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jueves, 3 de septiembre de 2026

"'HADHIA', LA FRONTERA INVISIBLE A LA QUE SE ENFRENTAN LOS MIGRANTES EXPULSADOS DE EUROPA CUANDO VUELVEN A MARRUECOS". Sonia Moreno, Publico.es

El fracaso del proyecto migratorio vivido en el exterior lleva a la vergüenza, al rechazo familiar y al estigma al retornar a Marruecos.

Una media de unos 10.000 ciudadanos marroquíes migrantes retorna al país magrebí cada año, expulsados de Europa o forzados a volver por falta de regularización.

Sin embargo, el regreso no termina necesariamente cuando el migrante cruza de nuevo la frontera. Más bien es entonces cuando comienza otro proceso: la rendición de cuentas ante su propia comunidad. Una vez en Marruecos, sufren la mirada social de su entorno que observa, evalúa y juzga al migrante que vuelve sin dinero ni estatus.

Así, se enfrentan a una difícil reintegración no solo en el ámbito económico o administrativo, sino también en el social. La Organización Internacional de Migraciones (OIM) señala que el estigma asociado al estatus del migrante retornado y la exclusión social constituyen obstáculos importantes para la reintegración.

Les resulta difícil tener que situarse de nuevo dentro de un entramado de familia, vecinos y comunidad, y explicar qué ha ocurrido durante su ausencia y por qué han vuelto.

En su trabajo de campo en Marruecos, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), un foro internacional que ayuda a los gobiernos a coordinar políticas para mejorar el bienestar económico y social de las personas, documenta que los retornados atraviesan una fase en la que intentan justificar su vuelta ante familiares y vecinos y comprender cómo es percibido por ellos.

Esta organización expone que en determinados contextos de migración las familias pueden haber contribuido a financiar la salida y esperar posteriormente que el migrante envíe remesas y regrese con capital y bienes de consumo.

Situación muy diferente en la mayoría de los casos a la que presentan los retornados forzosos. Algunos de ellos, a pesar de recibir apoyo económico y de permanecer en sus casas familiares, manifiestan no sentirse comprendidos ni acogidos por su propia familia y terminan llevando una vida relativamente aislada. Mientras otro migrantes rechazados evitan regresar precisamente por el escrutinio familiar y los sentimientos de culpa y vergüenza.

Vergüenza de retornar sin éxito

En ese contexto surge el término hadhia. Aunque significa “regalo” en árabe marroquí, aparece constantemente al hablar con las personas migrantes tras su retorno. Porque figurativamente engloba las expectativas sobre lo que un buen migrante debe hacer: enviar dinero, ayudar a la familia, llevar regalos, mejorar la casa, financiar estudios, contribuir a celebraciones, etcétera.

El regalo es la prueba material de que la migración ha funcionado. Si el joven vuelve de Europa con ropa, dinero, teléfono, perfumes o cualquier otro objeto asociado a Occidente, está llevando consigo una narración de éxito. Si vuelve con las manos vacías, la ausencia del regalo también cuenta una historia.

Por ejemplo, Bader Oumina (27 años) llegó a Canarias en una patera desde la costa atlántica marroquí. Estuvo en una ONG, después cobijado en una iglesia de Lanzarote y después de cinco años, cuando aprendió a hablar español, encontró un trabajo y normalizó su situación en España, regresó de vacaciones a su pueblo natal, Beni Melal, donde fue recibido como un héroe. En una entrevista en Arrecife explicaba que todo el pueblo se volcó en su llegada y que le organizaron una fiesta que parecía una boda. Toda la comunidad se sentía orgulloso de él, y fue un regalo para sus padres, que le habían costeado el proyecto migratorio.

Al contrario, cuando alguien es devuelto desde Europa contra su voluntad o porque no encuentra un bienestar, esa lógica se rompe de golpe: vuelve sin haber completado el proyecto migratorio y, en muchos casos, sin los recursos que se esperaba que generara. Ahí aparece el sentimiento de vergüenza.
Vacío institucional en Marruecos

Los que no tienen la suerte de Bader se enfrentan a una vulnerabilidad multidimensional agravada por el vacío institucional y falta de políticas públicas. Son ciudadanos marroquíes por derecho, pero ninguna institución pública los reconoce como una categoría específica.

Ni la principal institución estatal de acción y asistencia social, la Ayuda Mutua Nacional (Entraide Nationale) ni la Agencia Nacional para la Promoción del Empleo y las Competencias (ANAPEC) disponen de las herramientas necesarias para identificar o apoyar a estos migrantes. Incluso las estadísticas no reflejan la migración de retorno.

El Comité Europeo para la Formación y la Agricultura (CEFA), que desarrolla programas enfocados en la integración socio-cultural, la inserción laboral y el apoyo a personas migrantes en Marruecos, se centra en la problemática de la migración de retorno con proyectos específicos porque regresar a casa no significa volver a la vida de antes.

“Muchos de los que apoyamos nos suplican: Por favor, no le digan a mi familia que me han deportado. Díganles que solo estoy de vacaciones”, compartió Jamal Boutbagha, animador territorial de CEFA, en un taller en Rabat organizado este año con la Red Marroquí de Periodistas de Migración (RMJM).

Esta petición de discreción refleja la intensidad de la presión ejercida por sus familias. La inversión familiar realizada para financiar su partida, entre préstamos, hipotecas y movilización de ahorros colectivos, transforma su regreso en una traición a los ojos de sus seres queridos, explica esta organización italiana.

Fracaso y remigración

De esta manera, quienes partieron “para triunfar” y regresan sin dinero, sin estatus, a veces sin documento nacional de identidad, se enfrentan a un veredicto colectivo inequívoco: el fracaso.

Son impactantes las conclusiones del periodista y escritor Hicham Houdaifa, miembro de RMJM, tras pasar cuatro años trabajando en un proyecto de campo en Hay Sbata (Casablanca). Describe una realidad de hacinamiento y falta de privacidad, donde el regreso del migrante no provoca una oleada de solidaridad, sino más bien un reflejo de rechazo.

En un sistema superpoblado, donde varios familiares comparten la casa heredada, el migrante que regresa no es percibido como un miembro más, sino como un intruso. “Imaginen a un hombre de treinta o cuarenta años que ni siquiera tiene su propio espacio privado... ni siquiera experimenta la privacidad”, describieron desde CEFA en el terreno.

Atrapados en un círculo vicioso, sin ingresos para alquilar una vivienda en otro lugar, sin documento de identidad para obtener un permiso de residencia, sin permiso de residencia para renovar su documento de identidad, el migrante que regresa se hunde cada vez más en lo que Jamal Boutbagha describió como un “círculo vicioso administrativo y social” del que algunos solo escapan recurriendo a la calle.

Igualmente, compartió el caso de un profesor universitario que llevó a sus hijos a España con visados de turista para “abandonarlos” en un centro de acogida, pensando que les estaba dando un futuro, antes de volver solo a Marruecos. “A su regreso, estas experiencias se convierten en problemas duraderos: depresión, insomnio, pérdida de confianza y conductas adictivas”, lamentó Jamal Boutbagha.

Algunos migrantes recibieron atención psiquiátrica en el país de acogida, con medicación regular. “En Europa, recibía tratamiento psiquiátrico. En Marruecos, no tiene ni los medios para consultar a un médico ni acceso a la medicación que tomaba allí, porque simplemente no está disponible aquí”, explicó Boutbagha.

Por supuesto, las mujeres están expuestas a vulnerabilidades específicas. Su viaje migratorio está marcado por un mayor riesgo de violencia física y sexual. A su regreso, se enfrentan a un doble obstáculo: la sociedad marroquí es más reacia al regreso de una mujer que al de un hombre, y las familias tienden a confinar a la mujer que regresa al ámbito doméstico.

“Aceptamos el regreso de un hombre, pero no el de una mujer. Y si la aceptamos, la confinamos a casa y le impedimos salir”, confesó Boutbagha. Además, cuando una mujer regresa con un hijo, las puertas a la reintegración se cierran aún más.

Sanidad, lazos familiares y anonimato

No obstante, los migrantes que llegan a Marruecos en muchas ocasiones vuelven a migrar. Jamal Boutbagha identifica tres razones que desafían la idea preconcebida de una motivación exclusivamente económica.

La primera es el acceso a la atención médica. La percepción de una brecha en la calidad de los servicios sanitarios es un factor en el apego emocional a Europa que las políticas de retorno no tienen en cuenta. “Un migrante me dijo: Allá, incluso sin papeles, voy al hospital, recibo tratamiento y me dan la medicación gratis. Aquí, si no tengo dinero, me muero en la puerta”, narró Boutbagha en el taller de Rabat.

El segundo factor es la propia hadhia. En Europa, incluso en situaciones precarias, estas personas disfrutan de un anonimato liberador. En Marruecos, se sienten vigiladas por sus vecinos, familiares y comunidad. La posibilidad de vivir sin ser juzgadas representa una forma de libertad a la que se niegan a renunciar.

