Mostrando entradas con la etiqueta Inmigración. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Inmigración. Mostrar todas las entradas

lunes, 4 de mayo de 2026

"LA LECCIÓN GALLEGA DE LA INMIGRACIÓN". Arturo Lezcano ,El País

Los gallegos emigrados sufrieron el mismo látigo de los tópicos étnicos y de clase, reduccionistas e hirientes, que se aplica ahora a las nuevas colectividades inmigrantes

A veces los mapas son jeroglíficos que al resolverlos funcionan como un libro de historia. En el interactivo que publicó EL PAÍS el pasado día 14 para radiografiar la presencia de extranjeros en España hay un detalle imperceptible a primera vista. Lejos de las grandes zonas de inmigración —las costas, los centros agrícolas y las grandes ciudades— aparece un punto aislado con una alta concentración de foráneos. Está en el interior de Galicia, en el límite entre las provincias de Ourense y Pontevedra, aparentemente un lugar con poco reclamo, habida cuenta del despoblamiento y el nulo desarrollo industrial. En ayuntamientos como Avión, Beariz, Boborás o A Lama viven más de un 30% de extranjeros, según el censo, aunque pocos lo sientan así, ya que sus familias salieron de ese lugar al que ellos, descendientes, han vuelto. En ese cuadrilátero migratorio —tanto de expulsión como de acogida— se encierra siglo y medio de historia y, también, se guarda una lección de peso en torno al debate sobre las migraciones y la regularización aprobada por el Gobierno.

Dos millones de gallegos dejaron su aldea por América entre 1850 y 1960, apenas por debajo de Irlanda en porcentaje de población. Iban a cubrir la acuciante demanda de mano de obra no cualificada en países en pleno crecimiento. En los años 60 cambiaron los barcos por la carretera y se encaminaron al centro y norte de Europa, donde se requerían brazos para las fábricas, la construcción, la hostelería. La fuerza de trabajo llegó del sur pobre del continente, entre otros lugares de Galicia, donde la sangría demográfica fue más bien una hemorragia sin freno justamente en los puntos negros del mapa. El historiador Félix García Yáñez calcula que en la década de 1960 emigró el 56% de la población de Ourense de entre 18 y 40 años. Hay que leerlo dos veces para darse cuenta de la magnitud del fenómeno.

Cuando España empezó a converger con Europa se produjo el retorno desde la Europa rica, donde magrebíes y subsaharianos de las excolonias reemplazaron a italianos, portugueses y españoles como mano de obra barata (y garantía para pagar las pensiones). En Galicia, que es pura migración, a ese regreso se añadió el más reciente de los descendientes latinoamericanos. Solo han cambiado los prefijos, de emigración a inmigración, pero las causas de las diásporas, sus patrones de vida y sus comportamientos son demasiado parecidos como para desdeñarlos ahora que las flechas en los mapas son de entrada y no de salida. ¿Cómo no va a haber empatía entre los gallegos, algo que se podría ampliar a asturianos, vascos, andaluces o canarios? Hagamos un ejercicio de comparación entre los que se fueron y los que han ido llegando.

Cuando alguien dice que la inmigración irregular la provocan el tráfico de personas y las mafias, habría que recordar la aventura de terror que era salir hacia América desde Galicia en las primeras oleadas. Atraídos por los ganchos de las navieras y consignatarias, muchos eran engañados con propaganda falsa. Hubo casos sangrantes, como el contingente que llevó como esclavos a Cuba a cientos de gallegos para la zafra del azúcar o el reclutamiento masivo para la construcción del Canal de Panamá. Entre los 40.000 obreros había una mayoría de afroantillanos, pero también 6.500 gallegos, expuestos a las penurias del clima y las enfermedades.

Se escucha a políticos pedir el cierre de fronteras, pasando por alto que a nuestros coterráneos les abrieron las puertas de par en par en América: Brasil subvencionaba la inmigración al punto de pagar el billete a los trabajadores, porque necesitaba músculo para las ingentes infraestructuras que emprendió en el salvaje interior del país. El México de Lázaro Cárdenas tendió la mano al exilio de la Guerra Civil, e incluso Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana. En los años cincuenta Venezuela promovió una política sin restricciones: en un lustro entraron 150.000 españoles a un país de cinco millones de habitantes. Hoy hay unos 700.000 venezolanos en una España de casi 50 millones, menos de la mitad en términos porcentuales.

Donde no se abrían puertas se tiraban abajo de manera irregular, ya fuera con entradas clandestinas sin papeles, como polizones, numerosísimos, o estableciendo cadenas migratorias que facilitaban la radicación a través del parentesco y la reunión familiar, enrolados en los mismos trabajos manuales o pequeños negocios comerciales de escala muy básica. Como ocurre hoy con las nuevas diásporas, no todos eran exiliados económicos, sino también refugiados políticos o incluso militares, huyendo de reclutamientos y guerras. Casi todos varones jóvenes en un primer momento, y no todos honrados padres de familia o hijos ejemplares; también pícaros, buscavidas y escapistas. Pero esto no va de poner adjetivos, sino de entender que la gente se marcha de su país para mejorar, da igual en qué siglo o continente de salida y entrada suceda.

“Éramos como los venezolanos que ahora nadie quiere aquí”, me dijo en Panamá un oriundo de Ourense. Él llegó como ambulante, cuando los gallegos en América se apretujaban para dormir turnándose los colchones, el sistema de camas calientes —quizás les suene— en viviendas colectivas: “conventillos” en Argentina, “repúblicas” en Brasil, “vecindades” en México, tenements en Estados Unidos, por cierto todos ellos países llamados a sí mismos con orgullo “naciones inmigrantes”.

En Nueva Jersey se instaló una última oleada, consecuencia de la crisis pesquera tras la entrada de España en la CEE. Como tantos ahora, ingresaban en el país en avión sin visado y ya no salían. Otros, más avezados, se enrolaban en un buque mercante en Galicia y al llegar a la orilla americana se quedaban para siempre. “Saltaban el barco”, así lo llaman sus descendientes, ellos ya sí regularizados antes de las arremetidas del ICE de Trump.

A los que repiten el mantra de que los extranjeros no se integran se les podría llevar a visitar a nuestros migrantes, que a duras penas aprendieron inglés. A quienes dicen que los recién llegados se encierran en sus culturas y forman guetos se les puede recordar que los gallegos eran conocidos por invadir calles y plazas para sus xuntanzas y romerías. También lo eran por sus centros gallegos, que les daban respaldo asistencial y un lugar para el ocio al margen de la sociedad. En algunos países latinoamericanos se siguen casando entre coterráneos y mantienen la zeta en el habla como símbolo de estatus. En otros, todavía en este siglo, se hacía la matanza del cerdo en pueblos y ciudades. Y en toda América se siguen escuchando la lengua gallega y las gaitas. No solo es folclore e identidad; también se mantienen los negocios cerrados dentro de la colectividad y se celebran como una marca distintiva.

Ahora cambiemos la gallega por cualquiera de las nuevas diásporas. Podría repasarse punto por punto y el relato sería semejante, y hay algo que sería idéntico. El látigo de los tópicos étnicos y de clase, reduccionistas e hirientes, que fueron arrastrando los gallegos en todos esos países, chistes incluidos, se aplica ahora a las nuevas colectividades inmigrantes. Esa herida compartida añade grados a la empatía y funciona como antídoto contra la xenofobia: hasta la fecha, Galicia es la única comunidad donde la extrema derecha carece de representación, pues no ostenta ni un solo cargo público, ni siquiera a nivel municipal.

Quizás porque los gallegos saben que ir contra las migraciones es como ir contra la lluvia: una pérdida de tiempo. Y porque cualquier día el mapa se da la vuelta otra vez y ellos serán los primeros en saber cómo abrir la misma puerta que algunos quieren poner al campo. Otro imposible.
  • Arturo Lezcano es autor de El país invisible. La epopeya atlántica de la diáspora gallega (Libros del KO).

jueves, 30 de abril de 2026

"PREFERENCIA NACIONAL". Imanol Zubero, Noticiasobreras.es

La llamada “preferencia nacional”, tal como ha sido planteada en el acuerdo entre PP y Vox en Extremadura, no es simplemente una medida técnica de política social o económica: es, en realidad, una toma de posición moral y política de gran calado. Supone establecer una jerarquía de dignidad entre seres humanos en función de su pertenencia nacional, y eso la sitúa en una tradición claramente iliberal. La idea de que los derechos, o incluso el acceso a bienes básicos, deben depender del origen o la nacionalidad rompe con uno de los pilares normativos de las democracias contemporáneas: la igualdad moral de todas las personas.

