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viernes, 6 de marzo de 2026

"Laurence Joseph, psicoanalista: “Callarse, a veces, significa aprender a escuchar y eso es algo raro en la sociedad actual”. Entrevista realizada por Enrique Alpañés, El País

La autora francesa publica ‘Nuestros silencios’, un ensayo en el que reflexiona sobre secretos, violencias y ‘omertá’
Igual que hay muchos tipos de ruidos, hay también distintos tipos de silencios. Algunos pueden servir para proteger a la víctima o para encubrir al verdugo. Pueden enquistarse y hacerse bola cuando envuelven un vergonzoso secreto. Pueden ser silencios cómplices o una siniestra omertá. En la sociedad hiperconectada y ruidosa en la que vivimos, a veces el silencio se convierte en un bien de lujo. Cristales insonorizados, cascos con cancelación de ruido, retiros para meditar... Aunque el silencio puede ser también una especie de intemperie, un lugar inmenso y desprotegido para quien no tiene a nadie con quien hablar. De todo esto habla Laurence Joseph (Le Mans, 1980) en su libro Nuestros silencios, por qué callamos (Gatopardo, 2026).

Joseph trabaja con silencios. Es psicóloga clínica y psicoanalista y, como explica en su libro, solo ante el mutismo de su interlocutor puede una persona empezar a contarse. Se llama escucha silenciosa. Aprender a callar en provecho del otro, con el propósito de que pueda explorar y explotar su discurso. “Callarse, a veces, significa aprender a escuchar, y eso es algo bastante raro en la sociedad actual”, explica la autora en videollamada desde su casa de París. Ella escribió este libro basándose en su experiencia de más de 20 años en consulta. Pero no es una simple recopilación de casos clínicos. Joseph recurre a la mitología, la literatura y la filosofía para trazar una cartografía de nuestros silencios individuales y colectivos.

La autora arranca explicando los silencios más duros e incómodos que ha vivido en su consulta. “He tenido muchos pacientes, especialmente niños, víctimas de incesto o violencia sexual, así que es evidente que hay un aspecto del silencio que rodea a niños, adolescentes y mujeres, que se debe a la imposibilidad de escucharlos”, reflexiona. Pero cree que algo está cambiando. Cita como prueba varios éxitos literarios recientes, especialmente El Consentimiento, donde la editora Vanessa Springora cuenta la relación que mantuvo a los 14 años con un escritor de 50, Gabriel Matzneff, y el silencio y hasta la connivencia social con un pederasta celebrado en el mundo de las letras hasta hace muy poco.

“Creo firmemente en el poder del ejemplo para permitir que las personas se expresen, la narrativa de la vergüenza hace posible que pasen cosas”, señala. “El hecho de que figuras públicas se pronuncien demuestra que estos testimonios se escuchan. Y esto tiene un efecto dominó. A través de estas historias mediáticas, descubrimos nuestro potencial para compartir nuestros secretos, para que nuestra relación con la vergüenza pueda cambiar. En este sentido, la historia del movimiento #MeToo es fascinante”.

Fue el filósofo francés Roland Barthes quien explicó que el silencio es neutral. Luego las personas lo manipulan a su manera para darle un significado, y a veces para convertirlo en algo político, explica la autora. “De esta forma el silencio no es una simple ausencia de sonido, no es una pausa pasiva, sino un acto cargado de significado”. Joseph considera que veníamos de años, décadas de silencio político. Y que denuncias como las de Springora han empezado a quebrarlo.

Procesos de reparación de las víctimas y persecución de los agresores, como el que en España se ha realizado con los abusos en el seno de la Iglesia católica, son otro ejemplo de este antiguo silencio que dejó de serlo. Hay un componente político innegable en todo ello. Hay un mutismo social que cobija muchos secretos individuales. Al pinchar la burbuja del primero, las historias van saliendo a flote una a una.

Pero Nuestros silencios no solo analiza la ausencia de palabras que rodea al trauma. Habla de la necesidad de silencio en un mundo especialmente ruidoso. Las redes sociales tienen un papel importante en todo esto. Ahora podemos tener una opinión sobre todo. Cada vez que sucede algo, nos animan a compartir nuestra opinión, a rebatir y discutir. Y esa actitud se ha extendido al resto de nuestras vidas, de modo que la gente no para de hablar y opinar sobre todo.

Se ha trasladado al mundo laboral, donde tenemos demasiadas reuniones. Se ha trasladado al ocio, donde tenemos millones de canales y plataformas de televisión. Y esto genera demasiado ruido, una sobrecarga de información que nuestros cerebros no están preparados para manejar.

La autora traza un arco generacional, pues los silencios cambian según la etapa vital en la que estemos. Para una madre, el silencio puede ser una bendición, un momento de paz y relax (bien lo sabe ella que tiene dos hijos adolescentes). Pero para una abuela suele estar asociado a una mayor soledad. “Pensé mucho en mi propia abuela, y en las personas mayores en general, mientras escribía el libro”, explica. “Imaginé cómo transcurría su jornada, tenía más de 90 años y vivía sola en casa. Si yo no la llamaba, no hablaba con nadie en todo el día. Y traté de imaginar cómo sería un día entero sin ruido. En el silencio absoluto de la soledad”.

Joseph habla mucho de hijos, abuelas y padres. El silencio, explica, es algo inherente a la familia. Hay secretos que existen con el propósito de proteger, que solo se cuentan en lo más íntimo de la tribu. “Y eso es lo interesante”, explica. “El secreto puede ser el núcleo ético de un grupo. La capacidad de guardar secretos sobre la muerte, la enfermedad, los orígenes o la sexualidad”.

La sexualidad también tiene un rol importante en el libro. “Entre los nombres secretos, hay uno que se impone siempre”, explica la autora, “el del amado o la amada”. La homosexualidad, las aventuras fuera del matrimonio, las castas, la diferencia de edad… “Algunos nombres resultan impronunciables durante un tiempo o para siempre. ¿Qué sucede con una aventura amorosa sin testigos? ¿Se vuelve más intensa o, por el contrario, se convierte antes en una quimera? ¿El secreto aviva las palabras susurradas en la intimidad?”.

