domingo, 31 de mayo de 2026

"UN PAÍS SIN AUTOESTIMA". Ingnacio Escolar, elDiario.es

Recordar de dónde venimos es la única manera de saber quiénes somos. Nuestro presente es muy mejorable. Pero, si miras medio siglo atrás, simplemente no hay color. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocerlo.

Hay una manera eficaz para evaluar los cambios en la vida. Recordar el pasado, pero no de año en año, sino de lustro en lustro. Dónde estabas hace cinco años, hace diez, hace quince, hace veinte... Cómo era entonces tu familia, tu trabajo, tu casa, tu vida. Quién eras entonces. Quién eres hoy.

Cuando recuerdas en lustros, y no en meses o en años, el paso del tiempo se comprende mejor. Es inevitable caer en la nostalgia, en la idealización del pasado. Pero los cambios profundos se distinguen bien.

Con los países, la escala cambia, pero el procedimiento es válido también. En vez de cinco años, cincuenta. Una medida que demuestra a las claras el éxito o el fracaso de una nación.

En el caso de España, los datos objetivos son los que son. Hay que irse a ejemplos como Taiwán o Corea del Sur para encontrar una historia de éxito tan enorme como el último medio siglo español. España era un país pobre, inculto y atrasado. Subdesarrollado para los estándares europeos. Secuestrado por una dictadura y por la moral católica. Era un convento y un cuartel.

Hoy España es uno de los países más prósperos y libres del mundo. La esperanza de vida supera los 83 años –una de las más altas del planeta–, y el nivel de desarrollo humano la sitúa entre el diez por ciento de naciones con mejores condiciones de vida. Es una democracia plural y europeísta. Tiene sanidad universal, educación pública y libertades civiles que hace medio siglo parecían inalcanzables. La renta per cápita más que duplica la media mundial y es casi 20 veces más alta que medio siglo atrás. Es un país donde las mujeres votan, deciden, gobiernan. Uno de los lugares del mundo donde amar a quien quieras o decir lo que piensas no te cuesta la cárcel.

Medio siglo ha dado para mucho. Me resulta sencillo ponerme en esa escala porque es la medida de mi vida. Nací el 20 de diciembre de 1975. Justo un mes después de la muerte de Franco. Cuando esta revista llegue a nuestros socios y socias, yo también cumpliré 50 años.

Veo las fotos de mi infancia, en un pequeño pueblo de Burgos, y me parece estar viendo otro país. Las calles de tierra, los hombres con boina, las mujeres con el negro del eterno luto. Recuerdo a mi tío Álvaro y sus historias de cuando era emigrante en Suiza. La casa de mis abuelos, con las vacas en el establo y sus madrugones todos los días del año para ordeñar y sacar el estiércol. El baño de la casa donde vivía con mis padres, que estaba en un antiguo balcón; en invierno, había que dejar el grifo levemente abierto para que las tuberías no explotaran por congelación y, algunas mañanas, allí amanecía un pequeño carámbano de hielo. Recuerdo el Citroën 2CV que compró mi madre a plazos, y su cara de felicidad cuando lo estrenó.

No ha habido, en la historia de España, una transformación mayor que la vivida en este medio siglo. No hay, en ningún momento del pasado, una etapa de mayor prosperidad. Nunca hubo un periodo mejor que celebrar. Tampoco el imperio español, salvo para quienes confunden el poder de los Austrias con el bienestar del pueblo español.

No diré que todo sea perfecto. Sin duda no lo es. Hay muchísimo por mejorar y algunos asuntos –como el acceso a la vivienda– donde hemos ido claramente para atrás. Las libertades, tan duramente conseguidas, están hoy en cuestión. Nuestra democracia es mejorable y corre el riesgo de una involución autoritaria. La prosperidad económica no ha alcanzado a todos los barrios por igual. El ascensor social sigue roto, aunque casi todos los jóvenes hoy llegan a la universidad. La memoria sigue siendo otra de las asignaturas pendientes. En parte explica por qué ofende tanto la celebración del último medio siglo en algunos sectores de la derecha: les molesta que se recuerde lo nefasta que fue la dictadura, el pésimo periodo anterior.

Nuestro presente es muy mejorable. Pero, si miras medio siglo atrás, simplemente no hay color. A ojos de un extranjero –lean, en esta misma revista, el fantástico artículo de Martín Caparrós– la transformación de España es siempre vista con admiración. Algo que cambia cuando la mirada es la propia. ¿Por qué nos cuesta tanto a los españoles reconocer los méritos de nuestro propio país? ¿Por qué tenemos la autoestima tan baja?

Como todos los traumas, para entenderlo hay que mirar al pasado; a la muy deficiente construcción nacional española. El historiador José Álvarez Junco lo explicó como nadie en una obra imprescindible: ‘Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX’. En ese ensayo, explica cómo se torció en nuestro país ese concepto progresista: la nación. Una idea revolucionaria, nacida del 1789 francés, y que transformaba al pueblo en soberano, a los súbditos en ciudadanos. De esa nación progresista –que aquí se despreció como “afrancesada”– surgió en España una mutación reaccionaria: el nacionalcatolicismo. Su idea más estúpida viene del propio hito fundacional, el 2 de mayo de 1808. Como fue el pueblo más bruto, y no los ilustrados, quien se rebeló en Madrid contra el francés, llegaron a la nefasta conclusión de que el español cuanto más analfabeto más patriota. La ignorancia, y una ensalada de falsos mitos sobre Numancia, la reconquista y el Cid, sustituyeron a un verdadero proyecto nacional con una idea de futuro para el país.

En el resto de Europa, la nación se construyó con escuelas públicas. Aquí no. El nacionalcatolicismo entregó la educación a la Iglesia, que nunca tuvo interés en educar a ciudadanos, sino a cristianos.

Miremos la historia, de cincuenta en cincuenta años, para entender cómo hemos llegado hasta aquí. En los últimos dos siglos, España perdió las colonias, vivió cuatro guerras civiles, sufrió varias dictaduras y se convirtió en la caricatura del hidalgo, del Quijote, alguien con sueños de una gloria pasada que más bien son delirios. Y así llegó España a 1975, con la nación de los ciudadanos –que no súbditos– por construir. Una patria donde quienes la celebran piensan en desfiles militares, en vez de en hospitales públicos. Para algunos de estos supuestos patriotas, es coherente llevar una pulserita rojigualda y esconder su dinero en Panamá.

En la derecha, se instaló una idea de España enfrentada a medio país –a la que de nuevo se vuelve a tachar de “antiespaña”–. Y en la izquierda, esa España excluyente provocó una reacción, un complejo, una desilusión. El modelo autonómico ha sido parte del éxito. Y al mismo tiempo, ha provocado una respuesta furibunda de quienes confunden federalismo con debilidad de la nación. Esos que tanto dicen querer España, y de apretarla tan fuerte, un día se la van a cargar.

Por eso nos cuesta tanto querernos como país. Porque durante demasiado tiempo el patriotismo fue monopolio de los reaccionarios y el rechazo a la bandera, la respuesta natural de quienes defendían la libertad. En España, el amor a la patria se confundió con el amor a la dictadura, y a la democracia le ha costado construir un relato propio. El resultado es esta paradoja: un país que ha vivido su mejor época y, sin embargo, no se la cree.

Superar esa contradicción no exige olvidar el pasado –como plantea la derecha– sino comprenderlo. Mirarlo de frente, sin miedo ni indulgencia. Recordar de dónde venimos es la única manera de saber quiénes somos. La historia de España no es solo la de sus reyes ni de sus guerras, sino también la de quienes lucharon por la libertad, la ciencia, la cultura, la justicia y la igualdad; la de las Misiones Pedagógicas, la de Ramón y Cajal, la de Rosalía de Castro, Clara Campoamor, María Moliner, Miguel Hernández y Concepción Arenal, la de Lorca, Buñuel, Machado, Pardo Bazán o Pérez Galdós. En ellos, entre otros nombres, está la verdadera herencia nacional que deberíamos reivindicar.

Medio siglo después de la muerte de Franco, este país tiene motivos de sobra para recuperar su autoestima. No la altanería hueca del nacionalismo, sino el orgullo tranquilo de quienes saben de dónde vienen y adónde quieren ir. Ese, y no otro, debería ser el verdadero patriotismo español.

"DESMITIFICANDO LA EDAD MEDIA PENINSULAR. Cómo y por qué se ha construido una historia que no existió". Alejandro García Sanjuán (2026), Madrid, Los Libros de la Catarata

La crítica a la llamada leyenda negra española ha derivado con frecuencia en su reverso acrítico: una leyenda rosa igualmente falsificadora del pasado. Desde el romanticismo hasta la historiografía moderna, la idealización de la Edad Media ha alimentado mitos nacionales que presentan la historia como un relato continuo de identidad, fe y destino colectivo. En el caso español, la cronología misma del período —de 711 a 1492— revela una lectura orientada por la idea de la lucha contra el islam como origen de la nación. Esta narrativa, promovida especialmente durante el franquismo, y también en democracia, por instituciones, manuales escolares y discursos públicos, no es inocente: cumple funciones de legitimación política y genera vínculos emocionales que refuerzan la idea de un nosotros que se enfrente a ellos. Este libro ofrece herramientas para reconocer cómo el pasado se selecciona, se edulcora y se tergiversa para justificar identidades e inadmisibles exclusiones en el presente.

sábado, 30 de mayo de 2026

"RESPONDIENDO A ZARZALEJOS (Y AZNAR): EL QUE PUEDA RESISTIR, QUE RESISTA". Jesús Maraña, infoLibre.es

Jesús Maraña, Director de infoLibre.es

Otros defendemos de forma transparente principios progresistas y rechazamos la deslegitimación permanente del adversario o su expulsión del gobierno por cauces antidemocráticos

Sostiene José Antonio Zarzalejos en su última columna (ver aquí) que los “daños” que el sanchismo está causando al régimen constitucional de 1978 pueden ser “irreversibles”, y que ya no son los socios del Gobierno quienes pueden “rescatar” al sistema: “Ya sólo lo pueden hacer los medios que estuvieron al servicio de la democracia (…). Resistir no es ganar. Por el contrario, resistir es, frecuentemente, sólo aplazar la derrota”, concluye el exdirector de ABC en lo que se podría interpretar como una (poco) velada alusión al manifiesto que infoLibre ha hecho público hace unos días (ver aquí).

