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miércoles, 23 de septiembre de 2026

"FIEBRE, ARREBATO Y NÉMESIS". Irene Vallejo, El País

FERNANDO VICENTE
Cuando cotizan al alza el narcisismo y la arrogancia, se dispara la inflación de odio al diferente y al desamparado

¿Te crees muy lista? Fui una niña parlanchina, preguntona y respondona, reñida con el argumento de autoridad. Por eso, supongo, me acusaron tantas veces de sabelotodo. Tal vez lo fuera, pero con el paso de los años he descubierto que esa vanidad abunda por doquier. Según repetidas encuestas, prácticamente todos nos consideramos más atractivos, inteligentes, simpáticos y honrados que la mediana poblacional, lo que es estadísticamente imposible. Nadie se identifica con el individuo promedio, mucho menos por debajo. Con elegancia irónica y socarrona, estos resultados prueban que, por defecto, tendemos a sobreestimarnos. No somos árbitros fiables de los méritos propios.

Esa superioridad ilusoria suele justificarse con razones estrafalarias. El supremacismo blanco, por ejemplo, exalta una mutación que decoloró a los migrantes en su adaptación al norte. Los grupos de homo sapiens que partieron de África hacia otros continentes tenían la piel oscura, escudo natural ante el sol abrasador de su tierra. En latitudes frías y menos soleadas, una piel clara absorbía más luz y ayudaba a fabricar vitamina D, evitando el raquitismo y los huesos blandos. No se extendió por ser más bella, signo de elegidos o destino manifiesto. Fue un cambio, en origen azaroso, que se expandió gradualmente y con variadas gamas, porque resultaba útil para sobrevivir en otros climas: ventaja aquí, desventaja allá. Parece extravagante entonar hoy odas entusiastas a la despigmentación; con la misma lógica, podríamos considerar a la gente canosa como la cúspide de la especie.

El racismo es, en términos históricos, un fenómeno reciente: la clasificación en razas —y no en pueblos— cundió entre la población solo en época moderna. Según la antigua mitología, los dioses griegos amaban y visitaban con frecuencia el pueblo etíope en su reino del sur. Odiseo afirma, trenzando hexámetros homéricos, que nunca vio un hombre más hermoso y gallardo que Memnón. Este héroe negro, adversario de Aquiles, protagonizó una epopeya del ciclo de Troya, la Etiópida, hoy reducida a fragmentos. Siglos después, el historiador Heródoto aseveró que los etíopes eran los más altos y apuestos del mundo. En aquel país de resonancias legendarias situó la fuente de la juventud.

En nuestro imaginario colectivo sigue vigente la idea de que las razas conllevan diferencias decisivas. Sin embargo, los científicos no han encontrado genes que permitan agrupar a las personas en categorías raciales coherentes. Ante el solapamiento de rasgos independientes entre sí, como el tono de la piel, el color de ojos y la textura del cabello, el concepto de raza se ha resquebrajado, y en la investigación contemporánea carece de validez biológica. Además, los análisis de ADN han demostrado que la diferencia genética entre dos individuos cualesquiera representa menos del uno por ciento. Los humanos somos mucho más parecidos entre nosotros que la mayoría de mamíferos dentro de su especie. La nuestra es una combinación asombrosamente rara: los animales más extendidos por el planeta y, a la vez, los más cohesionados genéticamente. La expresión “nuestros semejantes” es literal: tan idénticos somos que necesitamos inventar diferencias insalvables.