Desde este punto de vista, la propuesta de Vox, y la asunción de sus premisas por parte del PP, encierra una profunda inhumanidad. No se trata solo de que discrimine a quienes llegan desde fuera, aunque esa llegada se haya producido en muchos casos hace años; es que redefine la comunidad política como un espacio de exclusión, donde la otra y el otro son sospechosos por definición. En un contexto global marcado por las migraciones, muchas de ellas forzadas por conflictos, desigualdades estructurales o crisis climáticas, esta concepción no solo resulta éticamente problemática, sino que contribuye a erosionar los fundamentos mismos de la convivencia democrática.

Nación, ciudadanía y exclusión: los límites del marco estatonacional

Ahora bien, una crítica honesta no puede detenerse ahí. Existe un riesgo evidente en limitarse a denunciar la “preferencia nacional” como si fuera una anomalía introducida por la extrema derecha. En realidad, esa lógica, aunque sea en formas más suaves o implícitas, está profundamente arraigada en la organización estatonacional del mundo moderno. Los Estados, incluso los más liberales, operan sobre la base de una distinción entre nacionales y no nacionales, entre quienes pertenecen plenamente a la comunidad política y quienes no. La ciudadanía, con todo su valor emancipador, también es un mecanismo de delimitación.

Aquí resulta iluminadora la reflexión de R. H. S. Crossman sobre la dificultad de definir qué es una nación. Sus ejemplos son incisivos: el nazi que apela al linaje biológico mientras perpetra el genocidio; el inglés que invoca la historia y la cultura mientras convive con tensiones internas en el Reino Unido; el estadounidense que habla de voluntad política común mientras evita mirar de frente sus propias fracturas raciales y sus políticas migratorias restrictivas. La lección es clara: ya sea racial, cultural o cívica, toda definición de nación contiene elementos problemáticos, exclusiones más o menos explícitas, zonas de sombra.

Esto cuestiona también la supuesta solución ofrecida por la distinción clásica entre el nacionalismo culturalista de Johann Gottfried Herder y el nacionalismo cívico de Ernest Renan. La célebre idea de Renan de la nación como un “plebiscito cotidiano” resulta seductora porque parece desplazar el foco desde la identidad esencial hacia la voluntad compartida. Sin embargo, esta visión presupone una homogeneidad que rara vez existe. ¿De verdad todos los miembros de una comunidad nacional comparten por igual una historia de sacrificios? ¿No es más preciso afirmar que esa historia está atravesada por conflictos, desigualdades y memorias divergentes, en las que algunas personas y grupos se han sacrificado o han sido sacrificados en favor de otros? Frente al idealismo de Locke y Rawls, no hay contrato social que no sea al tiempo un contrato sexual (Pateman), racial (Mills) y clasista (Marx) y, por lo mismo, nunca igualitario.

En toda sociedad compleja hay grupos que han sido sistemáticamente marginados, explotados o silenciados, mientras otros han acumulado privilegios. Presentar la nación como una comunidad de destino homogénea implica invisibilizar esas tensiones. En ese sentido, la mirada de Renan, aunque menos abiertamente excluyente que la de Herder, también puede derivar en una forma de totalización que resulta peligrosa.CONTINUAR LEYENDO

sábado, 7 de febrero de 2026

"HABLAN LOS CLÁSICOS: ¿QUÉ NOS DICE SHAKESPARE SOBRE LA EMIGRACIÓN?.

Esta página ha sido identificada como un manuscrito de Shakespeare. Forma parte de una obra teatral sobre Tomás Moro en la que encargaron a William la escena más álgida. Se enmarca en el motín de 1517, cuando los habitantes de Londres se alzaron para reclamar que los inmigrantes fueran expulsados. Tomás Moro, alcalde de la ciudad, intenta convencer a la multitud para que los acoja. La pieza nunca se estrenó, fue prohibida por la censura de la reina. (Irene Vallejo)

«Imaginad que veis a los desdichados forasteros
con sus hijos a la espalda y su equipaje humilde
arrastrándose a los puertos y costas para ser deportados,
y vosotros, sentados como reyes sobre vuestros deseos,
la autoridad silenciada por vuestra trifulca,
y vosotros, ataviados con vuestras opiniones,
¿qué habríais conseguido? Yo os lo diré. Habríais probado
que la insolencia y la mano dura prevalecen
y en ese escenario ninguno de vosotros llegaría a viejo,
ya que otros rufianes a su antojo
con la misma mano, las mismas razones y el mismo derecho,
os depredarían, y los hombres, como peces voraces,
se devorarían los unos a los otros (…)

Digamos ahora que el rey os destierra. ¿Adónde os marcharíais?
¿Qué país os daría asilo? Marchaos a Francia
o Flandes, a alguna provincia alemana, a España o Portugal,
a cualquier parte que no esté en alianza con Inglaterra,
donde no podéis ser sino extranjeros. ¿Os agradaría
encontrar una nación con temperamento tan bárbaro
que, estallando con una violencia espantosa,
no os proporcionase un hogar en sus dominios,
afilase sus abominables cuchillos contra vuestras gargantas,
os desdeñará como a perros, como si Dios
no fuera vuestro dueño ni os hubiera creado, como si los elementos
no fueran en absoluto apropiados para vuestro bienestar,
sino un privilegio reservado a ellos? ¿Qué pensaríais
si se os tratara de esa manera? Este es el caso de los extranjeros
y tal es vuestra monumental falta de humanidad».

Traducción: Víctor Rico

Texto completo en la Revista Contexto (mayo 2016)

Documento digitalizado en la web de la British Library

domingo, 1 de febrero de 2026

"GALICIA FUE EL AVISO: CUANDO EL PODER EXPULSA A LOS POBRES Y EL EVANGELIO SE CONVIERTE EN ACUSACIÓN". José Carlos Enríquez Díaz, Religión Digital 31 ene 2026

La Doctrina Social de la Iglesia es tajante. "Gaudium et Spes" afirma que la persona humana es el principio, el sujeto y el fin de toda organización social. Cuando ese orden se invierte y la contabilidad ocupa el lugar de la vida, no estamos ante una opción técnica, sino ante un pecado estructural.

Hay momentos en los que la política deja de ser gestión y se convierte en juicio. No porque alguien lo decida, sino porque la realidad misma comparece como testigo. Cuando un anciano recibe una orden de desalojo con una cuenta atrás de quince días, cuando se niega una mejora mínima a quienes sobreviven con lo justo, cuando se cuestiona si alguien merece agua, luz o un techo, ya no estamos ante un debate técnico. Estamos ante una interpelación moral directa.

España vive uno de esos momentos. Y para entenderlo no hace falta imaginar futuros distópicos ni recurrir al alarmismo: basta con mirar a Galicia.

Galicia fue el aviso. No una metáfora ni un eslogan, sino una experiencia concreta. Bajo el mandato de Alberto Núñez Feijóo, la gestión de la pobreza adoptó una lógica precisa y reconocible: desconfianza hacia el pobre, sospecha sistemática, castigo institucional. La RISGA, diseñada como instrumento de integración, se transformó en un mecanismo de control y expulsión, reduciendo perceptores, endureciendo requisitos y desplazando la responsabilidad del Estado hacia las familias y la caridad privada.

No fue eficiencia. Fue deshumanización. Y no lo dijeron adversarios ideológicos, sino los propios trabajadores sociales. que denunciaron que aquello no integraba, sometía. Vidas convertidas en expedientes, dignidad reducida a baremos, personas obligadas a demostrar su abandono absoluto para ser ayudadas. La pobreza tratada como culpa.

La Doctrina Social de la Iglesia es tajante. Gaudium et Spes afirma que la persona humana es el principio, el sujeto y el fin de toda organización social. Cuando ese orden se invierte y la contabilidad ocupa el lugar de la vida, no estamos ante una opción técnica, sino ante un pecado estructural. El profeta Amós lo denunció sin eufemismos: «Venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias» (Am 2,6).

Ese mismo modelo reaparece hoy a escala estatal. La negativa del Partido Popular a apoyar la subida de las pensiones, del Ingreso Mínimo Vital no es un episodio aislado, sino coherencia ideológica. Coherencia con una visión donde los derechos se convierten en concesiones, donde ayudar al pobre se presenta como un riesgo moral y donde la pobreza se gestiona como una desviación que hay que corregir. No es responsabilidad fiscal: es crueldad organizada.

Y mientras a los pensionistas se les niega la subida mínima que les corresponde, algunos dirigentes, como Moreno Bonilla, han visto sus salarios incrementarse hasta 92.208,84 euros, lo que supone un aumento de 20.541 euros en solo tres años. Ese contraste no es anecdótico: mientras los pobres deben sobrevivir con migajas, el poder se autoadjudica incrementos sustanciales sin justificación ética.

