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jueves, 23 de julio de 2026

"LOS BORBONES A SUS ÓRDENES, MI GENERAL". Nieves Concostrina, Publico.es

Por mucho que se les seque la boca a algunos seudoprogresistas uniendo el apellido Borbón a la sagrada palabra democracia, no conseguirán engañarnos. Podrán repetir mil veces la mentira, pero no la convertirán por ello en verdad. Los borbones apoyaron al asesino Francisco Franco. Los Borbones reventaron de alegría el 18 de julio. Los Borbones se referían al sangriento golpe de Estado como “nuestra cruzada”. Los Borbones estuvieron de acuerdo con el criminal Emilio Mola cuando, al día siguiente del golpe, leyó en Pamplona su célebre bando de guerra: “El restablecimiento del principio de autoridad exige inexcusablemente que los castigos sean ejemplares, por la seriedad con que se impondrán y la rapidez con que se llevarán a cabo, sin titubeos ni vacilaciones. Hay que sembrar el terror (…) hay que dejar sensación de dominio, eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros. Nada de cobardías. Si vacilamos un momento y no procedemos con la máxima energía, no ganamos la partida. Todo aquel que ampare u oculte a un sujeto comunista o del Frente Popular será pasado por las armas”.

Y por no hablar en abstracto de “los Borbones”, señalemos nombres y parentesco: con el golpe de Estado y la represión que trajo, con los miles de fusilados, con la pérdida de derechos y libertades… con todo ello estuvieron de acuerdo el bisabuelo y el abuelo de Felipe VI. Y al igual que Alfonso XIII y Juan de Borbón se pusieron a las órdenes del dictador Franco, también se puso a su servicio y bajo su obediencia el convicto Juan Carlos, el padre del actual rey. ¿Por qué debería creer que Felipe VI es distinto a ellos?

En unas fechas como estas, cuando se recuerda la carnicería que trajeron a este país unos sublevados, hay que decir alto y claro que Felipe VI es uno de los suyos, no de los nuestros; no de los demócratas. Un rey espurio, procedente de una dinastía golpista y cuya actitud falsamente demócrata es eso, una farsa que se ve obligado a representar para mantener sus privilegios; un rey perteneciente a una casta servil y fascista que no aceptó la decisión soberana de un pueblo que reclamaba en los años treinta reformas sociales urgentes y que acudió legítimamente a las urnas para conseguirlas. Los borbones son y eran antidemócratas, y contribuyeron al desastre social y económico de España.

Hace 90 años que estaban emocionados con la sublevación, y que no dejaron de aplaudir las acciones y los crímenes rebeldes cada uno de los mil días de horror que duró la guerra; hace 90 años que se levantaban cada mañana con la ilusión de conocer los triunfos de los golpistas contra la democracia y los avances hacia el fascismo; hace casi 90 años que a los borbones les trajo sin cuidado los cientos de cadáveres con los que fueron rellenando la fosa de Pico Reja en Sevilla, las minas extremeñas y los pozos de Gran Canaria, a donde arrojaban a los fusilados para que se amontonaran o, en el caso canario, empujándolos vivos para que agonizaran en el fondo. En estos meses de hace 90 años sus católicas majestades celebraban la matanza de casi todo el pueblo de Constantina, el fusilamiento de los cien de Almonte aquella noche donde retumbaban los gritos de “¡Viva la virgen del Rocío” con cada descarga, los 4.000 asesinados en Badajoz, los otros 4.000 fusilados en Córdoba, la matanza de civiles en la carretera Málaga-Almería en el 37, la masacre durante el bombardeo del mercado de Alicante en el 38, la aniquilación de hombres en Sartaguda, en Navarra, para que el pueblo se recordara para los restos como “el de las viudas”… Hace 90 años que los malditos borbones solo tenían un objetivo: volver. Cayera quien cayera. Y si la vuelta la facilitaban unos militares criminales dispuestos a fusilar a todo el que no pensara como ellos, bienvenido fuera.

Así que… no, que Felipe no tenga la desfachatez de pronunciar estos días la palabra democracia. Toda su familia, incluido él, ha estado contra ella. Él solo se ha adaptado a su irremediable circunstancia, y solo porque los franquistas dejaron perfectamente organizada la transición. Felipe no estaría aquí si los españoles hubieran podido elegir. Qué cuajo hay que tener para vivir donde no te quieren y a costa de los que no te quieren. Ni siquiera la familia republicana de su mujer ha contribuido al blanqueo de una institución manchada por el absolutismo, la corrupción y, desde hace 90 años para acá, el crimen. Al contrario, la familia plebeya ha acabado empercudida. Qué triste paradoja que Francisco Rocasolano luchara por aquella democracia, por aquella República legítima y ganada en las urnas, y que su nieta haya preferido olvidarlo en cuanto pisó moqueta.

“Nuestra Cruzada continúa metódica y victoriosa”, escribía Alfonso XIII desde la suite del hotel de Roma donde vivió durante diez años con todo lo expoliado en España. Producto de ese expolio fue el millón de libras que le regaló a Franco para que matara más y mejor. Y no solo contribuyó económicamente; también presionó directamente a Mussolini para que enviara cuanto antes los aviones prometidos a Franco.

Se impone recordar en este instante esa falacia que recogen historiadores cortesanos, periodistas mentirosos y hasta la embustera IA, que repiten hasta la saciedad aquellas farsantes palabras de Alfonso XIII en su carta de despedida en abril de 1931 cuando las urnas lo echaron del país (igual que hoy echarían a su bisnieto si nos dejaran votar): “Quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil”. Señor majestad Felipe VI, ya que no se lo puedo decir al play boy de su bisabuelo, se lo digo a usted: ¡Y un mojón! Alfonso XIII contribuyó todo lo que pudo y más a una guerra en la que se puso del lado de los asesinos.

Alfonso XIII, que disfrutaba jugando a la guerra desde que empezó liándola en Marruecos a principios del siglo XX siendo solo un joven irreflexivo y caprichoso, iba señalando los avances de los sublevados en un gran mapa de España que tenía clavado en sus regios aposentos, y estallaba de júbilo con cada éxito: “Todos tenemos que ayudar al movimiento de salvación de España. ¡Quién pudiera estar con vosotros!”, le escribió al general Alfredo Kindelán. Deseaba Alfonso XIII poder disparar a españoles con sus propias manos, como también aspiraba a ello su hijo, el príncipe de Asturias, Juan de Borbón, que el mismísimo 18 de julio de 1936 andaba nerviosito perdido cerca de la frontera con Francia pidiendo paso para entrar a matar. Y su hermano sordo, Jaime, también emocionado por unirse a la cruzada de Franco y los Borbones, pero Alfonso XIII no se lo permitió alegando, más o menos, que no se enteraría por dónde le vendrían los tiros.

Juan acabó pasando a España clandestinamente con el nombre de Juan López. Este joven de 23 años era ansia viva por disparar contra los españoles que no pensaran como él, y no dejó de dar la turra en los primeros meses escribiendo a oficiales y al mismísimo Franco para que le dejaran matar a alguno. Cuando el abuelo golpista de Felipe VI supo que el crucero “Baleares” iba a hacerse a la mar, rogó a Franco en una carta fechada en diciembre de 1936 que le permitiera embarcarse para “prestar algún servicio útil”. Y ya creo que lo hubiera prestado, porque el “Baleares” fue el que participó junto con el “Canarias” y el “Almirante Cervera” en el asesinato de miles de civiles durante la Huía (Desbandá la llamaron los sublevados) por la carretera de Málaga a Almería. Cuánto hubiera disfrutado Juan firmando alguno de los 5.000 asesinatos perpetrados a las órdenes de cualquiera de los oficiales rebeldes que comandaron aquel crimen: Francisco Bastarreche y los hermanos Francisco y Salvador Moreno Fernández.

Aquella carta la despedía Juan de Borbón diciéndole a su admirado Franco: “Con mis votos más fervientes porque Dios le ayude en la noble empresa de salvar a España, le ruego acepte el testimonio del respeto con que se reitera a sus órdenes y muy afectuosamente, Juan de Borbón”. Chúpate esa, Felipe. Ahí tienes cómo se trataban tus dos abuelos ideológicos: el biológico y el putativo.

Tampoco le permitió el dictador a “Juan López” su participación en el crimen de la carretera Malaga-Almería, y lo trampeó excusándole por el importante lugar que ocupaba “en el orden dinástico”. Qué ilu, debió de exclamar Juan… mi guía cuenta conmigo en un futuro.

En resumen, que Alfonso XIII le dijo a Franco que le hubiera gustado matar compatriotas que no pensaban como ellos, pero, la verdad, sus monterías en República Checa, sus veraneos en Austria y sus novias no le dejaban tiempo; Juan lo intentó con ahínco, pero no pudo meterle ni un cañonazo a un español. Juan Carlos, en cambio, ha sido hasta ahora el único de la familia que, sin quererlo, ha matado de un disparo a otro español, pero porque él, además, es idiota.

