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jueves, 10 de septiembre de 2026

"LA OBSCENA ISLAMOFOBIA". Adolfo Estrella, infoLibre.es

El odio al islam como nuevo sentido común reaccionario

Aumentan en España los episodios cotidianos y mediáticos de rechazo al islam, focalizados principalmente en la población marroquí o de origen marroquí. Cada vez más, la islamofobia emerge victoriosa de las oscuras cloacas de las redes y se entreteje con el espacio, indistinguible ya, de los medios de comunicación y los debates públicos.

Juntos, estabilizan un sentido común que se apoya en un significante principal: “España cristiana y no musulmana”, ahora coreado por miles en un partido de fútbol, negando la identidad española a su principal protagonista, Lamine Yamal, por sospechar de su “españolidad”.

La construcción de un “otro” diferente, inferior, agresivo y, por lo tanto, peligroso, está en avanzada fase de consolidación. A los inmigrantes en general, pero en particular a los musulmanes, se los impele a integrarse culturalmente, pero si lo hacen se desconfía de que su integración sea verdadera. Se los conmina a trabajar, pero si lo hacen se les acusa de quitar trabajo a los españoles. Nunca su comportamiento será el adecuado porque no se evalúa una conducta sino una supuesta esencia que, por supuesto, es negativa.

Y frente a ella se construye, por contraste, la esencia positiva de una comunidad nacional virtuosa, étnica, religiosa y culturalmente homogénea. Esta comunidad atávica y pura es atacada desde dentro y no tiene más remedio que defenderse, se insiste. La estrategia es antigua y burda, pero siempre eficaz. Lo mismo hicieron los nazis con los judíos. Lo mismo hacen los israelíes con los palestinos. Lo mismo de siempre, en todas partes.

En las redes, la masa algorítmica está programada para mentir, difamar e insultar. La vieja estrategia del rumor siempre rinde frutos. En las calles, los aprendices de squadristi, llenos de anabolizantes y vacíos de neuronas, son aleccionados para agredir físicamente, mezclando xenofobia con aporofobia o con viejos racismos siempre dispuestos a resucitar para hacer más infelices a los más débiles.

En el espacio mediático, Santiago Abascal y sus huestes también mienten, difaman e insultan e insisten en el discurso de una esencia agredida. Para ellos la nación, la patria, la identidad están siendo violadas por los extranjeros. Lo mismo hacen con las mujeres españolas, que ya no pueden salir a la calle sin ser acosadas. La patria y las mujeres son agredidas por otros que no pertenecen al “nosotros”.

Por todas partes, sin prisas pero sin pausa, se han ampliado los límites de lo que se puede decir y hacer frente a los inmigrantes musulmanes y a otros. La veda se ha terminado y comienza la temporada de caza.

Todo esto ya ha sucedido, nada es nuevo. Los moriscos, habitantes durante siglos de la península ibérica, tras la conquista cristiana fueron obligados a convertirse al cristianismo. Pero nunca fueron aceptados del todo: siempre recayó sobre ellos la sospecha de no ser cristianos de verdad, de no ser puros. Entre 1609 y 1614, Felipe III ordenó la expulsión de unos trescientos mil hombres, mujeres y niños. Lo mismo se había hecho antes con los judíos. Los guardianes de la pureza identitaria prestos a la barbarie siempre están al acecho.

martes, 21 de julio de 2026

"UNIDOS EN LA DIFEERENCIA SOMOS IMPARABLES. ¿QUÉ DIFERENCIA?". Lucila Rodríguez-Alarcón, infoLibre.es

Lamine Yamal, con 19 años recién cumplidos, define preciosamente eso de la diferencia: "Cada uno somos de un sitio, cada uno somos de una manera y creo que esa es la riqueza que tenemos"

El miércoles pasado la selección española ganaba 2-0 a Francia. El comentador de RTVE cerraba la retransmisión con esta frase que repite mucho últimamente en las coberturas del Mundial: "Unidos en la diferencia somos imparables". Me parece una gran frase, claro, pero ¿a qué diferencias se refiere? ¿Habla de las capacidades físicas, de las cualidades técnicas, del equipo del que vienen? ¿Se aplica a la selección de España o a todas las personas que vivimos en este país? Seguro que Rajoy tiene mucho que decir al respecto. No creo que todas entendamos el tema de la diferencia de la misma manera. Y se trata de un asunto clave en estos momentos en los que, en varias comunidades autónomas, una serie de personas están intentando imponer una definición sesgada de lo que es la “prioridad nacional”.

Y es que el tema de la diferencia o la pertenencia está siendo uno de los ejes del debate público global en el Mundial. Empezamos el campeonato teniendo que aguantar una diferenciación del trato de los participantes en los distintos puntos fronterizos del territorio donde se ha desarrollado. La segregación y las vejaciones que sufrieron algunos equipos y trabajadores del Mundial fueron portada los primeros días. Fue sonado el rechazo en frontera del árbitro somalí Omar Artan, que con 34 años iba a hacer historia como el primer colegiado de su país en pitar en una Copa del Mundo. Pero le obligaron a volverse sin poder participar en el campeonato. Solo este incidente debería haber generado una respuesta internacional contundente y sin fisuras. Pero produjo únicamente una leve indignación parcial. Ciudadanos originarios de naciones africanas y de Oriente Medio sufrieron demoras sistemáticas, cancelaciones de acreditaciones de última hora y revisiones exhaustivas en las aduanas estadounidenses; y la respuesta fue igual, nada de nada.

El epítome de esto fue la anulación de la sanción de una tarjeta roja impuesta al equipo de Estados Unidos. El presidente Trump realizó tres llamadas telefónicas consecutivas a su amigo personal Gianni Infantino para presionar y conseguir que Folarin Balogun pudiera jugar contra Bélgica. Menos mal que esta última paleó 4-1 a los estadounidenses. Pero el “tarjetazo” constituye sin duda el precedente histórico más peligroso de injerencia política en el arbitraje de un mundial. No se me ocurre un tongo mayor que este. Y me dirán que tongo siempre hubo. Y seguro que así es. Pero esto es como el chiste del marqués al que no dejan entrar en la piscina. Y cuando pregunta a qué se debe el rechazo y le explican que es porque se hace pis en la piscina, responde airado: "¡Pero si todo el mundo se hace pis en la piscina!". "Sí, pero usted es el único que lo hace desde el trampolín". Y eso es lo que nos está pasando: Trump se saca la cho**a y arrasa con el sistema de derechos a todos los niveles, pero le seguimos dejando entrar en la piscina y nos bañamos a su lado.

Dos días antes del partido España-Francia, el ICE se cobraba su novena víctima reconocida desde que este señor llegara a la presidencia de su país. Johan Sebastián Durán Guerrero era un chaval de origen colombiano que vivía en Maine, donde trabajaba y residía. Tenía 26 años, estaba casado y era padre de una niña de tres años que, según testigos, presenció el asesinato. Lo mataron por error, lo confundieron con un "alien", según aparece citado en fuentes oficiales —en serio, ¿cómo se puede llamar a una persona “alien”?—. Lo acribillaron, destrozando decenas de vidas y sin que tenga consecuencia alguna para sus asesinos y los que los amparan. Todo comienza con narrativas y simbolismos que luego se convierten en acciones. Por eso es tan importante que España gane el Mundial. Ya no solo para regocijo de millones de españoles que vivirán el triunfo como propio. También por el simbolismo político que implica.

No hay más que mirar el caso de Noruega. El Viking row se ha convertido en la acción más viral del Mundial. Eso de ver a toda la afición remando, y a los jugadores y hasta al primer ministro uniéndose, ha generado muchísima simpatía. Y en paralelo, tras no conseguir la suspensión de Israel por crímenes de guerra, la Federación Noruega de Fútbol (NFF), liderada por su presidenta Lise Klaveness, anunció la donación de la totalidad de las ganancias por la venta de entradas de su partido de clasificación mundialista contra Israel a organizaciones humanitarias, como Médicos Sin Fronteras, destinadas a la emergencia en Gaza. Así los vikingos llenaron su participación de un simbolismo que nos calienta el corazón a aquellas personas que creemos en los derechos, en la igualdad y en la fraternidad. Los eliminaron, y también a los irlandeses, pero todavía queda España de la troika que en mayo de 2024, en plena escalada del conflicto en la Franja de Gaza, dio el paso histórico de reconocer formalmente el Estado de Palestina.

Así que, si ganamos el Mundial, también lo ganará el simbolismo que acompaña internacionalmente a nuestro país en estos momentos. Esa narrativa es muy diferente de la que se nos regala dentro de nuestras fronteras. En el ámbito exterior, España es el país de la regularización extraordinaria frente a los crímenes del ICE, el del no al uso de las bases militares frente a la invasión de Irán, el del amor frente al odio, el de la justicia para Gaza. Es el país del Balón de Plata 2025 para Lamine Yamal, que con 19 años recién cumplidos define preciosamente eso de la diferencia: "Cada uno somos de un sitio, cada uno somos de una manera y creo que esa es la riqueza que tenemos".

Lo más gracioso de todo es que, cuando Lamine dice que cada uno es de un sitio, se refiere a un sitio de España, que ya de por sí implica un nivel de diversidad altísimo. Pero no se puede hablar de origen migrante porque nuestra selección apenas tiene tres jugadores de segunda generación. Alemania, Reino Unido o Francia tienen plantillas donde la mayoría son hijos de migrantes y, por ejemplo, el Congo tiene un equipo donde más de la mitad han nacido fuera. Esto lo sé gracias al proyecto de Artur Scartazzini, Diego Vieira y Felipe Líbano que, bajo el título El factor Inmigrante, analizan la composición de los equipos desde esa perspectiva. Es fascinante. Quizás sacó de ahí Rajoy sus desastrosas conclusiones. Es posible que para el PP, que ya bucea en el oscuro abismo de la "prioridad nacional", una persona que ha nacido y crecido en España no sea digna de ser española. Y aquí volvemos a la famosa cuestión de qué variable nos van a medir para saber si podemos formar parte de esa “prioridad nacional”.

