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jueves, 22 de octubre de 2026

"EL ASCO". Santiago Alba Rico, elDiario.es

Cargas policiales durante una manifestación
en el campus de Ciudad Universitaria,
 en Madrid
Si ese niño, ese anciano, ese perro apaleado no me conmueven, ¿qué pasa? ¿Tengo que sentirme culpable? ¿Es que no puedo oponerme a la guerra, a un linchamiento, a una agresión “por principios”? ¿Es que no puedo cuidar o curar o apoyar al otro sin compadecerlo, en virtud solamente de un imperativo ético y racional?

Estoy un poco harto, lo confieso, de la “empatía”. No quiero decir que esté harto de los otros sino de la insistencia peligrosa en que nuestras relaciones con los demás se aborden siempre por el costado emocional. Y si no siento nada, ¿qué? Y si ese niño, ese anciano, ese perro apaleado no me conmueven, ¿qué pasa? ¿Tengo que sentirme culpable? ¿Es que no puedo oponerme a la guerra, a un linchamiento, a una agresión “por principios”? ¿Es que no puedo cuidar o curar o apoyar al otro sin compadecerlo, en virtud solamente de un imperativo ético y racional?

Bernardino de Siena, en el siglo XV, cifraba el poder movilizador del crucifijo en la común empatía humana frente al dolor. Cuando uno se acerca a la cruz en la que está clavado Cristo, venía a decir, uno siente su sufrimiento como propio, de manera espontánea y con independencia de cualquier sesgo cultural; antes de hacernos ninguna pregunta (¿qué habrá hecho?) sus clavos se han clavado ya en nuestra carne y nos dejamos vencer por la compasión. Es un argumento muy bello, pero no del todo cierto. En Roma la imagen del crucificado evocaba enseguida la idea de la justicia ejemplar; y el crucificado, por tanto, sugería al primer vistazo la irregularidad de un delito o de un comportamiento criminal. Por lo demás, los que torturaron a Cristo camino del Calvario y los que, una vez allí, lo clavaron en el madero sintieron más bien el placer de romperle los huesos a un judío o el aburrimiento de tener que acometer un trabajo mecánico y desagradable. Es probable que el mundo fuera mejor si cada uno de nosotros sintiera de manera inmediata el dolor de los otros como propio; o quizás no, porque entonces todos sucumbiríamos al primer pinchazo de una aguja; el planeta entero cedería, desde luego, a la muerte del propio hijo. En todo caso, es con esa clase de seres humanos (los que no sienten nada ante la cruz) con los que hay que tratar de construir un mundo llevadero.

En un libro interesante, La paradoja de la bondad (Capitán Swing), el antropólogo evolutivo Richard Wrangham distingue entre “violencia reactiva” y “violencia proactiva”. La “reactiva”, digamos, es la que todavía nos une a nuestros primos primates, la que tiene que ver con los impulsos no mediados: el reflejo instintivo, por ejemplo, frente a una agresión y, en general, el que responde desde el cuerpo a pulsiones antagonistas (los llamados “crímenes pasionales”). La violencia “proactiva”, en cambio, implica premeditación, planificación, proyecto. La “reactiva” es caliente y temperamental; la “proactiva” fría y prospectiva. La tesis de Wrangham es la de que la especie humana es una especie “doméstica”, una especie “autodomesticada” que en los últimos doscientos mil años habría ido reduciendo sin parar los márgenes de su “violencia reactiva” -mientras no dejaba de aumentar, al otro lado, los de la “violencia proactiva”. Podríamos decir que “la paradoja de la bondad” es ésta según la cual el holocausto nazi y el genocidio israelí, por citar dos ejemplos extremos, constituirían en realidad las manifestaciones propias de una especie pacífica, pacificada, domesticada, lingüística.

