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domingo, 11 de octubre de 2026

"MÁS ALLÁ DE LA DESOLACIÓN". José Henrique Bortoluci, Revista Piauí

La noche de la primera ronda de elecciones no dejó lugar a dudas sobre nuestro estado de descontento y la magnitud de nuestra responsabilidad

Algunos pensamientos fervientes, en una noche que resume gran parte de nuestra desolación y expone inequívocamente nuestra responsabilidad con el futuro:
  1. En la última década, la extrema derecha ha logrado llevar a cabo una revolución cultural radical en Brasil; simultáneamente, el Centrão (o la derecha oportunista) ha podido implementar una serie de reformas políticas que han alterado definitivamente las reglas del ordenamiento político e institucional establecido por la Constitución de 1988.
  2. Estos dos vectores se combinaron en una alianza de inmensa fuerza, un coloso político capaz de generar transformaciones sociales pocas veces vistas en nuestra historia. Esta convergencia se produjo en un contexto internacional y en un entorno tecnológico-comunicativo que garantizó un alcance histórico y aportó información valiosa a estos movimientos internos.
  3. En el ámbito cultural, la derecha ha desarrollado una estética, un amplio dominio de la comunicación de masas, tecnologías sociales y afectivas para la construcción de comunidad, un diálogo profundo con la espiritualidad popular y una utopía convincente del individualismo como camino hacia la transformación personal. Una auténtica revolución gramsciana centrada en imágenes y valores guiados por la fe, la familia y la prosperidad individual.
  4. Esta es una visión seductora y de gran alcance, a pesar de su cinismo, su complicidad con las formas más brutales de explotación, su apelación a la violencia, su retroceso en materia de derechos y su perpetuación de la desigualdad. Al mismo tiempo, es un error no percibir cómo esta visión del mundo resuena con la vida real de la mayoría de la población y ofrece cierta esperanza, una utopía de lo posible y algunas herramientas para afrontar los reveses de la vida.
  5. El individualismo del sálvese quien pueda y la concepción de la vida como una guerra en la que gana el más fuerte, promovida por esta amalgama reaccionaria, dan nuevos matices a nuestra historia de violencia social y devastación ambiental. En los últimos años, se ha observado en Brasil la expansión metastásica de una especie de «capitalismo minero», una mezcla de «ética vorcaro» con lógica de milicia, con amplia penetración en las instituciones públicas. Las «apuestas», por citar solo una faceta de esta economía política y lógica cultural, son también una forma de explotación de vidas, apuestas y los ingresos de familias ya empobrecidas.
  6. Mientras los distintos grupos de derecha promovían esta revolución, nosotros, en el bando progresista, perdimos la energía de lo nuevo.
  7. La centroizquierda dominante, tanto en sus gobiernos como en sus discursos, prácticamente solo conserva el recuerdo de políticas ya rutinarias, muchas de ellas implementadas hace unos veinte años, o de propuestas que apenas modifican el statu quo. Esto se debe en parte al éxito de logros como Bolsa Família (un programa de asistencia social), el aumento del salario mínimo y la expansión de la educación superior: políticas públicas cruciales, pero que hoy son percibidas por la mayoría de la población como políticas estatales ya garantizadas o como medidas insuficientes. Y es fundamental reconocer que, de hecho, son absolutamente insuficientes.
  8. Tras los intentos de golpe de Estado del gobierno de Bolsonaro y los ataques del 8 de enero de 2023, la única arma política de alto calibre que se sumó a la lucha democrática fue la consolidación de un Tribunal Supremo agresivo e hiperpersonalista, una estrategia que fue notoriamente contradictoria desde el principio y que ahora ha demostrado ser una carga imposible de soportar.
  9. Los nuevos avances en el ámbito progresista, por fundamentales y justos que sean (el fortalecimiento del movimiento feminista, la ampliación del repertorio de luchas antirracistas y LGBT+), no han logrado generar mayorías políticas ni popularizar visiones de futuro que organicen la relación entre la vida privada de los ciudadanos y la vida colectiva. Son fuerzas indispensables, lo que exige una evaluación de sus logros, sus limitaciones, sus tácticas, sus repertorios y su eficacia en la movilización.
  10. Para revertir esta situación, es necesario crear alternativas que se correspondan con la revolución política y cultural implementada con impresionante éxito por la oposición. Una visión radicalmente nueva y convincente del futuro, tangible, arraigada en la realidad e impulsada por la energía de los sueños.
  11. Esto exige la creación de nuevas lógicas culturales, nuevos discursos, nuevos enfoques estéticos, nuevas lógicas de comunicación; tejer formas de solidaridad aún no probadas y desarrollar propuestas políticas transformadoras. Nos estamos desacostumbrando a lo ya establecido, lo que requiere una nueva disposición a escuchar a la mayoría de la población en su inmensa diversidad, un distanciamiento de nuestro propio vocabulario (no se puede escuchar si insistimos en imponer nuestro léxico) y la observación de iniciativas innovadoras que ya están en marcha en comunidades y movimientos, así como en ámbitos intelectuales y artísticos menos visibles.
  12. En cuanto al arte, ya es hora de que miremos más allá del pequeño escenario donde siempre se repiten la viejas y jóvenes estrellas. Lo nuevo no vendrá de aquellos artistas y expresiones que se pliegan a los gustos repetitivos y predecibles de la izquierda dominante, por muy grandes que sean sus logros en las últimas décadas y por muy buenas que sean las intenciones de los nuevos miembros de este grupo selecto.
  13. Este diagnóstico es independiente del resultado final de las elecciones presidenciales. Una victoria de Lula en la segunda vuelta podría impedir una aceleración aún mayor de esta revolución en curso, y por ello es crucial que el sector democrático concentre todas sus energías en las próximas semanas. Sin embargo, por sí sola, no allanará el camino hacia lo nuevo ni sentará sus bases. Quizás ganemos algo de tiempo, pero las placas tectónicas de la devastación social, el desmantelamiento de los derechos y la descarada vulgaridad no cesarán.
  14. El futuro es una ficción política que escribimos hoy. Recurro a estas dos palabras: responsabilidad y valentía. La responsabilidad de investigar el pasado reciente y evaluar nuestro progreso (que ha sido considerable), pero también de pensar más allá de las soluciones existentes, las estrategias consolidadas, los discursos aceptados y las políticas públicas ya probadas. La valentía de admitir que todo lo que hemos construido en el pasado y lo que estamos construyendo en el presente se queda corto respecto a lo que la historia nos impone como nuestra misión.
  15. Esta postura ética es, además, una manifestación de respeto por las luchas y victorias del pasado, pero, sobre todo, un reconocimiento a las derrotas de otras épocas. Invertir en un futuro de justicia e igualdad, contra viento y marea, es una forma de honrar a nuestros muertos y vencidos de luchas pasadas; estos compañeros aguardan, al lento ritmo de la historia, el momento de su redención.
  16. Si seguimos por este camino, será una construcción que llevará muchos años, quizás décadas, y no estará liderada por una sola persona, un solo partido o un solo movimiento. Es una tarea que involucra a amplios sectores de la sociedad, una diversidad de conocimientos, experimentos y apuestas, y requiere la audacia de participar en las batallas políticas más difíciles, incluso si esto implica derrotas a corto plazo.
  17. Esta responsabilidad es inmensa. Es la mayor misión política de nuestras vidas.