Pero el salto cualitativo llega cuando Alberto Núñez Feijóo acusa al Gobierno de utilizar a los pensionistas como “rehenes” por aprobar junto a esa subida medidas como la suspensión de los desahucios de personas vulnerables, la prohibición de cortar suministros básicos —luz, agua, gas— o la protección de quienes no tienen alternativa habitacional. Según este marco, impedir que alguien duerma en la calle sería un chantaje, y evitar que una familia quede a oscuras, una manipulación política.

El PP, junto con Junts y Vox, sostiene que estas medidas fomentan la “inquiocupación” y desprotegen a los propietarios. El lenguaje no es neutro. El pobre vuelve a ser sospechoso, el vulnerable, un posible abusador. Isaías lo describió con una claridad que atraviesa los siglos: «¡Ay de los que dictan leyes injustas y promulgan decretos opresores, para negar justicia a los pobres!» (Is 10,1-2).

Hace poco conocí el caso de un hombre de 85 años. Vive solo. Su propietario le comunicó que debía abandonar su vivienda y le dio un plazo de 15 días. Quince días para desaparecer. No había alternativa habitacional, no había red familiar, no había margen real. Solo una cuenta atrás. ¿Qué tiene que decir Alberto Núñez Feijóo ante esto? ¿En qué párrafo de su discurso encaja este anciano? ¿En el del orden? ¿En el del mérito? ¿En el de la contabilidad?

Este caso no es una excepción. Es una parábola contemporánea. Personas mayores, familias con menores, enfermos, trabajadores pobres. Sin la suspensión de los desahucios, van a la calle. Sin la prohibición de cortar suministros, quedan sin agua, sin luz, sin calefacción. No es ideología. Es intemperie. Jeremías lo gritó con palabras que hoy incomodan al poder: «Se hacen ricos y poderosos, pero no defienden la causa del pobre» (Jer 5,28).

El Evangelio no admite interpretaciones cómodas. “Tuve hambre y me disteis de comer; fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). No hay letra pequeña. No hay baremos. No hay distinción entre pobres “merecedores” y “sospechosos”. Cuando la política introduce filtros donde el Evangelio no los pone, se coloca frontalmente contra él.

Fratelli Tutti advierte que una sociedad se deshumaniza cuando normaliza la exclusión, y Caritas in Veritate recuerda que la pobreza no se combate recortando derechos, sino garantizándolos. Llamar “rehén” a un pensionista mientras se cuestiona su protección frente al desahucio o el corte de suministros no es solo una contradicción política: es una fractura moral.

A esto se suma la criminalización del inmigrante pobre, convertido en chivo expiatorio del malestar social. El relato del “efecto llamada” no protege a nadie: divide a los de abajo y absuelve a los de arriba. Decir que solo merece ayuda quien ha cotizado es moralmente obsceno. ¿Qué cotizó un niño con discapacidad severa? ¿Qué aportó una mujer que huye de la violencia? ¿Qué cotiza quien trabaja en negro porque el sistema le cierra la puerta? La dignidad no se cotiza: se reconoce.

En el plano económico, el proyecto compartido por PP y Vox apuesta por adelgazar el Estado, privatizar lo común y mercantilizar los derechos. Sanidad, educación y vivienda pasan de ser garantías a ser productos. Un país de dos velocidades, donde los pobres esperan y los ricos eligen. La Doctrina Social lo dice sin rodeos: los bienes esenciales no pueden quedar al arbitrio del mercado.

Y todo ello se acompaña de una forma de ejercer el poder basada en la distancia. Feijóo afirmó que, si mentía, se marcharía. Hoy, ese compromiso con la verdad aparece erosionado por contradicciones y por su comparecencia telemática ante la DANA, cuando la ética pública exigía presencia, cercanía y responsabilidad. Gobernar es dar la cara. Comparecer desde una pantalla no es neutral: es huir del rostro del sufrimiento.

España ya vio este patrón con el “plasma” de Mariano Rajoy. Aquella imagen simbolizó la evasión de la rendición de cuentas. Hoy, el eco regresa. Primero se relativiza la verdad, luego se deshumaniza al débil y finalmente se gobierna desde la distancia.

Galicia fue el laboratorio social. Allí se comprobó que, bajo este modelo, la pobreza no se combate: se castiga. Hoy, con el IMV, las pensiones mínimas, los desahucios, los suministros básicos y la vivienda, el riesgo es el mismo, pero a escala estatal.

La pregunta final no es económica ni electoral. Es apocalíptica en el sentido bíblico: revela lo que hay debajo. ¿De qué lado se sitúa el poder cuando un anciano de 85 años recibe un ultimátum de 15 días para abandonar su casa? ¿Del contrato o de la persona? ¿Del mercado o de la vida?

Porque, como advierte Jesús sin anestesia, al final no se nos preguntará por el déficit ni por el equilibrio presupuestario, sino por el pobre expulsado, el hambriento ignorado y el forastero rechazado. Y entonces, ya no habrá comparecencias a distancia.

Galicia fue el aviso. Ignorarlo no será ingenuidad. Será complicidad.

sábado, 31 de enero de 2026

Maruja Torres responde a las derechas por su oposición a la regularización de migrantes: "No hay reemplazo más aberrante que el de la decencia por la crueldad". Maruja Torres, Hoy por hoy,Cadena SER

Por la presente tengo a bien congratularme de la tramitación urgente por real decreto de la regulación que dejará por fin dentro de la ley a medio millón de personas inmigrantes que viven entre nosotros. No solo porque es de justicia, sino porque es de sentido común.

Hay que ser muy mal nacido para responder a esta decisión alegando que produce efecto llamada, cuando todos sabemos que es la necesidad la que ocasiona el efecto empujón que desde los albores de la humanidad lleva a los pobladores del planeta a buscarse la vida lejos del lugar en donde nacieron. En donde nacieron, repito. No al que pertenecen, porque de todos es el mundo entero cuando ofrece mejores oportunidades que las que promete el propio.

Y hay que ser muy, muy cruel, para hablar de “reemplazo”, ese trending topic del fascismo actual, cuando no somos pocos ni pocas quienes sabemos también que es muy otro el gran reemplazo que se está llevando a cabo con claridad, alevosía y un patriotismo de pandereta que expande veneno mortal cuando resuena. Nada noble puede salir de ahí.

Así que por la presente tengo a bien comunicaros que cuando se cruza en mi vida uno o una de esos trabajadores le deseo que le vaya muy bien, porque así nos irá mejor a nosotros. Y que al tropezarme con uno o una de los que, abriendo el pico, suelta un “Qué bonito está Madrid y con la Fórmula 1 vamos a petarlo” o bien un “Qué suerte tenemos de ser españoles”, me siento como en aquella peli de ciencia-ficción de los años cincuenta. Ya están aquí los ladrones, los invasores de cuerpos.

No hay reemplazo más aberrante que el de la decencia por la crueldad.

viernes, 30 de enero de 2026

"CUÁNDO EMPIEZA LA BARBARIE". Marta Peirano, El País

Grupos de manifestantes se enfrentaban con las fuerzas del
orden en en Minneapolis (Minnesota), tras la muerte de
de un hombre tiroteado por agentes del ICE

La brutalidad no llega con una ola de inmigrantes, sino que crece en el corazón de nuestra civilización

“En 1930 ya era evidente que el poder presidencial estaba en manos de un hombre que no creía en las instituciones democráticas y no tenía ninguna intención de protegerlas de sus enemigos”, escribe Richard J. Evans en el primer volumen de su famosa trilogía sobre el Tercer Reich. Habla de Paul von Hindenburg, el presidente que desmanteló la democracia parlamentaria de la República de Weimar, preparando el terreno para el régimen de 1933. Usando inadecuadamente el artículo 48 de la Constitución, estableció un estado de emergencia permanente con una serie de “gobiernos presidenciales” que mandaron por decreto, sin apoyo parlamentario, recortando derechos y salarios para complacer a los tecnoligarcas de la época. Eran gigantes del acero como Krupp, Thyssen, y Hoesch AG; de la química como IG Farben (un conglomerado que incluía a BASF, Bayer y Hoechst); eléctricas como AEG y Siemens y la cuenca minera del Ruhr. Cuando Hitler fue nombrado canciller en 1933, la democracia alemana ya estaba rota. Los asesinatos empezaron antes de que llegara al poder.

