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domingo, 15 de febrero de 2026

"NO INCOMODA LA PROSTITUCIÓN: INCOMODA QUE SE NOMBRE COMO VIOLENCIA". Amelia Tiganus, El País

Ninguna mujer debería tener que poner su cuerpo al servicio del deseo masculino para sobrevivir y el feminismo no puede convertirse en un gestor amable del mercado sexual

Cada cierto tiempo, la prostitución vuelve a aparecer en el debate feminista presentada como un supuesto dilema moral. Y casi siempre con la misma escenografía: una historia individual elevada a verdad universal; una mujer convertida en excepción que pretende desmontar el análisis estructural; y un feminismo retratado como rígido, dogmático o desconectado de la “vida real”. El artículo sobre Georgina Orellano ―publicado en Ideas el pasado 9 de febrero― encaja, punto por punto, en ese guion ya conocido.

La verdad es que no estamos ante un debate honesto sobre “escuchar voces”. Estamos ante algo bastante más concreto: una operación política que busca redefinir la prostitución como trabajo y, de paso, desactivar su lectura como violencia sexual estructural. Y para ello se recurre a una estrategia muy eficaz: enfrentar experiencia a teoría, cuerpo a pensamiento, calle a análisis feminista. Como si el feminismo no hubiera nacido, precisamente, del cuerpo vivido, del dolor encarnado, de la experiencia directa de millones de mujeres explotadas sexualmente.

Yo también he sido prostituida. Yo también he puesto el cuerpo. Y desde ahí, desde ese lugar que no es abstracto ni cómodo, digo algo muy claro: la prostitución no es trabajo. Es violencia sexual organizada por un sistema patriarcal y capitalista. No lo afirmo desde una torre de marfil, sino desde una trayectoria vital y política que he desarrollado también por escrito en La revuelta de las putas, un libro que nace de la necesidad de nombrar lo que tantas veces se nos ha pedido callar: que la prostitución no nos libera, nos desgasta, nos rompe y nos deja fuera.

El artículo presenta a Orellano como prueba de que el feminismo debería “salir de su confort moral”. Pero conviene detenerse un momento y preguntarse: ¿de qué confort estamos hablando? ¿Del confort de nombrar la prostitución como explotación cuando se ha vivido en el propio cuerpo? ¿Del confort de señalar que la mayoría de mujeres prostituidas son pobres, migrantes, racializadas, con historias previas de violencia? ¿O del confort de no mirar nunca al sujeto central del sistema prostitucional: los hombres que pagan?

Porque, seamos sinceras, no hay nada radical en llamar “trabajo” a una práctica que consiste en que hombres compren acceso sexual al cuerpo de mujeres en situación de desigualdad. Eso no incomoda al patriarcado. Al contrario: lo ordena, lo legitima y lo hace más presentable. Lo verdaderamente incómodo es decir que no existe consentimiento libre cuando hay necesidad, miedo, dependencia o desigualdad estructural. Lo incómodo es señalar que convertir la prostitución en “trabajo” implica normalizar que el cuerpo de las mujeres funcione como un recurso económico más, como una mercancía disponible.

Se acusa al feminismo abolicionista de negar . Pero la agencia no flota en el aire. No existe en el vacío. Elegir entre pobreza o prostitución no es libertad; es supervivencia. Y la supervivencia no puede convertirse en coartada ideológica. Defender derechos laborales sobre esa base no emancipa: institucionaliza la desigualdad. Por eso, cuando se habla de “derechos conquistados”, conviene hacerse algunas preguntas incómodas: ¿derechos para quién?, ¿a costa de quién?, ¿derechos que no cuestionan la demanda masculina ni el mercado sexual global?

El artículo insiste en la idea de “violencia epistémica” cuando se cuestiona la voz de Orellano. Pero hay otra violencia, mucho más persistente, de la que apenas se habla: el silencio sistemático sobre las mujeres que quieren salir de la prostitución, las que no pudieron, las que enfermaron, las que fueron desechadas cuando dejaron de ser rentables. Esas mujeres no escriben libros, no presiden sindicatos, no ocupan tribunas mediáticas. Y, sin embargo, son la norma. No la excepción.

