos a buen recaudo el sesgo de negatividad y nos acerquemos a quienes nombran todo y devuelven al centro el deseo mayoritario que apuesta por la convivencia, la igualdad y los derechos humanos sin discriminación. Es momento de nombrar a la juventud que sí cree en los valores, los ideales y los derechos que han traicionado las generaciones adultas que nos han traído hasta aquí, que os hemos traído hasta aquí.

lunes, 22 de septiembre de 2025

"ENFRENTANDO A JÓVENES CON PENSIONISTAS". Rosa María Artal, elDiario.es 20/09/2025

Manifestación de pensionistas
en Bilbao este verano
Todo ahora es contra alguien y se quiere hacer a los pensionistas culpables de que los jóvenes tengan carencias. De cuantos gastos superfluos se podría prescindir, hay que restar a miles de ciudadanos las retribuciones que se ganaron para su jubilación

El ruido marca la agenda informativa diaria y debajo quedan escondidos temas esenciales. Entre ruido y ruido -el sonido de nuestra época- el proyecto ultraliberal camina con paso firme. Uno de sus grandes objetivos es la merma de las pensiones. Un bocado demasiado jugoso para perder su beneficio, aunque sea a costa de daños colaterales como la calidad de vida de los ancianos, y no solo de ellos: a menudo de sus familias a quienes suelen ayudar económicamente. Hay formas de enmascararlos hasta conseguir incluso la comprensión de una buena parte de las víctimas. La principal, convencer a todo quisque de que las pensiones son insostenibles. La novedad actual es que han incorporado el complejo de culpa. En la era de la crispación que provoca y usa como arma la derecha, todo es contra alguien y se nos quiere convencer de que los pensionistas son los culpables de que los jóvenes tengan carencias. De cuantos gastos superfluos se podría prescindir, hay que quitar o restar a miles de ciudadanos las retribuciones que se ganaron para su jubilación.

Las pensiones no son insostenibles, lo es el modelo de lucro que intenta arramplar con todo lo público desde las pensiones, sin duda, a la sanidad, y a todos los derechos que tanto costó conseguir. Tienen quienes les venden el producto. Hasta medios que pudieran parecer poco sospechosos se apuntan a la supuesta duda de si son sostenibles. No olvidemos que, en la crisis de la prensa escrita, los bancos -principales beneficiarios de los planes de pensiones privados- llegaron incluso a los Consejos de Administración o el accionariado de algunas empresas periodísticas como forma de amortizar la deuda.

En esta campaña deleznable destaca ABC, que lleva una auténtica cruzada contra el “gasto” en pensiones comparado con los pobres jóvenes desamparados. Es un tema que siempre suscita una vibrante controversia.

El catedrático de Economía Aplicada Juan Torres López -que ha escrito varios libros sobre el tema, uno de ellos se titulaba 'Lo que debes saber para que no te roben la pensión'- rebate, entre otros argumentos, las premisas erróneas que esgrimen los detractores. Las fuentes de financiación de las pensiones dependen de muchos más factores que la demografía que tanto se cita (de si se vive más o se nace menos). Si los salarios son más altos, si hay más empleo, más masa salarial -algo que está sucediendo con este Gobierno, por cierto- , si se aumenta la productividad, se lucha contra la economía sumergida y se plantea una fiscalidad auténticamente progresiva, las pensiones públicas son perfectamente sostenibles.

No olvidemos tampoco que este Gobierno subió el salario mínimo, pero no los que pagan a su albedrío las empresas por encima de este. Y que, aunque también ha dado un gran impulso a la subida de pensiones, partíamos de niveles muy bajos. Y que ni en sueños la mayor parte de los jubilados cobran las cantidades máximas previstas en la horquilla. Para comparar hay que usar similares magnitudes, otra cosa es una falacia. Conviene insistir también en que los planes privados de pensiones son un negocio, se especula con ellos, van a bolsa incluso, y han tenido sonoros fracasos. Sin contar con que solo un 25% de los ciudadanos los tiene suscritos en España. No es fácil ahorrar precisamente.

La tendencia a ir contra las pensiones es internacional, en la línea de la ideología ultraliberal ahora dominante, y se sostiene por la desinformación de tantos ciudadanos. Vox tiene planes muy concretos para reducir las pensiones -como explica con claridad Torres también- y el PP ya lo demuestra cada vez que gobierna. Rajoy no solo les dio un tajo importante al desvincularlas del IPC para su revalorización anual sino que hizo una descabellada operación a la que no se le dio demasiado eco. Una acción de alto riesgo. En 2013, vació la llamada hucha de las pensiones. Compró deuda española con prácticamente todo su remanente, con el 97%. Esa “hucha”, el Fondo de Reserva, lo había creado José María Aznar. Argumentó: “Así el PSOE no puede meter mano”. Rajoy introdujo el brazo entero y hasta el fondo, causando la alarma de la mayor parte de los especialistas financieros. El diario neoliberal Wall Street Journal daba la voz de alarma -aquí tienen el enlace- al escribir: “España ha estado vaciando sigilosamente la mayor hucha del país, el Fondo de Reserva de la Seguridad Social, que ha usado como comprador de última instancia de los bonos del Gobierno, una operación que plantea dudas sobre el papel del fondo como garante de las futuras pensiones”.