También aquí tira de literatura para explicar su tesis. La protagonista de Pura pasión, de Annie Ernaux, acepta el silencio, el secretismo que rige su relación con un hombre casado, extranjero, más joven. Un hombre con quien nunca podrá conversar, dado que carecen de palabras en común: ella no habla su lengua ni él la suya; el cuerpo es su único diccionario.“Toda la infelicidad de los hombres se debe a una sola cosa: la incapacidad de permanecer en silencio a solas en una habitación”. La frase la dijo el matemático y filósofo Blaise Pascal y la recupera Joseph en su libro. Es buena. “Sí, pero el problema de Pascal es que olvida la importancia de los demás”, matiza la autora. “Esta idea del silencio en una habitación me recuerda a Virginia Woolf, a Una habitación propia. De hecho, lo interesante es que Pascal, aquí, se inclina por la oración, la fe, la meditación, tiene una visión más masculina. Virginia Woolf parte de otro lugar, ve los momentos de soledad como una bendición, quizá porque las mujeres tenemos acceso a ella más tarde en la vida”.

miércoles, 21 de enero de 2026

"EL LABERINTO DE LA SOLEDAD: ANATOMÍA DE UNA CRISIS DE SALUD PÚBLICA". Jose Juan Rivero Pérez, Universidad Europea, Theconversation.com 14 ENE 2026

La soledad no deseada es una de las crisis existenciales y de salud pública más relevantes. Y lo es en una época definida por la hiperconectividad digital y el individualismo. Esta paradoja, propia de la sociedad moderna, trasciende toda frontera y barrera generacional. Sus ramificaciones impactan en el bienestar y la salud mental de la población. ¿Cuál es la naturaleza psicológica de este fenómeno multifactorial? ¿Qué papel juegan las redes sociales? ¿Qué consecuencias supone la desconexión sobre nuestra vida?

En primer lugar es fundamental distinguir entre dos conceptos: el aislamiento social y la soledad no deseada. Ambos a menudo se confunden, pero no son lo mismo.

El aislamiento social implica la ausencia de contacto social y es una condición objetiva que podemos cuantificar. Por ejemplo: falta de amigos, vivir solo, tener pocas interacciones fuera del entorno virtual.

Por contraste, la soledad no deseada es una experiencia intrínseca, subjetiva y de carácter emocional. Se trata de una carga negativa que genera malestar y sufrimiento. Surge cuando las relaciones sociales que poseemos son diferentes, en calidad y cantidad, de las que anhelamos. En España, el 20 % de las personas se encuentra en esta situación, aunque casi la mitad dice haberla vivido alguna vez en la vida.

La soledad es una sensación visceral de desconexión emocional o ausencia de apoyos significativos. Puede experimentarse incluso estando rodeado de personas, porque el problema no está solo en la cantidad, sino en la calidad del vínculo. Comprender esta diferencia es crucial.

Los lazos se debilitan y aumenta el individualismo

La soledad crónica en adultos se alimenta de rupturas en tres pilares relacionales: pareja, familia y amistad. Antes estos lazos ofrecían seguridad, pero hoy su fragilidad se debe a una profunda reconfiguración de los valores sociales y económicos.

Una serie de enemigos silenciosos están debilitando nuestros lazos afectivos:

  • Masificación y movilidad urbana. Las grandes ciudades facilitan el anonimato y diluyen la responsabilidad comunitaria. La constante movilidad dificulta la formación de lazos vecinales profundos y estables.
  • Precarización laboral y falta de tiempo. La presión por la productividad y las largas jornadas reducen el tiempo necesario para cultivar relaciones significativas. El tiempo libre se consume en la recuperación o el consumo, no en la construcción de relaciones sanas.
  • Debilitamiento del lazo familiar extenso. Las estructuras familiares cambiantes y la falta de contacto entre generaciones reducen la red de apoyo inmediato.
Sin embargo, el factor que más deteriora los vínculos es la filosofía de la autosuficiencia radical. Hoy, la autonomía, la independencia absoluta y la soledad disfrazada de tiempo para uno mismo parecen la máxima realización personal.

Esta doctrina del “yo primero” tiene consecuencias devastadoras. Fomenta las relaciones frágiles, al permitir desvincularse ante el primer conflicto. Se demoniza la interdependencia, se genera terror a la vulnerabilidad y se bloquea la intimidad real.

Al priorizar el crecimiento individual, se impone una cultura del descarte. Los conflictos se resuelven con la eliminación del vínculo en lugar de su reparación. La soledad se convierte en el coste inevitable de esta búsqueda.

Las redes sociales: el instrumento de la soledad

Las redes sociales no son la causa, pero sí el instrumento que amplifica esta filosofía. Ofrecen una ilusión de conexión mientras profundizan el aislamiento emocional. El ecosistema digital está diseñado para la idealización y la comparación social negativa.

  • Identidad e idealización. Los usuarios presentan una versión editada y exitosa de su vida. Esto genera una presión que hace que las interacciones reales parezcan fallidas.
  • Magnificación de la carencia. La exposición constante a narrativas de éxitos activa el miedo a perderse experiencias. Esto magnifica la percepción de las propias carencias y alimenta la envidia.
  • Validación superficial. La obsesiva búsqueda de likes genera una dependencia excesiva de la validación social externa. De lo contrario, la persona se siente vulnerable, sola e insuficiente, y pierde su sentido de identidad.
La calidad de la interacción digital es clave, pero rara vez es nutritiva:
El factor de la edad

La soledad se manifiesta con matices distintivos en cada edad.

En personas mayores se relaciona con pérdidas vitales inevitables (fallecimiento de seres queridos, deterioro de la salud). La brecha digital también aumenta el aislamiento. Los factores protectores son la calidad de las relaciones sociales previas y el involucramiento comunitario.

En jóvenes, la soledad está impulsada por la presión social, la búsqueda de identidad y la dependencia excesiva de la validación de redes sociales. Aunque sean frecuentes, las interacciones online resultan superficiales y no suplen el apoyo emocional profundo. Dejan una sensación constante de vacío y dificultad para desarrollar habilidades de conexión genuina.