Los ronroneos de la vanidad acariciada dan gusto, es cierto. Pero creerse mejor que los demás conlleva riesgos. Las más poderosas dinastías y monarquías, proclamándose únicas, diferentes e intocables, han practicado a lo largo de los siglos la endogamia. La condición de elegidos y la sangre azul no debían contaminarse. Así, por cierto, los bienes quedaban en familia. Sin embargo, los matrimonios dentro de poblaciones cerradas incrementan las enfermedades hereditarias de la descendencia. El dorado y célebre faraón niño Tutankamón accedió al trono con once años. En su estirpe era habitual el matrimonio entre familiares, los preferidos de los dioses. Frente al despliegue hipnótico de lujos en su tumba, fácilmente olvidamos que murió enfermo con diecinueve años. Entre los sarcófagos de oro macizo, las joyas, los carros de combate y el esplendor de su ajuar funerario, en un ángulo oscuro reposan los bastones del adolescente frágil, que sufría varios síndromes, una enfermedad ósea y una malformación en el pie. Junto a sus propiedades y riquezas, junto a sus ínfulas exclusivas, la gota, la sífilis, el prognatismo o la hemofilia han formado parte de las herencias imperiales.

Como explicó el teórico ruso Mijaíl Bajtín, la risa es nuestro mejor instrumento para poner música —y carcajadas— al absurdo de la desigualdad. Por eso, adoro esos momentos juguetones en que los héroes arrogantes reconocen su pertenencia a la familia numerosa del despropósito humano. En Grecia circuló la epopeya humorística Margites, atribuida al mismísimo Homero, una parodia de la Ilíada y la Odisea. Gracias a menciones de otros autores, sabemos que el tal Margites era torpe y solía fracasar en sus quehaceres épicos. De ese famoso personaje, escribió Aristóteles, procede la estrambótica genealogía de la comedia. Es sintomático que el poema se perdiera. Pero Margites no fue el único en asumir su ridiculez. Cuenta la leyenda que, en cierta ocasión, mientras Heracles dormía a la orilla de un sendero, dos gemelos salteadores de caminos le birlaron las armas. Heracles los capturó y, como castigo, los ató cabeza abajo a un palo que cargó a hombros, como quien acarrea cubos de agua a la espalda con un madero. Los hermanos rompieron a reír porque así colgados tenían ante los ojos el trasero de Heracles, peludo y feísimo. Heracles preguntó por su jolgorio y, cuando supo de la desairada espesura de sus nalgas, le pareció tan cómico que entre risotadas dejó ir a sus deslenguados prisioneros.

Los griegos llamaban hybris a la locura que se desata cuando alguien, enfebrecido por el poder, sufre un arrebato de arrogancia; cuando ejerce intimidación y violencia sobre los demás, quebrantando las leyes humanas y divinas. El individuo infatuado y que cree merecerlo todo —pensaban— rompe los equilibrios universales que rigen el mundo. En una espiral sin retorno, el soberbio era poseído por la ofuscación y las ideas necias, y después Némesis —diosa de la justicia distributiva, la solidaridad y la venganza— le aplicaba el castigo destinado a quienes ultrajan a los demás. Némesis era una antigua divinidad, la santa patrona de la colaboración y la indignación, encargada de suprimir la desmesura. Su nombre viene de némein, “dar a cada cual lo que corresponde, repartir”. Cuando un hombre se jactaba de sus riquezas sin aliviar la pobreza del prójimo, Némesis intervenía para reprenderlo. Arrastró al rey Creso, ufano de sus lujos, convencido de su grandeza y demasiado seguro de la victoria, a una expedición contra los persas en el actual Irán, donde sufriría un trágico descalabro.

Contra esta antigua sabiduría, la nueva consigna social en las redes y la autoayuda nos impulsa a convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos, a “maximizarnos” –según la jerga de moda– en una pendiente que se desliza fácilmente hacia el sentimiento de superioridad hacia quienes carecen de dinero, hogar, tiempo, disciplina o un cuerpo cincelado. Y así nosotros, criaturas que nacemos frágiles y permanecemos más tiempo que ninguna otra en el desvalimiento, vamos olvidando nuestras limitaciones, el valor de la colaboración, la necesidad de los otros. Tal vez por eso, cuando cotizan al alza el narcisismo y la arrogancia, se dispara la inflación de odio al diferente y al desamparado. Némesis, experta en bajarnos los humos, susurra que sentirnos mejores que otros es solo una ilusión, un error que nos arrastra al horror.