En realidad, cabe entender el llamamiento del influyente analista conservador como una clara extensión de ese “el que pueda hacer, que haga” que Aznar ha reiterado estos días, al hilo de los escándalos político-judiciales que afectan al PSOE, al Gobierno y a José Luis Rodríguez Zapatero, un referente moral del espacio progresista. No basta al parecer con lo que ya vienen haciendo un montón de medios escritos, digitales o audiovisuales de la casi infinita derecha mediática, ni con las sonoras acciones de unos cuantos jueces, policías y fiscales, ni con la falsa equidistancia con la que ciertas cabeceras supuestamente progresistas vienen abordando esos escándalos… Ahora se trata de presionar a los (escasísimos) medios que defendemos la legitimidad del Gobierno para seguir gobernando y la de su presidente para convocar elecciones cuando considere oportuno (como estipula, por cierto, la propia Constitución).

Ni Zarzalejos ni Aznar parecen otorgar el menor recorrido a la táctica de Feijóo de presionar por tierra, mar y aire a los socios de investidura de Sánchez, y especialmente a PNV y Junts. Lo cual supone también asumir que el PP sigue teniendo un problema que él mismo se ha buscado y no sabe gestionar: ir del brazo de Vox en los gobiernos autonómicos y en el camino hacia la Moncloa produce una urticaria difícil de superar para las derechas nacionalistas que, ¡ay, se siente!, existen en España y tienen millones de votos. Aznar o Zarzalejos podrían quizás dedicar sus esfuerzos intelectuales y divulgativos a aportar ideas para convencer a los partidos conservadores mayoritarios en Cataluña o Euskadi de que apoyen una moción de censura junto a una extrema derecha que en su programa plantea precisamente la ilegalización de esos partidos nacionalistas. Complicado esfuerzo, nada respetuoso con el “sistema constitucional de 1978”, pero legítimo, por supuesto.

Mucho menos democrática me parece esa repetida exigencia de Aznar que nunca explica en qué consiste, por lo que es obligado entender lo que todo el mundo entiende y él no desmiente: se trata de que cada juez, fiscal, policía, político o periodista, todo ciudadano desde su ámbito personal o profesional, haga lo que esté en su mano para “echar a este Gobierno de mafiosos y corruptos”. Que es en lo que estamos desde antes de que estallaran los principales casos de presunta corrupción que se investigan o que ya han empezado a juzgarse. Ese insistente llamamiento se parece demasiado a un manifiesto golpista como los que a principios de los ochenta publicaba el colectivo Almendros en El Alcázar en vísperas del 23F (ver aquí). Para sus autores, Suárez era un traidor a los principios del Movimiento como ahora Sánchez es un traidor al “sistema constitucional”.

Y no menos antidemocrática me resulta la proclama de Zarzalejos, que como periodista emplaza a otros periodistas y medios a “acabar con el sanchismo”, ya que la derecha a la que apoya no consigue reunir suficientes votos en el Congreso para una moción de censura que tumbe a Sánchez como él tumbó a Rajoy en 2018, tras la primera sentencia de la Gürtel. Es una lástima que no seamos muchísimos más los medios y periodistas que procuramos informar de todos los asuntos de corrupción política, afecten a quien afecten, pero cumpliendo las reglas mínimas del oficio, distinguiendo hechos y opiniones, respetando la presunción de inocencia y analizando desde un pensamiento crítico toda actuación judicial que ofrezca sombras de contaminación política. O denunciando no sólo las intromisiones que desde la política se produzcan en el poder judicial, sino también las que se ejercen en sentido contrario, cuando jueces y algunos órganos de la justicia critican, rechazan o hasta incumplen las decisiones legítimas del poder legislativo o las que son responsabilidad exclusiva del Ejecutivo. ¿Hacen falta ejemplos? Pues ahí están las protestas de togados contra una ley de amnistía que ni siquiera estaba redactada (ver aquí); o la creatividad made in Marchena para no ejecutar esa misma ley en toda su extensión (ver aquí); o la impunidad con la que el magistrado García-Castellón mantuvo causas abiertas contra Podemos durante años sin una sola prueba… (ver aquí).

Para que se entienda sin rodeos. Me parece que tiene peso el argumento de reclamar elecciones anticipadas cuando un gobierno no logra aprobar presupuestos varios años seguidos, o cuando no consigue suficiente mayoría para legislar en el Parlamento. Pero también creo que un periodista crítico debe tener en cuenta siempre el contexto. ¿En qué medida el Gobierno tiene recursos para gestionar la vida pública en esta etapa en la que todavía tenemos miles de millones de fondos europeos para utilizar antes de fin de año? ¿Es o no cierto que España vive una situación económica y de empleo que es la envidia de Occidente desde hace ya varios años? ¿Es verdad o no que, a pesar de la obvia debilidad parlamentaria, se ha seguido legislando para mejorar la vida de millones de ciudadanas y ciudadanos? Y sobre todo: ¿es o no legítimo que un presidente de gobierno convoque elecciones cuando lo considere oportuno dentro de los límites constitucionales, como ha hecho cualquier otro jefe de gobierno de la democracia?

Y sigamos con el contexto. Si uno se limita a leer los titulares o escuchar el griterío sobre cada proceso judicial que afecta al PSOE, al Gobierno o al expresidente Zapatero, será difícil no caer en la tentación del “¡que se vayan, ya!”. Pero la obligación de un periodista decente (de cualquier demócrata no sectario) es analizar caso por caso, afecte a quien afecte. Sin prejuicios, pero también sin sumisiones acríticas. Lo escribo como lo pienso: ha pasado una semana larga desde que conocimos el auto del juez Calama contra Zapatero, después los informes de la UDEF y por último el sumario (casi) completo. Y me mantengo en lo escrito (ver aquí): no encuentro un solo indicio sólido y directo que sostenga la afirmación reiterada del juez que sitúa al expresidente como “líder de una trama de tráfico de influencias y blanqueo de capitales”. No lo encuentro yo ni lo han encontrado juristas “de reconocido prestigio” (ver aquí o aquí o aquí). Tiene mucho que explicar Zapatero sobre sus ingresos y los de sus hijas, pero me atrevo a insistir en que por esa vía también cabría exigir muchas explicaciones a Felipe González o a José María Aznar sobre su patrimonio, sus ingresos o los de familiares directos.

Nada más alejado de un espíritu crítico que lo conspiranoico. Pero Zarzalejos sabe perfectamente que las acumulaciones de supuestas casualidades con efectos políticos letales sólo son creíbles desde la ignorancia o la ingenuidad. Vivimos tiempos veloces en los que la excepcionalidad principal no es el sanchismo, sino los múltiples procesos paralelos y convergentes que vienen respondiendo de una u otra forma a ese “el que pueda hacer, que haga”. ¿En serio aceptamos como casual que las últimas “bombas” judiciales contra el Gobierno o sus entornos coincidan con el juicio oral de la trama Kitchen, el ejemplo más grave de una mafia que utilizó los recursos del Estado y la mismísima cúpula policial para obstruir la acción de la justicia contra la dirigencia del PP durante el Gobierno de Rajoy? ¿No tienen nada que decir el CGPJ ni las asociaciones de jueces –tan sensibles a cualquier crítica desde la política o los medios– sobre ese último auto del juez Peinado amenazando a Begoña Gómez con enviarle a la Policía si no acude a una citación que por ley no es obligatoria? (aquí).

Sabe muy bien Zarzalejos –y esto lo hemos hablado– que la llamada “crispación” político-mediática en España empezó con la campaña de intoxicación y desinformación en torno a los atentados del 11M (campaña que a él le costó la dirección de ABC por presiones de Esperanza Aguirre). Y también sabe que hubo un precedente de operación antidemocrática practicada por el llamado “sindicato del crimen” a finales de los 90 para dar la puntilla a los gobiernos de Felipe González, también afectados por casos de corrupción. Lo contó Anson unos años después en la revista Tiempo (ver aquí). Así que sí: sobran motivos para percibir que hay movimientos políticos, empresariales, mediáticos y judiciales que vienen abonando una especie de golpismo suave, sin armas pero con poderosas herramientas que utilizan sin descanso desde la instrucción del llamado procés catalán. Con la convicción –en algunos casos pregonada– de que hay que “salvar España” de quienes quieren, en su opinión, “cargársela”. Con la prepotencia de quienes consideran que este país es patrimonio exclusivo suyo, y que todo gobierno progresista debe ser un paréntesis, sobre todo si toca los intereses de determinadas elites económicas que se niegan a aceptar cualquier tipo de regulación, ya sea en el mercado especulativo de la vivienda, en el tecnológico o en el negocio de la desinformación.

Sostiene Zarzalejos que “resistir no es ganar”. Lo que uno cree es que resistir es, hoy por hoy, una obligación democrática que debe invitar al activismo en defensa precisamente de los valores que distinguen una convivencia respetuosa con las reglas que tenemos y con las vías que permitan mejorarlas o cambiarlas, de acciones políticas, judiciales o mediáticas que utilizan la mentira, la mera sospecha o la simple inquina para liquidar reputaciones personales y colectivas. En las urnas ganará quien gane, y gobernará quien consiga una mayoría parlamentaria. La ansiedad permanente no es buena, ni para la salud personal ni para la democrática. Y hay quien lleva sufriendo ansiedad y actuando bajo sus efectos desde junio de 2018, y más aún desde julio de 2023. Un poco de calma. Ya falta menos.

