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lunes, 8 de junio de 2026

"RADIOGRAFÍA DE UNA ESPAÑA EN MÁXIMOS HISTÓRICOS DE ODIO". Sabela Rodríguez Álvarez, infoLibre.es

Montaje gráfico de varias manifestantes sobre una
imagen en blanco y negro de una protesta ultra

Los delitos de odio han crecido un 23,63% en un año y la violencia se hace cada vez más visible en las calles

El domingo por la tarde, un joven de Vila de Gràcia (Barcelona) "antifascista e independentista" fue apuñalado por un "fascista español de 52 años", según denuncia el grupo al que pertenecía, Eskapulats –aficionados del Club Esportiu Europa–, a través de un comunicado. El autor de los hechos fue detenido y se investiga si detrás de la agresión hubo motivos ideológicos. "Todo intento de blanquear la motivación ideológica del agresor, de mentir sobre el origen del intento de asesinato y de generar dudas sobre el contexto, nos encontrará de cara e iremos hasta donde sea necesario para preservar la verdad", sostiene el grupo.

Los delitos de odio por motivaciones ideológicas han crecido un 63,95% en el último año, siendo los terceros más frecuentes según el registro confeccionado anualmente por el Ministerio del Interior. El departamento de Fernando Grande-Marlaska ha hecho público este miércoles el Informe de Evolución de los Delitos e Incidentes de Odio, relativo a 2025. La estadística más reciente confirma el peor de los escenarios: los delitos de odio han aumentado un 23,63% en un año, alcanzando el máximo histórico. Y a la cabeza, tres categorías: el racismo, la LGTBIfobia y la violencia por motivos ideológicos.

El análisis elaborado por el Ministerio del Interior diferencia entre hechos conocidos, entendidos como el conjunto de infracciones penales y administrativas que llegan a las autoridades, y los hechos esclarecidos, que pasan a ser considerados como tal cuando la investigación avanza y arroja luz sobre los acontecimientos.

Las víctimas de este tipo de delitos son mayoritariamente hombres (62,34%), pero quienes ejercen la violencia también (78,49%). La mayoría son españoles. La violencia se expresa a través de amenazas, lesiones y humillaciones, pero también toma forma de injurias, trato degradante y coacciones. Casi siempre sucede a la vista de todos: más de un tercio de los delitos denunciados se produjo el año pasado en la vía pública.
Racismo en el corazón del sistema

El racismo y la xenofobia son las categorías más frecuentes en suelo español, en un contexto de rearme ideológico por parte de la extrema derecha y propagación de discursos que sitúan a las personas migrantes como máximo enemigo. Vox ha monopolizado esa estrategia, pero la derecha ha decidido ponerse de perfil y dar carta blanca a narrativas racistas, especialmente en lo que respecta al proceso de regularización de migrantes.

El año pasado, las autoridades tuvieron constancia de 934 delitos de odio de carácter racista, lo que supone el 42,95% del total de hechos conocidos. Son, con diferencia, los más habituales.

Silvana Cabrera, portavoz de Regularización Ya, lamenta que la violencia contra las personas migrantes haya sido tradicionalmente una realidad invisible para los ojos de la mayoría social. "Venimos denunciándolo desde hace muchos años, pero no nos tomaban en serio", asiente en conversación con este diario.

La activista enseguida pronuncia el nombre de Haitam Mejri, porque la violencia que recae sobre grupos vulnerables va más de nombres que de cifras. El joven falleció a finales de diciembre tras una intervención policial en la que recibió entre ocho y once descargas eléctricas. "Métele más táser", gritaron los agentes. El juzgado terminó por archivar la investigación el pasado mes de abril.

Para Cabrera, ahí está uno de los grandes problemas que soportan las personas migrantes: el racismo en el corazón del sistema. "La Policía violenta sistemáticamente a las personas migrantes y no existe justicia al respecto, ni responsabilidad, ni reparación", sostiene. Una violencia estructural y sistémica que "afecta a toda la ciudadanía, como hemos visto en València".
"Bollera de mierda"

El miércoles pasado, una joven denunció haber sido insultada y atacada por tres hombres desconocidos mientras caminaba por las calles de Pontevedra. "Bollera de mierda, tu abuela debe estar contenta", lanzaron los agresores, momentos antes de arremeter contra ella golpeándola con una botella. La víctima cayó desplomada al suelo y apenas recuerda cómo pudo librarse de los golpes.

Es uno de los muchos casos de violencia extrema que sufre la comunidad LGTBIQ+, uno de los principales colectivos en los que ponen el foco los divulgadores de odio que buscan trasladar la violencia a las calles. El balance de Interior se hace eco de 571 incidentes de odio de esta tipología el año pasado, el segundo grupo más numeroso.

"No solo hay una enorme infradenuncia, sino que el proceso de investigación es muy penoso para la víctima y muchas veces ni siquiera es reconocida como tal". Habla Toño Abad, presidente del Observatorio Valenciano contra la LGTBIfobia. Los datos del ministerio, comenta al otro lado del teléfono, incluso siendo parciales como consecuencia de la escasa tasa de denuncia, evidencian un incremento sostenido en el tiempo de los ataques.

"Se ha instalado un discurso en las instituciones que ha permeado en determinadas capas de la sociedad" y que está siendo difundido gracias a la complicidad de las redes sociales y los pseudomedios, analiza el activista. Pero, además, una vez se materializa la violencia, los engranajes del sistema no son capaces de reparar el daño. "Constantemente se cuestiona a las víctimas y sobre todo se pone en duda el carácter homófobo de determinadas agresiones", lamenta Abad. A esto se suma una estrategia en alza: las denuncias cruzadas. "Vemos que muchos agresores denuncian a sus víctimas para victimizarse en el proceso, algo absolutamente intolerable" y que tiene un efecto disuasorio para quienes verdaderamente sufren en sus carnes la violencia.
Palomino, Agulló y la violencia política

Algo similar ocurre con las víctimas de violencia ideológica, con casos en los que no solo operan las denuncias cruzadas como estrategia de los atacantes, sino que están también atravesados por una narrativa que los sitúa como meras reyertas entre grupos radicales, una equiparación funcional a los agresores que sitúa al mismo nivel la violencia ultra y la autodefensa antifascista.

La violencia política que recae sobre quienes militan en movimientos sociales, sindicatos y organizaciones políticas ha pasado tradicionalmente desapercibida en la agenda política y mediática. Pero las agresiones por motivos ideológicos han estado siempre presentes en las calles. Son, según los datos oficiales, el tercer tipo de delitos de odio más frecuentes en el país. En total, las autoridades han registrado 241 hechos vinculados con esta forma de violencia.

En el proyecto Crímenes de odio se encuentran los nombres de Carlos Palomino y Guillem Agulló como columna vertebral del análisis en torno a los crímenes ideológicos que han marcado a generaciones. Lo sabe bien Miquel Ramos, periodista y coautor de esta herramienta que clasifica, visibiliza y documenta casos específicos de violencia contra distintos colectivos.