jueves, 27 de agosto de 2026

"BESOS". Santiago Alba Rico, elDiario.es

El narcisismo de nuestro tiempo no es una neurosis sino una atmósfera y un contexto. Todos somos youtubers aspiracionales, influencers en ciernes. En este globo narcisista un beso es como una bofetada a nuestro ego. Un choque con la realidad

Leo en las páginas de este diario una noticia preocupante. No sé hasta qué punto los testimonios e informaciones que recoge permiten llegar a conclusiones tajantes, pero creo que a través de ellas tomamos conciencia de un cambio que ya intuíamos. En medio de enormes mutaciones antropológicas (Internet, ocio proletarizado, IA) esta puede parecer trivial. En medio de grandes fracturas civilizacionales (guerras, cambio climático, autoritarismos) esta puede parecer incluso frívola. A mi juicio no lo es. Todo lo contrario: ahí se catalizan en forma corporal todas las demás, al igual que en un gesto de las cejas se revela y reproduce el código genético de una familia.

Me refiero al retroceso de los besos, al hecho de que los jóvenes hoy no solo beben, fuman y follan menos. También se besan menos. Bien porque son más indiferentes al sexo en general, bien por temor a meter la pata, bien porque les repugna tanta proximidad física, bien porque la nueva intimidad está asociada a intercambios digitales, lo cierto es que el beso apasionado, romántico, con lengua, ha dejado paso a otro tipo de “conexiones”. ¿Qué se me ha perdido en los labios de mi novio?, parecen preguntarse, impertérritos, muchos jóvenes que, según su propio testimonio, ven menos comprometido un polvo que un beso o no ven interés en ninguno de los dos. “¿Estamos ante la muerte del beso?”, se pregunta el artículo recordando que incluso en la pornografía —y en las películas de ficción— los besos son cada vez más raros.

¿Qué se me ha perdido en los labios de mi novio que busco con tanto ahínco, con tanto tesón, con tanta saliva?, nos preguntábamos, en cambio, hasta hace muy poco tiempo. Conviene sin duda no extrapolar a todas las épocas y todos los humanos los usos y costumbres de nuestra juventud, como si fueran universales. Pero el relativismo tiene sus límites. La humanidad, desde que lo es, se ha besado siempre. De hecho me atrevería a decir que la humanidad nace con los besos y que el beso es el gran descubrimiento —junto al fuego, la rueda y la canasta— que funda nuestra existencia como especie. En ese volverse las caras y buscarse las bocas se franquea el paso desde la sexualidad biológica a la sexualidad erótica y al amor mismo. El beso es el “lugar” donde se cita, se resume, se pacifica y se excita la contradicción fundamental, según evoca Simone Weil: el conflicto irresoluble entre mirar y comer. ¿Nos miramos o nos comemos? Nos besamos. Solo una fractura muy grave puede explicar este distanciamiento de milenios de civilización erótica. De civilización a secas.

Incluso cuando no había dentistas ni dentífricos ni higiene bucal, la gente se besaba. En el siglo I a. de C., el romano Catulo pedía a su amada Lesbia, en un poema famoso, tantos besos como granos de arena contiene el desierto de Libia; y en el siglo XIII de nuestra era Paolo y Francesca, según cuenta Dante, unieron sus labios por encima del libro que leían al unísono; y en el XVI, Francisco de Aldana, en uno de los mejores sonetos en lengua castellana, describe a los amantes “con lenguas, brazos, pies y encadenados” y “con los labios de chupar cansados”; y un poco más tarde Marco Antonio y Cleopatra, en la versión de Shakespeare, están dispuestos a renunciar a reinos y batallas gloriosas con tal de poder unir una vez más sus bocas: “todo el sentido de la vida reside en este beso”. Cabe pensar, y debemos reivindicar, el sexo sin amor, pero personalmente me resulta imposible concebir el amor sin sexo: el amor incorpóreo: el amor estrictamente “espiritual”. No entiendo un amor sin besos. Pensemos, por lo demás, en los besos salvíficos o transformadores de los cuentos de hadas: el de Blancanieves o el de la Bella Durmiente o esos otros de bestias encantadas y liberadas por un beso. Todos somos de alguna manera ranas convertidas en príncipes por un beso inesperado o inmerecido. El que no besa, el que no es besado, se muere para siempre. Solo los besos que nos damos nos vuelven momentáneamente buenos.

