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lunes, 24 de noviembre de 2025

"QUIERO INTEGRARME (Y NO ME DEJAN)". Najat El Hachmi, El País

Queremos tener los mismos derechos que todos los demás, vivir en viviendas que no estén apartadas de todo, en barrios donde solo viven los “nuestros”

Exigen que los inmigrantes se integren, se adapten a “nuestra” cultura (a saber lo que es eso) pero en realidad es lo último que desean: ¿que los hijos de moros, negros y latinos compartan aula con sus propios hijos? ¿Que vivan en los mismos barrios que ellos? ¿Que les toque uno de esos como compañero de habitación con todos sus olores raros? ¿Tenerlos al lado compitiendo por los mismos puestos de trabajo? No, para nada, buena parte de los que se llenan la boca con la palabra “integración” lo que quieren en realidad es la desaparición de cualquier elemento distintivo en ese otro que detestan que les recuerde precisamente su diferencia. “Que se desintegren” sería una expresión más precisa. Lo demuestra el hecho de que mientras gritan “integración” no solo no hacen nada por favorecerla sino que contribuyen a los mecanismos que generan segregación. Que se tilde de fascismo esa hipocresía como hizo en su día Pau Luque es tomarse muy en serio a los racistas de toda la vida y no tener en cuenta que lo deseable para los que procedemos de otros países es, precisamente, la integración. Queremos integrarnos porque queremos tener los mismos derechos que todos los demás, vivir en viviendas que no estén apartadas de todo, en barrios donde solo viven los “nuestros”. Queremos integrarnos para que la democracia no nos quede lejos, que los políticos nos tengan en cuenta y también nos interpelen en vez de hablar de nosotros como si estuviéramos en una pecera cerrada desde la que no oímos ni entendemos lo que dicen sobre nosotros. Hoy hay niñas viviendo en barriadas degradadas haciendo un esfuerzo titánico por sobreponerse a esas barreras que les ha impuesto el sistema: de raza, de género y de clase, por supuesto. Estudian con ahínco porque saben que no les queda más remedio y a la que puedan huirán de ese lugar al que las han relegado para incorporarse a la sociedad que no es gueto y que tan lejos queda desde donde están ahora. El movimiento por los derechos de los negros en EE UU luchó contra la segregación establecida por ley y reivindicó su integración. Aquí ocurre que quienes se supone que defienden los derechos de los inmigrantes (sin haber pisado nunca uno de estos barrios en la periferia de la periferia) nos dicen que la integración es de derechas. Pero si es todo lo contrario. A la derecha ya le va bien que estemos encerrados, que tengamos que traspasar esas fronteras invisibles para llegar al centro, allí donde seríamos ciudadanos sin más, sin menos.

martes, 23 de julio de 2024

"NO TODO VAN A SER GOLES". Elvira Lindo, El País

Un grupo de chavales juega al fútbol en Rocafonda,
el barrio de Lamine Yamal. 
GIANLUCA BATTISTA

 [...] Hay que celebrar sin duda su éxito, pero me resisto a convertir una victoria deportiva en un símbolo patriótico. Entre otras cosas porque, como hemos visto en el espectáculo celebratorio de su hazaña, hay quien concibe la patria como un patrimonio excluyente. También hemos escuchado la idiotez suprema de hablar de diversidad nombrando a ghaneses, marroquíes, vascos, catalanes… En fin, ese no dejar nunca de ser los campeones del sufrimiento. Eso sí, con la mejor de las intenciones convertimos los alegres rostros de Nico y Lamine en símbolos del antirracismo, en el ejemplo más incuestionable de la defensa de la inmigración. Pero esa retórica es tramposa, porque pudiera parecer que la manera de frenar el impacto del racismo en el discurso público es justificando la entrada de inmigrantes como una manera de acoger a futuros deportistas de élite. Se diría que fiamos nuestro apoyo a que destaquen en algo que suele depender de unas condiciones naturales, a las que sin duda se añade el esfuerzo. Ese ha sido el campo que se les cedió a los negros americanos: el deporte, y también la música, aunque no haga mucho tiempo desde que se ha empezado a hablar de cómo se saqueó el talento negro a cambio de casi nada. Cuando vemos las imágenes del barrio de Lamine estamos contemplando muchas periferias de nuestras ciudades. Allí crecen los hijos de la inmigración, la mayoría destinados, en el mejor de los casos, a ser nuestra mano de obra. Lo sabemos muy bien. Sabemos también que ahogando los servicios públicos, sanidad, educación, les estamos forzando a soñar únicamente con hazañas deportivas, negándoles una futura condición de médicos, profesoras, científicas, políticos, abogados, gente de oficios. Es hora ya de defender una acción afirmativa. La presencia de los hijos o nietos de los inmigrantes es casi nula en cualquier representación pública, en la tele, en el mundo periodístico, en el cine. Ellos son la noticia y nosotros los que narramos sus vidas. Es hora de que lo cuenten con su propia voz. No todo va a ser marcar goles.