El tercer factor son los lazos familiares forjados en Europa (hijos y cónyuges que se quedaron atrás), que crean un ancla emocional que ningún billete de avión puede romper.

domingo, 23 de agosto de 2026

"¿QUÉ ES UNA FRONTERA". Jaime Rubio Hancock, El País

Cuando miles de marroquíes cruzaron la frontera con Ceuta quedó claro, sobre todo, la crueldad del régimen de Hassan VI, que no tuvo ningún reparo en (al menos) permitir y aprovechar un asalto en el que murieron 141 personas. Además de eso, al ver cómo se podía pasar de un país a otro a nado o abriendo un agujero en una alambrada, resultaba fácil preguntarse qué es lo que hace que una frontera sea una frontera.

Tendemos a pensar en las fronteras como si fueran barreras naturales o dependieran de ellas (como los Pirineos o el río Bravo), pero son barreras artificiales, líneas en un mapa que hemos dibujado nosotros. Las podemos modificar o quitar, como recordará cualquiera que en 1995 pasara de España a Francia en coche, tras la apertura del espacio Schengen y la suspensión de controles fronterizos. De un día para otro, cruzar un país era tan fácil como pasar de Barcelona a Girona.

‌Esto es así porque una frontera es, como diría el filósofo estadounidense John Searle (1932-2025), un hecho institucional, igual que el dinero, la propiedad privada, el gobierno, el matrimonio, las elecciones o una fiesta de cumpleaños. En La construcción de la realidad social, Searle escribe que estos hechos sociales existen porque les hemos asignado una función de forma colectiva y poseen una serie de normas, además de que históricamente se han considerado útiles o, al menos, un mal necesario. En el caso de las fronteras, igual que ocurre con el dinero, también son una cuestión de poder: hay un Estado y unas leyes internacionales que las imponen y refuerzan.

‌Esto no significa que no sean reales o que solo sean una fantasía. El dinero es tan real como las gafas que llevo puestas. Pero lo es de otro modo: las gafas, los átomos de hidrógeno o los canguros son reales con independencia de lo que pensemos al respecto y del nombre que les pongamos. Pero no ocurre lo mismo con el dinero. Hablo del dinero porque es el ejemplo más claro: todo nuestro dinero son trozos de papel, de metal, o números en una cuenta corriente que valen lo que se supone que valen porque tienen un gobierno detrás y nosotros confiamos en ese sistema. Pero ese dinero puede perder todo el valor si la confianza, por los motivos que sea, se quiebra. El ejemplo clásico es el de Zimbabue, que en 2015 retiró su moneda y admitió un canje con el dólar, como contaba EL PAÍS, de “175.000 billones de dólares zimbabuenses por cinco dólares estadounidenses”. Todo el mundo dejó de creer que el dólar zimbabuense era dinero. En cambio, los canguros no desaparecerán aunque perdamos la fe en ellos.

Las fronteras también tienen elementos simbólicos, como el dinero. Un billete azul vale cinco euros y otro rojo vale diez, aunque en ambos casos estemos ante rectángulos de algodón. Pensemos en la “muralla flotante” que se ha instalado en las aguas que separan Ceuta de Marruecos. No es una medida de contención real, ya que es relativamente fácil de sortear. Su valor no está en que sea infranqueable, sino en que actúa como una señal, como un símbolo. Como recogía la noticia de EL PAÍS, “la Moncloa considera que esta medida permite recuperar las denominadas devoluciones en caliente de migrantes que accedan irregularmente a territorio español a través del mar”. Como hay algo parecido a una valla, podemos actuar como si hubiera una valla. Salvando las distancias, es casi como cuando de niños marcábamos los límites de una portería imaginaria con dos mochilas.

Insisto: esto no significa que las fronteras sean “de mentira”. Los hechos institucionales tienen efectos reales (visados, controles, expulsiones). Pero desde esta perspectiva podemos entender mejor algunas de las cosas que pasan con las fronteras. Por ejemplo, se pueden crear nuevas, como cuando la República Checa y Eslovaquia se separaron en 1993. O pueden desaparecer, como cuando empezó a operar el espacio Schengen en 1995, o, de forma más dramática, cuando un país invade a otro. También pueden convertirse en porosas, como, tras el brexit, la de Gibraltar. O en gestos políticos, como cuando Italia y España se han vuelto a poner controles la una a la otra a raíz de lo ocurrido en Ceuta.

Además, los atributos de las fronteras han cambiado a lo largo de la historia: la noción de límite preciso en un mapa y con los rasgos normativos actuales existe desde hace unos tres siglos y medio, escribe el filósofo Juan Carlos Velasco en Anatomía de la frontera. Velasco también recuerda que no han estado cerradas ni siempre ni en todo lugar: hasta inicios del siglo XX, “el control total y riguroso del paso a través de las fronteras no constituía la norma” y era posible moverse por gran parte del mundo “sin documentos de viaje ni controles”, algo que cambió tras la Primera Guerra Mundial. Velasco cita El mundo de ayer, donde Stefan Zweig escribe que “antes de 1914 la Tierra era de todos. Todo el mundo iba donde quería y permanecía allí el tiempo que quería (…). La gente subía y bajaba de los trenes y de los barcos sin preguntar o ser preguntada, no tenía que rellenar ni uno del centenar de papeles que se exigen hoy en día”.

Las fronteras no son solo cada vez más rígidas, sino que ya no se quedan en los límites geográficos de un país. Como explica el filósofo francés Étienne Balibar, estas barreras se multiplican. Sobre todo si uno tiene el pasaporte (o el color de piel) equivocado: como escribe en su ensayo ¿Qué es una frontera? (título que le he robado vilmente), un control fronterizo no significa lo mismo para un turista alemán que para un joven desempleado de Marruecos. En estos casos la frontera se convierte casi en dos entidades distintas que solo tienen en común el nombre. Para el desempleado no es solo “un obstáculo muy difícil de superar, sino también un sitio contra el que choca repetidamente, cruzándola una y otra vez”.

‌Pensemos en el marroquí que pasa a Ceuta: la valla o la playa solo es la primera barrera. De allí tendrá que ir a la península y se encontrará otra frontera antes de subir al ferry. Y si consigue llegar, se encontrará con nuevas fronteras a la hora de buscar trabajo, buscar piso, empadronarse, conseguir el permiso de residencia, cuando se le permita reunirse con su familia o si se le expulsa. Vemos al otro como un peligro, por lo que multiplicamos los controles (haya sido su paso legal o no) y esa frontera se convierte “al final, en un lugar donde reside. Es una zona espaciotemporal extraordinariamente viscosa, casi un hogar. Un hogar en el que se vive una vida en espera, una no-vida”.

‌Pero las fronteras no solo han cambiado, sino que seguirán cambiando, al ser una construcción social e histórica, igual que han cambiado el dinero, el matrimonio y las elecciones. Y son lo suficientemente importantes como para que no dejemos que se nos imponga únicamente una visión desde el miedo. Podemos pensarlas desde la justicia o desde la igualdad de oportunidades, por ejemplo. No es un problema técnico, no es imposible cambiar su naturaleza, sino político y ahí está, por ejemplo, nuestro voto como primera herramienta. Podemos transformarlas para que estén tanto a nuestro servicio como al de quien la cruza, que es alguien que muy a menudo no tiene ganas de hacerlo (casi nadie quiere abandonar su país, su familia, sus amigos y jugarse la vida por un futuro incierto). Incluso, si algún día nos pareciera adecuado, podríamos prescindir de ellas: no han existido siempre y no tienen por qué existir para siempre.

jueves, 20 de agosto de 2026

"LA DELINCUENCIA NO TIENE NACIONALIDAD, SOLO CIRCUNSTANCIAS". Carmen Morán Breña, El País

Un estudio de la Universidad Carlos III rebaja la brecha de delincuencia entre extranjeros y españoles un 48% y muestra sustanciales diferencias por países

El uso político de la inmigración deja a menudo frases incriminatorias de alto calado que acusan a los extranjeros de violaciones o abusos contra las mujeres, de homicidios, robos y fraudes que han solidificado la idea tabernaria que identifica al extranjero con un delincuente. ¿Con qué datos, con qué pruebas? Jesús Sánchez Barricarte, sociólogo de la Universidad Carlos III, ha invertido unos años en analizar 5,6 millones de sentencias condenatorias dictadas entre 2007 y 2023 y, tras estandarizar los datos, es decir, comparar entre españoles y extranjeros pero de las mismas edades y sexos, encuentra que la brecha delincuencial entre unos y otros se reduce en un 48%. Los extranjeros cometen 1.294 delitos por cada 100.000 habitantes y los españoles 675. Si la tasa delincuencial de los extranjeros era 2,7 veces la de los españoles, al estandarizar los datos resulta solo 1,9. Aun así, esa diferencia entre ambos hay que buscarla en otros factores, dado que hay países de procedencia con cifras muy por debajo de las nacionales. CONTINUAR LEYENDO

martes, 18 de agosto de 2026

"CUANDO LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN DE LA IGLESIA HABLAN EL LENGUAJE DE LA ULTRADERECHA". José Antonio Vázquez Mosquera, Religión digital

Tragedia humanitaria en Ceuta
Llamar "invasión" a una tragedia humanitaria no solo deshumaniza a las víctimas; traiciona el Evangelio y compromete la responsabilidad de quienes permiten que ese discurso se difunda desde medios vinculados a la Iglesia.