Nombrar la prostitución como violencia no es negar la humanidad de las mujeres prostituidas. Es exactamente lo contrario. Es negarse a aceptar que su explotación sea presentada como destino laboral legítimo. Es decir, sin rodeos, que ninguna mujer debería tener que poner su cuerpo al servicio del deseo masculino para sobrevivir. Es rechazar que el feminismo se convierta en un gestor amable del mercado sexual.

El feminismo no tiene que elegir entre teoría y experiencia. El feminismo nace, precisamente, del cruce entre ambas. De cuerpos explotados que pensaron políticamente su dolor. De mujeres que entendieron que lo que les pasaba no era un fracaso individual, sino una estructura.

La prostitución no incomoda al patriarcado.
Lo sostiene.

Lo que incomoda —y mucho— es que se diga alto y claro.
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Amelia Tiganus es escritora y activista abolicionista de la prostitución, superviviente de la trata de mujeres.​

jueves, 1 de mayo de 2025

"LA IGLESIA CATÓLICA, UNA PATRIARQUÍA". Juan José Tamayo, elDiario.es 25 de abril de 2025

Ni una sola mujer apareció en el traslado de Francisco a San Pedro: la escena demuestra más que mil palabras la marginación, el silencio, la invisibilidad y el ocultamiento de las mujeres en la iglesia católica

El pasado 23 de abril fui invitado como comentarista del programa La Hora de la 1 de TVE a seguir en directo el traslado del féretro del papa Francisco desde la residencia de Santa Marta, donde vivía, hasta la Basílica de San Pedro, donde ha sido despedido por unas 250.000 personas. Las escenas que vi eran la mejor representación del patriarcado en estado puro que caracteriza y define la estructura jerárquico-piramidal y clerical del catolicismo romano.

Todos los participantes en la ceremonia eran varones: los cardenales vestidos de rojo, los sacerdotes, los portadores del féretro a hombros, la Guardia Suiza y los monaguillos que llevaban los cirios. Ni una sola mujer apareció en todo el recorrido. Su invisibilidad era total. Solo vi a dos mujeres periodistas informando sobre la ceremonia: Marta Carazo, directora del Informativo de las 9 de la noche de TVE, enviada especial estos días a Roma para informar in situ y en directo, y Begoña Alegría, corresponsal de TVE en Roma. La escena demuestra más que mil palabras la marginación, el silencio, la invisibilidad y el ocultamiento de las mujeres en la iglesia católica. Me cuesta entender cómo no había mujeres en tan solemne ceremonia de la despedida de Francisco cuando fueron ellas, y no los discípulos varones, quienes acompañaron a Jesús en los trágicos momentos de su crucifixión.

Esto sucede después de 12 años de pontificado del papa Francisco, que se caracterizó por revolucionar la doctrina social de la iglesia con un pensamiento político, económico y social revolucionario, que denunció el neoliberalismo como injusto en su raíz, pero apenas hizo cambios en el reconocimiento de la igualdad y la justicia de género y en la falta de protagonismo de las mujeres, que siguen siendo personas subalternas en el organigrama eclesiástico. Se cumple así la ley de todas las revoluciones: lo prioritario es el cambio de estructuras políticas, sociales y económicas, el cambio en la situación de las mujeres puede esperar, por muy discriminatoria que sea. Estamos ante el borrado de las mujeres de la faz masculina de la Iglesia católica. 

El cónclave, otra muestra más

La institución del cónclave para elegir al papa, vigente desde la Edad Media, es otra prueba más del patriarcado en el catolicismo. En esta práctica anacrónica sin luz ni taquígrafos, 133 cardenales que carecen de representación popular cristiana se encerrarán para elegir al nuevo Papa en un acto que transgrede todos los principios de la democracia. El Papa nombra a los cardenales sin participación alguna del pueblo de Dios. Los obispos son nombrados por el Papa sin consultar a las diócesis para las que son destinados. Los obispos nombran a los párrocos sin consulta previa a los “fieles”.