domingo, 23 de febrero de 2025

"LA PROPUESTA DE LA LIBERTAD SIN DEMOCRACIA". José María Barreda, El País 21FEB 2025

Mikel Jaso

En el aniversario del 23-F, la ciudadanía debe estar alerta, porque futuros golpes de Estado no se harán de una forma tan burda

El 27 de febrero de 1981, todos los partidos políticos con representación parlamentaria convocaron conjuntamente una manifestación “por la libertad, la democracia y la Constitución”. Ese era el lema de la pancarta sostenida por todos los líderes, Marcelino Camacho caminó junto a Fraga y los diputados de UCD, mientras que Felipe González anduvo al lado de Santiago Carrillo y Nicolás Redondo… Al día siguiente, EL PAÍS tituló: “La manifestación más grande de la historia de España desfiló ayer por las calles de Madrid”.

El ataque a la democracia del 23-F fue tan grave y evidente —Tejero pistola en mano en el Congreso, tanques en las calles de Valencia…— que los políticos y los ciudadanos tuvieron una clara percepción del golpe de Estado que pretendía acabar con la incipiente democracia española y se echaron a la calle para defenderla. Vieron las orejas al lobo, que llegó a aullar en la sede de la soberanía nacional.

Hoy vemos esa fecha lejana y de improbable repetición. Conocemos básicamente la “anatomía de aquel instante”, pero deberíamos reflexionar acerca de cómo son ahora los ataques a la democracia porque nos estamos acostumbrando a ellos. Podemos aplicar la fábula de la rana y el agua hirviendo: la rana salta inmediatamente y sale del agua cuando la arrojan de golpe, pero si se encuentra previamente dentro del puchero y el agua se va calentando poco a poco, la rana se mantendrá tranquila hasta que, imperceptiblemente, muere cocida. En el 23-F los partidos y la ciudadanía reaccionaron como un resorte al ataque evidente a la democracia; sin embargo, ahora hay un caldero en el que se está calentando la política y la sociedad. Convendría enfriarlo antes de que sea demasiado tarde. La enseñanza de la fábula consiste en avisar del peligro de aguantar situaciones límite durante demasiado tiempo. De ahí la importancia de hacer mucha pedagogía política y de predicar con el ejemplo de las prácticas democráticas.

Dos investigadores de Harvard, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, nos enseñaron Cómo mueren las democracias. Sabemos que ya no terminan con un golpe militar o una revolución, sino “con un leve quejido: el lento y progresivo debilitamiento de las instituciones esenciales”, como son el sistema jurídico, la prensa, el parlamento, los partidos políticos… Hoy la democracia se socava desde dentro de la democracia, utilizándola incluso para desprestigiarla. Estos autores expusieron su tesis en 2018, anticipándose a acontecimientos en EE UU y en Europa que avalan sus planteamientos.

Ha pasado casi medio siglo desde aquel golpe con estética del siglo XIX y, como es obvio, muchas cosas han cambiado. La digitalización y la globalización han modificado las reglas del juego y la sociedad es muy distinta. Sin embargo, seguimos prisioneros de otra época, aferrados a una concepción del mundo y de la vida que en gran medida ha quedado obsoleta, sin capacidad para ofrecer respuestas intelectuales y materiales a los nuevos problemas.

