Mostrando entradas con la etiqueta Política. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Política. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de julio de 2026

"¿QUIÉN HABLA CUANDO HABLA UN OBISPO?". Imanol Zubero, Noticias Obreras 10 julio 2026

Fue mi ama la primera que me informó ayer de las declaraciones del presidente de la Conferencia Episcopal. Tiene 93 años, es una mujer creyente, católica de toda la vida. Ha conocido varios papas, la posguerra nacionalcatólica, el Concilio Vaticano II, la Transición democrática y los profundos cambios vividos por la Iglesia y por la sociedad vasca y española. No me lo contó para comentar una noticia de la actualidad política, como tantas otras veces (siempre ha sido una persona comprometida y preocupada por la política, y sigue siéndolo), sino porque se sentía escandalizada por lo que había escuchado. Al escucharla pensé que, cuando una mujer que ha vivido casi un siglo dentro de la Iglesia, que ha procurado vivir el Evangelio con sencillez y fidelidad, experimenta escándalo al escuchar al presidente de la Conferencia Episcopal, el problema no resida únicamente en la dureza de unas palabras o en su mayor o menor fundamento, sino en la relación entre la autoridad eclesial y el modo de ejercerla.

Escribo estas líneas como creyente. No desde la distancia, ni desde el resentimiento, ni desde la hostilidad hacia la Iglesia. Precisamente porque me siento parte de ella creo que también tengo la responsabilidad de expresar una preocupación que pueden compartir muchas personas católicas.

Hay una frase que he utilizado en diversas ocasiones, incluso en alguna conversación con relevantes figuras del Episcopado español: todas y todos tenemos pájaros en la cabeza, la diferencia es que, en demasiadas ocasiones, los obispos creen que son el Espíritu Santo.

Todas y todos interpretamos la realidad desde una determinada biografía, una tradición cultural, unas opciones políticas, unos intereses, unos miedos, unos prejuicios y unas ignorancias. Nadie habla desde un lugar completamente puro o neutral. Tampoco las personas creyentes, ni las consagradas. La fe no elimina nuestra condición humana; debería hacernos más conscientes de ella. Reflexionar sobre nuestro lugar de enunciación es imprescindible. Por eso me inquietan especialmente determinadas intervenciones públicas de algunos obispos. No porque entren en cuestiones políticas: sería absurdo pretender que la Iglesia no tuviera nada que decir sobre la vida pública, la doctrina social de la Iglesia afirma precisamente lo contrario. El seguimiento de Jesús tiene consecuencias sociales y políticas ineludibles, y es por ello que la defensa de la dignidad humana, la justicia, la paz, los pobres o la creación exige tomar la palabra. ¡Acabamos de tener a un Papa hablando en el Congreso!

El problema no es que los obispos hablen de política. El problema es cómo hablan y, sobre todo, desde dónde hablan. Cuando el presidente de la Conferencia Episcopal afirma que “cuando un Estado olvida la ética se convierte en una banda de ladrones, y a las pruebas me remito”, no está hablando simplemente como un ciudadano, un intelectual o un comentarista político. Habla revestido de un ministerio que representa institucionalmente a la Iglesia católica y esa circunstancia exige una responsabilidad extraordinaria. Porque el ministerio episcopal no concede un privilegio epistemológico. La ordenación sacramental no convierte a nadie en un mejor economista, sociólogo, jurista o analista político. Un obispo continúa siendo un hombre de su tiempo, con una determinada sensibilidad cultural, unas lecturas, una historia personal, unos afectos, unos intereses y unos sesgos. La gracia del ministerio no elimina esa condición, al contrario, debería hacer todavía más consciente a quien lo ejerce de la necesidad permanente de discernir críticamente su propia mirada.

La tradición cristiana conoce muy bien este problema. Si existe el discernimiento es precisamente porque no toda convicción procede del Espíritu. También nuestras ideologías, nuestros prejuicios, nuestros miedos o nuestras preferencias pueden revestirse, incluso para nosotros mismos, de apariencia de evidencia moral. Nadie está inmunizado frente a esa confusión. Antes de hablar en nombre de la Iglesia, un obispo debería preguntarse cuánto hay en su análisis de Evangelio y cuánto de ideología, cuánto de escucha y cuánto de reacción, cuánto de tradición eclesial y cuánto de clima cultural, cuánto de esperanza y cuánto de miedo. Esa depuración constituye una parte esencial del propio ministerio.

Por eso resulta especialmente problemática la apelación a san Agustín. Su afirmación Remota itaque iustitia, quid sunt regna nisi magna latrocinia? (“Suprimida, pues, la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes latrocinios?”) no fue formulada para descalificar a un gobierno concreto ni para alimentar la confrontación política de su tiempo. Agustín estaba desarrollando una reflexión de enorme profundidad sobre la legitimidad del poder: todo poder, cualquiera que sea su signo, pierde su fundamento cuando se separa de la justicia. Su crítica es universal, se dirige a todos los poderes, no solo a aquellos con los que uno discrepa. Convertir esa intuición teológica en una insinuación sobre un gobierno determinado supone manipular maliciosamente su alcance. San Agustín deja de interpelar críticamente a cualquier forma de dominación para convertirse en un argumento de autoridad al servicio de una posición política concreta.

Y eso debería preocupar especialmente a quienes tienen la responsabilidad de custodiar la tradición de la Iglesia. El Concilio Vaticano II, en uno de sus textos más luminosos, recuerda que las cuestiones temporales admiten con frecuencia diversas respuestas compatibles con la fidelidad al Evangelio. Gaudium et spes afirma: “Muchas veces sucederá que la propia concepción cristiana de la vida les inclinará en ciertos casos a elegir una determinada solución. Pero podrá suceder, como sucede frecuentemente y con todo derecho, que otros fieles, guiados por una no menor sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta manera”. Y añade una advertencia que conserva hoy toda su vigencia: “En estos casos de soluciones divergentes aun al margen de la intención de ambas partes, muchos tienen fácilmente a vincular su solución con el mensaje evangélico. Entiendan todos que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva a favor de su parecer la autoridad de la Iglesia. Procuren siempre hacerse luz mutuamente con un diálogo sincero, guardando la mutua caridad y la solicitud primordial pro el bien común”.