Problemas de salud mental asociados a la soledad crónica

La soledad no deseada es un factor de riesgo psicológico y médico de primer orden. Cuando se cronifica, sus efectos son graves:
  1. Trastornos del estado de ánimo y ansiedad. La soledad no deseada es un potente predictor de la depresión. La sensación prolongada de desconexión lleva a un estado de indefensión. Aumenta la ansiedad social y es un factor de riesgo significativo para la ideación suicida.
  2. Impacto cognitivo y autoestima. La falta de estimulación social y el estrés crónico se han vinculado a un mayor riesgo de deterioro cognitivo y demencia con un deterioro más rápido de la función cognitiva. La soledad prolongada se asume como un fallo personal, que deteriora la autoestima y la visión negativa de uno mismo.
  3. Trastornos de la conducta. La falta de apoyo dificulta la regulación emocional. Las personas solitarias pueden recurrir al consumo de sustancias o a la sobrealimentación para compensar el vacío. También puede generar hipervigilancia social, que perpetúa la desconfianza.
La soledad no deseada es el coste psicológico y social de una individualización impuesta. Desmontarla requiere reconocer que la interdependencia no es una debilidad, sino la clave de la resiliencia humana. El esfuerzo debe redirigirse hacia construir vínculos significativos y proteger relaciones de calidad.

domingo, 28 de septiembre de 2025

‘LA SOCIEDAD DE LA DESCONFIANZA', de Victoria Camps: un diagnóstico incómodo para tiempos líquidos". Máriam Martínez-Bascuñáhn, El País 16 SEPT 2025

En su nuevo ensayo, la filósofa desarma meticulosamente el edificio ideológico del neoliberalismo que nos ha vendido la independencia como virtud suprema

Victoria Camps regresa con un libro que duele en los lugares precisos. La sociedad de la desconfianza es un bisturí filosófico aplicado sobre el cuerpo social enfermo, donde cada página confirma lo que intuíamos pero preferíamos no nombrar: hemos construido una civilización de soledades conectadas, de individuos que confunden la autonomía con el aislamiento y la libertad con la irresponsabilidad.

El diagnóstico de Camps es certero y demoledor. La libertad reducida a puro egoísmo no es libertad, sentencia, y desde esta premisa desarma meticulosamente el edificio ideológico del neoliberalismo que nos ha vendido la independencia como virtud suprema. La filósofa catalana identifica en el individualismo extremo la raíz de nuestra incapacidad para confiar: en las instituciones, en los otros, en nosotros mismos. No es casualidad que vivamos la época de los fact-checkers y los departamentos de verificación; cuando la confianza se evapora, todo requiere demostración.

El recorrido intelectual es ambicioso: desde la bioética hasta la educación, del envejecimiento a la comunicación política. Camps construye su argumento apoyándose en un amplio espectro de referencias —de Aristóteles a Byung-Chul Han, de Kant a Michael Sandel— sin perderse en el academicismo. Su prosa mantiene esa claridad que tanto reclama a políticos y tecnócratas, esa “cortesía del filósofo” que Ortega exigía y que hoy brilla por su ausencia en el discurso público.

Particularmente sugerente resulta su análisis del “libertarismo” contemporáneo, esa perversión de la tradición liberal que reduce la libertad positiva —la capacidad de construir una vida con sentido— a mera libertad negativa: hacer lo que me da la gana mientras no me pillen. Es aquí donde su crítica alcanza dimensiones políticas concretas, señalando cómo el abandono de las políticas redistributivas por parte de la izquierda ha dejado el campo libre a populismos que prometen comunidad a cambio de exclusión.

Sin embargo, su argumento —que las políticas de reconocimiento han desplazado las de redistribución— resulta más familiar de lo que reconoce, y su crítica adolece de cierta rigidez binaria. Para Camps no es que ambas luchas sean incompatibles, sino que cuestiona el orden de prioridades. Como sostiene la autora, “la igualdad material es el requisito más importante para que, una vez conseguida, desaparezcan las diferencias discriminatorias de todo tipo”. Sin embargo, esta secuencialidad puede ser problemática: presupone que se puede alcanzar igualdad material sin abordar simultáneamente las estructuras culturales que producen y legitiman esa desigualdad. Su propuesta de “identidades inclusivas enmarcadas en la identidad humana común” corre el riesgo de reproducir una falsa universalidad que históricamente ha servido para invisibilizar diferencias que requieren atención específica. Una trabajadora doméstica racializada no experimenta primero discriminación económica y después cultural: ambas formas de opresión operan simultáneamente y se constituyen mutuamente. Sus bajos salarios están directamente conectados con estereotipos sobre mujeres, inmigrantes y trabajo de cuidados, haciendo artificial cualquier intento de jerarquizar estas dimensiones. La discriminación no funciona por capas secuenciales sino como una estructura integrada donde lo material y lo cultural se refuerzan constantemente entre sí.

Esta tensión se hace más evidente cuando Camps defiende la necesidad de “acercarse a las personas” mientras critica las identidades que precisamente visibilizan a quienes han estado más lejos del centro. Hay algo paradójico en pedir reconocimiento de la interdependencia humana mientras se cuestiona el reconocimiento de ciertas formas de dependencia y vulnerabilidad específicas.

No obstante, estos matices no invalidan la potencia del proyecto intelectual. El libro funciona como un espejo incómodo que refleja nuestras contradicciones: queremos comunidad pero practicamos el individualismo, exigimos transparencia pero huimos del escrutinio, pedimos liderazgo pero despreciamos la autoridad. Camps no ofrece recetas fáciles —lo cual se agradece en tiempos de gurús y coaches— sino que nos devuelve la responsabilidad de hacernos “la pregunta moral por antonomasia: ¿qué debo hacer?”La sociedad de la desconfianza es, en última instancia, un libro necesario. No porque resuelva nuestros dilemas, sino porque los formula con la precisión suficiente para que dejemos de evitarlos. En una época que confunde el ruido con la comunicación y la opinión con el pensamiento, Camps nos recuerda que filosofar sigue siendo un acto de resistencia. O como dice Prometeo en las páginas finales: tal vez el problema no fue dar la libertad a los humanos, sino que estos no han aprendido a ejercerla como autonomía moral responsable.

