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lunes, 11 de noviembre de 2024

"TODOS LOS VALIENTES". Antonio Muñoz Molina, El País

Un paso más allá de reverenciar el valor presunto o verdadero de otros está la convicción de que uno mismo habría sido un valiente. Pero lo que no debería hacerse, por prudencia, es afirmar que uno tampoco se habría escondido

En esta época de permanente exhibición pública del verbo follar, incluso en medios antes tan comedidos como este, y de celebración de los órganos genitales de uno y otro sexo, o género, o como haya que decirlo ahora, estoy esperando el momento en que alguien dé un paso al frente y alabe sin eufemismos el tamaño y la potencia de los atributos del rey Felipe VI. Cabe suponerlos muy superiores a los del presidente del Gobierno, que en virtud sin duda de la pobre dotación de los suyos salió huyendo protegido por los paraguas de los escoltas —”como una rata”, dicen algunos estilistas del columnismo—, mientras el Rey, “el rubio alto”, en palabras de mi colega Arturo Pérez-Reverte, aguantaba a cuerpo limpio la furia de los ciudadanos todavía envueltos en barro y azotados por la desgracia. He observado que de la valentía de la reina Letizia se habla mucho menos, quizás porque, careciendo de la prestigiosa anatomía masculina, su coraje no llega a esas alturas épicas exclusivas de quien esté marcado “por varón en la ingle con un fruto”, como en el soneto taurino y ya tristemente rancio de Miguel Hernández.

Todo indica que “vuelve el hombre”, como decía el anuncio de colonia. En el mismo programa de televisión en el que glosaba la estatura y el pelo rubio de Felipe VI, Arturo Pérez-Reverte aseguró saber cómo es la “herramienta” del ya caído Íñigo Errejón. Eso me hizo recordar una observación célebre de Donald Trump sobre los comentarios de quienes acababan de compartir la ducha con un campeón de golf, y habían tenido así la oportunidad de calibrar sus varoniles frutos: “Oh Boy!”. La testosterona es como aquel brandi Soberano que veíamos anunciado en los televisores del paleolítico franquista: “Cosa de hombres”. No han debido de ser muy eficaces décadas enteras de pedagogía dedicadas a desmontar los estereotipos de lo masculino y de lo femenino cuando los héroes de la música urbana posan al filo de sus piscinas bien despatarrados para mostrar el volumen de sus atributos, y las chicas jóvenes se someten al quirófano para adquirir culos neumáticos, pectorales y labios de favoritas en los harenes de los narcotraficantes.

La valentía, como el antifranquismo, brilla incluso más cuando es retrospectiva. Hay grandes luchadores antifascistas que ni siquiera habían nacido cuando murió Franco, lo cual no les impide afear la cobardía de quienes en vez de derribar por la fuerza el franquismo, traer la Tercera República y culminar la revolución bolchevique, se conformaron con armar una democracia, ganar derechos civiles y sindicales e integrar al país en Europa, apoltronándose en otro régimen no mucho menos lamentable, el Régimen del 78. Hace años tuve una de esas discusiones extenuadoras y superfluas, en las que uno se pregunta más tarde cómo se dejó enredar. Un valiente retrospectivo o virtual se empeñaba en convencerme de que los judíos europeos eran responsables de su propio exterminio por no haberse rebelado a mano armada y en masa contra los matarifes alemanes. El levantamiento del gueto de Varsovia, o la muy bien documentada participación de luchadores judíos en la Resistencia, no le parecían pruebas suficientes de valor; ni era capaz de imaginar la infinita vulnerabilidad de las personas comunes, débiles o no, ante la maquinaria de la fuerza bruta, el aturdimiento que congela a casi cualquiera que se ve sometido de golpe a la violencia extrema y en un relámpago de horror se sabe una víctima inerme.