Muchas personas -y yo entre ellas- se preguntan cómo es posible que el Papa que va a dirigir (“pastorear”, se dice en el lenguaje eclesial) a 1.400 millones de católicos y católicas sea elegido por un reducido grupo de notables, todos varones, todos clérigos, todos célibes, que a su vez han sido elegidos por el Papa (también varón, en este caso el 80% por Francisco y el resto por Juan Pablo II y Benedicto XVI). Esta forma de elección no puede ser más aristocrática, patriarcal, antidemocrática y clerical. ¿Dónde quedan los deseos y la opinión del resto de las personas católicas? La Iglesia que defiende la democracia en la sociedad no la practica en su seno. Estamos ante una grave incoherencia.

Resultado: la Iglesia católica funciona como una perfecta patriarquía en la que las mujeres son excluidas de los espacios de poder, donde se toman las decisiones más importantes, del ámbito de lo sagrado, de los lugares donde se elabora la doctrina teológica y moral, incluso en aquellos temas que les afectan directamente, de muchas de las funciones ministeriales, de la administración de los sacramentos y, por supuesto, de la representación de Dios y de Jesús de Nazaret, reservada solo a los varones, en este caso a los clérigos.

A esto cabe añadir que las mujeres no son consideradas ciudadanas eclesiales, ni reconocidas como sujetos morales con autonomía para tomar sus propias decisiones y actuar en conciencia y conforme a la ética liberadora del Evangelio. Son comparsa, cristianas subalternas. ¿En qué queda, entonces, la igualdad de todos los cristianos y cristianas por el bautismo? ¿En qué queda la declaración de la igualdad de Pablo de Tarso: “Ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús?” Una declaración que el filósofo de la esperanza Ernst Bloch llamaba “la Primera Internacional de la Igualdad”.

De la eclesialidad se ha apropiado la jerarquía eclesiástica en contra de la imagen de la Iglesia como comunidad de mujeres y hombres iguales conforme a los orígenes del cristianismo originario y al Concilio Vaticano II, que define a la Iglesia como comunidad de creyentes y pueblo de Dios. A la vista del análisis que acabo de hacer, parece claro que no se trata de un pueblo soberano, sino sometido a la jerarquía eclesiástica.

Durante sus doce años de pontificado, ¿mutó Francisco la lógica excluyente de las mujeres en la Iglesia católica por la inclusiva? Creo que no. Intentaré argumentar la respuesta en un siguiente artículo.

viernes, 7 de marzo de 2025

¿INVISIBILIZA NUESTRA LENGUA A LA MUJER? Alex Grijelmo, El País 02 DIC 2018

La mujer sufre discriminación y el uso del llamado masculino genérico para unos refuerza las estructuras patriarcales mientras otros invitan a no confundir género con sexo

Una corriente feminista muy presente en los medios asegura que la mujer se siente excluida del llamado “masculino genérico”. Algunas de sus promotoras (sociólogas, juristas…, raramente las filólogas) consideran machista este rasgo de la lengua española y propugnan que en una artificial “lengua cultivada”, certera denominación de Juan Carlos Moreno Cabrera (Diversidad lingüística y diversidad cultural, 2011), se pronuncien duplicaciones como “ciudadanos y ciudadanas”, “españoles y españolas”, “todos y todas”, a fin de evitar la “invisibilidad” de la mujer.

Para aportar nuevas reflexiones sobre este asunto, con otro punto de vista, partiremos de la diferencia entre “significado” y “significante”.