No se trata de una llamada al relativismo. Al contrario, es una invitación a distinguir cuidadosamente entre la certeza de la fe y la inevitable provisionalidad de nuestros juicios prudenciales sobre la realidad histórica. Y es aquí donde las declaraciones del presidente de la Conferencia Episcopal, como las de otros obispos antes que él, muestran una tentación particularmente peligrosa: el clericalismo intelectual. Solemos asociar el clericalismo al abuso de poder o al autoritarismo, pero también existe cuando se presupone que el ministerio episcopal otorga una autoridad especial para interpretar la realidad política. No es así. Los obispos no reciben con la ordenación un carisma de infalibilidad sociológica, ni siquiera ética, y por ello su misión no puede consistir en sustituir el discernimiento de las y los fieles, sino en hacerlo posible, no en clausurar el debate entre ellas y ellos, sino en iluminarlo desde el Evangelio.

Algo semejante sucede con otras expresiones utilizadas en esa misma intervención. Hablar de “paguitas” para referirse a las políticas sociales significa adoptar un lenguaje cargado de connotaciones partidistas que no puede identificarse con el estilo propio de la doctrina social de la Iglesia. Esta ha sido siempre muy crítica con cualquier forma de paternalismo o de dependencia que menoscabe la dignidad de las personas, pero jamás ha necesitado recurrir al sarcasmo o a la descalificación para expresarlo. Del mismo modo, las afirmaciones sobre el Orgullo, las personas LGTBI y las llamadas “terapias de conversión” suscitan en muchas personas creyentes una profunda incomodidad y, al menos en mi caso, una crítica abierta. De nuevo, no porque cuestionen la posibilidad de un discernimiento moral desde la fe, sino porque transmiten una forma de hablar que se percibe antes como condena que como acompañamiento. Y una Iglesia que afirma ser sacramento de la misericordia no puede dejar de preguntarse qué experimentan quienes escuchan sus palabras, en si el modo de expresarlas transparenta o no el respeto, la compasión y la cercanía que caracterizan al Evangelio.

La autoridad de un obispo no debería medirse por la contundencia de sus afirmaciones, sino por la calidad de su discernimiento. Y discernir comienza precisamente por reconocer la posibilidad del autoengaño. Solo quien acepta que puede confundirse está verdaderamente disponible para escuchar al Espíritu. Por eso lo que más me preocupa de estas declaraciones no es su contenido político, sino el escándalo que provocan en muchas personas creyentes. Y utilizo deliberadamente esta palabra en su sentido evangélico. El escándalo no es simplemente aquello que irrita o molesta, es aquello que hace tropezar en la fe. Jesús reservó algunas de sus palabras más severas para quienes escandalizan a los pequeños. Cuando una mujer creyente de 93 años, que ha permanecido fiel a la Iglesia durante toda su vida, escucha al presidente de la Conferencia Episcopal y siente que esas palabras no le ayudan a reconocer el rostro de la Iglesia que ama, estamos ante un problema pastoral antes que político. Ese escándalo merece ser escuchado. No porque mi madre tenga razón por el hecho de ser mi madre, ni por su edad, sino porque representa a tantos y tantas creyentes sencillas cuya fidelidad ha sostenido la vida de nuestras comunidades.

Los obispos tienen el derecho y el deber de intervenir en los debates públicos. Pero ese derecho exige una responsabilidad proporcional: no confundir nunca sus convicciones personales con la voz misma de Dios o de la Iglesia. La misión de la Iglesia no consiste en canonizar análisis políticos, sino en ofrecer criterios evangélicos para discernirlos. Por eso, creo que la primera reflexión que un obispo debería hacerse antes de pronunciar determinadas palabras no es si serán aplaudidas por unos o criticadas por otros. La pregunta debería ser mucho más sencilla y mucho más exigente: ¿ayudará esto a que los creyentes reconozcan un poco mejor el rostro de Cristo y el de su Iglesia? Si la respuesta no es clara, quizá convenga guardar silencio durante un tiempo y seguir discerniendo. Porque también el silencio, cuando nace de la humildad, puede ser una forma de obediencia al Espíritu. Tal vez ahí resida hoy una de las tareas más urgentes del ministerio episcopal: recordar que el Espíritu Santo nunca coincide automáticamente con nuestras propias certezas. También las de un obispo necesitan ser permanentemente discernidas, corregidas y convertidas.

lunes, 1 de junio de 2026

"MIRAR HACIA ROMA". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

León XIV hace lo que la política democrática ha dejado de hacer: invocar un estándar frente al cual medir la desviación

Cuando un Papa dice sobre la IA lo que ningún gobierno democrático se atreve a decir con la misma autoridad, la pregunta no es en qué acierta la Iglesia, sino qué ha dejado de hacer la política. La misma mañana en la que Pedro Sánchez visitaba el Vaticano y agradecía a León XIV su encíclica Magnifica humanitas por su llamamiento a desarmar la IA, a someterla al control público, a devolver a la persona al centro, la UCO entraba en Ferraz. Ni siquiera importa cuál de las dos escenas retrata mejor nuestro tiempo. ¿Por qué la palabra política ha dejado de obligar por sí misma y necesita tomar prestada su autoridad de otra parte? Pero conviene un matiz sobre la encíclica. El papa Prevost diagnostica el síntoma, no la enfermedad. Pide “volver a poner a la humanidad en el centro”, como si lo que estuviera en juego fuese una esencia humana amenazada por la técnica. La IA no pone en riesgo lo que somos, sino lo que existe entre nosotros: las condiciones materiales de la conversación, los hechos que aceptamos juntos, las instituciones que arbitran cuando no nos ponemos de acuerdo, el lenguaje que sirve para describir lo mismo y no para anularlo. El problema no es esencialista, sino político; no es nuestra falta de humanidad, sino de mundo. Por eso es preocupante que el diagnóstico, aun parcial, llegue de Roma y no del campo democrático. Cuando quienes deben producir el lenguaje político dejan de hacerlo, el lugar no se queda vacío. Lo llena lo que tiene autoridad propia y no necesita la del juego democrático: una iglesia, un mercado, una plataforma, un caudillo.

Pero seamos concretos. En España oímos que “este juez es parcial” o que “todo es fango” y parecen lo mismo, pero no lo son. Lo primero es crítica democrática, lo otro, cinismo disolvente. Decir que un juez es parcial implica creer en la imparcialidad: la usa como medida y denuncia su ausencia. Tiene arreglo. Decir “todo es fango” niega cualquier medida. Si la imparcialidad es imposible, no hay nada que reparar, solo bandos. La pregunta ya no es “¿es justo este fallo?” sino “¿de qué lado está?”. Sustituimos el eje justo/injusto por el de amigo/enemigo. Y eso no es neutral. La democracia se sostiene en justificarse ante una norma común; el poder fuerte solo se impone. Disolver al árbitro no nivela el campo: desarma al único equipo que jugaba con reglas. Si ya nadie puede decir “esto es injusto” y ser oído porque pensamos que toda vara es una ficción o una máscara de poder, si toda crítica se lee como jugada de bando, entonces el único que aún puede decir “esto no es permisible” y ser escuchado es quien habla desde fuera del juego. Alguien cuya autoridad no dependa de las reglas que hemos disuelto. Eso es el Papa: no convence por tener mejores argumentos, sino porque no está en el tablero. El Papa suena a pensamiento no porque acierte sino porque nuestra habla política está tan hueca, tan secuestrada, que ya no se puede decir “esto no es permisible” con voz propia.