P.D. Inicia su columna Zarzalejos con la cita de un editorial de Manuel Chaves Nogales en Ahora (de una fecha en la que no era director, contra lo que dice Zarzalejos), pero que comparto en lo esencial: “No estando adscritos a partido alguno, no tenemos ningún dogma cerrado que defender. En cada caso y ante cada problema sustentaremos lo que nos parezca más útil a la República y al país”, o sea, a la democracia. Ahí estamos. De modo que, igual que Zarzalejos tiene derecho a defender a las derechas hasta el extremo que considere oportuno, debe aceptar que otros defendemos de forma transparente principios progresistas y rechazamos la deslegitimación permanente del adversario o su expulsión del gobierno por cauces antidemocráticos. Resistimos… y seguimos (si podemos contar con suscriptores suficientes).*Por cierto, para no caer en la ola hagiográfica sobre Chaves Nogales, más allá de 'A sangre y fuego' y su imprescindible (y manoseado) prólogo, son recomendables lecturas como la de Alfons Cervera (ver aquí) o la de Juan Carlos Mateos, 'La construcción de un mito', de editorial Renacimiento (ver aquí).

viernes, 29 de mayo de 2026

"LA DECENCIA DE CERRAR LAS VENTANAS". Daniel Innerarity, El País

Raquel Marín

La revelación irrelevante de conductas personales es políticamente devastadora porque desplaza el juicio de la prueba a la insinuación.

La leyenda de lady Godiva no habla solo de desnudez; habla, sobre todo, de decencia pública. Según la tradición, Godiva pidió a su marido, señor de Coventry, que aliviara la carga fiscal de sus vecinos. Él, intuyendo que la humillación sería más eficaz que la compasión, le impuso una condición cruel: atravesar la ciudad desnuda montada a caballo. Ella aceptó, pero pidió a los vecinos que se metieran en sus casas y cerraran puertas y ventanas.

John Collier la pintó en 1897. Godiva no mira al espectador. Su cabeza está inclinada, el cabello cae como un velo; el cuerpo, desnudo y luminoso, se repliega sobre sí mismo. Es quizá la imagen más reproducida del mito, pero no es una imagen de exhibición: es una imagen de pudor. Incluso en su desnudez más bella, Godiva pide que no la miren.

Lo importante de la leyenda no es el desnudo. Lo importante es que el pueblo no miró. Comprendieron que aquello no era espectáculo, sino sacrificio; que una mujer pagaba con su pudor una mejora para los demás. Tuvieron la decencia de no convertir la vulnerabilidad en entretenimiento. Esa es la clave moral: la dignidad de una sociedad se mide, a menudo, no por lo que puede ver, sino por aquello que decide no mirar.

La leyenda tiene, sin embargo, una cara oscura que la tradición registra con el nombre de Peeping Tom: un sastre que no cerró su ventana y pagó con la ceguera el precio de su curiosidad. Toda sociedad produce sus Peeping Toms: quienes convierten la desgracia ajena en entretenimiento y quienes, más peligrosamente, organizan el espectáculo para que otros miren.

Algo de esto ocurre cuando un procedimiento penal, antes incluso de probar un delito, desnuda la vida privada de una persona ante la opinión pública. La justicia debe investigar hechos penalmente relevantes, conductas antijurídicas y culpables, pero no convertir cada relación, cada mensaje o cada proximidad personal en una pieza de sospecha moral. Cuando esto ocurre, el objetivo no es probar un delito, sino producir una impresión: en muchas ocasiones, se trata de una filtración contra todo derecho que causa un daño, a veces irreparable, al imputado y no nos hace mejores a la ciudadanía, que nos convertimos en unos auténticos cotillas. La pregunta fundamental que ha de hacerse quien tiene en sus manos desvelar algo es para qué sirve: ¿a la causa judicial, para alimentar la curiosidad publica o para favorecer ciertas estrategias políticas? ¿Somos así los ciudadanos personas mejor informadas o mirones que han satisfecho su ración de indignación?

A menudo, la información sobre procesos judiciales en curso está repleta de conexiones hipotéticas y detalles escabrosos que nos distraen de lo esencial y que no tienen significado penal sino reputacional. La fijación en lo anecdótico o escandaloso, ¿mejora nuestra tarea de vigilancia democrática o funciona como una gigantesca distracción colectiva? El público crítico no es el que mira todo lo que le ponen delante, sino el que es capaz de preguntarse por qué le muestran eso y de ese modo.

Así, ni siquiera la función de vigilancia democrática puede ejercerse con plenitud, ya que la espectacularización de la vida política impide percibir todo aquello que no encaja en la categoría de lo sensacional, que resulta poco atractivo para el ciudadano-espectador, aquello que no impresiona ni es personal, cuanto no provoca rabia o envidia o indignación, todo lo que es normal, banal, estructural o complejo.

También los medios tienen que hacerse preguntas incómodas porque no pocas veces contribuyen a esta degradación de nuestra conversación pública. Cuando un medio se plantea si debe o no dar a conocer un comportamiento privado, las preguntas que debería hacerse son: ¿qué efectos tendría esto sobre la calidad de nuestra vida democrática? ¿Se trata de un conocimiento del que deben disponer los ciudadanos para evaluar la acción de sus representantes? Si hay que hacerlo, ¿guarda proporción el grado de publicidad con su pertinencia? ¿A quién beneficia y a quién perjudica (injustamente) determinada revelación o el modo de enfocarla?

La revelación irrelevante es políticamente devastadora porque desplaza el juicio desde la prueba hacia la insinuación. Mientras el derecho penal exige hechos, la opinión pública se conforma con atmósferas; mientras el juez distingue entre culpabilidad e inocencia, el escándalo solo necesita confundirlas durante el tiempo suficiente. El resultado es lo que podríamos llamar la pena de desnudez: una persona puede ser absuelta jurídicamente y quedar condenada socialmente, una vez que su intimidad ha sido expuesta, fragmentada y convertida en munición. Sin contexto, lo que decimos y hacemos, enjuiciados únicamente a partir de lo que dicen otros de nosotros mismos, no somos nada.

Aquí reside la responsabilidad política de quienes impulsan estos procesos. Desnudar a una persona ante la mirada pública no siempre es un daño colateral de la justicia; con frecuencia puede ser su verdadero objetivo. Existe una perversión específica en quienes, sabiendo que la prueba es insuficiente, se afanan en exponer los restos de la intimidad para mantener viva la sospecha. No se desnuda a alguien para servir a la verdad, sino para intimidar o destruir a un adversario, convirtiendo la humillación en arma política. Quien organiza el espectáculo no es un espectador curioso: es un actor que ha elegido su papel. También lo es quien pide más. También quien asiste complacido.

Se dirá que la transparencia exige explicaciones: las conversaciones, los vínculos, las decisiones. Es verdad, pero esa exigencia tiene un límite que conviene no olvidar: afecta a los actos públicos del poder, no a la vida entera de las personas. Confundir ambas cosas no es rigor democrático; es voyerismo institucionalizado.

Nadie resiste una transparencia absoluta. Todos vivimos rodeados de frases incompletas, vínculos equívocos, afectos desordenados, torpezas, fragilidades. Sacados de contexto, muchos gestos humanos parecen feos, pero no todo lo que incomoda a un observador exterior merece convertirse en reproche público. La confianza democrática no nace de verlo todo; nace de aceptar que no podemos, y no debemos, verlo todo, y convivir aun así bajo reglas comunes. Una sociedad construida solo sobre la vigilancia no es más virtuosa: es más desconfiada, más cruel y, al final, más autoritaria.

Por eso la leyenda de Godiva sigue interpelándonos. Ante la maquinaria que coloca a una persona desnuda en la plaza pública, la pregunta no es solo qué hicieron quienes promovieron, alentaron o aprovecharon el espectáculo. La pregunta es qué hacemos nosotros cuando nos invitan a mirar. También los ciudadanos y ciudadanas podemos tomar ciertas decisiones libres y responsables a este respecto. Porque mirar no es inocente ni inocuo: alimenta el poder de quien organizó la humillación, nos aparta de lo que verdaderamente está en juego y, al final, nos ciega. Visto lo cual, propongo que cerremos ciertas ventanas que no dan luz a nuestra existencia, sino que se asoman a un patio donde se desarrolla un espectáculo en el que se nos muestra todo para que no nos enteremos de nada.

jueves, 28 de mayo de 2026

«ESTADOS UNIDOS YA NO ES UNA DEMOCRACIA». Ricardo Dudda, Ethic 25 mayo 2026

La filósofa estadounidense Susan Neiman, directora del Einstein Institute y autora de ‘El mal en el pensamiento moderno’ (Debate, 2026), considera que el trumpismo es un nuevo fascismo. Sin embargo, observa que los estadounidenses ya están despertando y ve signos de esperanza en la oposición.

En enero, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, pronunció en Davos un discurso donde dijo que el orden liberal basado en normas era en parte falso y había sido destruido.

Luego contribuyó a destruirlo al aprobar la acción contra Irán en marzo.

¿Cree, como él, que el orden liberal era una «ficción útil»?

Me parece una opinión muy cínica. El problema es que el orden basado en normas o en leyes solo funciona si existen líderes que tienen la obligación moral de obedecerlo. Hemos visto cómo se ha destruido eso en Estados Unidos. Tengo otro libro, que saldrá en inglés y alemán a finales de verano y probablemente el año que viene en español, titulado Call It Evil. Trata de comprender el hecho de que el Estado de derecho y la separación de poderes son inútiles, como hemos visto en el caso de Trump, si no se tiene en absoluto ningún sentido moral. No me había sentido tan preocupada y disgustada desde septiembre de 2001. Al ver la guerra en Irán, pensé que era sorprendente que no hayamos aprendido la lección de prudencia que deberíamos haber aprendido después de la guerra de Irak.