viernes, 12 de abril de 2024

"EL COMERCIO DE LA SOLEDAD". Un artículo de Luis Garcia Montero (infoLibre.es 6 ABR 2024)

Cuando voy a trabajar, paso sobre las 8 de la mañana por delante de un supermercado. Siempre hay en la puerta algunas personas en negociación con sus teléfonos móviles. No tienen pinta de ser clientes, sino trabajadores, compañeros de trabajo. Esperan que el encargado abra la puerta para dirigirse a sus faenas. Parece que no tienen nada que decirse, nada que compartir, ni antes ni después de ponerse el delantal. Están amarrados a sus soledades, igual que los grupos de amigos sentados en una cafetería, cada cual a lo suyo, sin cruzar palabra y con sus móviles en las manos. Escenas para comprender nuestro tiempo. Quizá exagero un poco, pero este tipo de imaginación valiente es necesaria para indagar en la verdad según nos enseñó María Zambrano con su razón poética en Hacia un saber sobre el alma (Losada, 1950).

María Zambrano empezó a meditar sobre las peligrosas distancias entre las razones y los sentimientos cuando advirtió la paradoja fundacional de la cultura romántica. En un siglo XIX marcado por el desarrollo científico y el conocimiento positivista de la naturaleza, el romanticismo tuvo la necesidad de imaginar un cosmos infinito de tormentas y abismos. La gota de agua analizada en el laboratorio propició el protagonismo de los mares ingobernables y los horizontes rotos por el oleaje. Me parece que ahora ocurre una paradoja semejante. En medio del mundo globalizado, intercomunicado, lleno de seguidores, me gustas e intimidades compartidas, se produce una cultura de la soledad. Somos consumidores de muchas cosas, también de nuestra propia soledad.

Como escribir es defender las palabras, me interesa aquí defender la palabra soledad tal como la pensaron María Zambrano y Luis Cernuda. La soledad es necesaria como afirmación de la conciencia que se niega a disolverse en cualquier homogeneización dominante. Saber quedarse solo resulta imprescindible para participar con honestidad en un sueño colectivo. Soledad del que piensa de manera libre en lo que escucha y en lo que quiere decir, sin verse obligado a repetir como un loro lo que flota en el ambiente. Defender este sentido humano de la soledad es un modo de apostar por la comunidad, el entendimiento, el diálogo, el acuerdo, el compromiso social a la hora de formar un nosotros.

El tumulto de las redes sociales y la inteligencia artificial corre el peligro de provocar una soledad distinta. Pienso ahora en Edgar Allan Poe y Charles Baudelaire. Cuando el poeta parisino tradujo al escritor de Boston, comprendió que una multitud puede parecerse a un conjunto de soledades, gentes que caminan sin conocerse y sin un bien común que compartir. Bajo la ley del más fuerte, los mensajes y las noticias se quedan sin conversación. Este tipo de soledades no supone una afirmación del propio ser, sino una existencia definida por el desamparo.

Ahora que todo es sabido, comunicado y ruidoso, la metáfora de la vida quizá sea la puerta de un supermercado con trabajadores que nada tienen que decirse, o en la mesa de una pareja de novios que buscan en sus móviles algo en lo que poner los ojos. Quizá exagero, pero este tipo de cultura neoliberal de las soledades está en la base de la paradoja social que fundamente el nuevo autoritarismo de nuestras democracias. Si las mentiras se extienden más rápido que las verdades, es porque las verdades necesitan pensarse, decirse en sus matices. Las mentiras se lanzan a la calle con aspecto de consignas que no admiten una duda. Y la gente solitaria, desamparada, prefiere someterse a las consignas para sentirse acompañada. Someterse a las palabras que ordenan, no a las que proponen una conversación. Mejor estar entre los miles de seguidores que repiten un bulo. De qué sirve quedarse en las reflexiones compartidas de un diálogo.

Será bueno cambiar de inercia. Es posible amar la soledad para defendernos juntos de las malas compañías.

sábado, 20 de mayo de 2023

"JORDAN NEELY, el náufrago en un vagón del metro". Un artículo de Antonio Muñoz Molina publicado en El País el 13 de mayo de 2023

Aprendí en Nueva York que el trastornado sin hogar que guarda silencio en su burbuja de invisibilidad puede ser ignorado sin molestia. El que rompe a hablar y grita se vuelve una amenaza

En medio del ruido y de la multitud hay personas trastornadas que viven en Nueva York como en una isla desierta en la que llevaran muchos años sin ningún trato humano. Hay quien se cubre la cabeza con un capuchón tan grande, y tan caído sobre los ojos, que no llegan a distinguirse sus rasgos. El capuchón es una cueva y ellos viven agazapados en lo más hondo, en una oscuridad a la que no llega la luz del día, ni tal vez el sonido de las voces. Cada vez que yo leía La isla misteriosa, el personaje que me impresionaba más, aparte del redivivo capitán Nemo, era un marino llamado Ayrton, al que dejaron solo en una isla deshabitada durante cinco años, al cabo de los cuales había perdido la razón y hasta el uso del habla, reducido por la falta de compañía humana a una animalidad de gruñidos roncos y gritos como ladridos. Casi todos los náufragos que rondan las calles y las estaciones y los trenes del metro de Nueva York son enfermos mentales de los que no cuida nadie, pero su condición clínica sin duda está exagerada por la dureza de la vida a la intemperie en una ciudad de inviernos muy crueles, y por una forma particular de soledad que es la de aquellos que estando rodeados de gente no reciben nunca la mirada de nadie, ni tienen respuesta si alzan la voz.

Incluso en los años de menos inseguridad, en Nueva York uno aprendía rápido a observar de soslayo, a mirar sin que pareciera que uno estaba mirando, para detectar así anticipadamente no ya un peligro posible, sino una simple incomodidad. De ese modo, cuando unos metros por delante, en mitad de una de esas aceras generosas de la ciudad, había un pedigüeño agitando su vaso de papel, o alguien de un aspecto alarmante, uno se desviaba a tiempo y aceleraba el paso, sin que pareciera que lo hacía para evitar al otro, como si en realidad no lo hubiera visto. En el andén del metro bastaba ladear la cabeza para saber si había alguien inquietante por detrás, porque de vez en cuando se publicaba la noticia o se corría el rumor de que había personas malévolas o dementes que empujaban a algún incauto contra las vías en el momento en que llegaba el tren, con ese estruendo metálico que parece anunciar siempre el advenimiento de un desastre.