Es inquietante. Al parecer, el único enunciado normativo audible viene de una autoridad que no rinde cuentas a nadie. La encíclica no es una buena o mala noticia sobre la Iglesia. Es un termómetro de la democracia. León XIV hace lo que la política democrática ha dejado de hacer: invocar un estándar frente al cual medir la desviación, aunque su diagnóstico se quede corto. Lo inquietante no es que él hable, es que su voz suene tan sola y tan fuerte. Y la pregunta que deja la coincidencia de esa mañana —el Vaticano y Ferraz, la palabra elevada y el ruido judicial— no es cuál de las dos escenas dice la verdad de nuestro tiempo. Es por qué la silla desde la que se enuncia el principio común está, ahora mismo, en Roma.

sábado, 25 de abril de 2026

"AVERROES, UNA OPORTUNIDAD PARA LA RAZÓN". Carmen Calvo Poyato, Emilio González Ferrín, El País

El pensador medieval cordobés sigue vigente en la España actual porque plantea algo muy actual: cómo convivir en una sociedad diversa sin renunciar a la razón ni a las creencias

Se cumplen 900 años del nacimiento del cordobés Averroes (1126-1198), el pensador andalusí cuya obra pasó desapercibida en el espacio islámico y fue prohibida en el París de 1277, cuando el obispo Étienne Tempier incluyó el averroïsme entre las 219 proposiciones condenables por atentar contra el statu quo institucional eclesiástico, fundamento de la enseñanza superior europea de sus tiempos. El pensamiento de Averroes, a través de sus traducciones latinas, había inundado las artes liberales francesas y se presentaba como una oleada de racionalismo radical, contra los efectos de la cual se exigiría en Europa una inicial declaratio fidei, en cada obra hecha pública, en la que se constatase que la verdad está siempre del lado de la fe y que la filosofía no puede discutirla. Es decir, la negación explícita de Averroes y sus postulados más destacados: que el cometido de la filosofía es hacer preguntas que nos encaminen hacia lo verificable, y que la fe no tiene el monopolio de la verdad. Nunca abominó Averroes del hecho religioso, sino que simplemente lo ubicó en el terreno de lo emocional, si bien apuntando maneras literarias de gran interés a la hora de comprender los postulados de la fe: si hay algo inexplicable en ella, algo incoherente, absurdo, imposible, es porque debemos entender su entramado simbólico, y de ahí lo literario frente a lo literal. Todo eso acabó siendo conocido como la doble vía de la verdad: la fe para quien así lo sienta y la razón para quien la necesite. Dos patas de una escalera por las que poder subir en busca de las verdades, eligiendo cada cual según su criterio y proponiendo así Averroes una revolución epistemológica: una oportunidad para la razón.

No quedó ahí la obra del cordobés. Como todo sabio medieval que se preciase, en su polimatía aportó interesantes disquisiciones del corte astronómico, también otras derivadas de su práctica de la medicina o incluso reflexiones jurídicas en las que estuvo a la altura de su tradición familiar, los Banu Rushd, ejerciendo como jurista entre Córdoba y Sevilla y debiendo saltar a Marruecos por rivalidades entre los lobbies de la época. Además, apuntó nuestro autor unas interesantes nociones en materia de gestión de vida en común, de lo político en su mejor acepción, que probablemente no casasen entonces, ni probablemente ahora, en tiempos obsesionados por liderazgos en lugar de consensos: dos siglos después de Averroes, el filósofo de la historia Ibn Jaldún —el Aben Jaldún de Ortega y Gasset— iniciaría el largo y tedioso quehacer historiológico de las decadencias, de contemplar la historia como un permanente declinar de viejos apogeos. Pues bien, cuanto Ibn Jaldún presente en el siglo XIV como la panacea del éxito civilizador la asabiya o cohesión social, a modo de un sistema nervioso conectado con un cerebro a la altura —liderazgo indiscutible—, lo había esquivado nuestro Averroes en sus tratados sobre la simple y llana gestión colectiva de la medina, la ciudad en tanto que traslado en árabe de los tratados y asuntos de la polis. La medina de Averroes es, así, menos gestión individual de un carisma alimentado y mucho más atención a la innegable diversidad; lo dialógico y comunicativo, que estará mucho después en la base de la paradoja del recientemente desaparecido Jürgen Habermas: “¿Es posible el triunfo del diálogo?”. La razón averroísta dice que sí, por más que la sinrazón pueda hacer más ruido.

Una figura como la de Averroes no se improvisa. Se ha definido en ocasiones el tiempo de Al-Ándalus como el largo camino que lleva a Averroes, trasladándose en semejante exageración hiperbólica la inevitable cadena de transmisión de conocimiento que debió desplegarse, a lo largo de los siglos, desde Aristóteles hasta Averroes, su más completo comentador. Porque fue el estagirita el primer maestro en las artes racionales del Islam, así como la ciencia de los griegos, en ese genérico patrístico del saber universal, fue conocida en árabe como “la ciencia de los antiguos”, no “de los otros”, clave de bóveda para comprender no solo el esencial eslabón averroísta en el transcurrir de la razón aplicada, sino el sentido último troncal de una civilización islámica, siempre distinguible de una religión musulmana, que en el totum revolutum de nocturnidad con que contemplamos lo transeuropeo siempre parece todo igual, menor, ajeno.