¿Qué puede estar pasando? El artículo apunta de manera errática dos factores a mi juicio entrelazados: el miedo y el desinterés, fatalmente unidos en el regazo de la sociabilidad digital. Un beso implica leer de cerca el calor, el brillo, el sonido de otro cuerpo, con el riesgo de equivocarse, ser rechazado, sufrir un desencanto; con el riesgo también de transformarse. Los cuerpos dan pereza y dan miedo. Las redes, en cambio, no dan pereza ni dan miedo. Allí podemos encontrar una comunidad no carnal (pero no “espiritual”) y una intensidad inmediata y sin riesgos. Hay una relación directamente proporcional, creo, entre el exhibicionismo digital y el nuevo puritanismo sexual. Nos desnudamos tanto más en Instagram cuanto más nos protegemos en las playas, en las plazas y en las camas.

¿Y por qué ese desinterés? ¿Qué puede interesarnos más que un beso? ¿Quizás Dios, como en la Edad Media? No, uno mismo. Parafraseando a Walter Benjamin, podríamos decir que el ego en la época de su reproductibilidad tecnológica (y comercial) ve en cada cuerpo real un límite, un obstáculo, un freno a la expansión de su yo. El narcisismo de nuestro tiempo no es una neurosis sino una atmósfera y un contexto. Todos somos youtubers aspiracionales, influencers en ciernes. En este globo narcisista un beso es como una bofetada a nuestro ego. Un choque con la realidad. De pronto los límites de nuestro yo no son ya los límites del mundo. Mientras besamos existimos más en el otro que en nosotros mismos.

El miedo y el desinterés, en todo caso, no son la decisión equivocada de nuestros jóvenes ni la reacción beata a una ola anterior de “libertinaje”. Son el zeitgeist de nuestra época tecnologizada y capitalista. Es imposible no poner en relación, en efecto, este retroceso del beso con la creciente colonización de las emociones humanas por parte de la IA. En China, leíamos hace poco, el Estado ha prohibido por ley las relaciones entre los ciudadanos y los chats algorítmicos, que habían empezado a generalizarse de manera inquietante, en detrimento de los vínculos entre cuerpos humanos (y del crecimiento demográfico). ¿Qué ofrece una IA que no ofrezca un amigo o un amante? Fidelidad, respuesta garantizada, apoyo incondicional, paciencia y comprensión sin límites. A todo eso renunciamos cuando besamos a un desconocido, del que nunca sabemos qué podemos esperar y que en la puntita de la lengua nos comunica deseo, ambigüedad, inseguridad y quizás traición.

La IA puede hacerlo todo mejor que nosotros, salvo morirse y besar. Dos buenos motivos, piensa mucha gente, para encerrarse de manera narcisista en el algoritmo. Dos buenos motivos, me parece a mí, para dejar la IA y salir a la intemperie. Donde la lengua del otro (la bucal y la verbal) nos puede poner en peligro de estar vivos.

martes, 30 de junio de 2026

"TRAFICANTES DE HALAGOS". Irene Vallejo, El País

FERNANDO VICENTE
La mejor manera de impedir que los narcisistas tomen el poder es abordar las amenazas que inquietan a los ciudadanos

En los hipnóticos escaparates de las redes sociales, la influencia se puede comprar. Existen empresas que ofrecen admiración de alquiler: seguidores, comentarios entusiastas, adhesiones apasionadas, elogios en serie —aunque no en serio—. La reputación tiene un precio, y la alabanza amañada catapulta a quien paga. Después de todo, la palabra fama proviene del verbo latino fari —hablar—, ya que famoso es quien está en boca de todos. Curiosamente, de la misma raíz deriva fábula: la celebridad tiene algo de cuento. Siguiendo el hilo y la melodía lingüística, fanfarrón, del árabe hispano farfar, significa “inestable, volátil, charlatán”. En esta feria de las banalidades, la vanidad digital cultiva el truco y trato.

