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domingo, 19 de abril de 2026

"POLARIZACIÓN ASIMÉTRICA". Daniel Innerarity y José Andrés Torres Mora, El País

NICOLÁS AZNÁREZ

Si la animadversión al adversario fuera equidistante, el rechazo al líder rival debería ser igual entre los votantes del PP y los del PSOE, pero no lo es

Que los políticos se enfrenten con mayor o menor dureza es algo que ha ocurrido siempre. Cuando hablamos de polarización como un fenómeno político peligroso para la convivencia nos referimos, sobre todo, a un clima social. Hablamos más de cómo actúan los electorados que de cómo actúan los líderes.

La polarización política no es solo un aumento del desacuerdo. Es algo más profundo y más inquietante: la transformación del adversario en un otro moralmente ilegítimo. Cuando la política deja de ser una disputa sobre fines, medios o prioridades y pasa a ser un juicio sobre la esencia del otro —sobre su decencia, su patriotismo, su legitimidad o incluso su humanidad—, la convivencia democrática entra en zona de riesgo.

La cuestión acerca de quién es el responsable de la polarización en España suele tener, en general, dos explicaciones. La primera atribuye la polarización exclusivamente al adversario: son “ellos” quienes crispan, quienes dividen. La segunda, algo más elegante pero no menos problemática, reparte la culpa entre todos: todos tensan, todos son responsables por igual. Esta equidistancia suele presentarse como ecuanimidad, pero a menudo es también una forma de pereza intelectual.

El mayor obstáculo para una discusión honesta sobre la responsabilidad de la polarización es la dificultad de acordar un criterio objetivo. ¿Cómo se mide? ¿Cómo se establece la responsabilidad? ¿Dónde empieza el desacuerdo legítimo y dónde la demonización? ¿Cuándo diríamos que un electorado está polarizado? Si no fijamos un criterio compartido, el debate sobre la polarización se convierte en una prolongación del propio conflicto que pretende analizar.

Si aceptamos que la polarización conlleva el odio al adversario o, cuando menos, su rechazo radical, entonces podríamos encontrar un indicador aceptable que nos permitiera poner números a nuestras intuiciones. Las opiniones sobre los líderes políticos no se construyen únicamente a partir de lo que hacen o dicen. Se construyen, en gran medida, a partir de cómo se califica lo que dicen: si se presenta como un error, como una discrepancia legítima o como una prueba de maldad moral.

El CIS pide cada mes a una muestra representativa de la sociedad española que valore, del 1 al 10, a los líderes políticos. ¿Cómo es el nivel de máximo rechazo de quienes votaron al PP en las últimas elecciones generales al presidente del Gobierno? ¿Y cómo es el nivel de máximo rechazo de los votantes socialistas al líder del PP?

Si la polarización fuera simétrica, entonces el rechazo extremo al líder rival debería ser parecido entre los votantes del PP y los del PSOE. Pues bien, lo que observamos en el barómetro de marzo del CIS es que el 67% de los votantes del PP le dan al presidente Sánchez un 1, la calificación más baja posible, mientras que el 32% de los votantes del PSOE le dan un 1 al señor Núñez Feijóo. De modo que, si la polarización de los electorados fuera simétrica, esos porcentajes deberían aproximarse; pero no lo hacen. Alguien podría argüir que la diferencia de valoración se debe a razones objetivas, y que la valoración de los líderes no está influida por la ideología de quienes los juzgan, pero lo cierto es que el porcentaje de 1 al presidente Sánchez, incluso entre los votantes del PP, crece fuertemente, cuanto más a la derecha se sitúan. Y lo mismo ocurre, aunque con mucha menos radicalidad, entre los votantes de izquierdas cuando valoran al señor Núñez Feijóo.

Mientras que una parte significativa de los votantes progresistas percibe al líder conservador como un adversario político con el que discrepa, entre los votantes conservadores predomina una visión del presidente del Gobierno como alguien moralmente inaceptable, incluso peligroso. Este clima no se genera solo a partir de los hechos, sino muy principalmente a través de los marcos interpretativos desde los que esos hechos son leídos. La polarización no es ni simétrica ni espontánea. No es irrelevante que, en ese contexto, el líder de la oposición haya hablado en varias ocasiones de encarcelar al presidente del Gobierno: no porque esas palabras sean jurídicamente viables, sino porque refuerzan la idea de que el adversario no es simplemente alguien equivocado al que mandar a la oposición, sino alguien que merece ser castigado con la cárcel. Esa lógica es profundamente corrosiva para la democracia.

