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lunes, 21 de octubre de 2024

"LOS PLACERES PALIATIVOS". Marta Peirano, El País14 OCT 2024

Julianne Moore (a la derecha) y Tilda Swinton en
'La habitación de al lado', de Pedro Almodóvar

El impulso de garantizarse la tranquilidad de los últimos días en el círculo protector de una colectividad acomodada y anestesiada por la literatura, el cine, la música y los opiáceos es tan popular que ya es un meme

En mi pandilla de profesionales sin hijos al borde de la mediana edad hay una fantasía recurrente: cuando dejemos de ser jóvenes y bellos, como la canción de Lana del Rey, compraremos entre todos una casa ajardinada de balcones frente al mar, o un refugio de piedra en mitad de la montaña, que llenaremos de libros, gatos, proyectores y mesas de mezclas.

Contrataremos servicios de limpieza y enfermería para mantener el orden de nuestros cuerpos el máximo tiempo posible. Mantendremos un club de lectura, jueves de cine, una piscina de agua salada y mesas para jugar al ping-pong y al ajedrez. Compraremos un saco de heroína que guardaremos en un lugar fresco, seco y oscuro para cuando todo duela y no queden buenas razones para salir de la cama. En algún momento nos llegó a parecer ligeramente escandalosa, con los años he descubierto que esta fantasía nuestra tan primermundista es un cliché.

“Desearía que, al final de la vida, cuando todo estuviera realmente ‘terminado’, hubiera algo que esperar”, escribe Roz Chast, la icónica caricaturista de The New Yorker en una memoria sobre el cuidado de sus padres ancianos, titulada ¿Podemos hablar de algo más agradable? Y sigue: “Algo más orientado al placer. Tal vez opio, o heroína. Te vuelves adicto. ¿Y qué? Heladerías de todo lo que puedas comer para los muy ancianos. Grandes libros de arte con imágenes y música. Cuidado paliativo extremo, para cuando ya estés harto de todo lo demás: las radiografías, las resonancias magnéticas, la comida aburrida y las pastillas que no hacen nada en absoluto. ¿Sería tan malo?” No parece malo cuando lo quiere Roz para sus ancianos padres, pero parece perverso cuando lo quiero yo.

El impulso de garantizarse la tranquilidad de los últimos días en el círculo protector de una colectividad acomodada y anestesiada por la literatura, el cine, la música y los opiáceos es tan popular que ya es un meme, pero un meme clandestino. No sale del clan. Inyectarse la sangre de tu propio hijo para vivir más tiempo te garantiza portadas en Wired, pero, fuera del marco de las instituciones, familia, residencia u hospital, la idea de compartir un espacio vital, no como proyecto de futuro sino como búnker hedonista de los últimos días, parece egoísta, escapista y ególatra.

Pensé que era por la ausencia de hijos. Son los que se quedan, los que nos dicen cómo y cuándo nos podemos ir. Ahora creo que tiene más que ver con la ausencia de opciones. En esta sociedad del bienestar, hemos decidido que no todo el mundo puede irse como quiere. Nuestra piscina futura, llena de cuerpos flácidos flotando sin resistencia en la gracia divina de la metilendioximetanfetamina, encaja perfectamente en ese universo ballardiano del rascacielos como catedral del colapso y del accidente como el hacha capaz de romper los mares helados de un vacío emocional.

Es realismo capitalista. Es peligroso, irresponsable y hedonista, pero la alternativa es más cruel. “Para poder funcionar en el capitalismo tardío sin ser un desastre psicológico, es necesario aceptar lo insano como algo normal” escribe Mark Fisher en su Realismo capitalista. Hay algo más insano que esperar la inevitabilidad de la dependencia, la indefensión y la invalidez mientras cancelamos los servicios sanitarios más básicos. Yo digo que el dolor no purifica. Elijo el respeto y la dignidad.

miércoles, 22 de noviembre de 2023

"LOS EXPULSADOS DEL CULTO A LA JUVENTUD". Un artículo de Pascal Bruckner publicado en Ethic el 21 de JUL de 2021

En ‘Un instante eterno: filosofía de la longevidad’ (Siruela), el filósofo Pascal Bruckner plantea cómo los avances de la ciencia han hecho del tiempo un aliado paradójico para aumentar la vida del ser humano. Pero ¿queremos vivir mucho tiempo, o empezar de nuevo y reinventarnos?

