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viernes, 10 de mayo de 2024

Helen Hester, filósofa: “Lo que consideramos tiempo libre no es sino un espacio para la recuperación”. Entrevista (El País 13 ABR 2024)

La feminista británica sostiene que solo si nos emancipamos del sistema neoliberal y priorizamos nuestro propio tiempo podremos disfrutar de la libertad verdadera

El trabajo contemporáneo representa “una prisión” de la que la filósofa británica Helen Hester (Grays, 1983) apela a emanciparse para disfrutar nuestra libertad verdadera. No se trata solo de la modalidad remunerada, también se refiere al trabajo reproductivo, para el que demanda “reconocimiento, redistribución y reducción” [del tiempo de trabajo], precisa durante la entrevista, que se hizo en un café al suroeste de Londres con la presencia de dos de sus tres hijos, de casi cuatro y seis años. Su libro más reciente, Después del trabajo. Una historia del hogar y la lucha por el tiempo libre, coescrito con su pareja, Nick Srnicek, esboza vías de salida, como la construcción de redes sociales humanas. Hester, catedrática de Género, Tecnología y Políticas Culturales en la Universidad de West London, es además una de las representantes de una nueva corriente del feminismo, el xenofeminismo, y es autora de un libro homónimo (ambos libros son de la editorial Caja Negra) en el que sienta las bases de una corriente que considera que las teorías que hacen de “lo natural” una norma deben ser destruidas para, después, construir desde cero una infraestructura social que logre la emancipación colectiva. El próximo miércoles 17 hablará desde La Casa Encendida y el día 20 charlará con la periodista experta en tecnología Marta Peirano en La Maliciosa, ambos actos en Madrid.

 

lunes, 19 de junio de 2023

"RECUPERAR EL TIEMPO DE LA VIDA". Un artículo de Carlos Javier González Serrano publicado en Ethic el 27 de octubrre de 2022

En esta sociedad hiperproductiva, todas las actividades han quedado supeditadas a los estándares de la productividad. Detenerse sin ningún motivo, hoy, también es rebelarse.

En nuestra sociedad hiperproductiva, en la que cualquier actividad ha quedado supeditada a los estándares de la rentabilidad, la dinámica propia del consumo y a una vertiginosa y anestesiante rapidez, pasear o deambular sin ningún tipo de finalidad puede parecer una rareza. Nos desplazamos para ir al trabajo o a nuestro centro de estudios, para acudir a terapia o para reunirnos con nuestros amigos. El «para» –es decir, la utilidad y el provecho– es el nuevo ídolo de nuestro tiempo: nada se hace sin que eso que se hace encierre un beneficio determinado.

Esta percepción de la realidad como un escenario en el que siempre se gana o se pierde lo ha convertido, a su vez, en un lugar inhóspito y hostil, en el que todos somos enemigos y donde las circunstancias se presentan como una oportunidad para lograr el éxito y el progreso esperados del sujeto, amenazado por las voraces y acechantes fauces del continuo rendimiento. O visto desde el prisma complementario, donde todos estamos a un paso del fracaso –considerado este como una no adaptación a lo exigible–, a las expectativas depositadas en el individuo contemporáneo: eficacia, fama, dinero.

A este respecto, el filósofo Byung-Chul Han se ha mostrado contundente. Como defiende en Psicopolítica, Somos conscientes prisioneros que, bajo una entusiasta ilusión de libertad, se autoexplotan: «Se explota todo aquello que pertenece a prácticas y formas de libertad, como la emoción, el juego y la comunicación. […] La explotación de la libertad genera el mayor rendimiento». Fundamentalmente, porque es una esclavitud libremente asumida: un sometimiento aceptado del que no nos podemos liberar salvo que queramos quedar atrás: «Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona». Ya antes que Han lo había denunciado el alemán Peter Sloterdijk en su breve ensayo, Estrés y libertad, donde se refiere a un malestar «que impregna nuestro ser en la civilización técnica de un sentimiento de fugacidad cada vez más intenso. Este sentimiento es indisociable de que nuestra sociedad está estresada a causa de su autoconservación, que exige de nosotros un rendimiento insólito».