Los borbones son mansos fáciles de pastorear, y la prueba está en que, por mucho que humillaran ante su líder llamándole “Mi respetado General”, “Excelentísimo Sr. General”, “Vuestra Excelencia”… Franco sentía un manifiesto desprecio por ellos que no se molestó en disimular: “Si el momento de la restauración llegara, la nueva monarquía tendría que ser, desde luego, muy distinta a la que cayo el 14 de abril de 1931; distinta o diferente en el contenido y, aunque nos duela a muchos, pero hay que atenerse a la realidad, hasta en la persona que la encarne”. Así se explicaba el dictador el 18 de julio de 1937 en el diario ABC de Sevilla. Un sopapo a Alfonso XIII en toda regla. Le costó al Borbón, pero después de unos cuantos sopapos más acabó reconociendo que Franco “me ha traicionado y engañado a cada paso”.

Bien es cierto que hasta ahora ningún Borbón ha destacado por sus dotes intelectuales, pero lo de Alfonso XIII roza la estupidez. Proclamar desde Roma que se sentía “falangista de primera hora” para que a Franco le llegara su apoyo entusiasta demostraba que era un necio que hablaba por no callar. Los falangistas son republicanos, so cenutrio, ¿o no estabas informado del famoso discurso de José Antonio Primo de Rivera en 1935?: “Nosotros entendemos que la monarquía española cumplió su ciclo, se quedó sin sustancia y se desprendió, como cáscara muerta, el 14 de abril de 1931. (…) una institución que reputamos gloriosamente fenecida”. En fin… que la ignorancia es la madre del atrevimiento.

El dictador, ya instalado en el trono de su dictadura, no dejó de menoscabar la dignidad de Alfonso XIII, y en cuanto una angina de pecho se lo llevó a criar malvas, Franco pasó a menoscabar la de su hijo. Juan se impacientó por pillar reino en cuanto los aliados derrotaron al Tercer Reich, midió mal sus nulas fuerzas y exigió la restauración de su Casa en la Jefatura del Estado. Lo único que faltaba para tocarle las narices a Franco.

Alberto Martín-Artajo, de la Asociación Católica de Propagandistas, aconsejó al dictador en 1945, según relata en su libro El precio del trono Pilar Urbano, “dar al régimen una envergadura ‘más católica y menos falangista’; soltar lastre fascista de símbolos, uniformes, himnos y saludos, porque es lo que más desagrada a los gobiernos aliados, e ir a la restauración monárquica pronto y de modo visible”. Demoledora respuesta del dictador: “Que España sea un reino no implica necesariamente el retorno de los Borbones: hay otras ramas y hay otros príncipes con posibilidades”. Que Felipe VI deje de manosear la palabra democracia. El 18 de julio de 1936 los Borbones, su casta, estuvieron en la banda de los asesinos

Y venga sopapos…

Me pregunto muchas veces si, además de disfrazarse de los tres ejércitos, subirse y bajarse de tanques, cazas y buques-escuelas, los borbones, incluida la última que nos ha caído en la lotería, Leonor, han estudiado la calamitosa historia de su familia y el rastro de indecencias que la jalonan. Franco los conocía bien. A todos, y por eso los desdeñaba y decía que la “monarquía debería ser electiva, y no hereditaria”. Tiene mucha guasa oír a Franco hablar de elegir a alguien.

Tal y como Franco debía verlo, nadie tendría derecho a señalarle como jefe de Estado ilegítimo viniendo de dónde venimos, con una dinastía lujuriosa repleta de bastardos. “No puede ser padre de un rey el último hombre con quien se acueste la reina”, decía el dictador refiriéndose a Isabel II y su bastardo Alfonso XII.

Y se cebó aún más con la prole de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, tal y como recoge en su libro “Franco y los católicos” el historiador Javier Tusell: “Habría que ver si es o no es apto para reinar todo lo que salga del vientre de una reina: Don Alfonso, hemofílico; Don Jaime, sordomudo; Don Gonzalo, hemofílico también; Don Juan, prometía, pero… carece de voluntad y de carácter, está manejado por sus consejeros. No lo veo idóneo”.

Y tan inapropiado como lo era Juan para Franco, ha demostrado serlo Juan Carlos para el conjunto de España, como inapropiado es Felipe e inapropiada será Leonor al proceder de una instauración ilegítima decidida por un sublevado que trajo el horror a este país hace 90 años en medio de la cerrada ovación de los Borbones.

Que Felipe VI deje de manosear la palabra democracia. El 18 de julio de 1936 los Borbones, su casta, estuvieron en la banda de los asesinos. Y esa memoria no nos la van a borrar.

viernes, 17 de julio de 2026

"La catástrofe moral de los tecnomagnates totalitarios: nos roban los datos, nos roban la democracia". Shoshana Zuboff, El País

SR. GARCÍA
Un grupo de caciques corporativos son los responsables del colapso democrático al que asistimos a escala mundial. Con sus algoritmos han conseguido que los ciudadanos naveguemos en un lodo informativo mientras los líderes políticos improvisan ante cada nueva crisis. Cuando las prácticas empresariales entrañan un coste moral y humano inaceptable, hay que abolirlas. Se hizo con el trabajo infantil. Y con la esclavitud

El 10 de noviembre de 2019, la presidenta electa de la Comisión, Ursula von der Leyen, viajó de Bruselas a Berlín para entregarme el Premio Axel Springer por La era del capitalismo de la vigilancia. Parecía consciente de la importancia histórica de aquel momento en el que Europa era la única fuerza geopolítica capaz de frenar la caída precipitada hacia la distopía digital.

“Creemos que lo más importante es el ser humano. Europa pone los valores, los derechos, la confianza y el Estado de derecho por delante de todo lo demás, y eso debe valer también para la estrategia europea en la era digital. Para nosotros, las nuevas tecnologías nunca significarán nuevos valores… Las personas somos, ante todo, ciudadanos, dotados de derechos y con el control de nuestra propia vida… Tanto en el mundo analógico como en el digital…”.

La presidenta electa era consciente de que las demás grandes potencias iban a pulverizar esos valores. “En EE UU, el mercado es tradicionalmente lo más importante… En Asia, el Gobierno tiende a dominar y el individuo tiene que aceptar un papel subordinado al del grupo. Rusia exige a los proveedores de internet que instalen equipos de red capaces de identificar el origen del tráfico y filtrar contenidos”. “Por el contrario”, subrayó, “Europa tiene una larga tradición de equilibrio entre el poder del Estado y el del mercado y, al mismo tiempo, otorga una prioridad especial al individuo. Esa es la gran ventaja de Europa a la hora de dar forma a la era digital. Y todavía no es demasiado tarde. Por supuesto, el progreso no está garantizado. Hay que seguir trabajando”.

Recuerdo el ambiente que se respiraba en la sala después de sus palabras. El viento helador azotaba las ventanas que dominaban la ciudad, pero allí dentro compartíamos una sensación de esperanza, calidez y solidaridad al ver que la mujer que iba a presidir la UE comprendía verdaderamente la importancia y la oportunidad que ofrecía esta próxima gran transformación. También nos tranquilizó ver que comprendía que la UE era la única de las grandes potencias que había institucionalizado y estaba dispuesta a actuar en defensa de los valores, derechos y leyes capaces de forjar un siglo democrático y digital para Europa y para todos los que, en todo el mundo, están desesperados por huir de la distopía. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 18 de junio de 2026

"DEMOCRACIAS AMENAZADAS". Luis García Montero, El País

Garzón y García Ortiz
Resulta muy peligrosa la estrategia que confunde el respeto a la justicia con la indiferencia ante el comportamiento de algunos jueces

No me duelen los actos de la gente mala, me duele la indiferencia de la gente buena. Eso afirmó Martin Luther King en su lucha por la dignidad humana y eso recuerda Baltasar Garzón al analizar las situaciones de la justicia en España y en el panorama internacional. Resulta muy peligrosa la estrategia que confunde el respeto a la justicia con el silencio, la indiferencia y el cerrar los ojos ante el comportamiento de algunos jueces y de las administraciones judiciales que deberían velar por la ciudadanía, no por los intereses más turbios de los ámbitos de poder. La literatura suele entrar en el interior de las vidas para preguntarse por los sentimientos de los seres humanos ante los hechos públicos. El nuevo libro de Baltasar Garzón, La democracia amenazada (Planeta, 2026), hace el camino contrario. Parte de las situaciones vividas por él, por Dolores Delgado o por Álvaro García Ortiz, para reflexionar con una detallada sabiduría profesional sobre los deterioros de la convivencia democrática y las responsabilidades de los poderes que manipulan la justicia. Tenía mucha razón Eugenio Raúl Zaffaroni, exjuez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, cuando afirmaba que el poder punitivo no es un fenómeno exclusivamente jurídico, sino esencialmente político.

La memoria nos lleva a recordar el nazismo, el franquismo o los golpes de Estado en América Latina. Pero los fangos actuales de la corrupción nos advierten de que las armas de los golpistas pueden ser desplazadas por los ruidos, las verdades y los bulos de las dictaduras silenciosas que buscan la dinámica del y tú más y del todos son iguales. Cuando se nos invita a renunciar a la política, resulta más necesario que nunca tomar medidas políticas para defendernos de la corrupción. Baltasar Garzón estudia el fango que entra en la justicia cada vez que los intereses económicos de las élites pretenden invadir las democracias.

jueves, 28 de mayo de 2026

«ESTADOS UNIDOS YA NO ES UNA DEMOCRACIA». Ricardo Dudda, Ethic 25 mayo 2026

La filósofa estadounidense Susan Neiman, directora del Einstein Institute y autora de ‘El mal en el pensamiento moderno’ (Debate, 2026), considera que el trumpismo es un nuevo fascismo. Sin embargo, observa que los estadounidenses ya están despertando y ve signos de esperanza en la oposición.