En su libro autobiográfico, El mundo de ayer (1942), Stefan Zweig cuenta cómo a finales del siglo XIX, en Viena, en el Imperio austrohúngaro, gobernado por un soberano de 70 años rodeado de ministros decrépitos, la opinión pública no se fiaba de la juventud. Pobre de aquel que mantuviera un aspecto infantil: no le resultaba fácil encontrar un trabajo; el nombramiento de Gustav Mahler a la edad de 37 años como director de la Ópera Imperial fue una escandalosa excepción. Ser joven era un obstáculo para cualquier carrera.

Los jóvenes ambiciosos tenían que parecer mayores y empezar a envejecer en la adolescencia: acelerar el crecimiento de la barba afeitándose todos los días, llevar gafas con montura dorada en la nariz, lucir cuellos almidonados, ropa rígida y una larga levita negra y, si era posible, tener un poco de sobrepeso, lo cual era signo de seriedad. A los 20 años, vestirse de persona madura era la condición sine qua non para el éxito. Era necesario castigar a las nuevas generaciones, ya penalizadas por una educación humillante y mecánica, arrancarlas de sus comienzos como novatos, de su indisciplina de chicos malos. Era el triunfo de la gravedad que impone la edad honorable como el único comportamiento civilizado de la humanidad.

Qué contraste con nuestros tiempos, cuando cualquier adulto trata de forma desesperada de mostrar los signos externos de la juventud, practica la confusión de disfraces, lleva el pelo largo o vaqueros; cuando las propias madres se visten como sus hijas para anular cualquier brecha entre ellas. En el pasado, la gente vivía la vida de sus antepasados, de generación en generación. Ahora los progenitores quieren vivir la vida de sus descendientes.

Jovencitos de 40 años, cincuentones con aspecto adolescente, sexigenarios, aventureros de 70 o más, con sus mochilas, sus bastones de esquí y sus cascos, aficionados a la marcha nórdica, que cruzan la calle o los jardines públicos como si estuvieran atacando el Everest o el Kalahari, abuelas en escúter, abuelos en patines o en monociclos eléctricos. Es el vértigo de la regresión autorizada. El desajuste generacional es tan cómico como sintomático: entre los jóvenes encorsetados en sus trajes ceñidos y los viejos con sienes plateadas que se pasean en pantalones cortos, la cronología se altera.

Mientras tanto, los valores se han invertido. Para Platón, la escala de conocimiento debía seguir la de las edades. Solo el individuo mayor de 50 años podía contemplar el Bien. La dirección de su República debía dejarse, a través de una especie de «gerontocracia atemperada» (Michel Philibert), solo a los ancianos, capaces de impedir la anarquía de las pasiones, de orientar a los ciudadanos hacia un alto grado de humanidad. El ejercicio del poder era una función de la autoridad espiritual. Fue Platón, mucho antes que el Benjamin Button de Scott Fitzgerald, quien en el Político imaginó que en los viejos tiempos «los ancianos muertos salían de la tierra para vivir sus vidas al revés» y regresaban al estado de un bebé recién nacido. Así que vio la infancia como el fin de la existencia, un regreso al punto de partida después de un largo viaje. El principio pasó a ser el final, y el final, el principio. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 25 de enero de 2023

"MIRAR DE NUEVO A LA VEJEZ: EL PRESTIGIO FRENTE AL CUERPO". Un artículo de Pedro Vázquez, director técnico de la Fundación Doña María (Sevilla), publicado en Ethic el 15 de junio de 2021

La discriminación por motivos de edad es un problema mundial de salud –física y mental– que puede ser combatido si, como sociedad, pasamos de entender la vejez como un lastre para convertirla en una oportunidad a través de la conversación intergeneracional, la legislación y la educación.

