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viernes, 17 de julio de 2026

"La catástrofe moral de los tecnomagnates totalitarios: nos roban los datos, nos roban la democracia". Shoshana Zuboff, El País

SR. GARCÍA
Un grupo de caciques corporativos son los responsables del colapso democrático al que asistimos a escala mundial. Con sus algoritmos han conseguido que los ciudadanos naveguemos en un lodo informativo mientras los líderes políticos improvisan ante cada nueva crisis. Cuando las prácticas empresariales entrañan un coste moral y humano inaceptable, hay que abolirlas. Se hizo con el trabajo infantil. Y con la esclavitud

El 10 de noviembre de 2019, la presidenta electa de la Comisión, Ursula von der Leyen, viajó de Bruselas a Berlín para entregarme el Premio Axel Springer por La era del capitalismo de la vigilancia. Parecía consciente de la importancia histórica de aquel momento en el que Europa era la única fuerza geopolítica capaz de frenar la caída precipitada hacia la distopía digital.

“Creemos que lo más importante es el ser humano. Europa pone los valores, los derechos, la confianza y el Estado de derecho por delante de todo lo demás, y eso debe valer también para la estrategia europea en la era digital. Para nosotros, las nuevas tecnologías nunca significarán nuevos valores… Las personas somos, ante todo, ciudadanos, dotados de derechos y con el control de nuestra propia vida… Tanto en el mundo analógico como en el digital…”.

La presidenta electa era consciente de que las demás grandes potencias iban a pulverizar esos valores. “En EE UU, el mercado es tradicionalmente lo más importante… En Asia, el Gobierno tiende a dominar y el individuo tiene que aceptar un papel subordinado al del grupo. Rusia exige a los proveedores de internet que instalen equipos de red capaces de identificar el origen del tráfico y filtrar contenidos”. “Por el contrario”, subrayó, “Europa tiene una larga tradición de equilibrio entre el poder del Estado y el del mercado y, al mismo tiempo, otorga una prioridad especial al individuo. Esa es la gran ventaja de Europa a la hora de dar forma a la era digital. Y todavía no es demasiado tarde. Por supuesto, el progreso no está garantizado. Hay que seguir trabajando”.

Recuerdo el ambiente que se respiraba en la sala después de sus palabras. El viento helador azotaba las ventanas que dominaban la ciudad, pero allí dentro compartíamos una sensación de esperanza, calidez y solidaridad al ver que la mujer que iba a presidir la UE comprendía verdaderamente la importancia y la oportunidad que ofrecía esta próxima gran transformación. También nos tranquilizó ver que comprendía que la UE era la única de las grandes potencias que había institucionalizado y estaba dispuesta a actuar en defensa de los valores, derechos y leyes capaces de forjar un siglo democrático y digital para Europa y para todos los que, en todo el mundo, están desesperados por huir de la distopía. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 20 de mayo de 2026

"EL MÁS GRAVE DE LOS CRÍMENES CONTRA LA HUMANIDAD". José Antonio Piqueras, El País

SR. GARCÍA
Cerca de 13 millones de africanos, hombres y mujeres, niños y niñas, fueron capturados, reducidos a mercancía y llevados a la fuerza a América para trabajar

¿Acaso pueden ser jerarquizados los delitos que han sido comprendidos en los crímenes de lesa humanidad? La sospecha sobre potenciales obligaciones económicas en el caso de suscribir una declaración política y moral —carente de consecuencias jurídicas, según se apresuró a subtitular la noticia la mayor parte de la prensa europea—, ¿justifica negar un cúmulo de evidencias y una llamada a promover derechos humanos dando a conocer la raíz de su vulneración? La resolución 80/250 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, aprobada el 25 de marzo pasado con el amplísimo respaldo de 123 países, declaró “la trata de africanos esclavizados y la esclavitud realizada a africanos como el crimen de lesa humanidad más grave”. Los argumentos y las dudas con las que iniciamos este artículo fueron esgrimidos por los tres estados que votaron en contra y por los 52 que se abstuvieron, entre estos, el Reino Unido y los países de la Unión Europea. Mientras en varias regiones del mundo se libra la defensa del multilateralismo, en la sede de Naciones Unidas se evidenciaba cómo el juego lo practican jugadores plurales y el llamado Sur Global ofrecía un cerrado respaldo a la iniciativa auspiciada por Ghana en representación de la Unión Africana y la Comunidad del Caribe (Caricom).

