Mostrando entradas con la etiqueta Alemania. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alemania. Mostrar todas las entradas

miércoles, 29 de abril de 2026

"¿QUIÉN REARMA A EUROPA?". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

Habermas no advertía contra el rearme, sino exactamente contra el rearme que está ocurriendo, el de una Alemania que busca ser la potencia militar dominante sin haber resuelto la cuestión de la soberanía política europea

“El desarme de la Alemania de posguerra fue una sobrecorrección por la que Europa está pagando hoy un precio elevado. La castración de posguerra de Alemania y Japón debe ser deshecha”. La frase no la firma un nostálgico de la extrema derecha europea. Es una de las tesis de The Technological Republic, libro publicado en febrero de 2025 por Alexander Karp, CEO de Palantir, empresa estadounidense que provee buena parte del software con el que se construye hoy el rearme europeo. Tiene contratos con Alemania y el Reino Unido, opera infraestructura en Ucrania y colabora estratégicamente con Israel. Un mes después, Jürgen Habermas publicaba un llamamiento sobre el rearme europeo. No era un texto pacifista (él no lo fue nunca), pero formulaba la pregunta más exigente que un filósofo podía hacerse ante lo que se anunciaba: qué sería de una Europa con el Estado más poblado y más poderoso económicamente siendo, además, una potencia militar muy superior a todos sus vecinos, todo esto sin integrar en una constitución supranacional la sujeción a una política exterior y de defensa europea común ligada a decisiones mayoritarias.

Esta semana, el ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, presentó la primera doctrina militar autónoma de la República Federal desde 1955: “Nuestra ambición es, y debe ser, ser el ejército convencional más fuerte de Europa”. Se trata, básicamente, de la reescritura del pacto tácito sobre el que se construyó el orden europeo de posguerra. Desde 1945, ese pacto tenía una forma reconocible: Alemania sería la primera economía del continente, pero no la primera fuerza militar. Esa asimetría (centralidad económica y contención estratégica) fue la condición bajo la que el resto de Europa aceptamos, primero, la reunificación, y después la hegemonía económica alemana. ¿Desde dónde se autoriza esa reescritura? Porque un ministro no rescribe un pacto fundacional con una sola frase si no hay ya en circulación una matriz que lo legitima. Y esa matriz no es alemana, sino estadounidense. Y tiene un autor concreto.

Karp se doctoró en 2002 en la Universidad Goethe de Frankfurt con la intención explícita de tener a Habermas como director de tesis. Habermas se la rechazó. Acabaron separándose por desacuerdos sobre el contenido. El núcleo de su discrepancia era una pregunta sencilla: ¿qué hay en el fondo de la convivencia humana? Para Habermas, capacidad de entendimiento. Para Karp, agresión. Los seres humanos seríamos criaturas que se agreden, y lo único que puede organizar de verdad la convivencia es la fuerza o, en su versión moderna, la disuasión. Esto significa que el hombre que dirige una pieza central de la infraestructura tecnológica del aparato securitario occidental se formó intelectualmente en la órbita de la Escuela de Frankfurt, la tradición que Habermas pasó toda su vida defendiendo como matriz de la deliberación racional, y ha construido un imperio que es la antítesis exacta de esa tradición.

Habermas describía sin nombrarlo el proyecto Karp, al hablar del “sueño libertario de abolición de la política” de Silicon Valley, sustituida por la gestión empresarial y dirigida por las nuevas tecnologías. Eso es Palantir: el discípulo rechazado de Habermas convertido en proveedor del tipo de poder técnico contra el que su maestro construyó toda su filosofía. Frankfurt regresa a Frankfurt 80 años después, pero del revés. Habermas no advertía contra el rearme, sino exactamente contra el rearme que está ocurriendo, el de una Alemania que busca ser la potencia militar dominante sin haber resuelto la cuestión de la soberanía política europea. Lo que está en juego, por tanto, no es el armamento, sino el sujeto político que lo empuña. Y aquí la voz de Karp, el doctorando frustrado de Frankfurt, dueño de parte de la infraestructura técnica de esta nueva era, no es marginal, pues modifica la respuesta a la pregunta habermasiana. Habermas no pregunta si hemos de rearmarnos sino quién es ese “nosotros” que decide rearmarse, y con qué legitimidad lo decidimos.