Lo hizo para maquillar las cifras macroeconómicas, pero también, en las “sólidas” manos de la ministra Fátima Báñez, el fondo fue empleado para intentar cuadrar sus cuentas y pagar con él nóminas cuando ese Fondo era “de reserva”, de seguridad.

Los argumentos a favor y en contra de las pensiones se inscriben en dos modelos de sociedad opuestos. El ruido que produce la derecha busca tapar lo que es más justo y estipula nuestra Constitución. Se puede cambiar, claro, siempre será para cobrar menos, como ya ocurrió al retrasar la edad de jubilación: cobrar más tarde es cobrar menos. Al presidente Zapatero le presionaron mucho y cedió en eso y algunos otros asuntos. Fue en 2010, cuando la Troika y todo el clan obligaron a pagar a los ciudadanos de los países del sur de Europa, sobre todo, la crisis financiera del casino capitalista. Y el PP, en lugar de echarle una mano, usó más bien el pie para ponerle una zancadilla.

El FMI lleva años presionando para bajar la cuantía de las pensiones, ya lanzó todo el argumentario en 2012. De alguna manera, Ayuso, la ultraliberal ultraderechista, ya fue pionera en el trato a unos improductivos ancianos que solo gastaban. Hasta oxígeno y atención médica querían, al asfixiarse por Covid en las residencias. Y ya saben lo bien que le va así con la justicia, con la prensa y con muchos ciudadanos que la adoran. Hoy es un día especialmente duro para recordarlo, dado que el portavoz de su gobierno ha alardeado en la Asamblea de Madrid de que son falsas las denuncias y por eso las tumba la justicia, cosas de la izquierda que utiliza el dolor de las familias, dice. Indigna oírle, sabe perfectamente cómo murieron. Es el ruido, detrás está la verdad de los hechos.

Pero hay mucho más que argumentar. Los jubilados de hoy son -somos- los que abrieron la brecha para lograr todos los derechos que hemos y habéis disfrutado hasta ahora. Sueldos precarios, falta de oportunidades para las mujeres, intereses bancarios desorbitados -pese a la leyenda facha que dice lo contrario-. Somos los que luchamos por todo eso, sin sentarnos a lloriquear porque no nos lo daban. Trabajando desde los 14 años, como es mi caso concreto, ni ahorrando mucho me hubiera podido comprar un hospital y los tratamientos que dispensan, ni un cuerpo de bomberos, ni unas calles asfaltadas para transitar, por ejemplo… El contrato era que pagábamos impuestos para tener todo eso y más, una pensión digna también. Aprendan los jóvenes airados que simpatizan con la ultraderecha y sus falaces mensajes que nada de eso les darán, que les quitarán lo poco que quede. Y que nadie hará por ellos lo que dejen de hacer por sí mismos… y por los demás. Por todos los demás lo hacemos los demócratas con conciencia social.

lunes, 24 de enero de 2022

"MENTIRAS QUE CONTAMOS A LOS JÓVENES". Por Elia Barceló, publicado en elDiario.es el 23 de enero de 2022.

Les enseñamos que pueden conseguir lo que se propongan, que todo es cuestión de esfuerzo, de demostrar lo buenos que son. Y eso es terrible porque, cuando, por mucho que se esfuercen no lo consiguen, la conclusión que sacan es que la culpa es de ellos

Que las jóvenes generaciones están -en su mayoría- frustradas y decepcionadas con el mundo adulto que se han encontrado no es nada nuevo para nadie. No hay más que ver las estadísticas de paro juvenil, de depresiones y suicidios.

Es duro reconocer que la culpa la tenemos nosotros, los que pertenecemos a las generaciones anteriores y somos quienes los han educado en valores y creencias que -ahora nos damos cuenta- eran falsas. Bienintencionadas, pero falsas, igual que el mito de los Reyes Magos. Solo que, a diferencia de este, que en algún momento de la infancia se descubre y, a pesar de la mentira en la que hemos vivido hasta ese momento, nos deja un poso de ilusión, de felicidad, de magia e inocencia, las otras ideas que nos han ido inculcando a lo largo de la infancia y la adolescencia, cuando se revelan falsas, crean la sensación de manipulación y de engaño.

Me explico. Casi ningún padre o madre miente a sus retoños a propósito, pero la mayor parte de nosotros protegemos a nuestros hijos de la realidad del mundo que se van a encontrar cuando ingresen en la sociedad ya como adultos. Tratamos de que sean honestos, íntegros, que no copien en los exámenes, que estudien con aplicación, que cumplan sus promesas... Les decimos que, si trabajan y se preparan bien, si aprenden idiomas, si hacen carreras y masters, les irá bien en la vida, encontrarán un trabajo que los hará felices y colaborarán en el progreso del mundo. Y mientras se lo decimos a ellos, nos lo creemos y pensamos que a ellos les irá mejor que a nosotros porque están mejor formados, son más cosmopolitas, saben manejar aparatos que a nosotros nos cuesta entender. Nos hace ilusión pensar que será así.

