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miércoles, 19 de abril de 2023

«LA CONCENTRACIÓN DE LOS AHORROS EN UNA ÉLITE PROVOCA UN AUMENTO DE LA DEUDA O DEL DESEMPLEO». Un artículo de Patricia Simón publicado en Ethic el 22 de marzo de 2023

 Las guerras comerciales que mantienen Estados Unidos, China y la Unión Europea no responden a sus intereses nacionales, sino a la de sus élites económicas. Y esa concentración de la riqueza está comprometiendo la seguridad mundial. Esa es la tesis que sostienen los analistas Mathew C. Klein y Michael Pettis en su libro ‘Las guerras comerciales son guerras de clase’ (Capitán Swing), ganador en 2021 del Lionel Gelber Prize, el galardón más prestigioso otorgado a los libros sobre política exterior. Conversamos con Pettis, profesor de Finanzas en la Escuela de Administración Guanghua de la Universidad de Pekín, sobre este turbulento horizonte.

En el libro evidencian que la creciente concentración de los ingresos por parte de las minorías más ricas ha provocado una ralentización en la mejora de las condiciones de vida de la mayoría de la población de Estados Unidos, de la Unión Europea y China. Al mismo tiempo, cada vez son más los trabajadores que tienen que endeudarse por sus bajos salarios y que no pueden consumir lo que producen. ¿Cuáles son las consecuencias de este empobrecimiento masivo?

Tradicionalmente se ha creído que cuantos más ahorros tiene una sociedad, mayores son las inversiones. Y lo que comprobamos nosotros es que no siempre es así, como ya apuntaron, en el siglo XIX, el economista inglés John Hobson y el periodista estadounidense Charles Arthur Conant. De hecho, a menudo provoca todo lo contrario: la desigualdad en los ingresos fomenta la acumulación de riqueza entre los ricos y es negativa para el crecimiento porque, en muchos casos, reduce la inversión. Esta es la parte del libro que más ha sorprendido a economistas y analistas. Y es exactamente lo que está ocurriendo en las avanzadas economías modernas. Por ejemplo, para un español era difícil conseguir una tarjeta de crédito antes del año 2000: tenía que gozar de una situación bastante estable y acomodada para que se la concediesen. Con el inicio del nuevo siglo, sin embargo, los ricos de Alemania y de otros países comenzaron a invertir sus ahorros en sistemas bancarios del sur de Europa, como el español. Y estos, para convertirlos en préstamos, redujeron a mínimos las condiciones para concederlos. Así fue como muchos españoles se endeudaron, mientras los ahorros de los ricos crecían. Las fábricas españolas empezaron a producir menos porque las clases medias y bajas consumían menos, por lo que despidieron a muchos de sus trabajadores. A partir de la crisis de 2008, cuando la deuda ya se había disparado y no se podía acceder a dinero prestado, se disparó el desempleo. La concentración de los ahorros en una élite, por tanto, provoca un aumento de la deuda o el desempleo.

Klein y usted lanzan una advertencia: las sociedades cometen las peores atrocidades cuando creen que el futuro será peor que el pasado, como en los años treinta del siglo anterior. Para evitarlo, proponen la aplicación de políticas redistributivas de corte socialdemócrata, como las que se pusieron en marcha tras la II Guerra Mundial. ¿Cómo deberían ser esas medidas para responder a los desafíos del siglo XXI?

Hemos evitado entrar en discusiones muy politizadas. Sí hacemos hincapié en lo que propuso Hobson hace más de un siglo: en la importancia de redistribuir los ingresos. Hay muchas formas de hacerlo. Sabemos que en los años setenta, en Estados Unidos, los sindicatos sufrieron unos ataques terribles que debilitaron enormemente la organización de la clase obrera. Desde entonces, no ha parado de crecer su capacidad productiva a la vez que, proporcionalmente, se reducían sus salarios. A la vez, las élites económicas han ido pagando menos impuestos, lo que ha aumentado la deuda en todo el país por la transferencia de los ingresos de la mayoría de la población a los más ricos. Así que nuestra recomendación es que se restablezcan y aumenten los impuestos a los ricos, que se fortalezca la Seguridad Social y que se transfiera dinero a la gente común a través de las pensiones y del aumento del presupuesto destinado a la educación.

En la última cumbre de la OTAN, celebrada en Madrid en junio de 2022, Estados Unidos y la Unión Europea declararon a China, uno de sus socios comerciales más importantes, el gran desafío para sus intereses. ¿Cuál es el rol del gigante asiático en estas relaciones políticas y económicas?