«La edad es algo que no importa, a menos que usted sea un queso». Esta maravillosa frase de Luis Buñuel queda muy lejos de ser cierta en nuestros días. Y es que tal como señala el Informe Mundial sobre el Edadismo presentado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en marzo de este año, la discriminación por motivos de edad es un problema mundial que provoca problemas de salud física y mental, aislamiento social, fallecimientos tempranos y que cuesta a las economías miles de millones de dólares. Según el documento, una de cada dos personas en el mundo discrimina por motivos de edad, convirtiendo al edadismo en un problema incluso más común que el racismo o el sexismo.

El edadismo se refiere a cómo pensamos, sentimos y actuamos hacía otras personas o hacía nosotros mismos por motivos de edad, y en muchas ocasiones se traduce en estereotipos, prejuicios y discriminación (sobre todo) hacía las personas mayores. Una discriminación que se manifiesta de forma muy llamativa en los casos de maltrato, pero que se traduce igualmente en actos cotidianos, como invisibilizar o infantilizar a las personas mayores, ponerles trabas para decidir por sí mismos, obstaculizar su acceso a un determinado tratamiento médico o a una cama de hospital. También hace referencia a las grandes dificultades para encontrar un empleo a partir de una determinada edad (incluso una vez superada la barrera de los 45-50 años). Esto contribuye directamente al aislamiento social y a la soledad no deseada. Una soledad que, como están demostrando múltiples investigaciones, se está transformando en una epidemia silenciosa de efectos devastadores. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 22 de enero de 2023

«LA POBREZA DE LA VEJEZ SE FRAGUA EN LA JUVENTUD». Una entrevista a Anna Freixas realizada por de Guillermo Martínez y pulicada en Ethic el 30 de setiembre de 2021

Se sabe vieja y lo expresa. Teoriza sobre la cuestión y aconseja a sus congéneres sobre ello. Anna Freixas (Barcelona, 1946) ha escrito para las personas como ella, aquellas que no tienen miedo a conjugar la primera persona en adjetivos tan reales como estigmatizados por la sociedad. Esta escritora y profesora universitaria jubilada publica ‘Yo, vieja’ (Capitán Swing, 2021), una suerte de manual repleto de apuntes de supervivencia «para seres libres» en la vejez, tal y como reza el subtítulo de la obra. Desenfadada, Freixas recorre en su obra los miedos, incertidumbres y certezas de la vejez moderna, la experiencia de la piel arrugada; y también traza la realidad de la independencia económica en esta horquilla de edad, los cuidados, la pérdida de vínculos y, por supuesto, la muerte.

¿Valoramos la experiencia como algo positivo a lo largo de nuestra vida hasta que llegamos a viejos? A partir de ahí, da la sensación de que los saberes ya no valen para nada.

Es como un salto semántico. En la vejez es cuando más saberes, experiencia y capacidad para enfocar un tema posees, no cuando eres joven y te faltan claves para interpretarlo. Es una de las diversas cegueras de la sociedad que impide ver y aprovecharse de algo que es un enorme capital. Al igual que el trabajo de sostenibilidad de la vida que hacemos las mujeres no es valorado, la sociedad tampoco valora el saber de las viejas y los viejos. Ya lo dije una vez: si las viejas paramos, el mundo se para. Si no, imagina que todas las personas de más de 65 años dejan de hacer todo eso que hacen de forma productiva para que el mundo siga adelante, para que la gente joven pueda ir a trabajar, tenga la comida preparada o no se vea en la obligación de tener que cuidar a otras personas. Es un trabajo de enorme valor que pasa muy desapercibido.