La primera víctima realmente famosa fue Konrad Pietrzuch, un minero polaco y sindicalista de Potempa, ciudad que volvió a Polonia después de la Segunda Guerra Mundial. Una noche de agosto de 1932, cinco miembros de las SA, las tropas de asalto originales del partido nazi, entraron en su casa con sus camisas pardas y lo mataron a golpes delante de su familia. Habían salido a cazar comunistas, sus archienemigos parlamentarios, “enemigos del Reich”. Los Cinco de Potempa, que fue como los llamó la prensa durante el sonado juicio, fueron sentenciados a muerte bajo una ley antiterrorista recién estrenada. Hitler los llamó camaradas y los liberó en cuanto llegó al poder, con una amnistía para todos los que habían cometido crímenes “por el bien del Reich”. En marzo de 1933, habían cometido docenas de asesinatos similares en todo el país.

Al principio, los muertos fueron calificados de terroristas domésticos por el Gobierno, personas violentas que habían ofrecido resistencia durante un arresto, marxistas armados abatidos en supuestos actos de autodefensa por parte de las fuerzas de seguridad. Hay suficiente documentación que contradice la versión oficial: las víctimas eran pacifistas, no llevaban armas y ningún miembro de los camisas pardas resultó herido en ninguna ocasión. Después los nazis dejaron de hacerlo. Hermann Göring los autorizó para arrestar y disparar a su criterio. Con Heinrich Himmler, asumieron el control de la Gestapo y la policía criminal, y emprendieron la tarea oficial de limpiar el Tercer Reich de “enemigos del Estado”: comunistas, opositores políticos, disidentes, judíos, homosexuales y testigos de Jehová.

Cuenta Evans que, si alguien pudiera viajar en el tiempo desde 1945 a la Europa inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial, ni un contemporáneo inteligente y bien informado creería que, en apenas 30 años, Alemania intentaría asesinar de forma sistemática a todos los judíos de Europa y lograría exterminar a casi seis millones. Quizá en Francia, sacudida por una ola de antisemitismo virulento tras el caso Dreyfus. O en Rusia, donde las Centurias Negras zaristas organizaban violentos pogromos contra la población judía después del fracaso de la Revolución de 1905. Pero algo así no podía ocurrir en Alemania, un país culto y moderno, con universidades de prestigio, numerosos premios Nobel, un sólido Estado de derecho y una industria principal. Ahora sabemos que la barbarie no llega en una ola de inmigrantes, sino que crece en el corazón mismo de nuestra civilización.

lunes, 12 de enero de 2026

"LA FIESTA DE LA CULPA". Irene Vallejo, Milenio

Ilustración: Román
  • ¿Por qué creemos que señalando nombres y rostros, el mal quedará exorcizado?
  • Cuando algo falla y sucede el desastre, ¿por qué extraño motivo esperamos un cierto alivio al responsabilizar a otros?
  • Un resorte primitivo conduce a mitigar el dolor azuzando la cólera contra el diferente
  • Buscar culpables resulta más apasionante que buscar soluciones
“Yo no he sido”, masculló tu hijo, con un acorde de desamparo en la voz. No le creíste. Estabas segura de haber dejado allí, sobre el escritorio, náufrago en tu borrasca de papeles, el cuaderno con las notas para el próximo artículo. Como la adulta racional y siempre atareada que eres, preferiste la riña exaltada a la serena búsqueda: “¿Cuántas veces te he dicho que no revuelvas mis papeles?”, rugiste mientras te agachabas, blandiendo preguntas acusadoras, a la altura de sus ojos. Empezaste a dudar cuando dos lagrimones rodaron por sus mofletes hasta oscilar suspendidos de la barbilla. De pronto, recordaste que K. había ordenado el despacho, y el cuaderno reposaba tranquilo en la estantería, oculto a tu ciega terquedad. Tu hijo hipaba llorando: acababa de tragar una cucharada de injusticia.

Cuando algo falla y sucede el desastre, ¿por qué extraño motivo esperamos un cierto alivio al responsabilizar a otros? Buscar culpables resulta más apasionante que buscar soluciones. Los antiguos griegos creían en una divinidad llamada Momo, que no tenía más atribución que encontrar faltas en los dioses y los humanos. Momo era hijo de la Noche, la personificación de nuestro oscuro impulso a tomarla con el prójimo. Los psicólogos afirman que no soportamos la incertidumbre, el caos, la imprevisible complejidad de lo real. El pensamiento mágico cree que, señalando nombres y rostros, el mal quedará exorcizado. Antiguamente, los judíos elegían un macho cabrío, lo llevaban al desierto y lo apedreaban para que pagase por los pecados de la comunidad. De ahí viene la expresión “chivo expiatorio”.

Históricamente reincidentes, buscamos a quien endilgar incluso catástrofes fortuitas o desastres naturales. Según cuenta la Biblia, el barco en que huía el profeta Jonás topó, al llegar a mar abierta, con una terrible tempestad. Los marineros decidieron arrojar por la borda, directo a las rugientes olas, a quien hubiera atraído la tormenta. Lo echaron a suertes y la culpa recayó por sorteo en Jonás, que acabó engullido por la ballena. Rifar la condena es una de las fórmulas procesales más delirantes jamás imaginadas. Alessandro Manzoni narró en su Historia de la columna infame un episodio real ocurrido durante la peste de 1630. Una vecina de Milán, precoz espía de balcones, denunció a un hombre que restregaba los dedos contra la muralla. Así nació el mito de los untadores, que supuestamente expandían el contagio con ungüentos mortales en pomos, barandas y muros. Se abrió un proceso en el que se torturó y ejecutó a personas inocentes, cuya responsabilidad era sólo producto de una imaginación aterrorizada. Estas supersticiones no son tan antiguas: hace menos de un siglo, los japoneses acusaron absurdamente del terremoto de Kantō a los inmigrantes coreanos, desatando una matanza que dejó varios miles de cadáveres.

En un episodio de Los Simpson, Homero asesora con cinismo a sus compañeros de trabajo: “Si algo va mal en la central nuclear, culpad al tipo que no habla inglés”. La máxima apela a ese resorte primitivo que sobrevive en nuestras mentes: simplificar la complejidad de las causas convirtiéndolas en culpas. Los atenienses celebraban sus fiestas Targelias con el sacrificio ritual de dos personas acusadas de provocar hambre, sequías, epidemias o terremotos. Las arrastraban fuera de la ciudad para lapidarlas, lincharlas o lanzarlas por un precipicio. Creían que el mal siempre viene de fuera y debe ser expulsado con violencia. Llamaban a su víctima propiciatoria pharmakós, de donde procede nuestra palabra “fármaco”, como si su sangre eliminase la enfermedad. En tiempos de desgracia, es preciso mantenerse alerta, auscultar los errores, esgrimir la crítica: ser capaces de tender la mano y vigilar desmanes. Pero la convivencia se enfanga si intentamos aliviar el dolor azuzando la cólera contra el diferente, el que nos cae mal, esa gente perversa que no es o no piensa como yo. En los dominios nocturnos del antiguo Momo, unos y otros procuran que el señalado sea su adversario —ideológico o íntimo—. Dime a quién culpas y te diré quién eres.

lunes, 24 de noviembre de 2025

"QUIERO INTEGRARME (Y NO ME DEJAN)". Najat El Hachmi, El País

Queremos tener los mismos derechos que todos los demás, vivir en viviendas que no estén apartadas de todo, en barrios donde solo viven los “nuestros”

Exigen que los inmigrantes se integren, se adapten a “nuestra” cultura (a saber lo que es eso) pero en realidad es lo último que desean: ¿que los hijos de moros, negros y latinos compartan aula con sus propios hijos? ¿Que vivan en los mismos barrios que ellos? ¿Que les toque uno de esos como compañero de habitación con todos sus olores raros? ¿Tenerlos al lado compitiendo por los mismos puestos de trabajo? No, para nada, buena parte de los que se llenan la boca con la palabra “integración” lo que quieren en realidad es la desaparición de cualquier elemento distintivo en ese otro que detestan que les recuerde precisamente su diferencia. “Que se desintegren” sería una expresión más precisa. Lo demuestra el hecho de que mientras gritan “integración” no solo no hacen nada por favorecerla sino que contribuyen a los mecanismos que generan segregación. Que se tilde de fascismo esa hipocresía como hizo en su día Pau Luque es tomarse muy en serio a los racistas de toda la vida y no tener en cuenta que lo deseable para los que procedemos de otros países es, precisamente, la integración. Queremos integrarnos porque queremos tener los mismos derechos que todos los demás, vivir en viviendas que no estén apartadas de todo, en barrios donde solo viven los “nuestros”. Queremos integrarnos para que la democracia no nos quede lejos, que los políticos nos tengan en cuenta y también nos interpelen en vez de hablar de nosotros como si estuviéramos en una pecera cerrada desde la que no oímos ni entendemos lo que dicen sobre nosotros. Hoy hay niñas viviendo en barriadas degradadas haciendo un esfuerzo titánico por sobreponerse a esas barreras que les ha impuesto el sistema: de raza, de género y de clase, por supuesto. Estudian con ahínco porque saben que no les queda más remedio y a la que puedan huirán de ese lugar al que las han relegado para incorporarse a la sociedad que no es gueto y que tan lejos queda desde donde están ahora. El movimiento por los derechos de los negros en EE UU luchó contra la segregación establecida por ley y reivindicó su integración. Aquí ocurre que quienes se supone que defienden los derechos de los inmigrantes (sin haber pisado nunca uno de estos barrios en la periferia de la periferia) nos dicen que la integración es de derechas. Pero si es todo lo contrario. A la derecha ya le va bien que estemos encerrados, que tengamos que traspasar esas fronteras invisibles para llegar al centro, allí donde seríamos ciudadanos sin más, sin menos.