Esa crítica al orden liberal recuerda a las críticas a la Ilustración, un tema que ha estudiado a fondo. Los críticos antiilustrados pensaban que era una fachada intelectual para justificar diversas opresiones e injusticias.

Vivimos en una era cínica y antiilustrada. La protagonizan las fuerzas de las que hablé en Izquierda no es woke, pero también otra fuerza que analizo en el nuevo libro, donde profundizo en la ideología económica y las interpretaciones erróneas que se han hecho, por ejemplo, de Adam Smith. Estas interpretaciones sugieren que no hay principios y que todo el mundo busca necesariamente su propio interés. Llevamos oyendo esto desde Trasímaco, que es como un joven posmoderno nihilista, salvo que tiene 2.500 años. Ahora hay más ideologías que refuerzan la «supremacía del interés propio». Lo que ocurre con los contrailustrados es que criticaban, por ejemplo, la hipocresía respecto al colonialismo, cuando los ilustrados decían que colonizaban a los pueblos por su propio bien. Pero había otras muchas suposiciones válidas. Es obvio que nos mueven el interés propio, la pasión y la envidia, pero se mezclan con otros motivos legítimos. Cuando alguien dice que ha hecho algo porque era lo correcto, siempre hay otros que intentan deconstruir esas palabras para descubrir otra cosa, un motivo oculto. La idea de los principios morales o el derecho internacional no es una ficción, pero tampoco está escrita en mármol. Para que sean reales, un número significativo de personas tiene que tomárselos en serio como una decisión libre, diciendo: «Aunque vaya en contra de mis intereses, es mejor que el mundo se rija por el derecho internacional». En Izquierda no es woke, me centré en unas ideas filosóficas que se generalizaron a través de las universidades. Aunque la gente no lea a Michel Foucault o Carl Schmitt, lee periódicos escritos por periodistas que han ido a la universidad y a los que les cuesta desprenderse de esta ideología. Tengo una amiga antropóloga, una apasionada luchadora por la socialdemocracia, que me dijo que «no puede hacer trabajo normativo» debido a su formación. Una vez que la gente siente que parece tonta por hacer afirmaciones normativas (sobre la moral y cómo debería ser el mundo), tenemos un problema. En mi nuevo libro, hablo más sobre economía. La idea de que la economía es el «mundo real» y todo lo demás no lo es es muy poderosa.

Es curioso cómo se malinterpreta a Adam Smith como un profeta del laissez-faire, sin tener en cuenta lo que escribe en libros como Teoría de los sentimientos morales. Se le considera un símbolo neoliberal, lo cual no es cierto en absoluto.

En mi nuevo libro, descubrí que esto fue deliberado. Un grupo de industriales de los años 40, 50 y 60 creó think tanks que prepararon versiones breves de 20 páginas de Adam Smith, al estilo de Reader’s Digest, omitiendo las partes que no encajaban en su agenda, como por ejemplo su crítica a los rentistas o su defensa del Estado. Los neoliberales censuraron su obra.

El pensador John Gray dice que el liberalismo fue un accidente histórico y que solo pudo producirse en una época de supremacía occidental. ¿Qué opina usted de su «liberalismo sin esperanza»?

Yo no soy liberal, soy de izquierdas. Hay una gran diferencia: no se pueden tener derechos políticos efectivos sin derechos sociales. John Gray es un liberal de tipo conservador. Desconfío de las personas que afirman saber lo que va a pasar históricamente. Hemos tenido demasiadas sorpresas, como el colapso de la Unión Soviética en 1991, que nadie vio venir. El liberalismo sin socialdemocracia es un callejón sin salida. No se puede tener igualdad ante la ley si las personas no tienen asistencia sanitaria, vivienda, condiciones de trabajo dignas, educación y acceso a la cultura. Me gustaría que Europa apreciara lo que ha conseguido como socialdemocracia. Si John Gray dice que el liberalismo está muerto y concluye que el único camino a seguir es a través de regímenes tiránicos semifascistas, yo diría: ¿qué tal si probamos realmente el socialismo? Si nos fijamos en Estados Unidos, ya no se puede llamar democracia. Incluso en Alemania, la brecha entre lo que quiere la mayoría de la gente y la política del Gobierno es extraordinaria. En Estados Unidos, vemos cómo los multimillonarios compran los medios de comunicación, lo que supone la muerte de los medios independientes, la base de una democracia.

¿Qué opina del debate sobre el uso del término fascismo para describir el autoritarismo de Trump?

No soporto la palabra autoritarismo.

Hay quienes dicen que el término fascismo es solo una forma de mostrar indignación moral y no ayuda a comprender el trumpismo.

En la primera página de mi nuevo libro se menciona que, en octubre de 2024, Mark Milley, exjefe del Estado Mayor Conjunto con Trump, declaró públicamente que Trump es «fascista hasta la médula». De repente, todo el mundo utiliza el término autoritarismo porque no quiere dar la voz de alarma. Federico Finchelstein señaló que uno de los argumentos en contra de que Trump sea fascista es que no ha iniciado guerras. Y mira ahora. Cumple todos los requisitos: no hay separación de poderes, se ha apoderado de los tribunales y los medios de comunicación, incita a su propio pueblo a la violencia y establece una distinción entre «nuestra gente» y «los otros». Deberíamos estar más indignados moralmente. Hablar de autoritarismo no cambia nada. Pero hablar de fascismo da la voz de alarma.

¿Cree que el término es útil para un público occidental que piensa que solo describe la década de 1930?

Cuando dijimos «nunca más» después del fascismo, ¿nos referíamos solo a que los alemanes no deberían otra vez meter a los judíos en vagones de ganado? No. Nos referíamos a que nunca más debía producirse algo parecido a eso. Estaba claro que si el fascismo llegaba a Estados Unidos, sería ligeramente diferente al nazismo o al fascismo italiano. Es obvio. Pero veo todos los elementos. Otra cuestión: Trump está socavando la legitimidad de las elecciones y sembrando dudas sobre ellas, lo cual es fascista.

¿Puede el trumpismo sobrevivir sin Trump?

MAGA [Make America Great Again] es claramente un movimiento fascista. Muchos estadounidenses se preguntan si podemos detenerlo. Hace poco pasé cuatro meses en Estados Unidos y, desde dentro, la situación parece mejor. Hay mucha oposición democrática. No siempre está bien organizada, pero es impresionante ver a la gente común oponiéndose al ICE. Todos los candidatos que han ganado las elecciones a corto plazo han sido demócratas de izquierda, como Zohran Mamdani. Si Trump no hubiera invadido Venezuela, habríamos tenido más tiempo para celebrar ese cambio. Vi más signos de esperanza hablando con la gente en los supermercados que con los intelectuales. Si hay unas elecciones libres y justas, creo que recuperaremos el Congreso con demócratas más progresistas.

Después de la captura de Maduro y la guerra en Irán, volvió a mencionarse mucho la obra de Carl Schmitt y su idea de las áreas de influencia. Es un autor que usted ha estudiado a fondo. ¿Vivimos en un mundo schmittiano?

Por desgracia, sí. Stephen Miller y J. D. Vance han citado a Schmitt. Es inquietante que haya gente en la Casa Blanca que defienda abiertamente a un teórico jurídico nazi. Lo peor es que muchas personas que se consideran progresistas también lo hacen.

Uno de los principales instigadores de la guerra en Irán es Israel. Una encuesta reciente en Estados Unidos reveló que, por primera vez en la historia, hay más estadounidenses a favor de Palestina que de Israel.

Las acciones de Israel en Gaza se han vuelto difíciles de digerir. El descrédito de Israel tiene muchos motivos. Por ejemplo, Israel ha instrumentalizado el consenso que siempre existió sobre el Holocausto para justificar otro genocidio. Es moralmente indignante. En Estados Unidos, hay bastantes estudiosos del genocidio que han calificado lo ocurrido en Gaza como genocidio (en Alemania todavía es tabú esa cuestión). Además, a los estadounidenses les desagrada la cercanía de Netanyahu con la extrema derecha. Israel se asocia ahora con el lobby proisraelí AIPAC (American Israel Public Affairs Committee), que gasta dinero para arruinar a los candidatos al Congreso que no apoyan al 100% la política israelí. Luego están los cristianos evangélicos fanáticos que quieren un apocalipsis en Oriente Medio para que Jesús regrese. Tienen más influencia en la política que los judíos porque son 40 millones. Da miedo que estas opiniones estén presentes en el ejército en este momento. Al final, los estadounidenses se darán cuenta de que Israel es el que más se beneficia de esta guerra. Los estadounidenses más jóvenes son más pro-Palestina, pero este cambio se está produciendo independientemente de la edad.

miércoles, 27 de mayo de 2026

"LA LÓGICA DEL LLANTO". Juan José Millás, El País

No es fácil fotografiar el pánico porque el pánico es un concepto, una noción mental, un suceso del alma. No está hecho como los misiles, de metralla y acero, aunque haga tanto daño como una bomba de racimo. Pero a veces el pánico se escurre del recinto craneal y se instala en la mirada de un crío como el de la foto o en el gesto del hombre que ha acudido en su ayuda. Aunque herido, el niño acaba de sobrevivir al bombardeo de un edificio residencial, probablemente el suyo, en Teherán. Quizá estaba desayunando un colacao con cereales en la cocina de su casa cuando las paredes estallaron. Tal vez no sepa qué ha sido de sus padres o hermanos. Tal vez sus tímpanos estén reventados también. Hay en su gesto una interrogación, lo mismo que en la expresión del sanitario. Flota en el aire una pregunta que quizá usted, lector, también se esté haciendo.