Igual que el grueso de los expertos consultados, el investigador coincide en que "la mayoría de delitos que se cometen no se denuncian", por lo que las cifras oficiales nacen sesgadas. "Muchas veces ni siquiera se recoge el agravante de odio y otras tantas queda a criterio de la Policía", con los riesgos que esa arbitrariedad entraña. En España pueden tener la consideración de delitos de odio actos organizados contra grupos fascistas y así ha sucedido en diversas ocasiones, "llegando a considerar víctimas a nazis", lo que demuestra que "la interpretación de esta tipología tiene muchas lagunas".

Para Ramos, si existe una voluntad real por perseguir a quienes ejercen violencia, debe existir también el compromiso firme de frenar a aquellos que la alientan. "No es raro escuchar que han detenido a un tuitero, pero los mayores difusores de los discursos de odio son políticos o medios de comunicación". Y en ese terreno pantanoso, zanja el entrevistado, impera de nuevo la impunidad y la inacción.

sábado, 18 de abril de 2026

"UN ACUERDO CONSTITUCIONAL QUE INCITA AL ODIO". Violeta Assiego, elDiario.es

El problema es que el Partido Popular ha decidido asumir ese marco como propio y, al hacerlo, lo legitima y lo amplifica. La extrema derecha deja de ser una fuerza que presiona desde fuera para convertirse en quien dicta la lógica de un gobierno con un programa que sus electores no votaron

El acuerdo alcanzado entre PP y Vox para gobernar en coalición la Junta de Extremadura no es una deriva ideológica más, es una quiebra de nuestro modelo constitucional. No estamos ante un programa político con el que disentir, estamos ante una arquitectura de exclusión y violencia institucional que reproduce, con perversión inquietante, las políticas que Donald Trump ha instalado en Estados Unidos. Un sistema que legisla para discriminar, que decide quién merece la protección del Estado y quién no. Ahora son las personas migrantes, mañana, las racializadas. Después, las personas con discapacidad, las comunidades gitanas, las disidencias sexuales... La exclusión es solo un primer paso de la dominación, la opresión… de la violencia.

Los líderes de Vox celebran públicamente el acuerdo como “un hito histórico” y alardean de que esta es la primera vez en la historia política española en que la que se institucionaliza la discriminación entre españoles e inmigrantes en la planificación de las políticas sociales. El eje del acuerdo es la llamada “prioridad nacional”. No es un simple criterio de gestión administrativa, es la institucionalización de una jerarquía de derechos, de vidas. Es la legalización de la violencia institucional. El acuerdo plantea un sistema en el que el acceso a derechos sociales, económico y culturales como las prestaciones, la vivienda o los servicios públicos quede condicionado en función del origen, del arraigo o de la “vinculación con el territorio”. Distinguir entre quién merece derechos y quién no tiene un nombre preciso en nuestro ordenamiento: discriminación.

El artículo 14 de la Constitución no deja margen a la ambigüedad. La igualdad ante la ley no admite ciudadanías de primera y de segunda. Para hacer lo que propone Vox no basta reformar la Ley de Extranjería, como se compromete el PP; habría que cambiar la Constitución. Es más, con este acuerdo, ambos partidos tensan también la Ley Orgánica de Partidos Políticos, cuyo artículo 9 establece que los partidos políticos ejercerán libremente sus actividades, debiendo respetar la Constitución y la ley, al tiempo que su actividad deberá ajustarse a los principios democráticos. Este acuerdo ni los representantes políticos que lo promueven, no respetan la Constitución, y este acuerdo representa una actividad que no se ajusta a los principios democráticos.

Las medidas concretas revelan la magnitud del problema. Vox sabe (como lo sabe el PP) que hay conflictos de competencias insalvables y claros vicios de inconstitucionalidad en lo que dicen que harán. Pero su intención va más allá de ocupar gobiernos. Quieren ocupar las mentes, corromper la convivencia, lograr que lo que hoy resulta inadmisible empiece a parecer razonable. Porque una vez introducido el principio de “prioridad nacional”, lo que se erosiona no es solo el acceso a determinados derechos, sino el fundamento mismo de la igualdad. Se instala la idea de que hay personas más legítimas que otras para ser protegidas por lo público. Y cuando eso ocurre, la exclusión (la limpieza) deja de percibirse como una vulneración de derechos y empieza a justificarse como una opción política más.

El veto a la asistencia sanitaria a personas en situación irregular es directamente ilegal. El Tribunal Constitucional ya lo resolvió. La atención sanitaria, incluida la de urgencia, es un derecho subjetivo que ninguna norma autonómica puede retirar y el TC ya lo ha blindado. Vincular el acceso a vivienda y ayudas públicas al arraigo o al empadronamiento prolongado contradice frontalmente los artículos 13 y 14 de la Constitución y la Ley 15/2022, que prohíbe expresamente la discriminación por origen nacional o étnico. El requisito de cinco a diez años de empadronamiento continuado para acceder a vivienda protegida es lo que la Directiva 2000/43/CE define como discriminación indirecta, es decir, una medida aparentemente neutra que produce un impacto desproporcionado sobre personas de origen extranjero, sin justificación objetiva ni proporcionada. La prohibición del burka y el niqab en espacios de prestación de servicios públicos vulnera el artículo 16 de la Constitución y discrimina a un colectivo singularizado por religión, etnia y origen. La supresión del programa de enseñanza de lengua árabe y cultura marroquí choca con el artículo 27 de la Constitución y con compromisos bilaterales con Marruecos.

Pero es en el tratamiento de la infancia migrante donde el acuerdo muestra con mayor claridad su ruptura con el Estado de Derecho. Plantear la devolución de personas menores de edad no acompañadas excede las competencias autonómicas y vulnera principios básicos del ordenamiento español e internacional. El interés superior del menor, la prohibición de devoluciones automáticas y el deber de protección de la infancia en situación de desamparo son obligaciones jurídicas vinculantes, recogidas en la Convención sobre los Derechos del Niño, ratificada por prácticamente toda la comunidad internacional (con la excepción de Estados Unidos y Yemen) y plenamente integrada en nuestro sistema jurídico. La infancia no puede ser tratada como un instrumento de control migratorio. La experiencia reciente lo confirma. En julio de 2021, los intentos de devolución de menores desde Ceuta fueron paralizados por los tribunales precisamente por incumplir estas garantías básicas.

Hay además una dimensión que va más allá de la inconstitucionalidad de cada medida, y es valorar el potencial de este acuerdo como discurso de odio institucional. El artículo 510.1a del Código Penal protege frente a quien fomente o incite la discriminación por origen nacional. El TEDH tiene establecido que para que exista discurso de odio no hace falta incitar explícitamente a la violencia, basta con incitar a la discriminación o ridiculizar a partes de la población. Es exactamente lo que el Tribunal aplicó en el caso Féret contra Bélgica, donde condenó a un político de extrema derecha por un discurso xenófobo dirigido a restringir derechos de personas migrantes. Cuando desde Vox se califica la discriminación entre españoles e inmigrantes de “hito histórico” y “eje estratégico” se producen declaraciones que, bajo ese estándar y el del artículo 510.1a del Código Penal, podrían sustentar una denuncia ante la Fiscalía Delegada en Delitos de Odio.