La compra de ovaciones tiene precedentes antiguos. El historiador romano Suetonio cuenta en sus crónicas que Nerón amaba la música y, aun siendo su voz débil y ronca, insistía en dar recitales. Pagó sumas exorbitantes para que 5.000 jóvenes reclutados aplaudieran sus lamentables interpretaciones. Esta argucia serviría como inspiración a las claques europeas. En el siglo XIX, surgieron agencias que proveían a los teatros y autores de aduladores, un mecanismo que derivaría con el tiempo en las risas enlatadas de la televisión. El principio es el mismo: escenificar el éxito ayuda a triunfar. Tener público, aunque sea ficticio, genera publicidad. Ahí nacen las campañas dopadas y la demoscopia fantasiosa. Como intuyó Nerón, pionero de la mercadotecnia, es posible conseguir poder verdadero a través de la fama falsa.

Esta es una lógica que encumbra, cada vez más, a ególatras y aduladores. Las apariencias nos engañan y nos encantan; el prestigio, como su nombre indica, ama a los prestidigitadores. Desde tiempos de Nerón, una y otra vez, numerosas sociedades se han entregado, seducidas y convencidas, a fatuos arrogantes. La teoría proclama que los grandes líderes son quienes anteponen su misión a su ego, el interés público a la vanidad personal. En principio, los narcisistas son fáciles de identificar: se jactan de sí mismos, reclaman atención constante, se sienten con derecho a un trato especial y, cuando no lo obtienen, se erigen en víctimas y airean sus quejas. Pero, paradójicamente, todavía hoy, continúan hechizando y atrapando voluntades.

Un estudio sobre las elecciones estadounidenses entre los siglos XIX y XX reveló que, en tiempos de inestabilidad social, la gente deseaba un presidente que transmitiera aplomo, audacia y dominio. La abrumadora sensación de incertidumbre y ansiedad es propicia para las voces autoritarias que prometen restaurar el orden y para los ególatras embriagados de confianza y desafío. Como explica Giuliano da Empoli en su ensayo La hora de los depredadores, el caos ya no es el alma de los rebeldes, sino el sello distintivo de los poderosos. En un mundo impredecible gana el actor que se mueve con mayor decisión, de forma más agresiva, más sorprendente, el que impone su propia realidad. Serán avasalladores, pero nunca aburridos: folclóricos, extravagantes y cínicos, un espectáculo entretenido. Responsabilizarse es serio y tedioso; tiene más gracia atesorar medallas, coleccionar aplausos y atribuirse logros legendarios.

Sin embargo, sabemos que las personas con altos niveles de narcisismo son peores gobernantes. La experiencia enseña que están más dispuestas a manipular a los demás, a tomar atajos y esquivar las normas. Intentarán deshacerse de todo lo que ralentiza y limita su voluntad, ya sean los procedimientos garantistas, las leyes, los periodistas, los contrapoderes o los jueces. Se atribuyen todos los méritos mientras culpan a los demás de los fracasos. Se jactan de ser escudo frente a amenazas que ellos mismos crean y contra enemigos a los que previamente azuzaron. Consideran el liderazgo como una oportunidad que deben aprovechar; el poder es para ellos más un vicio que un servicio. El legado de estos líderes con frecuencia queda empañado por los desmanes despóticos y nepotistas, la corrupción y la hybris de decisiones desastrosas.