Usted habla en su libro de poder «vivir la vejez en paz». Como veterana, como senior, ¿cuál diría que es su guerra particular?

No tengo una en concreto, sino algunos elementos que guían mi deseo en la vejez: la libertad, la dignidad y el respeto. Quiero que se respete mi capacidad para ser yo quien gestione mi vida al completo: mi cuerpo, mi espíritu, mi dinero, mis relaciones, mi afectividad. Hasta que pueda. En el momento en que eso cambie, espero que todos los valores que ahora estamos pregonando las viejas se vuelquen, finalmente, en nosotras.

¿Siente que sus deseos se respeten en el día a día?

Yo sigo el principio de que el patriarcado ha muerto, y por lo tanto el principio de que esta opresión no existe. Todo a lo que le haces caso se cristaliza y aparece como real, así que me comporto como si no existiera y exijo que la gente de mi alrededor lo haga igual. Cuando esto choca con la realidad, entonces digo: «Ey, estoy aquí, soy yo, es mi vida». CONTINUAR LEYENDO

jueves, 17 de noviembre de 2022

"EL AMOR A LOS 77 AÑOS". Manuel Rivas

Oliver Sacks
Estoy enamorado del enamoramiento que vivió el escritor y neuropsiquiatra Oliver Sacks cuando tenía 77 años

En la mañana del 21 de febrero de este año 2015 me senté en la cafetería Barra, al lado del mercado coruñés de San Agustín, para tomar un café y leer el periódico. Me senté todavía adormilado, refunfuñando porque la mesa del ventanal estaba ocupada, y ya se sabe que el malhumor acentúa el instinto de propiedad. En la media penumbra abrí el periódico, leí un artículo y me levanté con los brazos abiertos a la vida.
Ahora, cuando vuelvo, me siento allí, en la esquina penumbrosa, en honor de Oliver Sacks. Puedo recordar aquel día, la fecha, la zozobra y el despertar de la mirada, porque lo que leía, en EL PAÍS, un ­artículo con su firma, De mi propia vida, era una carta universal del afecto y la pérdida. Sacks, con 83 años, informaba de que padecía un cáncer terminal, pero tal y como lo contaba era una enfermedad de horizonte. Hasta allí, todavía quedaba un trecho para divertirse, incluso, decía, “para hacer el tonto”. Y lo más importante, su mirada no se achicaba en el trance: abarcaba con gozo la vida vivida. “He sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura”. 

Era una despedida, para qué engañarse, pero el efecto, la estrategia del adiós del “animal pensante”, era un brindis a la vida, a la aventura compartida. Con certeza, hay un más allá: son los otros. Creo que sería muy del gusto de Sacks los versos de Poesía última de amor y enfermedad, de Lois Pereiro: “Estoy viviendo un sueño repetido / en las noches de los que me siguen queriendo”.

Cuando informó de su enfermedad con aquel abrazo a la vida, el ­autor de Un antropólogo en Marte contó de pasada que estaba escribiendo unas memorias. Es un género arriesgado. El preferido de los desmemoriados. Además, la desmemoria suele estar mal escrita y tiende a ser más voluminosa cuanto más pretenda tapar. Hay tochos de memorias que deberían servir para encofrar los monumentos de sus autores. CONTINUAR LEYENDO
Fuente: El País Semanal

lunes, 12 de septiembre de 2022

"ELIMINAR LO ESTEREOTIPOS PARA REIVINDICAR LA VEJEZ". Por Raquel Medina Bañón, publicado en elDiario.es el 27 de agosto de 2022

La crisis sanitaria provocada por la COVID-19 ha hecho que las personas mayores se convirtieran en foco mediático, revelando así la existencia no solamente de los estereotipos, sino de un lenguaje edadista que se ha naturalizado y normalizada

El diccionario de la Real Academia Española define “vejez” de la siguiente manera:

1. f. Cualidad de viejo. 2. f. Edad senil, senectud. 3. f. Achaques, manías, actitudes propias de la edad de los viejos. 4. f. Dicho o narración de algo muy sabido y vulgar.