¿Habrá también una moralidad reactiva y otra proactiva? Tirando de ese hilo, sería coherente añadir que la reactiva sería, en efecto, la que nos vincula al prójimo a través de la empatía; la proactiva, en cambio, la que lo reivindica (al prójimo) como depositario autónomo de valor, o como sujeto de derecho, al margen de toda emoción positiva, en virtud tan solo de un razonamiento. En un mundo mejor los humanos nos repartiríamos el trabajo: los que no “sintieran” bien, razonarían bien. En el mundo realmente existente, sin embargo, veo un cierto peligro en renunciar a la razón para dejar que decidan sobre nuestro bienestar y nuestra convivencia los buenos sentimientos. Porque, en ese caso, los buenos razonadores que, por mucho que se esfuercen, no consiguen sentir nada, se sentirán sólo culpables. Por su parte, los malos razonadores insensibles o, peor, los que sientan placer en el sufrimiento ajeno, verán legitimados sus nulos o malos sentimientos. Si se trata sólo de “sentir”, el malismo es tan legítimo, en efecto, como el buenismo. Sin un criterio, nuestros buenos sentimientos no se diferencian de los malos. Y si poseemos ya ese criterio, ¿a qué exigirnos buenos sentimientos?

El problema de jugárnoslo todo en el terreno de las emociones es que dejamos de ser dueños de nosotros mismos. El espíritu de la época confirma la vuelta de lo violento “reactivo” y de “lo reactivo” en general; se trata precisamente de una “reacción” comprensible frente a un capitalismo abstracto y proactivo que desencarna los cuerpos o los trata con desprecio e indiferencia. Pero cuidado: esta victoria de lo reactivo sobre lo proactivo, para bien y para mal, determina la facilidad y volatilidad de todas las transiciones: es muy sencillo, quiero decir, pasar del bien al mal. En términos antropológicos, el fascismo es justamente eso: el triunfo de la violencia reactiva frente a la moralidad proactiva o, más claramente, el triunfo negativo de los cuerpos sobre los DDHH. Cada vez más humanos normales sienten creciente necesidad, sí, de pasar a la acción desde cerca. Anhelamos contactos cuerpo a cuerpo y los buscamos emocionalmente, en el mal y en el bien. Pero en ese terreno la violencia reactiva es siempre más atractiva y satisfactoria que la moralidad reactiva.

¿Qué es lo contrario de la empatía? La “antipatía”. Ambas emociones se activan en los cuerpos y entre los cuerpos. Mediante la empatía -suele decirse- me pongo en el pellejo del otro. En contraste con ese proceso milagroso de ocupación consonante, la antipatía, por su parte, puede describirse, al revés, como nuestra resistencia al ingreso del otro en mi propio pellejo. Uno de los nombres de la “empatía” es “compasión”. La expresión extrema de la “antipatía”, en cambio, se llama “asco”. Todas esas formas de odio que tildamos de “fobias” (islamofobia, homofobia, xenofobia) encubren un asco irresistible frente a un otro al que atribuimos la voluntad de penetrar en nuestros cuerpos (físicos o sociales) y de los que, por tanto, nos defendemos con violencia reactiva, como cuando nos sacudimos de encima, de manera instintiva, furiosa, ciega, una avispa pegajosa o una alimaña agresiva. Mucho más que el odio, el asco lleva siempre implícita la violencia; de hecho, el odio sólo se vuelve realmente violento cuando se materializa en asco. Pensemos en el nazismo y su relación con el judío deshumanizado; o pensemos en el sionista y en su relación con el palestino animalizado. En el ámbito de las emociones, la nueva lucha de clases (muy antigua) se libra entre la compasión y el asco. El fascismo es la victoria del asco sobre la compasión (y sobre los principios que el uno desdeña y la otra ignora). Esa victoria combina hoy, como hace ochenta años, la violencia proactiva de las clases dirigentes y la violencia reactiva de la gente común.