En enero, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, pronunció en Davos un discurso donde dijo que el orden liberal basado en normas era en parte falso y había sido destruido.

Luego contribuyó a destruirlo al aprobar la acción contra Irán en marzo.

¿Cree, como él, que el orden liberal era una «ficción útil»?

Me parece una opinión muy cínica. El problema es que el orden basado en normas o en leyes solo funciona si existen líderes que tienen la obligación moral de obedecerlo. Hemos visto cómo se ha destruido eso en Estados Unidos. Tengo otro libro, que saldrá en inglés y alemán a finales de verano y probablemente el año que viene en español, titulado Call It Evil. Trata de comprender el hecho de que el Estado de derecho y la separación de poderes son inútiles, como hemos visto en el caso de Trump, si no se tiene en absoluto ningún sentido moral. No me había sentido tan preocupada y disgustada desde septiembre de 2001. Al ver la guerra en Irán, pensé que era sorprendente que no hayamos aprendido la lección de prudencia que deberíamos haber aprendido después de la guerra de Irak.

Esa crítica al orden liberal recuerda a las críticas a la Ilustración, un tema que ha estudiado a fondo. Los críticos antiilustrados pensaban que era una fachada intelectual para justificar diversas opresiones e injusticias.

Vivimos en una era cínica y antiilustrada. La protagonizan las fuerzas de las que hablé en Izquierda no es woke, pero también otra fuerza que analizo en el nuevo libro, donde profundizo en la ideología económica y las interpretaciones erróneas que se han hecho, por ejemplo, de Adam Smith. Estas interpretaciones sugieren que no hay principios y que todo el mundo busca necesariamente su propio interés. Llevamos oyendo esto desde Trasímaco, que es como un joven posmoderno nihilista, salvo que tiene 2.500 años. Ahora hay más ideologías que refuerzan la «supremacía del interés propio». Lo que ocurre con los contrailustrados es que criticaban, por ejemplo, la hipocresía respecto al colonialismo, cuando los ilustrados decían que colonizaban a los pueblos por su propio bien. Pero había otras muchas suposiciones válidas. Es obvio que nos mueven el interés propio, la pasión y la envidia, pero se mezclan con otros motivos legítimos. Cuando alguien dice que ha hecho algo porque era lo correcto, siempre hay otros que intentan deconstruir esas palabras para descubrir otra cosa, un motivo oculto. La idea de los principios morales o el derecho internacional no es una ficción, pero tampoco está escrita en mármol. Para que sean reales, un número significativo de personas tiene que tomárselos en serio como una decisión libre, diciendo: «Aunque vaya en contra de mis intereses, es mejor que el mundo se rija por el derecho internacional». En Izquierda no es woke, me centré en unas ideas filosóficas que se generalizaron a través de las universidades. Aunque la gente no lea a Michel Foucault o Carl Schmitt, lee periódicos escritos por periodistas que han ido a la universidad y a los que les cuesta desprenderse de esta ideología. Tengo una amiga antropóloga, una apasionada luchadora por la socialdemocracia, que me dijo que «no puede hacer trabajo normativo» debido a su formación. Una vez que la gente siente que parece tonta por hacer afirmaciones normativas (sobre la moral y cómo debería ser el mundo), tenemos un problema. En mi nuevo libro, hablo más sobre economía. La idea de que la economía es el «mundo real» y todo lo demás no lo es es muy poderosa.

Es curioso cómo se malinterpreta a Adam Smith como un profeta del laissez-faire, sin tener en cuenta lo que escribe en libros como Teoría de los sentimientos morales. Se le considera un símbolo neoliberal, lo cual no es cierto en absoluto.

En mi nuevo libro, descubrí que esto fue deliberado. Un grupo de industriales de los años 40, 50 y 60 creó think tanks que prepararon versiones breves de 20 páginas de Adam Smith, al estilo de Reader’s Digest, omitiendo las partes que no encajaban en su agenda, como por ejemplo su crítica a los rentistas o su defensa del Estado. Los neoliberales censuraron su obra.

El pensador John Gray dice que el liberalismo fue un accidente histórico y que solo pudo producirse en una época de supremacía occidental. ¿Qué opina usted de su «liberalismo sin esperanza»?

Yo no soy liberal, soy de izquierdas. Hay una gran diferencia: no se pueden tener derechos políticos efectivos sin derechos sociales. John Gray es un liberal de tipo conservador. Desconfío de las personas que afirman saber lo que va a pasar históricamente. Hemos tenido demasiadas sorpresas, como el colapso de la Unión Soviética en 1991, que nadie vio venir. El liberalismo sin socialdemocracia es un callejón sin salida. No se puede tener igualdad ante la ley si las personas no tienen asistencia sanitaria, vivienda, condiciones de trabajo dignas, educación y acceso a la cultura. Me gustaría que Europa apreciara lo que ha conseguido como socialdemocracia. Si John Gray dice que el liberalismo está muerto y concluye que el único camino a seguir es a través de regímenes tiránicos semifascistas, yo diría: ¿qué tal si probamos realmente el socialismo? Si nos fijamos en Estados Unidos, ya no se puede llamar democracia. Incluso en Alemania, la brecha entre lo que quiere la mayoría de la gente y la política del Gobierno es extraordinaria. En Estados Unidos, vemos cómo los multimillonarios compran los medios de comunicación, lo que supone la muerte de los medios independientes, la base de una democracia.

¿Qué opina del debate sobre el uso del término fascismo para describir el autoritarismo de Trump?

No soporto la palabra autoritarismo.

Hay quienes dicen que el término fascismo es solo una forma de mostrar indignación moral y no ayuda a comprender el trumpismo.

En la primera página de mi nuevo libro se menciona que, en octubre de 2024, Mark Milley, exjefe del Estado Mayor Conjunto con Trump, declaró públicamente que Trump es «fascista hasta la médula». De repente, todo el mundo utiliza el término autoritarismo porque no quiere dar la voz de alarma. Federico Finchelstein señaló que uno de los argumentos en contra de que Trump sea fascista es que no ha iniciado guerras. Y mira ahora. Cumple todos los requisitos: no hay separación de poderes, se ha apoderado de los tribunales y los medios de comunicación, incita a su propio pueblo a la violencia y establece una distinción entre «nuestra gente» y «los otros». Deberíamos estar más indignados moralmente. Hablar de autoritarismo no cambia nada. Pero hablar de fascismo da la voz de alarma.

¿Cree que el término es útil para un público occidental que piensa que solo describe la década de 1930?

Cuando dijimos «nunca más» después del fascismo, ¿nos referíamos solo a que los alemanes no deberían otra vez meter a los judíos en vagones de ganado? No. Nos referíamos a que nunca más debía producirse algo parecido a eso. Estaba claro que si el fascismo llegaba a Estados Unidos, sería ligeramente diferente al nazismo o al fascismo italiano. Es obvio. Pero veo todos los elementos. Otra cuestión: Trump está socavando la legitimidad de las elecciones y sembrando dudas sobre ellas, lo cual es fascista.

¿Puede el trumpismo sobrevivir sin Trump?

MAGA [Make America Great Again] es claramente un movimiento fascista. Muchos estadounidenses se preguntan si podemos detenerlo. Hace poco pasé cuatro meses en Estados Unidos y, desde dentro, la situación parece mejor. Hay mucha oposición democrática. No siempre está bien organizada, pero es impresionante ver a la gente común oponiéndose al ICE. Todos los candidatos que han ganado las elecciones a corto plazo han sido demócratas de izquierda, como Zohran Mamdani. Si Trump no hubiera invadido Venezuela, habríamos tenido más tiempo para celebrar ese cambio. Vi más signos de esperanza hablando con la gente en los supermercados que con los intelectuales. Si hay unas elecciones libres y justas, creo que recuperaremos el Congreso con demócratas más progresistas.

Después de la captura de Maduro y la guerra en Irán, volvió a mencionarse mucho la obra de Carl Schmitt y su idea de las áreas de influencia. Es un autor que usted ha estudiado a fondo. ¿Vivimos en un mundo schmittiano?

Por desgracia, sí. Stephen Miller y J. D. Vance han citado a Schmitt. Es inquietante que haya gente en la Casa Blanca que defienda abiertamente a un teórico jurídico nazi. Lo peor es que muchas personas que se consideran progresistas también lo hacen.

Uno de los principales instigadores de la guerra en Irán es Israel. Una encuesta reciente en Estados Unidos reveló que, por primera vez en la historia, hay más estadounidenses a favor de Palestina que de Israel.