Claramente, esta definición determina una concepción negativa de la vejez, la cual ha penetrado en los discursos sociales y culturales. Si este concepto negativo se repite una y otra vez en el ámbito público, lo que se produce y perpetúa es la discriminación por edad. De hecho, la edad es la tercera causa de discriminación en España, únicamente superada por la discriminación de género y la racial.

A la discriminación por edad se la denomina ‘edadismo’, un término que fue acuñado por Robert Butler en 1969, quien lo definió como “un proceso de estereotipos y discriminación sistemático contra las personas por ser mayores”. El edadismo se considera parte del sistema social cuyos miembros desarrollan desde una edad temprana un concepto negativo del envejecimiento; es decir, un edadismo interiorizado. Asimismo, los discursos sociales hegemónicos han retratado la vida tras la jubilación como un tiempo de decrepitud, fragilidad, dependencia, pérdida de vigor sexual, aislamiento social, pasividad, falta de atractivo físico e improductividad. Esta homogeneización negativa del envejecimiento es la que resulta necesario eliminar para evitar la discriminación de las personas mayores.

Sin embargo, es necesario también indicar que existe un edadismo interiorizado, el cual se produce cuando los estereotipos por edad contribuyen a una discriminación tanto hacia uno mismo como hacia los demás.

Este edadismo también es intergeneracional y afecta a la percepción que las personas mayores tienen de los/las jóvenes y niños/as y viceversa. Por ejemplo, a los jóvenes también se los homogeneiza con características tales como que son irresponsables, incultos, conflictivos o vagos, entre otras. De la misma manera, las personas jóvenes interiorizan los estereotipos sobre la vejez de tal modo que cuando llegan a ser mayores suelen tener una percepción negativa de aquellas personas que son más mayores, de más edad. En vez de avivar el conflicto generacional (por ejemplo, el que resulta de culpar a los ‘baby boomers’ de la precariedad laboral que sufren los jóvenes y de la hucha de pensiones, o a los jóvenes de los repuntes en contagios durante las últimas olas de la COVID-19), se debería fomentar la solidaridad entre las distintas generaciones y así ayudar a eliminar este edadismo interiorizado y resolver el conflicto intergeneracional que crea.

Como la definición de la RAE pone de manifiesto, el lenguaje tanto escrito como visual tiene el poder de fijar los estereotipos, los prejuicios y la discriminación de las personas mayores. Este edadismo emerge en el ámbito social de muchas maneras; por ejemplo, en la forma en que nos dirigimos a las personas mayores: llamarles viejos/viejas, ancianos/ancianas, abuelos/abuelas o yayos/yayas es edadismo. Hablar de residencias de ancianos o asilos es también edadismo; como también lo es dirigirnos a las personas mayores usando diminutivos o infantilizándoles. Dar por hecho que las personas mayores no entienden de lo que hablamos es edadismo, así como pensar que no pueden aprender cosas nuevas ni enfrentarse a las nuevas tecnologías.

La crisis sanitaria provocada por la COVID-19 ha hecho que las personas mayores se convirtieran en foco mediático, revelando así la existencia no solamente de los estereotipos, sino de un lenguaje edadista que se ha naturalizado y normalizado. Es más, a pesar de que existe una guía, ‘El uso del lenguaje frente al edadismo y los estereotipos’, respaldada por el Imserso, durante la pandemia no hemos dejado de oír y leer una y mil veces palabras como viejos/viejas, ancianos/ancianas, abuelos/abuelas, yayos/yayas, dependientes, jubilados/jubiladas, pensionistas, nuestros mayores, etcétera. Incluso las fotografías que acompañaban a las noticias revelan la deshumanización a la que se ven sometidas las personas mayores al mostrar una parte de su cuerpo, generalmente las manos (y normalmente de mujer), sosteniendo en muchas ocasiones un bastón. ¿Por qué las manos para mostrar a las personas mayores? ¿Es que la vejez no es digna de ser mirada? ¿Solamente lo joven puede ser retratado? ¿Es que todas las personas mayores necesitan un bastón?