Pero la supervisión instantánea y como distraída que uno aprendía antes era la del vagón del metro en el momento de entrar. Podía suceder que en un tren lleno de gente uno descubría toda una fila de asientos libres, y se apresuraba a sentarse en uno de ellos. Y solo al estar sentado se daba cuenta de la trampa de novato en la que había caído, al ver, y con frecuencia oler también, al viajero que era la causa de todo aquel espacio libre: un hombre, casi siempre un hombre, y casi siempre negro, forrado de harapos y bolsas de basura, durmiendo con las piernas abiertas contra una esquina, o tirado sobre varios asientos, rodeado de sus pertenencias inmundas, despidiendo un olor no ya de establo ni de vertedero, sino de pozo negro, de orines y sudor y mierda humana acumulada. El hedor marcaba de manera tajante el ámbito de la isla de soledad en la que ese hombre habitaba. Dedos de largas uñas sucias surgían de guantes invernales improvisados con trapos. La cara siempre estaba escondida bajo el capuchón, en el fondo de una cueva de misantropía y de locura.

Criaturas sociales, nuestra identidad está hecha en gran parte por el trato con los otros. Si no nos hablan ni nos escuchan perdemos poco a poco el uso del habla. Si no nos miran nos volvemos invisibles. Un fantasma es alguien a quien los demás se han puesto de acuerdo para no ver. En el código social implícito de Nueva York, y en las recomendaciones oficiales sobre seguridad, una cautela cardinal es eludir la mirada de quien parece amenazante. Cuando se generalizaron los móviles, los únicos usuarios de las cabinas telefónicas muchas veces destripadas de Nueva York eran los mendigos y los enfermos mentales que escarbaban los cajetines en busca de alguna moneda y usaban los auriculares inútiles para enredarse en largas diatribas con interlocutores invisibles. En Nueva York, como en Madrid, las personas cuerdas van por la calle hablando a voces por los móviles con gesticulaciones de dementes antiguos. Cuando yo volvía a Madrid, algo que me sorprendía siempre era la ausencia de esa población de náufragos mentales a los que me había acostumbrado en mi otra ciudad. Algunos va habiendo, igual que hay ya también ese tipo de personas de aspecto común que rebuscan furtivamente en los contenedores de basura, indigentes avergonzados con su carrito de la compra buscando comida cuando ya es de noche y no queda gente en la calle.

El trastornado que guarda silencio en su burbuja de invisibilidad puede ser ignorado sin molestia. El que rompe a hablar y grita se vuelve una amenaza, aunque no esté dirigiéndose a nadie. He visto muchas veces en Nueva York a hombres negros que hablan solos, moviéndose muy rápido, con gestos de ira, haciéndole reproches a alguien que no ven, apilando interjecciones una tras otra, en una pelea feroz en la que no hay adversario, con una furia impotente que se agota en sí misma. Por eso no me cuesta nada imaginar a ese hombre sin techo, Jordan Neely, en un vagón de la línea F, de pie entre la gente que finge no verlo, que se aparta de él poco a poco, se contrae en el asiento, la cara inexpresiva, los ojos ausentes, mientras él alza la voz por encima del ruido del tren y se va encendiendo al oírse a sí mismo, aunque sus palabras parece que suenan en el interior de una campana de cristal. Tiene 30 años y lleva media vida viviendo en la calle. Ganaba calderilla haciendo imitaciones de Michael Jackson en las aceras llenas de turistas de Times Square. Cuando tenía 14, a su madre la asesinó un amante que dejó el cuerpo descuartizado en una maleta, en el arcén de una carretera del Bronx. Testigos que parecían no oir ni ver nada han contado lo que repetía gritando: “No tengo nada que comer. Quiero agua. No me importa que me encierren en la cárcel para toda la vida. Estoy dispuesto a morir”.

Su destino podía haber sido el de tantos enfermos mentales: la policía los detiene por cualquier motivo, los llevan a la terrible prisión preventiva de Rikers Island, y como no pueden pagar una fianza los dejan encerrados, lo cual agrava su trastorno y suscita, por lo tanto, nuevos castigos, entre ellos el del túnel sin fin de las celdas de aislamiento, desde donde ya no hay regreso hacia la cordura.

A Jordan Neely le calló la boca para siempre un pasajero del mismo vagón que en lugar de hacerse el distraído se sintió un héroe y lo tiró contra el suelo inmovilizándolo con una palanca muscular contra el cuello, con toda la solvencia técnica de un exmarine vigoroso de veinticuatro años. Como Neely se resistía y pataleaba, enseguida se unieron unos cuantos voluntarios a la hazaña. Cuando el tren se detuvo, Neely tenía la boca abierta y los ojos en blanco. Quizás no le dio tiempo a comprender que la invisibilidad de fantasma y de náufrago contra la que quiso alzar la voz era también su único refugio.

jueves, 27 de abril de 2023

"POR QUÉ LA PRESENCIA (FÍSICA) SEGUIRÁ SIENDO NECESARIA. Un artículo de José R. Ubieto publicado en elDiario.es el 8 de abril de 2023

La fantasía de la virtualidad es eliminar el misterio y la sorpresa prometiendo un espacio seguro e incontaminado mientras que apostar por preservar la presencia, por el contrario, es confiar en que los encuentros y la conversación que los vehicula permitan dar un lugar a cada soledad sin aislarse en esas burbujas de odio

Un grupo de estudiantes universitarios, participantes en un estudio promovido por las Universidades de Harvard y Virginia (EEUU), reciben la consigna de permanecer solos, sentados delante de una mesa en la que únicamente hay un botón. Si no aguantan los 15 minutos que dura el experimento, pueden apretarlo y recibirán una descarga eléctrica -que ya conocen- muy desagradable.