Las acciones de Israel en Gaza se han vuelto difíciles de digerir. El descrédito de Israel tiene muchos motivos. Por ejemplo, Israel ha instrumentalizado el consenso que siempre existió sobre el Holocausto para justificar otro genocidio. Es moralmente indignante. En Estados Unidos, hay bastantes estudiosos del genocidio que han calificado lo ocurrido en Gaza como genocidio (en Alemania todavía es tabú esa cuestión). Además, a los estadounidenses les desagrada la cercanía de Netanyahu con la extrema derecha. Israel se asocia ahora con el lobby proisraelí AIPAC (American Israel Public Affairs Committee), que gasta dinero para arruinar a los candidatos al Congreso que no apoyan al 100% la política israelí. Luego están los cristianos evangélicos fanáticos que quieren un apocalipsis en Oriente Medio para que Jesús regrese. Tienen más influencia en la política que los judíos porque son 40 millones. Da miedo que estas opiniones estén presentes en el ejército en este momento. Al final, los estadounidenses se darán cuenta de que Israel es el que más se beneficia de esta guerra. Los estadounidenses más jóvenes son más pro-Palestina, pero este cambio se está produciendo independientemente de la edad.

domingo, 12 de abril de 2026

"TRUMP, ORBÁN Y LA DEMOCRACIA VACIADA". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

Las urnas siguen siendo el instrumento de quienes carecen de cualquier otro. Votar ya no resulta suficiente, pues la democracia no son solo las urnas

La democracia es el único régimen político que puede suicidarse legalmente, pero el suicidio no llegará aboliendo las elecciones, sino con su manipulación estratégica. Ocurre cuando el poder aprende a alterar las condiciones de la elección sin eliminarla: la legitimidad se convierte en pura escenografía. En EE UU, a menos de ocho meses de las elecciones de mitad de mandato, la Administración de Trump se esfuerza por reconfigurar el sistema electoral antes de que lleguen los votos. A este lado del Atlántico, el próximo 12 de abril, millones de húngaros irán a votar en un país donde el 80% de los medios emiten propaganda del partido gobernante, los tribunales están poblados de jueces leales al primer ministro y las circunscripciones electorales han sido redibujadas para que Orbán necesite muchos menos votos que sus rivales para obtener los mismos escaños.

La pregunta es inevitable: ¿qué significa votar en una democracia vaciada, sobre todo cuando el sistema ha sido rediseñado para neutralizar su efecto? Es más: ¿siguen siendo las urnas el instrumento que pensamos que son? EE UU es el caso en construcción. Hungría, el caso consumado. Trump está intentando en meses lo que Orbán tardó años en afinar, pero Hungría nos permite ir un paso más allá, porque allí el problema ya no es solo si las elecciones son justas sino algo más inquietante. Péter Magyar puede ganar y no poder gobernar. Por primera vez en tres lustros, las encuestas dan al líder opositor una ventaja real sobre Orbán, pero Magyar necesita dos tercios del Parlamento para cambiar las leyes que Orbán diseñó para perpetuarse. Además, los jueces son de Orbán y las instituciones, también. El tránsito de una democracia a una autocracia electoral no solo implica trucar el camino hacia el Gobierno; es el Gobierno mismo el que finalmente está trucado. Ganar la aritmética y perder el Estado no es solo una hipótesis. Polonia, de hecho, ofrece un anticipo del problema: Donald Tusk lleva más de un año chocando contra los jueces que colocó Jaroslaw Kaczynski, y contra las leyes que diseñó para no ser desalojado. Si Magyar gana en Hungría, se enfrentará a lo mismo. El reto ya no es solo acceder al poder, sino encontrarlo allí donde antes estaba.

Por supuesto, esto no significa que el voto no sirva. Lo hace, y mucho, y está siendo atacado precisamente porque todavía funciona. La resistencia americana existe porque hay elecciones en noviembre. En Hungría, si Orbán cayese en las urnas, significaría que el modelo no es invencible. Es más, lo que se decida en Budapest no se quedará en Budapest. El 12 de abril, puede cambiar algo real en la geometría de la UE (los fondos a Ucrania, la relación con Rusia, el bloqueo interno) y también dejar una herida letal en el laboratorio que ha exportado el modelo iliberal a toda Europa. Aun así, el dilema persiste: ¿qué es una victoria electoral cuando el Estado ha sido colonizado en profundidad? Las urnas siguen siendo el instrumento de quienes carecen de todos los demás. Votar es necesario, incluso simbólicamente, pero ya no es suficiente. En realidad, nunca lo fue, pues la democracia no son solo las urnas: es la arquitectura institucional que las sostiene, los tribunales que nadie eligió, los medios que nadie controla, los contrapesos que no son de nadie para poder serlo de todos. Cuando esa arquitectura se destruye desde dentro, el voto queda desnudo, solo. Necesario, pero solo. Y saber eso no es resignación: es el principio de una exigencia distinta.

sábado, 4 de abril de 2026

"LA SOLEDAD DE EUROPA NO ES UNA CONDENA, ES UNA LIBERACIÓN". Anrtoniio Scurati, El País

Eva Vázquez
Estados Unidos y Rusia están conduciendo el mundo hacia un lugar distinto al que se soñó desde Europa. E incluso quienes deberían venerar los valores del Viejo Continente, como la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, hacen amagos de ceder ante la nueva ola imperialista. La UE se ha quedado sola. Pero en esa soledad está su fortaleza para renacer como la última barrera defensiva contra la deriva fascistoide

Cuántas veces nos lo hemos repetido en nuestro fuero interno, con un gesto melancólico mientras bebemos a sorbos nuestro campari bien agitado? Por el este nos amenaza la Rusia de Putin; por el oeste, los Estados Unidos de Trump, después de abandonarnos, insultarnos y sabotearnos, se han convertido también en una amenaza; nuestra influencia en el resto del mundo no deja de disminuir. Solos, debilitados, consternados. Así nos sentimos. Así nos vemos a nosotros mismos. Parece que todo nuestro pasado glorioso nos hubiera olvidado. “Europa, esa pequeña península del continente asiático”. Nuestra rabia da la razón al sarcasmo de Paul Valéry, el gran poeta europeo del siglo pasado, él también olvidado. Ahora bien, ¿y si la soledad de Europa fuera una oportunidad? ¿Y si no fuera una maldición, sino una promesa?

En un libro reciente sobre Europa, El continente sin cualidades [que publicará en español Siruela], Peter Sloterdijk la describe como un escenario vacío. El gran filósofo alemán adopta una metáfora teatral y arroja luz sobre un fenómeno sin precedentes en la historia europea: la renuncia a toda ambición imperial. Durante milenios, la política europea se aferró, en versiones más o menos creativas, al guion fundacional del Imperium Romanum. De Carlomagno a Hitler, la Europa política fue “el teatro en el que se volvían a escenificar los sistemas de poder romanos”. Ese deseo provocó devastadoras guerras continentales de conquista y una violencia colonial obscena.

Después del apocalipsis de la Segunda Guerra Mundial, Europa renunció al imperio en un pronunciamiento sin precedentes. El último país de Occidente que aspiró a recrear el Imperio Romano fue Estados Unidos. Y ese fue un cambio trascendental, porque, desde esta perspectiva, la segunda mitad del siglo XX inaugura una era en la que todavía estamos viviendo. Cuando el presidente francés se negó a que Estados Unidos se apropiara de Groenlandia y dijo “no a un nuevo imperialismo”, estaba renovando los votos de los padres fundadores de la Europa de la posguerra y reafirmando su renuntiatio ab imperio.

Una de las primeras escenas de este guion divergente que señala Sloterdijk se produce el octavo día de abril de 1341, Domingo de Pascua, en Roma. Ese día, Francesco Petrarca es “coronado” poeta e historiador supremo en una solemne ceremonia. La coronación de Petrarca es la escena paradigmática de otra Europa, distinta del poder político y eclesiástico. Yo la llamaría la Tercera Europa. La Europa que introduce en el mundo un formidable impulso ascendente, la “explosión del conocimiento”, en las famosas palabras de Peter Burke.

En suelo europeo se desatan las energías disruptivas del progreso: aprendizaje permanente, constante superación personal, libertad para la ciencia, competencia y comercio, sistemas innovadores en los ámbitos de las artes, las tecnologías y las instituciones gubernamentales. Siguiendo esta evolución, Europa comienza donde termina el poder político imperial romano y resurge de sus propias ruinas; es el denominado Renacimiento.

En este sentido, la genealogía de Europa es peculiar: no presenta una fecha de nacimiento concreta, sino muchas en las que vuelve a vivir. Europa no nace (ni muere) de una vez por todas. Renace una y otra vez. La Europa moderna —nuestra Tercera Europa— no se construye mediante la reencarnación política del Imperio Romano, sino por la supervivencia del núcleo de su cultura dentro de una civilización milenaria. Europa no es una geografía. Es una civilización.

El núcleo de esa civilización europea, a pesar de todas sus catástrofes, sus repetidos holocaustos y renacimientos, es el humanismo: la revolucionaria visión del mundo derivada de situar al ser humano en el centro del universo. Todos los logros morales y materiales de la civilización europea moderna emanan de esta visión, que en el Renacimiento tendió un puente —­transitable en ambas direcciones— hacia la Antigüedad. De ella descienden el reconocimiento y la defensa de los derechos humanos y su inviolabilidad por parte del poder político y religioso. En otras palabras: la libertad es la dignidad de la persona. La Europa moderna nace y renace cada vez que un individuo, movido por pasiones creativas, reivindica su libertas frente al poder religioso y el poder político. Esta génesis diferida, esta tarea sin fin, como dice Sloterdijk, “consiste en desaprender gradualmente la sumisión”. En resumen: la democracia liberal.