No se puede hablar de la Unión Europea como un ente unitario porque hay enormes diferencias entre sus países miembros. Alemania y Países Bajos tienen tasas muy altas de ahorros, y aunque hay quienes siguen sosteniendo que es porque tienen una gran cultura del trabajo y del ahorro, lo cierto es que esta afirmación, como señalamos en el libro, no tiene ningún sentido. Por ejemplo, la razón de que Alemania tenga esa acumulación de ahorros es resultado de las reformas implantadas a partir de 2003, que iban dirigidas a aumentar la productividad de los trabajadores. Los salarios se estancaron y la gente normal perdió capacidad de consumo mientras los ricos enviaban su dinero a la banca del sur de Europa, que fue la que colapsó. Un dinero que, a menudo, terminó convertido en inversiones de poco valor, como esos edificios de viviendas vacías que siguen abundando por el centro de España. Así que fueron los países del sur europeo los que pagaron el problema de Alemania. Ocurre lo mismo entre China y Estados Unidos. Y los desequilibrios comerciales agudizan las tensiones geopolíticas. Corregirlos es una cuestión de seguridad global.

También exponen cómo las empresas chinas se niegan a subir los salarios y los costes de la Seguridad Social, mientras el Gobierno de Xi Jinping se resiste a modificar el modelo económico porque acarrearía cambios en el sistema político. ¿Es posible un cambio en el régimen chino sin renunciar a un modelo económico basado en la exportación?

China lleva intentando cambiar su modelo desde que en 2007 anunciase que aprobaría medidas para equilibrar su economía. No es sorprendente que no lo haya hecho. Alemania y Japón llevan mucho tiempo declarando que van a fortalecer su demanda interna sin que ocurra nada en ese sentido. Así que la pregunta es: ¿por qué es tan difícil? China tiene problemas políticos, pero su incapacidad para equilibrar el consumo es el mismo que el de los otros países. Redistribuir los ingresos es muy difícil porque implica cambios importantes en las instituciones políticas, empresariales y financieras. Alemania, Japón, Corea del Sur, Países Bajos y China son países muy competitivos en el ámbito de las exportaciones internacionales porque tienen salarios bajos. Hay quien puede pensar que son altos en comparación con los españoles, pero no lo son atendiendo a su productividad: los trabajadores alemanes cobran lo mismo que los ingleses cuando los primeros son un 20% más productivos. Y equilibrar esta situación, aunque sería beneficioso a medio y largo plazo, en el corto supondría perder competitividad en la exportación.

Usted nació y pasó una parte de su infancia en España, a donde sigue viajando regularmente. ¿Qué opina sobre el aumento del salario mínimo interprofesional que ha aprobado su gobierno?

Vivimos en un mundo globalizado en el que muchos países compiten a través de los salarios bajos de sus trabajadores. Al subirlos, se corre el peligro de que parte de la industria huya. Es muy bueno que España aumente los sueldos, como debería hacer todo el mundo, pero en una economía globalizada debemos presionar para que lo hagan las principales economías de manera conjunta. Necesitamos respuestas globales.

miércoles, 27 de octubre de 2021

LA GRAN RENUNCIA AL EMPLEO (MALO). Un artículo de Juan Torres Gómez publicado en Público.es el 15 de octubre de 2021

Un nuevo fantasma recorre el mundo, el fantasma de la renuncia de millones de trabajadores a seguir trabajando en las condiciones en las que estaban antes del confinamiento.

Los datos son indiscutibles.

En Estados Unidos, el informe de la Secretaría de Trabajo de hace un par de semanas señala que 4,3 millones de personas habían renunciado a sus empleos en agosto. Eso ha hecho que ya pase de 10 millones el número de empleos vacantes en todo el país, a pesar de que hay casi 8,5 millones de personas desempleadas.

En los 38 países que forman parte de la OCDE hay 20 millones de personas menos empleadas que antes del confinamiento y 14 millones ya han dejado de considerarse activas porque ni tienen empleo ni lo buscan. Y, en comparación con 2019, hay 3 millones más de jóvenes sin empleo, ni educación ni formación.

En China, Vietnam y otros países asiáticos también ocurre lo mismo, pues millones de personas que habían vuelto a sus aldeas cuando se produjo el confinamiento no han vuelto a sus empresas. Y en Europa, leemos diariamente noticias sobre la «escasez» de personas para ocupar puestos de trabajo en muchos sectores económicos.

En Alemania se calcula que hay unos 400.000 empleos vacantes, en Francia 300.000 y en España casi 120.000, un 88% de ellos en el sector servicios.

Las causas de este fenómeno global son variadas y no todas ellas se quieren poner sobre la mesa porque el fenómeno supone una especie de enmienda a la totalidad de lo que ha venido pasando en los mercados laborales y en la economía en general durante los últimos 40 años.

Quien quiera engañarse puede creer que el problema se debe a que hay desajustes temporales entre la oferta y la demanda de trabajo. Puede haberlos, sin duda, pero no los suficientes como para explicar toda la magnitud del problema.

Lo curioso, además, es que los mismos economistas liberales que defienden esta tesis (para no tener que enfrentarse a lo que voy a señalar inmediatamente) actúan con bastante incoherencia. Cuando hay paro dicen que se trata tan solo de un exceso de oferta que se resuelve automáticamente en el mercado laboral a poco que bajen los salarios. Pero, ahora que hay escasez de oferta, no dicen que suban los salarios para evitar el desequilibrio. Una muestra más del fraude intelectual y del engaño que hay detrás de las teorías liberales sobre la naturaleza del desempleo y su solución.