La célebre reflexión de Gramsci tiene toda su vigencia: “La crisis consiste en que lo viejo está muriendo y lo nuevo no acaba de nacer; en este interregno, aparecen una gran variedad de síntomas mórbidos”. Uno de los “síntomas mórbidos” actuales, es decir, una de las patologías que afectan a la democracia liberal y por ende a la socialdemocracia, son las ideas reaccionarias según las cuales sería posible, y deseable, la libertad sin democracia. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 15 de enero de 2025

"DEUS EX MACHINA". Irene Vallejo, El País 15 DIC 2024

Fernando Vicente

Soy complicada. De niña, aturdía a mi abuela con dilemas y cavilaciones. Ella respondía agitando la mano en el aire, como ahuyentando mis embrollos, y zanjaba las conversaciones con una frase muy suya, “todo son cosas”, un suspiro de desamparo ante la tendencia de los asuntos humanos a enmarañarse. Quien más, quien menos —incluso yo, la enrevesada—, todos soñamos con abolir las complejidades de la vida. Desearíamos encontrar soluciones fáciles e infalibles para cada problema.

El conflicto fue la base de la tragedia antigua. Para los dramaturgos griegos, el mundo se presentaba como opción desgarradora: obedecer a las convicciones o a la ley; buscar la dolorosa verdad o preferir la ignorancia; proteger a los más débiles a costa de la propia seguridad o abandonarlos a su suerte. Aquellos atolladeros y pugnas de voluntades resultaban tan difíciles de resolver que necesitaron inventarse el deus ex machina. La maquinaria teatral incluía una grúa con poleas provista de una plataforma; en el clímax de la pugna, allí aparecía algún dios que, con sus poderes, enderezaba la situación. Esa trampa escénica retrata nuestra ansiedad por encontrar la figura milagrosa que ponga en orden los rompecabezas de la vida.

En esta época de épica hiperventilada, los algoritmos, las redes y ciertos medios rentabilizan nuestra angustia. Al amplificar la sensación de caos, explotan la incertidumbre y el desconcierto, y, en esa atmósfera, insuflan la idea de que necesitamos individuos poderosos, carismáticos, autoritarios, capaces de disolver con mano dura las dificultades enquistadas y el desorden. Y, de paso, derribar las regulaciones, ese gran negocio. El historiador Carlo Ginzburg, hijo de Natalia, víctima de las inclemencias del fascismo italiano, escribió: “El miedo está siempre disponible, la cuestión es quién lo usa”. Curiosamente, personas que se definen como inconformistas, rebeldes e indómitas, dicen preferir un liderazgo de ordeno y mando. En la vida cotidiana nos molesta que nos dicten lo que debemos hacer, pero nos deslizamos fácilmente al espejismo del gobernante fuerte y sin contemplaciones. Nuestro anarquista interior, que asoma ante la mínima exigencia ajena, debería protegernos de caer en quimeras despóticas.

Durante algunas décadas, creímos que la democracia era irreversible, el club que nadie quería abandonar. En la sociedad líquida es duro durar. El tiempo desgasta todo rápido, y se puede morir tanto de éxito como de fracaso, por las expectativas crecientes o por la erosión de los sueños. Hoy crece en las encuestas el número de personas, sobre todo jóvenes, que aceptarían gobiernos no democráticos, siempre que garanticen ciertos niveles de bienestar. El atractivo de la mano dura parece aumentar entre quienes nunca la experimentaron. En su imaginación es solo una idea, y se permiten el lujo de idealizarla.

La tentación viene de antiguo, y anida incluso en mentes brillantes. Platón opinaba que la alborotada y convulsa democracia ateniense no tenía rumbo ni remedio. Recibió una invitación a Sicilia de un aristócrata admirador de su filosofía. Este seguidor, Dión, era cuñado de Dionisio, tirano de Siracusa. Platón viajó varias veces para convertirse en consejero del déspota y mentor de su hijo. Soñaba con hacer realidad un viejo sueño político, el gobierno justo del rey filósofo —bien asesorado—. Sin embargo, el heredero no tenía ganas de obedecer a esos dos consejeros pelmas, que a sus ojos eran un par de moscardones moralistas. Platón comprobó a un alto precio que no se debe creer en las ocurrencias de los cuñados: tras esos intentos terminó preso y algunos dicen que incluso vendido como esclavo. Lo salvaron sus amigos atenienses, y volvió a instalarse con inmenso alivio en la ciudad que tanto lo irritó. Cuando Martin Heidegger retomó sus cursos en 1951, tras la vergonzosa etapa de acercamiento a los nazis como rector de la Universidad de Friburgo, un colega le preguntó sarcásticamente: “¿De vuelta de Siracusa?”. El episodio platónico ha quedado asociado a la atracción —catastrófica— por los presuntos tiranos virtuosos, especie todavía no catalogada en ningún inventario de la historia. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 27 de octubre de 2023

"NACIONALPOPULISMO: POR QUÉ ESTÁ TRIUNFANDO Y DE QUÉ FORMA ES UN RETO PARA LA DEMOCRACIA". Un artículo de Roger Eatwell y Matthew Goodwin publicado en Ethic el 21 de agosto de 2019

Millones de votantes están convencidos de que el pasado fue mejor que el presente y que este último, a pesar de ser sombrío, es aún mejor que el futuro. Hoy, la política parece más caótica y menos predecible que en el pasado porque así es. Roger Eatwell y Matthew Goodwin analizan el movimiento nacionalpopulista en su último libro (Ed. Península).

El nacionalpopulismo es un movimiento que, a principios de este siglo, está cuestionando cada vez más la política dominante en Occidente. Su auge ha sido particularmente notable en numerosos países europeos y en Estados Unidos, pero existen otras manifestaciones importantes, como la victoria de Jair Bolsonaro en las elecciones presidenciales de Brasil en 2018. Los nacionalpopulistas dan prioridad a la cultura y los intereses de la nación, y prometen dar voz a quienes sienten que las élites, a menudo corruptas y distantes, los han abandonado e incluso despreciado. Es una ideología basada en corrientes muy profundas y duraderas que han ido girando bajo nuestras democracias y adquiriendo fuerza con el paso del tiempo.