No podemos extraer conclusiones sin mencionar, al menos por un instante, el lado oscuro de la luminosa explosión de conocimiento impulsada por el humanismo europeo, es decir, los imperios coloniales europeos. Estamos hablando del eje central de la historia mundial moderna. Esto no es un elogio, sino un hecho. Pero también es importante reconocer que el humanismo europeo engendró, al mismo tiempo, un sistema de conocimiento y pensamiento comprometido con el ejercicio de la crítica y la limitación constantes del poder político. Los pueblos oprimidos por la política europea recibieron de la propia Europa las herramientas culturales para su liberación. 

Para afrontar la crisis actual, debemos ser plenamente conscientes de que nuestra época representa el fin de esa historia de dominación. Vivimos en el ocaso de una era. A principios del siglo XXI, por primera vez en 500 años, Occidente ha dejado de ser hegemónico. Desde luego, Europa no lo es. Y creo que todavía no se han evaluado ni apreciado por completo las inmensas consecuencias psicopolíticas de este ocaso. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 3 de abril de 2026

"ABANDONEMOS A LOS LÍDERES FUERTES. ABRACEMOS EL PODER DE LO FEMENINO". Corine Pelluchon, El País

Muchos ciudadanos se refugian en los autócratas y aceptan perder libertad a cambio de una ilusión de protección. Ante la crisis de la democracia, la filósofa francesa Corine Pelluchon propone “el poder de lo femenino”. No es algo reservado a las mujeres, sino un potencial humano al alcance de todos. Una política basada en la consideración, los cuidados y la madurez emocional es posible

En toda Europa y más allá, la democracia se percibe frágil. Las instituciones siguen en pie. Se celebran elecciones. Los tribunales funcionan. Sin embargo, algo más profundo se está erosionando.

Los ciudadanos ya no confían los unos en los otros. El debate público se ha convertido en un campo de batalla de acusaciones y humillaciones. El miedo viaja más rápido que los hechos. El resentimiento se expande a más velocidad que la esperanza. Muchos analistas explican esta crisis en términos económicos: globalización, desigualdad, precariedad laboral, transición ecológica. Otros apuntan a la decadencia institucional o la fragmentación de los medios de comunicación. Estas explicaciones no son erróneas, pero sí incompletas.

La crisis de la democracia también es psicológica. Pero las disposiciones psicológicas no surgen en el vacío. Nuestras formas de ser y nuestras emociones están moldeadas por estructuras socioeconómicas que organizan el trabajo, el reconocimiento y la pertenencia social.

Por lo tanto, debemos tener en cuenta el impacto de las estructuras socioeconómicas en la psique. Sin ello, cualquier diagnóstico seguirá siendo incompleto y cualquier remedio, inadecuado. La dinámica de aceleración característica de la modernidad tardía —marcada por una expansión constante de la producción, el consumo y el intercambio sin otro fin que sostenerse a sí misma—, junto con las formas de gestión del trabajo, las nuevas tecnologías y las redes sociales, somete a los individuos a una presión intensa. Muchos llegan a sentirse superfluos, intercambiables, insignificantes. La consiguiente desubjetivización y la dificultad para establecer relaciones significativas con el mundo y con los demás se traducen en una insatisfacción generalizada y en un malestar difuso, persistente.

Al mismo tiempo, se ha abierto una brecha cada vez mayor entre la innovación tecnológica y económica —que avanza a un ritmo frenético— y la política, que requiere el tiempo lento de la deliberación. Este desajuste alimenta la desconfianza hacia el Estado de derecho y hacia Europa, ambos percibidos como demasiado lentos e ineficaces a la hora de abordar problemas urgentes. Este desencanto con la democracia, combinado con el miedo al descenso social en un mundo donde la competencia impregna todas las relaciones, vuelve a los individuos más vulnerables a los discursos autoritarios que glorifican el nacionalismo y dividen a las sociedades entre buenos y malos, puros e impuros.

Analizar las fuerzas conscientes e inconscientes que llevan a una parte cada vez mayor de la población a votar a partidos de extrema derecha no consiste en emitir un juicio moral. Se trata de dotar a los ciudadanos de las herramientas necesarias para reconocer las estrategias de quienes se aprovechan de la ansiedad social y del miedo al declive, y para comprender cómo gestionar las emociones negativas generadas por las convulsiones económicas, tecnológicas y geopolíticas actuales.

Solo enfrentándonos a nuestras heridas narcisistas —en lugar de reprimirlas— podremos adquirir la madurez necesaria para convivir en un planeta frágil. Analicemos el vínculo específico entre los líderes de extrema derecha y sus seguidores, la naturaleza de la fascinación que ejercen y las condiciones en las que un proyecto ecológico y democrático podría, en el contexto actual, resultar más atractivo.

El psicoanalista alemán Erich Fromm advirtió en su día de que la humanidad había desarrollado un extraordinario poder técnico sin alcanzar una madurez emocional y moral equivalente. El resultado, sugirió, era un desequilibrio peligroso: habíamos aprendido a fabricar armas destructivas, pero no a superar nuestro narcisismo. Y, sin embargo, este narcisismo es la raíz tanto del sufrimiento personal como de la tragedia colectiva. Refleja una incapacidad para convivir con los demás y, en última instancia, una incapacidad para amar. En este sentido, el nacionalismo no es más que narcisismo colectivo: un delirio compartido, tan intenso y violento como una pasión devoradora, pero totalmente desprovisto de amor. Porque no se basa en el reconocimiento de la diferencia, sino en un vínculo narcisista: la necesidad de llenar un vacío interior, expulsar el miedo y protegerse de la vulnerabilidad. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 30 de marzo de 2026

"HABERMAS: EL FILÓSOFO QUE CREYÓ QUE CONVENCER ERA POSIBLE". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

Perder al pensador no es perder una respuesta. Es perder a alguien que todavía creía que la pregunta valía la pena

Habermas muere en un momento poco hospitalario para la empresa a la que dedicó su obra. No es una paradoja sentimental, sino un diagnóstico preciso. Construyó el andamiaje intelectual más sofisticado del siglo XX para sostener una idea simple y radical: que la democracia puede fundarse en la razón comunicativa, que la legitimidad nace del mejor argumento y no del poder bruto, y que Europa podía ser la prueba histórica de que ese proyecto era viable. Hoy, cuando sus dirigentes hablan con naturalidad de abandonar la pretensión normativa que definió el proyecto europeo, la muerte de Habermas adquiere un significado que no es biográfico sino político.

Jürgen Habermas fue el filósofo que se negó a rendirse ante el pesimismo. Heredero de la Escuela de Fráncfort, creció intelectualmente en la sombra de Adorno y Horkheimer, pensadores que habían visto en la razón moderna no solo una promesa de emancipación sino también el germen de Auschwitz. Habermas tomó ese diagnóstico sombrío y lo sometió a una corrección radical: si la razón había contribuido a la catástrofe, pensaba, no era porque estuviera condenada, sino porque había sido reducida a un instrumento. Había que repensarla de otro modo: no como técnica de dominio, sino como capacidad de entendimiento entre sujetos. De esa intuición nació su gran proyecto filosófico: la teoría de la acción comunicativa.

La idea es tan simple en su formulación como exigente en sus consecuencias. Cuando los seres humanos hablan para entenderse —no para manipular ni para vencer— activan una forma de racionalidad distinta a la del mercado o a la de la burocracia del Estado. Una racionalidad que propone en lugar de imponer, que escucha en lugar de silenciar y que funda su legitimidad no en el poder de quien habla sino en la fuerza del mejor argumento. De ese principio Habermas extrajo una teoría de la democracia, una filosofía del derecho y una defensa del proyecto europeo como el experimento político más avanzado de la historia: la apuesta de que es posible construir orden sin soberano y legitimidad sin espada. Fue también, como se señaló desde la teoría feminista, un proyecto con puntos ciegos: su ideal de imparcialidad tendía a expulsar del espacio público precisamente aquello que no encajaba en el molde de la razón desapasionada. Pero era un proyecto. Tenía horizonte. Creía que el mundo podía ser mejor mediante la palabra.

Habermas no fue un teórico de gabinete. Fue un intelectual que entendía que los argumentos tienen consecuencias y que por tanto hay que defenderlos en público. Intervino en el debate sobre la memoria del nazismo cuando historiadores conservadores intentaban relativizarlo. Se enfrentó a Foucault y a los posmodernos cuando creyó que su escepticismo radical disolvía las bases mismas de la crítica. Criticó la intervención en Irak y se posicionó sobre Ucrania cuando ya tenía más de noventa años. No siempre tuvo razón, pero siempre estuvo dispuesto a jugársela.

Habermas construyó toda su obra sobre un supuesto: que existe un espacio público donde los argumentos pueden competir en condiciones de igualdad y que el mejor argumento tiene posibilidades de ganar. Ese supuesto no era ingenuo. Sabía que el capitalismo lo erosionaba, que los medios lo podían distorsionar, y que el poder lo podía colonizar. Lo diagnosticó en 1962 con una lucidez extraordinaria, pero el diagnóstico de 1962 describía una degradación. Lo que tenemos hoy es algo cualitativamente distinto: no la colonización del espacio público sino su sustitución. Como ha señalado Evgeny Morozov, el espacio público habermasiano donde debía nacer el entendimiento ha sido reemplazado por una infraestructura propietaria donde el debate no se distorsiona desde fuera sino que se diseña desde dentro. Y en ese nuevo espacio el intelectual público de la razón ilustrada -el que baja al barro con argumentos, el que cree que convencer es posible- ha sido sustituido por el oráculo tecnológico. En lugar de argumentar, profetiza; en lugar de debatir, acumula seguidores; en lugar de buscar el mejor argumento, administra el algoritmo. Eso es Yarvin frente a Habermas. Eso es Musk frente a Habermas. Ese contraste resume, en última instancia, la oposición entre la Ilustración Oscura y la Ilustración tout court: entre el filósofo que creía posible convencer mediante argumentos y el tecnomagnate que controla la plataforma, diseña el algoritmo y decide qué argumentos circulan y cuáles desaparecen.