«Fui extranjero y me acogisteis.»
(Mt 25,35)

Hay palabras que matan. No porque disparen un arma, sino porque preparan el terreno para que otros la disparen. No levantan fronteras ni agreden directamente a nadie. Pero moldean nuestra manera de mirar hasta conseguir que dejemos de ver personas y empecemos a ver amenazas. Eso está ocurriendo estos días con la llegada de miles de personas pobres a Ceuta.

Numerosos medios de comunicación han presentado esta tragedia humana como una "invasión". El término se repite una y otra vez hasta construir una imagen profundamente falsa: la de un ejército atacando nuestras fronteras.

Los pobres se convierten en soldados.Los refugiados pasan a ser invasores. Las víctimas aparecen como amenaza. Y la pobreza deja de ser el problema para convertirse en sospechosa.

Es difícil imaginar una inversión más radical del Evangelio.

El lenguaje nunca es inocente

Llamar "invasión" a una crisis humanitaria no es simplemente elegir una palabra desafortunada. Es construir un marco mental.

Cuando durante horas una sociedad escucha que está siendo invadida, deja de ver niños, familias o jóvenes desesperados y empieza a ver combatientes.Y cuando aparecen combatientes, cualquier respuesta violenta parece más fácilmente justificable.

No es casual que, paralelamente a este discurso, hayan aparecido manifestaciones con gritos de «¡A por ellos!» y agresiones contra migrantes.Las palabras preceden muchas veces a la violencia. Los imaginarios terminan convirtiéndose en conductas.

La verdadera noticia no son los migrantes, es la pobreza.

Mientras las tertulias hablan de invasiones, apenas se escucha la pregunta verdaderamente importante. ¿Por qué miles de personas abandonan Marruecos? ¿Por qué arriesgan la vida? ¿Por qué tantos jóvenes consideran preferible jugarse la muerte antes que permanecer donde nacieron?

La respuesta no está en Ceuta. Está en la pobreza estructural. En la desigualdad económica. En un sistema económico internacional profundamente injusto que sigue reproduciendo relaciones neocoloniales entre el Norte y el Sur.

Está también en una situación de graves vulneraciones de derechos humanos en Marruecos denunciadas desde hace años por organismos internacionales.

Y tampoco puede descartarse que el régimen marroquí, con sus aliados Trump, Netanyahu y toda la ultraderecha internacional, enemigos del gobierno de España, utilice los flujos migratorios como instrumento de presión política, algo que merece una investigación rigurosa.

Pero incluso si hubiera intereses geopolíticos detrás de estos movimientos, quienes cruzan la frontera siguen siendo personas vulnerables. Nunca dejan de ser víctimas porque otros intenten utilizarlas.

El Evangelio nunca habló de invasiones

Jesús jamás llamó amenaza a los pobres. Nunca convirtió al extranjero en enemigo.Nunca identificó la seguridad con el rechazo del necesitado.Al contrario. Se identificó personalmente con él. «Fui extranjero y me acogisteis.» No dijo: «Fui extranjero y me llamasteis invasor.»

El criterio definitivo del juicio de Mateo 25 no será cuánto protegimos nuestras fronteras. Será qué hicimos con quien tenía hambre. Con quien era extranjero. Con quien estaba desnudo. Con quien sufría.

El cristianismo comienza precisamente cuando dejamos de mirar al otro como una amenaza y empezamos a reconocer en él el rostro de Cristo.

La auténtica espiritualidad conduce necesariamente a hacerse cargo del mundo y a una praxis de justicia y compasión hacia quienes más sufren. Una espiritualidad que no desemboca en el compromiso con las víctimas termina convirtiéndose en una espiritualidad vacía.

La mayor vergüenza

Pero quizá lo más doloroso de estos días no haya sido escuchar este discurso en determinados sectores políticos. Lo verdaderamente desconcertante es escucharlo también en medios de comunicación vinculados a la Iglesia.

Que en TRECE TV o en COPE, en determinados programas, se utilice reiteradamente el término "invasión" para referirse a una tragedia humanitaria constituye una profunda vergüenza para la Iglesia institucional propietaria de estos medios.

Precisamente los medios que deberían ayudarnos a mirar la realidad con los ojos del Evangelio terminan muchas veces contemplándola con las categorías del miedo, de la sospecha y de la confrontación.

Uno espera escuchar las Bienaventuranzas.Y escucha discursos donde los pobres aparecen como un peligro. Uno espera encontrar el relato del Buen Samaritano.Y encuentra marcos narrativos extraordinariamente parecidos a los que hoy difunden amplios sectores de la extrema derecha internacional.

Resulta difícil comprender cómo unos medios supuestamente nacidos para evangelizar pueden terminar utilizando un lenguaje que desfigura el núcleo mismo del Evangelio.

La responsabilidad de la Conferencia Episcopal Española

Aquí ya no basta con responsabilizar únicamente a periodistas o tertulianos. También existe una responsabilidad pastoral. Los obispos españoles no pueden limitarse a guardar silencio mientras unos medios vinculados a la Iglesia difunden de manera reiterada un lenguaje que convierte a los pobres en sospechosos y a los migrantes en una amenaza.

El silencio también comunica. La pasividad también educa.

No basta con publicar documentos sobre la Doctrina Social de la Iglesia ni citar al papa León XIV cuando después se permite que desde medios de inspiración cristiana se difundan discursos incompatibles con el corazón del Evangelio.

No se trata de imponer una determinada posición política sobre la inmigración. Es legítimo debatir sobre las políticas migratorias y sobre cómo gestionar las fronteras. Lo que no resulta compatible con el Evangelio es demonizar a quienes huyen del hambre, de la pobreza o de la desesperación.

Si un medio de comunicación que habla en nombre del cristianismo convierte sistemáticamente a los pobres en una amenaza, quienes tienen la responsabilidad última sobre esos medios deberían preguntarse seriamente si están cumpliendo su misión evangelizadora.

Porque no puede proclamarse el domingo que Cristo está presente en el pobre y permitir durante la semana que desde medios vinculados a la Iglesia se contribuya a presentarlo como un enemigo social.

Cuando la Iglesia adopta el lenguaje del poder

La historia demuestra que el cristianismo pierde su alma cuando deja de hablar el lenguaje de las víctimas para adoptar el lenguaje del poder.

Ocurrió con la esclavitud. Con el colonialismo. Con demasiadas dictaduras. Y puede volver a ocurrir con la inmigración.

El seguimiento de Jesús nunca consistió en tranquilizar a los poderosos. Consistió en anunciar una buena noticia para los pobres.

La consecuencia más preocupante de este clima no es únicamente el aumento del rechazo social. Es que llegará un momento en que quienes acompañen, alimenten, defiendan jurídicamente o simplemente abracen a personas migrantes serán presentados como ingenuos, cómplices o traidores.

Ya sucede en otros países. Sacerdotes, religiosas, voluntarios y organizaciones humanitarias han sido objeto de campañas de desprestigio simplemente por practicar aquello que el Evangelio llama misericordia. Sería una inmensa contradicción que esa sospecha acabara siendo alimentada, directa o indirectamente, desde medios vinculados a la propia Iglesia.

Recuperar el lenguaje de Jesús

Quizá el primer paso para construir una sociedad más humana sea recuperar las palabras. No llamar invasión a la desesperación. No llamar ejército a quienes huyen del hambre. No llamar amenaza a quien busca sobrevivir.

Porque la verdadera invasión no es la de quienes llegan pobres a nuestras fronteras. La verdadera invasión es la del miedo ocupando el lugar de la compasión. La del nacionalismo ocupando el lugar de la fraternidad. La de la propaganda ocupando el lugar de la verdad.

Y, lo que resulta todavía más doloroso, la de un lenguaje ajeno al Evangelio ocupando el espacio de medios de comunicación que deberían llenarse con las palabras de Jesús.

El día en que la Iglesia llame invasor al extranjero dejará de anunciar el Reino de Dios para repetir el discurso de los poderosos.