(…) El ingeniero estadounidense William Deming señaló en una ocasión: «Confiamos en Dios; todos los demás aportan datos». A pesar de que vivimos en una época en la que disponemos de más datos que nunca antes, casi nadie hace una lectura correcta de la opinión pública. Creemos que esto se debe a que hay demasiadas personas que se centran en el futuro inmediato y no tienen en cuenta los cambios históricos de la política, la cultura y la economía que en la actualidad afectan seriamente a nuestras elecciones.

Los nacionalpopulistas surgieron mucho antes de la crisis financiera que estalló en 2008 y de la Gran Recesión que la siguió. Sus partidarios son más diversos que el estereotipo de «hombres mayores blancos y enfadados», quienes, como se dice a menudo, pronto serán sustituidos por una generación de millennials tolerantes. En realidad, el brexit y Trump fueron la antesala del auge mucho mayor de los nacionalpopulistas en Europa, como Marine Le Pen en Francia, Matteo Salvini en Italia y Viktor Orbán en Hungría, que forman parte de una revuelta creciente contra la política convencional y los valores liberales.

Este desafío a la corriente liberal dominante no es en general antidemocrático. En cambio, los nacionalpopulistas se oponen a determinados aspectos de la democracia liberal, como ha pasado en Occidente. A diferencia de las reacciones histéricas con las que fueron acogidos Trump y el brexit, quienes apoyan estos movimientos no son fascistas que quieren derribar nuestras principales instituciones políticas. Sí lo es una pequeña minoría, pero muchos muestran preocupaciones lógicas porque estas instituciones no representan a la sociedad en su conjunto, y, en todo caso, se están quedando cada vez más abandonados a su suerte con respecto al ciudadano medio.

Poco antes de que Trump llegara a la Casa Blanca, más de la mitad de los estadounidenses blancos sin títulos universitarios sentían que Washington no representaba a ciudadanos como ellos, mientras que justo antes de la victoria del brexit, aproximadamente uno de cada dos trabajadores del Reino Unido sentía que «personas como ellos» ya no tenían voz en el debate nacional. En medio de grandes escándalos sobre los grupos de presión, el «dinero negro», el abuso del gasto parlamentario, los discursos lucrativos a los principales bancos y la «política de puertas giratorias», en la que los antiguos políticos aprovechan sus contactos para financiar acuerdos privados, ¿acaso es de extrañar que numerosos ciudadanos hoy en día cuestionen abiertamente la integridad de sus representantes?

Algunos líderes nacionalpopulistas, como Viktor Orbán en Hungría, hablan de crear una forma nueva de «democracia iliberal», que plantea cuestiones preocupantes sobre los derechos democráticos y la demonización de los inmigrantes. Sin embargo, muchos votantes nacionalpopulistas quieren más democracia; más referéndums y más políticos comprensivos y que escuchen, para otorgar más poder a los ciudadanos y menos a las élites políticas y económicas existentes. Esta idea «directa» de democracia difiere de la «liberal» que ha surgido en Occidente tras la derrota del fascismo y que ha ido adquiriendo progresivamente un carácter elitista.

El nacionalpopulismo también plantea interrogantes democráticos legítimos que millones de personas desean debatir y abordar. Cuestionan el modo en que las élites se han ido aislando cada vez más de las vidas y las inquietudes de la gente corriente. Cuestionan el deterioro del Estado nación, al que ven como la única estructura que ha demostrado ser capaz de organizar nuestras vidas sociales y políticas. Cuestionan la capacidad de las sociedades occidentales para absorber rápidamente las tasas de inmigración y un «hipercambio étnico» sin precedentes en la historia de la civilización moderna. Cuestionan por qué el acuerdo económico actual de Occidente está creando sociedades con grandes desigualdades y abandona a determinados sectores de la ciudadanía, y si el Estado debería dar prioridad en el empleo y en la ayuda social a quienes han pasado sus vidas contribuyendo al fondo nacional. Cuestionan los programas cosmopolitas y de globalización, y preguntan si se nos tiene en cuenta y qué tipo de sociedades crearán. Y algunos preguntan si todas las religiones respaldan los aspectos principales de la vida moderna en Occidente, como la igualdad y el respeto por las mujeres y las comunidades LGTB. No existe la más mínima duda de que algunos nacionalpopulistas viran hacia el racismo y la xenofobia, sobre todo hacia los musulmanes, si bien esto no debería apartarnos de que también aprovechan la inquietud pública, generalizada y legítima, en una serie de ámbitos.

Este movimiento necesita examinarse como un todo porque tiene carácter internacional. Muchos de nuestros debates sobre política son muy cerrados: nos centramos aisladamente en nuestros propios países. Los estadounidenses acostumbran a interpretar a Trump solo desde la perspectiva de la política estadounidense. Sin embargo, pueden aprender mucho de Europa, como ya están haciendo sus nacionalpopulistas. Por este motivo, en 2018, el antiguo jefe de estrategia de Trump, Steve Bannon, recorrió Europa y se reunió con varios líderes nacionalpopulistas, como Marine Le Pen en Francia, en países que han estado luchando contra ellos durante algún tiempo. Mucho antes de esto, el propio Trump mantenía unos vínculos estrechos con Nigel Farage, partidario de la salida del Reino Unido de la Unión Europea y antiguo líder del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), quien a su vez mantenía lazos con los populistas europeos, como Alternativa para Alemania, que se abrió paso en 2017 e hizo añicos el viejo mito de que el populismo nunca triunfaría en el país que dio al mundo el nacionalsocialismo.