El director de cine egipcio Yusuf Chahine nos presentó en 1997 una biografía hagiográfica del cordobés Averroes. En la película, que lleva por título traducido El Destino (1997), nuestro pensador andalusí se nos muestra envuelto en una profunda y esencialista pureza y orgullo de estirpe, con una inteligencia casi profética pero destacada, sobre un mundo prácticamente desértico. El profeta en el desierto. Sin embargo, el pensamiento averroísta de razón y medina, urbano y humano, requiere un resaltado con mucha menos excepcionalidad y más ejemplaridad, y tal es el cuidadoso tratamiento al que ha sido sometido por parte de dos grandes interpretadores, el español Andrés Martínez Lorca y el marroquí Muhammad Abid al-Jabri. Es importante mostrar estas dos caras de la moneda averroísta a ambos lados del Estrecho porque se corresponden con la efervescencia vital del propio Averroes, desde su florecimiento en Al-Ándalus hasta su refugio y finalmente muerte en Marruecos. Pues bien, si Martínez Lorca realiza una pormenorizada lectura europea de Averroes, destacando que llamar nuestra a la cultura de Al-Ándalus es romper un viejo paradigma de negación cultural, Abid al-Jabri definió al cordobés universal como la oportunidad perdida de la razón árabe. Porque no se le leyó en su tiempo ni siglos después en lengua árabe, es por lo que el marroquí proponía un retorno averroísta a la razón en latitudes cuyas medinas, decía Al-Jabri, están tratando de ubicar los espacios sentimentales religiosos al terreno de lo domiciliario.

Averroes simboliza una etapa (Al-Ándalus) donde convivieron distintas culturas. La idea averroísta de diálogo entre culturas y religiones resulta clave para encauzar positivamente los conflictos y fomentar la integración. Hoy, el pensamiento de Averroes sigue vigente en la España actual porque plantea algo muy actual: cómo convivir en una sociedad diversa sin renunciar a la razón ni a las creencias.

En la era de la desinformación, su defensa de la razón, la lógica, el pensamiento crítico y el conocimiento es más relevante que nunca. Averroes no es solo una figura imprescindible del pasado: es una presencia latente, casi susurrante en el presente convulso que habitamos. Su pensamiento no pertenece únicamente a la historia, sino que respira —aunque a veces débilmente— en cada intento de comprender antes que imponer, en cada gesto que elige el diálogo frente al dogma.

Hoy, cuando tantas voces se alzan con la pretensión de ser únicas, definitivas, inapelables, volver a Averroes es como abrir una ventana en una habitación cargada en la que entra el aire y la luz de primavera. Y con ella, la sospecha de que ninguna verdad que necesite imponerse por la fuerza puede ser completamente verdadera. Porque lo que no persuade al entendimiento, difícilmente arraiga en el corazón.

Averroes nos recuerda que la razón no es fría ni distante, sino profundamente humana: es el puente invisible que permite a las diferencias no convertirse en abismos. Su vigencia reside precisamente en su capacidad de interpelarnos en medio del ruido ensordecedor de la confrontación irracional, de invitarnos a comprender al otro sin malestar, sin sentir que renunciamos.

En su tiempo, habló de convivencia como quien siembra en tierra incierta; habló de tolerancia como quien confía en un futuro que no verá; habló de separar la política de la fe como quien intuye que el poder, sin el contrapeso de la razón, se vuelve ciego. Y en esa intuición hay algo profundamente contemporáneo: la certeza de que la libertad necesita reflexión y pensamiento y el pensamiento requiere libertad.

Por eso su legado no es un conjunto de ideas muertas, sino una llama que debe mantenerse sin estridencia, pero persistente. Y en tiempos de penumbras tan ruidosas, esa luz discreta se vuelve indispensable.

Averroes es una figura imprescindible para el presente y extraordinariamente oportuna y necesaria en el momento que nos ha tocado vivir. Al mundo le hace falta recordar su doctrina porque frente a los pensamientos fundamentalistas y extremistas que buscan imponer una única visión de la vida, apelar a Averroes es revindicar la razón no sólo como un medio de conocimiento, sino también como una herramienta para la convivencia pacífica. Recuperar su obra nos da la oportunidad de escrutar mucho mejor todo tipo de fundamentalismo, no sólo religioso sino también económico y político, para poder reconocerlos y contestarlos con mucha mayor contundencia.

Recordar a Averroes hoy no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de resistencia serena: la defensa de una forma de estar en el mundo donde la razón no divide, sino que une; donde el diálogo no debilita, sino que fortalece; donde pensar sigue siendo, todavía, un anhelo de esperanza.

jueves, 9 de abril de 2026

"LA FALACIA DEL GRAN REEMPLAZO: LOS DATOS QUE DESMIENTEN LA ISLAMIZACIÓN DE ESPAÑA". Fernando Varela, infoLibre.es

Musulmanes en la oración durante el Ramadán.

En 2020, el 3,6% de la población española era musulmana; la proporción de personas sin religión casi la triplicaba
Un informe del Pew Research Center desmonta con cifras el relato del pánico demográfico que ha colonizado el discurso de la extrema derecha

En 2020, España tenía más ateos y agnósticos que musulmanes. Bastante más: el 26,4% de la población no se identificaba con ninguna religión, frente al 3,6% que era musulmán. Si hubiera que describir la transformación religiosa real de España en la última década, el protagonista no sería el islam. Sería la secularización.

Este dato procede del informe Religious Diversity Around the World, publicado en febrero de 2026 por el Pew Research Center, el centro de investigación demográfica más citado del mundo en materia de religión. El estudio analiza la composición religiosa de 201 países y territorios a partir de más de 2.700 censos y encuestas, y construye un índice que permite comparar el grado de pluralismo religioso entre naciones y regiones. Sus conclusiones sobre España no dejan mucho margen a la ambigüedad: este es un país con una minoría musulmana modesta, en retroceso cristiano acelerado y con un nivel de diversidad religiosa inferior al promedio europeo.

Para ordenar y comparar, Pew utiliza el Índice de Diversidad Religiosa (RDI), una herramienta matemática derivada del índice Herfindahl-Hirschman, habitual en economía para medir la concentración de mercados. Una puntuación cercana a 0 indica que casi toda la población pertenece a un único grupo religioso. Una próxima a 10 refleja una distribución muy equilibrada entre siete categorías: cristianos, musulmanes, hindúes, budistas, judíos, otras religiones y personas sin afiliación religiosa.

España obtuvo en 2020 una puntuación de 5,2, lo que la sitúa en el nivel “moderado” de diversidad. Diez años antes, en 2010, su puntuación era de 4,0. El salto es real, pero su causa principal no es el crecimiento del islam sino la desafiliación religiosa masiva entre la población tradicionalmente cristiana.

La comparación dentro de Europa es donde el contraste se hace más nítido. El continente en su conjunto registra un RDI de 5,6, clasificado como diversidad ”alta”. España, con su 5,2, no alcanza ese umbral. Está por debajo de la media.

Los países europeos con mayor diversidad religiosa son también aquellos con minorías más numerosas y mejor distribuidas: Francia alcanza un RDI de 6,9, el Reino Unido llega igualmente a 6,9, Suecia a 6,3, Alemania a 6,4, Suiza a 6,1 y Bélgica a 6,8. Todos clasificados como diversidad “alta”. España, con su 5,2, no comparte esa categoría.