La declaración del 25 de marzo es un recordatorio doloroso y necesario del sufrimiento y la humillación infligidos durante cuatro siglos. En el apartado de fundamentos, resume circunstancias históricas entre las que destaca la excepcionalidad, sistematicidad, organización, brutalidad y duración de la experiencia esclavizadora de personas africanas, promovida, legislada y regulada en sus aspectos fiscales por Estados que arrastran esa responsabilidad. La declaración alude a precedentes recientes de reconocimiento, disculpas y reparaciones; se ampara en las líneas abiertas por el derecho penal internacional sobre la imprescriptibilidad de los crímenes contra la humanidad y el principio de justicia reparadora; y se ofrece como ejemplo consecuente de acciones anteriores de las Naciones Unidas, como la Declaración contra el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y las formas conexas de discriminación racial, adoptada en 2001 en Durban, en la que se estableció que por su magnitud, su carácter organizado y la negación de la esencia de las víctimas, “la esclavitud y la trata de esclavos, especialmente la trata transatlántica de esclavos, constituía y siempre debía haber constituido un crimen de lesa humanidad”.

En 2013, la ONU proclamó el Decenio Internacional de los Afrodescendientes a fin de prestar especial atención a la desigualdad y la discriminación estructurales que padece esta población. La declaración sostuvo que todas las doctrinas de superioridad racial son científicamente falsas, moralmente condenables, socialmente injustas y peligrosas, y deben rechazarse al igual que las teorías con que se pretende determinar la existencia de distintas razas humanas. Esa misma afirmación se reiteró en la declaración del segundo Decenio Internacional de los Afrodescendientes, aprobada el 17 de diciembre de 2024 por la Asamblea General sin necesidad de ser sometida a votación. Esta última iniciativa fue patrocinada por un grupo de países entre los que se hallaban Estados Unidos (la Administración saliente de Joe Biden, todavía en la estela del Black Lives Matter), Brasil, Jamaica y Colombia, y reconocía la persistencia de un racismo sistémico en nuestras sociedades. Los afrodescendientes, en sentido estricto, son los descendientes de la emigración forzada conducida a América en régimen de esclavitud, que constituye la diáspora; existe una segunda situación, los descendientes de la emigración protagonizada desde África a partir de los años cincuenta de originarios de las colonias europeas. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 6 de agosto de 2025

"PURO, BLANCO Y LETAL". Irene Vallejo, El País 27 JUL 2025

El azúcar, impulsor de la civilización capitalista, pasó de ser un producto de lujo a incorporarse al consumo de masas

Verás caballos desbocados derribar todas las barreras a su paso, verás bípedos que se jactan de ser imparables. Aseveran las teorías, escritas en el manso papel, que los mercados son capaces de regularse, que los líderes mantienen la cabeza fría, que el poder se modera en su propio ejercicio, que sigilosos límites detienen los peores atropellos. Sin embargo ciertos negocios e intereses se vuelven tan gigantescos que ninguna resistencia parece capaz de frenarlos. Galopan con un viento de intimidación y dominio acariciándoles las crines. Un decepcionado Tucídides escribió: “Por necesidad de su naturaleza los seres humanos dominan tanto como su poder les permite”. El autocontrol de los ávidos es una criatura de ficción.

Entre las más antiguas crónicas de dominación, ambiciones y riqueza destaca, simbólico, el negocio del azúcar, conocido en Asia hace más de mil años. Poseía el halo casi inalcanzable del privilegio y la dificultad: la receta de su fabricación era larga y laboriosa, mucho más que la sal. Exclusivo y codiciado, lo amaron durante siglos los emperadores chinos, rajás indios, califas egipcios, cortesanos persas y príncipes herederos. Existían otros edulcorantes como la miel, accesibles y universales, pero la dulzura más anhelada es siempre la del lujo.

En su ensayo Azúcar, una historia de la civilización humana, Ulbe Bosma describe cómo el sector azucarero impulsó la génesis de la civilización capitalista. Cuando el endulzante blanco se convirtió en objeto de deseo en Europa, españoles y portugueses fundaron haciendas en sus imperios de ultramar, en el clima propicio del Caribe. Pronto comprendieron que necesitaban mano de obra capaz de grandes esfuerzos bajo el intenso calor y la humedad de las plantaciones. Lo que siguió fue una historia de crueldad espeluznante a una escala inimaginable. Entre la mitad y dos tercios de la población africana esclavizada se destinó a las plantaciones de azúcar, donde se trabajaba en condiciones de extrema dureza y brutalidad. En su novela Azucre, Bibiana Candia explora un episodio poco conocido, el descenso a los infiernos de un grupo de adolescentes gallegos, reclutados tras un invierno que aniquila las cosechas, con la promesa de enriquecerse rápido. Su viaje a las fiebres, al encierro, al trabajo extenuante, a los castigos y mutilaciones sobrevivió en un testimonio verídico, las cartas reales enviadas desde Cuba pidiendo ayuda. Bibiana Candia recrea la pesadilla: “Dale caña, arrea. Y nosotros, unos con una hoz de mango corto, otros con machetes, agachados agarrando el tallo de hojas ásperas. Dale caña, sigue. No solo hay que tener cuidado de no cortarse las manos, también las piernas corren peligro. Las propias y las de los otros, sobre todo porque cuando el movimiento está mecanizado uno ya no mira. Sigue, corta, arrea. El látigo vuela como una serpiente”.