Tal vez la pregunta decisiva es qué tipo de vínculo político estamos reforzando: uno basado en la afirmación de un proyecto común o uno sostenido por la negación del otro. De esa respuesta depende, en buena medida, la calidad de nuestra convivencia democrática. Lo primero es políticamente saludable: implica identificación, proyecto, expectativa. Lo segundo es negativo: se basa en el miedo, el desprecio o la hostilidad moral. Ambas dinámicas generan movilización, pero no producen el mismo tipo de democracia.

Si ambos electorados se cohesionaran por igual mediante el entusiasmo, entonces la valoración de 10 al líder propio debería ser parecida en ambos casos. Sin embargo, si atendemos al recuerdo de voto, mientras que el 24% de los votantes de Sánchez lo califican con un 9 o un 10, en el caso de Feijóo solo lo hacen el 7%. No es lo mismo: hay más entusiasmo extremo en el PSOE hacia su líder que en el PP hacia el suyo.

De todo lo anterior cabría extraer al menos tres conclusiones. La primera es que la polarización no es un hecho natural inevitable sino una estrategia cuidadosamente elaborada y en la que los actores políticos participan de diferente modo e intensidad. Unos son más polarizadores que otros y el criterio que aquí hemos empleado (el porcentaje de valoraciones mínimas, que de hecho suponen una descalificación radical del adversario) puede hacer que el debate acerca de quién polariza sea menos subjetivo (la culpa sería siempre de los otros) y menos equidistante (todos lo hacen por igual). La segunda conclusión es que la polarización es una estrategia tan tentadora cuanto menos se confía en sí mismo. Incidir en lo malo que son los otros pone de manifiesto que se confía poco en la bondad del propio proyecto. La voluntad de polarizar contra el adversario termina revelando más lo poco que se valora uno a sí mismo que la maldad del adversario. La tercera conclusión es más bien un interrogante acerca de cómo evolucionará la política en las sociedades democráticas. Hoy por hoy, la política del rechazo parece electoralmente más beneficiosa que la política en positivo. Esto es así al menos a corto plazo, pero cabe preguntarse si no hay una recompensa electoral para quien formula sus propuestas políticas sin necesidad de descalificar al adversario, si es tan atractiva y viable una política fundada exclusivamente sobre el rechazo al otro. Polarizar es una manera de infravalorar la capacidad de la gente para identificar lo mejor y suponer que su juicio político se reduce a rechazar aquello que hemos descalificado como lo peor.

domingo, 15 de diciembre de 2024

"LA DEMOLICIÓN". Josep Ramoneda, El País 6 DIC 2024

Una frustración ha llevado a gentes de renombre de derechas e izquierdas, irreconciliables en el pasado, a encontrarse frente a un enemigo común: el presidente traidor

La lucha por el poder es en blanco y negro: estás tú o me pongo yo. Y el resentimiento invade el ánimo del que no se salió con la suya. La avalancha de agresivas sobreactuaciones contra Pedro Sánchez, tanto desde un PP y su entorno que no acaban de entender por qué la presa es tan esquiva como de viejos compañeros suyos sumidos en la melancolía del poder perdido, es ya un ruido que no cesa: autócrata, totalitario, desprecia cuanto ignora, mafioso que pone las instituciones a su servicio, solo busca perpetuarse en su régimen de corrupción, dictador al servicio de antisistemas e independentistas, personaje que actúa como las grandes organizaciones gansteriles del siglo pasado, son algunas de las guindas con que le premian, dando rienda suelta a su frustración. No estoy seguro que sea la mejor estrategia contra Sánchez. Cierto es que vivimos unos tiempos —bajo el peso de la comunicación digital— en los que el ruido suma y la distinción entre verdad y mentira brilla por su ausencia. Pero tanto odio, tanto disparo a bulto, puede tener efectos contrarios a los que buscan sus adversarios.