Y mientras seguimos discutiendo sobre fronteras, el Evangelio continuará haciéndonos la única pregunta verdaderamente decisiva: ¿Qué has hecho con tu hermano?

domingo, 16 de agosto de 2026

"EL PRIVILEGIO DE CRUZAR UNA FRONTERA". Imanol Zubero, elDiario.es

Marruecos desarrolla políticas para conseguir que cada vez más personas procedentes de Europa crucemos su frontera; Europa desarrolla políticas para conseguir que determinadas personas que se encuentran en Marruecos no crucen la nuestra

Agosto es, en Europa, el mes del movimiento. Aeropuertos abarrotados, autopistas congestionadas, estaciones de ferrocarril llenas, ferris que cruzan el Mediterráneo, familias que recorren miles de kilómetros para llegar a una playa, una ciudad o una casa de vacaciones. Centenares de miles de personas atravesamos estos días fronteras internacionales con una naturalidad extraordinaria. Enseñamos un pasaporte, una tarjeta de embarque o, muchas veces, ni siquiera eso; dentro del espacio Schengen podemos viajar de un país a otro sin advertir que acabamos de cruzar una frontera.

No se trata de un fenómeno marginal. Según ONU Turismo, en 2024 se registraron en el mundo 1.400 millones de llegadas de turistas internacionales, recuperándose prácticamente los niveles anteriores a la pandemia. Y la tendencia ha seguido creciendo: solo entre enero y marzo de 2025 más de 300 millones de personas viajaron internacionalmente por turismo. Vivimos, efectivamente, en la época de la movilidad. Pero ¿de la movilidad de quién?

Mientras millones de personas cruzamos fronteras para disfrutar de nuestras vacaciones, en Ceuta decenas de miles han intentado atravesar otra frontera. Muchas lo han hecho a nado, bordeando espigones, lanzándose al mar o aprovechando cualquier resquicio que pudiera permitirles alcanzar territorio español. Muchas han muerto en el intento. Una vez más, la frontera entre África y Europa se ha convertido, literalmente, en un lugar de muerte.

Hay muchas maneras de analizar lo sucedido. Podemos hablar de la política migratoria europea, de la responsabilidad de Marruecos, de la instrumentalización política de las migraciones, del control de fronteras, del derecho de asilo, de las mafias, de las responsabilidades de España o de la Unión Europea. Todas estas cuestiones son importantes. Pero hay otra que quizá resulte más incómoda porque no permite situar el problema exclusivamente en gobiernos, policías o instituciones, sino que nos obliga a mirarnos también a nosotras mismas: mientras unas personas arriesgan la vida para cruzar una frontera, otras cruzamos fronteras para irnos de vacaciones. No es mi intención aventar una culpabilización simplista de quien viaja, pero eso no significa declarar inocente al turismo. Porque viajar no es un acto situado fuera de las relaciones sociales y de las desigualdades que estructuran el mundo, mucho menos cuando viajamos desde sociedades ricas hacia sociedades empobrecidas. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 27 de junio de 2026

"LA VERGÜENZA DE EUROPA". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

El endurecimiento de la política migratoria en la UE no sólo expulsa a los migrantes: fabrica una categoría de personas

Empezó con un aplauso que fue creciendo hasta que aparecieron los puños en alto, y desde los escaños de la derecha y la extrema derecha del Parlamento Europeo acabó tomando la forma de un cántico: “Send them back!”. Devolvedlos. Se acababa de aprobar una de las reformas migratorias más duras de la historia de la Unión. El cántico no expresaba el alivio de quien resuelve un problema, sino el júbilo de quien al fin ha encontrado un enemigo. Y eso, en una Cámara que nació para desterrar al enemigo de la política europea, es una noticia mucho más grave que la ley misma. Vale la pena detenerse en lo que se aprobó, pues, como siempre, el lenguaje administrativo lo vuelve casi inofensivo. Deportaciones más rápidas, detención ampliada hasta dos años en algunos supuestos, registros domiciliarios asimilables a los métodos del ICE estadounidense, y centros de retorno fuera de la UE, en terceros países a los que enviar a personas sin vínculo alguno con ese lugar. Cada medida, por separado, se presenta como simple gestión, pero juntas dibujan otra cosa: deshumanización.

Conviene reparar en esa desproporción, porque nadie corea una ley. El entusiasmo no se explica por lo que hace la norma, sino por lo que dice: hay un “nosotros” y hay un “ellos”, y el poder acaba de ponerse del lado del “nosotros”. El cántico no celebraba la política migratoria, sino una pertenencia que solo se vuelve gozosa cuando hay alguien a quien apartar. Fue, en el fondo, un acto de identidad disfrazado de medida legislativa. Y para que algo así suceda en un parlamento hace falta que alguien le abra la puerta, y se la abrió el centro. La mayoría que aprobó la ley rompió el pacto tácito sobre el que se sostenía la cámara. El Partido Popular Europeo dejó de buscar el consenso con socialistas y liberales y votó con los conservadores y la extrema derecha. No es la primera vez en materia migratoria, pero ha dejado de ser excepción para volverse método. Al votar y celebrar junto a ellos, el centroderecha no solo sumó escaños: los legitimó.

Bajo el ruido del cántico hay algo que casi nadie nombró. La ley no sólo expulsa: fabrica una categoría de personas. Quien acaba en un centro de retorno, detenido durante meses, sin vínculo con el lugar y sin comunidad que lo reclame, no ha perdido un derecho concreto, sino el suelo desde el cual los derechos son posibles. Es una de las lecciones del siglo XX: la catástrofe del desposeído no es ser tratado injustamente, sino dejar de pertenecer a una comunidad obligada a protegerlo porque es superfluo. Nuestra historia nos enseña con cuánta facilidad se pasa de negarle a alguien todos sus derechos a arrebatarle la existencia. Con todo, lo inédito fue el espectáculo. Europa lleva años excluyendo en silencio, en nuestras fronteras y aguas, pero lo asombroso es que se celebre a la vista de todos. ¿Qué pasa cuando la crueldad ya no se oculta como algo vergonzante y se exhibe como un triunfo? Deja de ser un coste incómodo del que preferiríamos no hablar para convertirse en el mensaje, en seña de identidad y motivo de orgullo. Entramos poco a poco en un mundo donde ya no sirve apelar a la vergüenza. Quien se muestra cruel sin avergonzarse no comete un desliz: enseña los dientes. Las democracias, lo sabemos, no mueren de un golpe sino de costumbre: se insensibilizan, aplauso a aplauso, hasta que la exclusión deja de ser noticia y pasa a ser el clima. Hoy, la única resistencia real es la más modesta y difícil: negarse a acostumbrarse. Que algo así, todavía, nos parezca impensable.

lunes, 4 de mayo de 2026

"LA LECCIÓN GALLEGA DE LA INMIGRACIÓN". Arturo Lezcano ,El País

Los gallegos emigrados sufrieron el mismo látigo de los tópicos étnicos y de clase, reduccionistas e hirientes, que se aplica ahora a las nuevas colectividades inmigrantes

A veces los mapas son jeroglíficos que al resolverlos funcionan como un libro de historia. En el interactivo que publicó EL PAÍS el pasado día 14 para radiografiar la presencia de extranjeros en España hay un detalle imperceptible a primera vista. Lejos de las grandes zonas de inmigración —las costas, los centros agrícolas y las grandes ciudades— aparece un punto aislado con una alta concentración de foráneos. Está en el interior de Galicia, en el límite entre las provincias de Ourense y Pontevedra, aparentemente un lugar con poco reclamo, habida cuenta del despoblamiento y el nulo desarrollo industrial. En ayuntamientos como Avión, Beariz, Boborás o A Lama viven más de un 30% de extranjeros, según el censo, aunque pocos lo sientan así, ya que sus familias salieron de ese lugar al que ellos, descendientes, han vuelto. En ese cuadrilátero migratorio —tanto de expulsión como de acogida— se encierra siglo y medio de historia y, también, se guarda una lección de peso en torno al debate sobre las migraciones y la regularización aprobada por el Gobierno.

Dos millones de gallegos dejaron su aldea por América entre 1850 y 1960, apenas por debajo de Irlanda en porcentaje de población. Iban a cubrir la acuciante demanda de mano de obra no cualificada en países en pleno crecimiento. En los años 60 cambiaron los barcos por la carretera y se encaminaron al centro y norte de Europa, donde se requerían brazos para las fábricas, la construcción, la hostelería. La fuerza de trabajo llegó del sur pobre del continente, entre otros lugares de Galicia, donde la sangría demográfica fue más bien una hemorragia sin freno justamente en los puntos negros del mapa. El historiador Félix García Yáñez calcula que en la década de 1960 emigró el 56% de la población de Ourense de entre 18 y 40 años. Hay que leerlo dos veces para darse cuenta de la magnitud del fenómeno.

Cuando España empezó a converger con Europa se produjo el retorno desde la Europa rica, donde magrebíes y subsaharianos de las excolonias reemplazaron a italianos, portugueses y españoles como mano de obra barata (y garantía para pagar las pensiones). En Galicia, que es pura migración, a ese regreso se añadió el más reciente de los descendientes latinoamericanos. Solo han cambiado los prefijos, de emigración a inmigración, pero las causas de las diásporas, sus patrones de vida y sus comportamientos son demasiado parecidos como para desdeñarlos ahora que las flechas en los mapas son de entrada y no de salida. ¿Cómo no va a haber empatía entre los gallegos, algo que se podría ampliar a asturianos, vascos, andaluces o canarios? Hagamos un ejercicio de comparación entre los que se fueron y los que han ido llegando.