sábado, 18 de octubre de 2025

"MI REGALO, SEÑOR FEIJÓO". Najat El Hachmi, El País

Quien ha debido esperar 10 años y rellenar miles de papeles sabe de sobra que la nacionalidad española no es un obsequio

Catorce años y alguno más me llevó obtener la nacionalidad española. Para quienes ni somos latinoamericanos, ni venimos de un país europeo, ni podemos demostrar ancestros sefardíes, ni sabemos golpear como Topuria o meter goles como Messi, el primer requisito que se nos exige es demostrar una residencia ininterrumpida en el país mínima de 10 años. Si te despistas y no constas como inscrita durante algún periodo, por la razón que sea, pues vuelta a empezar hasta que llegues de nuevo a esos 10 años con todos sus meses y sus largos, larguísimos días. Luego, contrata un abogado que te consiga una cita y espera a que te la den mientras reúnes papeles y más papeles. Yo me río de Ulises, que en su viaje no tuvo que enfrentarse con la burocracia intercontinental: que si demostrar medios de subsistencia, incluso aunque seas estudiante y como tus compañeros vas haciendo trabajillos a media jornada (contrato de un mínimo de un año, pedían entonces y ¡ay!, a mí me los hacían por horas en la ETT). Pero nada, terca como una mula en mi objetivo de convertirme en persona, seguí insistiendo. Pidiendo papeles a ese país desconocido a cuyos funcionarios les tenía pánico.

Menos mal que había tíos en el pueblo que podían solicitar en mi nombre cosas tan surrealistas como un certificado de antecedentes penales (no fuese que antes de los ocho años hubiera pasado por las cárceles marroquíes). Gracias a eso sé que no he cometido delito alguno del que no me acuerde. Entregué todo lo que me pidieron, pendiente siempre de que no caducara un papel mientras llegaba otro. Y esperé. Como en los cuentos, esperé y esperé a que el cartero trajera el sobre con la feliz validación de mi condición de ser humano de pleno derecho. Y, mientras esperaba, miraba como mira un pobre un escaparate de tienda de lujo las ofertas de empleo a las que no podía acceder porque era administrativamente inmigrante. Legal, pero inmigrante, aunque no hubiera decidido trasladarme a ningún lado, aunque yo y mis hermanos no hubiéramos sido más que el equipaje de nuestros padres. Me dio tiempo a tener un hijo, a publicar mi primer libro. Hubiera tenido que plantar un árbol. A mi hermano mellizo le llegó antes la nacionalidad, y recuerdo acompañarlo a las urnas por primera vez y compartir con él esa alegría al decir “este es mi voto y cuenta igual que el de los demás”. Así que, señor Feijóo, deje de mentir al hablar de nosotros, porque los inmigrantes sabemos mejor que nadie lo que cuesta tener la nacionalidad española. ¿Qué ha hecho usted para merecerla más que nacer de su madre?

jueves, 2 de octubre de 2025

"PERDER LAS ESENCIAS". Sergio del Molino, El País 1 OCT 2025

Una calle del madrileño barrio de Lavapiés

Los inmigrantes han destruido la identidad del barrio, y bien destruida está

Terminé muy pronto una gestión y me quedaba una hora larga hasta mi cita. Como estaba al lado del barrio donde vivió mi abuelo hace un siglo, me puse a callejear. Hacía más de 10 años que no lo pisaba, y a esos sitios hay que volver de vez en cuando, en terapia proustiana, por si te viene una epifanía de las que te arreglan el mes.

Sabiendo que el barrio era prácticamente un gueto de extranjeros, marchaba con la esperanza de dar la razón a la mayoría de opinantes españoles y confirmar sus sospechas de que todo tiempo pasado fue mejor. Contrastaría mis recuerdos infantiles —de cuando visitábamos a la familia— y los juveniles —de cuando cerraba los bares—, y entonaría una égloga por la ciudad que se fue, por los ultramarinos, los vecinos a la fresca en sillas de enea y las paradas del mercado llenas de chorizos de pueblo y de otros productos hoy proscritos por los cardiólogos. Qué bien, me dije, por fin seré un español preocupado por la pérdida de sus raíces. Quería entrar en un bar de toda la vida y encararme con el camarero chino: “Mire, esto no son papas bravas ni mansas”.

Para mi desgracia, mis recuerdos infantiles y juveniles eran mucho más sórdidos que lo que se me aparecía en el paseo. Yo recordaba un barrio lleno de yonquis y tomado por prostitutas callejeras al anochecer. Recordaba a chavales pinchándose en los portales, y a mi tía encerrada en casa, con miedo a salir en cuanto oscurecía un poco. Casi todos los abuelos vivían enclaustrados. Recordaba comercios arruinados y bares sucios donde agonizaban alcohólicos colgados de una tragaperras. Luego supe que esto sucedía en muchos barrios históricos de España, que se desconchaban y se retorcían de desempleo, sida y heroína.

El barrio de hoy está lleno de comercio: bazares chinos, carnicerías halal y fruterías tropicales. Han abierto hoteles, porque algunas partes andan ya gentrificadas (y ese es el problema: que los gentrificadores quieren cambiar a los rumanos y a los marroquíes por noruegos y franceses con maletas con ruedas, y necesitan inventarse un infierno para que la Policía les haga el recambio), y los bares que antes asustaban hoy son cafeterías limpias y apetitosas donde los viejos echan la partida y bromean con el dueño, al que llaman Paco, aunque nació en Chengdú o en Cluj Napoca. Se han perdido las esencias, y bien perdidas están. Ojalá se pierdan para siempre y no vuelvan nunca los barrios de la mugre y el miedo por los que Vox y el PP de Feijóo sienten tanta nostalgia.

martes, 26 de agosto de 2025

"SERES ERRANTES". Un artículo de Irene Vallejo, El País 24 AGO 2025

Fernando Vicente
Son los discursos xenófobos los que socavan esas tradiciones que decimos proteger

En la escuela fui la rara oficial. Dentro de mi cabeza hervían ideas que yo creía fabulosas, pero aburrían a los demás. Era torpe en las conversaciones relajadas, nadie entendía mis chistes, tenía gustos estrafalarios y parecía condenada a no encajar. Por ser extraña, pagué el peaje del acoso escolar. Nacida en la misma ciudad de mis compañeros, compartíamos idioma, costumbres, inmadurez y series de televisión. No había choque de civilizaciones, la rareza era vocacional: de mayor quería ser ciudadana excéntrica.

Aquellos años vienen a mi cabeza cuando oigo decir, quizá a las mismas voces de mi infancia asediada, que los extranjeros ponen en peligro nuestro ser y tradiciones. Por lo visto, alguien olvidó entregarme el manual de coros y usanzas de nuestra asediada aldea gala. Nunca me sentí parte de una uniformidad, sino de una comunidad. Sin duda los distintos necesitan voluntad de entenderse, pero, como aprendí en la niñez, la igualdad obligatoria asfixia. Para los raros locales, esas personas que nunca cumplimos los requisitos, lo diferente es aquello que nos hace sentir en casa. La extrañeza puede ser un hogar.

Dicen que la inmigración nos hunde en la mezcla y el desorden. A la vez, abrazamos una homogeneidad sin precedentes y con marchamo occidental. Aquí y allá las mismas marcas venden idénticos productos y fabrican en serie nuestra ropa. Los escaparates son iguales en las millas de oro de las capitales, escuchamos canciones con millones de descargas, imitamos a celebridades mundiales estereotipadas y un cóctel explosivo de propaganda y algoritmos nos configura según sus moldes. Se diría que el caos de la pluralidad no es nuestro problema más alarmante.