Pero el problema no es únicamente Vox. El problema es que el Partido Popular ha decidido asumir ese marco como propio. La extrema derecha ya no es una fuerza que presiona desde fuera, es una lógica que se integra en un gobierno autonómico. Por eso es muy importante que tengamos claro que pasar de la igualdad jurídica a la preferencia identitaria no es compatible con la Constitución y que la respuesta jurídica existe (recursos de inconstitucionalidad, conflictos de competencias, impugnaciones contencioso-administrativas). También es necesario que tengamos claro, que el daño más inmediato y profundo de este acuerdo no es lo que dice que prohibirá, recortará o derogará, es el marco mental que instala en la ciudadanía, en el pueblo español.

Pero el problema no es únicamente Vox. El problema es que el Partido Popular ha decidido asumir ese marco como propio y, al hacerlo, lo legitima y lo amplifica. La extrema derecha deja de ser una fuerza que presiona desde fuera para convertirse en quien dicta la lógica de un gobierno con un programa que sus electores no votaron, para eso ya hubieran votado a Vox. El PP es el que está desplazando el umbral de lo aceptable, el que está tensionando la Constitución y el propio sistema con tal de permanecer en el poder. Porque el daño más profundo de este acuerdo no es solo lo que pretende prohibir, recortar o expulsar, es el marco narrativo, de creencias y no-convivencia que instala. Es la idea de que se puede discriminar, excluir, prescindir de vidas. Ese es el verdadero peligro, sustituir el interés general que define a un Estado social y democrático de Derecho por una lógica de “prioridad nacional” que convierte los derechos en privilegios. Es renuncia al artículo 10 de la Constitución que dice que “la dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social.”

viernes, 24 de octubre de 2025

"LOS DIENTES DEL ODIO". Irene Vallejo, El País

Fernando Vicente
El insulto excita al algoritmo y los nuevos magnates hacen caja con nuestros conflictos. Urge usar las palabras no como arma, sino como argamasa

Decían que el mejor señuelo para atrapar atención es el sexo. Hoy las redes sociales han demostrado que el odio es mucho más adictivo, más orgiástico, más contagioso, más irresistible. El insulto excita al algoritmo y los nuevos magnates hacen caja con nuestros conflictos. El extremismo calculado vende. La furia está bien financiada. Por eso, la temperatura de los discursos se está calentando aún más deprisa que el clima.

Un buen enemigo es el mejor abono para cultivar identidad. Azuzar el rencor frente al adversario enardece a las propias huestes y robustece la sensación de pertenencia. Merced a una lógica perversa, si divides, multiplicas tu protagonismo. El odio viejísimo —pero muy trabajador— goza de envidiable buena forma. Podría parecer una pasión simple y visceral, pero procede de nuestras heridas más hondas; se gesta en el recuerdo de los desprecios sufridos, de los abandonos y las ilusiones perdidas. La misma etimología habla de dolor: la raíz indoeuropea od está presente en “odio” y en “odontólogo”. Según una hipótesis, odiar sería como un dolor de muelas anímico, pero también podría asociarse al gesto de enseñar ferozmente los dientes.

En la historia universal de la hostilidad y las dentelladas, fue pionero el profeta persa Zaratustra —en griego Zoroastro–, que vivió hace más de dos mil quinientos años. Según la tradición, sus sacerdotes, los magos, visitaron al niño Jesús en el portal: magu era el término que los babilonios daban a los sabios iniciados en el zoroastrismo. Nietzsche lo reintrodujo en el imaginario occidental al convertirlo en portavoz de su propia filosofía. Por lo que sabemos, Zaratustra fue el primero en afirmar que la vida era una batalla extrema entre el bien y el mal, donde nos acecha el archienemigo, llamado Angra Mainyu o Ahrimán, un espíritu destructivo y perverso —que hoy da nombre a villanos de series y videojuegos—. Acusaba a Ahrimán de propagar calumnias y falsedades: era la encarnación de la mentira. Así nació el chivo expiatorio para todo. Desde entonces, cuando concluimos que nuestros adversarios están poseídos por un impulso maligno, ya no hay necesidad de preguntarse por sus razones o sus corazones. La división del mundo entre amigos y enemigos ha hecho que a lo largo de milenios gente perfectamente amable en privado combatiese a otros, los castigase y los sometiera al terror sin conocerlos ni reconocer su humanidad. Por eso, tal vez el único antídoto sea escuchar: puedes elegir ejercitar o el odio o el oído.

Según esta visión del mundo, el estado natural sería el enfrentamiento y, en su lógica, cualquier catástrofe desataría todos los conflictos latentes. Rebecca Solnit dedicó su ensayo Un paraíso en el infierno a reflexionar sobre las reacciones humanas ante cataclismos como terremotos, inundaciones o huracanes: “En muchos desastres nuestra forma de actuar depende de que pensemos que nuestros vecinos y conciudadanos son una amenaza mayor que los estragos provocados por la catástrofe o, por el contrario, un bien mayor que los bienes materiales en las casas y en las tiendas de los alrededores”. Lo que creemos define nuestro comportamiento. Solnit documenta un hecho inquietante: suelen cometer las acciones más terribles quienes están convencidos de que los demás van a comportarse despiadadamente y se plantean la disyuntiva entre devorar o ser devorados. El egoísmo por naturaleza actúa como coartada.

El historiador Rutger Bregman ha estudiado el efecto de la novela El señor de las moscas en el imaginario colectivo. Su autor, William Golding, inventó la trama en 1951. Un grupo de niños supervivientes de un accidente aéreo se descubren solos en una isla desierta, sin adultos. Al principio organizan una democracia y toman todas las decisiones por votación. Eligen como líder a Ralph, un chico atlético, responsable y carismático. Cuando un barco los rescata meses más tarde, tres chavales han sido asesinados y la isla es un páramo humeante. La violencia ha arrasado con el compañerismo. Ralph llora por el fin de la inocencia, por las ilusiones devastadas, por la crueldad que anida en el corazón humano. En la estela de Auschwitz y la Segunda Guerra Mundial, el público estaba predispuesto a aceptar el concepto del mal intrínseco e ineludible. El mismo Golding, excombatiente alcohólico, atormentado y depresivo, conocía el sufrimiento. La novela es una proyección de miedos compartidos.

La aventura relatada en el libro es una ficción: nunca sucedió. Sin embargo, un hecho muy similar ocurrió en 1965. Tras un naufragio, seis chicos entre 13 y 16 años sobrevivieron quince meses en un islote rocoso del Pacífico. Al terminar la odisea, el capitán que los rescató contó que los chicos habían creado una pequeña comuna con un huerto, troncos huecos para almacenar agua de lluvia, un gimnasio con curiosas pesas y gallineros, “todo ello gracias a su trabajo manual, una vieja hoja de cuchillo y mucha determinación”. Mientras los personajes imaginarios de El señor de las moscas batallaban por adueñarse del fuego, los jóvenes de la experiencia vivida se organizaron para mantener la hoguera ardiendo durante más de un año. A veces discutían, pero lo resolvieron sin herirse. Uno de ellos fabricó una guitarra con un trozo de madera flotante, media cáscara de coco y seis alambres de acero rescatados de su barco naufragado, y solía tocar para levantarles el ánimo. Cuando uno de ellos resbaló, cayó por un acantilado y quedó herido, inmovilizaron su pierna con palos y lo cuidaron. En la verdadera historia, los chicos confiaron y colaboraron. Tristemente, el libro de Golding es lectura obligatoria escolar, mientras el episodio auténtico pasó desapercibido. Nos impacta más la realidad de los miedos que la realidad de los hechos. Resulta más persuasivo el cuento de terror, donde cualquier parecido con la solidaridad es pura coincidencia. El odio y la destrucción venden más que la colaboración.