El significante “casa” (es decir, la palabra “casa” pronunciada o escrita) nos hace pensar en la imagen (el significado) de un edificio con puertas y ventanas, tal vez también con chimenea. Al pronunciarse el significante “casa” no se expresan los significantes “ventana”, “puerta” y “chimenea”; sin embargo, todos los conceptos que ellos representan vienen a nuestra mente en el significado cuando oímos o leemos la palabra “casa”. La ideación activada por el significante “casa” incluye esos elementos porque están en nuestra memoria de una casa. Por tanto, el significante “casa” son unas letras o unos sonidos. Y el significado, la idea que tenemos de una casa. Las ventanas y la puerta no están en el significante, pero sí en el significado.

Lo mismo sucede con expresiones como “Estatuto de los Trabajadores” o “Congreso de los Diputados”. Los significantes femeninos “trabajadoras” y “diputadas” no se hallan presentes ahí, pero sí se activan sus significados. Porque, igual que al oír “casa” pensamos en ventanas, conocemos que la legislación laboral afecta del mismo modo a las trabajadoras y que en los escaños se sientan también las diputadas, aunque ni unas ni otras se mencionen. Los contextos compartidos completan, pues, los significados.

Por todo ello, como explican las investigadoras feministas en el uso del lenguaje Aguasvivas Catalá y Enriqueta García Pascual (Ideología sexista y lenguaje, 1995), no hay que confundir ausencia con invisibilidad. Es decir, no se debe confundir “ausencia del género femenino” en el significante con “invisibilidad de las mujeres” en el significado.

Así pues, al analizar el significado de una palabra conviene observar a la vez su sentido (entendemos aquí el sentido como “el significado más el contexto”). Veamos. La palabra “copa” se vincula a bote pronto en una conversación familiar con un recipiente de cristal; pero con un trofeo en la conversación entre futbolistas, o con la parte superior de un árbol si habla un grupo de ingenieros forestales. El contexto de cada caso influye en el sentido que activa el significante en nuestra mente.

El sistema lingüístico del español acoge fenómenos similares en algunos otros supuestos. Por ejemplo, cuando el singular representa al plural del mismo modo que el masculino representa al femenino. Si hablamos de que “este año se ha adelantado la caída de la hoja”, el significante “la hoja” se expresa en singular, pero la representación mental nos hace imaginar una pluralidad de hojas. Lo mismo sucedería con una oración como “tiene mucha afición al naipe” (ante la cual nadie imagina que se experimente tal inclinación por una sola carta). CONTINUAR LEYENDO

sábado, 28 de diciembre de 2024

"PUTEROS. HOMBRES, MASCULINIDAD Y PROTITUCIÓN". Beatriz Ranea Triviño

Este libro aborda el análisis de la prostitución, uno de los asuntos más controvertidos tanto dentro como fuera del feminismo, a través de una de sus caras más invisibles: los puteros. Una invisibilidad y un silencio que resultan elocuentes en investigaciones, debates o medios de comunicación, en los que ha prevalecido una tendencia a identificar la prostitución únicamente con las mujeres, como si encarnasen todo el sistema, y a ocultar y tolerar a quienes lo perpetúan. Sobre ellas han recaído el estigma social y los estereotipos, acaparando buena parte de las discusiones en torno a la libertad y el consentimiento sexual, la victimización o la explotación. ¿Cómo explicar la invisibilidad y tolerancia hacia los puteros? ¿Por qué rara vez se les nombra? ¿Por qué hay hombres que pagan por sexo? ¿A qué se debe que esta demanda sea mayoritariamente masculina? ¿Cuál es la relación entre prostitución y masculinidad? Ranea presenta una minuciosa disección de la cultura y las prácticas puteras, tras entrevistar a mujeres en contextos de prostitución, puteros y algún proxeneta. Una interpelación crítica que busca contribuir a reescribir la definición feminista y colectiva de lo que es la prostitución, y del significado que esta tiene para los hombres dentro del entramado de alianzas entre capitalismo, patriarcado y racismo.

lunes, 4 de septiembre de 2023

"LO QUE NOS ENSEÑA LA MADRE DE RUBIALES". Un artículo de Antonio Maestre publicado en elDiario.es el 2 de septiembre de 2023