Alimentamos una falsa imagen de la pureza del pasado. Desde que partimos de nuestro primer hogar en África, somos seres errantes, en su doble sentido, criaturas que vagabundean y se equivocan. En la Roma imperial, tres cuartos de la población eran descendientes de esa inmigración forzosa llamada esclavitud. El historiador Suetonio menciona que ya Julio César encargaba espectáculos en distintas lenguas para la Urbe. Según las fuentes, los senadores se burlaban del latín con tonalidad bética del emperador Adriano —ya habían inventado el estigma del acento—. El campeón de los nostálgicos de la identidad perdida, Juvenal, hervía de indignación viendo Italia ocupada por esas gentes insufribles cuya patria habían invadido las legiones romanas: “No soporto una ciudad llena de griegos; Siria desembocó en el Tíber y trajo consigo su lengua y sus costumbres”. Menciona a moros, sármatas y tracios, se enfurece por la prosperidad de ciertos extranjeros.En la que fue, posiblemente, la mayor oleada de emigración ilegal en la historia, los colonos europeos de época moderna abandonaron su terruño para instalarse en otros continentes sin la cortesía de pedir permiso a los habitantes autóctonos. Por otro lado, cuando italianos, irlandeses, polacos y alemanes llegaron a la tierra de las oportunidades, los estadounidenses catalogaron a aquellos judíos y católicos como amenazas para la nación, imposibles de asimilar. En 1914 el conocido sociólogo Edward Ross opinó que admitir a europeos “atrasados” supondría “un deterioro de inteligencia, un suicidio racial”. Su colega Edwin Grant reclamaba “deportaciones sistemáticas que limpien eugenésicamente América de la escoria del melting pot”. Hoy, sus descendientes —según decían, imposibles de integrar— ocupan cargos en parlamentos, tribunales, universidades y grandes empresas, incluso la presidencia del país. En realidad, cualquier tiempo pasado fue impuro y desordenado. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 20 de julio de 2025

¿Y SI DEPORTAMOS A 100 MILLONES DE TURISTAS?". Berna González Harbour, El Paìs 19 JUL 2025

Colonias de extranjeros están transformando España y expulsando a los autóctonos de la ciudad y no son precisamente inmigrantes

Me aterra lo siguiente: si Vox quiere deportar a 8 millones de extranjeros por amenazar el modo de vida español, ¿qué hará con los 100 millones de turistas que se nos vienen encima este año y que de verdad lo están amenazando? Si la ultraderecha llama a la cacería de inmigrantes, ¿qué ocurrirá con los guiris de barriga cervecera y calva roja quemada por el sol que inundan nuestras plazas, con los british que jalean al Manchester en las teles de las terrazas de Benidorm mientras agotan litros de alcohol o los estadounidenses que nos preguntan cualquier cosa en inglés como si todos debiéramos hablarlo? Porque, reconozcámoslo, estos sí que están cambiando el panorama.

Todo depende de lo que consideremos “modo de vida español”. Si entendemos por ello perseguir toros, pasear vírgenes y comer paella, tranquilos. Ningún problema. Los turistas se han sumado al carro y, por el contrario, tendremos que agradecerles la cantidad de menús plastificados con fotos de croquetas, rabas y arroces amarillos que pueblan las calles más ardientes de Madrid.

Pero si entendemos por ello vivir tranquilamente en la ciudad, alquilar un piso, comprarlo, pasear sin empujones y ver a nuestros hijos hacer planes de emancipación con sus primeros sueldos, apaga y vámonos. Son los turistas los posibles enemigos y no la silenciosa china que nos repasa las uñas, el camarero marroquí que tira la caña o el médico colombiano que nos atiende en la consulta.

Colonias de extranjeros están transformando España y expulsando a los autóctonos de la ciudad y no son precisamente inmigrantes, sino turistas. Las estaciones, aeropuertos, el Casco Viejo de Bilbao, Palma, Tenerife, Madrid, Málaga o Cádiz están tomados por extranjeros y no por ello son los enemigos. El enemigo es la turistificación masiva, no la persona. El enemigo será la falta de recursos en la escuela pública, la sanidad o los empresarios que pagan miserias a africanos para recoger unas verduras que un español jamás iba a recoger por el mismo dinero. Y no los “moros”.

Ninguna de las 13 violaciones cometidas en Alcalá de Henares en 2024 ni las cinco de 2025 desataron movilizaciones en esta ciudad madrileña, hasta que un maliense perpetró supuestamente una que disparó disturbios y duros pronunciamientos del PP y de Vox. Las víctimas anteriores no debían contar. ¿O tal vez las agresiones formaban parte del modo de vida español? Pues también.

Hablando en serio: aterra cómo se señala a las personas, no a los problemas. Y la turistificación es uno muy verdadero.

martes, 8 de julio de 2025

"ACOGER A LOS INMIGRANTES NO ES SUFICIENTE: EL VERDADERO SENTIDO DE LA HOSPITALIDAD". Jesús David Cifuentes Yarce. Profesor de filosofía, Universidad de La Sabana. Theconversarion.com 16 junio 2025

En la antigua Grecia surgió el mito de Procusto. Era este un posadero que, desde la hospitalidad, acogía al forastero para acostarlo en su cama y “ajustarlo” a su medida: si era más grande lo cercenaba; lo estiraba si era más pequeño. Según el poeta y escritor Robert Graves, Teseo acabó con Procusto aplicándole su mismo castigo.

Hoy la realidad de Procusto se vive en la acogida al inmigrante, a quien se “recibe” para contratarle como mano de obra tan barata que no permite ni siquiera los mínimos de una vida digna.

Pero la hospitalidad no reside solo en abrir las fronteras, sino en aceptar la realidad del otro.

Para Kant, filósofo del siglo XVIII, la hospitalidad es uno de los principios fundamentales para construir la paz perpetua, entendida como aquella paz por la que debemos trabajar día a día. Así, la hospitalidad se fundamenta en el derecho natural que tenemos todos los seres humanos a la superficie de la tierra.

Ahora bien, lo relevante de su propuesta es que el derecho a la hospitalidad es transitorio, ya que es el derecho no a ser un huésped sino un visitante con el que “no puede el otro comportarse hostilmente”. Para ser huésped, plantea, “se necesita un contrato especialmente bondadoso”. En este sentido, ser visitante implica el derecho a poder retornar al hogar.

Y precisamente a la vuelta queremos apelar, que el derecho a la hospitalidad implica el derecho a retornar, por tanto, que ser hospitalario no es solo acoger al otro sino también su realidad para poder ayudar a transformarla.

Huir de la pobreza

El historiador holandés Rutger Bregman, en su libro Utopía para realistas, plantea que una niña somalí tiene un 20 % de probabilidades de morir antes de cumplir los 5 años. Este dato contrasta con el 1.8 % de probabilidades que tenía de morir un soldado norteamericano en primera línea de batalla en la Segunda Guerra Mundial.

La cifra desvela lo que tanto viene denunciando el filósofo y profesor de la Universidad de Yale Thomas Pogge: “aproximadamente un tercio de todas las muertes humanas, unos 18 millones al año, se deben a causas relacionadas con la pobreza, fácilmente prevenibles”.

Por ello, no es de extrañar que la gente escape del lugar en el que está abocada a morir. El profesor Paul Collier, de la Universidad de Oxford, es reiterativo en sus denuncias a los “paraísos” de acogida. Alega que los países desarrollados “tientan” a los inmigrantes para que expongan sus vidas en el mar, pero esta es, según su percepción, una salida moralmente inaceptable. Es, como decíamos al inicio, un Procusto que acoge para contratar como mano de obra barata, pero que no “acoge” la realidad de la que viene el inmigrante.

Por esta razón lo que plantea es el cambio del capitalismo por una “solidaridad mutua”. Bajo esta perspectiva, no se trata sólo de pensar políticas respecto al inmigrante, sino –y este es el horizonte de reflexión del humanismo– dirigir la mirada a las causas de la inmigración. Es decir, no se trata sólo de dar asilo al pobre, sino de desestructurar el sistema que lleva la pobreza; no se trata de sólo refugiar a quien huye de la guerra, sino de darle fin a la misma.

Ofrecer la posibilidad de regresar

Construir el derecho al retorno implica dirigir la mirada al mundo para que haya un ahorro del dolor y una economía que no tenga como centro el mercado. Que deje de ser una economía del consumo y pase a ser una economía del incremento en humanidad.

En este sentido, la hospitalidad abre un horizonte mucho más amplio de comprensión, para que, como planteo en mi libro Dialogando sobre el diálogo, el mundo pueda seguir existiendo. Lo hace entendiéndola como una acogida que no elimina el derecho al retorno, que no desvía la mirada de las causas que causan el dolor del desarraigo.

Y ¿qué significa que “el mundo siga existiendo”? “Pues que siga existiendo la posibilidad de ser seres humanos. No hay mundo cuando hay guerra, cuando hay muerte, cuando hay hambre, cuando la indiferencia es el statu quo. Hay mundo cuando se reconoce que los conflictos bélicos destruyen, cuando se mira el rostro humano del hambre, de la enfermedad, y se interpela la realidad de uno mismo y del otro y se busca cómo cambiarla. Esta interacción exige un diálogo.” La hospitalidad, por tanto, acoge al pobre, pero también mira hacia la pobreza; acoge a la persona y mira hacia la realidad.

