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domingo, 16 de agosto de 2026

"EL PRIVILEGIO DE CRUZAR UNA FRONTERA". Imanol Zubero, elDiario.es

Marruecos desarrolla políticas para conseguir que cada vez más personas procedentes de Europa crucemos su frontera; Europa desarrolla políticas para conseguir que determinadas personas que se encuentran en Marruecos no crucen la nuestra

Agosto es, en Europa, el mes del movimiento. Aeropuertos abarrotados, autopistas congestionadas, estaciones de ferrocarril llenas, ferris que cruzan el Mediterráneo, familias que recorren miles de kilómetros para llegar a una playa, una ciudad o una casa de vacaciones. Centenares de miles de personas atravesamos estos días fronteras internacionales con una naturalidad extraordinaria. Enseñamos un pasaporte, una tarjeta de embarque o, muchas veces, ni siquiera eso; dentro del espacio Schengen podemos viajar de un país a otro sin advertir que acabamos de cruzar una frontera.

No se trata de un fenómeno marginal. Según ONU Turismo, en 2024 se registraron en el mundo 1.400 millones de llegadas de turistas internacionales, recuperándose prácticamente los niveles anteriores a la pandemia. Y la tendencia ha seguido creciendo: solo entre enero y marzo de 2025 más de 300 millones de personas viajaron internacionalmente por turismo. Vivimos, efectivamente, en la época de la movilidad. Pero ¿de la movilidad de quién?

Mientras millones de personas cruzamos fronteras para disfrutar de nuestras vacaciones, en Ceuta decenas de miles han intentado atravesar otra frontera. Muchas lo han hecho a nado, bordeando espigones, lanzándose al mar o aprovechando cualquier resquicio que pudiera permitirles alcanzar territorio español. Muchas han muerto en el intento. Una vez más, la frontera entre África y Europa se ha convertido, literalmente, en un lugar de muerte.

Hay muchas maneras de analizar lo sucedido. Podemos hablar de la política migratoria europea, de la responsabilidad de Marruecos, de la instrumentalización política de las migraciones, del control de fronteras, del derecho de asilo, de las mafias, de las responsabilidades de España o de la Unión Europea. Todas estas cuestiones son importantes. Pero hay otra que quizá resulte más incómoda porque no permite situar el problema exclusivamente en gobiernos, policías o instituciones, sino que nos obliga a mirarnos también a nosotras mismas: mientras unas personas arriesgan la vida para cruzar una frontera, otras cruzamos fronteras para irnos de vacaciones. No es mi intención aventar una culpabilización simplista de quien viaja, pero eso no significa declarar inocente al turismo. Porque viajar no es un acto situado fuera de las relaciones sociales y de las desigualdades que estructuran el mundo, mucho menos cuando viajamos desde sociedades ricas hacia sociedades empobrecidas. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 8 de mayo de 2026

"SEMANA SANTA: ¿QUÉ TRADICIÓN?". Azahara Palomeque, Publico.es

Cuando mi abuela Luciana me llevaba de la mano a ver procesiones yo me estremecía entre el ritmo de los pasos, el olor a incienso y el sentimiento que le entraba a ella hasta las lágrimas a raíz de aquel desfile. Era capaz de hilvanar una historia bíblica a partir de las esculturas, y me la contaba bajito, susurrando, mientras se persignaba tocando centímetros de una ropa elegante, pues debíamos, si no estrenar, sacar las mejores galas del armario para la ocasión, al igual que los zapatos. Un año, mi madre me compró unas manoletinas de piel rematadas con una flor que yo arranqué cuando todo el mundo dormía, porque me parecía una cursilada; pero otro, mi abuela –ella sí sabía– me regaló un par de charol sin moña que aún hoy me pondría si las tuviera adaptadas a mi talla. Siempre me gustó la Semana Santa, como lugar de reunión familiar que invitaba a la excepción, no sólo respecto al atuendo, sino también, por ejemplo, en lo concerniente a la comida: qué rico el bacalao frito, y los pestiños. Décadas más tarde, ya fallecida su fervorosa espectadora, he seguido sintiendo que aquella festividad me pertenecía, debido a ese componente espiritual que guarda mucho de baúl afectivo y memoria. Sin embargo, algo se ha roto en la ecuación y no sólo porque falten mis mayores: quizá su finalidad última, lo que volvía especiales los encuentros y albergaba el deseo de esperar justo al mismo instante del año siguiente.