El niño no llora porque el llanto pertenece a un negociado de realidad en el que las cosas obedecen aún a cierta lógica: el dolor lleva a las lágrimas y las lágrimas al consuelo cuando el dolor es tolerable. Cuando no, las lágrimas se asustan y no salen, no hay forma de que salgan, pese a que el llanto resulte con frecuencia tan liberador.

El sanitario, con la mano apoyada en su cuerpo, parece verificar que la víctima sigue ahí, que no ha sido borrada por la onda expansiva que ha hecho un roto en el mundo del pequeño. Tocar, en este contexto, es una forma de resistencia: lo que se puede palpar no ha desaparecido del todo. La mirada de ambos se dirige a algo que queda fuera de campo, quizá a aquello que no ha podido ser salvado.

martes, 26 de mayo de 2026

AMADOR FERNÁNDEZ SAVATER: “EL NEOLIBERALISMO ES UNA COLONIZACIÓN DE LA ATENCIÓN, PENSAR IMPLICA LIBERACIÓN”. David Gallardo, infoLibre.es

El activista, editor y 'filósofo pirata' Amador
Fernández-Savater publica 'La batalla del pensamiento'

El filósofo, escritor y activista aborda cuestiones políticas profundas sin grandilocuencia ni consignas, con un tono suave, curioso y algo vulnerable. Hablamos con él de su nuevo ensayo

Vivimos acelerados y atrapados en una tempestad de automatismos que nos mantienen funcionando 24/7 y que, al mismo tiempo, bloquean nuestra capacidad de pensar y, con ella, de responder al malestar de esta época. Un tren en marcha en dirección al final de la vía a no ser que tiremos del freno de emergencia. Eso es lo que propone, entre otras muchas cuestiones, Amador Fernández-Savater (Madrid, 1974) en La batalla del pensamiento (NED Ediciones, 2026): detenernos antes de la catástrofe.

¿Qué es La batalla del pensamiento?

Pensar hoy tiene algo de dificultad, de conflicto, de riesgo, por eso le asocio la palabra batalla. También significa que pensar juntos, inventar los modos de pensar juntos, es lo único que puede crear una bifurcación en los caminos desastrosos que lleva la humanidad.

¿Por eso también pensar es conspirar?

Conspirar significa respirar juntos. Me gusta esa metáfora de vincular el pensamiento a una respiración, con lo pulmonar, frente a una situación que nos asfixia. Y lo hace porque, en principio, no habría más que funcionar, sin nada que pensar, pues es a lo que invita el mundo de muy diversas maneras: a funcionar en el periodismo haciendo muchos artículos sobre cualquier cosa a gran velocidad, a funcionar en la escuela dando programas y contenidos uno detrás de otro, o a funcionar en la política utilizando argumentarios de bueno-malo para luchar contra el otro. Hoy hay un mandato de funcionar en las empresas que están en la gestión, en el rendimiento, en la productividad, por lo que pensar, de alguna manera, es interrumpir ese mandato y abrir un espacio para respirar con otros. No hay simplemente que funcionar, también respiramos y podemos decir algo, pensar algo, crear algo, tomarnos el tiempo.

El tiempo que creemos que no tenemos, porque tenemos que, efectivamente, funcionar.

Los imperativos que hoy mandan, aunque en cada lugar se aterricen de manera distinta, son de rendimiento, productividad y competitividad, algo que también tiene que ver con la aceleración de la vida. Por eso, para mí el pensamiento es hacernos preguntas por lo que nos pasa juntos en la escuela, en torno a la salud, en los barrios en los que vivimos, en nuestra relación con el mundo, con la tierra, con la naturaleza. El pensamiento es una pregunta por el sentido de las cosas, que introduce una interrupción en esa máquina acelerada. Porque al preguntarse uno qué está haciendo en la vida, los sentidos ya no están dados y el imperativo de que todo es rendir, producir, competir o triunfar queda interrumpido, por lo que ahí se abre el tiempo. Para mí, no se trata tanto de ralentizar como de interrumpir, que es una operación más conflictiva. No se trata solo de bajar el ritmo, sino de lograr hacer una grieta en los mecanismos que están forzando el mundo a una aceleración catastrófica.

Por eso la necesidad que plantea de tirar del freno de emergencia.

Exacto. Esa es una imagen muy famosa de Walter Benjamin, que fue el primero que pensó que la revolución tenía que ser un momento de detención radical y no, como se había pensado en el siglo XIX, la locomotora de la historia, que era la idea un poco productivista de la revolución. La idea es que pensar es tirar del freno de emergencia, porque de repente, en lugar de obedecer los mandatos de más velocidad, más rendimiento, más productividad y más competencia, se trata de preguntarnos juntos cuál es el sentido de esto. ¿Qué significa vivir juntos, cuáles son nuestros valores, cómo organizar la vida en común según esos valores? En cada espacio de la vida, un barrio, una escuela, el periodismo, pensar es hacer esa pregunta por el sentido que tiene vivir, porque vivir no tiene sentido de antemano, sino que se va creando.

¿Pensar nos lleva a abandonar el individualismo imperante y pensar en colectivo?

La idea es pensar juntos. El libro propone cómo recuperar esa posibilidad, algo que no es nada fácil, porque para pensar hay que crear antes las condiciones para poder hacerlo. Por eso, no hay pensamiento si los espacios colectivos están desmantelados y los tiempos están acelerados, si no hay posibilidad de encuentro con el otro. Pensar juntos, en primer lugar, es inventar las condiciones materiales para poder pensar juntos. Además, pensar juntos no es lo opuesto ni va en detrimento del pensamiento de cada cual; es decir, se trata de pensar juntos los diferentes, porque cada uno también piensa. Es, digamos, una especie de música que se hace entre lo personal y lo común, no pensar juntos contra el individuo, ni solamente el individuo que piensa solo contra lo común. Es un baile entre lo propio de cada cual, que se pone en relación con el vínculo con los demás puesto que vivimos juntos.

¿Qué es la filosofía pirata?

Es una práctica de la filosofía que se quiere no especializada, al alcance de cualquiera, que no pasa necesariamente por los grandes textos de la filosofía. Es decir, que muchos filósofos, desde Sócrates a Gramsci, han afirmado que todos somos filósofos en tanto que nos preguntamos por el sentido de la vida, que no te viene dado por la sociedad. Filosofar al modo pirata es, digamos, autorizarse a pensar por uno mismo. No solo se piensa en las facultades de filosofía, no solo piensan los que han leído 17.000 libros, no solo piensan los que tienen un acceso a un lenguaje especializado; cada cual puede pensar con los amigos, con los cercanos, a partir de los materiales de la propia vida. Es una relación con la filosofía, pero desde lo que nos importa vitalmente. Frente a la filosofía académica, es un saber puesto al servicio de la vida, pirateado desde otro lado, que se hace sin contemplaciones, sin jerarquías.

¿Se piensa en la escuela? Está también precarizada, automatizada, acelerada, como la vida misma.

La escuela sería uno de esos lugares donde el pensamiento está en juego: aprender a pensar y también pensar lo que es la escuela. En un mundo donde la inteligencia artificial es cada vez más potente, ¿qué sentido tiene la escuela como expendedora de contenidos? Si intentas competir con las máquinas expendedoras de contenidos, pues vas a perder siempre. ¿Cuál es el sentido de la escuela hoy? Si el pensamiento logra encarnarse, hacerse algo común, si se presencializa, se materializa, si tiene un cuerpo, ahí sí que la escuela aporta algo que el modo dominante de inteligencia artificial no podría alcanzar.

¿Leer es una potencia subversiva?

Leer no es necesariamente leer libros, lo intento tomar más en general, como una manera de estar en el mundo, de hacer un esfuerzo de escuchar y crear sentido. Un libro es una herramienta que nos solicita como sujetos, porque tienes que leerlo tú y tienes que juntar una palabra con la otra e inventar sentido, completarlo a veces con la imaginación o la experiencia. Es una actividad que obliga a un esfuerzo, que no todo es así en el mundo de hoy, en el que tenemos relación con dispositivos en los que está todo hecho, tú eres un objeto y no hay un espacio donde moverse, mientras que en el libro tienes que completar lo que se te propone y verificar con la razón si te convence o no. Leer nos hace sujetos distintos a lo que este mundo hace de nosotros, que es consumidores, tertulianos, espectadores u opinadores. Pensar es una actividad subversiva en tanto que hace de nosotros sujetos, individuales o comunitarios, mientras todas las fuerzas de este mundo hacen de nosotros objetos manipulables: los políticos con sus propagandas, los mercados con sus seducciones, las tecnologías con sus automatismos, los saberes dominantes con su autoridad. Por eso, pensar es ser protagonistas de nuestra propia vida entramados con los demás.

¿Pensar nos libera de la rueda del neoliberalismo?

El neoliberalismo es una colonización de la atención, y pensar implica, en primer lugar, una liberación de esa atención, es decir, es construirse un paisaje propio en el mundo de cuáles son tus referencias, coordenadas y criterios. Mientras que hoy todos somos objetos de ese mercado de la atención generado por miles de dispositivos tecnológicos, empresariales y mercantiles que quieren colonizar la atención, pensar suspende esos automatismos y nos hace sujetos capaces de poner atención en otras cosas o en algo que todavía no ha sido creado. Podría haber muchos modos de enfocarlo, pero en tanto que es una liberación, una batalla, una suspensión de la colonización de la atención, podríamos decir que pensar es conflictivo con la dinámica del neoliberalismo.

Sin todos estos dispositivos tecnológicos, antes teníamos más espacio para la imaginación.