El asco, por supuesto, tiene un origen cultural; quiero decir que se fabrica, como se fabrican los paisajes y los cachopos. Pensemos, por ejemplo, en la diferencia entre una cucaracha y un escarabajo. Los dos son artrópodos, insectos y neópteros; por su tamaño y morfología no discrepan tanto. Pero la cucaracha nos da asco y el escarabajo no. ¿Por qué? Porque el escarabajo vive en la naturaleza, en paralelo a nuestros cuerpos, mientras que la cucaracha penetra en nuestras cocinas y parasita nuestros alimentos. Lo mismo pasa con los conejos y las ratas. Eso explica que nuestro asco escoja siempre las mismas metáforas animales antes de desatar la violencia sobre los débiles amenazadores. Los judíos ayer y los palestinos hoy no son “escarabajos” ni “liebres”; son “cucarachas”, “piojos” o “ratas”. La cultura fabrica “cucarachas” y luego fabrica, a partir de ellas, humanos débiles y amenazadores que nuestro asco sorprende en el trance de ocupar nuestras casas, nuestras cocinas, nuestros pellejos.

Hay mucho “asco”, sí, en las agresiones homófobas, cuya violencia espantosa es proporcional al miedo del agresor a alojar en su cuerpo un cuerpo extraño.

Hay mucho “asco”, sí, en las agresiones xenófobas, que serán más numerosas y violentas a medida que nuestros políticos identifiquen más y más a los vulnerables con parásitos invasivos potencialmente letales para el “cuerpo nacional”.

Y he visto también, sí, mucho “asco” en los golpes de la policía en la reciente manifestación estudiantil del 14 de octubre, donde la saña autoalimentada de la porra era inseparable del placer de encontrar una resistencia pasiva y de la fuerza impune descargada una y otra vez sobre cuerpos ajenos a la nación y a la humanidad.

Cuidado: la cercanía no siempre produce empatía. En una guerra civil, el vecino al que odiamos, ahora en nuestro poder, sucumbe a nuestro furor revanchista. Odiarlo (o no) no depende de nosotros; quizás, además, era realmente odioso. De pronto, frente a él, queremos sentir piedad, pero su presencia no nos emociona: no sentimos nada que pueda protegerlo; lo que sentimos, al contrario, lo condena. Nos da asco. En esta situación, lo único que puede proteger al vecino de nuestra violencia reactiva, allí donde podríamos vengar todos sus desdenes y egoísmos de la última década, es un principio: el principio interiorizado, racional, del valor de la vida humana.

No es tarea sencilla, cierto, pero es más fácil enseñar a pensar bien que a sentir bien. A eso deberían dedicarse nuestras escuelas, nuestros partidos políticos y nuestras academias de policía.

sábado, 25 de abril de 2026

"AVERROES, UNA OPORTUNIDAD PARA LA RAZÓN". Carmen Calvo Poyato, Emilio González Ferrín, El País

El pensador medieval cordobés sigue vigente en la España actual porque plantea algo muy actual: cómo convivir en una sociedad diversa sin renunciar a la razón ni a las creencias

Se cumplen 900 años del nacimiento del cordobés Averroes (1126-1198), el pensador andalusí cuya obra pasó desapercibida en el espacio islámico y fue prohibida en el París de 1277, cuando el obispo Étienne Tempier incluyó el averroïsme entre las 219 proposiciones condenables por atentar contra el statu quo institucional eclesiástico, fundamento de la enseñanza superior europea de sus tiempos. El pensamiento de Averroes, a través de sus traducciones latinas, había inundado las artes liberales francesas y se presentaba como una oleada de racionalismo radical, contra los efectos de la cual se exigiría en Europa una inicial declaratio fidei, en cada obra hecha pública, en la que se constatase que la verdad está siempre del lado de la fe y que la filosofía no puede discutirla. Es decir, la negación explícita de Averroes y sus postulados más destacados: que el cometido de la filosofía es hacer preguntas que nos encaminen hacia lo verificable, y que la fe no tiene el monopolio de la verdad. Nunca abominó Averroes del hecho religioso, sino que simplemente lo ubicó en el terreno de lo emocional, si bien apuntando maneras literarias de gran interés a la hora de comprender los postulados de la fe: si hay algo inexplicable en ella, algo incoherente, absurdo, imposible, es porque debemos entender su entramado simbólico, y de ahí lo literario frente a lo literal. Todo eso acabó siendo conocido como la doble vía de la verdad: la fe para quien así lo sienta y la razón para quien la necesite. Dos patas de una escalera por las que poder subir en busca de las verdades, eligiendo cada cual según su criterio y proponiendo así Averroes una revolución epistemológica: una oportunidad para la razón.