Recientemente, una cofradía multitudinaria de Sagunto (Valencia) ha votado por mayoría de dos tercios de cofrades –todos hombres– impedir que las mujeres participen en las caminatas destinadas a pasear a los santos en angarillas. La decisión ha desatado no pocos detractores, e incluso el gobierno ha puesto el foco en el asunto por una posible violación de las premisas democráticas de igualdad con que intentamos regir la vida. El argumento adoptado para tal sentencia es tan sencillo como demoledor: "la tradición es la tradición" –dijeron–, como fuente inamovible de unas prácticas que, por definición, mutan a lo largo de la historia. En el Malleus maleficarum (1487), dos frailes alemanes propusieron novedosos métodos de tortura y muerte para las brujas, señoras a las que asumían pactando con el diablo. Gracias a ese libro sabemos que miles de féminas inocentes fueron quemadas en la hoguera, instaurándose así una tradición que también caló en España, aunque de manera más minoritaria que en el norte de Europa. Lo curioso es que los autores del famoso libro se quejaban de que los castigos fuesen tan blandos: antiguamente se arrojaba a los herejes a las fieras –reportaron–; ahora se prefiere que ardan, sólo porque la mayoría son mujeres. ¡Qué benevolencia!

Quizá debamos dar las gracias por haber superado aquella fase de violencia, pero lo que quiero resaltar aquí es el hecho de que, con la tradición, nunca llueve a gusto de todos. Tradicional fueron las palizas y los llamados "crímenes pasionales", la homofobia, pero también –durante otras épocas– la tolerancia religiosa entre judíos, cristianos y musulmanes. En cuanto a la abarcadura de mi propia memoria, considero tradicional una juntura social en torno al compás de los nazarenos y nazarenas, sus cirios y la banda de música que los acompañaba por unas calles libres de turistas. Porque todo el mundo compartía unos códigos de respeto ceremonioso y sólo se alzaba la cámara de profesionales, los elementos de la performance penetraban de forma profunda hasta en los corazones más descreídos. Ahora acuden hordas de visitantes que, en Andalucía, desde donde hablo, anegan cada vericueto e impiden el tránsito incluso en situaciones de emergencia; la colonización masiva del espacio público se da, además, en unos cascos históricos donde algunos lugareños tampoco viven: sólo se acercan, en sus coches, cuando les conviene, reclamando más aparcamientos antes de retornar a la España de las piscinas, que diría Jorge Dioni. El carácter popular del ritual queda profanado por butacas de pago a lo largo de los trayectos; la fe –que solía ser austera– se mide en ocupación hotelera y miles de euros. Supongo que esos okupas no importan tanto en las agendas políticas, pero tradición, lo que se dice tradición, no son.

Tampoco recuerdo yo que antaño se llegase al fin de la cuaresma en AVE, aunque en Málaga andan rasgándose las vestiduras porque la alta velocidad ferroviaria no funciona, como consecuencia de las últimas lluvias atroces, y eso repercute directamente en el descenso del turismo. ¿Qué parte de los usos y costumbres se valora y cuál no? Si queremos que lo habitual continúe inexpugnable, ¿no deberíamos propugnar una celebración calmada entre vecinos que no perciban, de madrugada, las ruedecitas de maletas dirigiéndose hacia la cerradura sin llave, apenas el código bajo el cartel que reza "AT"? Y las niñas de merceditas de charol acurrucadas bajo las faldas de sus abuelas; y la absoluta mudez reverencial frente a la procesión del silencio, ¡ah!, cuando no había borrachos que la perturbasen. Lástima de tradición crematística rabiosamente contemporánea, nunca protegida por ningún corpus jurídico.

domingo, 20 de julio de 2025

¿Y SI DEPORTAMOS A 100 MILLONES DE TURISTAS?". Berna González Harbour, El Paìs 19 JUL 2025

Colonias de extranjeros están transformando España y expulsando a los autóctonos de la ciudad y no son precisamente inmigrantes

Me aterra lo siguiente: si Vox quiere deportar a 8 millones de extranjeros por amenazar el modo de vida español, ¿qué hará con los 100 millones de turistas que se nos vienen encima este año y que de verdad lo están amenazando? Si la ultraderecha llama a la cacería de inmigrantes, ¿qué ocurrirá con los guiris de barriga cervecera y calva roja quemada por el sol que inundan nuestras plazas, con los british que jalean al Manchester en las teles de las terrazas de Benidorm mientras agotan litros de alcohol o los estadounidenses que nos preguntan cualquier cosa en inglés como si todos debiéramos hablarlo? Porque, reconozcámoslo, estos sí que están cambiando el panorama.

Todo depende de lo que consideremos “modo de vida español”. Si entendemos por ello perseguir toros, pasear vírgenes y comer paella, tranquilos. Ningún problema. Los turistas se han sumado al carro y, por el contrario, tendremos que agradecerles la cantidad de menús plastificados con fotos de croquetas, rabas y arroces amarillos que pueblan las calles más ardientes de Madrid.