Cuando un ministro alemán abandona el léxico del Estado (tanques, soldados, fronteras, deber) y adopta el de la consultora (efectos, capacidades, eficiencia, ambición), no es una mera cuestión de estilo: el Estado que delibera, que rinde cuentas y que admite ser juzgado por sus ciudadanos cede el paso al gestor que produce resultados medibles. Y eso es lo que está ocurriendo: Europa subcontrata su rearme y, con él, la filosofía política que lo orienta. La doctrina la firma un ministro alemán y el vocabulario una empresa de Palo Alto. La pregunta de Habermas ―quién decide― recibe una respuesta que no debería tolerarse: ellos, los que tienen el software, las palabras y el manifiesto. Los poderosos.

viernes, 18 de abril de 2025

"EL DISCURSO QUE NO SE PUDO ESCUCHAR EN EL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BUCHENWALD". Omri Boehm, El País 13 ABR 2025

Supervivientes en el campo de exterminio de Buchenwald,
cerca de la ciudad de Weimar (Alemania), en 1945.
El filósofo israelo-alemán Omri Boehm, nieto de un superviviente del Holocausto y crítico con Netanyahu, iba a pronunciar un discurso en el 80º aniversario de la liberación de Buchenwald. Pero su participación fue cancelada por las presiones de la Embajada israelí en Berlín, según ‘Der Spiegel’. Ofrecemos íntegra su intervención

El historiador judío-estadounidense Yosef Hayim Yerushalmi fue uno de los más profundos conocedores de la historia de la memoria judía. Su obra más destacada, Zakhor, que se publicó en alemán en 1988 con el título Zachor-¡Recuerda!, termina con una pregunta: “¿Y si lo contrario del olvido no fuera el recuerdo, sino la justicia?”. El propio Yerushalmi nunca respondió a la pregunta hasta su muerte en 2009, ni se molestó en explicar lo que quería decir con ella. Y, sin embargo, constituye un buen punto de partida para reflexionar sobre el significado y la fuerza del recuerdo en un momento en que ese recuerdo se enfrenta a nuevos e intolerables desafíos.

Según Yerushalmi, la tradición judía distingue claramente entre la historia y la memoria. La historia se escribe en tercera persona, y su objetivo es transmitir conocimientos fácticos sobre el pasado. La memoria, en cambio, solo puede contarse en primera persona, ya sea singular o plural; y no es puramente objetiva ni estrictamente descriptiva, sino que nos interpela, nos insta a actuar. La diferencia fundamental es, por tanto, que mientras la historia trata realmente del pasado, el recuerdo en realidad se orienta hacia el presente y el futuro. Y esa es también la razón por la que es posible recordar y, sin embargo, olvidar. En otras palabras, lo contrario del olvido no es solo conocer el pasado, sino también acatar en el futuro las obligaciones que nos impone dicho pasado.

El objetivo moral más elevado

Esta constatación nos permite resolver una contradicción que parece constituir la esencia de la vida y del pensamiento judíos. Por un lado, el judaísmo se caracteriza por ocuparse intensamente de la memoria; por otro, constituye una tradición profética que se interesa principalmente por el futuro o incluso por la utopía y el ideal. Y no es ninguna contradicción, ya que cuando los profetas exhortan una y otra vez “¡recuerda!”, ¡zakhor!, en realidad quieren que no olvidemos nunca que solo podremos honrar el pasado si buscamos la justicia en el futuro.

Pero me gustaría ir más lejos en esta argumentación porque, en mi opinión, las reflexiones de Yerushalmi a este respecto no son más que el comienzo. El objetivo más elevado que nos marcan los profetas, de hecho, no es la justicia, sino la paz. Martin Buber, por ejemplo, lo vio claramente. Pero fue Hermann Cohen quien lo expresó de manera más rotunda, cuando explicó que la justicia no puede ser el objetivo moral más elevado, porque depende de la ponderación y valoración, y, por tanto, es en sí incompleta y sesgada. La paz, por el contrario, representa en la tradición judía lo que para los griegos era la armonía: la perfección, el todo. La palabra shalem en hebreo significa “completo”, y es el origen de la palabra hebrea para paz: Shalom. La paz viene a completar la justicia universalizándola. ¿Es posible entonces que lo contrario del olvido no sea ni el recuerdo ni la justicia, sino la paz?