El 67% de los hombres y el 25% de las mujeres eligieron aplicarse la descarga a pesar que previamente habían dicho que “pagarían” por evitar ese shock. Los autores de la investigación concluyen que ese porcentaje que prefiere el sufrimiento al aburrimiento elige administrarse una descarga eléctrica antes que quedarse solo con sus pensamientos. La mayoría de la gente prefiere, a juzgar por este experimento, hacer algo en lugar de nada, incluso si ese algo es negativo.

Quedarse solos con sus pensamientos, especialmente en la adolescencia y primera juventud, no siempre resulta fácil ni agradable. Muchos y muchas se angustian y terminan cortándose, consumiendo drogas, dándose atracones antes de vomitar o simplemente huyendo de la habitación a algún mundo virtual o a la calle con los amigos. Una realidad que ha aumentado mucho a raíz de la pandemia.

Prefieren prestar atención a esos estímulos externos que a los más íntimos que se les revelan inquietantes por lo que tienen, en ocasiones, de incomprensible, de sinsentido o de desagrado por la comparativa que hacen con otras vidas paralelas de su entorno. La atención deviene (es su origen etimológico) en tensión interna y en la evasión a cualquier metaverso, una solución pasajera.

Distraerse con los gadgets puede ser un modo de conectarse a otro mundo percibido como menos hostil. La paradoja es que a más conexiones virtuales (que son, al tiempo, desconexiones de lo más real de sí mismo) más se reactiva el sentimiento de soledad y angustia, una vez pasado el efecto de euforia inicial.

Una paciente joven me explica que puede estar buena parte de la noche atrapada y concentrada en un scroll infinito deslizando sus dedos en Instagram o Tik Tok, antes de irse a YouTube para continuar el atracón. No es nada inusual: muchos otros lo hacen hasta que se hartan y les viene la náusea del vacío en el que se quedan, muy parecida al desasosiego que los llevó hasta allí.

Son los nuevos desatentos, los más precoces diagnosticados -con frecuencia- de hiperactivos. Legiones de sujetos que tienen una relación con el tiempo y la espera propia de la nueva realidad híbrida y figital (física + digital) en la que habitan. Una realidad en la que la atención (la nuestra) se ha convertido en un negocio y todos somos mineros voluntariosos de esa épica tecnológica.

Como señala Amador Fernández-Savater, en su reciente libro 'El eclipse de la atención' (NED, 2023), nunca estamos a lo que estamos porque siempre estamos más allá. Como en el nuevo nombre de Facebook, Meta.

El éxito de esta propuesta neoliberal no sólo radica en la eficacia de su marketing y sus algoritmos, sino sobre todo en la necesidad humana de evitar el dolor, aumentar la potencia y controlar las constantes vitales. La servidumbre que nos genera la aceptamos con gusto por sus beneficios secundarios: invertimos nuestro tiempo y dinero en gadgets inteligentes y conexiones non stop con la ilusión que esos mundos virtuales gobernados por inteligencias artificiales nos protejan de aquello que el psicoanalista Jacques Lacan llamaba lo real: lo que siempre vuelve al mismo lugar porque no se puede virtualizar.

La angustia, afecto presente hoy en muchas de las consultas, toma formas diversas (autolesiones, suicidios, cuadros depresivos) y es un índice de ese 'real' para el que no existe ningún gemelo digital que pueda velarlo. Lo mismo ocurre con otras manifestaciones ‘reales’ como las amenazas climáticas, los desastres naturales, las guerras y las violencias de todo tipo (de género, xenofobia…), que no tienen inmersión posible en ningún metaverso. Seguirán allí cuando despertemos.

Por eso, conviene recuperar la atención -secuestrada por la llamada economía de la atención en su afán por monetizarla- y vincularla a la presencia física, sin renunciar por ello al uso de lo digital como complemento. Una conexión es un modo de interacción muy de acorde a la época: inmediata y -muchas veces- superficial y efímera.

Un vínculo, en cambio, implica un compromiso, algo que nos liga al otro, sea en las relaciones amorosas, profesionales o sociales. Requiere, por tanto, un tiempo y supone una verdadera confrontación con la alteridad, con aquello del otro que no se reduce a su imagen o su voz proyectadas en una pantalla. El vínculo sólo se genera a través de experiencias reales que comprometen al cuerpo, no sustituible por su avatar.

Los datos recientes de ideas y actitudes misóginas y racistas en un 20% de los adolescentes y jóvenes españoles indican que sólo en el encuentro real y físico con la alteridad (mujer, inmigrante) será posible alojar eso extranjero que cada uno de nosotros rechazamos a pesar de ser tan íntimo: la fragilidad, la pobreza, el miedo, la diferencia.

Lo rechazamos proyectándolo en el otro como si no fuera con nosotros. Realizamos así una operación de exclusión interna: segregar de nosotros mismos lo que no nos gusta e imputárselo al otro que, en su condición extranjera, es designado como portador de la peste, tan familiar, sin embargo, y de la que no queremos saber nada.

Esta lógica segregativa encuentra un soporte eficaz en lo virtual -de allí el interés creciente de los populismos xenófobos en las redes sociales- porque al estandarizar a los sujetos (homogeneización de perfiles) borra lo singular de cada uno. Todo el mundo está en su mundo y en lo virtual las burbujas de odio -que reúnen a personas muy diversas pero unidas en su ‘odio al otro’- son ya un refugio y una base de operaciones que fragmenta el nosotros y deteriora la convivencia social.

La presencia siempre incluye el misterio puesto que hay algo del otro presente que no podemos saber ni controlar. Por eso, nos resulta inquietante compartir el reducido espacio de un ascensor con un extraño o que alguien nos sostenga la mirada en un transporte público. La fantasía de la virtualidad es eliminar el misterio y la sorpresa prometiendo un espacio seguro e incontaminado.

Apostar por preservar la presencia, por el contrario, es confiar en que los encuentros -y la conversación que los vehicula- permitan dar un lugar a cada soledad sin aislarse en esas burbujas de odio. Que esas soledades juntas se contaminen, generen proyectos y lazos colectivos diversos a partir del deseo y la presencia atenta.

miércoles, 25 de enero de 2023

"MIRAR DE NUEVO A LA VEJEZ: EL PRESTIGIO FRENTE AL CUERPO". Un artículo de Pedro Vázquez, director técnico de la Fundación Doña María (Sevilla), publicado en Ethic el 15 de junio de 2021

La discriminación por motivos de edad es un problema mundial de salud –física y mental– que puede ser combatido si, como sociedad, pasamos de entender la vejez como un lastre para convertirla en una oportunidad a través de la conversación intergeneracional, la legislación y la educación.