La madre de Rubiales también es víctima del machismo y puede que en su socialización haya participado en la configuración etológica de su hijo haciendo de él un hombre machista. Ángeles Béjar se crio en una época en la que las madres eran las Penélopes de Carmen Martín Gaite

No hay comportamientos justificables solo por nacer del amor de una madre. Pueden ser equivocados, pero conviene comprender las motivaciones y el origen de ciertas actitudes para no caer en los comportamientos machistas y clasistas que se intentan denunciar en el infame caso Rubiales. La cobertura, comentarios y actitudes sobre la madre de Luis Rubiales también evidenciaban las estructuras machistas. Yendo a lo profundo, el propio comportamiento de Ángeles Béjar estaba completamente atravesado por la estructura patriarcal y en vez de mofarse de ella sería más productivo intentar comprender las causas para que una mujer actúe de esa forma y abordar de manera profunda el problema de la familia en la perpetuación de los roles patriarcales. Un análisis que no se ha podido hacer porque ha primado la espectacularización mediática.

Uno de los mayores errores de la deontología periodística ha sido caer en el tratamiento de la polémica con Luis Rubiales por el beso a Jenni Hermoso como si fuera crónica rosa y sin considerar los peligros de no actuar con los filtros periodísticos adecuados. No creo que el hecho de que la madre de Luis Rubiales inicie una huelga de hambre sea una noticia que deba ser tratada más que como un breve teletipo, en lugar de convertirlo en un show mediático en el que ofrecer voz en directo a cualquier vecino que apareciera por la iglesia para que pudiera lanzar mensajes peligrosos, discursos de odio y proclamas que incidían en responsabilizar a la mujer que había sido agente pasivo en el suceso. La mayoría de los mensajes agresivos contra Jenni Hermoso eran lanzados por mujeres de la familia de Luis Rubiales, primas, tías, sobrinas, con lo que eso enseña sobre la romantización del concepto de familia y cómo esa estructura puede ser el núcleo fundamental sobre el que gira la opresión de las mujeres.

La familia puede ser un nido protector que te protege para poder desarrollarte, social, moral y profesionalmente o un espacio represor, cancelante y opresivo, una cárcel de la que huir. De manera histórica la familia ha sido el mayor cepo posible de desarrollo para las mujeres, en especial para las de clase trabajadora, asignándoles el rol de criadoras, amas de casa y convirtiéndolas en presas para los abusos, el acoso y las agresiones dentro del entorno familiar. Si bien la estructura familiar va evolucionando y gracias al feminismo y el avance en derechos sociales esa situación se va aminorando, no lo hacía así en el caso de mujeres como la madre de Rubiales, nacidas en la posguerra y en los años posteriores y socializadas en un ambiente en el que machismo lo impregnaba todo.

La madre de Rubiales también es víctima del machismo y puede que en su socialización haya participado en la configuración etológica de su hijo haciendo de él un hombre machista. Ángeles Béjar se crio en una época en la que las madres eran las Penélopes de Carmen Martín Gaite: “Aquellas Penélopes condenadas a coser, a callar y a esperar. Coser esperando que apareciera un novio llovido del cielo. Coser luego, si había aparecido, para entretener la espera de la boda. […] Coser, por último, cuando ya había pasado de novio a marido, esperando con la más dulce sonrisa de disculpa para su tardanza la vuelta de él a casa”. El sociólogo Richard Hoggart estudió el papel y el rol de las madres de clase trabajadora y cómo acababa por oprimirlas hasta destrozarlas, aunque el autor británico lo hiciera desde una mitificación nostálgica de ese papel de cuidados dado a las madres. Lo cierto es que el sometimiento absoluto a unos roles de género determinaba su vida y modulaba su pensamiento replicándolo en la crianza de sus hijas e hijos, perpetuando los privilegios y opresiones aprendidas.