Sea como fuere, somos diferentes todas las personas que habitamos este planeta. Si nos ponemos, podemos segregar hasta límites insospechados. Desde el color de la piel, que tiene miles de pantones –como lo muestra la obra Humanae ,de Angelica Dass–, hasta el tamaño de la nariz. No hay nadie igual, ni siquiera los gemelos. Y, por otro lado, somos todas muy similares. Nuestro diseño, lo que viene de fábrica y nos hace humanos, es un fino entramado de características neurológicas, hísticas y espirituales que nos definen como iguales. Todas las personas buscamos lo mismo: vivir una vida satisfactoria y plena. En lo que diferimos es en los caminos que creemos que debemos tomar para conseguirla. Ojalá fuéramos capaces de entender esto de forma orgánica y absoluta, y de respetar a las demás personas con sencillez y empatía. Porque, al final, es cierto que, se refiera a quien se refiera —selección, país o mundo—, unidas en la diferencia somos imparables.

jueves, 2 de julio de 2026

"LA MALETA DEL LENGUAJE". María Stepanova, Equator-Ensayo 17/06/2026

De la serie "Emigros" de Egor Borie
Cómo la nueva generación de exiliados políticos rusos está redefiniendo lo que significa perder la patria.

En El don (1938), la última novela que escribió en su lengua materna, Vladimir Nabokov describe una disputa literaria entre escritores emigrados, es decir, escritores rusos que solo se leen entre sí y muestran poco interés por Berlín, la ciudad a la que las circunstancias los han llevado, o por la gente que camina por sus calles, o por la literatura que florece allí.

El motivo de la disputa es un texto en particular que ha generado un descontento generalizado. Un personaje se burla de su autor —un escritor ruso ya en decadencia, aunque todavía leído en círculos de emigrados— con una metáfora visual: un retrato de un antepasado desconocido, que ha colgado en la casa familiar durante muchos años, incluso décadas; puede que ni siquiera represente a un pariente, sino a un conocido. Sin embargo, sin razón aparente, el objeto ha acompañado a la familia a lo largo de su vida, apareciendo siempre como una mala hierba. Cualquiera que sea el revés del destino —incendio, guerra, desplazamiento repentino—, el retrato sigue figurando entre las posesiones que conservarán para el futuro. Si alguien intentara arrebatárselo, lo defenderían como un tesoro. Lo mismo ocurre con la obra de este escritor anciano.

Comienzo con este retrato —completamente prescindible, excesivamente importante— para explicar por qué hablo hoy en ruso, en lugar de, digamos, en inglés, idioma que más personas en este auditorio entenderían. Incluso el título de esta conferencia no se ajusta bien al ruso. En ruso, «persona desplazada» se traduce oficialmente como «peremeshchennoe litso»: literalmente, «persona que ha sido trasladada de un lugar a otro», palabras con un significado preciso y burocrático. Pero la noción espiritual de «desplazamiento» parece no existir en ruso. Para transmitir este sentido de cambio biográfico e histórico, debemos inventar neologismos y paliativos; debemos definir y explicar.

Quizás esto no sea sorprendente. Al fin y al cabo, este es un país donde la esclavitud fue abolida hace poco más de 150 años. Todos los sistemas políticos que le sucedieron en Rusia se basaron en una premisa de propiedad similar: que el Estado tiene derecho sobre sus ciudadanos, sobre todo lo que poseen y sobre todo lo que producen.

Vivir en un lugar donde nada te pertenece y donde cualquier cosa puede suceder en cualquier momento: este es un sentimiento compartido por todos aquellos con un pasado soviético, aunque sus raíces son aún más profundas. Los siervos campesinos estaban legalmente obligados a trabajar una parcela de tierra que no les pertenecía; nunca se les permitía abandonarla. Sin embargo, sus dueños podían venderlos o reubicarlos a su antojo. Incluso un terrateniente con miles de personas a su cargo no era dueño de su propio destino: podía ser enviado al exilio o condenado a trabajos forzados por las autoridades zaristas. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 2 de mayo de 2026

“DESMITIFICANDO LA EDAD MEDIA PENINSULAR. Cómo y por qué se ha construido una historia que no existió”. Alejandro García Sanjuán (2026), Madrid, Los Libros de la Catarata


La crítica a la llamada leyenda negra española ha derivado con frecuencia en su reverso acrítico: una leyenda rosa igualmente falsificadora del pasado. Desde el romanticismo hasta la historiografía moderna, la idealización de la Edad Media ha alimentado mitos nacionales que presentan la historia como un relato continuo de identidad, fe y destino colectivo. En el caso español, la cronología misma del período —de 711 a 1492— revela una lectura orientada por la idea de la lucha contra el islam como origen de la nación. Esta narrativa, promovida especialmente durante el franquismo, y también en democracia, por instituciones, manuales escolares y discursos públicos, no es inocente: cumple funciones de legitimación política y genera vínculos emocionales que refuerzan la idea de un nosotros que se enfrente a ellos. Este libro ofrece herramientas para reconocer cómo el pasado se selecciona, se edulcora y se tergiversa para justificar identidades e inadmisibles exclusiones en el presente.

Alejandro García Sanjuán es catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Huelva. Su principal campo de investigación es el medievo peninsular, con especial atención a al-Andalus.

miércoles, 18 de febrero de 2026

"TODA ESTA LIBERTAD QUE NO QUERRÍA PERDER". Najat El Hachmi, El País

Cristina Estanislao
El velo islámico no es un derecho individual; es la parte visible de una política sexual que pretende anular nuestra condición de sujetos deseantes

Será solo un fantasma el que me persigue: el de la posibilidad de volver atrás en el tiempo y que, en vez de seguir disfrutando de esta gozosa libertad, el retroceso me devuelva a los tiempos oscuros en los que la sumisión no solo era tenida por natural sino por algo deseable y respetable. Hoy ese espectro lo agita una joven estudiante de Logroño, que ha llevado a los tribunales al centro educativo que la está formando porque, aplicando la normativa que ya tenía el instituto, no la dejaban entrar con la cabeza cubierta. La chica, apoyada por numerosas asociaciones y defendida por una abogada comunista, pedía una indemnización de 40.000 euros, porque hacerle cumplir con las normas del centro era “vulnerar su derecho a la libertad religiosa”. Algo en lo que ha estado de acuerdo la magistrada que ha dictado sentencia, que ha hecho prevalecer el derecho del islam a someter a las mujeres por encima del derecho de las niñas a tener una educación igualitaria. No sabemos cómo llega la jueza a la conclusión de que el hiyab representa la identidad como musulmana de la joven, cuando no hay un solo versículo en el Corán que especifique hasta dónde tiene que cubrirse una para cumplir con el mandato de modestia y recato que sí exige al sexo femenino. Si las sentencias judiciales se van a poner a validar los preceptos religiosos de los ciudadanos, yo reclamo que revisen la entrepierna de todos los varones que se declaran seguidores de Mahoma y se aseguren de que no queda en ellos ni rastro de prepucio, no sea que se esté vulnerando así su libertad religiosa.

Este caso es grave porque sienta un precedente y porque la magistrada no parece haber tenido en cuenta el interés superior de la menor, su derecho a tener una infancia y una adolescencia libres de la marca de misoginia que es el hiyab en todas sus formas. Pero hay algo mucho más profundo y trascendental en esta cuestión que velo sí o velo no, incluso más que feminismo sí o feminismo no. Lo que está en juego es un concepto de libertad del que hoy parecen desconfiar incluso los demócratas de esta parte del mundo. Es algo que puedo nombrar con conceptos abstractos que todos conocemos, pero más que nada es algo que siento incluso de un modo físico y que me permite ser enteramente persona. Es una expansión, un sentido de la vida misma. No estar sometida a la voluntad de otro ser humano, no tener que obedecer a otro solo porque ese otro tenga unos determinados rasgos que se consideran mejores que los míos (por ejemplo, gónadas fuera de la cavidad abdominal, un apéndice que cuelga). La libertad es tomar decisiones por mi propia cuenta, con toda la angustia existencial que caracteriza a los neuróticos, con todas las dudas, idas y venidas, con todo ese árbol de ramificaciones de pensamientos que atormentan a los que tenemos la facilidad de imaginar todo tipo de catástrofes. Es también la escritura misma, como hago ahora en un arrebato que siento como una secreción corporal y que sé que no me va a traer un castigo tan insoportable que tenga que callarme. La libertad es escribir, decir, reírse de todo aquello que alguien decidió que era sagrado. Impugnar ese orden establecido con una sonora carcajada que emerge del grito de la vida misma.