Intoxicados por las loas de los aduladores, estos líderes corren el riesgo de caer en la obstinación y negarse a cambiar de rumbo. En ocasiones, jaleados por sus colaboradores incondicionales, se enrocan en su torreón o se lanzan a galopar hacia temerarias decisiones y ostentaciones. En una época de constantes desahucios, el emperador Nerón, enamorado de los ornamentos dorados, se empeñó en construir una enorme mansión, la Domus Aurea, en pleno centro de Roma, con incrustaciones de oro y madreperla que destellaban bajo el sol, además de un lago artificial y una colosal estatua suya de más de 30 metros. Uno de sus predecesores, Calígula, despreciaba a los consejeros que no se plegaban a sus deseos, así que depositó toda su confianza en un caballo originario de Hispania llamado Incitatus, es decir, Impetuoso. Le regaló un establo de mármol con abrevadero de marfil, una villa amueblada y esclavos a su exclusivo servicio. El animal lucía mantas de púrpura, símbolo regio. Según averiguaciones de Suetonio, el emperador planeaba, en un gesto de sarcástico desprecio hacia las instituciones, nombrar a Incitatus cónsul, la máxima magistratura romana. Desde entonces Calígula, que eligió a un asesor capaz solo de relinchar, es el símbolo de la arrogancia política. Cuando el poder pierde los estribos, las proclamas épicas terminan por resultar patéticas.

En un ecosistema encabezado por vanidosos proliferan los aduladores y lamebotas. El filósofo griego Teofrasto, discípulo de Aristóteles, describió agudamente en Los caracteres al individuo que recurre a la lisonja para ganarse el favor de jefes y gerifaltes. Endulza sus oídos: “Fíjate como todos te miran: esto no le sucede a nadie más, solo a ti”. Le quita una mota o un pelo de la ropa mientras elogia su buen gusto y su figura. Si su alabado habla, ordena que callen los demás. Cuando termina, grita: “¡Bravo!”. En el teatro, se adelanta para mullirle los cojines. Si el patrón se burla de alguien, lo celebra a carcajadas; y, llevándose la mano a la boca, finge retorcerse de risa. En una comedia de Plauto, aparece retratado en plenitud de facultades el parásito Ganapán. Este hambriento perpetuo consigue camelar a un soldado fanfarrón para que le pague la cena, lanzándole su red de halagos: “Eres un héroe intrépido. En la India, le rompiste la pata a un elefante de un puñetazo”. “Y sin esfuerzo”, dice el militar. “Segurísimo. Si hubieras golpeado con todas tus fuerzas, tu brazo habría atravesado la panza del elefante. Bajo tus golpes perecieron un mismo día 150 soldados en Cilicia, 100 más en Sardes y 60 en Macedonia”. “¿Y eso cuánto suma?”. “7.000″. Plauto juega a la caricatura, pero nos avisa sobre el poder de los elogios para manipular y lograr favores de los vanidosos. Es el punto débil de quienes se derriten ante las alabanzas: cebado su ego —y cegada su razón—, resultan fáciles de embaucar por quien promete éxitos y mayores glorias.

La historia prueba que la mejor manera de impedir que los narcisistas tomen el poder consiste en abordar las amenazas que inquietan a la gente. Una vida más amable, tiempos serenos, mayor seguridad laboral y menor zozobra volverán a los votantes reacios a candidatos prepotentes. Adictos al caos, los ególatras pregonan su fuerza mientras dividen y debilitan la sociedad. Por el contrario, los líderes humildes, admitiendo sus fragilidades, nos robustecen. Cuidado con confundir vanidad con valía: la fanfarronería suele ser solo fanfarria.

miércoles, 11 de septiembre de 2024

"EL VERANO DEL NARCISISMO". Azahara Palomeque, EL País 25 AGO 2024

Puede que el estío y las vacaciones sean la época más ensimismada y ególatra de unas sociedades basadas en la búsqueda ilimitada de placer a través del consumismo

Contemplo maravillada las fotos de vacaciones paradisíacas que brotan en Instagram, impulsadas por un algoritmo que parece no conocerme. Retazos de sombrilla y arena sobre los que destaca una figura humana, aparentemente sola, aunque si ha revelado la ubicación probablemente la playa se encuentre atestada, y el subterfugio solitario sea obra del encuadre; piscinas artificialmente azules que riman con el cielo, enmarcadas de palmeras; cócteles exóticos a la luz de sonrisas ahuecadas, dentro de las cuales me gustaría colarme para preguntar a sus dueños cómo se sienten verdaderamente. Quizá el verano constituya la época más narcisista de unas sociedades basadas en la búsqueda ilimitada de placer, siempre insatisfecho —me digo—, el momento en que fingir felicidad es obligatorio, pues quién podría, en buena medida, no pretender algo del sueño capitalista que invita al viaje sin descubrimientos, el mero desplazamiento significante, a menudo, más por la exhibición que por la experiencia.