«La edad es algo que no importa, a menos que usted sea un queso». Esta maravillosa frase de Luis Buñuel queda muy lejos de ser cierta en nuestros días. Y es que tal como señala el Informe Mundial sobre el Edadismo presentado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en marzo de este año, la discriminación por motivos de edad es un problema mundial que provoca problemas de salud física y mental, aislamiento social, fallecimientos tempranos y que cuesta a las economías miles de millones de dólares. Según el documento, una de cada dos personas en el mundo discrimina por motivos de edad, convirtiendo al edadismo en un problema incluso más común que el racismo o el sexismo.

El edadismo se refiere a cómo pensamos, sentimos y actuamos hacía otras personas o hacía nosotros mismos por motivos de edad, y en muchas ocasiones se traduce en estereotipos, prejuicios y discriminación (sobre todo) hacía las personas mayores. Una discriminación que se manifiesta de forma muy llamativa en los casos de maltrato, pero que se traduce igualmente en actos cotidianos, como invisibilizar o infantilizar a las personas mayores, ponerles trabas para decidir por sí mismos, obstaculizar su acceso a un determinado tratamiento médico o a una cama de hospital. También hace referencia a las grandes dificultades para encontrar un empleo a partir de una determinada edad (incluso una vez superada la barrera de los 45-50 años). Esto contribuye directamente al aislamiento social y a la soledad no deseada. Una soledad que, como están demostrando múltiples investigaciones, se está transformando en una epidemia silenciosa de efectos devastadores. CONTINUAR LEYENDO

martes, 27 de diciembre de 2022

"LOS LARGOS DÍAS DE LAS MAYORES QUE VIVEN SOLAS". “Me levanto y tengo miedo, ¿por qué estoy así?”. Un artículo de Víctor Honorato publicado en elDiario.es el 24 de diciembre de 2022

Tres mujeres relatan a elDiario.es cómo afrontan su día a día en soledad en Madrid. Las visitas de voluntarios son fundamentales para aliviar la angustia del aislamiento

Casi todas las mañanas, al despertar en su pequeño piso del barrio madrileño de Chamberí, Concha Lucas, de 91 años, experimenta una angustia difusa. “Me levanto y siento que me enfrento con otro día más. Tengo miedo, me pongo nerviosa. Me hago una tila y me pregunto: ¿Por qué estoy así?” Concha sabe que no pasa nada, que su casa está en orden, que su hijo, que vive en una residencia para discapacitados, está cuidado. Pero la perspectiva de otra jornada a solas consigo misma, con sus pensamientos, con sus recuerdos, la atenaza. Concha vive sola, como solos viven cada vez más mayores en España, donde casi uno de cada cinco habitantes, el 20%, tiene más de 65 años. En 2050 la tasa llegará al 30%, según las últimas proyecciones del INE, que calcula que el porcentaje de hogares unipersonales alcanzará un porcentaje similar en 2037.

Vivir solo, o sola, en el caso de los tres testimonios de mujeres mayores que han participado en este reportaje, no es sinónimo automático de soledad; se trata de una sensación subjetiva, que ni siquiera es exclusiva de los mayores: un estudio del Ayuntamiento de Madrid de 2020 señalaba que la sensación afecta sin diferencias significativas a todos los tramos de edad, aunque es sensiblemente mayor entre las mujeres. Pero con los años, la sensación de aislamiento se ve acrecentada por los problemas de salud o de movilidad, o la desaparición o debilitamiento de las redes familiares. Los programas de ONG como Solidarios para el Desarrollo o Grandes Amigos, en los que voluntarios se brindan a acompañar durante unas horas a personas que buscan ayuda, suponen un respiro en la monotonía de los días iguales, unas horas de conversación cercana que atenúan el aislamiento. CONTIUAR LEYENDO

miércoles, 20 de abril de 2022

"SOLEDAD". Elía Barceló, elDiario.es, 18/04/2022

Resulta curioso que luego nos extrañe habernos quedado solos, cuando hemos ido rompiendo los vínculos con la familia, o con amigos porque alguna que otra vez quieren algo de nosotros

El febrero pasado el gobierno de Japón decidió crear un Ministerio de la Soledad, ya que la cifra de suicidios había aumentado en 750 anuales. En 2020 fueron 21.000 las personas que se quitaron la vida, muchos de ellos jóvenes, y también muchas mujeres. Al parecer la principal causa de esos suicidios fue la soledad, obviamente la “soledad no deseada”, como se la llama ahora en un alarde de falta de imaginación.

El problema de la soledad, por desgracia, no es exclusivamente japonés. Ya en 2018 en el Reino Unido se creó una Secretaría de Estado de la Soledad, después de que las encuestas dejaran claro que cientos de miles de británicos pasaban hasta cuatro semanas sin hablar con nadie y esa soledad redundaba en depresiones y, en último término, suicidios.

En España tenemos la sensación de que la cosa no es tan grave, a pesar de los 3.941 suicidios que se registraron en 2020, porque en nuestra sociedad es normal pegar la hebra con unos y con otros en cuanto salimos de casa para desayunar en un bar o ver un partido de fútbol en compañía o mientras esperamos a que nos atiendan en un centro de salud. Sin embargo, aunque siempre resulta agradable cruzar un par de palabras con cualquier desconocido simpático, no soluciona el problema de no tener a quien contarle nuestras penas y preocupaciones, ni tener con quien compartir nuestros éxitos y alegrías.

También es muy doloroso levantarse y acostarse sin haber cogido a alguien de la mano, sin haber dado o recibido un beso, sin que nadie nos rasque ese punto en la espalda que tanto nos cuesta alcanzar, sin que nadie nos diga lo estupendo que nos ha salido el arroz, o nos lleve la contraria o nos regale una flor o nos tome un poco el pelo o nos diga que no hay que preocuparse, que todo se arreglará, y nos pase la mano por la mejilla y nos abrace.