Así pues, Kant, el filósofo que planteó la urgencia de ser ciudadanos del mundo, comprendió que la hospitalidad es fundamental para lograr una paz perpetua, invitando a la humanidad a reconocerse en un espacio común. Un espacio que debe pensarse como bueno para todo el mundo. Es una hospitalidad que se abre a la realidad del otro para que encuentre acogida en el lugar al que llega, pero también posibilidad de retornar si así lo decide.

Ante la dificultad que se presenta, cabe finalizar acudiendo al filósofo italiano Diego Fusaro. En su libro Idealismo o barbarie: por una filosofía de la acción trae a colación dos metáforas de la filosofía para comprender el compromiso que todos tenemos en la construcción del mundo a partir de una idea de algo mejor: la caverna de Platón y la jaula de hierro de Max Weber.

La jaula de hierro es la creencia de la imposibilidad de cambiar el mundo. El mutismo de la acción y de los sueños.

Sin embargo, el mito de Platón apela a la urgencia de ser proactivo. Tras desatarse, una de las personas encerradas en la caverna, que veía solo sombras y creía que eso era el mundo, consigue escapar y ser testigo de la realidad. Y después, en vez de huir, baja para rescatar a los otros y darles la opción de acceder a un mundo que contempló como mejor.

Así pues, en el mito de la caverna está el compromiso de pensar, soñar y construir un mundo mejor. Como plantea el profesor de filosofía Francisco Rodríguez Valls, “el hombre no sólo es creador de realidades, sino que se crea junto con el universo que se construye”.

lunes, 16 de junio de 2025

"¿QUÉ DICE LA BIBLIA —INSISTENTE Y CLARA— DE CÓMO TRATAR A LOS EXTRANJEROS Y MIGRANTES?

  • Éxodo 22, 20: «No explotarás ni oprimirás al extranjero, porque también vosotros fuisteis extranjeros en Egipto».
  • Éxodo 23, 9: «No explotarás al emigrante, porque vosotros conocéis la vida del emigrante, pues lo fuisteis en Egipto».
  • Levítico 19, 33: «Si un extranjero se establece en vuestra tierra, en medio de vosotros, no lo molestaréis, será para vosotros como un compatriota más, y lo amarás como a ti mismo, pues también vosotros fuisteis extranjeros en Egipto».
  • Deuterionomio 24, 14: «No explotes al pobre y al indigente, ya sea uno de tus hermanos o uno de los extranjeros que viven en tus ciudades. Págale cada día su salario, antes de ponerse el sol, pues es pobre y espera impacientemente su jornal. De lo contrario, apelará al Señor, y tú serás culpable».
  • Zacarías 7, 10: «Practicad la justicia y la compasión. No explotéis a la viuda y al huérfano, al emigrante y al pobre, y nadie piense en hacer mal a su hermano. Pero ellos no quisieron atender, volvieron la espalda y se hicieron los sordos. Endurecieron su corazón como el diamante para no escuchar la enseñanza y las palabras que el Señor Todopoderoso inspiró a los profetas. Entonces el Señor se irritó muchísimo».
  • Mateo 25, 35: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme. Entonces los justos le contestarán: Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el rey les dirá: En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis (…) Os aseguro que cuando no lo hicisteis con uno de esos pequeños, tampoco conmigo lo hicisteis».
  • Filipenses 4, 5: «Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres».
  • Hebreos 13, 2: «No os olvidéis de mostrar hospitalidad, pues gracias a ella, algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles».

miércoles, 28 de mayo de 2025

"ÉRAMOS ELLOS". Paco Cerdá El País 25 MAY 2025

Varios temporeros dormían el pasado verano en la estación
de autobuses de Fraga (Huesca), en una foto tomada por CC OO

Hace décadas, nosotros fuimos los peones, los temporeros, los exiliados, los emigrantes. Pero no lo recordamos

La mujer llora. Se llama Rosa. Tiene el pelo gris. Llega con la mirada gacha, retraído el mentón. Ha esperado hasta el final de la cola para contarme en susurros que su padre y su tío viajaron en el Stanbrook, el barco de la derrota y las esperanzas, aquel buque mercante que cargó desde el puerto de Alicante hasta Orán al último reducto de la resistencia republicana en la primavera amarga del 39. Le gustaría que en la dedicatoria figurasen sus nombres. Los nombres de dos de aquellos 2.638 hombres, mujeres, niños, mutilados de guerra evacuados de los hospitales, soldados llegados desde el frente, andrajos humanos revestidos de dignidad; toda aquella gente cargada con fardos, bolsas, líos, pañuelos y maletas, todos ellos envueltos por los gritos y el hambre y el miedo que tiñen el final de una guerra.

Para mí eran Historia; para Rosa son su vida. Su padre, su tío.

La mujer se excusa por la emoción. Sus ojos cuentan más que mil páginas de libro. Son la herencia de aquel exilio español que desembarcó en el norte de África al acabar la Guerra Civil. Más de 13.000 personas que escapaban de un paredón posible o de una celda probable y que terminaron en campos de concentración, de trabajo forzado o de castigo en remotos lugares de Argelia, Marruecos o Túnez. El mundo de ayer.

Dice Juan Valbuena que la gente pobre no deja apenas rastro. Un nombre en un listado, una carta familiar, una fotografía desleída, unos dibujos en el reverso de un calendario, un juguete de madera del niño; una bandera roja amarilla y morada bien plegada hasta el siguiente 14 de abril. Lo cuenta en la exposición Del éxodo y del viento, una narración visual y sentimental sobre el exilio español en el Magreb entre 1939 y 1962.

Entonces íbamos nosotros.

Aquella otra mujer, hace menos tiempo, no lloraba. Solo apretaba los dientes. El viaje era otro: el de los temporeros españoles por media Europa. Ya casi no había miedo ni hambre, pero sí incertidumbre y apreturas entre las clases trabajadoras de la España franquista. Era una noche con luna de los años sesenta, y su tren cruzaba los Pirineos. En el vagón no sonaban los Beatles. Si acaso ya se oía lo que vendría: las órdenes del capataz en un campo de Francia para hacer la larga vendimia. A obedecer, a cumplir, a ganarse la vida a destajo. A eso iba Carmen con su familia. Me lo cuenta mi tía y lo completa la exposición Huir de la miseria, una radiografía sobre los temporeros españoles que migraban para trabajar cuando el franco podía más que Franco. Más de cien mil temporeros españoles salían cada año de pueblos como el mío. Una historia olvidada por nuestra amnesia colectiva, tan propia de los nuevos ricos. Una historia, rescatada por el profesor Sergio Molina, que estaba llena de engaños, penurias, noches al raso, jergones en almacenes, soledades de domingo, fincas grandes, idioma desconocido y toda la explotación laboral que era capaz de soportar la necesidad cuando la palabra ahorro era más común que préstamo o hipoteca. Una historia —¿hay otra?— de patronos y peones.

Hace unas semanas, liberaron en Sagunt a nueve temporeros de distintas nacionalidades y una misma patria —la miseria— que eran obligados a trabajar en jornadas interminables por un salario insultante y que eran mantenidos en condiciones infrahumanas en un hotel abandonado.