Hay muchísimas máquinas produciendo por todas partes 'respuestas tapón', en las pantallas, en lo político, en lo tecnológico, en lo cultural, y por eso la sensación de asfixia. La lectura, el pensamiento y la imaginación son liberaciones de la atención, son formas de hacer un lugar 'no lleno' donde poder imaginar, pensar o atender a otras cosas frente a esa multitud de 'respuestas tapón' de qué es ser feliz, qué es el amor, qué es una vida buena... y el mercado dice todo el rato 'compra la mía'. La batalla del pensamiento es suspender, interrumpir, hacer paréntesis en todas esas 'respuestas tapón', y en ese espacio que se despeja, poder pensar, decir, sentir y crear algo por nosotros mismos. Eso tiene un punto de revolucionario a todos los niveles, desde el personal hasta lo político.

¿Qué le gustaría que pensara el lector de este libro?

Es un libro que puede acompañarte porque no se cierra. Me gustaría que este libro suscite una respuesta del lector que no sea simplemente acatar lo escrito, sino inventar algo a partir de eso. Espero que este libro, de alguna manera, haga sentir que en la batalla del pensamiento se juega nuestra existencia colectiva, porque si no se tira del freno de emergencia el tren va hacia el muro. Eso es literalmente así hoy, con todas las amenazas catastróficas que están ya ahí. Porque una vida sin pensamiento es una vida que repite lo que otros han pensado: cómo hay que ser feliz, cómo tiene que ser tu cuerpo, cómo tienen que ser tus relaciones, cómo tienes una vida plena, qué significa estar vivos, qué significa el amor. Pensar tiene que ver no solamente con saber más o menos cosas, sino con la plenitud de la vida que se lleva. Si se piensa, esa vida puede ser creadora de nuevos sentidos; si no se piensa, esa vida será repetidora de los ya impuestos y, en tanto que repetidora, siempre triste, porque estás viviendo la vida que otros pensaron, decidieron y diseñaron, y a ti nunca te va a encajar el traje que otros hicieron. Por eso, ya Platón dice en el mito de la caverna que no pensar nos condena no solamente a ser ignorantes, sino también a una vida mala, tonta, repetitiva, a una vida en la que nuestro cuerpo y nuestra mente están repitiendo cosas que otros pensaron y dijeron.

lunes, 25 de mayo de 2026

"EL AUTO DE IMPUTACIÓN A ZAPATERO: UN TEXTO POLICIAL". Carlos López-Keller, elDiario.es

No solo es una cuestión de estilo: el auto del juez sumerge la descripción de hechos en un océano de insinuaciones y juicios de valor típicos, y al tiempo impropios, de un atestado policial. Ello otorga a la resolución un tono extrañamente apodíctico, insólito en un simple auto de imputación

Es curioso comprobar como los dos cambios fundamentales que han sacudido la tramitación de un proceso penal en los últimos treinta años, aligerando notablemente la labor de los jueces, han venido sin reformas legislativas de calado. Por un lado, en el ámbito del enjuiciamiento, la conformidad penal se ha generalizado, simplificando el trabajo de los juzgadores, a quienes las partes ofrecen el fallo ya pactado; por otro lado, en el ámbito de la instrucción penal, ya no asombra el dejar la investigación en manos de fuerzas policiales, lo que ha difuminado hasta el desconcierto la labor de la justicia.

Esto se advierte particularmente en la Audiencia Nacional donde, desde hace años, los jueces de instrucción han dejado de instruir, encargando a los cuerpos de seguridad, en alguna de sus siglas, que averigüen lo que ha pasado y le traigan la sentencia hecha. Parecerá sorprendente, pero hace no tanto tiempo la policía no existía en el proceso penal: era el juez el encargado de recabar los datos, decidir las pruebas y valorar su resultado. Ahora, sin ningún cambio en la ley, los jueces delegan en la policía no solo la función de buscar datos y aportarlos al procedimiento, sino también la labor de valorar tales datos y sacar conclusiones. El proceso se ha convertido así en un expediente vacío donde todos, desde el juez hasta los imputados, quedan a la espera de que la policía aporte sus conclusiones cocinadas extramuros.

Meditaba yo sobre estas cuestiones mientras me disponía a leer el auto de Calama con el ánimo encogido, con esa aprensión del espíritu de quien abre una novela triste que termina mal. Parecería que toda decepción es, por naturaleza, imprevisible; sin embargo, en este caso se me antoja predecible y, de tan obvia, me ronda antes de leer nada.

Según me interno por las páginas del auto, se confirman mis primeros temores: estamos ante un texto policial. Será un pálpito estilístico, si quieren, pero el tenor atrancado, quebrado y reiterativo del auto sugiere un origen en un corta y pega de previos relatos, de anteriores informes de los que se han seleccionado párrafos sin una estructura lineal ni ordenada; en un discurso inaprehensible, desfilan ante nosotros personas que no sabemos quiénes son ni qué hacen. No solo es una cuestión de estilo: el auto del juez sumerge la descripción de hechos en un océano de insinuaciones y juicios de valor típicos, y al tiempo impropios, de un atestado policial. Ello otorga a la resolución un tono extrañamente apodíctico, insólito en un simple auto de imputación.

Volviendo a su fortaleza, el señor se queja a su sirviente de lo largo que es el camino de regreso. “Dé gracias a que el camino sea largo”, le replica este, “si fuera más corto no llegaba al castillo”. Algo parecido le sucede al auto de Calama. A lo largo de páginas enteras intenta desgranar la “influencia en la concesión de la ayuda pública a Plus Ultra”, pero el camino no llega al castillo. Lo que describe, con un detalle minucioso, son las gestiones de Julio Martínez, al mando de Análisis Relevante, en favor de Plus Ultra. En este capítulo, Zapatero no aparece: se habla de él, pero no consta ni una llamada, ni un correo, ni un mensaje que haya remitido o recibido. El auto asume, con cierto azoramiento, que habría ejercido un liderazgo que “no se manifiesta de forma formal o pública”, lo que parece extraño, porque la influencia consiste precisamente en dejarse ver, en actuar públicamente, en hacer valer su presencia para mover voluntades. Zapatero es un líder que no hace nada, que no se manifiesta; una especie de dios.

Sí que se describe que Análisis Relevante hizo bastantes cosas a favor de Plus Ultra en relación con la ayuda que pretendía: gestiones para presentar su petición, agendar reuniones, canalizar y hacer seguimiento de la solicitud, interesarse por la tramitación... Bien, nada de esto supone una influencia en la concesión.

Como recordarán los más veteranos, el tráfico de influencias entró en el Código Penal en 1991, a rebufo del escándalo de Juan Guerra, alentado por un legislativo que creía, como sigue creyendo hoy, que el respeto a la legalidad se garantiza aumentando la lista de conductas ilegales. Desde entonces, este delito ha ido buscando su acomodo a puros codazos con la actividad de ‘lobby’, actividad lícita y oscura, propia de quienes viven de monetizar su agenda de contactos. La línea divisoria entre una y otra actividad es delicada y fina, casi imperceptible pero necesaria, porque separa el delito de lo que no lo es.

Quizás el tajamar habría de colocarse en la influencia: hay delito cuando al resolver el funcionario está sucumbiendo a la influencia de un tercero; cuando el funcionario, con su decisión, está respondiendo a un favor que se le pide, aunque lo que se le pida sea legal. Siendo sinceros, esto no aparece por ninguna parte en el auto: ayudar a una empresa a que su petición tenga éxito no es delictivo. Por el contrario, el juez destacará que SEPI pidió más y más información, al menos en cinco ocasiones, a Plus Ultra, de quien se llega a decir que falseó los datos presentados y maquilló su situación patrimonial. Si la ayuda estaba concedida de antemano, ni la SEPI hubiera pedido tantas explicaciones ni Plus Ultra hubiera tenido que falsearlas.

Estas deficiencias argumentales se observan también respecto a las gestiones de Julio Martínez ante el Instituto Nacional de Aeronáutica Civil de Venezuela para que autorizaran unos vuelos a la aerolínea. No hay delito en pedir algo a la administración y que esta conceda lo pedido. Consciente de ello, el auto debe insinuar que Julio Martínez tenía una “posición de influencia” en el Mayor General presidente del INAC, pero no explica de dónde saca semejante conclusión.

Finalmente, la referencia a la constitución de unas sociedades en Dubai ya entra en el auto derrapando. No convendrá poner la mano en el fuego, que luego uno se tiene que comer sus palabras, pero el relato apunta a un conocido sesgo policial: cuando la sospecha es infundada pero muy golosa, no te resistas a plantearla. El indicio es este: un tipo le informa a Julio Martínez sobre cómo crear una sociedad en Dubai y la víspera Julio había comido con Zapatero, con reserva previa únicamente para dos personas. Debe haber algo que se me escapa porque, como indicio, es más que pobre.

El auto ofrece, en definitiva, poca chicha. Termina su argumentario con la relación de pagos a Zapatero y sus hijas, en un capítulo inexplicablemente breve del auto --no más de cinco páginas de las ochenta y cinco que tiene-- y confuso --la policía suele mezclar las cantidades facturadas con las recibidas, haciéndose un lío con el IVA--. Y es aquí donde encontramos la parte que nos convoca los sentimientos más encontrados. En una primera lectura, muestra una debilidad de enfoque: Zapatero no ha recibido ni un euro de Plus Ultra, y no hay prueba que vincule lo que cobró de Análisis Relevante con lo que esta sociedad recibió de aquella. Las cifras no cuadran en absoluto. De hecho, Zapatero ha cobrado de Análisis Relevante más dinero del que esta recibió de Plus Ultra. Nada relaciona los pagos a Zapatero con la aerolínea ni con gestiones a su favor.