Cuando alguien dice que la inmigración irregular la provocan el tráfico de personas y las mafias, habría que recordar la aventura de terror que era salir hacia América desde Galicia en las primeras oleadas. Atraídos por los ganchos de las navieras y consignatarias, muchos eran engañados con propaganda falsa. Hubo casos sangrantes, como el contingente que llevó como esclavos a Cuba a cientos de gallegos para la zafra del azúcar o el reclutamiento masivo para la construcción del Canal de Panamá. Entre los 40.000 obreros había una mayoría de afroantillanos, pero también 6.500 gallegos, expuestos a las penurias del clima y las enfermedades.

Se escucha a políticos pedir el cierre de fronteras, pasando por alto que a nuestros coterráneos les abrieron las puertas de par en par en América: Brasil subvencionaba la inmigración al punto de pagar el billete a los trabajadores, porque necesitaba músculo para las ingentes infraestructuras que emprendió en el salvaje interior del país. El México de Lázaro Cárdenas tendió la mano al exilio de la Guerra Civil, e incluso Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana. En los años cincuenta Venezuela promovió una política sin restricciones: en un lustro entraron 150.000 españoles a un país de cinco millones de habitantes. Hoy hay unos 700.000 venezolanos en una España de casi 50 millones, menos de la mitad en términos porcentuales.

Donde no se abrían puertas se tiraban abajo de manera irregular, ya fuera con entradas clandestinas sin papeles, como polizones, numerosísimos, o estableciendo cadenas migratorias que facilitaban la radicación a través del parentesco y la reunión familiar, enrolados en los mismos trabajos manuales o pequeños negocios comerciales de escala muy básica. Como ocurre hoy con las nuevas diásporas, no todos eran exiliados económicos, sino también refugiados políticos o incluso militares, huyendo de reclutamientos y guerras. Casi todos varones jóvenes en un primer momento, y no todos honrados padres de familia o hijos ejemplares; también pícaros, buscavidas y escapistas. Pero esto no va de poner adjetivos, sino de entender que la gente se marcha de su país para mejorar, da igual en qué siglo o continente de salida y entrada suceda.

“Éramos como los venezolanos que ahora nadie quiere aquí”, me dijo en Panamá un oriundo de Ourense. Él llegó como ambulante, cuando los gallegos en América se apretujaban para dormir turnándose los colchones, el sistema de camas calientes —quizás les suene— en viviendas colectivas: “conventillos” en Argentina, “repúblicas” en Brasil, “vecindades” en México, tenements en Estados Unidos, por cierto todos ellos países llamados a sí mismos con orgullo “naciones inmigrantes”.

En Nueva Jersey se instaló una última oleada, consecuencia de la crisis pesquera tras la entrada de España en la CEE. Como tantos ahora, ingresaban en el país en avión sin visado y ya no salían. Otros, más avezados, se enrolaban en un buque mercante en Galicia y al llegar a la orilla americana se quedaban para siempre. “Saltaban el barco”, así lo llaman sus descendientes, ellos ya sí regularizados antes de las arremetidas del ICE de Trump.

A los que repiten el mantra de que los extranjeros no se integran se les podría llevar a visitar a nuestros migrantes, que a duras penas aprendieron inglés. A quienes dicen que los recién llegados se encierran en sus culturas y forman guetos se les puede recordar que los gallegos eran conocidos por invadir calles y plazas para sus xuntanzas y romerías. También lo eran por sus centros gallegos, que les daban respaldo asistencial y un lugar para el ocio al margen de la sociedad. En algunos países latinoamericanos se siguen casando entre coterráneos y mantienen la zeta en el habla como símbolo de estatus. En otros, todavía en este siglo, se hacía la matanza del cerdo en pueblos y ciudades. Y en toda América se siguen escuchando la lengua gallega y las gaitas. No solo es folclore e identidad; también se mantienen los negocios cerrados dentro de la colectividad y se celebran como una marca distintiva.

Ahora cambiemos la gallega por cualquiera de las nuevas diásporas. Podría repasarse punto por punto y el relato sería semejante, y hay algo que sería idéntico. El látigo de los tópicos étnicos y de clase, reduccionistas e hirientes, que fueron arrastrando los gallegos en todos esos países, chistes incluidos, se aplica ahora a las nuevas colectividades inmigrantes. Esa herida compartida añade grados a la empatía y funciona como antídoto contra la xenofobia: hasta la fecha, Galicia es la única comunidad donde la extrema derecha carece de representación, pues no ostenta ni un solo cargo público, ni siquiera a nivel municipal.

Quizás porque los gallegos saben que ir contra las migraciones es como ir contra la lluvia: una pérdida de tiempo. Y porque cualquier día el mapa se da la vuelta otra vez y ellos serán los primeros en saber cómo abrir la misma puerta que algunos quieren poner al campo. Otro imposible.
  • Arturo Lezcano es autor de El país invisible. La epopeya atlántica de la diáspora gallega (Libros del KO).

jueves, 30 de abril de 2026

"PREFERENCIA NACIONAL". Imanol Zubero, Noticiasobreras.es

La llamada “preferencia nacional”, tal como ha sido planteada en el acuerdo entre PP y Vox en Extremadura, no es simplemente una medida técnica de política social o económica: es, en realidad, una toma de posición moral y política de gran calado. Supone establecer una jerarquía de dignidad entre seres humanos en función de su pertenencia nacional, y eso la sitúa en una tradición claramente iliberal. La idea de que los derechos, o incluso el acceso a bienes básicos, deben depender del origen o la nacionalidad rompe con uno de los pilares normativos de las democracias contemporáneas: la igualdad moral de todas las personas.

Desde este punto de vista, la propuesta de Vox, y la asunción de sus premisas por parte del PP, encierra una profunda inhumanidad. No se trata solo de que discrimine a quienes llegan desde fuera, aunque esa llegada se haya producido en muchos casos hace años; es que redefine la comunidad política como un espacio de exclusión, donde la otra y el otro son sospechosos por definición. En un contexto global marcado por las migraciones, muchas de ellas forzadas por conflictos, desigualdades estructurales o crisis climáticas, esta concepción no solo resulta éticamente problemática, sino que contribuye a erosionar los fundamentos mismos de la convivencia democrática.

Nación, ciudadanía y exclusión: los límites del marco estatonacional

Ahora bien, una crítica honesta no puede detenerse ahí. Existe un riesgo evidente en limitarse a denunciar la “preferencia nacional” como si fuera una anomalía introducida por la extrema derecha. En realidad, esa lógica, aunque sea en formas más suaves o implícitas, está profundamente arraigada en la organización estatonacional del mundo moderno. Los Estados, incluso los más liberales, operan sobre la base de una distinción entre nacionales y no nacionales, entre quienes pertenecen plenamente a la comunidad política y quienes no. La ciudadanía, con todo su valor emancipador, también es un mecanismo de delimitación.

Aquí resulta iluminadora la reflexión de R. H. S. Crossman sobre la dificultad de definir qué es una nación. Sus ejemplos son incisivos: el nazi que apela al linaje biológico mientras perpetra el genocidio; el inglés que invoca la historia y la cultura mientras convive con tensiones internas en el Reino Unido; el estadounidense que habla de voluntad política común mientras evita mirar de frente sus propias fracturas raciales y sus políticas migratorias restrictivas. La lección es clara: ya sea racial, cultural o cívica, toda definición de nación contiene elementos problemáticos, exclusiones más o menos explícitas, zonas de sombra.

Esto cuestiona también la supuesta solución ofrecida por la distinción clásica entre el nacionalismo culturalista de Johann Gottfried Herder y el nacionalismo cívico de Ernest Renan. La célebre idea de Renan de la nación como un “plebiscito cotidiano” resulta seductora porque parece desplazar el foco desde la identidad esencial hacia la voluntad compartida. Sin embargo, esta visión presupone una homogeneidad que rara vez existe. ¿De verdad todos los miembros de una comunidad nacional comparten por igual una historia de sacrificios? ¿No es más preciso afirmar que esa historia está atravesada por conflictos, desigualdades y memorias divergentes, en las que algunas personas y grupos se han sacrificado o han sido sacrificados en favor de otros? Frente al idealismo de Locke y Rawls, no hay contrato social que no sea al tiempo un contrato sexual (Pateman), racial (Mills) y clasista (Marx) y, por lo mismo, nunca igualitario.

En toda sociedad compleja hay grupos que han sido sistemáticamente marginados, explotados o silenciados, mientras otros han acumulado privilegios. Presentar la nación como una comunidad de destino homogénea implica invisibilizar esas tensiones. En ese sentido, la mirada de Renan, aunque menos abiertamente excluyente que la de Herder, también puede derivar en una forma de totalización que resulta peligrosa.CONTINUAR LEYENDO

sábado, 7 de febrero de 2026

"HABLAN LOS CLÁSICOS: ¿QUÉ NOS DICE SHAKESPARE SOBRE LA EMIGRACIÓN?.