Por debajo de la mayoría
El desglose de población musulmana confirma la misma imagen. Francia tenía en 2020 un 9,1% de musulmanes. El Reino Unido, un 6,4%. Alemania, un 6,5%. Suecia, un 8,1%. Austria, un 8,3%. Bélgica, un 6,8%. España, con su 3,6%, estaba por debajo de todos ellos, y en algunos casos la diferencia no es marginal: Francia tenía más del doble de proporción de población musulmana que España. Suecia, más del doble también. Austria, más del doble.

Para encontrar países europeos con proporciones similares a las de España hay que mirar hacia el sur y el este del continente: Italia tenía un 4,4%, Grecia un 5,1%, Portugal un 0,4%. España ocupa, en el mapa europeo, una posición intermedia-baja en lo que a presencia musulmana se refiere.

Hay un ángulo que los relatos del pánico demográfico eluden sistemáticamente. El principal cambio en la composición religiosa española entre 2010 y 2020 no fue el crecimiento del islam, sino el retroceso del cristianismo y la expansión de la desafiliación religiosa.

En una sola década, la proporción de cristianos en España bajó del 78,6% al 69,5%: nueve puntos porcentuales. En el mismo período, las personas sin religión pasaron del 19% al 26,4%, un crecimiento de más de siete puntos. El islam creció del 2,1% al 3,6%, un aumento de un punto y medio. Los titulares sobre el cambio religioso en España deberían hablar de laicización, no de islamización.

Este patrón se repite en toda Europa occidental con variaciones de grado. El informe de Pew documenta que los cambios más significativos en el RDI de alrededor de dos docenas de países entre 2010 y 2020 se debieron fundamentalmente a la desafiliación cristiana. En Estados Unidos, el mayor país cristiano del mundo por número de fieles, la proporción de cristianos cayó catorce puntos en una década, del 78% al 64%, mientras que los sin religión pasaron del 16% al 30%. El país no se islamizó. Se secularizó.

Ni en las proyecciones más pesimistas
Un informe anterior del mismo Pew Research Center, publicado en 2017 y dedicado específicamente al crecimiento de la población musulmana en Europa, ofrecía proyecciones hasta 2050 bajo tres escenarios distintos en función de los flujos migratorios.

En el escenario de cero migración —suponiendo que toda inmigración cesase de forma inmediata y permanente—, la población musulmana en España crecería del 2,6% de 2016 al 4,6% en 2050, impulsada únicamente por la mayor fecundidad relativa y la menor edad media de esa población. En el escenario de migración media —continuación de flujos regulares sin el componente de refugiados—, el porcentaje llegaría al 6,8%. En el escenario alto, el más extremo y que el propio informe calificaba de poco realista para España dado su perfil migratorio histórico, alcanzaría el 7,2%. Dentro de 24 años.

El contexto de esas cifras importa tanto como las cifras mismas. España es un destino de migración regular procedente principalmente de Marruecos, no un receptor masivo de refugiados como sí lo fueron Alemania o Suecia durante la crisis de 2014-2016. Esa diferencia en el perfil migratorio explica por qué las proyecciones españolas son las más moderadas de Europa occidental. En el escenario alto para Suecia, la proporción de musulmanes podría superar el 30% en 2050. Para España, no llega al 8% ni en el peor de los casos.

Dicho de otro modo: en 2050, incluso en el escenario más elevado de las proyecciones, España tendría una proporción de musulmanes inferior a la que Francia, el Reino Unido o Alemania tenían ya en 2020.

Habrá quien considere desactualizadas las cifras del Pew y sus previsiones. Según el Barómetro sobre Religión y Creencias en España (BREC) 2025, elaborado por un equipo académico coordinado por Eugenia Relaño Pastor y publicado por el Observatorio del Pluralismo Religioso en España, las confesiones no católicas, incluyendo la musulmana junto al resto de minorías religiosas, no superan en 2025 el 8% de la población adulta, frente a una mayoría relativa que sigue declarándose católica y a un 42% que se sitúa ya fuera de cualquier adscripción religiosa.

Menos religiosos
No es el único estudio que apunta en esa dirección. En la nota de coyuntura social de Funcas titulada Poco más de la mitad de los españoles se reconoce como católico (junio de 2025), elaborada por el Área Social de Funcas, se señala que las religiones no cristianas —principalmente el islam— han crecido en la población residente en España, pasando del 1% al 3% entre 2002 y 2024 según la Encuesta Social Europea.

Pero este aumento se inscribe en un contexto en el que el espacio dejado por el catolicismo no ha sido ocupado sobre todo por otras confesiones, sino por personas que se declaran indiferentes, agnósticas o ateas. El informe subraya que, pese a la incorporación de población de origen extranjero que podría haber impulsado otras religiones, el cambio más cuantitativamente relevante es el incremento de quienes no se identifican con ninguna religión, del 22% en 2002 al 42% en 2024, lo que supone una transformación sustancial del panorama religioso en España.

La teoría del gran reemplazo, popularizada por el escritor francés Renaud Camus a partir de 2011 y adoptada posteriormente por partidos y movimientos de extrema derecha en toda Europa, incluido Vox, sostiene que las poblaciones autóctonas occidentales están siendo reemplazadas deliberadamente por poblaciones inmigrantes de mayoría musulmana. Es una narrativa que ha inspirado atentados terroristas —en Christchurch, en Quebec o en Londres— y que ha ido ganando terreno en el discurso político convencional de varios países europeos, España incluida.

Su eficacia persuasiva no descansa en los datos, sino en su capacidad de generar inquietud ante cambios demográficos reales, pero mucho más modestos de lo que el relato sugiere. La presencia musulmana en España es un hecho documentado y ha crecido en las últimas décadas, igual que ha crecido el número de personas de otras confesiones y de ninguna. Eso es lo que hacen las sociedades abiertas: diversificarse. Pero la distancia entre ese proceso —gradual, documentable, comparable con el de cualquier democracia europea— y la narrativa de la sustitución deliberada es la distancia que separa un hecho de una conspiración.