El hecho de que estas transacciones no vengan vinculadas a Plus Ultra deja pendiente la explicación de su razón de ser. Y aquí viene la segunda lectura, ya más desconcertante porque, puesto el foco en esta cuestión, no nos sacamos de la cabeza un molesto ruido de fondo. De ser ciertas las cantidades expuestas en el auto, Zapatero y sus hijas habrían cobrado de Análisis Relevante mucho dinero, tal vez la mitad de todo lo facturado por esta empresa, demasiado como para desentenderse de sus vicisitudes y pretenderla completamente ajena.

En fin, en alguna de las llamadas interceptadas, alguien llama a Julio Martínez “lacayo” de Zapatero. Más que un lacayo, como he adelantado, aparece en el relato de Calama como el sacerdote de un dios que no se manifiesta. Es posible que, como hacen todos los sacerdotes, este hombre haya vendido falsas influencias. Tal vez Julio Martínez se anunciara en sus tarjetas como “amigo de Zapatero”, como Anton Schindler ponía en las suyas “amigo de Beethoven”, gracias a las cuales se le abrieron puertas y tendieron alfombras. Lo malo es que este dios ha cobrado del sacerdote, así que será una buena oportunidad para que aproveche el inmenso crédito moral que todavía posee en colmarnos de explicaciones, y nos aclare el contenido y destino de los trabajos que cobró.

Termino el auto decepcionado, como suponía, pero no rendido. La decepción es un tesoro precioso, un privilegio al alcance solo de los ingenuos. No dejemos de creer.

domingo, 24 de mayo de 2026

"NEVENKA FERNÁNDEZ, MAESTRA DE FISCALES". Isabel Valdés, El País

Nevenka Fernández en la sede de la Fiscalía General del Estado
La mujer que ganó el primer juicio en España por acoso contra un político explica a 60 fiscales y jueces qué fue lo más doloroso de su proceso y cómo mejorar su trabajo con las víctimas

La misma mujer que caminaba por Madrid encogida sobre sí misma y envuelta en una sudadera con capucha para intentar algo parecido a la invisibilidad está este martes en la sede de la Fiscalía General del Estado viendo cómo unos 45 fiscales y una quincena de jueces dan grititos en una sala con la luz apagada y los ojos cerrados y un globo entre las piernas porque ella va paseando entre las filas pinchando algunos de esos globos.

Ha pasado un cuarto de siglo entre la mujer encapuchada que se encorvaba para hacerse pequeñita y la que dirige ese ejercicio para esos hombres y mujeres de la judicatura. La ciudad es la misma, pero no es la misma sociedad la que la habita, y sobre todo no es la misma Nevenka Fernández. “Así se siente una víctima en un juzgado, con el globo entre las piernas y el pecho encogido”, les dice mientras se vuelve a encender la luz. Les explica que “el miedo y la ansiedad de no saber lo que va a ocurrir es uno de los mayores terrores de las víctimas de abusos”.

Ella lo fue poco después de cumplir los 20 años. Era concejala de Hacienda en su ciudad, Ponferrada (León), y el alcalde, Ismael Álvarez, comenzó contra ella una caza que la fue minando día a día, poco a poco: acoso sexual, acoso laboral, abuso de poder. “Me anuló”. Hasta que denunció. Fue la primera mujer que ganó un juicio por ese delito en España, pero era 2001, tenía 25 años y ya había decidido su propio exilio a Inglaterra porque no quería vivir en una sociedad de la que, dijo en septiembre en una entrevista en este diario, su silencio fue lo que más daño le hizo.

Lo ha vuelto a repetir este martes: “Era muy difícil encontrar un resquicio de comprensión. La sociedad, los medios y las instituciones, en general, en el mejor caso no se expresaban, y quienes se expresaban no querían escuchar lo que yo tenía que decir”.

Ni siquiera la Fiscalía.

Porque también ha relatado todo el dolor añadido, la violencia institucional que sufrió durante el proceso por José Luis García Ancos, fiscal jefe del TSJ de Castilla y León en aquel momento, al que el fiscal General del Estado entonces, Jesús Cardenal, acabó por relevar de su puesto por esa revictimización a la que sometió a Fernández.

Ella les ha contado el tono “culpabilizador” de Ancos que aún recuerda. Recuerda un interrogatorio de 10 horas en el que sintió que “le agotaban el espacio y el oxígeno”. Recuerda “la postura agresiva de Ancos, coherente con sus palabras, horribles, insultos” en una sala pequeña, terreno hostil. Recuerda “el cuerpo en tensión, mucho ruido alrededor, el peso gordísimo de la vivencia del acoso”.

Ahora, 12 de mayo de 2026, tiene casi 52 años. Ya no solo puede volver a casa, sin encogerse y sin llorar, sino que todo eso que recuerda se ha sentado a contárselo a esos y esas fiscales, y algún juez y alguna jueza. Nevenka Fernández es una de las profesoras del programa Abordaje integral del testimonio de las víctimas vulnerables que ha organizado la Fiscalía General del Estado durante tres días. Durante más de cuatro horas les ha enseñado qué deja el paso por la justicia; cómo viven las víctimas, cómo vivió ella, un proceso judicial; les ha explicado qué le hizo daño, que es algo que no debe provocar el trabajo institucional, el de la Fiscalía.

El segundo ejercicio ha sido leer un testimonio en un folio mientras Fernández hacía sonar o una trompeta o un silbato. Dependiendo de con qué hiciese ruido, tenían que levantarse y dar una vuelta sobre sí mismos, o, sin levantarse, zapatear en el suelo. Al final, ella les ha contado por qué los ha puesto a esa danza: “Una de las consecuencias del trauma es que no te permite concentrarte en una sola cosa, que en el juicio es la pregunta a la que tienes que responder, no es sencillo con todos esos estresores. Si vuestra carrera, vuestra vida dependiera de cómo respondéis ahora mismo aquí haciendo esto, ¿cómo os sentiríais?, ¿creéis que os sería más fácil hacerlo?”.

Fernández les ha hablado de hipervigilancia, de vivir en alerta constante, del caos que sienten que atraviesan continuamente las víctimas. Les ha hecho dibujar con ceras en el reverso del folio que tenía el testimonio del anterior ejercicio: “Ahora cojan el papel y mírenlo, hagan una bola con él, como si fueran a tirarlo a la basura, ahora estírenlo, tanto como puedan, ¿se queda igual? Miren bien el dibujo. Quedan las marcas, siempre”.

Varias veces se ha quedado mirando a esa sesentena de fiscales y jueces durante un instante, brevísimo, como en esas de querer decir algo pero no decirlo. Ha acabado haciéndolo: “Es una locura estar aquí”.

"¿POR QUÉ NO TE MUERES? SOBREVIVIR A LA TORTURA Y LA BRUTALIDAD EN LAS CÁRCELES DE ISRAEL". Nasser Abu Srour (prisionero palestino). Equator: Memorias

Me desperté con la noticia de última hora el 7 de octubre de 2023. En la televisión de nuestra celda se veían imágenes de los ataques de Hamás y los combates en Gaza. Vimos durante una hora antes de que cortaran la señal y la pantalla se pusiera azul. Esas fueron las primeras y las últimas imágenes que vi de la guerra.

De pronto, vimos a los guardias irrumpir en nuestro pabellón armados, algo que nunca habían hecho antes, ya que las armas estaban prohibidas en los edificios penitenciarios. Nos ataron las manos y los pies con violencia y nos llevaron al patio. Al regresar a nuestras celdas, estaban tan vacías que nuestras voces resonaban. Nos habían robado todas nuestras pertenencias: ropa y ropa de cama, utensilios de cocina y productos de limpieza, espejos y maquinillas de afeitar. Nuestros cepillos de dientes habían sido sustituidos por otros más pequeños, de unos cinco centímetros. Habían quitado las cortinas, dejándonos expuestos al frío y, con el tiempo, a la lluvia. A cada uno nos quedamos con dos camisas, una manta y un juego de cubiertos de plástico. Incluso nos confiscaron las sillas de ruedas; a partir de entonces, los presos discapacitados tendríamos que ser llevados a todas partes.

«Estamos en estado de guerra». El anuncio nos lo hicieron las autoridades penitenciarias israelíes el 7 de octubre. En algún momento de esa primera semana, el funcionario de nuestro pabellón fue de celda en celda leyendo las normas de guerra.

Se impusieron nuevas prohibiciones: a los presos se les prohibió hablar en voz alta dentro de sus celdas; hablar con los reclusos de celdas vecinas; rezar en voz alta o en grupo; y acercarse a menos de un metro y medio de la puerta de su celda. Nuestros privilegios domésticos se redujeron drásticamente: el tiempo en el patio se redujo de seis horas a diez minutos al día; el agua caliente se limitó a cuarenta y cinco minutos diarios; las visitas familiares se suspendieron indefinidamente; la clínica y la biblioteca quedaron fuera de nuestro alcance. Quizás lo más significativo fue que el suministro eléctrico se redujo a seis horas diarias, en un horario rotativo. Algunos días estaba disponible de mediodía a seis de la tarde; otros, de seis de la tarde a medianoche; finalmente, se estableció de dos de la tarde a ocho de la noche.

Durante 31 años soporté una rutina monótona e inmutable en diversas cárceles israelíes. Cada día era igual al anterior, sin importar dónde me encontrara. Ahora, todo cambió radicalmente. Ya no era posible predecir lo que sucedería. Cada hora traía consigo mil posibilidades, todas nefastas.

El nuevo régimen pudo haber sido impuesto por Itamar Ben-Gvir, el ministro de Seguridad Nacional. Pero las autoridades penitenciarias también actuaron por iniciativa propia. Su transformación fue más impactante, y quizás más trascendental. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 23 de mayo de 2026

"SÍNDROME DE ULISES". Irene Vallejo, Milenio (Ciudad de Mexico)

Luis M. Morales
Todas las familias son emigrantes. Cada hogar añora a alguien que salió hacia lo desconocido: abuelos, tíos, hijos o sobrinos. Ante la catarata de discursos xenófobos que nos anegan, entremos en su piel y su angustia: la lucha por la supervivencia, la lejanía de los seres más queridos, las barreras del idioma y el acento, las leyes hostiles, el rechazo racista, la indefensión, la soledad y el fantasma del fracaso.