Luego, cuando ellos, con sus carreras y sus idiomas, pero sin una familia bien situada y con muchos contactos que les permitan colocarse bien, se enfrentan a su propio futuro, se dan cuenta de que muchas veces -demasiadas veces- los mejores puestos van a los más mediocres, a los que nunca expresan una opinión propia, a los que no tienen un comportamiento de integridad insobornable. Los demás jóvenes, que son la gran mayoría, tienen que apechugar con trabajos mal pagados, con contratos vergonzosos, con dos o tres empleos para poder permitirse el “lujo” de pagarse un alquiler que les permita vivir solos o en pareja, sin tener que alargar la etapa de los pisos compartidos hasta los 40 años.

Les hemos mentido. Nosotros, y las películas -sobre todo las estadounidenses- y los libros de superación, que se venden como rosquillas, y las series para adolescentes. A base de cine, han llegado a creerse que, si de verdad deseas algo, lo vas a conseguir contra viento y marea, que el individuo puede enfrentarse a un sistema corrupto y vencerlo. Mentiras podridas que han hecho tanto daño como la búsqueda incesante del príncipe azul, que no llega porque simplemente no existe.

Y lo peor es que nosotros lo sabíamos. Quizá no con todos los detalles, pero sabíamos que el mundo no es el lugar luminoso y justo que les estábamos haciendo creer. Pero no queríamos abrirles los ojos tan pronto. Queríamos que siguieran creyendo en los grandes ideales, igual que nos gustaba que creyeran en la magia y pusieran los zapatos en el balcón. En descargo de las generaciones mayores se puede decir que la mayor parte de nosotros pensábamos que, si los educábamos en la honestidad, en la fe en la justicia, y el respeto, y la equidad, estábamos poniendo nuestro granito de arena para que el mundo fuera haciéndose, generación tras generación, un lugar mejor.

No me arrepiento de haber educado así a mis hijos, pero cuando veo a tantos jóvenes frustrados, convencidos de que no hay futuro para ellos, de que no son más que carne de consumo, de que solo se les tiene en cuenta para venderles productos y servicios que, con mucha frecuencia no pueden pagarse porque no ganan lo bastante, me da mucha pena, y creo que nos hemos equivocado en muchas cosas. Pero ¿qué madre, padre, educador, va a enseñar a los niños a plegarse a condiciones abusivas, a dejarse corromper, a bailarle el agua a un jefe que no está a la altura de su puesto, pero es quien manda?

No. Les enseñamos que pueden conseguir lo que se propongan, que todo es cuestión de esfuerzo, de demostrar lo buenos que son. Y eso es terrible porque, cuando, por mucho que se esfuercen no lo consiguen, la conclusión que sacan es que la culpa es de ellos, que no han trabajado lo suficiente, o no lo deseaban con toda su alma, o no son lo bastante buenos. A la vez, miran a su alrededor y se dan cuenta de que hay mucha gente que está ganando un buen sueldo sin haber terminado ni siquiera un bachiller -véanse en detalle algunos individuos de la clase política o en el ambiente de la televisión-, o personas de su misma edad que, sin saber hacer nada en concreto, están establecidos como “influencers” y pueden vivir de ello.

Los y las jóvenes ven que no los hemos preparado para el mundo como es y las reacciones son variadas: cinismo, depresiones, rabia, consumo de drogas, violencia... Muchos, y esa es de las reacciones más positivas, se retiran a mundos de fantasía a través de novelas, juegos y películas, donde las cosas aún se pueden resolver con magia, o empuñando una espada o un hacha de doble filo. Siempre he pensado que ese interés de las generaciones jóvenes por lo medievalizante y el fantasy viene de la impotencia que sienten en su vida cotidiana. Desean identificarse con personajes que toman su destino en la mano y se abren paso a golpe de espada o de varita mágica por un mundo hostil porque desean sentir que tienen algo de control sobre su vida, justo lo que les falta en su día a día.

Lo triste es que han olvidado que la única manera civilizada de tener control en nuestra sociedad es ejercer su derecho al voto, elegir partidos que tengan las mismas ilusiones que ellos, que deseen crear una sociedad como la que imaginan, que hagan leyes para que los atropellos no sean posibles. Pero, por desgracia, una de las reacciones más frecuentes es no ir a votar. También creen, quizá con algo de razón, que les hemos mentido al decir que la democracia sirve para algo.

"CONDENA ANTES DEL JUICIO". Baltasar Garzón, infoLibre.es

Cuando la sospecha sustituye a la prueba, la víctima no es solo un investigado concreto sino el propio Estado de derecho   "Noticias fa...