Desde su origen, el incipiente capitalismo bursátil del norte de Europa se alió con este lucrativo comercio. Entre las más antiguas del mundo, la Bolsa de Ámsterdam fue fundada en 1602 por la oscura Compañía de las Indias Occidentales. Las acciones nacieron como participaciones en barcos que secuestraban personas en África, las vendían en América para ser esclavizadas en las plantaciones y, con el beneficio, compraban azúcar para los mercados del viejo continente. En la pintura barroca flamenca, la mayoría de los personajes que posan en la penumbra, serenos y satisfechos, vestidos con suntuosos tejidos, amasaron su riqueza gracias a esos tráficos. Hoy, los defensores del mercado suelen reclamar la máxima libertad, olvidando que la nueva era comercial se edificó sobre la esclavitud.

La documentación habla de rutas comerciales, de grandes fortunas, de una realeza económica de familias azucareras y vidas silenciosamente truncadas. Cuando las leyes abolicionistas se impusieron gradualmente, nuevos abusos laborales sustituyeron a los previos. Los beneficios del dulce granulado crearon durante siglos enormes infortunios e ingentes fortunas. De hecho, el término Sugar Daddy, todavía en nuestros labios, remonta a principios del siglo XX en Estados Unidos, cuando los dueños de las azucareras alardeaban de su patrimonio con el trofeo de amantes jovencísimas. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 17 de marzo de 2024

Siddharth Kara: “Hay gente que muere y sufre todos los días para que podamos enchufar nuestros móviles y coches”. Un artículo de Patricia R. Blanco (El País 25 ENE 2024)

Mineros en una mina de cobalto en la República Democrática del Congo.SIDDARTH KARA

 El investigador y escritor acaba de publicar ‘Cobalto rojo’, un libro donde invita a reflexionar sobre la explotación que sufren cientos de miles de personas en el Congo para extraer el mineral con el que se fabrican las baterías recargables

“Cuando tú o yo vamos y compramos un teléfono inteligente, un portátil o incluso un vehículo eléctrico, creyendo que estamos tomando una decisión ecológica, no pensamos que unos cuantos niños congoleses van a ser enterrados vivos para que disfrutemos de esta tecnología”. Siddharth Kara (Knoxville, Estados Unidos, 46 años), investigador y activista contra la esclavitud, intenta incomodar al consumidor del Norte global con esta afirmación, en una entrevista por videollamada con este diario. Acaba de publicar en español Cobalto Rojo (Capitán Swing), un superventas en su versión en inglés, donde invita a reflexionar sobre el “componente” que hace posible que funcionen las baterías recargables. “Alrededor de las tres cuartas partes del suministro mundial de cobalto se extraen en el Congo y, para ello, cientos de miles de personas, incluidos niños, rebuscan en la tierra para extraerlo por uno o dos dólares al día”, continúa.

Kara ha contemplado en directo, en sus viajes a la República Democrática del Congo (RDC) durante los últimos años, cómo el mineral “se extrae en condiciones que violan gravemente los derechos humanos y que provocan una enorme destrucción ambiental”, especialmente en la región de Katanga, en el extremo sudoriental del país, “que posee más reservas del cobalto que el resto del planeta junto”. “El paisaje es de absoluta destrucción humana y ambiental, se han talado millones de árboles para dejar espacio a los grandes asentamientos mineros, mientras poblaciones enteras son desplazadas. La tierra, el aire, el agua… todo ha sido contaminado con vertidos tóxicos que emergen de las instalaciones de procesamiento”, describe.

Es “un nuevo capítulo de la esclavitud”, exclama Kara. El Congo, recuerda, ha sufrido la desgracia de que su riqueza natural se haya convertido históricamente en su maldición, porque siempre ha contado con el elemento clave de lo que demandaba la economía mundial: esclavos como mano de obra para las plantaciones de América y Asia, caucho para los neumáticos de los automóviles, uranio para las bombas nucleares, níquel, plata, zinc, diamantes, oro y madera. Y ahora cobalto. 