Juan Carlos Monedero, que incluso posicionándose en una polémica en la que existe un consenso aplastante consigue hacer el comentario más impresentable, comentó sobre Ángeles Béjar: “Donde no se va a encerrar es en una facultad de Filosofía”. En una frase añadía a la percepción machista con la que se miraba el comportamiento de Ángeles Béjar un clasismo y elitista solo comprensible desde el desconocimiento absoluto del funcionamiento de una sociedad patriarcal y machista en los años en los que a la madre de Rubiales le hubiera tocado estudiar y formarse. El patriarcado y los roles de género son los que han permitido que una mujer, que es madre, actúe contra otra mujer como Jenni Hermoso en defensa de esas mismos roles y perpetuando su existencia. La defensa del papel de su hijo ante el comportamiento con otra mujer es una muestra didáctica de cómo el machismo opera. El enfrentamiento entre esas dos mujeres se produce gracias a la estructura patriarcal y negarlo lo reafirma. Ángeles Béjar es tan víctima del patriarcado como Jenni Hermoso, y Luis Rubiales, sin serlo, es la construcción lógica de la estructura patriarcal. Lo que nos enseña la madre de Rubiales es cómo los roles de género configurados por el patriarcado explican el comportamiento incluso de quien se encierra en una Iglesia para defender a su hijo del “falso feminismo”.

sábado, 25 de febrero de 2023

"LA MUJER HELADA". Un libro de Annie Ernaux, Premio Nóbel de Literatura 2022

Tiene treinta años, es profesora, casada con un ejecutivo, madre de dos niños. Vive en una casa confortable. Sin embargo, es una mujer helada. Igual que miles de mujeres ha sentido cómo su curiosidad, su impulso vital se iban anquilosando a fuerza de un trabajo que compaginar con compras que hacer, cenas que cocinar, baños de niños que preparar… Todo eso que se entiende por la condición normal de mujer. Annie Ernaux cuenta brillantemente esta alteración de lo cotidiano, este empobrecimiento de las sensaciones, esta dilución de la identidad; esclavitud a la que las mujeres son empujadas como a un desafío.

miércoles, 28 de septiembre de 2022

ENTREVISTA A RITA SEGATO. Realizada por Marisa Kohan y publicada en publico.es. "Un juez tiene el mismo sentido común que un carnicero, porque está formateado por el patriarcado".

La antropóloga argentina Rita Segato tiene tantos títulos y reconocimientos que intentar plasmarlos en este artículo ocuparía la mayoría del espacio. El último homenaje lo recibió la semana pasada en forma de Doctor honoris causa por la Universidad de Salamanca. En su discurso, Segato desgranó su idea de intelectual, algo de lo que conversa también en esta entrevista. Pasó por España para recibir ese galardón, participar en una clase magistral en la Fundación Reina Sofía y para asistir a un desayuno auspiciado por el eurogrupo The Left y la Fundación Espacio Público. Y es en estos contextos, pero también cuando habla para Público, cuando afirma sin pestañerar que "un juez tiene el mismo sentido común que un carnicero, porque está formateado por el patriarcado".

Feminista convencida, dirige la cátedra llamada de Pensamiento Incómodo en la Universidad San Martín de Argentina. Autora y divulgadora de términos como "dueñidad", "mandato de masculinidad" o "colonialidad", afirma que la labor de los intelectuales es la de buscar o inventar palabras que puedan describir y nombrar la realidad cotidiana que viven las personas. "Lo que no se nombra no existe". Explica a Público que vivimos en un mundo "adueñado", porque el término desigualdad se queda corto para explicar la rápida concentración de la riqueza que vive el planeta y que esta acumulación hace que las leyes no funcionen.

Es una convencida de que las nuevas líderes están emergiendo de las estructuras comunales, como Francia Marquez en Colombia y que hay sectores del feminismo que hablan y actúan "de una forma autoritaria".


"TUCÍDIDES Y EL TRIBUNAL PENAL INTERNACIONAL". Máriam Martínez-Bascuñán

Una corte sin ejército toma prestadas las manos de los gobiernos que juraron ejecutar sus fallos, y estos prefieren la excusa antes que dete...