miércoles, 22 de julio de 2026

"VON DER LEYEN HA DESCUBIERTO A LOS NIÑOS". Sira Rego, El País

Europa renuncia a gobernar el poder y decide gobernar los cuerpos

Los ha descubierto en los discursos, en los comunicados de prensa, en las fotografías con la luz adecuada y el fondo institucional. Los pronuncia con la solemnidad con la que en Bruselas se pronuncian las palabras que serán automáticamente vaciadas de sentido, de acción, de compromiso. Derechos. Paz. Autonomía estratégica.

Esta vez propone limitar el acceso a las redes sociales a los menores de 13 años. Una formidable innovación europea: trece años es ya la edad mínima declarada por Instagram, TikTok y la mayoría de las grandes plataformas. La Comisión llega, por tanto, tarde a su cita con la historia y, para asegurarse de no equivocarse de sala, presenta como solución una regla que ya existe y que las empresas digitales no han sido capaces —o no han tenido interés— en hacer cumplir.

Von der Leyen ha hablado también del scroll infinito, de los mecanismos de adicción y de los riesgos de un entorno digital construido para retener a los más jóvenes el mayor tiempo posible. Pero el centro político del anuncio está en otra parte. Mientras varios gobiernos europeos intentan, con instrumentos todavía insuficientes y a menudo dentro de márgenes legislativos estrechísimos, poner límites reales al poder de las plataformas, la Comisión propone una medida que los caudillos digitales pueden recibir sin perder un minuto de sueño.

En España partimos de un principio elemental: los derechos de los niños y las niñas no se detienen ante una pantalla. Hemos propuesto una ley que interviene sobre la responsabilidad de las empresas, que exige control público sobre los entornos digitales y que, sí, fija también un límite de edad: los 16 años. No porque un umbral lo resuelva todo, sino porque debe formar parte de una política que obligue a las plataformas a cambiar. Las infancias no son consumidoras defectuosas encargadas de defenderse solas de una de las industrias más poderosas del planeta. Son titulares de derechos.

Otros gobiernos europeos están intentando avanzar en la misma dirección. Sin embargo, cada vez se encuentran con la religión del mercado único: competencias europeas, riesgo de fragmentación, libre circulación de servicios, equilibrio competitivo. Para garantizar los derechos de un niño, la legislación se convierte de repente en un laberinto. Para proteger el mercado, en cambio, Bruselas encuentra enseguida la salida.

Los Estados intentan avanzar, la Comisión les pide prudencia y, al final, recoge la medida menos molesta para las empresas, la envuelve con 12 estrellas y la llama liderazgo. A los gobiernos les quedan los límites. A las plataformas, el mercado. A las niñas y niños, una regla que ya figuraba en las condiciones de uso.

No es falta de iniciativa. Es una elección de bando.

Von der Leyen no quiere únicamente evitar un enfrentamiento con las grandes plataformas. Quiere tranquilizarlas. Decirles que Europa seguirá hablando con severidad, siempre que esa severidad no interfiera demasiado con su modelo de beneficio.

Por eso seguimos planteando la pregunta que la Comisión evita: ¿por qué ese entorno ha sido construido de manera peligrosa? ¿Por qué la reproducción tiene que ser automática, el scroll infinito, la publicidad personalizada y la perfilación tan capilar? ¿Por qué el derecho de una empresa a maximizar el tiempo de permanencia debe prevalecer sobre el derecho de las personas a habitar el entorno digital sin que cada emoción se convierta en una señal comercial?

Son preguntas que exigen una Comisión dispuesta a gobernar el mercado. Von der Leyen prefiere, una vez más, dejarse gobernar por él.

Nada de autonomía estratégica. El único y verdadero plan industrial de esta Europa parece ser la producción en serie de vasallaje.

Vasalla de Donald Trump cuando transforma la migración en una cuestión de policía, detención y deportación. Vasalla de los caudillos digitales cuando trata su modelo económico como una ley de la naturaleza y no como una elección política. Vasalla de Netanyahu cuando llama equilibrio a mirar hacia otro lado y se convierte en complice del genocidio en Gaza. En Washington mandan los multimillonarios de las plataformas y marchan los agentes del ICE; Bruselas responde copiando el uniforme de los segundos y preguntando cortésmente a los primeros si estarían dispuestos a coser un botón de seguridad en sus productos.

Esta es la sorprendente coherencia entre el plano digital y el migratorio.

En ambos casos, Europa renuncia a gobernar el poder y decide gobernar los cuerpos.

Dura con los migrantes, prudente con los multimillonarios. Inflexible con quien cruza el mar, subalterna con quien explota a los niños. La Europa que debía representar una alternativa democrática al trumpismo importa, en cambio, sus dos grandes pasiones: la deportación como espectáculo político y la concentración privada del poder como destino inevitable.

Pero sería demasiado cómodo atribuir todo esto únicamente a Meloni, Le Pen, Vox y a la galaxia reaccionaria. La extrema derecha ha puesto los gritos, los grandes partidos de estado los sellos. Antes del “send them back” estuvieron los pactos, las abstenciones, los comunicados prudentes y una socialdemocracia convencida de que podía domesticar a los ultras administrando una versión aseada de sus obsesiones.

Así se ha desplazado Europa. No con un golpe, sino con una cadena de concesiones presentadas como sentido de Estado. Ellos pedían expulsiones, Bruselas redactaba retornos. Ellos señalaban al extranjero, las grandes alianzas diseñaban procedimientos. Ellos imponen el miedo, las instituciones de la UE lo llamaban realismo.

Y ahora Von der Leyen descubre a los niños. Los coloca bajo la luz, junto a la bandera y pronuncia sus derechos. Fuera de campo quedan los que esperan en una frontera, los que crecen bajo las bombas y los que alimentan con sus emociones el negocio de las plataformas. La foto sale perfecta. Europa, no.

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