Mostrando entradas con la etiqueta Género. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Género. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de octubre de 2025

"DE LA AUTOINCULPACIÓN AL ODIO". Lola López Mondéjar, El País

Mikel Jaso
Parte del electorado natural de la izquierda se gira hacia la derecha y culpa a aquella de su situación

El pasado agosto se publicó en este periódico un amplio artículo, firmado por Ángel Munárriz, titulado ”Abascal gana fuerza entre obreros y parados y se acerca al umbral de Le Pen", donde se informaba del aumento de los apoyos a Vox entre los desempleados, los asalariados y quienes se consideran pobres. Se trata de ciudadanos que no votan políticas progresistas, a pesar de que son estas, precisamente, las que han incrementado el salario mínimo interprofesional, aumentado las pensiones, defendido la sanidad y la educación públicas, o intentado, intento frustrado por la derecha, reducir la jornada laboral. A pesar de todo lo anterior, parte del electorado natural de la izquierda se gira hacia la derecha y culpa a aquella de su situación.

Pablo López Calle ha investigado la subjetividad precaria en las periferias metropolitanas desindustrializadas, mediante entrevistas realizadas a jóvenes trabajadores de Coslada que sufrieron la crisis de 2007. Jóvenes que, en época de bonanza, dejaron pronto la enseñanza en busca de oficios manuales que ofrecían salarios bien remunerados y que, tras la recesión económica, se encontraron en situación de desempleo sin cobertura, abocados a vivir con sus padres o a volver a formarse para acceder a otras profesiones supuestamente mejor pagadas. Su insuficiente formación inicial les impedía optar al escaso trabajo decente disponible, continúa el autor, lo que les llevó a soportar situaciones de “infraempleo y sobreexplotación”. Notemos que se trata de las mismas condiciones materiales que hoy encontramos en los potenciales votantes de Vox a los que se refiere Munárriz.

Hace menos de diez años, López Calle observaba en estas clases populares una subjetividad, es decir, un modo de saber y representarse a sí mismo, que tenía conciencia de su precarización, que sufría el duelo por la pérdida de estatus, y también, y esto es lo que más nos interesa aquí, una subjetividad que se culpaba, psicologizaba y consideraba problemas individuales los conflictos colectivos que le afectaban. Es lo que se conoce como individualizar la queja. Tratar de convertir en problemas personales los problemas sistémicos es una práctica común del neoliberalismo, como sabemos. La crisis económica fue vivida entonces como un episodio traumático, un shock que se interpretó como un conjunto de errores colectivos y personales, un pecado involuntario, lo llama López Calle, vinculado con una naturaleza débil o con elecciones personales equivocadas, entre otros factores.

Lo que quiero destacar es que el desclasamiento, la precarización, la falta de reconocimiento social que la pérdida de un trabajo más digno comportaba era interpretado por los afectados como efecto de una mala gestión de sus recursos personales, con el consiguiente correlato de culpa, depresión y otras patologías del reconocimiento, como son la pérdida de aprecio social, en palabras de Axel Honneth, que afectan a quienes pierden el sostén identitario que el trabajo y el acceso a los bienes materiales e intangibles que este proporciona.

En apenas una década, insisto, una parte de quienes hoy ven disminuidas sus oportunidades laborales y sociales ha pasado de aquella autoinculpación a la exculpación actual. Esta población desfavorecida ya no se instala en la dolorosa rumiación culposa de entonces, sino que identifica primero a un culpable de su situación, para deshumanizarlo y convertirlo en chivo expiatorio después: los inmigrantes y el Gobierno, proyectando sobre ellos el odio que genera su pobreza, el agudo resentimiento que experimentan quienes observan cómo descienden sus expectativas de prosperidad. Un odio que, en ocasiones, incitado por las arengas de Abascal y compañía, se vierte de manera casi letal, como vimos en los sucesos del pasado verano en Torre Pacheco y Hortaleza.

La autoinculpación reflexiva caracterizaba el modo en que eran socializadas las mujeres en el patriarcado tradicional; mujeres que nos sentíamos fácilmente culpables de cualquier conflicto, de ahí que la depresión la sufra casi el doble la población femenina. La exculpación, por el contrario, es una característica central de la socialización de los varones, especialistas en culpar a otros de sus errores, eludiendo así la reflexión y el aprendizaje, y manteniéndose en una satisfactoria situación de poder. De ahí que la expresión del malestar psicológico entre ellos se manifieste con irritabilidad, comportamientos de riesgo o aislamiento, antes que con tristeza depresiva, que permanece subyacente.