¿Exagero? Podría ser, es a lo que nos dedicamos los escritores, pero creo que hay algo muy real en mi miedo a perder la libertad, no solo a perderla para mí, sino para todos y para todas las nacidas en familias y tradiciones que odian que podamos ser sin someternos, que nos odian cuando nos alzamos firmes sobre nuestros propios pies y no nos doblegamos por terribles que sean las consecuencias. Las religiones no son más que formas de dominar extensos grupos humanos. Nosotros mismos creamos dioses, los moldeamos, inventamos historias y mitos con los que sostenerlos y luego los adoramos y nos sometemos a ellos. Solo que algunos, unas élites privilegiadas, se dedican a mover los hilos para su propio beneficio. ¿O alguien puede creer en el relato ingenuo que afirma que una chica menor de edad acaba llegando por sí sola a la conclusión de que tiene que erigirse en una Juana de Arco del hiyab? ¿O que de repente a tantos jóvenes les dé una epifanía casualmente católica? Tomarse en serio las religiones y sus preceptos es, a estas alturas, ridículo. ¿Cómo voy a tener en cuenta las opiniones de un obispo si sé que cree que Jesucristo fue concebido de forma inmaculada? ¿Cómo no tener por locos a quienes afirman que María parió a un hijo siendo virgen? ¿Por qué los cristianos son más respetables que los terraplanistas? Si los segundos tuvieran más poder y estuvieran organizados en iglesias que establecen pactos y concordatos con los Estados, tendríamos leyes que nos obligarían a respetar su “libertad religiosa”. En cambio, seguimos aceptando todos los pulpos que nos venden las confesiones más establecidas y otorgándoles derechos inmerecidos que atentan contra el orden democrático mismo. ¿Puede una organización que afirma que Mahoma estuvo una noche entera dando tumbos por el cielo montado sobre un caballo alado decidir la identidad y la forma de vestir de las mujeres en un país con una Constitución basada en principios republicanos, un país aconfesional? ¿Puede una magistrada docta en leyes laicas aceptar la injerencia de un ser imaginario y fantástico en la autonomía de un centro educativo, por muy Alá que se llame?

Entiendo que con la secularización alcanzada por la sociedad española en su conjunto no veamos hasta qué punto el empuje del oscurantismo fundamentalista puede hacer peligrar los cimientos de este sistema, pero ya fue asesinado un profesor en Francia por hablar de libertad de expresión, ya se viene atacando y señalando a cualquiera que no se comporte como es debido con el islam; es decir, como un creyente. Porque muchos musulmanes que dicen defender la libertad religiosa en realidad están aprovechando este derecho fundamental para imponer su propia visión teocrática; están queriendo someter al resto de ciudadanos a sus propios dogmas. Cuando una madre pone una queja en la escuela a la que van sus hijos porque han recibido una charla de educación sexual, está pretendiendo imponer el islam al sistema educativo, está enfrentándose y atacando una de las libertades más importantes y que más ha costado conquistar: la libertad del propio cuerpo sexuado, del deseo y los afectos.

¿Se imaginan vivir en un país sin libertad sexual? Gozar sin culpa, sabiendo que no hay nada malo en el placer carnal; explorar y descubrir este vasto terreno de la existencia que es lo contrario a la muerte, fantasear sin remordimientos, llenarse del aire único que provoca el orgasmo. Y decirlo y escribirlo y que no pase nada. Entender profundamente que no es delito ni transgresión ni algo malo o sucio. Desenturbiar y desoscurecer el placer y traerlo a la luz de lo normal y natural y bueno. El deseo liberado de atávicas ataduras impuestas por los clérigos hincha el pecho de la fuerza necesaria para denunciar el resto de opresiones y represiones. ¿Se imaginan no tener todo esto? Cuando les hablo de libertad a los fanáticos, me flagelan con una pregunta que en realidad es una acusación, un reproche: ¿para qué quieres la libertad? ¿Para follar? A veces, añaden esos insultos tan universalmente patriarcales para reprocharnos que queramos ser dueñas de nuestros cuerpos y gozarlos como nos venga en gana: “Zorra”, “puta”. Fornicadoras, en lenguaje coránico. Así que el velo no solo no es una simple tela ni mucho menos un derecho individual; es la parte visible de una política sexual que pretende seguir convirtiéndonos en objetos inertes al servicio del hombre y anular nuestra condición de sujetos deseantes. Qué miedo tan grande les debemos provocar las mujeres sexualmente libres cuando dedican tanto esfuerzo a organizar nuestro sometimiento, a borrar nuestro deseo.

domingo, 14 de diciembre de 2025

"‘WRAPPED' DE SPOTIFY Y LA IDEOLOGÍA DE LA IDENTIDAD". Nuria Labari, El País

Los partidos políticos, igual que las empresas, venden identidad. Y lo que vende es sentirnos diferentes y, a poder ser, superiores

“Sé que Spotify es el demonio y el asco absoluto y debemos irnos de ahí, pero, por favor, compartid vuestros wrapped [los temas más oídos por un usuario en un año], que me encanta verlos, y luego nos vamos todos a otro lado”, publica el escritor y periodista Guillermo Alonso (El efecto deseado, Seix Barral) en sus stories de Instagram. Lo de que Spotify no mola lo dice por las millonarias inversiones de su CEO, Daniel Ek, en IA militar. Lo de que todos queremos ver los wrapped de todos es un hecho. Pero ¿por qué nos hace tanta ilusión saber qué canción es la que más escuchamos este año o conocer nuestra edad musical? Se debe a que es una cuestión identitaria, y nada hay tan importante en este siglo (política y humanamente hablando) como la identidad.

¿Y qué es la identidad, según Wrapped de Spotify? Pues, básicamente, que te den la oportunidad de ser quien tú piensas que eres y mostrarlo a los demás. No que te digan cómo eres, porque eso no se puede saber en función de si has escuchado más Lux o The Life of a Showgirl. Cómo seas tú en realidad (empática, alegre o malvada…) no te lo va a decir Wrapped, y a nadie le importa en realidad, porque la tecnología tiene una superbuena noticia y es que puede asegurarte, al final del año, que te has convertido exactamente en la persona que creías ser, no la que eres realmente. ¿Y cómo puedes demostrarlo? Pues, a ver, porque tu top cinco de artistas lo forman Nation of Language, Safe Mind, La Roux, Garbage y Jade, por ejemplo. Y eso es tan importante que vas a compartirlo para que se entere todo el mundo… de quién eres.

Que un algoritmo pueda otorgar la identidad es un asunto tan importante para las multinacionales como para los partidos políticos, que no venderán ideas en los próximos años, sino identidades. Un cambio que la ultraderecha ha interiorizado (las ideas no valen nada y se puede ser presidente de EE UU diciendo que las personas migrantes se comen a las mascotas) y que la izquierda no termina de aceptar. Los partidos progresistas mantienen un discurso a favor de la igualdad (muy del siglo XX), cuando lo que crea fans, clientes o votantes es la identidad; en concreto, ser diferente (nunca igual) y preferiblemente superior. La palabra igualdad está bien moralmente, pero retóricamente ya no vende porque no construye identidad.

La pregunta obligatoria es cómo se vende y cómo se construye una identidad en el siglo XXI. Hasta ahora hemos pensado que la identidad era la expresión íntima de lo que somos y exigía bucear en cada individuo, construir una comunicación plástica e incluso poética de lo que cada quien siente y tratar, en fin, de construirnos y descifrarnos. Sin embargo, la identidad que triunfa hoy es el juicio público (no íntimo) de quiénes somos. Una lista que lo demuestre, un número de likes o una proclama política sobre la fruta que no dice nada, pero sí quién eres. Ya no es que las convicciones políticas decidan los votos, sino que muchos votos se aseguran en función de la identidad que prometen otorgar: ser más español que el resto, por ejemplo. Se puede votar así, igual que se puede escuchar música en Spotify porque, aunque su CEO haya invertido 700 millones en la guerra, tiene un algoritmo que nos resta 20 años según nuestra “edad musical”. Y, claro, no hay quien se resista.

viernes, 24 de octubre de 2025

"LOS DIENTES DEL ODIO". Irene Vallejo, El País

Fernando Vicente
El insulto excita al algoritmo y los nuevos magnates hacen caja con nuestros conflictos. Urge usar las palabras no como arma, sino como argamasa

Decían que el mejor señuelo para atrapar atención es el sexo. Hoy las redes sociales han demostrado que el odio es mucho más adictivo, más orgiástico, más contagioso, más irresistible. El insulto excita al algoritmo y los nuevos magnates hacen caja con nuestros conflictos. El extremismo calculado vende. La furia está bien financiada. Por eso, la temperatura de los discursos se está calentando aún más deprisa que el clima.

Un buen enemigo es el mejor abono para cultivar identidad. Azuzar el rencor frente al adversario enardece a las propias huestes y robustece la sensación de pertenencia. Merced a una lógica perversa, si divides, multiplicas tu protagonismo. El odio viejísimo —pero muy trabajador— goza de envidiable buena forma. Podría parecer una pasión simple y visceral, pero procede de nuestras heridas más hondas; se gesta en el recuerdo de los desprecios sufridos, de los abandonos y las ilusiones perdidas. La misma etimología habla de dolor: la raíz indoeuropea od está presente en “odio” y en “odontólogo”. Según una hipótesis, odiar sería como un dolor de muelas anímico, pero también podría asociarse al gesto de enseñar ferozmente los dientes.

En la historia universal de la hostilidad y las dentelladas, fue pionero el profeta persa Zaratustra —en griego Zoroastro–, que vivió hace más de dos mil quinientos años. Según la tradición, sus sacerdotes, los magos, visitaron al niño Jesús en el portal: magu era el término que los babilonios daban a los sabios iniciados en el zoroastrismo. Nietzsche lo reintrodujo en el imaginario occidental al convertirlo en portavoz de su propia filosofía. Por lo que sabemos, Zaratustra fue el primero en afirmar que la vida era una batalla extrema entre el bien y el mal, donde nos acecha el archienemigo, llamado Angra Mainyu o Ahrimán, un espíritu destructivo y perverso —que hoy da nombre a villanos de series y videojuegos—. Acusaba a Ahrimán de propagar calumnias y falsedades: era la encarnación de la mentira. Así nació el chivo expiatorio para todo. Desde entonces, cuando concluimos que nuestros adversarios están poseídos por un impulso maligno, ya no hay necesidad de preguntarse por sus razones o sus corazones. La división del mundo entre amigos y enemigos ha hecho que a lo largo de milenios gente perfectamente amable en privado combatiese a otros, los castigase y los sometiera al terror sin conocerlos ni reconocer su humanidad. Por eso, tal vez el único antídoto sea escuchar: puedes elegir ejercitar o el odio o el oído.