La teoría de la acción comunicativa no tenía herramientas para pensar un mundo en el que el espacio del debate deja de ser corrompido y pasa a ser privatizado, y en el que la manipulación no se ejerce sobre los argumentos sino sobre la arquitectura misma del debate. Eso es una limitación real y hay que decirlo. Pero la pregunta que animaba todo su proyecto —¿puede la razón ser el fundamento de la democracia?— es hoy más urgente que nunca. Precisamente porque ya nadie la defiende con su rigor. Precisamente porque se ha vuelto incómoda, ingenua, pasada de moda. Perder a Habermas no es perder una respuesta. Es perder a alguien que todavía creía que la pregunta valía la pena. En un momento en que los oráculos de Silicon Valley han ocupado el lugar del intelectual público y los líderes europeos abandonan el orden normativo como quien se quita un abrigo que ya no calienta, lo que se va con Habermas no es solo un filósofo. Es la última gran voz que insistió, sin ingenuidad y sin rendirse, en que el poder necesita justificarse ante la razón. Y no al revés.

sábado, 28 de febrero de 2026

"ORGULLO DEMOCRÁTICO". Luis García Montero, infoLibre.es 15 FEB 2026

Sentarse a escribir, igual que sentarse a escuchar, es una toma de postura ante la prisa, esa dinámica que enturbia la capacidad de pensar y nos empuja al mundo accidentado de las obsesiones. Cuando habitamos una situación difícil, el destino puede llegar a confundirse con la fatalidad y el futuro se hunde en la desconfianza como si cualquier deseo de luz estuviese condenado al fracaso. Tomar conciencia supone desde luego valorar las heridas, medir la gravedad, sentir los peligros, pero también implica una reflexión sobre las causas, un análisis de los acontecimientos y un compromiso con la esperanza. Se puede tratar de un compromiso activo, porque no tirar la toalla, no renunciar a la conciencia, debe ser algo más que sentarse a esperar los acontecimientos. La esperanza invita al activismo. Seamos activistas de la esperanza, un modo de espera en el compromiso de la propia conciencia.

Las dinámicas que atentan en los últimos años contra la democracia son evidentes. Más allá de los desalientos y las tristezas de la actualidad, la memoria puede ayudarnos a comprender el significado de las situaciones, y la comprensión de las causas facilita a veces que el desaliento se convierta en orgullo. Cosas de la edad y la poesía. La relevancia que el machismo ha recuperado ahora en el pensamiento reaccionario puede ser un buen ejemplo.

Confieso que se trata de un asunto que me afecta de manera especial, porque la poesía se relaciona de forma íntima con la educación sentimental de la sociedad. Los poetas herederos de Antonio Machado aprendimos que la historia no sólo pasa por las declaraciones políticas, sino también por el modo de decir amor, te quiero. Así que intentar comprometerse en la sociedad a través de la poesía supone siempre un esfuerzo por transformar los sentimientos más íntimos, esos que dialogan con el deseo, el miedo y los matices profundos de la palabra yo. ¿Qué digo yo cuando digo te quiero?

A principios de los años 80, hace más de 40 años, un grupo de poetas publicamos una declaración en la que asumíamos nuestro compromiso para conseguir una nueva sentimentalidad. La democracia no consistía sólo en poder votar cada 4 años. El franquismo había supuesto algo más que la cancelación del derecho al voto. Además de prohibir la libertad del pensamiento político, la dictadura había fijado una vigorosa instrucción sentimental fundada en un machismo imperativo.

Quien tenga edad para recordar las costumbres dictatoriales sabrá qué significa vivir en una sociedad fundada en el machismo, y no sólo porque la mujer dependiese legalmente del marido a la hora de tomar decisiones, sino porque la condición femenina se identificaba con el espacio de lo privado, la dependencia familiar, la incomodidad pública (en el trabajo, la literatura o las relaciones sociales) y la tarea natural de los cuidados domésticos. Si comparo la condición femenina que marcó la vida de mi madre con la que hoy define la vida de mis hijas, la distancia es abismal. Y yo me siento democráticamente orgulloso de esa diferencia. Creo, además, que la poesía, la cultura democrática, han ayudado mucho a transformar la sociedad.

Creo también que el protagonismo machista en el pensamiento reaccionario es una respuesta a los avances conseguidos por una democracia de la que, en medio de las dificultades, podemos sentirnos orgullosos. Y podemos comprender así las estrategias reaccionarias: un esfuerzo por no hablar de los derechos legítimos en la igualdad, una apuesta por convertir cualquier avance justo en una amenaza. Las mujeres son un peligro contra los hombres. De ahí la confusión que un pensamiento conservador e indignado busca a la hora de denunciar cualquier progreso, convirtiéndolo en un peligroso desarreglo social.

Y puestos a sentir orgullo, me hago una pregunta que nos invita a seguir pensando. El apoyo de las élites económicas, los oligarcas de las tecnológicas y las grandes multinacionales a la extrema derecha antidemocrática, ¿no significa también que la democracia, pese a sus defectos y limitaciones, ha conseguido avances económicos en favor de la igualdad?

Para luchar por la democracia, además de los defectos, conviene sentirse orgulloso de lo conseguido. Y un poeta como yo, nacido en Granada poco después del asesinato de Federico García Lorca, tiene muchos motivos para sentirse orgulloso de nuestra democracia.

domingo, 8 de febrero de 2026

"¿UN PAÍS DE HIJOS DE PUTA?". Noelia Adánez, Publico.es 03/02/2026

Concentración contra el Gobierno de Pedro Sánchez
en la sede del PSOE en Ferraz
La primera vez que escuché corear a un grupo de personas el eslógan "Pedro Sánchez, hijo de puta" fue al salir de mi portal. En mi calle, delante de mí, unas madres jóvenes que llevaban de la mano a sus hijos pequeños gritaban esta consigna. Estaban exultantes, entusiasmadas, saltaban, coreaban e incluso se reían, como ocurre en cualquier manifestación. Sentí curiosidad y las seguí unos metros. Se trataba de las primeras convocatorias (después vinieron muchas más) de aquellas manifestaciones contra la ley de amnistía de noviembre de 2023. En un determinado momento, una de las niñas preguntó: "¿mamá, quién es Sánchez?". A lo que su madre contestó: "un hijo de puta". Pensé que esa criatura se estaba socializando en un país en el que había empezado a darse por bueno que un insulto equivale a una consigna política en lugar de a una pedagogía fascista. Y me sobrecogí.

La política en democracia es lo contrario al insulto, que deslegitima y desautoriza la existencia del contrario. La democracia valida el pluralismo y la diversidad y habilita para la competencia y la negociación entre diferentes. En democracia la política es transaccional y exige una forma profunda de respeto que pasa por el reconocimiento del otro como algo más que un mero contrincante, como un miembro de la misma comunidad. El lema "Pedro Sánchez, hijo de puta" no es el fruto de la expresión genuina y espontánea del hartazgo de un sector de la sociedad descontento con las políticas del Gobierno. No nos engañemos.

La realidad es que la radicalización ultra ha generado, a fuerza de repetir la consigna, un imaginario en el que no solo Pedro Sánchez, sino todas aquellas y aquellos que no comulgamos (nunca mejor dicho) con sus planteamientos, somos unos hijos y unas hijas de puta. Esa es nuestra dramática realidad y es muy similar a la de otros muchos países en este tiempo histórico tan inquietante y crepuscular.

Vivo a escasos metros de la calle Ferraz. Desde aquel día de noviembre de 2023 y durante meses, el eslogan antidemocrático "Pedro Sánchez, hijo de puta" no ha parado de sonar. Y sigue haciéndolo. En la esquina de Ferraz con Marqués de Urquijo se oye todas las tardes. Un grupo de ancianos lo profieren, cobijados por el cura párroco del templo católico de la esquina y aparentemente custodiados por los policías nacionales que les observan no tanto por contenerles cuanto por evitar alguna caída o algún atropello al cruzar.

Es curiosa la configuración visual de estas concentraciones en las que los asistentes, adornados con simbología franquista y falangista, vocean flanqueados por la Iglesia católica y las fuerzas de seguridad a escasos cincuenta metros de la sede de un partido democrático.

Las convocatorias de Ferraz me han ido provocando distintas sensaciones con el paso del tiempo. Del miedo inicial pasé al enfado, después al fastidio, más tarde a la vergüenza ajena y ahora ya a la preocupación desapasionada pero sostenida. Esas manifestaciones son un síntoma menor; una excrecencia minúscula de todo el odio que circula desde que la ultraderecha, nativa de las redes sociales y funcional a los intereses de las oligarquías, irrumpió en escena con el propósito (miren a Estados Unidos) de dinamitar la convivencia y destruir la democracia.