Incluso la felicidad, como ha señalado con mucho acierto la investigadora Sara Ahmed en La promesa de la felicidad (Caja Negra), ha quedado transformada en un instrumento: «Nos hacemos felices como si se tratara de una adquisición de capital que nos permite, por su parte, ser o hacer esto o aquello, e incluso conseguir esto o aquello». De este modo, apunta Ahmed, la felicidad «afectiviza normas e ideales sociales, generando la idea de que la proximidad relativa a estas normas e ideales contribuiría a alcanzar la felicidad». CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 19 de abril de 2023

«LA CONCENTRACIÓN DE LOS AHORROS EN UNA ÉLITE PROVOCA UN AUMENTO DE LA DEUDA O DEL DESEMPLEO». Un artículo de Patricia Simón publicado en Ethic el 22 de marzo de 2023

 Las guerras comerciales que mantienen Estados Unidos, China y la Unión Europea no responden a sus intereses nacionales, sino a la de sus élites económicas. Y esa concentración de la riqueza está comprometiendo la seguridad mundial. Esa es la tesis que sostienen los analistas Mathew C. Klein y Michael Pettis en su libro Las guerras comerciales son guerras de clase (Capitán Swing), ganador en 2021 del Lionel Gelber Prize, el galardón más prestigioso otorgado a los libros sobre política exterior. Conversamos con Pettis, profesor de Finanzas en la Escuela de Administración Guanghua de la Universidad de Pekín, sobre este turbulento horizonte.

En el libro evidencian que la creciente concentración de los ingresos por parte de las minorías más ricas ha provocado una ralentización en la mejora de las condiciones de vida de la mayoría de la población de Estados Unidos, de la Unión Europea y China. Al mismo tiempo, cada vez son más los trabajadores que tienen que endeudarse por sus bajos salarios y que no pueden consumir lo que producen. ¿Cuáles son las consecuencias de este empobrecimiento masivo?

Tradicionalmente se ha creído que cuantos más ahorros tiene una sociedad, mayores son las inversiones. Y lo que comprobamos nosotros es que no siempre es así, como ya apuntaron, en el siglo XIX, el economista inglés John Hobson y el periodista estadounidense Charles Arthur Conant. De hecho, a menudo provoca todo lo contrario: la desigualdad en los ingresos fomenta la acumulación de riqueza entre los ricos y es negativa para el crecimiento porque, en muchos casos, reduce la inversión. Esta es la parte del libro que más ha sorprendido a economistas y analistas. Y es exactamente lo que está ocurriendo en las avanzadas economías modernas. Por ejemplo, para un español era difícil conseguir una tarjeta de crédito antes del año 2000: tenía que gozar de una situación bastante estable y acomodada para que se la concediesen. Con el inicio del nuevo siglo, sin embargo, los ricos de Alemania y de otros países comenzaron a invertir sus ahorros en sistemas bancarios del sur de Europa, como el español. Y estos, para convertirlos en préstamos, redujeron a mínimos las condiciones para concederlos. Así fue como muchos españoles se endeudaron, mientras los ahorros de los ricos crecían. Las fábricas españolas empezaron a producir menos porque las clases medias y bajas consumían menos, por lo que despidieron a muchos de sus trabajadores. A partir de la crisis de 2008, cuando la deuda ya se había disparado y no se podía acceder a dinero prestado, se disparó el desempleo. La concentración de los ahorros en una élite, por tanto, provoca un aumento de la deuda o el desempleo.

Klein y usted lanzan una advertencia: las sociedades cometen las peores atrocidades cuando creen que el futuro será peor que el pasado, como en los años treinta del siglo anterior. Para evitarlo, proponen la aplicación de políticas redistributivas de corte socialdemócrata, como las que se pusieron en marcha tras la II Guerra Mundial. ¿Cómo deberían ser esas medidas para responder a los desafíos del siglo XXI?