Según esta visión del mundo, el estado natural sería el enfrentamiento y, en su lógica, cualquier catástrofe desataría todos los conflictos latentes. Rebecca Solnit dedicó su ensayo Un paraíso en el infierno a reflexionar sobre las reacciones humanas ante cataclismos como terremotos, inundaciones o huracanes: “En muchos desastres nuestra forma de actuar depende de que pensemos que nuestros vecinos y conciudadanos son una amenaza mayor que los estragos provocados por la catástrofe o, por el contrario, un bien mayor que los bienes materiales en las casas y en las tiendas de los alrededores”. Lo que creemos define nuestro comportamiento. Solnit documenta un hecho inquietante: suelen cometer las acciones más terribles quienes están convencidos de que los demás van a comportarse despiadadamente y se plantean la disyuntiva entre devorar o ser devorados. El egoísmo por naturaleza actúa como coartada.

El historiador Rutger Bregman ha estudiado el efecto de la novela El señor de las moscas en el imaginario colectivo. Su autor, William Golding, inventó la trama en 1951. Un grupo de niños supervivientes de un accidente aéreo se descubren solos en una isla desierta, sin adultos. Al principio organizan una democracia y toman todas las decisiones por votación. Eligen como líder a Ralph, un chico atlético, responsable y carismático. Cuando un barco los rescata meses más tarde, tres chavales han sido asesinados y la isla es un páramo humeante. La violencia ha arrasado con el compañerismo. Ralph llora por el fin de la inocencia, por las ilusiones devastadas, por la crueldad que anida en el corazón humano. En la estela de Auschwitz y la Segunda Guerra Mundial, el público estaba predispuesto a aceptar el concepto del mal intrínseco e ineludible. El mismo Golding, excombatiente alcohólico, atormentado y depresivo, conocía el sufrimiento. La novela es una proyección de miedos compartidos.

La aventura relatada en el libro es una ficción: nunca sucedió. Sin embargo, un hecho muy similar ocurrió en 1965. Tras un naufragio, seis chicos entre 13 y 16 años sobrevivieron quince meses en un islote rocoso del Pacífico. Al terminar la odisea, el capitán que los rescató contó que los chicos habían creado una pequeña comuna con un huerto, troncos huecos para almacenar agua de lluvia, un gimnasio con curiosas pesas y gallineros, “todo ello gracias a su trabajo manual, una vieja hoja de cuchillo y mucha determinación”. Mientras los personajes imaginarios de El señor de las moscas batallaban por adueñarse del fuego, los jóvenes de la experiencia vivida se organizaron para mantener la hoguera ardiendo durante más de un año. A veces discutían, pero lo resolvieron sin herirse. Uno de ellos fabricó una guitarra con un trozo de madera flotante, media cáscara de coco y seis alambres de acero rescatados de su barco naufragado, y solía tocar para levantarles el ánimo. Cuando uno de ellos resbaló, cayó por un acantilado y quedó herido, inmovilizaron su pierna con palos y lo cuidaron. En la verdadera historia, los chicos confiaron y colaboraron. Tristemente, el libro de Golding es lectura obligatoria escolar, mientras el episodio auténtico pasó desapercibido. Nos impacta más la realidad de los miedos que la realidad de los hechos. Resulta más persuasivo el cuento de terror, donde cualquier parecido con la solidaridad es pura coincidencia. El odio y la destrucción venden más que la colaboración.

Piensa mal y lo extenderás. La hostilidad, como la confianza, es una dinámica contagiosa. Ciertos líderes políticos refuerzan su poder personal espoleando la cólera: nos regañan como a niños porque no odiamos lo suficiente. Los autoritarismos triunfan cuando acatamos las coordenadas de sus ejes del mal. Fabricar enemigos es uno de los sectores económicos más rentables y con mayor demanda. Las vísceras cotizan en bolsa. El oficio de comentarista furibundo vive un momento dulce. Los magnates de las redes sociales aman nuestras fobias: atizan rencores que nos mantienen absorbidos, crispados y cautivos. Moldean el resentimiento con mensajes que masajean nuestros victimismos y transforman el enfado en capital. Los inversores en el ramo de la furia recogen beneficios. Tu rabia es su riqueza. Las explosiones de enojo, el previsible y sereno crecimiento del negocio. Tu insomnio febril arrulla sus sueños.

El círculo se estrecha, ya no basta recelar del otro. Los algoritmos buscan cebarse en nuestras inseguridades. La publicidad se filtra por las grietas de nuestra autoestima: nos empuja a odiar lo que somos para vendernos soluciones individualistas y perfecciones envasadas, desde la cirugía plástica a la autosuperación. Al final, necesitamos creer en nosotros mismos para creer en los demás. Frente a los accionistas de la ira, podemos fortalecer los vínculos y decidir que confiamos en nuestros vecinos. Urge usar las palabras no como arma, sino como argamasa: cultivar el debate frente al combate. No podemos permitirnos tener más odios que ideas.

jueves, 2 de octubre de 2025

"PERDER LAS ESENCIAS". Sergio del Molino, El País 1 OCT 2025

Una calle del madrileño barrio de Lavapiés

Los inmigrantes han destruido la identidad del barrio, y bien destruida está

Terminé muy pronto una gestión y me quedaba una hora larga hasta mi cita. Como estaba al lado del barrio donde vivió mi abuelo hace un siglo, me puse a callejear. Hacía más de 10 años que no lo pisaba, y a esos sitios hay que volver de vez en cuando, en terapia proustiana, por si te viene una epifanía de las que te arreglan el mes.

Sabiendo que el barrio era prácticamente un gueto de extranjeros, marchaba con la esperanza de dar la razón a la mayoría de opinantes españoles y confirmar sus sospechas de que todo tiempo pasado fue mejor. Contrastaría mis recuerdos infantiles —de cuando visitábamos a la familia— y los juveniles —de cuando cerraba los bares—, y entonaría una égloga por la ciudad que se fue, por los ultramarinos, los vecinos a la fresca en sillas de enea y las paradas del mercado llenas de chorizos de pueblo y de otros productos hoy proscritos por los cardiólogos. Qué bien, me dije, por fin seré un español preocupado por la pérdida de sus raíces. Quería entrar en un bar de toda la vida y encararme con el camarero chino: “Mire, esto no son papas bravas ni mansas”.

Para mi desgracia, mis recuerdos infantiles y juveniles eran mucho más sórdidos que lo que se me aparecía en el paseo. Yo recordaba un barrio lleno de yonquis y tomado por prostitutas callejeras al anochecer. Recordaba a chavales pinchándose en los portales, y a mi tía encerrada en casa, con miedo a salir en cuanto oscurecía un poco. Casi todos los abuelos vivían enclaustrados. Recordaba comercios arruinados y bares sucios donde agonizaban alcohólicos colgados de una tragaperras. Luego supe que esto sucedía en muchos barrios históricos de España, que se desconchaban y se retorcían de desempleo, sida y heroína.

El barrio de hoy está lleno de comercio: bazares chinos, carnicerías halal y fruterías tropicales. Han abierto hoteles, porque algunas partes andan ya gentrificadas (y ese es el problema: que los gentrificadores quieren cambiar a los rumanos y a los marroquíes por noruegos y franceses con maletas con ruedas, y necesitan inventarse un infierno para que la Policía les haga el recambio), y los bares que antes asustaban hoy son cafeterías limpias y apetitosas donde los viejos echan la partida y bromean con el dueño, al que llaman Paco, aunque nació en Chengdú o en Cluj Napoca. Se han perdido las esencias, y bien perdidas están. Ojalá se pierdan para siempre y no vuelvan nunca los barrios de la mugre y el miedo por los que Vox y el PP de Feijóo sienten tanta nostalgia.

viernes, 12 de septiembre de 2025

"UNIVERSALISMO RADICAL. Más allá de la identidad". Un libro de Boehm, Omri (2025), Madrid, Taurus


¿Todavía tiene sentido hablar de universalismo? El reputado profesor y teórico Omri Boehm tiende un puente entre la filosofía y la política contemporánea en esta crítica del pensamiento identitario.

¿Qué valores básicos defendemos en las democracias liberales? ¿Puede salvarse aún hoy el universalismo? Sí, pero debemos volver a sus orígenes: solo cuando comprendamos realmente el atractivo humanista de figuras como las de los profetas bíblicos o la de Immanuel Kant podremos luchar sin concesiones contra la injusticia y en favor de la igualdad absoluta de las personas.

En Universalismo radical, Omri Boehm ofrece algo más que una nueva interpretación del concepto: revoluciona nuestra comprensión fundamental de lo que es de verdad el universalismo y explica por qué debemos tener esperanza si no queremos vernos abocados a una distopía. Para ello, recurre a Kant y a su a menudo incomprendida recuperación del monoteísmo ético de los profetas judíos. Es una propuesta audaz que, por su osadía, abre una salida al estancado debate sobre la identidad.

viernes, 29 de agosto de 2025

"'Universalismo radical’: Ni Dios puede saltarse la ley (moral)". Manuel Cruz El País 11 AGO 2025

El filósofo israelí-alemán Omri Boehm,
El filósofo israelí-alemán Omri Boehm, crítico con el conflicto en Palestina, cuestiona la asunción acrítica del concepto de identidad de grupo y defiende la universalidad de la idea de humanidad

 No es casualidad que el autor de este libro viera vetada su intervención en los actos conmemorativos del 80º aniversario de la liberación del campo de concentración de Buchenwald, como consecuencia de las presiones de la Embajada de Israel en Berlín. El motivo del veto era la presunta relativización del Holocausto que habría hecho Omri Boehm tanto en sus textos como en sus intervenciones públicas.