Piensa mal y lo extenderás. La hostilidad, como la confianza, es una dinámica contagiosa. Ciertos líderes políticos refuerzan su poder personal espoleando la cólera: nos regañan como a niños porque no odiamos lo suficiente. Los autoritarismos triunfan cuando acatamos las coordenadas de sus ejes del mal. Fabricar enemigos es uno de los sectores económicos más rentables y con mayor demanda. Las vísceras cotizan en bolsa. El oficio de comentarista furibundo vive un momento dulce. Los magnates de las redes sociales aman nuestras fobias: atizan rencores que nos mantienen absorbidos, crispados y cautivos. Moldean el resentimiento con mensajes que masajean nuestros victimismos y transforman el enfado en capital. Los inversores en el ramo de la furia recogen beneficios. Tu rabia es su riqueza. Las explosiones de enojo, el previsible y sereno crecimiento del negocio. Tu insomnio febril arrulla sus sueños.

El círculo se estrecha, ya no basta recelar del otro. Los algoritmos buscan cebarse en nuestras inseguridades. La publicidad se filtra por las grietas de nuestra autoestima: nos empuja a odiar lo que somos para vendernos soluciones individualistas y perfecciones envasadas, desde la cirugía plástica a la autosuperación. Al final, necesitamos creer en nosotros mismos para creer en los demás. Frente a los accionistas de la ira, podemos fortalecer los vínculos y decidir que confiamos en nuestros vecinos. Urge usar las palabras no como arma, sino como argamasa: cultivar el debate frente al combate. No podemos permitirnos tener más odios que ideas.

viernes, 10 de octubre de 2025

"DE LA AUTOINCULPACIÓN AL ODIO". Lola López Mondéjar, El País

Mikel Jaso
Parte del electorado natural de la izquierda se gira hacia la derecha y culpa a aquella de su situación

El pasado agosto se publicó en este periódico un amplio artículo, firmado por Ángel Munárriz, titulado ”Abascal gana fuerza entre obreros y parados y se acerca al umbral de Le Pen", donde se informaba del aumento de los apoyos a Vox entre los desempleados, los asalariados y quienes se consideran pobres. Se trata de ciudadanos que no votan políticas progresistas, a pesar de que son estas, precisamente, las que han incrementado el salario mínimo interprofesional, aumentado las pensiones, defendido la sanidad y la educación públicas, o intentado, intento frustrado por la derecha, reducir la jornada laboral. A pesar de todo lo anterior, parte del electorado natural de la izquierda se gira hacia la derecha y culpa a aquella de su situación.

Pablo López Calle ha investigado la subjetividad precaria en las periferias metropolitanas desindustrializadas, mediante entrevistas realizadas a jóvenes trabajadores de Coslada que sufrieron la crisis de 2007. Jóvenes que, en época de bonanza, dejaron pronto la enseñanza en busca de oficios manuales que ofrecían salarios bien remunerados y que, tras la recesión económica, se encontraron en situación de desempleo sin cobertura, abocados a vivir con sus padres o a volver a formarse para acceder a otras profesiones supuestamente mejor pagadas. Su insuficiente formación inicial les impedía optar al escaso trabajo decente disponible, continúa el autor, lo que les llevó a soportar situaciones de “infraempleo y sobreexplotación”. Notemos que se trata de las mismas condiciones materiales que hoy encontramos en los potenciales votantes de Vox a los que se refiere Munárriz.

Hace menos de diez años, López Calle observaba en estas clases populares una subjetividad, es decir, un modo de saber y representarse a sí mismo, que tenía conciencia de su precarización, que sufría el duelo por la pérdida de estatus, y también, y esto es lo que más nos interesa aquí, una subjetividad que se culpaba, psicologizaba y consideraba problemas individuales los conflictos colectivos que le afectaban. Es lo que se conoce como individualizar la queja. Tratar de convertir en problemas personales los problemas sistémicos es una práctica común del neoliberalismo, como sabemos. La crisis económica fue vivida entonces como un episodio traumático, un shock que se interpretó como un conjunto de errores colectivos y personales, un pecado involuntario, lo llama López Calle, vinculado con una naturaleza débil o con elecciones personales equivocadas, entre otros factores.

Lo que quiero destacar es que el desclasamiento, la precarización, la falta de reconocimiento social que la pérdida de un trabajo más digno comportaba era interpretado por los afectados como efecto de una mala gestión de sus recursos personales, con el consiguiente correlato de culpa, depresión y otras patologías del reconocimiento, como son la pérdida de aprecio social, en palabras de Axel Honneth, que afectan a quienes pierden el sostén identitario que el trabajo y el acceso a los bienes materiales e intangibles que este proporciona.

En apenas una década, insisto, una parte de quienes hoy ven disminuidas sus oportunidades laborales y sociales ha pasado de aquella autoinculpación a la exculpación actual. Esta población desfavorecida ya no se instala en la dolorosa rumiación culposa de entonces, sino que identifica primero a un culpable de su situación, para deshumanizarlo y convertirlo en chivo expiatorio después: los inmigrantes y el Gobierno, proyectando sobre ellos el odio que genera su pobreza, el agudo resentimiento que experimentan quienes observan cómo descienden sus expectativas de prosperidad. Un odio que, en ocasiones, incitado por las arengas de Abascal y compañía, se vierte de manera casi letal, como vimos en los sucesos del pasado verano en Torre Pacheco y Hortaleza.

La autoinculpación reflexiva caracterizaba el modo en que eran socializadas las mujeres en el patriarcado tradicional; mujeres que nos sentíamos fácilmente culpables de cualquier conflicto, de ahí que la depresión la sufra casi el doble la población femenina. La exculpación, por el contrario, es una característica central de la socialización de los varones, especialistas en culpar a otros de sus errores, eludiendo así la reflexión y el aprendizaje, y manteniéndose en una satisfactoria situación de poder. De ahí que la expresión del malestar psicológico entre ellos se manifieste con irritabilidad, comportamientos de riesgo o aislamiento, antes que con tristeza depresiva, que permanece subyacente.

La autoinculpación es dolorosa, produce una hemorragia narcisista difícil de manejar, genera una pasividad que es fruto de la impotencia, mientras que la exculpación reactiva es consoladora: no soy yo el culpable, es el otro, pudiendo generar actuaciones impulsivas para recuperar el control que se siente perdido. Es el inmigrante quien me quita el trabajo, alarga las listas de espera de los hospitales, me roba los recursos de un Estado que no hace lo suficiente por los suyos y protege a los extranjeros; son los inmigrantes quienes convierten España en un país más inseguro. Reconocerán en estas afirmaciones el argumentario más recurrente entre los dirigentes y los votantes de Vox, tan masculinos ellos.