Era 1979, cuando Christopher Lasch publicó La cultura del narcisismo (Capitán Swing, 2023), libro que se convirtió inmediatamente en best seller en su Estados Unidos natal. De cariz profético a ojos contemporáneos, en él advierte de que la agitación política de los años sesenta daba lugar, una década después, a un ensimismamiento carente de valores susceptibles de desarrollarse a largo plazo —como la solidaridad, el civismo—, al culto a la inmediatez. Como sustitución de la protesta o la rebelión, afirma, se yergue el consumismo engarzado de ego a través del que se compra, no un objeto, sino la práctica de transformación en un sujeto alienado, quien procura con el mismo veneno que lo daña labrarse un antídoto. Estas páginas, que alertan asimismo de la disolución del futuro y la destrucción de un compromiso intergeneracional (si sólo me miro el ombligo, no existen responsabilidades frente a quienes vengan más tarde), lanzan al público reflexiones en su día populares que hoy se encuentran más o menos sepultadas: Pasolini examinó la potencia del consumo de masas para destruir culturas enraizadas en la clase social; Packard denunciaba el desperdicio resultante en un mundo de recursos escasos, y Sontag, según recuerda el propio Lasch, analizó la proliferación excesiva de imágenes hasta el punto de que esta consigue que perdamos “el sentido de la realidad”.

El narcisista-hijo del consumismo es, además, incapaz de querer a nadie profundamente, puesto que las relaciones personales sólo conforman el corrillo promotor de su ambición ganadora, y de ello se deriva una angustia vital asociada a la carencia de afectos. Esos males, podría decirse, no han parado de ampliar los estragos que causan desde que las llamadas redes sociales —que sólo entrelazan parcialmente almas aisladas frente a una pantalla— fagocitasen la atención y vapuleasen las subjetividades hasta volvernos celebrities aspiracionales, cada quien en su categoría, desde el chiringuito de Torrevieja al resort de Bali. La espectacularización de trayectorias biográficas mediadas por la cámara, así como esos likes utilizados para cuantificar la popularidad, los filtros que tornan a las personas irreconocibles cuando se las contempla en directo, durante estos días estivales cumplen, muy probablemente, la función opuesta a la atribuida a las vacaciones: pocos disfrutarán de un descanso reparador a la espera de la siguiente notificación; la “desconexión” de las fatigas laborales se efectúa conectados al móvil, y la posible vinculación a amigos y familiares contará con el muro fronterizo de la exposición digital constante. Al final, si nos mimetizamos con un anuncio de eventos optimizados y cuerpos volcados al hedonismo, poco quedará del entretejer comunal. Como exponía Lasch: “La publicidad institucionaliza la envidia y sus ansiedades concomitantes”. La publicidad, obviamente, somos también nosotros.

En un giro de guion, a veces me gustaría contemplar una reivindicación de la casa antes que loas a la aventura que ya ni siquiera puede realizarse, pues los espacios receptores de turistas han sido uniformizados y degradados a no-lugares. Alguna pista que remitiese a un mensaje similar al siguiente: “Me encuentro tranquila, el derecho a la vivienda se cumple, mis vecinos engrosan el barrio con generosidad y sentido del humor, por lo tanto, no necesito escapar a ningún sitio y la palabra ‘desconexión’ suena absurda”. A veces, me imagino que escuchamos todas esas advertencias difundidas desde hace medio siglo, el futuro no representa ninguna amenaza e invita a que cuidemos los caminos por los cuales se alcanza, y celebramos la convivencia cercana más que la bebida servida por el trabajador precario que, por supuesto, no saldrá en la foto. Significaría que las condiciones laborales dignas se han diseminado tanto, reduciéndose la jornada laboral, que marcharse a enclaves lejanos con el solo objetivo de relajarse o reposar la anatomía explotada no sería necesario, pues no estaríamos tan cansados. A veces, doy un paseo nocturno por mi ciudad, a la única hora en que la temperatura regala una tregua, me detengo sobre los carteles de los comercios cerrados, los aparcamientos libres y la ausencia de unos turistas que, cuando el calor escampe, volverán a inundarlo todo. La paz que se respira ni cabe en una instantánea ni permite que se le ponga precio.