Pero cualquier lector que se acerque al discurso que el filósofo israelo-alemán tenía previsto pronunciar (vid. El País del pasado 12 de abril) podrá comprobar lo injustificado del motivo aducido. Nada más alejado del estilo filosófico de Boehm que la relativización de lo que fue de trascendental gravedad (el intento de exterminio de todo un pueblo) ni el trazo grueso de la demagogia (en la que sí incurrieron quienes le vetaron) para abordar lo que requiere matices. En Universalismo radical. Más allá de la identidad, dicho estilo se hace particularmente patente, con las categorías filosóficas clásicas puestas al servicio de una correcta y afinada inteligibilidad de lo histórico-social.

Proceder de esta manera le permite a Boehm percibir aspectos de lo real que se les escapan sistemáticamente a todos los que opinan de prestado, o por cuenta ajena. Estos últimos incumplen la exhortación kantiana a pensar por sí mismos (a utilizar el propio intelecto sin la guía del otro, si se prefiere la formulación clásica), lo que irremediablemente les condena a no entender el mundo. Es el precio que pagan por priorizar la autoridad de los demás, el confortable conformismo a los dictados de la mayoría que hoy adopta la específica forma —socialmente aceptada, cuando no abiertamente inducida desde el poder— de la asunción de la identidad del grupo al que se cree pertenecer (y a la que se alude en el subtítulo).

Frente a esta empobrecedora tentación, Boehm alza la bandera del universalismo. No de un universalismo cualquiera —para él existe un falso universalismo, representado por un liberalismo consensualista-constructivista— sino del que bebe de la tradición kantiana que, a su vez, realiza una específica operación sobre la idea de humanidad ya presente en los textos bíblicos. La operación consiste en traducir dicha idea al pensamiento secular sin volver a caer en la fe religiosa o en una reducción científica. Es precisamente en este punto donde, sostiene Boehm, se tiene que ubicar la radical aportación de Kant, a saber, la de plantear por vez primera “la idea de humanidad como un concepto moral”.

Se trata, en efecto, de un giro copernicano en materia de pensamiento, consistente en apelar a la universalidad de la ley moral como la instancia última que ni el propio Dios podría desobedecer (“¿Acaso el juez de toda la tierra no debe hacer lo que es justo?”, se lee en Génesis, 18, 25). Sin que sea contraargumento la obviedad de la existencia de leyes injustas: una ley injusta no es tal ley, como ya afirmara San Agustín y repitiera, gustoso, Martin Luther King. La fuerza vinculante de las leyes deriva de la idea de dignidad que atribuimos a los seres humanos. De ahí que la celebración nihilista del poder y del interés propio (pinza en la que tienden a coincidir la peor izquierda y la peor derecha) constituya el verdadero enemigo de la justicia en nuestros días. Y la historia ha acreditado no conocer mejor antídoto contra la injusticia que moralizar la vida pública a través de la reivindicación de lo digno de ser universalizado.

martes, 26 de agosto de 2025

"SERES ERRANTES". Un artículo de Irene Vallejo, El País 24 AGO 2025

Fernando Vicente
Son los discursos xenófobos los que socavan esas tradiciones que decimos proteger

En la escuela fui la rara oficial. Dentro de mi cabeza hervían ideas que yo creía fabulosas, pero aburrían a los demás. Era torpe en las conversaciones relajadas, nadie entendía mis chistes, tenía gustos estrafalarios y parecía condenada a no encajar. Por ser extraña, pagué el peaje del acoso escolar. Nacida en la misma ciudad de mis compañeros, compartíamos idioma, costumbres, inmadurez y series de televisión. No había choque de civilizaciones, la rareza era vocacional: de mayor quería ser ciudadana excéntrica.

Aquellos años vienen a mi cabeza cuando oigo decir, quizá a las mismas voces de mi infancia asediada, que los extranjeros ponen en peligro nuestro ser y tradiciones. Por lo visto, alguien olvidó entregarme el manual de coros y usanzas de nuestra asediada aldea gala. Nunca me sentí parte de una uniformidad, sino de una comunidad. Sin duda los distintos necesitan voluntad de entenderse, pero, como aprendí en la niñez, la igualdad obligatoria asfixia. Para los raros locales, esas personas que nunca cumplimos los requisitos, lo diferente es aquello que nos hace sentir en casa. La extrañeza puede ser un hogar.

Dicen que la inmigración nos hunde en la mezcla y el desorden. A la vez, abrazamos una homogeneidad sin precedentes y con marchamo occidental. Aquí y allá las mismas marcas venden idénticos productos y fabrican en serie nuestra ropa. Los escaparates son iguales en las millas de oro de las capitales, escuchamos canciones con millones de descargas, imitamos a celebridades mundiales estereotipadas y un cóctel explosivo de propaganda y algoritmos nos configura según sus moldes. Se diría que el caos de la pluralidad no es nuestro problema más alarmante.

Alimentamos una falsa imagen de la pureza del pasado. Desde que partimos de nuestro primer hogar en África, somos seres errantes, en su doble sentido, criaturas que vagabundean y se equivocan. En la Roma imperial, tres cuartos de la población eran descendientes de esa inmigración forzosa llamada esclavitud. El historiador Suetonio menciona que ya Julio César encargaba espectáculos en distintas lenguas para la Urbe. Según las fuentes, los senadores se burlaban del latín con tonalidad bética del emperador Adriano —ya habían inventado el estigma del acento—. El campeón de los nostálgicos de la identidad perdida, Juvenal, hervía de indignación viendo Italia ocupada por esas gentes insufribles cuya patria habían invadido las legiones romanas: “No soporto una ciudad llena de griegos; Siria desembocó en el Tíber y trajo consigo su lengua y sus costumbres”. Menciona a moros, sármatas y tracios, se enfurece por la prosperidad de ciertos extranjeros.En la que fue, posiblemente, la mayor oleada de emigración ilegal en la historia, los colonos europeos de época moderna abandonaron su terruño para instalarse en otros continentes sin la cortesía de pedir permiso a los habitantes autóctonos. Por otro lado, cuando italianos, irlandeses, polacos y alemanes llegaron a la tierra de las oportunidades, los estadounidenses catalogaron a aquellos judíos y católicos como amenazas para la nación, imposibles de asimilar. En 1914 el conocido sociólogo Edward Ross opinó que admitir a europeos “atrasados” supondría “un deterioro de inteligencia, un suicidio racial”. Su colega Edwin Grant reclamaba “deportaciones sistemáticas que limpien eugenésicamente América de la escoria del melting pot”. Hoy, sus descendientes —según decían, imposibles de integrar— ocupan cargos en parlamentos, tribunales, universidades y grandes empresas, incluso la presidencia del país. En realidad, cualquier tiempo pasado fue impuro y desordenado. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 20 de junio de 2025

Marina Garcés, filósofa: “La amistad es una experiencia de transformación, no de identificación”. Entrevista por Eva Catalán en theconversation.com 9 junio 2025

Dice Marina Garcés (Barcelona, 1973) que la amistad habita un “espacio terrible” en la psique humana, aquel que crea nuestro deseo de ser amados y nuestro miedo a no serlo. La definimos a menudo precisamente por lo que no es (no es un romance, ni una relación familiar, ni profesional, ni coyuntural) y por lo que pensamos que debería ser: un amor incondicional sin objetivos, un lugar compartido sin imposiciones ni exigencias. En la historia de la filosofía, las relaciones de amistad han quedado para siempre categorizadas por Aristóteles, en el capítulo VIII de la Ética a Nicómaco, como “la unión recíproca y desinteresada de dos personas virtuosas”.

Garcés sospecha de esta uniformidad, de este consenso filosófico en torno a la amistad, y se plantea en su libro La pasión de los extraños si la amistad no es, precisamente, todo lo que se escapa por las grietas de ese ideal aristotélico. Un ideal, por otro lado, fundamentalmente androcéntrico y reservado a lo largo de la historia a ciertas posiciones sociales, y que deja fuera la amistad en la necesidad, en la inclinación hacia el diferente, en los cuidados compartidos…

En La pasión de los extraños plantea que la amistad desde el punto de vista filosófico es un ideal que en realidad no existe.

La amistad es una de las grandes cuestiones de la tradición filosófica occidental, y ha sido planteada sobre todo como un ideal ético, como una épica moral: aquella relación más alta que todas las demás porque está libre de cualquier otro fin que no sea la relación misma. Es esa relación de afecto virtuoso hacia el otro.

Mi punto de partida no es tanto negar esta tradición sino entender por qué y desde dónde se ha construido este ideal, y de qué maneras este ideal sigue entre nosotros a través del lenguaje común, en la literatura, en el cine… Seguimos representando relaciones muy idealizadas de la amistad. Actualmente se piensa la amistad de una forma casi romantizada, como esa vida ideal entre amigos frente a las grandes intemperies, cambios y rupturas de nuestra sociedad actual.

Hay excepciones. Epicuro y Nietzsche, por ejemplo, le ponen algunos peros a este ideal aristotélico, como explica en el libro.

Epicuro plantea el gran tabú de la tradición griega sobre la amistad, que es preguntarse si la amistad es útil o no. El ideal aristotélico dice que solo se da entre quienes no se necesitan entre sí. Epicuro viene a decir: “Bueno, más necesario que el amigo no hay nada”. Porque, precisamente, la vida en amistad es una de las vías para perder el miedo. El miedo a la soledad, al sufrimiento, a los dioses… es decir, a poderes que no podemos controlar.