A efectos de esa exculpabilización gratificante no importa que nada de esto sea cierto. Que los inmigrantes no nos quiten el trabajo sino que desempeñen aquellos que los nacionales no queremos hacer, que tengan una buena salud y no frecuenten los hospitales con la insistencia que ellos afirman, o que no se beneficien de esos recursos que sienten amenazados quienes los acusan, pues los trabajadores extranjeros suponen casi un 14% de las aportaciones a la Seguridad Social. No importa que, según datos del Ministerio de Interior, el aumento de extranjeros no haya incrementado los delitos, sino que la criminalidad en España haya disminuido un 0,3% en el último año. Y no importa porque el uso de la razón está reñido con la exculpación impulsiva, que se instala cómodamente como mecanismo de defensa debido a su capacidad de reparar de inmediato cualquier herida, proporcionando potencia y expulsando de sí la responsabilidad. Al proyectar el odio sobre el chivo expiatorio elegido se mantiene intacta la autoestima, dando un sentido simplista y reparador a cualquier malestar. El mecanismo es muy utilizado por los hombres maltratadores, que culpan indefectiblemente a sus mujeres de los reveses que les proporciona la vida, mientras ellas se autoinculpan. Y la extrema derecha y la derecha extrema han sabido capitalizar el descontento, potenciándolo, para hacerse con las simpatías de miles de jóvenes precarizados por un sistema económico capitalista, caníbal y deshumanizado. La culpa que siguió a la crisis anterior se convierte en acusación y odio, en la separación radical entre un nosotros y un ellos, en una peligrosa designación de un culpable al que estigmatizar y desear destruir.

Sin embargo, culpar exclusivamente a la ultraderecha y a la derecha de esta dinámica es caer en el mismo error exculpatorio que ellos, pues está claro que los partidos progresistas han contribuido sin proponérselo a este peligroso giro al no atender suficientemente a las condiciones materiales de la población más vulnerable, entre las que la precarización laboral y la falta de vivienda serían las más urgentes, pues privan de agencia y de futuro, aumentando el rencor.

La rectificación está llegando, esperemos que no sea demasiado tarde. Urge para el bien de todos una reflexión profunda que identifique las causas ocultas tras ese malestar desesperado. Urge hacer autocrítica y enmendar. No hay tiempo que perder.
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Lola López Mondéjar es psicoanalista y escritora, premio Anagrama de Ensayo de 2024 por Sin relato. Atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad.


domingo, 14 de septiembre de 2025

"LA FURIA EN LA CALLE". Elvira Lindo, El País 07 SEPT 2025

Un hombre increpaba el martes a la Policía durante

una protesta contra un centro de acogida de menores

inmigrantes, en Madrid

Hay quienes están dispuestos a poner a prueba la paz social si así agarran un cacho de poder entre los dientes

Y, a pesar de todo, deberíamos considerarnos afortunados por vivir en este punto del mapa. Mientras en mi juventud había un anhelo de explorar mundo, hoy existe un repliegue al origen por la necesidad imperiosa de sentirse protegido. Incluso dentro de España, más aún de las grandes ciudades, hay un deseo de retorno, tal vez para restituir ese lazo con lo rural que un día se rompió. Y, a pesar de este ruido insufrible que perturba el sueño, deberíamos ser conscientes de ello y estar agradecidos, ser capaces de coser o de remendar lo que de cordialidad hay en unas relaciones diarias que pudieran acabar hechas jirones si nos dejamos llevar por el hedor de la vida pública. A pesar de todo, se convive, pero hay quienes sin escrúpulos están dispuestos a poner a prueba la paz social si con ello agarran un cacho de poder entre los dientes. Son los que dejan atrás cínicamente a los que fueron arrastrados por la dana sacudiéndose la responsabilidad; los que se olvidan, cuando en la tierra aún parece palpitar la amenaza del fuego, de la pobre gente que lo ha perdido todo, porque saben que convirtiendo la desgracia ajena en motivo de enfrentamiento rabioso eluden sus culpas.

Esta ola de indignidad ha ido creciendo sin respiro y hoy, este principio de curso, amenaza en el horizonte como un tsunami. Este septiembre recién inaugurado ha sido ejemplo de lo que nos espera: una gresca ensordecedora y estéril. Algo que en absoluto mejorará España, que no la preparará para los desafíos futuros: justo el ambiente donde suele brotar la discordia. Quien no lo vea está ciego o es un cínico. Somos un país con el suficiente bienestar como para asumir la protección de unos cuantos menores desamparados, hemos sido tradicionalmente generosos, pero, quién sabe, igual nos convencen para dejar de serlo.

No sufrimos de una violencia que nos impida salir a pasear por la noche como en tantos otros pobres países comidos por la violencia, pero puede acabar triunfando la idea de que nos urge atrincherarnos. Aún sentimos los ecos de una guerra, razón de que cediéramos tiempo y espacio a la lucha contra un genocidio que nos espanta y avergüenza. Habiendo salido de una dictadura que marcó a fuego una moral católica, nos hemos puesto a la cabeza de los derechos civiles y en leyes que las respaldan, pero no somos capaces de negar el espacio dentro de las instituciones públicas a quienes quieren cercenarlas. Teniendo una macroeconomía razonablemente saneada, podríamos llegar a acuerdos que posibilitaran la vida a quienes no alcanzan a tener un hogar en el que protegerse cada noche. Gozamos de un turismo que crea suficiente riqueza como para que no nos engolfemos en las cifras del éxito y atendamos también la vida de los barrios y el bienestar de los vecinos. En suma, somos lo suficientemente privilegiados como para repensar el país, protegernos ante la vulnerabilidad climática, ser generosos con quienes huyen del hambre, afianzar los derechos logrados. Hay talento de sobra para afrontar el desafío, pero algo nos dice que en el ansia ya desesperada por el poder prevalecerá el cinismo que nace de un egoísmo extremo.

Ya no se habla de incendios cuando aún olemos el humo, solo de los asuntos que son rentables electoralmente, el fiscal general, la mujer del presidente, los menores migrantes, la supuesta pérdida de la España esencial. ¿Ha marcado usted esta agenda? Yo tampoco. Poseen la indiscutible astucia de dirigir nuestros temas de conversación. El centro de las ciudades no se llena para exigir acceso a la vivienda ni para parar el genocidio, pero crecen el número de los autodenominados españoles genuinos que se plantan delante de un centro de menores para sacarlos a patadas.

Y todo esto en un país en el que se sigue viviendo mejor que en la mayor parte de este mundo convulso. Nos tendría que castigar Dios, diría un creyente. A lo mejor nos castiga y traslada esta furia a la calle. Ya se va sintiendo. ¿No la oyen?

viernes, 8 de agosto de 2025

"LA PALABRA ODIO". Martín Caparrós, El País 26 JUL 2025

Cuando un grupo confuso no tiene nada en común, nada lo acopla tanto como inventarse un odio compartido

Dime a quién odias y te diré quién eres”, no dijo nunca ningún profeta, ningún filósofo barbudo, y sin embargo pocas frases definirían mejor los días que vivimos, las personas que somos.