Los datos del Pew Research Center no hacen política. Miden distribuciones, proporciones, índices. Y lo que miden para España en 2020 es un país con mayoría cristiana en retroceso acelerado, un sector laico en expansión, una minoría musulmana por debajo de la media europea y un nivel de diversidad religiosa moderado. Nada en esas cifras sostiene el relato del gran reemplazo.

sábado, 4 de abril de 2026

"LA SOLEDAD DE EUROPA NO ES UNA CONDENA, ES UNA LIBERACIÓN". Anrtoniio Scurati, El País

Eva Vázquez
Estados Unidos y Rusia están conduciendo el mundo hacia un lugar distinto al que se soñó desde Europa. E incluso quienes deberían venerar los valores del Viejo Continente, como la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, hacen amagos de ceder ante la nueva ola imperialista. La UE se ha quedado sola. Pero en esa soledad está su fortaleza para renacer como la última barrera defensiva contra la deriva fascistoide

Cuántas veces nos lo hemos repetido en nuestro fuero interno, con un gesto melancólico mientras bebemos a sorbos nuestro campari bien agitado? Por el este nos amenaza la Rusia de Putin; por el oeste, los Estados Unidos de Trump, después de abandonarnos, insultarnos y sabotearnos, se han convertido también en una amenaza; nuestra influencia en el resto del mundo no deja de disminuir. Solos, debilitados, consternados. Así nos sentimos. Así nos vemos a nosotros mismos. Parece que todo nuestro pasado glorioso nos hubiera olvidado. “Europa, esa pequeña península del continente asiático”. Nuestra rabia da la razón al sarcasmo de Paul Valéry, el gran poeta europeo del siglo pasado, él también olvidado. Ahora bien, ¿y si la soledad de Europa fuera una oportunidad? ¿Y si no fuera una maldición, sino una promesa?

En un libro reciente sobre Europa, El continente sin cualidades [que publicará en español Siruela], Peter Sloterdijk la describe como un escenario vacío. El gran filósofo alemán adopta una metáfora teatral y arroja luz sobre un fenómeno sin precedentes en la historia europea: la renuncia a toda ambición imperial. Durante milenios, la política europea se aferró, en versiones más o menos creativas, al guion fundacional del Imperium Romanum. De Carlomagno a Hitler, la Europa política fue “el teatro en el que se volvían a escenificar los sistemas de poder romanos”. Ese deseo provocó devastadoras guerras continentales de conquista y una violencia colonial obscena.

Después del apocalipsis de la Segunda Guerra Mundial, Europa renunció al imperio en un pronunciamiento sin precedentes. El último país de Occidente que aspiró a recrear el Imperio Romano fue Estados Unidos. Y ese fue un cambio trascendental, porque, desde esta perspectiva, la segunda mitad del siglo XX inaugura una era en la que todavía estamos viviendo. Cuando el presidente francés se negó a que Estados Unidos se apropiara de Groenlandia y dijo “no a un nuevo imperialismo”, estaba renovando los votos de los padres fundadores de la Europa de la posguerra y reafirmando su renuntiatio ab imperio.

Una de las primeras escenas de este guion divergente que señala Sloterdijk se produce el octavo día de abril de 1341, Domingo de Pascua, en Roma. Ese día, Francesco Petrarca es “coronado” poeta e historiador supremo en una solemne ceremonia. La coronación de Petrarca es la escena paradigmática de otra Europa, distinta del poder político y eclesiástico. Yo la llamaría la Tercera Europa. La Europa que introduce en el mundo un formidable impulso ascendente, la “explosión del conocimiento”, en las famosas palabras de Peter Burke.

En suelo europeo se desatan las energías disruptivas del progreso: aprendizaje permanente, constante superación personal, libertad para la ciencia, competencia y comercio, sistemas innovadores en los ámbitos de las artes, las tecnologías y las instituciones gubernamentales. Siguiendo esta evolución, Europa comienza donde termina el poder político imperial romano y resurge de sus propias ruinas; es el denominado Renacimiento.

En este sentido, la genealogía de Europa es peculiar: no presenta una fecha de nacimiento concreta, sino muchas en las que vuelve a vivir. Europa no nace (ni muere) de una vez por todas. Renace una y otra vez. La Europa moderna —nuestra Tercera Europa— no se construye mediante la reencarnación política del Imperio Romano, sino por la supervivencia del núcleo de su cultura dentro de una civilización milenaria. Europa no es una geografía. Es una civilización.

El núcleo de esa civilización europea, a pesar de todas sus catástrofes, sus repetidos holocaustos y renacimientos, es el humanismo: la revolucionaria visión del mundo derivada de situar al ser humano en el centro del universo. Todos los logros morales y materiales de la civilización europea moderna emanan de esta visión, que en el Renacimiento tendió un puente —­transitable en ambas direcciones— hacia la Antigüedad. De ella descienden el reconocimiento y la defensa de los derechos humanos y su inviolabilidad por parte del poder político y religioso. En otras palabras: la libertad es la dignidad de la persona. La Europa moderna nace y renace cada vez que un individuo, movido por pasiones creativas, reivindica su libertas frente al poder religioso y el poder político. Esta génesis diferida, esta tarea sin fin, como dice Sloterdijk, “consiste en desaprender gradualmente la sumisión”. En resumen: la democracia liberal.

No podemos extraer conclusiones sin mencionar, al menos por un instante, el lado oscuro de la luminosa explosión de conocimiento impulsada por el humanismo europeo, es decir, los imperios coloniales europeos. Estamos hablando del eje central de la historia mundial moderna. Esto no es un elogio, sino un hecho. Pero también es importante reconocer que el humanismo europeo engendró, al mismo tiempo, un sistema de conocimiento y pensamiento comprometido con el ejercicio de la crítica y la limitación constantes del poder político. Los pueblos oprimidos por la política europea recibieron de la propia Europa las herramientas culturales para su liberación. 

Para afrontar la crisis actual, debemos ser plenamente conscientes de que nuestra época representa el fin de esa historia de dominación. Vivimos en el ocaso de una era. A principios del siglo XXI, por primera vez en 500 años, Occidente ha dejado de ser hegemónico. Desde luego, Europa no lo es. Y creo que todavía no se han evaluado ni apreciado por completo las inmensas consecuencias psicopolíticas de este ocaso. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 29 de marzo de 2026

"LA INVASIÓN". Leila Guerriero, El País

Javier Milei y Viktor Orbán en Budapest
Si mis entrañables abuelos sirios eran invasores, se camuflaron bien

Parece que mis abuelos invadieron la Argentina. No estoy segura, pero intento averiguarlo desde que el presidente Javier Milei le dijo a Orbán, el primer ministro húngaro: “Cuando la inmigración no se adapta culturalmente al lugar donde va, deja de ser inmigración para convertirse en invasión”. Orbán quedó contento porque considera que la inmigración es “un veneno”.