Es algo que todavía se discute. Hoy existe por ejemplo lo que yo llamo la “amistad terapéutica”, que casi limita su valor a sus beneficios para la salud mental, la longevidad… ¿En qué medida estamos cayendo en la trampa, no ya de la utilidad que defendía Epicuro, sino de la instrumentalización de la amistad?

Nietzsche, en tiempos de cambios fuertes y sociedades mucho más complejas, plantea por primera vez desde la filosofía la cuestión de la ruptura. Los amigos también rompen, entran en conflicto. Y quizá de lo que se trata es de medir bien quiénes pueden ser nuestros amigos para también saber quiénes pueden ser nuestros enemigos y no quedarnos en fotos edulcoradas y, en el fondo, engañosas de lo que puede ser la amistad. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 1 de junio de 2025

"PROHIBIR EL VELO". Najat El Hachmi, El País 23 MAY 2025

Una mujer con niqab en un congreso nacional de la Unión de
Comunidades Islámicas de España celebrado en Valencia

Todas las niñas españolas y residentes en España, sea cual sea su nacionalidad, merecen ser protegidas como las demás y que no se acepte para ellas ese estigma

Soy partidaria de prohibir el velo en los centros educativos de primaria y secundaria y de vetar en todas partes el niqab o el burka. Y no por laicismo (ya hemos visto que a muchos se les ha olvidado este principio fundamental del orden democrático republicano ante esos papas supuestamente de izquierdas) sino por razón feminista. Esto es, por respeto a la igualdad entre hombres y mujeres, niños y niñas, aunque se nos presente el cubrir a las féminas como rasgo identitario. O precisamente por esto último, porque no se puede aceptar ninguna particularidad grupal que denigre a una de sus mitades, que atente contra la dignidad y la libertad de ellas mientras ellos andan tan contentos con sus cabezas al aire. Todas las niñas españolas y residentes en España, sea cual sea su nacionalidad, merecen ser protegidas como las demás y que no se acepte para ellas ese estigma, esa losa, esa cárcel ambulante, marca de pertenencia a una tribu, una comunidad, una religión.

En base a esto yo podría alegrarme de que Junts esté pensando en imponer esta restricción y en parte me alegro por todas las niñas y adolescentes que, de aprobarse algún día la norma, puedan estar eximidas de ese deber patriarcal que les transmite la idea de que sus cuerpos son un problema y tienen que cubrirse para ser consideradas decentes. Mi alegría es amarga porque soy consciente de que lo que lleva a la formación nacionalista a tomar ese camino no es, ni de lejos, su preocupación por el bienestar de las niñas, sino disputarle votos a Aliança Catalana. También se me agria esa posible victoria contra el fundamentalismo islamista porque esa guerra debería haberla librado y batallado y liderado la izquierda desde hace tiempo, los sectores progresistas deberían haberse posicionado férreamente frente a ese racismo de género que consiste en dejarlas a ellas abandonadas a su suerte para no herir la cultura de la dominación masculina fundamentada en principios de dominación religiosa. No eran nuestras costumbres ni nuestras tradiciones (y aunque lo fueran) pero prefirieron escuchar a los imanes que a las feministas traicionando lo que venía siendo uno de sus principales pilares: la igualdad.

Ahora imagino que para hacer lo contrario de la derecha nos vendrán con que prohibir esa indumentaria fascista es racista cuando lo más racista ha sido no escuchar nuestras voces. Eso sí, Junts no va a solucionar un problema que ha ido creciendo en los últimos años: la penetración del islamismo (en todas sus formas) y su influencia sobre los nuevos catalanes (y los nuevos españoles). Para eso hace falta pedagogía, educación, prevención y considerar a esos moros catalanes como ciudadanos de pleno derecho. Es decir, inclusión real.

miércoles, 5 de febrero de 2025

""CHARNEGOS NACIONALISTAS CATALANES PARA EL SIGLO XXXI". Pau Luque Sánchez, El País 24 ENE 2025

Eduard Sola, el día 18 durante su discurso en la gala de los Premios Gaudí de cine, en Barcelona
El discurso de Eduard Sola es producto de haber incorporado a la doctrina pujolista de la integración el retorcido concepto de identidad de nuestro tiempo

Un poco como le pasa al Casanova que Dylan inmortalizó en Desolation Row, que acaba muriendo tras haber sido envenenado con palabras, una parte relevante del nacionalismo catalán pierde el oremus cuando bebe el cianuro de una palabra muy concreta. La palabra en cuestión es “charnego”. Es lo que ocurrió con el discurso pronunciado por el guionista Eduard Sola en la ceremonia de los premios Gaudí hace unos días. Si no fuera por el veneno que la palabra les inocula, se darían cuenta de que el discurso de Sola solo fue la actualización, para el siglo XXI, de la idea de integración según el credo nacionalista de Jordi Pujol.

¿Qué dijo Sola? En un alegato contra la xenofobia, sugirió que si él, un orgulloso guionista charnego que venía de lo más bajo, ha podido escribir grandes historias catalanas, también lo podrían hacer otros inmigrantes que lleguen a Cataluña. Quiero hacer énfasis en el sustrato, probablemente inconsciente, de su discurso. Es significativo que no dijera que él escribía grandes historias universales, sino grandes historias catalanas. En este sentido, las suyas no serían historias universales hechas en catalán o hechas por un catalán; serían, según sus propias palabras, grandes historias catalanas.

¿De dónde viene esta necesidad de remarcar que sus historias son catalanas? Del deseo, supongo, de alejar la sospecha de que, como es charnego, no es catalán. Ningún artista catalán de apellidos catalanes sentiría que tiene que demostrar que es un artista catalán (y, en este sentido, podría pasar directamente a producir grandes historias universales, si quiere). La idea que legitima el discurso de Sola es que, con tal de ser aceptado como catalán en Cataluña, quienes son como Sola tendrán que demostrar algo que no tienen que demostrar los catalanes de apellidos inequívocamente catalanes. Un charnego que se presentara como tal y que defendiera que escribe historias universales no sería, en el imaginario que inconscientemente pregona Sola, un artista catalán.

Suena francamente peculiar que alguien cuyos padres ya nacieron en Cataluña, que habla y escribe perfectamente catalán y cuyo aspecto es mimético al de los catalanes de apellidos catalanes, sienta la necesidad inconsciente de demostrar que es catalán. Soy de los que piensan que es una pérdida de tiempo intentar demostrar lo que uno ya es. Pero cada uno deja pasar el poco tiempo que nos es dado como puede.

En un interesante pasaje de las excepcionales memorias de Jordi Pujol, el expresidente explica una anécdota de un viaje oficial que hizo a Argentina. En Buenos Aires, visita el Casal de Catalunya, lleno de gente nacida en Cataluña y sus descendientes. Pujol les dice que mantener la catalanidad está muy bien, pero que no se equivoquen: ellos son argentinos, no catalanes. Pujol es un fervoroso creyente en la idea de integración. Se la toma en serio incluso cuando, para decirlo de algún modo, no favorece a Cataluña. El discurso de Sola se imbrica perfectamente en la doctrina de Pujol. Pero con un añadido que la actualiza. La declaración de ser orgullosamente charnego solo es un banal reflejo de cómo se concibe la identidad —cualquier identidad— en el siglo XXI. Por un lado, mi identidad consiste en identificar y difundir muy solemnemente las diferencias menores que me distinguen de aquellos a quienes más me parezco. Se trata del narcisismo de las pequeñas diferencias que caracteriza nuestra época. En el caso de Sola, esto se traduce en resaltar que, a diferencia de los catalanes de ocho apellidos catalanes, sus abuelos no nacieron en Cataluña. Es la sobreexplotación pública de este narcisismo el que provocó que el concepto “charnego”, como si se tratara de un Lázaro casposo, se levantara de su tumba hará ahora 10 años. Y es probablemente este mismo narcisismo de las pequeñas diferencias el que, en parte, explica el crecimiento, 13 años atrás, del independentismo.

Por otra parte, la identidad en el siglo XXI está construida sobre agravios. Esto no fue siempre ni en todos los lugares así. Pero desde hace un tiempo, toda identidad es, de un modo u otro, la de una víctima. A veces, se trata de agravios reales; otras veces de agravios ficticios o, por lo menos, exagerados. Yo no sé muy bien, en pleno 2025, qué significa ser un charnego nacido en los años ochenta, como Sola (o como yo mismo). Pero sea lo que sea, estoy moderadamente seguro de que no significa, como dijo Sola, “venir de lo más bajo”. Y es que, en nuestras biografías, la de los charnegos treintañeros o cuarentones, no abundan situaciones de miseria sórdida o de vida lumpenproletariat.

El discurso de Sola es producto de haber incorporado a la doctrina nacionalista de Pujol del siglo XX el retorcido concepto de identidad del siglo XXI. En nuestro tiempo, la integración nacional luce como el discurso de Sola. Otra historia, que dejaremos para otro día o para otra vida, es la verdad incómoda de que, en Cataluña o fuera de Cataluña, la idea de integración en el siglo XXI sigue siendo la misma idea reaccionaria y siniestra que ya era en el siglo XX.

Pau Luque es investigador en la Universidad Nacional Autónoma de México. Su último libro es Ñu (Anagrama).

sábado, 9 de noviembre de 2024

«EL VICTIMISMO SE HA CONVERTIDO EN UNA FUENTE DE AUTORIDAD". Entrevista a Suisan Neiman, filósofa y Directora del Einstein Forum en Potsdam

La filósofa estadounidense Susan Neiman, que dirige desde el año 2000 el Einstein Forum en Potsdam, acaba de publicar ‘Izquierda no es woke‘ (Debate, 2024), una defensa de la izquierda ilustrada y una crítica a los enemigos de la razón. Más que criticar al movimiento ‘woke’ –que se niega a definir porque lo considera incoherente– su libro defiende aspectos de la Ilustración que considera que están en peligro: desde el universalismo de los valores a la noción de progreso o la idea de que la razón es emancipadora y no un instrumento de dominación como sugieren sus críticos.