Al hacer estas reflexiones, Cohen no solo se basaba en los profetas, sino también en el ideal fundamental de la Ilustración, al que Kant dedicó su obra más influyente: Sobre la paz perpetua. Frente a la doctrina de Heráclito según la cual “la guerra es el padre de todas las cosas” (que desde siempre convence a todos los que se consideran “realistas”), los profetas hebreos y Kant plantean una alternativa radical: para ellos, el origen de las relaciones humanas, de la política humana y del derecho humano no es la supuesta necesidad de la guerra, sino el ideal de la paz. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 23 de marzo de 2025

"DESPUÉS DE GAZA". Antonio Muñoz Molina, El País 8 MAR 2025

FRAN PULIDO
Aunque seamos testigos impotentes, tenemos la responsabilidad de mirarlo todo con los ojos abiertos, sin que unas formas de barbarie nos cieguen sobre otras

Ahora nuestro destino es contemplar pasivamente el progreso acelerado de la inhumanidad en el mundo, así como las borracheras de obscena felicidad de quienes lo hacen posible o se benefician de él o simplemente celebran su triunfo como un desquite contra un adversario irrisorio y disperso: lo woke, las feminazis, los trans, los beatos del lenguaje inclusivo, de la empatía y el buenismo, los pelmazos del cambio climático, los represores que ya no dejan hacer chistes sobre negros, maricones y cojos y además quieren prohibir la caza y las corridas de toros, y hasta dicen que los animales sufren y pueden tener derechos. Pasivamente, confortablemente, contemplamos hace ya tres años cómo un pequeño país era invadido por otro gigantesco. La gente de Ucrania detuvo en seco e hizo retroceder una invasión que todo el mundo consideraba victoriosa de antemano, y eso fue una llamarada de esperanza durante algún tiempo. Pero la realidad de la destrucción y la muerte y de la pura fuerza bruta de un país inmenso regido por gánsteres pronto impusieron una monotonía del horror que anestesiaba la atención y también el sentimiento de solidaridad y de ultraje.

Bien mirado, esa condición de testigos impotentes y desbordados por lo inconcebible empezó mucho antes, en el comienzo mismo de este siglo sombrío, con el atentado de las Torres Gemelas y con las dos invasiones vengativas de Afganistán e Irak, en aquellas guerras de nombre metafísico —War on Terror, ni siquiera on Terrorism: el terrorismo, en sentido estricto, es una actividad política criminal que puede ser combatida por la policía y por los jueces, como nosotros los españoles sabemos muy bien—. El Terror, con mayúscula, está entre la pura abstracción y la fantasía apocalíptica. En nuestro presente angustioso no hay diplomático ni comentarista político que no lamente la pérdida de un orden internacional no regido por la fuerza, sino “basado en reglas”, pero estará bien recordar que en 2001 y 2003 Estados Unidos invadió uno tras otro dos países de los que no había recibido ninguna agresión y que no constituían un peligro para nadie, salvo para sus desdichados habitantes, cuyas vidas no se puede decir que mejoraran bajo el dominio imperial de sus libertadores.

Nos toca ser testigos impotentes de la inhumanidad, y también de la hipocresía, y de los dobles raseros. Los verdugos encapuchados y en moto de Hamás, armados con sus fusiles de asalto y sus teléfonos móviles con los que grababan sus propios crímenes, cometieron el 7 de octubre de 2023 una masacre de 1.200 inocentes, y hubo personas y organizaciones supuestamente progresistas que evitaron condenar ese espanto, incluso que lo calificaron como un acto de resistencia legítima. Pero Israel emprendió inmediatamente después una venganza exterminadora contra toda una población que lleva ya durando año y medio, y la mayor parte de los gobiernos occidentales, y de los portavoces y opinadores de derechas, han mantenido o bien otro cuidadoso silencio o han apoyado explícitamente la matanza. Las bombas que destruyen escuelas y hospitales en Gaza y la metralla con que son abatidos mujeres y niños se las suministran al Gobierno supremacista de Israel las respetables democracias occidentales, incluidas las europeas, sobre todo Alemania, donde además cualquier crítica a Israel corre el peligro de incurrir en el delito de antisemitismo.