No quedó ahí la obra del cordobés. Como todo sabio medieval que se preciase, en su polimatía aportó interesantes disquisiciones del corte astronómico, también otras derivadas de su práctica de la medicina o incluso reflexiones jurídicas en las que estuvo a la altura de su tradición familiar, los Banu Rushd, ejerciendo como jurista entre Córdoba y Sevilla y debiendo saltar a Marruecos por rivalidades entre los lobbies de la época. Además, apuntó nuestro autor unas interesantes nociones en materia de gestión de vida en común, de lo político en su mejor acepción, que probablemente no casasen entonces, ni probablemente ahora, en tiempos obsesionados por liderazgos en lugar de consensos: dos siglos después de Averroes, el filósofo de la historia Ibn Jaldún —el Aben Jaldún de Ortega y Gasset— iniciaría el largo y tedioso quehacer historiológico de las decadencias, de contemplar la historia como un permanente declinar de viejos apogeos. Pues bien, cuanto Ibn Jaldún presente en el siglo XIV como la panacea del éxito civilizador la asabiya o cohesión social, a modo de un sistema nervioso conectado con un cerebro a la altura —liderazgo indiscutible—, lo había esquivado nuestro Averroes en sus tratados sobre la simple y llana gestión colectiva de la medina, la ciudad en tanto que traslado en árabe de los tratados y asuntos de la polis. La medina de Averroes es, así, menos gestión individual de un carisma alimentado y mucho más atención a la innegable diversidad; lo dialógico y comunicativo, que estará mucho después en la base de la paradoja del recientemente desaparecido Jürgen Habermas: “¿Es posible el triunfo del diálogo?”. La razón averroísta dice que sí, por más que la sinrazón pueda hacer más ruido.

Una figura como la de Averroes no se improvisa. Se ha definido en ocasiones el tiempo de Al-Ándalus como el largo camino que lleva a Averroes, trasladándose en semejante exageración hiperbólica la inevitable cadena de transmisión de conocimiento que debió desplegarse, a lo largo de los siglos, desde Aristóteles hasta Averroes, su más completo comentador. Porque fue el estagirita el primer maestro en las artes racionales del Islam, así como la ciencia de los griegos, en ese genérico patrístico del saber universal, fue conocida en árabe como “la ciencia de los antiguos”, no “de los otros”, clave de bóveda para comprender no solo el esencial eslabón averroísta en el transcurrir de la razón aplicada, sino el sentido último troncal de una civilización islámica, siempre distinguible de una religión musulmana, que en el totum revolutum de nocturnidad con que contemplamos lo transeuropeo siempre parece todo igual, menor, ajeno.