La palabra odio nos viene del latín, faltaba más, pero fue cambiando con el tiempo: si al principio se refería a algo que no nos gustaba o incluso nos enojaba —inodiare es el origen de enojar— en algún momento la palabra dio el salto cualitativo necesario para que la Academia, tan comedida, defina odio como “antipatía y aversión hacia algo o alguien cuyo mal se desea”. Y entonces todo cambia: una cosa es detestar a algo o alguien; otra muy distinta aborrecerlos lo suficiente como para desearles —si no causarles— algún mal. Allí donde la aversión o el rencor pueden ser pasivos, el odio actúa: se hace cargo de lo que piensa o siente y ataca en consecuencia.

Hay por lo menos dos odios muy distintos. El odio personal acepta tantas causas que es casi un capricho: fulano cree que mengano lo ha perjudicado en un negocio o un amor o una partida de mus y decide odiarlo de todo corazón. Son odios que, en general, no van muy lejos: la barra del bar o la mesa familiar o la oficina y se manifiestan, cuando lo hacen, en pequeñas putadas. (La palabra putada es tan hispana, tan apropiada para el odio personal: perjudicar al otro un poco, molestarlo, intrigar en su contra.)

El odio colectivo es otra cosa. Desde siempre —o algo muy parecido a siempre— fue el mejor instrumento de control y movilización sociales. Sin grandes esfuerzos, con imaginación escasa, los odios permitieron que se formaran grupos, sociedades, y dentro de esas sociedades grupos que se unían porque odiaban más o menos lo mismo. Cuando un grupo confuso no tiene nada en común, nada lo acopla tanto como inventarse un odio compartido.

No suelen ser originales. El odio, en general, es perezoso: no hay ninguno más fácil de imponer que el odio al otro —el “otrio”— en cualquiera de sus formas. El otro, en nuestras historias, es definido por ciertos rasgos básicos: el color de su piel, sus costumbres, sus dioses y santitos. La presencia de gentes diferentes casi siempre alcanzó para que jefes sin escrúpulos consiguieran convencer a seguidores sin cacúmenes de que esos otros eran el mal y había que atacarlos, aniquilarlos si cabía.

Así, gracias al odio, se fue armando la historia. El otrio permitió y potenció los peores liderazgos. Y, en general, cuando un pueblo sufre y no consigue entender por qué, no hay nada más fácil que convencerlo de que la culpa es de esos otros y que deben por lo tanto odiarlos en todo el sentido de la palabra odio: desearles el mal, causarles el mal, hacer todo para tratar de destruirlos.

En los últimos 80 años, sin embargo, el odio tuvo mala prensa. Esa sobredosis brutal que fue el nazismo nos dejó casi vacunados y últimamente nadie reivindicaba el odio: quedaba feo, sonaba viejo y rencoroso, perdedor. Si algo ha cambiado en la última década es que el odio ha recuperado su legitimidad y su potencia. El expresidente argentino J. Milei dijo hace unas semanas que “no odiamos suficiente a los periodistas” y le dio tanto placer oírse que no para de repetirlo; el futuro expresidente norte­americano D. Trump dijo en su fiesta nacional que odia a los demócratas —además de los inmigrantes, empleados públicos, chinos, mujeres y demás céteras. Y, en general, hablar con odio ha vuelto a ser un gran negocio.

Ahora hay en España un partido más o menos legal y unos grupos más o menos clandestinos que ponen en escena los mecanismos más básicos, más clásicos del odio: la sinergia entre unos energúmenos con pantalla que convocan a odiar a algún tipo de otro —los inmigrantes, los infieles, los zurdos, los diversos diversos— y unos energúmenos con palos y disfraces que completan ese odio con su fuerza bruta. Su estrategia es muy simple: implantar en algunos los gusanitos de su propio odio, despertar en otros el odio contra ellos y, uno más uno, conseguir que todo el escenario sea un choque de odios: allí ganan.

No pretendo disfrazarme de hare krishna y predicar que el odio se detiene con amor: el amor no tiene nada que ver en todo esto, salvo esa variedad babosa y vergonzante que se profesan los que se reúnen alrededor de su odio. Ni amor ni odio contra ellos: la ley, nomás, que no hay nada más desalentador que perder la libertad por creerse más libre que nadie.

La libertad no tiene grados: no hay libertad cuando algunos la tienen más que otros. Ni hay libertad cuando, so pretexto de ejercerla, se recurre al odio.

miércoles, 23 de julio de 2025

"LENGUAS PODRIDAS". Antonio Muñoz Molina, El País 19 JUL 2025

Estamos viviendo el desbordamiento del más inmundo de todos los lenguajes, el del odio puro

Varias razones explican el hedor irrespirable de la vida pública española. Una de ellas es que han reventado las cañerías del idioma. La fetidez que antes circulaba por la oscuridad subterránea a la que solo se puede descender con mascarillas de oxígeno y equipos adecuados de protección ahora ha salido a cielo abierto. Palabras, insultos, expresiones que parecían confinadas a las barras de bares con televisores y tragaperras a todo volumen, suelos sucios de colillas y cáscaras de gambas, ahora emergen con abundancia amazónica de los colectores inmundos de las redes sociales y llegan a infectar el espacio hasta ahora seguro y aséptico de los telediarios. En su segundo mandato, impulsado por una creciente paranoia, y por ese peculiar resentimiento no del fracasado, sino del que lo ha conseguido todo, el presidente Richard Nixon instaló en su despacho de la Casa Blanca un sistema de grabación en cintas magnetofónicas que se activaba automáticamente con la voz. Nixon era uno de esos hombres temibles que están obsesionados con el lugar que ocuparán en los libros de Historia. Gracias a su obsesión por grabarlo todo, se aseguró desde luego la preeminencia que buscaba, aunque no como un héroe, sino como lo que en realidad era, un canalla, un cínico, un criminal dispuesto a bombardear a centenares de miles de inocentes, un tramposo, un racista obsesivo, tan grosero en su odio contra los judíos y los negros como contra los homosexuales y los disidentes políticos. Con un murmullo sombrío de canalla en una película en blanco y negro, Nixon mostraba en los miles de horas de sus cintas el reverso del personaje que con tanto esfuerzo representaba en público. Que él mismo maquinara tan obsesivamente los medios de su propia caída parece uno de esos efectos de justicia poética que son más frecuentes en la literatura que en la realidad.

La retórica publicitaria y patriótica de la política americana, con su optimismo maniático del éxito individual y sus apelaciones a la protección de la divina providencia, serían difícilmente imaginables en una Europa donde la religión no tiene ninguna influencia, y donde la palabrería de los sueños cumplidos no se la creen ni los concursantes en Eurovisión. Los excesos de elocuencia no despiertan el entusiasmo, sino la desconfianza y la risa, más aún en un país como el nuestro, en el que una de las razones más poderosas para liberarse de la dictadura de Franco era no seguir aguantando la oratoria de sus jerifaltes, aquellas proclamas de “inquebrantable adhesión” recitadas con el trémolo épico de los locutores del NO-DO, o de los entonces llamados “procuradores en Cortes”.