Otros controvertidos personajes populistas visitan con frecuencia Estados Unidos. Es el caso de Geert Wilders, de los Países Bajos, quien se jacta vilmente de que Europa se está «islamizando» y ha logrado el apoyo de congresistas republicanos como Steve King, y de miembros de la dinastía Le Pen en Francia, que han asistido a la Conferencia de Acción Política Conservadora estadounidense. En la Unión Europea, una gran alianza denominada Europa de las Naciones y de las Libertades agrupa a los nacionalpopulistas de diversos países, como Austria, Bélgica, el Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, los Países Bajos, Polonia y Rumanía. Si nos fijamos únicamente en Trump o en el brexit, pasamos por alto las tendencias más generales.

Cuatro palabras clave para entender el nacionalpopulismo

No podemos dar sentido a estas revueltas sin comprender cómo estas tendencias a largo plazo han estado remodelando la política en Occidente durante decenios. El nacionalpopulismo gira en torno a un conjunto de cuatro transformaciones sociales profundas que son la causa de la creciente preocupación entre millones de personas en Occidente. Nos referimos a estos cuatro cambios históricos como las «cuatro palabras clave». Suelen basarse en reivindicaciones legítimas, y es poco probable que desaparezcan a corto plazo.

La primera es el modo en que la naturaleza elitista de la democracia liberal ha fomentado la desconfianza hacia los políticos y las instituciones y ha alimentado la sensación entre numerosos ciudadanos de que ya no tienen voz en el debate nacional. La democracia liberal siempre ha tratado de minimizar la participación de las masas. Pero, en los últimos años, la distancia cada vez mayor que existe entre los políticos y los ciudadanos de a pie ha llevado a una ola creciente de desconfianza, no solo hacia los partidos mayoritarios, sino también hacia instituciones como el Congreso de Estados Unidos y la Unión Europea, una tendencia claramente indicada por los sondeos y otros datos. Nunca hubo una época dorada en que los sistemas políticos representaran a todos en la sociedad, y en los últimos años se han dado pasos importantes para garantizar que los grupos históricamente marginados, como las mujeres y las minorías étnicas, desempeñen un papel más importante en los órganos legislativos. Pero, al mismo tiempo, muchos sistemas políticos han pasado a ser cada vez menos representativos de los grupos principales, lo que ha llevado a muchos a concluir que carecen de representación, y ha impulsado el cambio hacia el nacionalpopulismo.

La segunda es cómo la inmigración y el hipercambio étnico están ayudando a la aparición de grandes temores sobre la posible destrucción de las comunidades y la identidad histórica de los grupos nacionales y de los modos de vida establecidos. Estos temores están envueltos en la creencia de que los políticos culturalmente liberales, las organizaciones transnacionales y la financiación mundial están mermando el país al alentar una mayor inmigración en masa, mientras que los programas «políticamente correctos» pretenden acallar cualquier oposición. Estas inquietudes no siempre se basan en una realidad objetiva, como refleja el hecho de que se ponen de manifiesto no solo en las democracias que han experimentado cambios étnicos rápidos y profundos, como en el Reino Unido, sino también en aquellas con niveles de inmigración mucho más bajos, como Hungría y Polonia. Son, no obstante, potentes, y lo serán aún más a medida que el cambio étnico y cultural siga afectando a Occidente en los próximos años.

La tercera es el modo en que la globalización de la economía neoliberal ha avivado unos fuertes sentimientos de lo que los psicólogos denominan privación relativa como resultado del aumento de las desigualdades en los ingresos y en la riqueza en Occidente y la pérdida de confianza en un futuro mejor. A pesar de que muchos partidarios del nacionalpopulismo tienen un puesto de trabajo y cuentan con unos ingresos medios o por encima de la media (incluso aunque muchos de estos empleos sean inseguros), la transformación económica de Occidente ha alimentado un intenso sentido de privación «relativa», la creencia entre determinados grupos de que salen perdiendo en comparación con los demás. Esto supone que sienten un gran temor sobre el futuro y lo que les espera para ellos y sus hijos. Este profundo sentido de pérdida está íntimamente ligado al modo en que el pueblo piensa sobre cuestiones como la inmigración y la identidad.

En la actualidad existen millones de votantes convencidos de que el pasado fue mejor que el presente y que este último, a pesar de ser sombrío, es aún mejor que el futuro. No forman parte de la clase marginal blanca y sin trabajo ni de quienes reciben ayuda social. Si el nacionalpopulismo dependiera del apoyo de los desempleados, entonces resultaría más fácil afrontarlo; se trataría de crear puestos de trabajo, sobre todo aquellos que ofrezcan una seguridad a largo plazo y unos salarios dignos. Sin embargo, la mayoría de las personas en esta categoría no se encuentran en el nivel más bajo de la escala; ahora bien, comparten la firme convicción de que el acuerdo actual ya no les sirve y que se está dando prioridad a otras personas.

Los líderes nacionalpopulistas se nutren de este profundo descontento, pero su camino en la corriente principal también se ha despejado por medio de una cuarta tendencia: el debilitamiento de los lazos entre los partidos mayoritarios tradicionales y el pueblo, o lo que denominamos como desalineamiento. La época clásica de la democracia liberal se caracterizó por una política relativamente estable, unos partidos mayoritarios fuertes y unos votantes leales; hemos sido testigos de cómo ha llegado a su fin. Numerosos ciudadanos ya no coinciden en gran medida con la corriente dominante. Los vínculos se están rompiendo. Este desalineamiento está haciendo que los sistemas políticos en Occidente sean mucho más inestables, fragmentarios e imprevisibles que nunca antes en la historia de la democracia de masas. En la actualidad, la política parece más caótica y menos predecible que en el pasado porque así es. Esta tendencia también se veía venir desde hace tiempo… y aún le queda mucho camino por delante.

