lunes, 1 de junio de 2026

"MIRAR HACIA ROMA". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

León XIV hace lo que la política democrática ha dejado de hacer: invocar un estándar frente al cual medir la desviación

Cuando un Papa dice sobre la IA lo que ningún gobierno democrático se atreve a decir con la misma autoridad, la pregunta no es en qué acierta la Iglesia, sino qué ha dejado de hacer la política. La misma mañana en la que Pedro Sánchez visitaba el Vaticano y agradecía a León XIV su encíclica Magnifica humanitas por su llamamiento a desarmar la IA, a someterla al control público, a devolver a la persona al centro, la UCO entraba en Ferraz. Ni siquiera importa cuál de las dos escenas retrata mejor nuestro tiempo. ¿Por qué la palabra política ha dejado de obligar por sí misma y necesita tomar prestada su autoridad de otra parte? Pero conviene un matiz sobre la encíclica. El papa Prevost diagnostica el síntoma, no la enfermedad. Pide “volver a poner a la humanidad en el centro”, como si lo que estuviera en juego fuese una esencia humana amenazada por la técnica. La IA no pone en riesgo lo que somos, sino lo que existe entre nosotros: las condiciones materiales de la conversación, los hechos que aceptamos juntos, las instituciones que arbitran cuando no nos ponemos de acuerdo, el lenguaje que sirve para describir lo mismo y no para anularlo. El problema no es esencialista, sino político; no es nuestra falta de humanidad, sino de mundo. Por eso es preocupante que el diagnóstico, aun parcial, llegue de Roma y no del campo democrático. Cuando quienes deben producir el lenguaje político dejan de hacerlo, el lugar no se queda vacío. Lo llena lo que tiene autoridad propia y no necesita la del juego democrático: una iglesia, un mercado, una plataforma, un caudillo.

Pero seamos concretos. En España oímos que “este juez es parcial” o que “todo es fango” y parecen lo mismo, pero no lo son. Lo primero es crítica democrática, lo otro, cinismo disolvente. Decir que un juez es parcial implica creer en la imparcialidad: la usa como medida y denuncia su ausencia. Tiene arreglo. Decir “todo es fango” niega cualquier medida. Si la imparcialidad es imposible, no hay nada que reparar, solo bandos. La pregunta ya no es “¿es justo este fallo?” sino “¿de qué lado está?”. Sustituimos el eje justo/injusto por el de amigo/enemigo. Y eso no es neutral. La democracia se sostiene en justificarse ante una norma común; el poder fuerte solo se impone. Disolver al árbitro no nivela el campo: desarma al único equipo que jugaba con reglas. Si ya nadie puede decir “esto es injusto” y ser oído porque pensamos que toda vara es una ficción o una máscara de poder, si toda crítica se lee como jugada de bando, entonces el único que aún puede decir “esto no es permisible” y ser escuchado es quien habla desde fuera del juego. Alguien cuya autoridad no dependa de las reglas que hemos disuelto. Eso es el Papa: no convence por tener mejores argumentos, sino porque no está en el tablero. El Papa suena a pensamiento no porque acierte sino porque nuestra habla política está tan hueca, tan secuestrada, que ya no se puede decir “esto no es permisible” con voz propia.

Es inquietante. Al parecer, el único enunciado normativo audible viene de una autoridad que no rinde cuentas a nadie. La encíclica no es una buena o mala noticia sobre la Iglesia. Es un termómetro de la democracia. León XIV hace lo que la política democrática ha dejado de hacer: invocar un estándar frente al cual medir la desviación, aunque su diagnóstico se quede corto. Lo inquietante no es que él hable, es que su voz suene tan sola y tan fuerte. Y la pregunta que deja la coincidencia de esa mañana —el Vaticano y Ferraz, la palabra elevada y el ruido judicial— no es cuál de las dos escenas dice la verdad de nuestro tiempo. Es por qué la silla desde la que se enuncia el principio común está, ahora mismo, en Roma.

"MIRAR HACIA ROMA". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

León XIV hace lo que la política democrática ha dejado de hacer: invocar un estándar frente al cual medir la desviación Cuando un Papa dice ...