Un idioma limpio, preciso y expresivo es tan esencial para la vida democrática como un buen suministro de agua potable para la salud pública. Antes de que casi acabaran con ellas la polución química de los desechos industriales, colonias de millones de ostras depuraban las aguas de la bahía del Hudson, y habían dado alimento durante siglos a los pobladores nativos de sus orillas. El habla vívida y correcta, la poesía, el periodismo bien escrito, las novelas, las canciones, depuran tan naturalmente el idioma como las ostras suculentas, y por fortuna recuperadas, depuran las aguas del Hudson, pero su eficacia puede ser muy frágil. Cada vez que se publican nuevas grabaciones, la evidencia de las corruptelas y de esa turbia picaresca en la que se mezclan policías mercenarios, empresarios tahúres, parásitos y aprovechados de la política, no sería tan desoladora si no viniera expresada en un idioma bajo y degradado, rufianesco, de timba y puticlub. Valle-Inclán quiso ejercer en sus esperpentos una “estética sistemáticamente degradada” que mostrara en la deformidad de los personajes y en lo paródico y chabacano de la lengua la degradación de la vida política y social española en los años tardíos del reinado de Alfonso XIII. El esperpento más corrosivo sobre nuestro tiempo será el que ponga sobre un escenario las voces literales y las palabras íntegras de nuestros corruptos en las grabaciones. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 19 de julio de 2025

"DUELE EL ODIO". Najat El Hachmi, El País 18 JUL 2025

Manifestación ultraderechista en

Torre Pacheco (Murcia)

El foco no debería ponerse en las víctimas del racismo sino en los verdugos. ¿Quién los ha convertido en antisistema? ¿Por qué no están integrados?

Quiero indignación y rabia, aullar contra los que vienen a linchar a mis hijos; pero, en vez de eso, me embarga un profundo dolor, una tristeza que viene de lejos y que intento apartar de mi memoria y mi conciencia. Es la tristeza de ser rechazados no por lo que hacemos sino por lo que somos, por nuestra piel, nuestras facciones, por haber nacido de nuestros padres. Uno puede ser juzgado por un delito y cumplir la sentencia correspondiente, pero ¿cómo se paga el delito de “ser”, de tener unos genes equivocados? Los inmigrantes y sus descendientes somos los nuevos bastardos por impuros e ilícitos, aunque nos sintamos ciudadanos españoles y no tengamos ningún lugar al que volver. Nuestros hijos son “de aquí de toda la vida”, no han vivido ni quieren vivir en ningún otro sitio, pero eso no les ahorra ni los insultos racistas ni la discriminación en sus muy diversas formas. Cualquiera que se ponga en la piel de un joven “moro” y lo acompañe en su transitar diario por la vida se dará cuenta de que España no solo no es una excepción, sino que tiene una especial inquina hacia ese “otro” tan bien articulado en el imaginario colectivo que es “el moro”. No es simple xenofobia ni rechazo al ilegal; es morofobia pura y dura.

Para ese odio visceral y primitivo no hay argumento racional que sirva. Dejen de decir que la inmigración es necesaria o que nosotros nos vamos a ocupar de los trabajos que los españoles no quieren hacer; dejen de humillarnos de ese modo o de poner de manifiesto que esos chavales a los que los ultras quieren linchar son de segunda o de tropecientosmil generación. El foco no debería ponerse en las víctimas sino en los verdugos, cobardes que en manada se abalanzan sobre chicos a los que doblan en tamaño y edad. ¿Quiénes son esos y de dónde salen? ¿Quién les ha educado para que desprecien el Estado de derecho y las leyes de su propio país? ¿Quién les ha convertido en antisistema sin el más mínimo respeto por la labor de la justicia o los cuerpos de seguridad del Estado? ¿Por qué no están integrados? Es la ultraderecha, claro está, la que organiza ese odio y lo inocula entre vecinos que deberán seguir conviviendo cuando los encapuchados se hayan ido de Torre Pacheco. A los de Abascal no les puedo pedir nada porque no son demócratas, pero sí quiero interpelar a esa derecha que se alía con Vox. ¿De verdad esto es lo que quieren para España? ¿Que se anime a nuestros hijos a matarse entre ellos? ¿Le vale la pena al PP sacrificarnos, sacrificar a mis hijos, por disputarle un puñado de votos a esos fascistas?

sábado, 28 de junio de 2025

"ODIADORES DE BIEN". Carmela Ríos, El País

El primer ministro húngaro, Viktor Orbán

El odio se convierte en un capital político y un factor de cohesión capaz de generar nuevas comunidades de votantes que, más allá de pensar parecido, se unen en el reconocimiento de enemigos políticos comunes

“Dije que quería cambiar el mundo, lo hice, lo empeoré”. En 2011 Arthur Finkelstein, uno de los estrategas electorales más influyentes de todos los tiempos, sorprendió con este arrebato de sinceridad a los asistentes de uno de sus escasos discursos públicos. Finkelstein, (1945-2017) asesoró durante los años 70 y 80 a candidatos como Nixon o Reagan y creó para este último uno de los eslóganes políticos más exitosamente reciclados: “Hagamos a América grande otra vez”. Pasó a la historia, sin embargo, como el mejor alquimista de una receta magistral para ganar elecciones: inocular el odio en el votante. El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu o el húngaro Viktor Orbán confiaron en la fórmula Finkelstein de campañas en negativo: ataca sin piedad a tu contrincante, y conviértelo en alguien tan digno de odio que sus propios simpatizantes optarán por abstenerse. Haz de él un enemigo, un peligro para todos. Sus potenciales votantes quizás no voten por ti, pero tampoco lo harán por él. Las campañas en negativo diseñadas por este asesor electoral neoyorkino tenían una poderosa herramienta dialéctica para arremeter contra los principios ideológicos del adversario: convertir sus ideales en insultos a fuerza de repetirlos con desprecio una y otra vez.

Finkelstein dejó a sus clientes plenamente satisfechos e inspiró una forma de hacer política que ha dejado huella. Y lo más preocupante: ha encontrado un enorme margen de mejora gracias a las infinitas posibilidades que ofrecen las redes sociales para generar conversaciones en las que los debates de ideas y programas quedan enterrados y el flujo de la conversación se sitúa en un plano netamente emocional. Es exactamente lo que ha sucedido en el arranque de la actual campaña electoral. La decisión de EH Bildu de integrar terroristas con delitos de sangre en sus listas ha vuelto a situar en el centro de la actualidad a la banda terrorista ETA, una organización extinta pero capaz aún de generar una cascada de emociones en prácticamente todos los sectores de la población. Para los fontaneros del odio, no existe un mejor marco de trabajo cuando se trata de una red social: la viralidad favorece la amplificación de esa afrenta dolorosa y la sensación de peligro, por muy desactivado que esté, se vuelve real. Emerge entonces el reproche social permanente hacia los que quedan designados como responsables, es decir, los enemigos. De esta forma, la campaña electoral parece quedar inmersa en un bucle emocional del que resulta difícil salir. El odio se convierte así en un capital político y un factor de cohesión capaz de generar nuevas comunidades de votantes que, más allá de pensar parecido, se unen en el reconocimiento de enemigos políticos comunes.