Hay siempre un debate sobre lo que es exactamente lo woke. Una definición breve podría ser «política de la identidad desde la izquierda», es decir, la politización de unas identidades concretas que son esencializadas.

En primer lugar, no uso el concepto de política de la identidad. Creo que está mal y tenemos que dejar de usarlo. Yo uso tribalismo. Pero ese es solo uno de los problemas de lo woke. Hay otros dos problemas en los que creo que lo woke se acerca a una visión reaccionaria y que abordo en el libro, que es la distinción entre justicia y poder y la cuestión del progreso humano. Creo que son más importantes que la cuestión de la identidad, pero son menos atendidas. En segundo lugar, no creo que sea posible definir lo woke, porque es un concepto incoherente. Una de las razones por las que escribí el libro era para explicarme eso. Lo woke se construye sobre una base de emociones muy de izquierdas (estar del lado de los oprimidos, corregir los errores del pasado), con las que estaba y estoy de acuerdo. El problema es que las emociones están completamente separadas de las ideas. Y se usan ideas muy reaccionarias.

Hace décadas, esencializar a la gente («los blancos son así», «los negros son de esta manera», «las mujeres de esta otra») era algo reaccionario, pero hoy es progresista. Cita una frase de Benjamin Zachariah: «La autoesencialización y el autoestereotipo no solo están permitidos, sino que se consideran emancipadores».

Creo que tiene que ver con algo que estoy investigando para otro libro. Hemos pasado de identificarnos con el héroe como el sujeto de la historia a identificarnos con la víctima. El héroe es activo, nadie es un héroe solo por sufrir. Pero en los últimos setenta años nos hemos centrado en la víctima. Es una corrección, era algo positivo al principio. Siempre se ha dicho que la historia la escriben los vencedores. Y las víctimas de la historia quedan fuera de la historia. Y a mitad del siglo XX nos dimos cuenta de que estábamos dejando fuera de la historia a mucha gente. Y hubo individuos que comenzaron a sentir que no debían rechazar su condición de víctimas, e incluso comprobaron que había incluso ventajas materiales al identificarse como miembro de un grupo históricamente oprimido.

¿Qué ocurrió a mitad del siglo XX para que se produjera ese cambio? ¿Es consecuencia del movimiento anticolonial o poscolonial?

Creo que hubo dos causas, una el anticolonialismo y el otro el Holocausto, que pusieron a la víctima en el centro. Igual que muchas cosas, la gente quería corregir un error y una ausencia (la falta de víctimas en el relato histórico) pero se pasaron de la raya. Alemania es un ejemplo de esa «sobrecorrección» con respeto al Holocausto.

Quien quiere identificarse como víctima es porque espera algún tipo de reparación. Y esto es algo que solo puede ocurrir en una democracia. A nadie se le ocurriría exigir el estatus de víctima en una dictadura totalitaria.

Es cierto, pero creo que no es un proceso tan consciente. Sí, hay individuos que se posicionan como víctimas para obtener beneficios, pero la mayoría no. Por ejemplo, odio absolutamente cuando me invitan a un acto o comité solo porque necesitan una mujer. Y odio cuando se me identifica como «filósofa mujer». Hago filosofía y mi género quizá sea importante en otras situaciones pero no es importante en mi profesión. Y la mayoría de gente creo que en cierto modo se siente así, se sienten incómodos explotando su posible victimismo. Pero incluso aunque no sea una cuestión de reparaciones monetarias, hay una reparación simbólica: hoy parece que tienes más autoridad por haber sido víctima. El victimismo se ha convertido en una fuente de autoridad. Antes mencioné a Alemania. He escrito bastante al respecto. Una de las cosas que cambió mi opinión fue convertirme en una conferenciante prominente en cuestiones sobre el antisemitismo e Israel y Palestina desde una perspectiva de una judía de izquierdas, que es algo común en Israel y en EE.UU. pero muy poco común en Alemania. Hay muy pocos judíos de izquierdas. Y los pocos que se atreven a hablar en contra de Israel son incluso llamados nazis. En Alemania no hay muchos judíos en puestos importantes. Yo dirijo el Einstein Forum. Me he dado cuenta de que las voces más autorizadas de la comunidad judía en Alemania son los judíos que hablan solo de antisemitismo. Y es lo que hacen constantemente las organizaciones oficiales judías, de tendencia de derechas. Y los judíos que no queremos ser vistos simplemente como posibles víctimas del Holocausto somos considerados menos auténticos. Es un cambio bastante interesante. Ha pasado también en EE.UU. con el racismo. Las voces negras auténticas son las que enfatizan la historia del racismo. Estoy leyendo mucho a Franz Fanon, y en uno de sus ensayos dice: «No soy esclavo de la esclavitud que deshumanizó a mis antepasados». Y dice muchas cosas parecidas, que resultan chocantes hoy. Se ha convertido en un símbolo de la teoría poscolonial, que por cierto es algo muy diferente al movimiento anticolonial. Pero no se suelen mirar esas citas de Fanon, en las que insiste una y otra vez que no quiere ser una víctima, que esa no es su identidad. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 26 de octubre de 2024

"SIN RELATO. Atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad”. Lola López Mondéjar, Premio Anagrama de Ensayo 2024


Al observar al individuo posmoderno, podríamos afirmar que, de todas las transformaciones que sufre, una de las más, relevantes es su pérdida de narratividad, la dificultad cada vez más agudizada para contarse a sí mismo y elaborar un relato. Un mal que, pese a su afectación común, sufren en mayor medida quienes han nacido en la era digital.

Entre la filosofía y el psicoanálisis, y a partir del estudio de los nuevos fenómenos culturales, Lola López Mondéjar despliega en Sin relato una cartografía de esta jibarización de la capacidad narrativa. Una atrofia asociada a la dificultad no solo para poner en palabras el pensamiento, sino a un déficit del pensamiento mismo, y de la imaginación.

En el capitalismo de la atención, donde está siempre rodeado de estímulos, el ciudadano parece abocado a convertirse en un yo mínimo, sin apenas autoconciencia y, paradójicamente, desatento, incapaz de conversar, de rozarse, de comprender al otro.

Y si la incapacidad de trasladar al lenguaje nuestras experiencias nos vacía de ellas, nos uniformiza y nos convierte en analfabetos afectivos, en ciudadanos acríticos e individualistas, la pregunta que surge en este inciso y extraordinario ensayo es: ¿somos hoy menos humanos?

domingo, 25 de agosto de 2024

"POR QUÉ NO SOMOS CAPACES DE SUPERAR LA POLARIZACIÓN". Un artículo de Iñaki Domínguez publicado en Ethic el 24 de junio de 2022

El enfrentamiento gana muchas veces la batalla al entendimiento: nos resulta imposible resistirnos a ser polarizados. Da la impresión de que el tribalismo es inherente al ser humano y que, particularmente, al tratar asuntos identitarios, el convencimiento por medio de argumentos representa una imposibilidad. Esto está siendo fomentado desde todo tipo de medios, redes sociales incluidas.

A pesar del largo periplo civilizatorio de la Humanidad, hoy parece que el enfrentamiento, en muchas ocasiones, gana la batalla al entendimiento. La confrontación impide el diálogo. La emoción se impone a lo racional. ¿Por qué no podemos evitar acabar polarizados? Da la impresión de que el tribalismo es inherente al ser humano y que, particularmente, al tratar asuntos identitarios, el convencimiento por medio de argumentos representa una imposibilidad. Y hay que decir que hoy en día dicho tribalismo identitario está siendo fomentado desde todo tipo de medios, redes sociales incluidas. Huelga que los últimos años representan la era de las políticas de la identidad. Una de las razones por las que la polarización predomina hoy día es que el discurso se centra, ante todo en asuntos identitarios: catalanismo, racismo, feminismo, identidades sexuales, izquierda-derecha…

El sano debate racional queda así imposibilitado de base, puesto que el debate identitario es intrínsecamente ad hominem: A afirma B; hay algo cuestionable (o que se puede cuestionar) acerca de A; por tanto, B es cuestionable. Este tipo de argumento implica que uno ha perdido el debate, puesto que no es a los argumentos mismos a lo que se remite, sino, básicamente, al insulto. Y puesto que «el hecho de que alguien desacredite al orador no prueba nada acerca de la falsedad o veracidad de lo que este diga», tales argumentos son inválidos y utilizados a menudo para remontar cuando uno siente estar perdiendo la razón o carece de argumentos racionales y razonables.

En un mundo tan centrado en la identidad como el actual, es habitual desacreditar al otro, puesto que ese pertenece a uno u otro grupo social sobre el que se debate: es hombre, mujer, negro, blanco, gay, etc. Junto a esas categorías están otras más profundas que contienen a unos y otros, como las afiliaciones políticas. Por eso, todo debate político, de algún modo, enciende resortes irracionales, fomenta disputas, crispación y acritud. Unos y otros se identifican con unos colores o una posición política y la cosa, en última instancia, acaba por tratar de demostrar qué color o grupo político –con los que se identifican los agentes en disputa– es mejor. Por ello, finalmente, tales debates tienen como base una reafirmación identitaria.

El argumento ad hominem lo vemos por doquier en redes. Parece que actualmente, como antaño, al agente que debate le cuesta separar su identidad y la de su antagonista del argumento mismo. Así, en estos debates, por lo general la idea no es argumentar sino imponer la propia opinión, y, particularmente, en asuntos en los que el polemista se juega su identidad. Las personas, generalmente, carecen de coherencia lógica en sus posturas políticas porque se identifican con uno u otro grupo político a modo de forofos deportivos que aspiran a que su equipo gane el campeonato a toda costa, no siendo el debate mismo el que cobra protagonismo. Tal afiliación deportivo-política es un hecho que cualquiera puede constatar.