"Pedro Sánchez, hijo de puta" es un eslogan político antidemocrático porque se formula como una expresión de odio detrás de la que hay una propuesta implícita. Es de una ingenuidad sideral pensar, a estas alturas, que quienes lo dicen no esperan que al decirlo ocurra algo muy concreto: que Sánchez, su gobierno y el electorado que respalda a la coalición (millones de españoles) desaparezcan; que desaparezca la contienda política, que el parlamentarismo se suspenda, que el gobierno se instituya a partir de principios que no son los democráticos, sino otros que entran en juego cuando un expresidente de Gobierno como Aznar dice "quien pueda hacer, que haga"; o cuando en un chat de militares retirados se insta a aniquilar a 26 millones de españoles; o cuando (como cuenta mi compañero Danilo Albin) el secretario general de Hazte Oír recibe un premio de la ultraderecha franquista por "poner el ojo, el tiro y la bala" en el Gobierno.

El domingo, una concejala del PP de una localidad valenciana viajó hasta Teruel para acudir a un mitin del PSOE. En una acción en ningún caso espontánea, sino premeditada, que claramente buscaba viralizarse para infectar con más odio a la opinión pública, gritó el eslógan "Pedro Sánchez, hijo de puta". Al final del día emitió un comunicado en el que se disculpó, pero el efecto buscado ya se había conseguido. El PP no la ha reprobado ni expulsado. ¿Cómo podría hacerlo? ¿Cómo podría Feijóo expulsar del PP a una dirigente que se limita a reproducir y secundar un lema concebido en el seno de su propia organización?

Ayuso insultó desde la tribuna del Congreso a Pedro Sánchez y ese acto inicialmente espontáneo se transformó en intencional y performativo desde el momento en que en el gabinete de la Presidenta se tomó la decisión de elevarlo a categoría de lema recurriendo al meme "me gusta la fruta". Meme, por cierto, reproducido por el propio Feijóo.

Los análisis moralizantes sobre el empleo de esta consigna política no sirven de nada. No es un problema de falta de educación lo que hay detrás del uso de expresiones que deshumanizan al adversario a pesar de que a quien envilecen es a quien las utiliza. Es un problema de fascismo.

Tampoco hablar del odio como un mal psicosocial, una enfermedad de época que hay que atajar, da cuenta de la gravedad de la situación. El odio es la pasión que galvaniza la antidemocracia. Hay que contenerlo, por supuesto, pero hay que hacerlo comprendiendo que está al servicio de un proyecto político muy concreto: el de la ultraderecha. Miren el acoso que ejercen los ultras sobre informadores y cómicos estos días, obligados a callar mientras otros vocean: "Pedro Sánchez, ..."

Abandonemos la tibieza frente a quienes se adhieren a los discursos ultras. No nos dejemos amedrentar por la intensificación de la violencia política instigada por responsables y dirigentes de las derechas y secundada por sectores desinformados y fanatizados de la sociedad. La protesta legítima en democracia no tiene absolutamente nada que ver con generar y difundir consignas que lo que proponen es destruir al adversario y, de paso, acabar con la convivencia.


miércoles, 3 de diciembre de 2025

"NOMBRAR EL RESTO DE LA CLASE". Violeta Assiego, elDiario.es

Cientos de personas participan en la manifestación
convocada por la Coordinadora de las Plataformas en
defensa de la universidad pública madrileña, durante
el segundo día de huelga general universitaria
Más del 70% sigue apoyando las políticas de igualdad. Esa mayoría, habitualmente invisibilizada, también encabeza la preocupación por el cambio climático, la diversidad LGTBIQ+, los servicios públicos, la vivienda y la salud mental

El ruido de una minoría que simpatiza con el autoritarismo es mucho más “noticiable” que la apuesta progresista de una mayoría silenciosa. Es lo que se conoce como el sesgo de la negatividad. Que alrededor del 19% de las personas jóvenes declare que preferiría vivir en una dictadura o que aumente la simpatía juvenil hacia la extrema derecha nos ayuda a identificar un riesgo real y a detectar tensiones generacionales, pero también produce un efecto colateral no menos preocupante: invisibiliza a la mayoría de la juventud. Conviene añadir, además, un matiz fundamental: el apoyo a opciones abiertamente antidemocráticas no se limita a los más jóvenes. En la encuesta de El País, un 23% de las personas de entre 29 y 44 años y un 16% de quienes tienen entre 45 y 66 años también afirma que preferiría vivir en una dictadura. Reducir el fenómeno a “la juventud” no solo es inexacto, sino que refuerza una lectura distorsionada, y quizá interesada, del panorama actual.

Los datos de otros sondeos, incluidos aquellos que alimentan los titulares centrados en esa minoría autoritaria, dibujan un escenario mucho más complejo. El Barómetro Juventud y Género de la FAD muestra que la mayoría de la juventud, especialmente las mujeres, pero también un porcentaje relevante de los hombres, identifica la violencia machista como un problema social muy grave, y aunque el negacionismo ha aumentado entre los chicos, más del 70% sigue apoyando las políticas de igualdad. Esa mayoría, habitualmente invisibilizada, también encabeza la preocupación por el cambio climático, la diversidad LGTBIQ+, los servicios públicos, la vivienda y la salud mental. Que las personas adultas progresistas nos llevemos las manos a la cabeza ante esta “ola reaccionaria juvenil” no solo no ayuda, sino que, puede estar contribuyendo a crear el estado anímico perfecto para que la extrema derecha haga calar sus mensajes y borramos de la conversación a toda esa otra juventud a la que no vemos y que directamente ignoramos. La dejamos sin reconocimiento político, justo en un momento en que la extrema derecha sí les ofrece identidad y pertenencia.

El tema no es solo que “los jóvenes” se vuelvan de derechas, sino que hay una grieta abismal de género entre chicas y chicos gracias al feminismo. Miramos obsesivamente a los chicos que siguen a influencers reaccionarios mientras ignoramos a las chicas jóvenes, que sostienen posiciones democráticas y de igualdad de manera mucho más sólida. Ellos se llevan nuestra atención mientras repetimos la invisibilización de ellas. Caemos en una lectura parcial de la polarización actual, que no solo se da entre la juventud. Una lectura parcial que refuerza desequilibrios y nos impide comprender lo que realmente les está ocurriendo a las y los jóvenes porque hacemos de nuestros problemas y frustraciones, los suyos. No les vemos, no les escuchamos, no les tomamos en serio.

Diversas autoras feministas no niegan ese 19%, pero lo reencuadran: no es una “nueva ola natural”, sino una reacción defensiva ante el avance de la mayoría, del feminismo y de otros movimientos sociales que defienden los derechos humanos y cuya voz y protagonismo han ido ganando espacio. Nombrar al resto de la clase implica sostener dos verdades a la vez, que se dan entre las y los jóvenes, pero no solo ahí. Por un lado, esa minoría que coquetea con el autoritarismo no es un espejismo: muestra miedos e inseguridades que exigen interpretación política, no desprecio. A la vez, alrededor de esa minoría existe una mayoría expectante que observa hacia dónde se inclina el mundo y recibe impulsos opuestos: proyectos de convivencia, igualdad y justicia frente a un intento de restaurar un orden basado en la arbitrariedad y el privilegio, sostenido por una exhibición obscena de la impunidad.

Poner el foco únicamente en la minoría reaccionaria sirve para disciplinar a las mujeres (“cuidado, que os odian”) en lugar de reconocer la autonomía y la fuerza política que la mayoría ya ha logrado. Debemos comprender que estamos en la lógica del backlash y que cada avance genera una contraofensiva. El riesgo no es solo que crezca la minoría reaccionaria, sino que la mayoría permanezca sin ser nombrada y, por tanto, sin ser disputada. Los titulares alarmistas funcionan como profecía autocumplida: si repetimos que “los jóvenes son fachas”, invisibilizamos a los chicos que son aliados y empujamos a los indecisos hacia la reacción por pura identidad de grupo.

La democracia no se defiende solo señalando el peligro, se defiende ampliando lo posible. Por eso, precisamente ahora, es importante que pongamos a buen recaudo el sesgo de negatividad y nos acerquemos a quienes nombran todo y devuelven al centro el deseo mayoritario que apuesta por la convivencia, la igualdad y los derechos humanos sin discriminación. Es momento de nombrar a la juventud que sí cree en los valores, los ideales y los derechos que han traicionado las generaciones adultas que nos han traído hasta aquí, que os hemos traído hasta aquí.

viernes, 21 de noviembre de 2025

"LAS OBSESIONES". Luis García Montero, El País

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso

A la política le viene bien saber vestirse para no quedar desnuda ante el enemigo

Es tan importante saber vestirse como saber desnudarse. La palabra autarquía, que alude a la independencia de una persona o un Estado, nos ayuda a entender también el peligro de los mundos cerrados y las obsesiones. Una persona autosuficiente puede convertirse en una pulsión atrapada en sí misma, un corazón maniático que somete el conocimiento de la realidad a sus propias obsesiones. Los domicilios y las calles derivan en círculos viciosos. Cualquiera que haya padecido un rencor o una pasión desenfrenada puede entender que las obsesiones no sólo hacen difícil la convivencia, sino que nos impiden ser dueños de nosotros mismos. Un buen ejemplo lo encontramos en la crispación de la política española, definida por la obsesión que padece el PP, empeñado en criticar, subestimar y ofender al Gobierno hasta el punto de olvidarse de sus propios intereses. Esta obsesión resulta dañina para la democracia y los intereses de España. La autarquía obsesiva convierte la política en un mercado negro, en el que se olvida que muchos de los asuntos que caracterizan nuestra realidad no son un problema español, sino una triste dinámica internacional que está poniendo en peligro los valores de la democracia. Da miedo que la obsesión antigubernamental del PP facilite un pacto con la extrema derecha europea para negar la contaminación, las danas y los peligros del cambio climático.