Las agendas neoliberales de austeridad han puesto de relieve una política de envejecimiento activo o exitoso con el objetivo de, por una parte, retrasar los costes médicos que para las arcas estatales pueda suponer el envejecimiento de la población, y de, por otra, abrir un sinnúmero de espacios de mercado para el consumo de las personas mayores. En este sentido, la actividad física (gimnasios), la actividad sexual (Viagra), el turismo, el ocio, los cosméticos, las cirugías estéticas... se convierten en productos de consumo que favorecen y apoyan tanto un envejecimiento saludable como la concepción de la vejez como un espacio de consumo. Sin embargo, este envejecimiento activo lo que hace es enfatizar que envejecer de manera positiva se circunscribe a las clases con poder adquisitivo medianamente alto.

La importancia dada al envejecimiento positivo ha llevado a una distinción entre la tercera edad y la cuarta edad. La tercera edad del neoliberalismo se caracteriza como la edad de la jubilación en la que destacan el ocio, la autorrealización, la salud y el compromiso social. En la tercera edad somos mayores, pero no ‘viejos’, con lo que la independencia se mantiene. Por el contrario, la cuarta edad implica la falta de autonomía e individualidad y la presencia de una muerte inminente. En la cuarta edad las personas mayores son despojadas del capital social y cultural y desplazadas a las residencias de mayores o relegadas a la reclusión en el espacio de la casa. Obviamente, este énfasis que se pone en la productividad y en el envejecimiento exitoso deja a los enfermos crónicos, a las personas discapacitadas o a las que prefieren no ser activas o no pueden serlo por cuestiones económicas como un problema para la sociedad, debido a su complacencia con ser ‘viejos’; de ahí que se les aparte y discrimine.

La soledad no deseada de las personas mayores es un gran problema social en España. Según el INE, en 2020 2.131.400 personas mayores de 65 años vivían solas, de las cuales 1.511.000 eran mujeres. Por edad, el 44,1% de las mujeres mayores de 85 años vivían solas, frente al 24,2% de los hombres. La soledad no deseada se produce cuando no se escoge, sino que se impone, pudiendo afectar a nuestro bienestar y estado de salud. La discriminación, los prejuicios y los estereotipos son factores determinantes de la soledad no deseada, de ahí la urgencia en cambiar la percepción de la vejez y del envejecimiento. La labor que diversas ONG (Amigos de los Mayores, Fundación Pilares, Envejecimiento en Red o Matia Fundazioa) están llevando a cabo para acompañar a personas mayores, desarrollar su capacidad creativa y propiciar su participación social es fundamental. Tal y como reivindican estas ONG, es necesario un nuevo modelo de acompañamiento y de cuidados en el que se reconozcan y se prioricen el empoderamiento, la identidad individual y la autonomía.

En definitiva, las personas mayores tienen derecho a tomar decisiones por sí mismas, a potenciar sus relaciones sociales y a obtener prestaciones médicas no discriminatorias que afirmen su dignidad como seres humanos. Por esos motivos, lograr que los derechos humanos de las personas mayores sean respetados debe ser un objetivo primordial de cualquier política social.

"DIVAGACIONES ESTIVALES SOBRE LA PRESUNCIÓN DE INOCENCIA". Carlos López-Keller, infoLibre.es

Cuando la probabilidad sustituye a las pruebas En los albores del derecho romano, que es tanto como decir del derecho mismo, dos escuelas de...