¡Es tan importante que nos abracen! ¡Es tan importante tener a quien abrazar!

Cada vez hay más personas que viven solas, sobre todo mujeres, y, aunque en algunos casos es una soledad elegida, en la mayor parte de ellos se trata de una soledad impuesta por las circunstancias. Unas se han quedado viudas, otras se han separado de sus parejas porque la convivencia ya no era soportable, otras no han encontrado a nadie con quien pudieran imaginarse compartiendo su vida. Muchas de ellas han alcanzado una edad en la que ya hasta sus amigas de siempre han ido muriendo y su salud se ha deteriorado tanto que ya no pueden salir y relacionarse.

Suele decirse que los hombres sufren menos de soledad porque, en general, siempre encuentran a alguien con quien casarse, pero también hay hombres que están solos porque no quieren casarse con quien sea, simplemente para tener compañía, hombres sensibles e inteligentes, de todas las edades, que no ven a una mujer como alguien con quien meterse en la cama o una cocinera sin sueldo.

Mientras todas esas personas pueden aún valerse, al menos suelen tener un círculo de amistades con las que viajar, ir al cine, salir de paseo o tomar un café. Muchas tienen también hijos y nietos que van a verlas regularmente, las ayudan a resolver los problemas cotidianos y las mantienen al día del desarrollo del mundo. Pero en cuanto esas personas, tanto hombres como mujeres, llegan a una edad en la que ya no pueden hacer una vida social plena, o se retiran -más o menos voluntariamente- a una residencia de ancianos, la situación se vuelve trágica. Según las estadísticas, el 27% de los habitantes de este tipo de residencias, no reciben nunca la visita de un familiar o un amigo. Su contacto social se reduce a las personas que trabajan allí y que, por mucho empeño que pongan, no pueden sustituir a las relaciones emocionales que se tienen con hijos o amigos íntimos.

Sin embargo, la soledad no es únicamente un problema de viejos y ancianos. Tenemos una increíble cantidad de preadolescentes, adolescentes y jóvenes que se sienten solos hasta el punto de intentar suicidarse y algunas veces conseguirlo. Cada vez hay menos relaciones reales, cara a cara, y más relaciones virtuales. Además, muchas ni siquiera por videoconferencia, donde al menos una puede ver a su interlocutor, sino por escrito o por medio de avatares que representan a quien habla (o lucha, o interactúa del modo que sea), pero no nos permiten saber qué aspecto tiene en el mundo real.

La soledad nos está devorando y va a ser muy difícil conseguir ponerle coto porque, aunque decimos que nos gustaría estar acompañados, el desarrollo psico-social contemporáneo también nos ha entrenado a querernos y mimarnos tanto a nosotros mismos que todo lo que no sea hacer exactamente lo que nos apetece y cuando nos apetece nos parece una constricción insoportable. Mientras somos jóvenes y mandamos sobre nuestra vida y nuestras decisiones (es decir, ni menores de edad ni ancianos) no queremos plegarnos a otras voluntades, ni llegar a acuerdos con otras personas porque no queremos renunciar a nuestros propios deseos, porque nos han enseñado (en las últimas dos o tres décadas) a que nadie tiene por qué ceder en nada. Yo llevo tiempo leyendo la sección de consultorio de varias revistas de distintos países y los consejos siempre son “tú eres lo más importante”, “mímate”, “quiérete mucho”, “no tienes por qué ir a comer a casa de tus suegros los domingos si no te apetece; no es deber tuyo sino, en todo caso, de tu pareja”, “los hermanos lo son por casualidad; si no quieres relacionarte con ellos, tienes todo el derecho de no hacerlo”, “las vacaciones son para disfrutar. Si tu pareja quiere ir a un sitio y tú a otro, no hace falta que vayáis juntos. Luego tendréis mucho más que contaros si viajáis por separado.” Cosas así.

Resulta curioso que luego nos extrañe habernos quedado solos, cuando hemos ido rompiendo los vínculos con la familia, o con amigos porque alguna que otra vez quieren algo de nosotros; cuando hemos decidido voluntariamente no tener hijos porque “te destrozan la vida con sus exigencias de tiempo, dinero y energía” (no me refiero aquí a las personas que han tenido problemas de salud o que, por cuestiones económicas no pueden permitirse tenerlos, o por cuestiones éticas han decidido no hacerlo. De esto hablaré en otra ocasión), cuando, por miedo, no se sabe bien a qué, no hemos aceptado comprometernos con alguien para lo bueno y para lo malo. Sé que suena reduccionista, que hay muchos más casos, y causas y orígenes para esta terrible soledad que se va extendiendo por nuestras sociedades modernas y que hace que aumente el riesgo de enfermedades cardiovasculares casi en un 30% y que se doble el riesgo de contraer Alzheimer. Estas líneas no tienen más pretensión que encender una pequeña linterna y dirigirla hacia un problema que afecta a muchos de nosotros y que cada vez afecta a más.

No puedo dar soluciones, por desgracia, pero sí quiero sugerir que seamos más amables unos con otros, que estemos más dispuestos a transigir, que no nos olvidemos de que los niños y los jóvenes necesitan contacto humano, no solo virtual, igual que los mayores; que los ancianos necesitan también que los abracen y tener alguien a quien contarle sus angustias, que las personas que viven solas, por muy bien que estén, pueden llegar a sentir que la soledad es una losa que los aplasta cada vez que se van solas a la cama y se levantan solas y desayunan solas. Me atrevo a sugerir que nos abracemos más, que nos toquemos más (y no hablo de sexo), que charlemos más con conocidos y desconocidos, que volvamos a relacionarnos con personas de varias generaciones, no solo de la nuestra. Así es como en el pasado conseguimos progresar y desarrollarnos como sociedades, hasta el momento presente en el que, cuando hay una familia de cuatro en una mesa, cada uno está concentrado en su móvil, envidiando lo que ve a través de la pantalla, sin valorar lo que podría tener allí mismo, al alcance de la mano.

"HIPÓCRITA HOMENAJE A LA VIRTUD". Aldo Conway, elDiario.es

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