Tiempo después, un querido amigo ya muerto, el escritor Aharon Appelfeld, que a los ocho años se había visto huérfano y perdido en esas zonas del este de Europa que Timothy Snyder ha llamado las “tierras de sangre”, me contó que los supervivientes de los campos, cuando llegaban al Israel recién fundado, eran vistos con desprecio por los pioneros sionistas que lideraban el nuevo país: machos guerreros, fortalecidos por la intemperie, la disciplina espartana, reacios al intelectualismo afeminado de los judíos cosmopolitas, pálidos habitantes cobardes de los cafés europeos. Con más de 80 años, pequeño, con una cara redonda y afable, con los ojos claros y miopes tras las gafas, Appelfeld recordaba al niño asustado y hambriento que había sido, cuando solo pudo salvarse porque lo acogió una banda de forajidos en los bosques de Ucrania.

Un paso más allá de reverenciar la valentía presunta o verdadera de otros está la convicción de que uno mismo habría sido un valiente. Es como cuando alguien dice que es poeta, con el mismo aplomo con que diría que es funcionario de Hacienda. A mí me dan ganas de preguntar: “¿Y cómo lo sabes?”. El novelista, y poeta, Manuel Vilas se ha sumado en estos días a la glorificación del coraje físico, recordando la foto en la que se ve a Santiago Carrillo y Adolfo Suárez sentados en sus escaños del Congreso, mirando sin señales de inmutarse el espectáculo de los guardias civiles con bigotazos, tricornios y exabruptos de bebedores de coñac, que blandían sus pistolas con una rigidez de marionetas de esperpento, aunque también con una determinación de ejecutores. Es sin duda admirable el coraje personal y civil de esos dos hombres: pero no creo que deba ser usado para rebajar la dignidad o poner en duda la entereza de quienes sí se escondieron bajo sus escaños, hombres y mujeres, diputados, taquígrafos, ujieres, periodistas. A nadie se le puede reprochar que actúe según el instinto primario de supervivencia, más aún si está desarmado y tiene delante un arma de fuego, uno de aquellos pistolones cascados y subfusiles inestables de entonces.

Pero lo que no debería hacerse, por prudencia, es afirmar que uno tampoco se habría escondido. ¿Cómo lo sabes? ¿Con qué derecho te sientes superior a quien estuvo allí, a quien humanamente tuvo miedo? En la red X, cuyo dueño sátrapa y lunático es cada día más poderoso gracias a los muchos millones de personas que contribuyen a su enriquecimiento y a su propagación de la mentira, Manuel Vilas dice que él, a diferencia de Pedro Sánchez, se habría quedado delante de los amotinados en Paiporta: “Yo me habría quedado, aunque me hubieran abierto la cabeza. No soporto la cobardía, es lo más feo del mundo. Aunque me hubieran abierto la frente a pedradas, yo me habría quedado”. Dan ganas de decir, como don Latino de Hispalis ante las exclamaciones de Max Estrella en Luces de Bohemia: “¡Admirable, Max!” Admirable, Manuel. Pero permíteme una pregunta: ¿Cómo lo sabes, Manuel? ¿Te has visto en esa misma situación? ¿Te han gritado “perro” y “asesino” y han destrozado a golpes los cristales blindados del coche en que viajabas?

Tuve hace bastantes años la suerte de conversar despacio y a fondo con el psicólogo José Luis Pinillos, conocedor agudo del cerebro y de la mente humana, y además veterano de la División Azul, en la que se había alistado con insensato fervor falangista cuando era poco más que un adolescente. Aquel hombre erudito y apacible y siempre algo pesaroso con el que era tan grato conversar, había participado con el uniforme de la Wehrmacht en el sitio de Leningrado, y recibido una Cruz de Hierro. Fue a Rusia con la ilusión de convertirse en un héroe fascista y al ver lo que los alemanes hacían a los judíos y a los rusos se convirtió por asco y vergüenza en un demócrata. Me dijo que cuando se llega al frente, cuando suenan las bombas y los disparos y la gente empieza a caer fulminada, nadie sabe si va a ser valiente o cobarde, si va a dar media vuelta, o a sentarse llorando en el suelo. Algo sí es seguro: los que más se jactaban de su valentía antes de entrar en batalla suelen ser los que más rápidamente se derrumban. Decía Pinillos: “Los más chulos son los que antes se cagan de miedo”. Él los había visto, y los había olido.

domingo, 24 de marzo de 2024

"EL RENEGADO Y EL HÉROE". Un artículo de Antonio Muñoz Molina (El País 9 MAR 2029)