La carrera por este mineral, que de momento “gana China”, le recuerda “al infame saqueo del marfil y del caucho congoleños que el rey Leopoldo II [de Bélgica] llevó a cabo durante su brutal reinado [de 1885 a 1908]” y en el que se estima que murieron unos 13 millones de personas, aproximadamente la mitad de la población de la colonia en aquel entonces. “En 1888 se inventó el neumático de caucho, y Leopoldo II desplegó en el Congo un ejército mercenario terrorista para esclavizar y aterrorizar a la población local y obligarla a extraer caucho para usarlo en la fabricación de neumáticos durante esta primera revolución automovilística”, recuerda Kara. Y ahora, “130 años después, hay una segunda revolución automovilística, esta transición a los vehículos eléctricos, cuyas baterías necesitan cobalto”. Y una vez más, “el Congo tiene las mayores reservas de cobalto del mundo”.

Por ello, el gran dilema ético que debería plantearse en Europa y Norteamérica es que “hay gente que muere y sufre todos los días para que podamos enchufar nuestros móviles y coches”, lamenta Kara, testigo de este padecimiento. “Me he sentado con padres y madres que me han contado que su hijo de 10 o 13 años fue enterrado vivo en el colapso del túnel de una mina”, rememora.

El trabajo infantil, según el escritor, es palpable. “Hay decenas de miles de niños que excavan en busca de cobalto todos los días, cualquiera puede verlos”, dice. Sus padres, continúa, se enfrentan a una disyuntiva muy diferente a la de los ciudadanos occidentales: “Mandar a sus hijos a la escuela o trabajar en una mina, pero esta última opción supone la diferencia entre comer y no comer”. Incluso hay en RDC “grupos armados y milicias que trafican con niños de otras partes del Congo y los llevan a las provincias mineras para excavar”, asegura.

Y además de las llamadas “minas industriales”, en las que según Kara hay mano de obra infantil, existe todo un negocio paralelo de “minas artesanales”. “El lenguaje se utiliza para crear ficciones y el concepto de ‘artesanal’ puede evocar la idea de agradables condiciones de trabajo”, reflexiona Kara. Sin embargo, una mina artesanal es un lugar “lleno de pozos y túneles en los que cientos de miles de algunas de las personas más pobres del mundo hurgan con sus manos, cubiertos de sustancias tóxicas, para conseguir una cantidad de cobalto que les permita ganar uno o dos dólares al día”.

Por el camino, muchos mueren o resultan heridos. “Nunca sabremos cuántas personas se han roto la columna, las piernas o los brazos, o han muerto en el colapso de un túnel, pero cada vez que viajo al Congo alguien me cuenta que una mina se ha desplomado”, relata.

Las grandes empresas tecnológicas —Apple, Samsung o Tesla, entre ellas— aseguran, que todo el cobalto que emplean se ha obtenido en condiciones que no violan los derechos humanos y de respeto por el trabajo digno. Sin embargo, Kara lo cuestiona. “No hay forma de que ninguna compañía pueda desglosar qué cobalto del que utiliza proviene de las manos de un niño o de una excavadora”, denuncia. Entre otros motivos, porque es China quien “domina la cadena de suministro” del mineral. “Probablemente, sean responsables de más del 70% de las operaciones mineras de cobalto en el Congo; el año pasado suministraron alrededor del 80% del cobalto refinado del mundo y produjeron más de la mitad de baterías recargables”, apunta el escritor, que asegura que China “presta muy poca atención en el terreno a los derechos humanos del pueblo congoleño”. “El Gobierno chino no respeta los derechos humanos de su propio pueblo. ¿Cómo van a respetar los derechos humanos de los africanos pobres que se encuentran a miles de kilómetros de distancia?”, se pregunta.

Pero tampoco ahorra críticas hacia las empresas occidentales, a las que tilda de “hipócritas” por hacer negocios con las empresas chinas. “Todas ellas aceptan, sin comprobarlo, que China les diga que no permite el trabajo infantil, que no tala bosques ni contamina ríos y que la industria minera de cobalto en el Congo es sostenible, pero no comprueban ellos mismos en el terreno lo que ocurre”, denuncia.

Por ello, anima a los consumidores occidentales a indignarse: “Nos han convertido en partícipes de la violencia contra el pueblo del Congo, porque todas estas empresas creen que es suficiente con decir que se preocupan por el pueblo africano, pero en realidad no hacen nada para respaldar esas palabras”.

"EL GRAN REEMPLAZO EUROPEO". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

Los movimientos en Bruselas contra la política migratoria española muestran que se está rompiendo el relato de Von der Leyen: sí que hay alt...