Este es un extracto del libro Nacionalpopulismo: por qué está triunfando y de qué forma es un reto para la democracia, de Roger Eatwell y Matthew Goodwin (Ed. Península). Puedes comprar un ejemplar y seguir leyendo en este enlace.

sábado, 19 de agosto de 2023

Diana Aurenque, filósofa: “Los humanos no aceptamos que somos un simio evolucionado”. Publicado en El País el 13 de agosto de 2023

La académica chilena publica ‘Animal ancestral. Hacia una política del amparo’ (Herder), un libro donde propone una nueva forma de arraigo ante el desamparo actual

Diana Aurenque (Santiago, Chile, 1982) es profesora de la Universidad de Santiago, especialista en ética médica y filosofía de la medicina. En 2022, en la pandemia, publicó Animales enfermos, filosofía como terapéutica, donde planteó que el ser humano es un animal enfermo porque su verdadera salud no está dada por la naturaleza. Que estar sano no es solo mantenerse con vida, sino construir la propia existencia.

Apenas terminó ese libro, sin embargo, se dio cuenta de que le faltaba algo: pensar la vida en comunidad, en los vínculos perdidos. Y en cómo el ascenso de posturas políticas cada vez más extremas, tanto de populismos de ultraderecha como de luchas identitarias de agendas progresistas, “han contribuido a erosionar el diálogo y la convivencia democrática”. ¿Cómo construir un nosotros político desde lados tan opuestos? ¿Cómo encontrarse y escucharse sin cancelarse unos con otros?

Algunas de estas interrogantes son las que plantea en su último libro Animal ancestral. Hacia una política del amparo (Herder), que se publica en España en octubre y luego en Chile, en el que propone “atreverse a un giro ancestral”. Ante el desarraigo del sujeto moderno, la filósofa invita a un anclaje con la tierra y con los otros a partir de una interpretación del ser humano como un animal ancestral.

Ella misma ha hecho la prueba de volver a contactar con la tierra, al dejar su departamento en la capital de Chile para vivir un periodo entre las montañas, en el valle del Elqui, en la zona centro norte del país. Cambió el cemento por el campo.

PREGUNTA. En su libro menciona como un hecho político el estallido social en Chile de 2019. ¿Cuánto determinó en cómo repensó el concepto de comunidad?

RESPUESTA. Muchísimo. Desde el estallido social y luego con el rechazo de la propuesta constitucional en el 2022, que buscaba ofrecer una salida institucional a la crisis, para mí, como apruebista, fue una bofetada de realidad. Desde ahí me he preguntado cómo siendo tan distintos podemos estar juntos sin tanta trinchera, algo muy similar, a lo que plantea Peter Sloter­dijk. Que no solo nos podamos congregar en torno a una crisis, un conflicto o al escándalo de turno, sino en torno a ideas, intereses o valores comunes sobre cómo queremos vivir.

P. Ha dicho que Chile es una sociedad atomizada.

R. Sí. Al igual que muchas otras sociedades, en Chile, hay cada vez más fragmentación. Con pequeños grupos con intereses muy particulares que no solo no dialogan entre sí, sino que también muchas veces conflictúan. Por ejemplo, las luchas feministas o las de los movimientos LGTBIQ+, si bien son en extremo necesarias, tienden a desplegarse como políticas identitarias que conflictúan con valores universalistas. Así, una pregunta filosófica y política importante del libro radica en explorar formas amables de comprender la identidad.

P. Esa sociedad atomizada y fragmentada, ¿es una realidad global?

R. Así es. Hoy, como planteo en el ensayo, el gran protagonista es el individuo, no la comunidad.

P. Es crítica con la existencia de las políticas identitarias de la extrema derecha, pero también de las de la izquierda. ¿Cómo articular una comunidad?

R. Vivimos en una sociedad pluralista, donde las diversas formas de vida deberían ser legítimas. Sin embargo, es cada vez más difícil tener esa libertad. Por un lado, hay grupos que pelean por libertades, por más pluralismo y más respeto al individuo y sus proyectos de vida, pero, por otro, aumenta el conservadurismo.

P. ¿Y por qué ocurre?

R. Parece cierto el diagnóstico de Hugo Herrera (profesor de Derecho y abogado chileno) de que los discursos progresistas se volvieron cada vez más moralistas e intolerantes respecto de proyectos de vida más bien tradicionales, pero que, en el fondo, siguen teniendo sentido para grandes mayorías. Lo conservador significa, por ejemplo, que la tierra, el país, el linaje, la familia y Dios importan. Probablemente, porque dan un sentido de trascendencia a la vida y a la organización social. Pero, además, porque se cohesionan ante un enemigo común, el progresismo. Me da la impresión de que los sectores más progresistas no han logrado ofrecer, por desgracia, relatos tan poderosos. Con todo, también quedan presos en la lógica de la división entre amigos y enemigos.

P. ¿Por qué es importante para usted la idea del animal ancestral?

R. Me sorprende que, después de más de un siglo de conocer a Darwin y la teoría de la evolución, no sólo encontramos creacionistas o negacionistas, sino también muchísima gente que cree en los alienígenas ancestrales. Yo sabía que había un programa sobre eso en la televisión, pero no que llevaba 21 temporadas. Me pregunto, entonces, ¿por qué seguimos atados a una explicación que se resiste de ver al ser humano como parte de la evolución? ¿Por qué esa obstinación de que el origen humano tiene que provenir de un cielo y no de la tierra?