Si mis entrañables abuelos sirios eran invasores, se camuflaron bien: tomaban mate, pero “sospechosamente” lo primero que hicieron fue plantar una higuera para recordar su tierra, y comían más keppe, guisos de trigo y tabule que carne. Hablaban español, pero entre ellos y con sus hijos hablaban en árabe. Mi abuelo hacía un ayuno largo, no religioso, en cualquier momento del año, porque lo había aprendido en su tierra para depurarse. Los días de calor no tomaban bebidas frías sino té caliente y se ponían varias capas de ropa porque era el método que usaban en su país para estar frescos. Mi abuelo hablaba con nostalgia de cuando se “duchaba” con arena. Mi abuela añoraba los gusanos de seda que criaba y las moreras que les servían de alimento. Iban a reuniones donde se bailaba dabki, se tomaba anís y café con borra. Se vestían siempre de la misma forma modesta y ninguno de los dos sabía conducir.

¿Qué salió de esa gente trabajadora, bondadosa? Una mujer elegante, lectora, mi madre, que cocinaba desde ñoquis hasta asado pasando por todas las recetas de mi abuela, que escuchaba tango, folklore, Amalia Rodrigues, Joan Manuel Serrat y música árabe, que adoraba el teatro, que sabía carpir, bordar, ultimar un animal, criar hijos, recitar a Sor Juana, hablar perfectamente su lengua materna, vestirse como una modelo y manejar un camión. Después vengo yo, que cuando llego a Madrid, Bogotá o Ciudad de México el día de Halloween, y veo a todas esas personas disfrazadas de zombies, me digo que la invasión empezó hace rato y que la venimos tragando de lo más bien.

lunes, 23 de marzo de 2026

"ENTREVISTA A ARUNDHATI ROY, ESCRITORA INDIA". Marc Bassset, El País

ARUNDHATI ROY

La escritora india, autora de ‘El dios de las pequeñas cosas’, encarna la figura de la intelectual radical y global. Rechaza el ataque de Trump en suelo iraní. Argumenta que ella vive bajo un régimen cruel, el de Nerendra Modi, pero eso no significa que quiera que llegue Estados Unidos a bombardear el país. Y avisa de que en autoritarismo, la India va muy por delante de Occidente: allí, dice, el odio y el veneno ya no vienen solo del Estado, sino también de la sociedad

La cita para esta entrevista, al principio, estaba fijada a mediados de febrero en un hotel de Berlín. La escritora Arundha­ti Roy (Shillong, India, 64 años) estaba invitada a la Berlinale, el festival de cine, con ocasión del estreno de la versión restaurada de In Which Annie Gives It Those Ones (en el que Annie la monta, sin traducir al español), un popular telefilme de 1989 cuyo guion ella escribió y en el que actuó. A última hora, y estando en París a punto de subirse al avión hacia Berlín, vio que, en una rueda de prensa el cineasta alemán Wim Wenders, presidente del jurado, y otros miembros del cónclave eludían las preguntas sobre Israel y Gaza. “Me sorprendió que personas tan inteligentes tuviesen miedo de decir cualquier cosa sobre Gaza”, recuerda Roy. Y anuló el viaje y la entrevista.

La autora de El dios de las pequeñas cosas, la novela que la lanzó a la fama hace casi tres décadas, publicó hace unos meses en castellano Mi refugio y mi tormenta (Alfaguara, traducción de Catalina Martínez Muñoz), unas memorias centradas en la figura de su madre, una mujer a la vez extraordinaria y compleja. “Alguien me dijo que tuve la misma relación con la India que con ella”, dice. “La India también es mi refugio y mi tormenta”. Acosada por el nacionalismo hindú, y en el punto de mira de la justicia de su país por haber cuestionado que la región de Cachemira hubiese sido históricamente india, Roy —referente para intelectuales occidentales como Judith Butler o Naomi Klein— encarna la figura de la intelectual radical, a la vez global y muy arraigada en la India, su civilización y su universo de referencias.

“Por supuesto, habría podido ir al pase en Berlín, pero entonces habría sido ‘la mujer cabreada en el circo’, y era algo que yo no quería hacer”, explicó unos días después de la polémica en la Berlinale. Roy ya había vuelto a Nueva Delhi y se había concertado otra cita para la entrevista, esta vez por videoconferencia. “Es interesante”, explicó, “porque ha circulado una cita de Wim Wenders, de 1988, y es muy inteligente lo que dice. Dice que las películas que no son políticas son en realidad las más políticas, porque en cada fotograma apoyan el statu quo. No es que esto no se entienda ahora, es que, cuando se trata de Gaza, los cerebros se revuelven. Pueden ser políticos sobre cualquier cosa, pero no sobre Palestina”.

viernes, 13 de febrero de 2026

"ESTA INACABABLE CHARLATANERÍA". Irene Vallejo, El País

Fernando Vicente
Buena parte de los líderes autoritarios, tan engreídos, no sobrevivirían en la jungla ni destacarían en el club de la lucha

Un grupo de inconformistas se reúne en casa de un amigo para beber vinos y arreglar el mundo. La conversación se adentra en la noche, y fluye y sigue. Saben que les ha tocado vivir malditos tiempos interesantes. A sus ojos, la política se parece cada vez más a una despiadada guerra de bandos. En la atmósfera de una democracia nerviosa y amenazada, hasta el lenguaje empieza a transformarse; muchos desprecian la moderación como disfraz de pusilánimes y la inteligencia como incapacidad para la acción. Consideran digno de confianza al más furibundo; y al que no, sospechoso. La adhesión de los exaltados recibe aplausos, mientras la razón sosegada solo cosecha burlas. Estamos en El Pireo, hace unos 2.500 años. Quien inicia el debate es un tal Sócrates. Lo narran las primeras páginas de La República de Platón.

Uno de los comensales lanza la pregunta esencial: qué es lo justo y la justicia. Rodeados de rugidos y furia, aquellos insólitos personajes —de profesión, filósofos— creían imprescindible interrogarse sobre esos conceptos en los que nos jugamos la vida, dedicar sus esfuerzos al excéntrico empeño de la conversación, buscando la palabra precisa, la idea certera. En los primeros compases del debate, parecen acercarse a un acuerdo: la justicia sería garantizar a cada cual lo que le corresponde o merece. Hasta que el sofista Trasímaco pierde la calma y estalla: “¿A qué viene, Sócrates, toda esta inacabable charlatanería? ¿Qué sentido tienen todas estas estúpidas condescendencias? Lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte".