Esta página ha sido identificada como un manuscrito de Shakespeare. Forma parte de una obra teatral sobre Tomás Moro en la que encargaron a William la escena más álgida. Se enmarca en el motín de 1517, cuando los habitantes de Londres se alzaron para reclamar que los inmigrantes fueran expulsados. Tomás Moro, alcalde de la ciudad, intenta convencer a la multitud para que los acoja. La pieza nunca se estrenó, fue prohibida por la censura de la reina. (Irene Vallejo)

«Imaginad que veis a los desdichados forasteros
con sus hijos a la espalda y su equipaje humilde
arrastrándose a los puertos y costas para ser deportados,
y vosotros, sentados como reyes sobre vuestros deseos,
la autoridad silenciada por vuestra trifulca,
y vosotros, ataviados con vuestras opiniones,
¿qué habríais conseguido? Yo os lo diré. Habríais probado
que la insolencia y la mano dura prevalecen
y en ese escenario ninguno de vosotros llegaría a viejo,
ya que otros rufianes a su antojo
con la misma mano, las mismas razones y el mismo derecho,
os depredarían, y los hombres, como peces voraces,
se devorarían los unos a los otros (…)

Digamos ahora que el rey os destierra. ¿Adónde os marcharíais?
¿Qué país os daría asilo? Marchaos a Francia
o Flandes, a alguna provincia alemana, a España o Portugal,
a cualquier parte que no esté en alianza con Inglaterra,
donde no podéis ser sino extranjeros. ¿Os agradaría
encontrar una nación con temperamento tan bárbaro
que, estallando con una violencia espantosa,
no os proporcionase un hogar en sus dominios,
afilase sus abominables cuchillos contra vuestras gargantas,
os desdeñará como a perros, como si Dios
no fuera vuestro dueño ni os hubiera creado, como si los elementos
no fueran en absoluto apropiados para vuestro bienestar,
sino un privilegio reservado a ellos? ¿Qué pensaríais
si se os tratara de esa manera? Este es el caso de los extranjeros
y tal es vuestra monumental falta de humanidad».

Traducción: Víctor Rico

Texto completo en la Revista Contexto (mayo 2016)

Documento digitalizado en la web de la British Library

domingo, 1 de febrero de 2026

"GALICIA FUE EL AVISO: CUANDO EL PODER EXPULSA A LOS POBRES Y EL EVANGELIO SE CONVIERTE EN ACUSACIÓN". José Carlos Enríquez Díaz, Religión Digital 31 ene 2026

La Doctrina Social de la Iglesia es tajante. "Gaudium et Spes" afirma que la persona humana es el principio, el sujeto y el fin de toda organización social. Cuando ese orden se invierte y la contabilidad ocupa el lugar de la vida, no estamos ante una opción técnica, sino ante un pecado estructural.

Hay momentos en los que la política deja de ser gestión y se convierte en juicio. No porque alguien lo decida, sino porque la realidad misma comparece como testigo. Cuando un anciano recibe una orden de desalojo con una cuenta atrás de quince días, cuando se niega una mejora mínima a quienes sobreviven con lo justo, cuando se cuestiona si alguien merece agua, luz o un techo, ya no estamos ante un debate técnico. Estamos ante una interpelación moral directa.

España vive uno de esos momentos. Y para entenderlo no hace falta imaginar futuros distópicos ni recurrir al alarmismo: basta con mirar a Galicia.

Galicia fue el aviso. No una metáfora ni un eslogan, sino una experiencia concreta. Bajo el mandato de Alberto Núñez Feijóo, la gestión de la pobreza adoptó una lógica precisa y reconocible: desconfianza hacia el pobre, sospecha sistemática, castigo institucional. La RISGA, diseñada como instrumento de integración, se transformó en un mecanismo de control y expulsión, reduciendo perceptores, endureciendo requisitos y desplazando la responsabilidad del Estado hacia las familias y la caridad privada.

No fue eficiencia. Fue deshumanización. Y no lo dijeron adversarios ideológicos, sino los propios trabajadores sociales. que denunciaron que aquello no integraba, sometía. Vidas convertidas en expedientes, dignidad reducida a baremos, personas obligadas a demostrar su abandono absoluto para ser ayudadas. La pobreza tratada como culpa.

La Doctrina Social de la Iglesia es tajante. Gaudium et Spes afirma que la persona humana es el principio, el sujeto y el fin de toda organización social. Cuando ese orden se invierte y la contabilidad ocupa el lugar de la vida, no estamos ante una opción técnica, sino ante un pecado estructural. El profeta Amós lo denunció sin eufemismos: «Venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias» (Am 2,6).

Ese mismo modelo reaparece hoy a escala estatal. La negativa del Partido Popular a apoyar la subida de las pensiones, del Ingreso Mínimo Vital no es un episodio aislado, sino coherencia ideológica. Coherencia con una visión donde los derechos se convierten en concesiones, donde ayudar al pobre se presenta como un riesgo moral y donde la pobreza se gestiona como una desviación que hay que corregir. No es responsabilidad fiscal: es crueldad organizada.

Y mientras a los pensionistas se les niega la subida mínima que les corresponde, algunos dirigentes, como Moreno Bonilla, han visto sus salarios incrementarse hasta 92.208,84 euros, lo que supone un aumento de 20.541 euros en solo tres años. Ese contraste no es anecdótico: mientras los pobres deben sobrevivir con migajas, el poder se autoadjudica incrementos sustanciales sin justificación ética.

Pero el salto cualitativo llega cuando Alberto Núñez Feijóo acusa al Gobierno de utilizar a los pensionistas como “rehenes” por aprobar junto a esa subida medidas como la suspensión de los desahucios de personas vulnerables, la prohibición de cortar suministros básicos —luz, agua, gas— o la protección de quienes no tienen alternativa habitacional. Según este marco, impedir que alguien duerma en la calle sería un chantaje, y evitar que una familia quede a oscuras, una manipulación política.

El PP, junto con Junts y Vox, sostiene que estas medidas fomentan la “inquiocupación” y desprotegen a los propietarios. El lenguaje no es neutro. El pobre vuelve a ser sospechoso, el vulnerable, un posible abusador. Isaías lo describió con una claridad que atraviesa los siglos: «¡Ay de los que dictan leyes injustas y promulgan decretos opresores, para negar justicia a los pobres!» (Is 10,1-2).

Hace poco conocí el caso de un hombre de 85 años. Vive solo. Su propietario le comunicó que debía abandonar su vivienda y le dio un plazo de 15 días. Quince días para desaparecer. No había alternativa habitacional, no había red familiar, no había margen real. Solo una cuenta atrás. ¿Qué tiene que decir Alberto Núñez Feijóo ante esto? ¿En qué párrafo de su discurso encaja este anciano? ¿En el del orden? ¿En el del mérito? ¿En el de la contabilidad?

Este caso no es una excepción. Es una parábola contemporánea. Personas mayores, familias con menores, enfermos, trabajadores pobres. Sin la suspensión de los desahucios, van a la calle. Sin la prohibición de cortar suministros, quedan sin agua, sin luz, sin calefacción. No es ideología. Es intemperie. Jeremías lo gritó con palabras que hoy incomodan al poder: «Se hacen ricos y poderosos, pero no defienden la causa del pobre» (Jer 5,28).

El Evangelio no admite interpretaciones cómodas. “Tuve hambre y me disteis de comer; fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). No hay letra pequeña. No hay baremos. No hay distinción entre pobres “merecedores” y “sospechosos”. Cuando la política introduce filtros donde el Evangelio no los pone, se coloca frontalmente contra él.

Fratelli Tutti advierte que una sociedad se deshumaniza cuando normaliza la exclusión, y Caritas in Veritate recuerda que la pobreza no se combate recortando derechos, sino garantizándolos. Llamar “rehén” a un pensionista mientras se cuestiona su protección frente al desahucio o el corte de suministros no es solo una contradicción política: es una fractura moral.

A esto se suma la criminalización del inmigrante pobre, convertido en chivo expiatorio del malestar social. El relato del “efecto llamada” no protege a nadie: divide a los de abajo y absuelve a los de arriba. Decir que solo merece ayuda quien ha cotizado es moralmente obsceno. ¿Qué cotizó un niño con discapacidad severa? ¿Qué aportó una mujer que huye de la violencia? ¿Qué cotiza quien trabaja en negro porque el sistema le cierra la puerta? La dignidad no se cotiza: se reconoce.

En el plano económico, el proyecto compartido por PP y Vox apuesta por adelgazar el Estado, privatizar lo común y mercantilizar los derechos. Sanidad, educación y vivienda pasan de ser garantías a ser productos. Un país de dos velocidades, donde los pobres esperan y los ricos eligen. La Doctrina Social lo dice sin rodeos: los bienes esenciales no pueden quedar al arbitrio del mercado.