Hemos evitado entrar en discusiones muy politizadas. Sí hacemos hincapié en lo que propuso Hobson hace más de un siglo: en la importancia de redistribuir los ingresos. Hay muchas formas de hacerlo. Sabemos que en los años setenta, en Estados Unidos, los sindicatos sufrieron unos ataques terribles que debilitaron enormemente la organización de la clase obrera. Desde entonces, no ha parado de crecer su capacidad productiva a la vez que, proporcionalmente, se reducían sus salarios. A la vez, las élites económicas han ido pagando menos impuestos, lo que ha aumentado la deuda en todo el país por la transferencia de los ingresos de la mayoría de la población a los más ricos. Así que nuestra recomendación es que se restablezcan y aumenten los impuestos a los ricos, que se fortalezca la Seguridad Social y que se transfiera dinero a la gente común a través de las pensiones y del aumento del presupuesto destinado a la educación.

En la última cumbre de la OTAN, celebrada en Madrid en junio de 2022, Estados Unidos y la Unión Europea declararon a China, uno de sus socios comerciales más importantes, el gran desafío para sus intereses. ¿Cuál es el rol del gigante asiático en estas relaciones políticas y económicas?

No se puede hablar de la Unión Europea como un ente unitario porque hay enormes diferencias entre sus países miembros. Alemania y Países Bajos tienen tasas muy altas de ahorros, y aunque hay quienes siguen sosteniendo que es porque tienen una gran cultura del trabajo y del ahorro, lo cierto es que esta afirmación, como señalamos en el libro, no tiene ningún sentido. Por ejemplo, la razón de que Alemania tenga esa acumulación de ahorros es resultado de las reformas implantadas a partir de 2003, que iban dirigidas a aumentar la productividad de los trabajadores. Los salarios se estancaron y la gente normal perdió capacidad de consumo mientras los ricos enviaban su dinero a la banca del sur de Europa, que fue la que colapsó. Un dinero que, a menudo, terminó convertido en inversiones de poco valor, como esos edificios de viviendas vacías que siguen abundando por el centro de España. Así que fueron los países del sur europeo los que pagaron el problema de Alemania. Ocurre lo mismo entre China y Estados Unidos. Y los desequilibrios comerciales agudizan las tensiones geopolíticas. Corregirlos es una cuestión de seguridad global.

También exponen cómo las empresas chinas se niegan a subir los salarios y los costes de la Seguridad Social, mientras el Gobierno de Xi Jinping se resiste a modificar el modelo económico porque acarrearía cambios en el sistema político. ¿Es posible un cambio en el régimen chino sin renunciar a un modelo económico basado en la exportación?

China lleva intentando cambiar su modelo desde que en 2007 anunciase que aprobaría medidas para equilibrar su economía. No es sorprendente que no lo haya hecho. Alemania y Japón llevan mucho tiempo declarando que van a fortalecer su demanda interna sin que ocurra nada en ese sentido. Así que la pregunta es: ¿por qué es tan difícil? China tiene problemas políticos, pero su incapacidad para equilibrar el consumo es el mismo que el de los otros países. Redistribuir los ingresos es muy difícil porque implica cambios importantes en las instituciones políticas, empresariales y financieras. Alemania, Japón, Corea del Sur, Países Bajos y China son países muy competitivos en el ámbito de las exportaciones internacionales porque tienen salarios bajos. Hay quien puede pensar que son altos en comparación con los españoles, pero no lo son atendiendo a su productividad: los trabajadores alemanes cobran lo mismo que los ingleses cuando los primeros son un 20% más productivos. Y equilibrar esta situación, aunque sería beneficioso a medio y largo plazo, en el corto supondría perder competitividad en la exportación.

Usted nació y pasó una parte de su infancia en España, a donde sigue viajando regularmente. ¿Qué opina sobre el aumento del salario mínimo interprofesional que ha aprobado su gobierno?

Vivimos en un mundo globalizado en el que muchos países compiten a través de los salarios bajos de sus trabajadores. Al subirlos, se corre el peligro de que parte de la industria huya. Es muy bueno que España aumente los sueldos, como debería hacer todo el mundo, pero en una economía globalizada debemos presionar para que lo hagan las principales economías de manera conjunta. Necesitamos respuestas globales.

"EL SUMO SACERDOTE". Juan José Millás, El País

No se pierdan a Florentino Pérez entrando en la sala de prensa de Valdebebas con el gesto de quien se dispone, más que a responder pregunta...