Hay que pensar lo que se dice y lo que se hace. Y tampoco se trata de arriesgarnos a los peligros de la verdad. No es conveniente defender a los migrantes con el argumento desvergonzado de que necesitamos nuevas formas de esclavitud. A la política le viene bien saber vestirse para no quedar desnuda ante el enemigo. Los excesos impudorosos y las obsesiones acaban por convertirse en bombas de relojería. Al desconocer en España el peligro de la extrema derecha mundial, el PP está comprometiendo su propio destino democrático.

jueves, 18 de septiembre de 2025

"AUTORITARISMO DIGITAL". DANIEL INNERARITY, El País 17 SEPT 2025

Eulogia Merle
Los ‘tecnosolucionistas’ prometen un mundo sin incertidumbres ni controversias, es decir, sin democracia

Resulta curioso que quienes más esperanzados están con la técnica menos confían en la democracia. Al grupo de los autoritarios conocidos se añaden ahora tecnólogos de alta reputación. ¿Hay alguna razón que explique el hecho de que quienes formulan las promesas tecnológicas más audaces sean quienes menos creen en las promesas democráticas de la conversación igualitaria y la soberanía popular? ¿Existe alguna conexión entre el autoritarismo digital y el pesimismo respecto de la condición humana? En mi opinión, el nexo conceptual entre ambas disposiciones se encuentra en el modo como los tecnófilos conciben la relación de los seres humanos con el futuro.

La técnica está hoy sobrevalorada por los tecnosolucionistas que la consideran apropiada para resolver muchos problemas cuya naturaleza parecería requerir otro tipo de procedimientos y lógicas. Uno de los optimismos más audaces consiste en suponer que los problemas de naturaleza política tienen una solución técnica y que no es necesaria una intervención de otro tipo para que desaparezcan como problemas. La técnica se presenta así como un sustituto de la política; la democracia sería innecesaria, sus procedimientos de deliberación y decisión representan un estorbo cuando disponemos de los instrumentos, cálculos y velocidades que proporciona la tecnología; el debate es una pérdida de tiempo, la regulación un freno al avance tecnológico y la soberanía popular una consagración de la incompetencia. La versión digital de la expertocracia consiste hoy en la pretensión de los desarrolladores tecnológicos de decidir por nosotros, sin perder el tiempo en otras consideraciones.

Hay distopías tecnológicas, pero también un tecnosolucionismo exagerado. Ray Kurzweil lleva años augurando el adelanto de la inteligencia artificial a la humana y, entre otras cosas, la solución al envejecimiento. Sam Altman, el fundador de OpenAI, anuncia otros triunfos como la reparación del clima, el establecimiento de una colonia en el espacio y el descubrimiento de la totalidad del mundo físico. Estos y otros anuncios similares se apoyan en la convicción de que nuestro futuro se decidirá en la técnica. No es solamente que la técnica resolverá nuestros problemas, sino que disolverá el carácter problemático del porvenir en general, las angustias y temores que produce un futuro que desconocemos y que no logramos dominar. Por supuesto que el desarrollo de la técnica ha ido resolviendo muchos de nuestros problemas (al mismo tiempo que planteaba algún problema ella misma), pero la gran promesa de los nuevos señores tecnológicos no es tanto resolver como disolver los problemas y, por consiguiente, hacer que desaparezca ese futuro problemático, con su incertidumbre e imprevisibilidad. La misma idea de acabar con el envejecimiento e incluso garantizar la inmortalidad pretende salvarnos del porvenir, que eso es precisamente aquello de lo que carecen los seres inmortales.

La inteligencia artificial también está prometiendo la inmortalidad digital de los otros y propone convertir a nuestros difuntos en avatares con los que chatear. Y que lo hacen, por cierto, sin su consentimiento. Porque, ¿qué tipo de interacción es la que se establece entre un humano vivo y ese ser que los llamados “embalsamadores digitales” han reconstruido a partir de las huellas digitales que dejó antes de que pareciera morir? Tendríamos así un simulacro de pariente inmortal e interactivo que perfecciona la vieja superstición de quien creía oír la voz de sus ancestros. Podríamos llegar a convencernos de que ese otro no ha muerto del todo, de que las despedidas ya no son definitivas, como si la muerte fuera un mero cambio de estado y la digitalización pudiera proporcionarnos una cierta inmortalidad.

Cualquier promesa de inmortalidad digital implica una mutación de nuestra condición humana, que incluye temporalidad limitada, futuro indeterminado y libertad para configurarlo. Librarse del porvenir no es solo librarse de lo que está por venir, sino también no tener que decidir. Si nuestra vida fuera prolongada ilimitadamente gracias a la técnica, no tendríamos que tomar ninguna decisión relevante, ni nos encontraríamos frente a opciones en las que se jugara nuestra supervivencia o la de nuestras instituciones. Estaríamos en un presente continuo en el que solo nos correspondería la tarea de optimizarlo, sin cuestionamientos radicales. Una técnica así entendida no solo nos protege de posibles males futuros, sino que nos libra del porvenir en general en el que puedan irrumpir esos posibles males. Nos convertiríamos en seres a los que, en el fondo, no puede pasarles nada. Ciertas promesas de los tecnófilos, además de que no alcanzan a todos, tienen como objetivo terminar con una condición humana que consideran deplorable y todo su cortejo de incertidumbre, complejidad y necesidad de decidir. Se trataría de escapar de esa indeterminación que nos caracteriza: la del porvenir. Gracias al desarrollo de la técnica, la humanidad llegaría por fin a un estadio fijo y determinado, sin incertidumbre ni controversias, protegida de los riesgos de la decisión, es decir, sin humanidad.

El mito de Prometeo en el que se narra el origen de la técnica, comentado por Platón, se inicia con la constatación de una deficiencia que nos caracteriza a los humanos: no tener garras, ni pelaje, ni alas, disponer de un cuerpo tan poco especializado para una tarea determinada, nos convierte en los únicos seres cuyas facultades no son decididas de antemano. El malestar de no ser como los animales lo calmamos con un robo que hacemos a los dioses: el del fuego que posibilita la técnica de forjar, que es un poder divino de crear y moldear las propias facultades, convertir nuestra originaria inutilidad en versatilidad. El robo prometeico compensa nuestra falta de animalidad predeterminada con el poder de hacer casi cualquier cosa gracias a la técnica. No somos animales a los que la biología ha dotado con una específica habilidad, pero gracias a esa indeterminación podemos desarrollar habilidades inauditas. Hemos robado el poder de hacer, pero no hemos dejado de ser animales, es decir, seres vivos cuya vida depende de lo que hagamos, una supervivencia que no está garantizada por naturaleza, sino que se asegura artificialmente. El futuro que tendremos depende de nosotros, no está prefijado. Los humanos no podemos asegurar el porvenir ni con la fijación natural de los animales en un mundo determinado ni por asimilación a los dioses; nuestra viabilidad futura debe ser continuamente creada, protegida, decidida, y mediante una técnica que no está inscrita en nuestra naturaleza, sino que será siempre el resultado de un robo, que es una metáfora para designar nuestra artificialidad.

Tal vez ahora se entienda mejor la coherencia de los autoritarios digitales: se comienza confiando a la técnica que nos haga inmortales y se termina dando muerte a la democracia. No es una casualidad el hecho de que Xi Jinping y Vladímir Putin estuvieran hablando de la inmortalidad en su reciente encuentro en Pekín. Para hacer frente a los autoritarios tenemos que abordar ciertas preguntas básicas. ¿Por qué razón únicamente los seres mortales tienen democracia? La democracia solo tiene sentido en un ser que no está predeterminado, que tiene que decidir, cuyo futuro depende de una decisión. Por eso los señores tecnológicos tratan de convencernos de que algo se va a producir inexorablemente (una inevitable disrupción, el adelantamiento de la inteligencia artificial, las innovaciones tecnológicas que solo se producirían si no hay regulación, es decir, si no decidimos colectivamente acerca de cómo las queremos) y que empeñarse en decidir entre todos el futuro deseable es una pérdida de tiempo cuando ellos, investidos de su autoridad digital, pueden convertir esa técnica que según la mitología empezó con un robo, en una propiedad que adquirimos para toda la vida, eso sí, pagando el precio de que en ella todo esté decidido y predeterminado, que abandonemos esa condición humana cuya indefinición es lo que nos obliga a discutir, negociar y decidir, aquellas cosas que hacíamos en los viejos tiempos de la indeterminación democrática.

"CUANDO LOS JUECES QUIEREN GOBERNAR". José González Arenas, infoLibre.es

Cuando esa función se desborda y empieza a sustituir la decisión política, el problema ya no es técnico, sino democrático En su reciente art...