P. ¿O Dios o un alienígena?

R. Sí. ¿Por qué tiene que venir una inteligencia divina a sembrarnos en la tierra? ¿Por qué nos sentimos tan especiales y distintos de las plantas y los demás animales? Esa me parece una soberbia peligrosa, y una de las razones por las que nos ha costado reconocer a los animales como entes que sienten dolor y no como cosas. Hay una necesidad del ser humano de distinguirse y no aceptar que somos un simio más evolucionado. Si miras a un caballo u otro animal, algo compartes con él. Hay que dejar de pensar que nuestros parientes cercanos son dioses, sea por racionalidad o espiritualidad, sino que los de verdad cercanos están aquí mismo en la tierra. Uno podría sentirse más amparado, como parte de una comunidad amplia y diversa, si empieza a darse cuenta de que es un terrícola, no de afuera.

P. Plantea avanzar hacia el amparo. ¿Dónde observa el desamparo?

R. En todos lados. En la medida que la vida perdió los grandes relatos, como dice [Jean-François] Lyotard, uno deja de creer en las grandes ideologías. Al mismo tiempo, las religiones tradicionales también han perdido sus adeptos y cada vez encuentras más una espiritualidad alternativa o ritualista ad hoc. Entonces, cuando ya no crees en Dios ni en ideologías, la vida se desencanta y se vuelve vacía. Lo central para mí es reconocer que el humano necesita proporcionar a su vida un sentido trascendente para poder hacer significativa la vida en un gran nosotros. La ancestralidad ofrece una forma de nuevo arraigo, de atarse a un pasado con necesidad de futuro, y permite contrarrestar el desamparo actual.

P. ¿Qué efecto tiene ese giro ancestral?

R. Si nos comprendemos ancestrales, nos reconocemos menos celestiales (y divinos) y más terrícolas (y animales), mucho más vinculados con todo el planeta, los otros, los animales y las plantas. Vivimos una crisis climática, ecológica, hace muchos años. Si recuperamos eso de que los ancestros poseen autoridad para nosotros, tienes una deuda con ellos, no con Dios ni con el pecado; tienes un presente común con sentido de futuro. Por eso la idea de lo ancestral es reconocer que existe una autoridad trascendente sobre nosotros, no desde un Estado, ni del cielo, sino desde una tierra con sentido de trascendencia.

miércoles, 18 de enero de 2023

"LA MENTIRA COMO ARMA DEL PODER". Un artículo de Luis Antonio Espino publicado en Letras Libres (México) el 1 de enero de 2023

La mentira usada abierta y sistemáticamente como arma del poder para dividir y confundir a la sociedad será parte central del agrio legado del populismo.

“Nos robaron la elección de 2006.” “Nos hicieron fraude en 2012.” “Regresaré al Ejército a sus cuarteles.” “Cancelamos el aeropuerto de Texcoco porque había mucha corrupción.” “Hay escasez de gasolina porque estamos combatiendo el huachicol.” “El gabinete de seguridad fue quien decidió liberar a Ovidio Guzmán.” “Se han ahorrado 1.5 billones de pesos gracias a la lucha contra la corrupción.” “Ya tenemos comprador para el avión presidencial.” “Nuestra estrategia de seguridad está funcionando.” “Había corrupción en las estancias infantiles, por eso las cancelamos.” “No se talará un solo árbol por el Tren Maya.” “La próxima semana tendremos medicamentos para los niños con cáncer.” “El aifa es el mejor aeropuerto de América Latina.” “Salgan, abrácense, no pasa nada, no es tan fatal ese coronavirus.” “Ya no hay corrupción.” “Se acabaron las masacres.” “Ya domamos la pandemia.” “La maestra Delfina es una mujer honesta.” “Calumnian a Salgado Macedonio.” “López-Gatell merece reconocimiento mundial.” “Que se aplique la ley, aunque se trate de mi hermano.” “El récord en remesas es un logro para presumir.” “Soy el presidente más atacado en cien años.” “Tendremos un sistema de salud como el de Dinamarca.” “No hay militarización.” “El ine hace fraudes electorales.” “No hay un país donde se estén aplicando tantas vacunas.” “Este es el gobierno que más ha apoyado a las mujeres.” “No somos iguales.” “Vamos muy bien.”

Se podrían llenar muchas páginas con las mentiras y las afirmaciones engañosas que a diario dice el presidente Andrés Manuel López Obrador, pero él no ha pagado ningún costo jurídico, administrativo, político, social o diplomático por ello. Los medios siguen difundiendo lo que dice a diario, incluso cuando se ha demostrado su falta de veracidad. Los líderes empresariales aún dan crédito a lo que el presidente asegura. Los enviados de gobiernos extranjeros dicen en público que confían en su palabra. Y, en promedio, seis de cada diez ciudadanos siguen teniendo una opinión favorable de él, como muestran las encuestas. Al presidente no le interesa la verdad, pero esta tampoco parece tener muchos aliados.

Pregunte usted a cualquier ciudadano qué opina de que el presidente diga tantas mentiras y muy probablemente le responderá –con una mezcla de cinismo y resignación– que todos los políticos mienten. Pero hay tres factores que hacen diferentes y mucho más peligrosas las mentiras de López Obrador: su inmensa cantidad, la gravedad de sus efectos y, sobre todo, su motivación para mentir.