lunes, 2 de septiembre de 2024

"LA SOCIEDAD NARCISISTA". Esther Peñas en Ethic

 Si Narciso hubiera existido hoy, en lugar de zambullirse en el agua, se hubiera golpeado contra el cristal de una pantalla. Analizamos por qué el narcisismo es uno de los rasgos dominantes en la sociedad de la imagen.

Desde la antigüedad, un mito nos previene de las letales consecuencias de contemplarse en exceso: Narciso y su mortífero amor a sí mismo. Acaso Caravaggio fue quien mejor retrató esa fascinación seductora de quien queda prendado de su propio reflejo, hasta el punto de morir ahogado y convertirse en flor. Hoy, es la mejor representación de nuestra sociedad, que ha reemplazado la vida por la imagen.

Noventa y cinco millones de fotografías se suben cada día a Instagram, según datos de la propia red. Muchas de ellas, como sucede en otras plataformas, son anécdotas que carecen de la menor importancia: «Yo, comiendo en este restaurante», «Yo, con mi mejor amiga», «Yo y mi perro», «Yo, a solas»…; el yo en mayúscula se ha convertido en una imagen fractal hueca. Si cada cosa que hacemos es lo suficientemente importante para compartirla en el ciberespacio, ninguna lo es. Pero esta sociedad nos obliga a ser empresarios de nosotros mismos, a venderse, a autopromocionarse, porque el narcisismo «es el dar a ver y hacerse mirar», como asegura la psicoanalista Constanza Mayer.

Esa imagen que proyectamos rinde culto a los gimnasios, a las sonrisas forzadas, a los tratamientos de estética, a la esclavitud de la moda, consume experiencias con ansiedad bulímica (exposiciones, películas, series, viajes, gastronomía…). El negocio de la belleza mueve en España 9.250 millones de euros, y exporta más que el vino, el calzado o el aceite de oliva. El país es el segundo expendedor mundial de perfumes y el décimo de cosméticos. El cuerpo como símbolo, como valor añadido socialmente, como envase y diseño publicitario.

En su ensayo La epidemia del narcisismo, los psicólogos norteamericanos Jean Twenge y Keith Campbell comparan el origen del narcisismo con un taburete de cuatro patas. Una, la educación permisiva en la que cada uno aprende a ocupar su lugar sin preocuparse por los demás; la segunda, la cultura de la celebración instantánea; la tercera, internet y las redes sociales, y, la última, el consumo y dinero fácil, que llevan a pensar que todos los sueños pueden hacerse realidad.

Adquiere dimensiones tan desproporcionadas que no importa nada más que uno mismo. «La auténtica tragedia de Narciso no es que se enamorase de sí mismo, sino que no ve al otro, el otro se convierte en un objeto que utiliza a su antojo, deja de verlo como a un igual, como a un ser humano», explica el psicólogo Rodolfo Acosta. Y esto tiene consecuencias terribles. «El yoísmo feroz desdeña el amor y los vínculos sociales, imposibilita establecer lazos con los otros, ya que, si nada hace falta, no en el sentido de necesidad sino de la ausencia de algo, poco lugar se deja al vínculo y al amor hacia los otros», continúa Mayer, quien avisa del riesgo: «La exaltación de un «yo fuerte» implica el riesgo de la megalomanía, como se ve en los dirigentes políticos, que son elegidos por su audacia para potenciar el individualismo a ultranza en las coordenadas de la ley de la selva, y el totalitarismo como sistema, que excluye la diferencia y la diversidad entre las personas, promoviendo la segregación». CONTINUAR LEYENDO