Y todo ello se acompaña de una forma de ejercer el poder basada en la distancia. Feijóo afirmó que, si mentía, se marcharía. Hoy, ese compromiso con la verdad aparece erosionado por contradicciones y por su comparecencia telemática ante la DANA, cuando la ética pública exigía presencia, cercanía y responsabilidad. Gobernar es dar la cara. Comparecer desde una pantalla no es neutral: es huir del rostro del sufrimiento.

España ya vio este patrón con el “plasma” de Mariano Rajoy. Aquella imagen simbolizó la evasión de la rendición de cuentas. Hoy, el eco regresa. Primero se relativiza la verdad, luego se deshumaniza al débil y finalmente se gobierna desde la distancia.

Galicia fue el laboratorio social. Allí se comprobó que, bajo este modelo, la pobreza no se combate: se castiga. Hoy, con el IMV, las pensiones mínimas, los desahucios, los suministros básicos y la vivienda, el riesgo es el mismo, pero a escala estatal.

La pregunta final no es económica ni electoral. Es apocalíptica en el sentido bíblico: revela lo que hay debajo. ¿De qué lado se sitúa el poder cuando un anciano de 85 años recibe un ultimátum de 15 días para abandonar su casa? ¿Del contrato o de la persona? ¿Del mercado o de la vida?

Porque, como advierte Jesús sin anestesia, al final no se nos preguntará por el déficit ni por el equilibrio presupuestario, sino por el pobre expulsado, el hambriento ignorado y el forastero rechazado. Y entonces, ya no habrá comparecencias a distancia.

Galicia fue el aviso. Ignorarlo no será ingenuidad. Será complicidad.

sábado, 31 de enero de 2026

Maruja Torres responde a las derechas por su oposición a la regularización de migrantes: "No hay reemplazo más aberrante que el de la decencia por la crueldad". Maruja Torres, Hoy por hoy,Cadena SER

Por la presente tengo a bien congratularme de la tramitación urgente por real decreto de la regulación que dejará por fin dentro de la ley a medio millón de personas inmigrantes que viven entre nosotros. No solo porque es de justicia, sino porque es de sentido común.

Hay que ser muy mal nacido para responder a esta decisión alegando que produce efecto llamada, cuando todos sabemos que es la necesidad la que ocasiona el efecto empujón que desde los albores de la humanidad lleva a los pobladores del planeta a buscarse la vida lejos del lugar en donde nacieron. En donde nacieron, repito. No al que pertenecen, porque de todos es el mundo entero cuando ofrece mejores oportunidades que las que promete el propio.

Y hay que ser muy, muy cruel, para hablar de “reemplazo”, ese trending topic del fascismo actual, cuando no somos pocos ni pocas quienes sabemos también que es muy otro el gran reemplazo que se está llevando a cabo con claridad, alevosía y un patriotismo de pandereta que expande veneno mortal cuando resuena. Nada noble puede salir de ahí.

Así que por la presente tengo a bien comunicaros que cuando se cruza en mi vida uno o una de esos trabajadores le deseo que le vaya muy bien, porque así nos irá mejor a nosotros. Y que al tropezarme con uno o una de los que, abriendo el pico, suelta un “Qué bonito está Madrid y con la Fórmula 1 vamos a petarlo” o bien un “Qué suerte tenemos de ser españoles”, me siento como en aquella peli de ciencia-ficción de los años cincuenta. Ya están aquí los ladrones, los invasores de cuerpos.

No hay reemplazo más aberrante que el de la decencia por la crueldad.

viernes, 30 de enero de 2026

"CUÁNDO EMPIEZA LA BARBARIE". Marta Peirano, El País

Grupos de manifestantes se enfrentaban con las fuerzas del
orden en en Minneapolis (Minnesota), tras la muerte de
de un hombre tiroteado por agentes del ICE

La brutalidad no llega con una ola de inmigrantes, sino que crece en el corazón de nuestra civilización

“En 1930 ya era evidente que el poder presidencial estaba en manos de un hombre que no creía en las instituciones democráticas y no tenía ninguna intención de protegerlas de sus enemigos”, escribe Richard J. Evans en el primer volumen de su famosa trilogía sobre el Tercer Reich. Habla de Paul von Hindenburg, el presidente que desmanteló la democracia parlamentaria de la República de Weimar, preparando el terreno para el régimen de 1933. Usando inadecuadamente el artículo 48 de la Constitución, estableció un estado de emergencia permanente con una serie de “gobiernos presidenciales” que mandaron por decreto, sin apoyo parlamentario, recortando derechos y salarios para complacer a los tecnoligarcas de la época. Eran gigantes del acero como Krupp, Thyssen, y Hoesch AG; de la química como IG Farben (un conglomerado que incluía a BASF, Bayer y Hoechst); eléctricas como AEG y Siemens y la cuenca minera del Ruhr. Cuando Hitler fue nombrado canciller en 1933, la democracia alemana ya estaba rota. Los asesinatos empezaron antes de que llegara al poder.

La primera víctima realmente famosa fue Konrad Pietrzuch, un minero polaco y sindicalista de Potempa, ciudad que volvió a Polonia después de la Segunda Guerra Mundial. Una noche de agosto de 1932, cinco miembros de las SA, las tropas de asalto originales del partido nazi, entraron en su casa con sus camisas pardas y lo mataron a golpes delante de su familia. Habían salido a cazar comunistas, sus archienemigos parlamentarios, “enemigos del Reich”. Los Cinco de Potempa, que fue como los llamó la prensa durante el sonado juicio, fueron sentenciados a muerte bajo una ley antiterrorista recién estrenada. Hitler los llamó camaradas y los liberó en cuanto llegó al poder, con una amnistía para todos los que habían cometido crímenes “por el bien del Reich”. En marzo de 1933, habían cometido docenas de asesinatos similares en todo el país.

Al principio, los muertos fueron calificados de terroristas domésticos por el Gobierno, personas violentas que habían ofrecido resistencia durante un arresto, marxistas armados abatidos en supuestos actos de autodefensa por parte de las fuerzas de seguridad. Hay suficiente documentación que contradice la versión oficial: las víctimas eran pacifistas, no llevaban armas y ningún miembro de los camisas pardas resultó herido en ninguna ocasión. Después los nazis dejaron de hacerlo. Hermann Göring los autorizó para arrestar y disparar a su criterio. Con Heinrich Himmler, asumieron el control de la Gestapo y la policía criminal, y emprendieron la tarea oficial de limpiar el Tercer Reich de “enemigos del Estado”: comunistas, opositores políticos, disidentes, judíos, homosexuales y testigos de Jehová.

Cuenta Evans que, si alguien pudiera viajar en el tiempo desde 1945 a la Europa inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial, ni un contemporáneo inteligente y bien informado creería que, en apenas 30 años, Alemania intentaría asesinar de forma sistemática a todos los judíos de Europa y lograría exterminar a casi seis millones. Quizá en Francia, sacudida por una ola de antisemitismo virulento tras el caso Dreyfus. O en Rusia, donde las Centurias Negras zaristas organizaban violentos pogromos contra la población judía después del fracaso de la Revolución de 1905. Pero algo así no podía ocurrir en Alemania, un país culto y moderno, con universidades de prestigio, numerosos premios Nobel, un sólido Estado de derecho y una industria principal. Ahora sabemos que la barbarie no llega en una ola de inmigrantes, sino que crece en el corazón mismo de nuestra civilización.

lunes, 12 de enero de 2026

"LA FIESTA DE LA CULPA". Irene Vallejo, Milenio

Ilustración: Román
  • ¿Por qué creemos que señalando nombres y rostros, el mal quedará exorcizado?
  • Cuando algo falla y sucede el desastre, ¿por qué extraño motivo esperamos un cierto alivio al responsabilizar a otros?
  • Un resorte primitivo conduce a mitigar el dolor azuzando la cólera contra el diferente
  • Buscar culpables resulta más apasionante que buscar soluciones
“Yo no he sido”, masculló tu hijo, con un acorde de desamparo en la voz. No le creíste. Estabas segura de haber dejado allí, sobre el escritorio, náufrago en tu borrasca de papeles, el cuaderno con las notas para el próximo artículo. Como la adulta racional y siempre atareada que eres, preferiste la riña exaltada a la serena búsqueda: “¿Cuántas veces te he dicho que no revuelvas mis papeles?”, rugiste mientras te agachabas, blandiendo preguntas acusadoras, a la altura de sus ojos. Empezaste a dudar cuando dos lagrimones rodaron por sus mofletes hasta oscilar suspendidos de la barbilla. De pronto, recordaste que K. había ordenado el despacho, y el cuaderno reposaba tranquilo en la estantería, oculto a tu ciega terquedad. Tu hijo hipaba llorando: acababa de tragar una cucharada de injusticia.