La realidad es que el modelo laboral del neoliberalismo ha generalizado no solo los salarios más bajos con la excusa permanente de que eso era imprescindible para crear empleo.

Al bajar la masa salarial han disminuido las ventas de las empresas y eso ha hecho que se genere menos actividad y empleo. Así se ha creado un ejército de parados que ha permitido que los salarios no suban y que las condiciones de trabajo empeoren sin cesar, en beneficio de las grandes empresas (no de todas, porque una gran parte se ve perjudicada por la caída de ventas y actividad que he señalado).

Eso explica que en los últimos años de dominio neoliberal se hayan generalizado condiciones de trabajo extenuantes en donde han florecido la ansiedad, el estrés, el agotamiento, el miedo, la frustración y la renuncia creciente a la vida familiar, la crianza y el bienestar en el más amplio sentido. Muy particularmente, en algunos sectores, grupos sociales o en el caso de las mujeres.

Durante los años 60 y 70 del siglo pasado la rotación en los empleos era alta. Quien se pudiera encontrar insatisfecho con su puesto de trabajo podía cambiar con la seguridad de encontrar otro, más o menos en las mismas condiciones. En los últimos 40 años, por el contrario, los trabajadores no han tenido apenas posibilidad de rotar, sencillamente, porque las posibilidades de encontrar algo mejor eran mínimas. Con sindicatos debilitados, con la negociación colectiva en entredicho y, sobre todo, con ese ejército de millones de personas necesitadas de emplearse allí donde fuese, se ha podido establecer un modelo laboral en el que o se aceptaba lo que ofrecía la empresa, o se perdía el empleo: en la cola había cientos de personas dispuestas a aceptar cualquier condición de trabajo. De ahí los falsos autónomos, los contratos sin horas determinadas, las horas extraordinarias no pagadas y el incumplimiento generalizado de las leyes laborales.

El confinamiento ha transformado la situación, tal y como lo ha descrito muy claramente la profesora de Harvard Tsedal Neeley, en un interesante libro publicado el pasado mes de abril (Remote Work Revolution: Succeeding From Anywhere): «Hemos cambiado. El trabajo ha cambiado. La forma en que pensamos sobre el tiempo y el espacio ha cambiado (…).

Las encuestas que se están realizando en muchos países muestran claramente que la pandemia ha abierto los ojos a millones de trabajadores en todo el mundo que ahora rechazan la situación laboral anterior y se replantean su vida y, en especial, las condiciones de trabajo. Un informe reciente de McKinsey & Co. afirma que una de cada cuatro mujeres en Estados Unidos está pensando en cambiar de empleo o en dejar la actividad laboral debido al Covid-19.

En España, la mayoría de las grandes empresas, con mayor poder de negociación y sobre los mercados, han aprovechado la pandemia para intensificar las jornadas de trabajo y bajar salarios (a veces, hasta un 30% para los mismos puestos de trabajo que se contrataban antes del confinamiento) y el salario medio ha sufrido, no solo en España, una caída sin precedentes.

Por todo esto, es una ingenuidad y un error descomunal creer que lo que se está produciendo es una escasez de trabajo. Como escribía hace unos días Robert Reich, Secretario de Trabajo con Clinton (aquí), no es escasez de trabajo sino de salarios dignos, es escasez de cuidado de niños, de licencias por enfermedad pagadas y escasez de atención médica.

Es cierto que Reich se refiere a Estados Unidos y que en otros países, como el nuestro, aún no se está produciendo este fenómeno con la misma magnitud o por las mismas razones. Pero, donde allí se dice escasez de licencias por enfermedad pagadas o de atención médica, pongamos aquí jornadas interminables, salario de misera y falta de estímulos y autonomía personal.

Lo cierto es que, por primera vez en esas últimas décadas, los trabajadores de todo el mundo se están dando cuenta del poder que tienen frente a una gran clase empresarial que ha querido quedarse con todo, a costa de destruir la economía en su conjunto. Como dice Reich en el artículo que he citado, «se podría decir que los trabajadores han declarado una huelga general nacional no oficial hasta que obtengan mejores salarios y mejores condiciones laborales».

No va a haber más remedio que negociar, aceptar que las relaciones laborales deben mantener un imprescindible equilibrio y devolver derechos, salarios y condiciones de empleo dignos a las clases trabajadoras si no se quiere que la economía internacional entre en una nueva crisis de una magnitud y gravedad sin precedentes. Aunque no soy optimista. Se han acostumbrado a ganar tanto con toda facilidad que no será fácil que renuncien ni a uno solo de sus privilegios.

"CUCARACHAS PARA LOS BUITRES". Antonio Maestre, elDiario.es

Mari Carmen nos ha enseñado que funciona la presión social. Que si conocemos el nombre de los buitres que se esconden tras un fondo, sicav o...