Es fácil entender este ruido tratándose de la condición humana. La carrera de Pedro Sánchez se construyó inesperadamente: entre su aparición en escena y la captación del momento de oportunidad pasó muy poco tiempo. Y en este periodo tumbó dos poderes con mucho arraigo. La dirección del PSOE le cerró la puerta inicialmente y él, carretera y manta, se trabajó el partido, regresó y pudo con ellos, un núcleo de poder que tuvo su apogeo en el felipismo y a la hora del relevo estaba desorientado y gastado. Y Sánchez dio el golpe de gracia que le permitió empezar sin depender de ellos. Estas cosas dejan heridas. Difícilmente se perdonan.

Tampoco era de esperar la moción con la que tumbó a Mariano Rajoy aquella tarde en la que el entonces presidente prefirió refugiarse en la sobremesa, que cambió el escenario de la noche a la mañana. De modo que los hacedores de los dos grandes partidos sufrieron en poco tiempo dos revolcones de manos de quien rompió la lógica de los aparatos políticos. Y ahora contra Sánchez vale todo y hay que recurrir a las palabras mayores: totalitarismo, traición, decadencia, destrucción de la patria, para presentarle como el aprendiz de dictador que quiere cargarse el régimen a fin de perpetuarse. Esta doble frustración hace que gentes de renombre de la derecha y de la izquierda, irreconciliables en el pasado, se encuentren ahora con un enemigo común: el presidente traidor.

Y, sin embargo, lo que ha hecho este dictador ha sido, en vez de ir a la confrontación con el nacionalismo catalán, entrar en una senda de negociación que permitiera cierto reencuentro, con el nada despreciable resultado de un aterrizaje en el principio de realidad que ha puesto en evidencia los límites del independentismo y ha permitido que la política catalana entre en una fase de cierto sosiego reparador, que todas las partes necesitaban, con el presidente Salvador Illa gestionando la resaca del procés frustrado. Y, en el conjunto de España, el dirigente autoritario que resulta tan intimidante para sus enemigos, gobierna sin una mayoría absoluta, con pactos no siempre fáciles con los grupos minoritarios del nacionalismo periférico (aquellos con los que la derecha completó a menudo sus mayorías) y de las izquierdas, negociando permanentemente la estabilidad. Tarea que, sin duda, la agresividad del PP facilita. En cualquier caso, una práctica impropia de los autoritarismos que absorben, no pactan.

En este escenario, que no es una ocupación ilegal del poder, como insinúa el despliegue reaccionario de las mil caras, a la derecha le cuesta ganar terreno, aun contando con el apoyo ya no inconfesable, porque está a la vista de todos, de Vox. En buena parte por la estrategia de descalificación permanente en que Alberto Núñez Feijóo ha convertido en su modo de estar en política y que es un reconocimiento de que ve difícil alcanzar el poder por sus méritos y necesita el desgaste del adversario. Ello le está convirtiendo en un líder sin proyecto, sin alternativas que proponer, porque el balance de cada una de sus intervenciones se reduce a frases supuestamente ingeniosas de descalificación del presidente. Sé perfectamente el marco de comunicación en el que en estos tiempos de dominio digital se expresa la política. Una frase y miles de retuits valen más que una propuesta relevante. Pero liderar la oposición significa adquirir empaque como líder alternativo. Y Feijóo no sale de sus recurrentes sentencias agresivas —a menudo, insultantes— que no contribuyen precisamente al debate y a la dignificación de la política, lo que le condena a llegar a la presidencia por desgaste del adversario, no por construcción de un liderazgo propio que no se atisba. ¿Cuánto tiempo tendrá el PP la paciencia de aguantar-le? ¿O esperan a ver a Sánchez más decaído para buscar el relevo?

Ahora mismo, el problema de fondo está en las futuras alianzas. El PP no tiene otra opción que Vox, en un momento que este es el viento que corre en Europa. Y Pedro Sánchez tiene que seguir lidiando con su compleja mayoría, sin confiarse en el hecho de que ahora mismo no hay alternativa. En realidad, son el PNV y Junts los que en algún momento pueden dar el paso, pero la dependencia de Vox no ayuda. Aunque tengo pocas dudas de que el PP se incorporará a la vía del autoritarismo posdemocrático si le da la suma.

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