El director de cine egipcio Yusuf Chahine nos presentó en 1997 una biografía hagiográfica del cordobés Averroes. En la película, que lleva por título traducido El Destino (1997), nuestro pensador andalusí se nos muestra envuelto en una profunda y esencialista pureza y orgullo de estirpe, con una inteligencia casi profética pero destacada, sobre un mundo prácticamente desértico. El profeta en el desierto. Sin embargo, el pensamiento averroísta de razón y medina, urbano y humano, requiere un resaltado con mucha menos excepcionalidad y más ejemplaridad, y tal es el cuidadoso tratamiento al que ha sido sometido por parte de dos grandes interpretadores, el español Andrés Martínez Lorca y el marroquí Muhammad Abid al-Jabri. Es importante mostrar estas dos caras de la moneda averroísta a ambos lados del Estrecho porque se corresponden con la efervescencia vital del propio Averroes, desde su florecimiento en Al-Ándalus hasta su refugio y finalmente muerte en Marruecos. Pues bien, si Martínez Lorca realiza una pormenorizada lectura europea de Averroes, destacando que llamar nuestra a la cultura de Al-Ándalus es romper un viejo paradigma de negación cultural, Abid al-Jabri definió al cordobés universal como la oportunidad perdida de la razón árabe. Porque no se le leyó en su tiempo ni siglos después en lengua árabe, es por lo que el marroquí proponía un retorno averroísta a la razón en latitudes cuyas medinas, decía Al-Jabri, están tratando de ubicar los espacios sentimentales religiosos al terreno de lo domiciliario.

Averroes simboliza una etapa (Al-Ándalus) donde convivieron distintas culturas. La idea averroísta de diálogo entre culturas y religiones resulta clave para encauzar positivamente los conflictos y fomentar la integración. Hoy, el pensamiento de Averroes sigue vigente en la España actual porque plantea algo muy actual: cómo convivir en una sociedad diversa sin renunciar a la razón ni a las creencias.

En la era de la desinformación, su defensa de la razón, la lógica, el pensamiento crítico y el conocimiento es más relevante que nunca. Averroes no es solo una figura imprescindible del pasado: es una presencia latente, casi susurrante en el presente convulso que habitamos. Su pensamiento no pertenece únicamente a la historia, sino que respira —aunque a veces débilmente— en cada intento de comprender antes que imponer, en cada gesto que elige el diálogo frente al dogma.

Hoy, cuando tantas voces se alzan con la pretensión de ser únicas, definitivas, inapelables, volver a Averroes es como abrir una ventana en una habitación cargada en la que entra el aire y la luz de primavera. Y con ella, la sospecha de que ninguna verdad que necesite imponerse por la fuerza puede ser completamente verdadera. Porque lo que no persuade al entendimiento, difícilmente arraiga en el corazón.

Averroes nos recuerda que la razón no es fría ni distante, sino profundamente humana: es el puente invisible que permite a las diferencias no convertirse en abismos. Su vigencia reside precisamente en su capacidad de interpelarnos en medio del ruido ensordecedor de la confrontación irracional, de invitarnos a comprender al otro sin malestar, sin sentir que renunciamos.

En su tiempo, habló de convivencia como quien siembra en tierra incierta; habló de tolerancia como quien confía en un futuro que no verá; habló de separar la política de la fe como quien intuye que el poder, sin el contrapeso de la razón, se vuelve ciego. Y en esa intuición hay algo profundamente contemporáneo: la certeza de que la libertad necesita reflexión y pensamiento y el pensamiento requiere libertad.

Por eso su legado no es un conjunto de ideas muertas, sino una llama que debe mantenerse sin estridencia, pero persistente. Y en tiempos de penumbras tan ruidosas, esa luz discreta se vuelve indispensable.

Averroes es una figura imprescindible para el presente y extraordinariamente oportuna y necesaria en el momento que nos ha tocado vivir. Al mundo le hace falta recordar su doctrina porque frente a los pensamientos fundamentalistas y extremistas que buscan imponer una única visión de la vida, apelar a Averroes es revindicar la razón no sólo como un medio de conocimiento, sino también como una herramienta para la convivencia pacífica. Recuperar su obra nos da la oportunidad de escrutar mucho mejor todo tipo de fundamentalismo, no sólo religioso sino también económico y político, para poder reconocerlos y contestarlos con mucha mayor contundencia.

Recordar a Averroes hoy no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de resistencia serena: la defensa de una forma de estar en el mundo donde la razón no divide, sino que une; donde el diálogo no debilita, sino que fortalece; donde pensar sigue siendo, todavía, un anhelo de esperanza.