Ya que somos testigos a la fuerza impotentes, al menos nos cabe la responsabilidad de mirarlo todo con los ojos abiertos, sin que el escándalo de unas formas de barbarie nos ciegue sobre otras. Uno de esos observadores insobornables que tanta falta hacen ahora es Pankaj Mishra, de quien Galaxia Gutenberg acaba de publicar en español su último libro, El mundo después de Gaza. Mishra escribe una prosa clara y vehemente y tiene la avidez de saber y el sentido del rigor de los reporteros internacionales que han visto con sus propios ojos los desastres del mundo, y también la variedad feraz de las culturas y las vidas. Nacido en la India en las décadas posteriores a la independencia, su mirada periférica le permite una agudeza desapegada sobre la visión que los países principales de Occidente tienen de ellos mismos, acostumbrados a ejercer una hegemonía indiscutible sobre el resto del mundo, y esconder un pasado de violencia y rapacidad colonialista bajo el brillo de los valores democráticos que proclaman: esa “civilización occidental” que dice estar defendiendo Benjamín Netanyahu a golpes de limpieza étnica.

La hipocresía es tan escandalosa como la crueldad, y actúa como su aliada. La República Federal de Alemania, desde su fundación, recuerda Mishra, redujo al mínimo la persecución de los nazis y facilitó que muchos de ellos alcanzaran puestos importantes en la Administración y en el Gobierno, pero su apoyo económico y militar a Israel le sirvió de coartada contra cualquier acusación de complicidad con los perpetradores de la Shoah. Los antiguos aliados en la II Guerra Mundial se ungen con el mérito de haber derrotado al nazismo, pero ninguno de ellos, ni Estados Unidos, ni el Reino Unido, quiso acoger más que a un número exiguo de judíos fugitivos, a pesar de las evidencias de la persecución nazi y de las noticias que fueron llegando sobre los campos de exterminio. En los años de posguerra, el silencio y la indiferencia hacia lo que había sucedido en ellos se extendió también a Israel, donde reinaban una ética y una estética de vigor físico y energía de pioneros en la que había más desdén que compasión hacia las víctimas.

Pankaj Mishra es una de esas personas que descubrieron siendo jóvenes a Primo Levi, a Jean Améry y Hannah Arendt, y quedaron marcadas por la candente lucidez de esos judíos que a través del sufrimiento extremo y la voluntad de atestiguar y comprender nos legaron una visión insobornable de la naturaleza humana, desolada y al mismo tiempo esperanzadora. Ellos mismos son la prueba de lo mejor del ser humano, y a la vez nos avisan de la ferocidad que puede habitar en nuestros semejantes y dentro de cada uno de nosotros si las pasiones ideológicas o nacionales desbaratan los hilos frágiles de la convivencia y nos llevan a ver a otras personas como seres inferiores que merecen ser sometidos o eliminados. Levi, Arendt y Améry eran judíos secularizados, bien integrados en las sociedades que consideraban suyas, por lengua y cultura: nada de eso los salvó de ser perseguidos, y destinados a la muerte por el solo hecho de ser judíos. Levi y Améry, más que Arendt, vieron con esperanza la creación de Israel, pero muy pronto, como muchos otros judíos, en la diáspora y en el país recién fundado, alertaron sobre el peligro de un nacionalismo militarista, racista en su desprecio por la población árabe, y hasta por los mismos judíos que emigraban a Israel desde países musulmanes, gente de piel más oscura que los askenazíes de origen europeo. Y a todos ellos, víctimas del nazismo, les inquietaba el modo en que la memoria del Holocausto, ignorado durante tanto tiempo por los primeros dirigentes del país, se convirtiera poco a poco en una invocación de victimismo permanente para legitimar cualquier crimen, cualquier abuso, cualquier agresión, que los poderes israelíes cometieran contra la población palestina.

En uno de los libros más escalofriantes, más necesarios que yo he leído en mi vida, Más allá de la culpa y la expiación, Jean Améry cuenta que al primer golpe que recibe alguien sometido a tortura ya pierde para siempre su confianza en la condición humana. Poco antes de quitarse la vida, cuenta Mishra, leyó testimonios de presos palestinos torturados en calabozos israelíes. Se sintió entonces más extranjero y excluido que nunca, porque su patria no podía ser la de los torturadores.

martes, 12 de marzo de 2024

"Alemanes, no tomar partido por Ucrania es ser parte". La respuesta del historiador Timothy Snyder a Jürgen Habermas (El País 10 JUL 2022)

Alemania no puede decir que no ha intervenido en la guerra contra Ucrania. A rebufo de su política exterior en las últimas décadas, tan cercana a la Rusia de Putin, está interviniendo, casi siempre del lado equivocado

Jürgen Habermas, considerado el mayor filósofo político de Europa, ha escrito un texto sobre su principal crisis actual, la guerra de Ucrania. Su tesis es que la historia recomienda la Besonnenheit (sensatez) alemana, que en la práctica se ha plasmado en mucho hablar y poco actuar durante los cuatro primeros meses del conflicto más importante que vive Europa desde 1945.