Los psiquiatras han denominado “síndrome de Ulises” a los trastornos de salud que padecen los inmigrantes a causa de la ansiedad prolongada. Según los cálculos, en sus manifestaciones extremas, afecta a más de 50 millones de personas en los horizontes de todo el mundo. Debe su nombre a Ulises, el héroe griego que luchó durante una década en la guerra de Troya y después vagabundeó de costa a costa durante otros 10 años. Lejos de Ítaca, afrontó todos los peligros imaginables, invadido siempre por la nostalgia de Penélope y su hijo Telémaco. Perdió el rumbo muchas veces, sufrió agresiones, naufragios, pérdidas, y a menudo pareció que su destino era extraviarse sin remedio. Homero cuenta que la diosa de la inteligencia, Atenea, siempre estuvo de su parte y acudía a infundirle esperanza en sus momentos de desconsuelo. La divinidad más sabia nos diría hoy que atemorizar al inmigrante resquebraja nuestra propia seguridad.

miércoles, 20 de mayo de 2026

"EL MÁS GRAVE DE LOS CRÍMENES CONTRA LA HUMANIDAD". José Antonio Piqueras, El País

SR. GARCÍA
Cerca de 13 millones de africanos, hombres y mujeres, niños y niñas, fueron capturados, reducidos a mercancía y llevados a la fuerza a América para trabajar

¿Acaso pueden ser jerarquizados los delitos que han sido comprendidos en los crímenes de lesa humanidad? La sospecha sobre potenciales obligaciones económicas en el caso de suscribir una declaración política y moral —carente de consecuencias jurídicas, según se apresuró a subtitular la noticia la mayor parte de la prensa europea—, ¿justifica negar un cúmulo de evidencias y una llamada a promover derechos humanos dando a conocer la raíz de su vulneración? La resolución 80/250 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, aprobada el 25 de marzo pasado con el amplísimo respaldo de 123 países, declaró “la trata de africanos esclavizados y la esclavitud realizada a africanos como el crimen de lesa humanidad más grave”. Los argumentos y las dudas con las que iniciamos este artículo fueron esgrimidos por los tres estados que votaron en contra y por los 52 que se abstuvieron, entre estos, el Reino Unido y los países de la Unión Europea. Mientras en varias regiones del mundo se libra la defensa del multilateralismo, en la sede de Naciones Unidas se evidenciaba cómo el juego lo practican jugadores plurales y el llamado Sur Global ofrecía un cerrado respaldo a la iniciativa auspiciada por Ghana en representación de la Unión Africana y la Comunidad del Caribe (Caricom).

La declaración del 25 de marzo es un recordatorio doloroso y necesario del sufrimiento y la humillación infligidos durante cuatro siglos. En el apartado de fundamentos, resume circunstancias históricas entre las que destaca la excepcionalidad, sistematicidad, organización, brutalidad y duración de la experiencia esclavizadora de personas africanas, promovida, legislada y regulada en sus aspectos fiscales por Estados que arrastran esa responsabilidad. La declaración alude a precedentes recientes de reconocimiento, disculpas y reparaciones; se ampara en las líneas abiertas por el derecho penal internacional sobre la imprescriptibilidad de los crímenes contra la humanidad y el principio de justicia reparadora; y se ofrece como ejemplo consecuente de acciones anteriores de las Naciones Unidas, como la Declaración contra el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y las formas conexas de discriminación racial, adoptada en 2001 en Durban, en la que se estableció que por su magnitud, su carácter organizado y la negación de la esencia de las víctimas, “la esclavitud y la trata de esclavos, especialmente la trata transatlántica de esclavos, constituía y siempre debía haber constituido un crimen de lesa humanidad”.

En 2013, la ONU proclamó el Decenio Internacional de los Afrodescendientes a fin de prestar especial atención a la desigualdad y la discriminación estructurales que padece esta población. La declaración sostuvo que todas las doctrinas de superioridad racial son científicamente falsas, moralmente condenables, socialmente injustas y peligrosas, y deben rechazarse al igual que las teorías con que se pretende determinar la existencia de distintas razas humanas. Esa misma afirmación se reiteró en la declaración del segundo Decenio Internacional de los Afrodescendientes, aprobada el 17 de diciembre de 2024 por la Asamblea General sin necesidad de ser sometida a votación. Esta última iniciativa fue patrocinada por un grupo de países entre los que se hallaban Estados Unidos (la Administración saliente de Joe Biden, todavía en la estela del Black Lives Matter), Brasil, Jamaica y Colombia, y reconocía la persistencia de un racismo sistémico en nuestras sociedades. Los afrodescendientes, en sentido estricto, son los descendientes de la emigración forzada conducida a América en régimen de esclavitud, que constituye la diáspora; existe una segunda situación, los descendientes de la emigración protagonizada desde África a partir de los años cincuenta de originarios de las colonias europeas. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 17 de mayo de 2026

"EL MESTIZAJE DE AYUSO". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

El viaje de la presidenta madrileña no fue solo una ‘performance’ de nostalgia imperialista. Fue un capítulo más de la operación liderada por Trump, que celebró en octubre que Colón llevase a América “los principios de la civilización occidental”

Son tiempos de palabras que no describen la realidad. Más bien sirven para sustituirla. Vean, por ejemplo, “Evangelización y mestizaje”, el emblema enarbolado por Isabel Díaz Ayuso esta semana en Ciudad de México en un chusco acto de homenaje a Hernán Cortés. Es una formulación conocida, pero tampoco la única que el pensamiento español tiene a su disposición. Rafael Sánchez Ferlosio dejó escrito hace años, en Esas Yndias equivocadas y malditas, que cuando el mestizaje surge dentro de una relación de conquista y desigualdad, la mezcla no expresa igualdad, sólo la huella social de la dominación. Pero Ayuso, claro, no quiere dialogar con la historia sino producir una imagen reconocible de sí misma, por eso es inútil responder con archivos, historiografía o datos: el emblema no opera en el régimen de la verdad. “Evangelización y mestizaje” simula ser una descripción histórica, pero funciona como un “¡Viva España!”. Quien lo repite no sostiene una tesis, exhibe una bandera, y al exhibirla evita la conversación que desde hace tiempo impugna la idea celebratoria de la mezcla: la de que el “descubrimiento” no fue un hallazgo, sino la declaración de que aquello que ya existía no contaba hasta ser nombrado por el conquistador. Como escribió Ferlosio, la asimetría del mestizaje revela quién tenía el poder, quién era incorporado al mundo del otro. Y aunque el discurso oficial todavía no lo haya recogido, una parte del pensamiento español ya impugnó hace tiempo esta lectura con un rigor que la fórmula de Ayuso no admite, pues no busca convencer sino exacerbar el sentido de pertenencia.

Lo que Ayuso vendía en México (la España imperial civilizadora, la herencia de Cortés, los gobiernos progresistas latinoamericanos como amenaza autoritaria y Madrid como refugio pijo de la libertad) no es una verdad incómoda que México necesita escuchar. Es mercancía vieja, pero México no es un escenario pasivo; tiene sus propios practicantes de la guerra cultural sobre la conquista, con experiencia y oficio, y la narrativa interesada de Ayuso tuvo que sostenerse en un país que respondió desde su Estado, desde su presidenta, desde sus medios y desde la calle, incluso desde la oposición conservadora y la propia jerarquía católica, que la recibieron sin defenderla cuando arreció el cuestionamiento. El balance ha sido cualquier cosa menos un éxito. Ayuso rozó el ridículo, y el ridículo en política obliga a producir un relato que lo redima. Por eso lanzó, casi al instante, una segunda narrativa falsa ("Nos hemos sentido en peligro") convirtiendo el fracaso de su salida anticipada de México en su segundo movimiento.

¿Por qué México y por qué ahora? La lectura doméstica se queda corta. El viaje no fue solo una performance de la nostalgia imperial, reciclada como provocación culturalista y dirigida al votante madrileño. Fue un capítulo más de una operación que trasciende la escala nacional. Giorgia Meloni ya publicó una glosa sobre el “vínculo indisoluble” entre Europa y América como “esencia de Occidente”. Y Trump firmó en octubre una proclamación celebrando que Colón llevase a América “los principios de la civilización occidental”. No es nostalgia sino estrategia, y aquí aparece la paradoja. Lo que invocan como Occidente (el conquistador civilizador, la cruz sobre la espada) no es la modernidad democrática que Occidente tardó siglos en construir, precisamente contra esa tradición. Los supremacistas son hoy sus mayores destructores.

El viaje, en fin, no fue casual, ni en destino ni en fecha. Mientras Trump presiona a México por el flanco norte, Sheinbaum articula con Sánchez, Petro y Lula una alianza por el sur. Ayuso aparece en medio de esa pinza, donde se la oye mejor. Su gesto se inscribe en un movimiento internacional que reacciona cuando el sur global ha empezado a presentarle a Occidente una cuenta pendiente, la de hacernos cargo de nuestra historia para seguir siendo un interlocutor legítimo. Lo que Ayuso vino a hacer es lo contrario: negar la cuenta con altivez, precisamente, cuando reconocer al otro es la única manera de seguir hablándonos.

"LOS SILENCIOS DEL PAPA PREVOST". Máriam Martinez-Bascuñán, El País

Cuando “víctima de abuso” se convierte en “persona herida”, el sujeto se queda solo con su dolor. Y el dolor no comparece ante un juez El Pa...