La autoinculpación es dolorosa, produce una hemorragia narcisista difícil de manejar, genera una pasividad que es fruto de la impotencia, mientras que la exculpación reactiva es consoladora: no soy yo el culpable, es el otro, pudiendo generar actuaciones impulsivas para recuperar el control que se siente perdido. Es el inmigrante quien me quita el trabajo, alarga las listas de espera de los hospitales, me roba los recursos de un Estado que no hace lo suficiente por los suyos y protege a los extranjeros; son los inmigrantes quienes convierten España en un país más inseguro. Reconocerán en estas afirmaciones el argumentario más recurrente entre los dirigentes y los votantes de Vox, tan masculinos ellos.

A efectos de esa exculpabilización gratificante no importa que nada de esto sea cierto. Que los inmigrantes no nos quiten el trabajo sino que desempeñen aquellos que los nacionales no queremos hacer, que tengan una buena salud y no frecuenten los hospitales con la insistencia que ellos afirman, o que no se beneficien de esos recursos que sienten amenazados quienes los acusan, pues los trabajadores extranjeros suponen casi un 14% de las aportaciones a la Seguridad Social. No importa que, según datos del Ministerio de Interior, el aumento de extranjeros no haya incrementado los delitos, sino que la criminalidad en España haya disminuido un 0,3% en el último año. Y no importa porque el uso de la razón está reñido con la exculpación impulsiva, que se instala cómodamente como mecanismo de defensa debido a su capacidad de reparar de inmediato cualquier herida, proporcionando potencia y expulsando de sí la responsabilidad. Al proyectar el odio sobre el chivo expiatorio elegido se mantiene intacta la autoestima, dando un sentido simplista y reparador a cualquier malestar. El mecanismo es muy utilizado por los hombres maltratadores, que culpan indefectiblemente a sus mujeres de los reveses que les proporciona la vida, mientras ellas se autoinculpan. Y la extrema derecha y la derecha extrema han sabido capitalizar el descontento, potenciándolo, para hacerse con las simpatías de miles de jóvenes precarizados por un sistema económico capitalista, caníbal y deshumanizado. La culpa que siguió a la crisis anterior se convierte en acusación y odio, en la separación radical entre un nosotros y un ellos, en una peligrosa designación de un culpable al que estigmatizar y desear destruir.

Sin embargo, culpar exclusivamente a la ultraderecha y a la derecha de esta dinámica es caer en el mismo error exculpatorio que ellos, pues está claro que los partidos progresistas han contribuido sin proponérselo a este peligroso giro al no atender suficientemente a las condiciones materiales de la población más vulnerable, entre las que la precarización laboral y la falta de vivienda serían las más urgentes, pues privan de agencia y de futuro, aumentando el rencor.

La rectificación está llegando, esperemos que no sea demasiado tarde. Urge para el bien de todos una reflexión profunda que identifique las causas ocultas tras ese malestar desesperado. Urge hacer autocrítica y enmendar. No hay tiempo que perder.
___________________________________________________________________________________

Lola López Mondéjar es psicoanalista y escritora, premio Anagrama de Ensayo de 2024 por Sin relato. Atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad.


viernes, 10 de mayo de 2024

Helen Hester, filósofa: “Lo que consideramos tiempo libre no es sino un espacio para la recuperación”. Entrevista (El País 13 ABR 2024)

La feminista británica sostiene que solo si nos emancipamos del sistema neoliberal y priorizamos nuestro propio tiempo podremos disfrutar de la libertad verdadera

El trabajo contemporáneo representa “una prisión” de la que la filósofa británica Helen Hester (Grays, 1983) apela a emanciparse para disfrutar nuestra libertad verdadera. No se trata solo de la modalidad remunerada, también se refiere al trabajo reproductivo, para el que demanda “reconocimiento, redistribución y reducción” [del tiempo de trabajo], precisa durante la entrevista, que se hizo en un café al suroeste de Londres con la presencia de dos de sus tres hijos, de casi cuatro y seis años. Su libro más reciente, Después del trabajo. Una historia del hogar y la lucha por el tiempo libre, coescrito con su pareja, Nick Srnicek, esboza vías de salida, como la construcción de redes sociales humanas. Hester, catedrática de Género, Tecnología y Políticas Culturales en la Universidad de West London, es además una de las representantes de una nueva corriente del feminismo, el xenofeminismo, y es autora de un libro homónimo (ambos libros son de la editorial Caja Negra) en el que sienta las bases de una corriente que considera que las teorías que hacen de “lo natural” una norma deben ser destruidas para, después, construir desde cero una infraestructura social que logre la emancipación colectiva. El próximo miércoles 17 hablará desde La Casa Encendida y el día 20 charlará con la periodista experta en tecnología Marta Peirano en La Maliciosa, ambos actos en Madrid.

 

"ESCLAVOS EN LA SIERRA TARAHUMARA (México). Equator.org

Agentes de la Fiscalía General del Estado de Chihuahua en una operación de búsqueda en un campo de trabajo forzado abandonado, controlado po...