Finkelstein fue un maestro en diseñar procesos como este, campañas que trascendían el debate de ideas y noqueaban al contrario de un derechazo emocional. En 1996 llevó al poder a Netanyahu tras acusar sin pruebas a su principal oponente, el candidato laborista Shimon Peres, de querer dividir Jerusalén. El eslogan de campaña, “Peres dividirá Jerusalen”, fue repetido machaconamente y acabó por convencer a una gran parte del electorado. Desde ese momento, Finkelstein se convirtió en “el cerebro de Bibi”, el gurú que contribuyó a modificar los contornos éticos de las campañas modernas en democracia.

jueves, 28 de julio de 2022

"VAMOS A FRENAR EL ODIO A LAS PERSONAS INMIGRANTES". Por María José Gascón, Coordinadora de nuevas narrativas sobre migraciones de Oxfam Intermón, publicado en elDiario.es el 27 de julio de 2022

En todo el mundo, sobre todo en Occidente, estamos presenciando una inquietante oleada de xenofobia y racismo. Desde hace tiempo se da un aumento preocupante de expresiones públicas de intolerancia, lo vemos en Europa y lo vivimos en España. Y aunque la migración no es necesariamente el tema central en juego es ahí donde se desarrollan los discursos de odio para exacerbar el miedo, la exclusión y la discriminación hacia las personas migrantes.

Las crisis son el caldo de cultivo perfecto en el que proliferan aún más estos relatos racistas, permeando de manera alarmante en la sociedad. Y, ¡desde el 2008 vamos servidos! La infusión al miedo, rechazo y desconfianza es la intención que está detrás de los mensajes que transmiten estos discursos.

La forma en que se cuenta la migración no son elementos abstractos que se establecen de forma inofensiva en el imaginario común, sino que constituyen el molde del trato que se dispensa a las personas que migran o que buscan refugio, aplicando un doble rasero según su procedencia y color de la piel, como por desgracia hemos visto recientemente en la frontera Sur.

Ese meme o ese audio sobre ayudas sociales, esa pintada en la calle sobre niños, niñas y jóvenes africanos que viajan solos, ese contenido sospechoso que infunde miedo y rechazo hacia otras personas racializadas es desinformación creada a consciencia para que la veamos a diario y que corran como la pólvora por redes sociales o whatsapp. Son herramientas queconstruyen intencionadamente una forma distorsionada de percibir a las personas migrantesEl impacto de la desinformación o los bulos distorsiona la percepción, las creencias y el imaginario social de la población sobre las personas migrantes; también refuerza estereotipos y prejuicios e incrementa sustantivamente la exposición a narrativas de odio. Estas creencias, a su vez, impiden cambios políticos que son necesarios, tanto desde el punto de vista económico como social. Igualmente, sirven para perpetuar y justificar el racismo individual e institucional y además permiten que la migración sea utilizada como chivo expiatorio para encubrir cuestiones no resueltas como la desigualdad, desprotección social, empleo precario, acceso a servicios públicos fundamentales, evitando así que se ponga el foco en las verdaderas causas estructurales de la desigualdad y la pobreza.

El discurso de odio constituye una amenaza para los valores democráticos, la estabilidad, la cohesión social y la paz. Así, afecta directamente y de forma muy concreta a la vida de las personas migradas, a sus familias y a la sociedad en su conjunto, porque dificultan la buena convivencia y limitan su contribución y participación como bien público global.

Seguramente seas una de esas personas que han escuchado algún bulo sobre personas migrantes en alguna ocasión. A lo mejor eres también una de esas personas dentro del elevado porcentaje de población que cree que existe una intención deliberada de manipularlas a través de las redes sociales. Probablemente, a su vez, estés entre ese porcentaje alto de personas que está preocupada por la desinformación y su impacto en la vida real. Es posible igualmente que estés desconcertada y seas parte de la ciudadanía que declara que “hay tanta desinformación que ya no me creo nada” ya que existe una gran dificultad para distinguir lo que es verdad o mentira y, que elige vivir aislada de opiniones y narrativas contrarias a la tuya. Los bulos hay que frenarlos para evitar que otras personas sufran y consigamos dar pasos hacia una justicia social más fuerte y rica. Solas no podemos.

sábado, 12 de febrero de 2022

"MIEDO. VIAJE POR UN MUNCO QUE SE RESISTE A SER GOBERNADO POR EL ODIO". Patricia Simón.

 ¡IMPRESINCIBLE! ¡MAGNÍFICO! ¡DE OBLIGADA LECTURA!

Un ensayo brillante y necesario que nos invita a ver más allá de nuestros temores. Desde el arranque del siglo XXI, el nivel de incertidumbre que nos hemos visto obligados a manejar en las sociedades occidentales ha aumentado sin cesar. Empeñados en no desfallecer, seguimos pedaleando tan rápido como pudimos, tantas horas al día como el cuerpo nos permitía, con la perenne sensación de que siempre podríamos habernos esforzado un poco más. Pero cuando un virus detuvo el mundo entero, salimos despedidos a la velocidad de la luz hacia un páramo desconocido, a solas con nuestros miedos. Miedo es un libro sobre los temores que han articulado nuestras vidas en los últimos años y que la COVID-19 ha evidenciado y agudizado, acelerando así el cambio de era en el que ya estábamos inmersos: la crisis del neoliberalismo, el cambio climático, la creciente desigualdad, los éxodos de migrantes y refugiados, la robotización del mercado laboral y el aumento del desempleo crónico, el encarecimiento de la vivienda, la crisis demográfica, la polarización y crispación sociales azuzadas por los algoritmos de las grandes empresas tecnológicas, o la privatización de los servicios públicos. La incapacidad de las democracias representativas para dar respuesta a estos desafíos ha terminado por convertirlos en una serie de miedos que los partidos populistas y de extrema derecha han instrumentalizado para imponer su agenda y los discursos de odio. En un ensayo maravillosamente escrito, Patricia Simón recoge, con gran elegancia, sensibilidad y empatía, un conjunto de voces que ejemplifica los principales temores de la sociedad contemporánea, y ofrece un análisis brillante y sensato de las razones que nos están llevando de un mundo regido por la manipulación de la incertidumbre a otro gobernado por la manipulación de los miedos.

"… Un estado del bienestar que nos revitalice con su respaldo nos permitirá demostrar que sin su multimillonaria maquinaria destinada a producir odio, pobreza, frustración, mentira, manipulación, amenazas y enemigos, la ultraderecha y la derecha reaccionaria no solo son incapaces de producir miedo, sino incluso de dar miedo. Porque evaporado el humo y silenciado el ruido, comprobaríamos que no son más que las marionetas financiadas por las grandes fortunas y las transnacionales para distraernos con su histrionismo, mantener sus privilegios y seguir ensanchando la desigualdad."



"CUANDO LOS JUECES QUIEREN GOBERNAR". José González Arenas, infoLibre.es

Cuando esa función se desborda y empieza a sustituir la decisión política, el problema ya no es técnico, sino democrático En su reciente art...