Sasha Skochilenko, artista y músico de 33 años, durante  una
audiencia judicial en San Petersburgo, Rusia, el 16 de noviembre de 2023
ANTON VAGANOV (REUTERS)

Quién de nosotros, llegado el momento, elegiría la vergüenza pública antes que la conformidad que nos abriga y al tiempo nos convierte en cómplices de los crímenes contra los que casi nadie levanta la voz

Lo que distingue a las víctimas de quienes dicen serlo es que jamás incurren en el victimismo. Quizás la prueba de que alguien es de verdad un héroe y no un farsante o un bocazas es un cierto aire entre de modestia y serenidad. Ni la víctima exhibe impúdicamente su condición ni el héroe, la heroína, hace ostentación de su coraje. Rosa Parks se mantuvo sentada en su autobús de Montgomery, en Alabama, con la misma templanza con la que se sentaría en la iglesia baptista de la que era muy devota, con su sombrero y sus guantes, el bolso sobre las rodillas juntas, las gafas que acentuaban su expresión pensativa. Energúmenos con y sin uniforme le gritaban tan cerca que le mancharían la cara de saliva, pero ni los malos modos con que la hicieron bajar del autobús y la llevaron presa por el delito de ocupar un asiento reservado a los blancos lograron alterar su presencia dignísima. La expresión serena de Rosa Parks se parece a la de la viuda de Alexei Navalni cuando habla mirando a una cámara con la misma fijeza acusadora que si mirara a los ojos de Putin; y también a la de esos hombres con abrigos negros y guantes que llevaban a hombros el ataúd con los restos martirizados de Navalni y sabían que ese simple gesto los estaba marcando a cada uno de ellos como una mira telescópica.

Decía John le Carré que hace falta pensar como un héroe para actuar con algo de decencia en la vida diaria. Quizás cuando más necesario es el heroísmo es cuando lo que se tiene enfrente no es un poder político tiránico, que por su propia brutalidad despierta el espíritu de rebeldía, sino la inmensa mayoría de la comunidad en la que uno vive; no un invasor extranjero, al que se identifica fácilmente, sino los propios compatriotas, los vecinos de al lado, hasta los familiares más cercanos, los padres, los hijos. Eugène Ionesco, que había asistido durante su primera juventud en Bucarest a la transformación monstruosa de muchos de sus amigos literatos en fascistas, inventó la fábula de un pueblo donde las personas, sin que se sepa el motivo, se van convirtiendo en rinocerontes. Solo un vecino, un donnadie borrachín, resulta ser inmune a esa metamorfosis. A diferencia de la mayor parte de esos amigos —entre ellos, tristemente, E. M. Cioran—, Ionesco no se contagió nunca del desvarío colectivo, y en cuanto pudo se escapó a París, quizás intuyendo que es más saludable y menos peligrosa la extranjería cuando uno la sufre lejos de su propio país. Con ciertas mañas uno puede eludir la vigilancia de la policía secreta, pero no la de un vecino o un amigo que se da prisa en delatarlo. En Rusia, en San Petersburgo, en los días siguientes a la invasión de Ucrania, cuando usar la palabra “guerra” para nombrar la guerra era de pronto motivo suficiente para que lo enviaran a uno a la cárcel, una activista joven y su novia aguzaron su ingenio e inventaron una forma inusual de protesta: imprimían falsas pegatinas de precios para las estanterías en los supermercados, y en cada una de ellas, con la misma tipografía que designaba los productos, incluían mensajes breves y rotundos contra la guerra. Una de las dos, que se llama Sasha, fue denunciada por un amable jubilado que la vio de soslayo cambiando pegatinas. Se sabe que en los regímenes opresores la cooperación voluntariosa es más eficiente que la vigilancia policial. A Sasha la delación de su vecino la llevó a la cárcel, donde ha pasado no se sabe ya cuánto tiempo esperando juicio y solicitando en vano la libertad provisional. Veo su cara y la de su novia, las dos igual de jóvenes, en un documental de Gesbeen Mohammad que aquí se ha titulado Desde Rusia contra Putin: las dos miran con el sereno fatalismo de quien se sabe destinado a la desgracia y sin embargo no renuncia a la esperanza ni claudica del coraje. CONTINUAR LEYENDO