Pero si entendemos por ello vivir tranquilamente en la ciudad, alquilar un piso, comprarlo, pasear sin empujones y ver a nuestros hijos hacer planes de emancipación con sus primeros sueldos, apaga y vámonos. Son los turistas los posibles enemigos y no la silenciosa china que nos repasa las uñas, el camarero marroquí que tira la caña o el médico colombiano que nos atiende en la consulta.

Colonias de extranjeros están transformando España y expulsando a los autóctonos de la ciudad y no son precisamente inmigrantes, sino turistas. Las estaciones, aeropuertos, el Casco Viejo de Bilbao, Palma, Tenerife, Madrid, Málaga o Cádiz están tomados por extranjeros y no por ello son los enemigos. El enemigo es la turistificación masiva, no la persona. El enemigo será la falta de recursos en la escuela pública, la sanidad o los empresarios que pagan miserias a africanos para recoger unas verduras que un español jamás iba a recoger por el mismo dinero. Y no los “moros”.

Ninguna de las 13 violaciones cometidas en Alcalá de Henares en 2024 ni las cinco de 2025 desataron movilizaciones en esta ciudad madrileña, hasta que un maliense perpetró supuestamente una que disparó disturbios y duros pronunciamientos del PP y de Vox. Las víctimas anteriores no debían contar. ¿O tal vez las agresiones formaban parte del modo de vida español? Pues también.

Hablando en serio: aterra cómo se señala a las personas, no a los problemas. Y la turistificación es uno muy verdadero.

domingo, 17 de septiembre de 2023

"INÚTIL TURISTA". Un artículo de Najat El Hachmi publicado en El País el 15 de septiembre de 2023

Lo que ha pasado con el terremoto de Marruecos demuestra que viajar a otro país solo sirve para consumir al otro convertido en cliché y colgarse la medalla de la distancia recorrida

¿Para qué sirve el turismo en realidad? Está la búsqueda de un paisaje distinto, una belleza desconocida, para renovar nuestra capacidad de asombrarnos ante el mundo (en rifeño las mujeres llamaban a esto “refrescar la mirada”). Pero paisajes bonitos y distintos los hay muy cercanos. ¿Por qué nos desplazamos a centenares, miles de kilómetros? En principio, nos mueve la curiosidad por lo lejano, por descubrir otras formas de vivir, pero desengañémonos: el turismo no solo no sirve para conocer al “otro”, sino que, en muchos casos, conformados los viajeros con decorados de cartón piedra y reconfortados por la confirmación de sus prejuicios, puede incluso ser contraproducente para el intercambio intercultural real. Primero, porque la relación entre turista y habitante está ya viciada de antemano; es un vínculo pervertido por las enormes necesidades materiales de los últimos y el poder económico de los primeros. Incluso los guías, muchos de ellos fabuladores de rica inventiva, lo alimentan al servicio de un imaginario que les entra muy bien a quienes van a pasar unos días, como mucho un par de semanas en el país que visitan. En Egipto, uno de estos creativos contestó a la pregunta de por qué tantos hombres tienen una mancha en su frente diciendo que es porque rezan mucho. Y el grupo se lo creyó porque era algo verosímil dentro de la visión que tenían del musulmán como ferviente devoto. Les dio igual que los rezos se hagan siempre apoyando levemente frente y nariz sobre mullidas alfombras.

Que hacer turismo solo sirve para consumir (consumir al otro convertido en cliché) y colgarse la medalla de la distancia recorrida lo demuestra lo que ha pasado con el terremoto de Marruecos. Si les pilla una catástrofe natural en alguna parte, procuren tener cerca a cualquier tipo de persona menos a un turista. Lo primero que hace el viajero superficial es irse corriendo, aunque tenga que pagar los billetes de avión a precio de oro y a su alrededor se amontonen los escombros bajo los que puede haber sepultadas personas vivas. Ahí es donde se demuestra lo desconectado que está emocionalmente de quienes hasta entonces observaba con curiosidad exotizante. No sabe nada de las manos que cocinaron esos deliciosos manjares que degustó con admiración ni de las que tejieron esa auténtica alfombra bereber. Ya ha pagado, ¿qué más quieren? Eso sí, luego regresará admirado de la enorme hospitalidad de unas gentes que te lo dan todo aunque no tengan nada. Nunca se le ocurre copiar de los marroquíes tan generoso y asombroso comportamiento.

"HIPÓCRITA HOMENAJE A LA VIRTUD". Aldo Conway, elDiario.es

Carteles de protesta en la primera manifestación por el desahucio de Maricarmen El conservador ha descubierto el placer de saltarse las norm...