Cuando algo falla y sucede el desastre, ¿por qué extraño motivo esperamos un cierto alivio al responsabilizar a otros? Buscar culpables resulta más apasionante que buscar soluciones. Los antiguos griegos creían en una divinidad llamada Momo, que no tenía más atribución que encontrar faltas en los dioses y los humanos. Momo era hijo de la Noche, la personificación de nuestro oscuro impulso a tomarla con el prójimo. Los psicólogos afirman que no soportamos la incertidumbre, el caos, la imprevisible complejidad de lo real. El pensamiento mágico cree que, señalando nombres y rostros, el mal quedará exorcizado. Antiguamente, los judíos elegían un macho cabrío, lo llevaban al desierto y lo apedreaban para que pagase por los pecados de la comunidad. De ahí viene la expresión “chivo expiatorio”.

Históricamente reincidentes, buscamos a quien endilgar incluso catástrofes fortuitas o desastres naturales. Según cuenta la Biblia, el barco en que huía el profeta Jonás topó, al llegar a mar abierta, con una terrible tempestad. Los marineros decidieron arrojar por la borda, directo a las rugientes olas, a quien hubiera atraído la tormenta. Lo echaron a suertes y la culpa recayó por sorteo en Jonás, que acabó engullido por la ballena. Rifar la condena es una de las fórmulas procesales más delirantes jamás imaginadas. Alessandro Manzoni narró en su Historia de la columna infame un episodio real ocurrido durante la peste de 1630. Una vecina de Milán, precoz espía de balcones, denunció a un hombre que restregaba los dedos contra la muralla. Así nació el mito de los untadores, que supuestamente expandían el contagio con ungüentos mortales en pomos, barandas y muros. Se abrió un proceso en el que se torturó y ejecutó a personas inocentes, cuya responsabilidad era sólo producto de una imaginación aterrorizada. Estas supersticiones no son tan antiguas: hace menos de un siglo, los japoneses acusaron absurdamente del terremoto de Kantō a los inmigrantes coreanos, desatando una matanza que dejó varios miles de cadáveres.

En un episodio de Los Simpson, Homero asesora con cinismo a sus compañeros de trabajo: “Si algo va mal en la central nuclear, culpad al tipo que no habla inglés”. La máxima apela a ese resorte primitivo que sobrevive en nuestras mentes: simplificar la complejidad de las causas convirtiéndolas en culpas. Los atenienses celebraban sus fiestas Targelias con el sacrificio ritual de dos personas acusadas de provocar hambre, sequías, epidemias o terremotos. Las arrastraban fuera de la ciudad para lapidarlas, lincharlas o lanzarlas por un precipicio. Creían que el mal siempre viene de fuera y debe ser expulsado con violencia. Llamaban a su víctima propiciatoria pharmakós, de donde procede nuestra palabra “fármaco”, como si su sangre eliminase la enfermedad. En tiempos de desgracia, es preciso mantenerse alerta, auscultar los errores, esgrimir la crítica: ser capaces de tender la mano y vigilar desmanes. Pero la convivencia se enfanga si intentamos aliviar el dolor azuzando la cólera contra el diferente, el que nos cae mal, esa gente perversa que no es o no piensa como yo. En los dominios nocturnos del antiguo Momo, unos y otros procuran que el señalado sea su adversario —ideológico o íntimo—. Dime a quién culpas y te diré quién eres.

lunes, 24 de noviembre de 2025

"QUIERO INTEGRARME (Y NO ME DEJAN)". Najat El Hachmi, El País

Queremos tener los mismos derechos que todos los demás, vivir en viviendas que no estén apartadas de todo, en barrios donde solo viven los “nuestros”

Exigen que los inmigrantes se integren, se adapten a “nuestra” cultura (a saber lo que es eso) pero en realidad es lo último que desean: ¿que los hijos de moros, negros y latinos compartan aula con sus propios hijos? ¿Que vivan en los mismos barrios que ellos? ¿Que les toque uno de esos como compañero de habitación con todos sus olores raros? ¿Tenerlos al lado compitiendo por los mismos puestos de trabajo? No, para nada, buena parte de los que se llenan la boca con la palabra “integración” lo que quieren en realidad es la desaparición de cualquier elemento distintivo en ese otro que detestan que les recuerde precisamente su diferencia. “Que se desintegren” sería una expresión más precisa. Lo demuestra el hecho de que mientras gritan “integración” no solo no hacen nada por favorecerla sino que contribuyen a los mecanismos que generan segregación. Que se tilde de fascismo esa hipocresía como hizo en su día Pau Luque es tomarse muy en serio a los racistas de toda la vida y no tener en cuenta que lo deseable para los que procedemos de otros países es, precisamente, la integración. Queremos integrarnos porque queremos tener los mismos derechos que todos los demás, vivir en viviendas que no estén apartadas de todo, en barrios donde solo viven los “nuestros”. Queremos integrarnos para que la democracia no nos quede lejos, que los políticos nos tengan en cuenta y también nos interpelen en vez de hablar de nosotros como si estuviéramos en una pecera cerrada desde la que no oímos ni entendemos lo que dicen sobre nosotros. Hoy hay niñas viviendo en barriadas degradadas haciendo un esfuerzo titánico por sobreponerse a esas barreras que les ha impuesto el sistema: de raza, de género y de clase, por supuesto. Estudian con ahínco porque saben que no les queda más remedio y a la que puedan huirán de ese lugar al que las han relegado para incorporarse a la sociedad que no es gueto y que tan lejos queda desde donde están ahora. El movimiento por los derechos de los negros en EE UU luchó contra la segregación establecida por ley y reivindicó su integración. Aquí ocurre que quienes se supone que defienden los derechos de los inmigrantes (sin haber pisado nunca uno de estos barrios en la periferia de la periferia) nos dicen que la integración es de derechas. Pero si es todo lo contrario. A la derecha ya le va bien que estemos encerrados, que tengamos que traspasar esas fronteras invisibles para llegar al centro, allí donde seríamos ciudadanos sin más, sin menos.

sábado, 18 de octubre de 2025

"MI REGALO, SEÑOR FEIJÓO". Najat El Hachmi, El País

Quien ha debido esperar 10 años y rellenar miles de papeles sabe de sobra que la nacionalidad española no es un obsequio

Catorce años y alguno más me llevó obtener la nacionalidad española. Para quienes ni somos latinoamericanos, ni venimos de un país europeo, ni podemos demostrar ancestros sefardíes, ni sabemos golpear como Topuria o meter goles como Messi, el primer requisito que se nos exige es demostrar una residencia ininterrumpida en el país mínima de 10 años. Si te despistas y no constas como inscrita durante algún periodo, por la razón que sea, pues vuelta a empezar hasta que llegues de nuevo a esos 10 años con todos sus meses y sus largos, larguísimos días. Luego, contrata un abogado que te consiga una cita y espera a que te la den mientras reúnes papeles y más papeles. Yo me río de Ulises, que en su viaje no tuvo que enfrentarse con la burocracia intercontinental: que si demostrar medios de subsistencia, incluso aunque seas estudiante y como tus compañeros vas haciendo trabajillos a media jornada (contrato de un mínimo de un año, pedían entonces y ¡ay!, a mí me los hacían por horas en la ETT). Pero nada, terca como una mula en mi objetivo de convertirme en persona, seguí insistiendo. Pidiendo papeles a ese país desconocido a cuyos funcionarios les tenía pánico.

Menos mal que había tíos en el pueblo que podían solicitar en mi nombre cosas tan surrealistas como un certificado de antecedentes penales (no fuese que antes de los ocho años hubiera pasado por las cárceles marroquíes). Gracias a eso sé que no he cometido delito alguno del que no me acuerde. Entregué todo lo que me pidieron, pendiente siempre de que no caducara un papel mientras llegaba otro. Y esperé. Como en los cuentos, esperé y esperé a que el cartero trajera el sobre con la feliz validación de mi condición de ser humano de pleno derecho. Y, mientras esperaba, miraba como mira un pobre un escaparate de tienda de lujo las ofertas de empleo a las que no podía acceder porque era administrativamente inmigrante. Legal, pero inmigrante, aunque no hubiera decidido trasladarme a ningún lado, aunque yo y mis hermanos no hubiéramos sido más que el equipaje de nuestros padres. Me dio tiempo a tener un hijo, a publicar mi primer libro. Hubiera tenido que plantar un árbol. A mi hermano mellizo le llegó antes la nacionalidad, y recuerdo acompañarlo a las urnas por primera vez y compartir con él esa alegría al decir “este es mi voto y cuenta igual que el de los demás”. Así que, señor Feijóo, deje de mentir al hablar de nosotros, porque los inmigrantes sabemos mejor que nadie lo que cuesta tener la nacionalidad española. ¿Qué ha hecho usted para merecerla más que nacer de su madre?

"FIEBRE, ARREBATO Y NÉMESIS". Irene Vallejo, El País

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