Comencemos por la cantidad. El conteo de la empresa SPIN-Taller de Comunicación Política registra que AMLO ha hecho casi 87 mil afirmaciones falsas, engañosas o que no están respaldadas por información pública hasta agosto de 2022, es decir, en poco más de tres años y medio de gobierno. Para comparar, el Washington Post contabilizó poco más de 30 mil 500 afirmaciones falsas y engañosas de Donald Trump durante sus cuatro años en la Casa Blanca. Más allá de comprobar con espanto que AMLO supera al presidente más mendaz de la historia de Estados Unidos, lo importante es que entendamos la naturaleza y magnitud del problema. No estamos solamente ante un político mentiroso, estamos ante una estrategia deliberada de desinformación que busca imponer dos ideas falsas: uno, que López Obrador es un líder infalible y el único con legitimidad –él le llama “autoridad moral”– para gobernar; y dos, que toda persona que critique, cuestione o se oponga al presidente vive en un estado permanente de inferioridad moral y por eso no tiene legitimidad para participar en la vida pública. López Obrador usa la mentira para ponerse a sí mismo por encima de toda la sociedad a fin de blindar sus decisiones del escrutinio público, eludiendo por completo la rendición de cuentas.

Esto nos lleva al segundo punto, la gravedad de las mentiras y sus efectos. Cuando se usa el poder del Estado para desinformar, se daña la capacidad de la sociedad para entender la situación real del país. Las mentiras del presidente no sustituyen a la verdad, pero sí la vuelven irrelevante a los ojos de millones. Y aquí no debemos pensar que todos sus seguidores son incautos que creen literalmente cada afirmación falsa. Muchos saben que son mentiras o frases engañosas, pero saben también que son útiles como arma para defenderlo de sus críticos, porque les evitan el esfuerzo de aportar evidencia y argumentos para sostener sus posturas políticas. Falsedades flagrantes como “salvamos el lago de Texcoco”, “se está reduciendo como nunca antes la pobreza” o “a México no le fue tan mal en la pandemia” se vuelven mantras que, al repetirse una y otra vez, protegen al creyente de la realidad, sustituyen la razón con la emoción y refuerzan el control de López Obrador sobre sus seguidores. Esto es muy bueno para el presidente, pero muy malo para el país, porque la mentira es un pantano en el que es imposible construir soluciones a nuestros problemas colectivos.

Las mentiras del presidente han tenido enormes costos en términos financieros, institucionales y sociales. Pero hay algunas cuyo costo es irreparable, pues se mide en vidas perdidas o dañadas. Ese es el caso del cruel engaño en torno a la pandemia de covid-19. Desde el inicio de la crisis, el presidente –con ayuda de un vocero envilecido y sin escrúpulos– le dio la espalda a la verdad y se dedicó a confundir y saturar a la sociedad con afirmaciones destinadas a negar la gravedad del problema, minimizar su impacto real y eludir toda responsabilidad. La prioridad siempre fue cuidar su imagen, no la salud y la vida de la gente. La falta de una comunicación profesional de riesgo sanitario de parte del Estado para proteger a la población le costó a México decenas de miles de vidas que no tenían que perderse.

Emparentadas con todas las mentiras sobre la pandemia están las que el presidente ha dicho para ocultar el brutal desmantelamiento del sistema público de salud. Esa otra tragedia se ha manifestado en situaciones límite de falta de presupuesto para equipar hospitales, así como en un desabasto crónico de medicamentos, lo que también ha costado sufrimiento, dolor y vidas. “Salgan, abrácense, no es tan fatal este coronavirus, no es ni siquiera como la influenza”, “ya domamos la pandemia”, “la próxima semana habrá medicamentos para los niños enfermos de cáncer” y “en este sexenio tendremos un sistema de salud como el de Dinamarca” son mentiras que nunca habrían sido aceptadas por una sociedad con valores cívicos más sólidos.

En tercer lugar, lo que hace diferentes a las mentiras de López Obrador es su motivación. Debajo de la máscara de aspiraciones compartidas –como la honestidad en el gobierno o una sociedad más justa– el presidente oculta la destrucción del Estado con el fin de centralizar el poder en su persona y garantizar el dominio de su movimiento populista durante las próximas décadas. Su discurso tóxico y falaz es el ariete con el que va destruyendo a instituciones clave para la república y para la democracia. A algunas, como el ine, las destruye desde fuera, quitándoles recursos, desprestigiando su trabajo y poniendo en su contra a parte de la sociedad con afirmaciones falsas. A otras, como a las fuerzas armadas, las destruye desde dentro, pervirtiendo sus funciones, deformando su estructura y convirtiéndolas en instrumento político, mientras dice actuar por la seguridad ciudadana. A base de mentiras, el presidente va alejando las urnas y acercando las bayonetas.

Al final, tenemos que entender que el presidente miente porque puede hacerlo con impunidad. Miente porque está rodeado de incondicionales que le ayudan a corroer la verdad para amasar más poder, más dinero y más capacidad para inspirar temor. Miente porque no hay Congreso o poder judicial que realmente le exijan cuentas. Miente porque buena parte de las élites cree que es más costoso defender la verdad que tolerar la mentira. Miente porque tiene como aliadas a la ignorancia y la apatía de millones. Y miente porque sabe que la mentira es muy útil para encender a los creyentes, ofuscar a los críticos, engañar a los incautos e intimidar a sus opositores.

La mentira usada abierta y sistemáticamente como arma del poder para dividir y confundir a la sociedad será parte central del agrio legado del populismo. Nos guste o no, en algún momento tendremos que darnos cuenta de que, para reconciliarnos entre nosotros, los mexicanos debemos primero reconciliarnos con la verdad. ~

"EL GRAN REEMPLAZO EUROPEO". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

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