Por otro lado, que las políticas de la identidad sean las dominantes es la razón por la que la polarización domina. Son el mejor medio de dividir y vencer; la polarización identitaria produce riñas entre unos grupos y otros que no prestarán atención a las jerarquías más elevadas (las que cuentan con verdaderas herramientas para moldear y transformar la realidad), siendo de ellas de quien depende, en última instancia, crear estructuras sociales justas o no.

Esta sea probablemente una de las causas por las que hoy tales políticas identitarias son omnipresentes. Y en este tipo de debates el argumento ad hominem es habitual. Igual que podríamos afirmar A –«Los triángulos tienen cuatro lados»– y B –«Usted nunca estudió geometría. No tiene razón en lo que dice»–, hoy comúnmente se acusa al orador diciendo: «eres un hombre blanco hetero», un «señoro», un «cuñao», un «perroflauta», una «Charo»… Cuando esto ocurre, el debate real puede darse por concluido, y el que insulta a su contrario quien habrá perdido la disputa.

Es natural que en redes sociales la gente empleé este tipo de argumentos falaces y despectivos, puesto que es mucho más fácil despreciar abiertamente a alguien si no lo conocemos y no debatimos con él de modo directo. Es más fácil insultar a alguien por Twitter que a la cara. A su vez, gran parte de los medios de comunicación de masas están interesados en crear polémica y fomentar la polarización, puesto que «la crispación vende» y hace que unos espectadores, oyentes o lectores se identifiquen, también, con los involucrados en un debate particularmente apasionado.

En este sentido, es evidente que los debates políticos en televisión son hoy mucho menos sosegados que a principios de los noventa. Por poner un ejemplo, cuando cada persona inmersa en el debate hablaba durante su turno mucho más pausadamente que ahora y sin interrupción alguna. En los debates por el estilo emitidos por televisión hoy da la impresión de que los propios conductores o las televisiones incentivan las interrupciones, las voces altas y las ofensas con la intención de «calentar el debate» y crear expectación.

jueves, 18 de julio de 2024

"UN NUEVO NOSOTROS". Un artículo de Pau Luque Sánchez, El País 17 JUL 2024

Raquel Marín
Hay pocas ideas más fascistas que aquella según la cual “los migrantes deben integrarse”

Pasó por fortuna desapercebida —situación que espero no revertir irónicamente con este texto— una iniciativa de Vox de hace unos meses en el Congreso al calor del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. Se trataba de una proposición no de ley que pretendía “suspender los expedientes de adquisición de la nacionalidad española, las autorizaciones de estancia y residencia y prohibir la entrada en España de inmigrantes procedentes de países de cultura islámica, en tanto no se pueda asegurar su correcta y pacífica integración en nuestro territorio”.

Siempre me ha desconcertado ese ataque de realpolitik que algunos sienten cuando la barbarie se expresa libremente. Me refiero a esa cosa del “No estoy de acuerdo con Vox, pero al menos no son políticamente correctos: si los terroristas son de origen islámico hay que decirlo, hay que decir la verdad”. Cuando los bárbaros con tribuna institucional hablan como tales estigmatizan a los migrantes (o hijos o nietos de migrantes) de origen árabe, incluso aunque no practiquen el Islam. Y, al hacerlo, comienza ese sutil y difuso proceso de legitimación de eventuales agresiones, pues si las instituciones amparan la degradación de las personas mediante el lenguaje, ¿qué impide a las personas de a pie completar la tarea y degradarlas más allá del lenguaje?

Tampoco querría conducir yo a equívocos. No extender la sospecha sobre personas que tienen determinados rasgos o hablan ciertas lenguas o rezan a un dios específico no garantiza que los políticos no sean racistas ni xenófobos. Lo único que garantiza, estrictamente hablando, es que sean hipócritas, porque bien pueden estar diciendo cosas en las que no creen. ¿Pero saben qué? La hipocresía es una virtud civilizatoria. Conseguir que los bárbaros no hablen como bárbaros es deslegitimar su forma de hablar. Y deslegitimar su forma de hablar es, sobre todo cuando cuentan con un atril en el Congreso, un primer paso civilizatorio. Se dirá que no es mucho. Pero al negarnos a aceptar que los bárbaros hablen como si la barbarie fuera una alternativa como cualquier otra, estamos exigiendo que las instituciones nos protejan, como decía Judith Shklar, contra el miedo. Un objetivo modesto, pero nada banal.

La propuesta no de ley de Vox, sin embargo, contenía algo más inquietante. Me refiero a la idea de la “correcta y pacífica integración” de los migrantes. Una de las razones por las que Vox creció como creció se debe, me temo, a que Vox es explícito y enfático con tal idea, que genera un amplio consenso. Y es que, ya se sabe, ellos sí dicen “la verdad”, ellos sí dicen, en fin, lo que supuestamente todo el mundo piensa.

Bien, pues se me ocurren pocas ideas sustantivamente más fascistas que aquella según la cual “los migrantes deben integrarse”. Y es que para pedir a alguien que se integre hay que creer que tenemos más derechos que quien llega de fuera simplemente porque nosotros estábamos antes que tú en esta tierra. Por ejemplo, tenemos el derecho, del que tú careces, de pedirte que renuncies a tu forma de vida y te conformes a la nuestra. O sea, que te integres.

Para quienes creen en el deber de integrarse, el migrante carece de autonomía y agencia: no tiene derecho a armar su vida como considere oportuno; tiene que mimetizar las conductas locales, o, si no queda otro remedio, debe al menos modificar su forma de vida de manera tal que esta sea compatible con aquéllas. Así que el deber de integrarse que tienen los migrantes es correlativo al derecho que tienen los locales de exigir que los migrantes renuncien a ser quienes son únicamente en virtud de ser eso, locales.

Este tipo de nacionalismo es una forma incluyente de nacionalismo, pues al menos admite la entrada de algunos migrantes, siempre y cuando paguen el peaje de que los locales elijan cómo los migrantes deben vivir o qué lengua deben hablar. Y yo me pregunto: si un nacionalista incluyente ya niega toda agencia y autonomía a los migrantes, ¿qué clase de Belzebú es un nacionalista excluyente? (Esto conduce a otra pregunta: ¿no es toda forma de nacionalismo defensivo una forma de nacionalismo agresivo a ojos de quien ocupa, en cada contexto, el último lugar en la cadena trófica de las identidades nacionales?)

La idea de la integración es desagradable ya en abstracto. Pero si uno aterriza en la historia y se da cuenta de que los países que más legitimados se sienten a exigir la integración suelen ser países con un pasado colonialista, entonces la situación se vuelve grave aunque no muy seria. Resulta que los herederos de quienes han colonizado tierras durante siglos ahora exigiremos a los herederos de las tierras colonizadas que acepten definitivamente que nosotros siempre tuvimos razón. La idea de la integración es tal vez la más perversa y refinada expresión de Europa, y más en general de Occidente, concibiéndose a sí mismo como el ombligo del mundo. Es como si tuviera lugar una pelea en el patio de la escuela en que un niño le pega una somanta de palos a otro y, cuando lo tiene finalmente sometido, le pregunta: “¿Verdad que soy el más civilizado, el más culto y el más racional?”.

Pero lo más perturbador de la idea de la integración es que se niega a negociar un nuevo nosotros político. Pedirle a los migrantes que se integren es querer dejar intacto quiénes somos políticamente, cosa en realidad imposible y, sobre todo, indeseable cuando se cruzan formas de vida. La idea de la integración es intrínsecamente reaccionaria porque intenta congelar para siempre un “nosotros” que, por otra parte, muy probablemente nunca ha existido. Respetar políticamente a los migrantes es darles carta de ciudadanía, o sea regularizarlos. Pero, además, es interpretar su llegada como el detonante de la obligación de reconfigurar ese nosotros político.

Los nacionalismos occidentales vienen a plantearnos un dilema que apesta a solemnidad en cada uno de sus cuernos. O bien los migrantes se integran o bien serán las sociedades occidentales las que se desintegrarán. Pues no. Lo único que por suerte se desintegra si los migrantes no se integran es la fantaseada nación centenaria o milenaria. Los nacionalistas nos quieren persuadir de que la sociedad se reduce a la nación. Nada más falso. Un migrante que no se integra es una feliz ofensa para la nación, pero no para la sociedad. La supervivencia de una sociedad no depende de que los migrantes se integren, pero sí de renegociar el nosotros político.

Siendo yo un aficionado muy moderado a las metáforas futbolísticas, resulta irresistible acudir a la selección española de la Eurocopa 2024 para hablar del nuevo nosotros al que la migración obliga. Resulta que el mejor jugador catalán, Lamine Yamal, desdibuja lo que el nacionalismo catalán dice que es un catalán como dios manda: su imaginario sentimental está filtrado por su barrio, Rocafonda (Mataró), no por la nación catalana. Y resulta que el mejor jugador vasco, Nico Williams, desdibuja lo que el nacionalismo vasco dice que es un vasco como dios manda: dijo a finales de 2022, con la sonrisa de un pillo, que su nivel de euskera es cero. Resulta, además, que los dos mejores jugadores de España son precisamente ese catalán y ese vasco, cosa que desdibuja lo que el nacionalismo español dice que es un español como dios manda. La selección española simboliza el feliz triunfo de la sociedad española y la derrota de la nación española. Es la alegoría de un nuevo nosotros.

Pau Luque es investigador en la UNAM. Su último libro es Ñu. Un problema para cada solución (Anagrama).


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