Habermas defiende su tesis con argumentos históricos, pero resulta llamativo que no tenga nada que decir sobre la II Guerra Mundial. Este suele ser el punto de partida para cualquier conversación sobre la responsabilidad de Alemania, y en el caso de Ucrania es todavía más pertinente. Hitler dijo que los ucranios eran un pueblo colonial e intentó desplazarlos, matarlos de hambre y esclavizarlos. Quiso usar las reservas de alimentos del país para convertir Alemania en un imperio mundial autárquico. Vladímir Putin ha evocado temas hitlerianos para justificar su guerra de destrucción: los ucranios no poseen conciencia histórica ni nacionalidad propia ni clase dirigente. Igual que Hitler, e igual que Stalin, quiere utilizar los alimentos ucranios como arma. Pero al lector de Habermas no se le pedía que tuviera en cuenta esas semejanzas ni que se preguntara si es posible que los alemanes tengan cierta responsabilidad respecto a Ucrania, un país en el que Alemania mató a millones de personas no hace mucho tiempo.

Habermas opina que el punto de referencia de la civilización es la lógica, pero en su ensayo no hace ningún esfuerzo para identificar la lógica ucrania. Me atrevo a decir que su falta de referencia a la II Guerra Mundial le impide identificarla bien, porque es una lógica anclada en la existencia. No nos enteramos de que Putin niega la existencia de un Estado y una nación ucrania, ni de que la maquinaria oficial de prensa de Rusia habla de resolver la cuestión ucrania, la televisión rusa difunde de manera habitual mensajes genocidas y los soldados emplean lenguaje de odio y genocida para justificar los asesinatos, las violaciones y todo lo demás. Los ucranios, con razón, han llegado a la conclusión de que están luchando por la supervivencia nacional. Habermas menciona la situación de Ucrania cuando habla de generaciones heroicas y posheroicas, pero esa forma alemana de enmarcar el problema aleja al lector de la experiencia ucrania y quizá, incluso, de los problemas más importantes. Pienso en Roman Ratushnyi, que murió en combate cuando estaba a punto de cumplir 25 años. Roman era un activista civil de 16 años en 2013, cuando se manifestó en favor de que Ucrania estrechara su relación con la Unión Europea. Luego se dio a conocer en Kiev como ecologista y defendiendo los espacios verdes frente a unos planes urbanísticos dudosos. Su vida y su actividad miraban hacia el futuro.

Estoy seguro de que Habermas tiene razón cuando dice que los alemanes, tanto los mayores como los más jóvenes, deben hacer más esfuerzos para comprenderse, pero no es ahí donde se encuentran los problemas más acuciantes. La guerra entre Rusia y Ucrania es un conflicto generacional mucho más inequívoco porque los hombres que mandan en la política rusa tienen toda una generación de diferencia con los hombres y mujeres que gobiernan Ucrania. Putin inició esta guerra en nombre de un pasado mítico, con referencias al siglo X (un bautismo a manos de un vikingo) o al XVIII (Pedro el Grande) como disculpas para una agresión en el siglo XXI. La generación que ocupa hoy el poder en Ucrania es la primera educada después de 1991, y su valentía reside en que está defendiendo lo construido desde entonces y la idea de un futuro europeo normal. Los hombres y mujeres que luchan en la guerra, unos jóvenes y otros no tanto, relacionan la supervivencia nacional, como es comprensible, con una vida normal y un futuro en la Unión Europea. Arriesgan la vida, y a veces la pierden, por ese objetivo. Seguramente se puede llamar heroísmo, pero tal vez en un sentido más fácil de entender. Ese sentido tiene poco que ver con los debates sobre el heroísmo que, en el contexto alemán, están contaminados por el lenguaje nazi. ¿Pero de verdad es el contexto lingüístico alemán el que debe regir las opiniones de los alemanes sobre otros pueblos? Cuando Habermas se obsesiona con los problemas que suscita esta situación entre su generación y otras más jóvenes está evitando abordar las razones de la resistencia ucrania. CONTINUAR LEYENDO

"EL GRAN REEMPLAZO EUROPEO". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

Los movimientos en Bruselas contra la política migratoria española muestran que se está rompiendo el relato de Von der Leyen: sí que hay alt...