No hace mucho, los peones éramos nosotros. Pero no lo recordamos. Quizá porque hay un punto ciego en nuestra memoria colectiva. Punto ciego: la metáfora es de Santi Donaire, un fotógrafo andaluz que se ha pasado más de siete años documentando con su cámara las exhumaciones del cementerio de Paterna, paredón de la España de posguerra. En su tétrico muro siguen los agujeros de las balas. Donaire se ha dedicado a mirar la dureza y la emoción del proceso de localizar, exhumar, identificar, entregar a las familias y enterrar los restos de tantos represaliados engullidos por el olvido oficial. Ese silencio —ese punto ciego de nuestra historia, ese baúl de silencios y miedo— fue rellenado con olvido para intentar taponar una herida que aún chorrea. Una ausencia en nuestro relato. Un punto ciego. Fuimos nosotros, aunque no lo queramos ver.También éramos nosotros los temporeros, los exiliados, los emigrantes. Ahora que el Congreso va a debatir la regularización de casi medio millón de personas extranjeras que viven en España sin papeles, personas que trabajan y que nos hacen la vendimia en los campos y en las casas, con nuestros mayores y con nuestros paquetes de reparto, en las cocinas de los bares y en las habitaciones de hotel, estaría bien recordar que hace poco éramos ellos. Y que el tren era oscuro y hacía frío al llegar. O que el barco iba hacinado y solo había viento al llegar.

martes, 15 de abril de 2025

"LA TRAMPA DEL 'SIN ELLOS' ". Najat El Hachmi, El País 11 ABR 2025

La dignidad de los inmigrantes no debería basarse en si son útiles a la economía

En los vídeos de la campaña Sin ellos de la Sexta aparecen grupos de trabajadores de distintos sectores de los que se van los inmigrantes, dejando así un notorio vacío. Su objetivo es contrarrestar los discursos xenófobos mostrando lo necesarios que son los extranjeros. El problema es que este discurso entraña una trampa peligrosa. Muchos de los llamados “ellos” no son, de hecho, “ellos” sino “nosotros” dado que hace décadas que vienen “ellos” y hay muchos “ellos” que se sienten parte del “nosotros”. A mi madre la siguen considerando de “ellos” porque viste como “ellas”, a mi hijo mayor lo tienen por uno de “ellos” porque su pelo es rizado, a mi hija pequeña porque lleva mi apellido. Tengo amigos y conocidos que son arrinconados a esa marca hispánica que separa y aísla a pesar de que ni han conocido lo que hay más allá de sus confines ni se han tenido nunca por extranjeros. Pero el tema ni siquiera es ése, el tema es que las libertades, los derechos humanos y el lugar que ocupamos en el mundo, nuestra dignidad no debería ser establecida en base a si somos o no útiles para la economía, meros instrumentos a su servicio. Los valores democráticos deberían ser defendidos por encima del mercado y sus necesidades.

¿No se dan cuenta los que repiten una y otra vez que “ellos” vienen a cuidar de “nuestros mayores” que están justificando nuestra existencia mientras estemos dispuestos a cambiarles los pañales a sus abuelos? ¿No ven que degradan así los dos sujetos que forman la ecuación “ellos que cuidan de nuestros abuelos” porque transmiten la idea de que hay que aceptar que sean “ellos” quienes vengan a ocuparse de las tareas que nadie más quiere hacer? ¿Qué pasará el día que ningún inmigrante quiera cuidar abuelos o recoger la fruta o limpiar casas? ¿Entonces nos parecerá aceptable que sean detenidos y encarcelados sin haber cometido delito alguno, sin juicio ni sentencia? ¿Toleraremos que se apliquen normas discriminatorias específicas para los “ellos” que sobren? Pues yo les digo que sí, porque eso es lo que pasó después de la crisis de 2008: que los primeros expulsados del mercado laboral fueron inmigrantes que al dejar de ser trabajadores perdieron sus derechos. Aunque esa historia no la conoce nadie, porque si algo tienen “ellos” es que casi nunca se les permite hablar en primera persona. Otros deciden si son útiles o no, si merecen existir o no en función de si son productivos o no. De si, como ha dicho el Defensor del Pueblo, son “la solución”.

jueves, 10 de abril de 2025

"¿Y TÚ QUÉ VAS A HACER ANTE EL TERROR ANTIINMIGRATORIO DE TRUMP?".

Dos agentes estadounidenses arrestan a Rumeysa Ozturk,

una estudiante de doctorado de la Universidad de Tufts

(Massachusetts, EE UU), el pasado 26 de marzo.

El escritor Kaveh Akbar, estadounidense de origen iraní, denuncia al Gobierno de Trump y sus acciones destinadas a infundir terror entre los inmigrantes. Su texto es un llamamiento a alzar la voz frente a los “genocidas pletóricos” de su país y a no dejar que las amenazas ahoguen la disidencia

Esta noche he abierto Instagram en mi iPhone y lo primero que he visto ha sido un vídeo de Rumeysa Ozturk, una alumna turca de doctorado de la Universidad de Tufts (Massachusetts), detenida por el ICE, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos. Ozturk iba caminando por la calle cuando se le acercó un agente de paisano escondido bajo una sudadera con capucha y la agarró de las muñecas mientras un segundo agente se acercaba rápidamente para arrebatarle el teléfono de las manos. Ambos agentes acorralaron a Ozturk. En unos pocos segundos aparecieron más.

La última frase de La lotería de Shirley Jackson dice: “¡No es justo! ¡No hay derecho!‘, exclamó la señora Hutchinson. Instantes después todo el pueblo se abalanzó sobre ella”. Es un relato sobre un pueblo cuyos habitantes, una vez al año, matan a pedradas a un ciudadano elegido al azar.

Después de esposar a Ozturk, un agente se subió el cuello de la camisa para taparse la cara. Los demás le imitaron. De pronto parecía que tuvieran que ocultar a Dios su macabro entusiasmo por hacer desaparecer a una universitaria que, según se supo más tarde, se dirigía a romper el ayuno del Ramadán con sus amigas.

He visto el vídeo nada más entrar en casa. Nuestro gato Kocholo (“pequeño” en farsi) estaba en la cocina, comiendo de una caja de chuches que había volcado sobre la encimera. Al igual que Ozturk, yo también estaba ayunando. Acababa de volver de un evento de trabajo mucho después de la hora del iftar [la comida al anochecer con la que se rompe el ayuno del Ramadán], y mi maravillosa pareja, Paige, ya estaba hirviendo agua para cocer pasta y que pudiera cenar lo antes posible. Cuando entré por la puerta, Paige me dijo algo que no entendí porque estaba volviendo a ver el vídeo en mi teléfono. Todavía no conocía el nombre de Ozturk.

¿Cuál es el propósito de una app, propiedad de un hombre que ovacionó al nuevo régimen en la toma de posesión, que pone en bucle este tipo de vídeos entre las fotos de los bebés de tus colegas y anuncios de ropa interior y sábanas de lino?

¿Cuál es el propósito de un Gobierno que hace desaparecer a su pueblo? Ozturk tenía un visado de estudiante en regla, al igual que Alireza Doroudi, alumno de doctorado en la Universidad de Alabama, y Mahmoud Khalil, alumno de posgrado en Columbia, ambos desaparecidos de forma similar en el último mes.

Los vídeos, las desapariciones, son intimidaciones que poseen la clara intención de sofocar la disidencia, tanto en los casos específicos de Ozturk, Doroudi y Khalil, como en general, en los casos de todos los que nos parecemos a ellos, o rezamos o creemos o votamos como ellos. El régimen de Trump, como todas las autocracias despóticas anteriores, está dando lecciones a unos pocos para aterrorizar a la mayoría. ¿Con qué propósito? ¿El silencio, la obediencia, la sumisión? ¿La angustia? Como decía Emily Dickinson sobre el dolor: “No tiene futuro sino el suyo propio”.

A los simpatizantes de Trump, esos que mascan cacahuetes y llevan dedos de gomaespuma, les encanta todo el kabuki policial y la mano dura. Y sus oponentes sienten que su indignación se difumina con cada nuevo horror, que su voluntad de reacción se vuelve esclerótica y fría. Todo ello en beneficio del espeluznante statu quo del régimen.

Cerré la app y me senté en una silla junto a Paige. Pero entonces me acordé de otro vídeo que había visto un par de días antes: el padre del periodista palestino Mohammad Mansour gritando sobre el cadáver de su hijo muerto: “Levántate y habla… Cuéntaselo a la gente, cuéntaselo al mundo. Cuéntale a la gente la verdad”. El hombre pone un micrófono en la cara inerte de su hijo y solloza.

¿Por qué veo estos vídeos? ¿Para recordarlos? ¿Para escribir sobre ellos? ¿Qué me provocan, en mitad del ayuno del Ramadán? Si la Administración se comunica conmigo a través de las redes sociales (y claro que lo hace; Zuckerberg y Musk son los dueños de los algoritmos, y el propio Trump tuitea como un niño psicópata), ¿cuál es el mensaje que me está mandando? Que estoy aquí a su antojo. Que mi presencia depende de mi docilidad, de mi buen comportamiento.

Escribo esto para rebelarme contra el buen comportamiento.

Escribo esto para rebelarme contra el algoritmo.

Escribo esto para rebelarme contra mí mismo.

Quiero actuar profilácticamente antes de que el miedo (a que me despidan de mi cómodo y gratificante trabajo, a que los matones de la Administración en persona vengan a por mí) eclipse mi rabia. Mi repulsa. Hacia los sistemas que hacen desaparecer y asesinan a estudiantes de doctorado y a periodistas pacifistas, esos sistemas que bombardean hospitales y matan de hambre a los niños y congelan sin previo aviso la financiación de los programas de salud mundial.

"EL SUMO SACERDOTE". Juan José Millás, El País

No se pierdan a Florentino Pérez entrando en la sala de prensa de Valdebebas con el gesto de quien se dispone, más que a responder pregunta...