Todos callan, sobrecogidos. Desde siempre, el cinismo irrumpe en el debate ético con aura de experiencia, sagacidad y realismo. Sócrates, sin apabullarse, lo enfrenta con socarronería zalamera. ¿A quién se refiere Trasímaco cuando dice: “más fuerte”? ¿A los campeones de lucha libre? ¿Deberían ser los luchadores olímpicos nuestros gobernantes? A lo largo de la historia, la propaganda de las dictaduras ha exaltado los cuerpos hercúleos, pero los dictadores mismos no suelen responder a su propio ideal físico supremacista. Buena parte de los líderes autoritarios, tan engreídos, no sobrevivirían en la jungla ni destacarían en el club de la lucha. Para Trasímaco ser fuerte no es cuestión de músculo, pelea y esplendor halterofílico, sino inspirar obediencia, sumisión y miedo; es decir, tener poder. Un poder que, como demuestra la experiencia, recae en aptos e ineptos, en personas cuerdas y también en gente desequilibrada. Esa fuerza. Y al calor de la conversación, estalla la pregunta incómoda: ¿es la justicia una ilusión, una invención al servicio de los poderosos?

En democracia, como en las tiranías, aclara Trasímaco, cada gobierno establece las leyes que le interesan y castiga a quienes no las cumplen. Justicia es, concluye, el deseo de quien manda: el poder define el bien y el mal. Milenios más tarde, este argumento del sofista inspiró a Nietzsche, que denunciaría la moral cristiana como glorificación del débil y mutilación de la excelencia. A su muerte, su hermana Elisabeth editó muchos de esos textos y los aproximó al imaginario del nazismo. Y hoy, por el zigzagueante camino de la filosofía y de los siglos, aquella conversación en el Pireo influye también en los teóricos de la Ilustración Oscura, los nuevos autoritarios, que defienden tesis antidemocráticas y aspiran a regir los países como si se tratara de grandes empresas donde se ensalza la obediencia al jefe máximo.

El diálogo platónico aborda sin rodeos esta cuestión aún palpitante. Sócrates afirma que gobernar no estriba en buscar lo que conviene al dirigente, sino a los gobernados. La política debería parecerse a la medicina: ambos oficios consisten en cuidar y beneficiar a otros. Intentando probar la candidez e ingenuidad de esa idea, Trasímaco desnuda su teoría sin rodeos: la política no tiene ni la más remota aspiración al servicio público, solo consagra al depredador máximo.

A lo largo de milenios, una ristra interminable de tiranos y políticos corruptos parece dar la razón al cinismo de Trasímaco. El sofista defiende que abusar resulta siempre más provechoso que ser justo. En todas partes salen ganando –dice– quienes rapiñan, quienes no tributan, quienes se aprovechan de lo público, quienes benefician a familiares y amigos a costa de lo común. Sostiene que nos quejamos de las injusticias cuando las sufrimos, pero a todos nos parece estupendo cometerlas. Cuando pronuncia esas palabras, el fuego de sus ojos parece preludiar la democracia en llamas. Este filósofo, defensor a ultranza de los poderosos, existió en carne, hueso y fiereza; no se trata de una ficción inventada por Platón. Nacido en el Bósforo, fue maestro itinerante de retórica. El patriarca de quienes, hechizados por el aura del líder firme y aplastante, aclaman la política de la fuerza y no la del servicio.

Sócrates, en tono socarrón, replica con una paradoja: incluso los ladrones y bandidos, sea cual sea el saqueo que realicen en común, conseguirán mejores resultados si colaboran. Los atropellos y dentelladas contra tus aliados despiertan rencor y luchas. Lo mismo en una familia que en cualquier sociedad: nada lograrás si siembras discordias y enemistades.

Siglos después, San Agustín escribiría: “¿Qué ladrón hay que soporte a otro ladrón?“. También los injustos exigen justicia y lealtad hacia ellos: no es extraño que, de hecho, exhiban una piel muy fina. La apología del poder como apetito sin límites exalta el egoísmo —propio— mientras reclama obediencia, renuncia y hasta servilismo —ajenos—. Incluso la persona más despiadada lo es asimétricamente: se muestra inmisericorde hacia el prójimo, pero exige ser tratada con respeto y delicadeza. Así opera la extraña equidad de los apóstoles de la desigualdad.

Sócrates argumenta que un estado arbitrario termina por ser más débil: la solidez de una ciudad no se mide por lo que unos pocos pueden saquear, sino por la unidad de todos. La violencia no trae concordia, la corrupción levanta sospechas mutuas, el abuso no robustece. Los economistas del presente han detectado una clara correlación entre leyes justas, confianza y prosperidad. Y, frente a las bravuconadas de Trasímaco, la historia prueba que los líderes fieros dividieron a las ciudades y condujeron a grandes tragedias colectivas.

El biólogo Edward Wilson, en su ensayo La conquista social de la Tierra, ofrece la clave para entender el dilema del éxito de los ególatras. "En la evolución social genética existe una regla de hierro, según la cual los individuos egoístas vencen a los individuos altruistas, mientras que los grupos altruistas ganan a los grupos de individuos egoístas". La gran ventaja de nuestra especie deriva de esa insólita capacidad para colaborar y repartir los beneficios de la cooperación. La pregunta de Sócrates continúa vigente: ¿para qué nos sirven a todos los demás esos individuos egoístas, interesados y codiciosos que convierten su voluntad en ley? A ellos mismos les beneficia su avidez, de acuerdo, pero ¿por qué deberíamos aplaudirlos o votarlos, cuando solo nos consideran adversarios o instrumentos a su servicio y además nos debilitan como grupo? Tendremos mejores líderes si dejamos de admirar la ferocidad de sus éxitos individuales —casi siempre frágiles— y valoramos su capacidad de forjar comunidades robustas —es decir, justas—. Nuestros mejores logros nunca han sido fruto de la fuerza bruta. Confundir la prepotencia con la potencia es el signo del momento histórico e histriónico que vivimos.

domingo, 8 de febrero de 2026

"¿UN PAÍS DE HIJOS DE PUTA?". Noelia Adánez, Publico.es 03/02/2026

Concentración contra el Gobierno de Pedro Sánchez
en la sede del PSOE en Ferraz
La primera vez que escuché corear a un grupo de personas el eslógan "Pedro Sánchez, hijo de puta" fue al salir de mi portal. En mi calle, delante de mí, unas madres jóvenes que llevaban de la mano a sus hijos pequeños gritaban esta consigna. Estaban exultantes, entusiasmadas, saltaban, coreaban e incluso se reían, como ocurre en cualquier manifestación. Sentí curiosidad y las seguí unos metros. Se trataba de las primeras convocatorias (después vinieron muchas más) de aquellas manifestaciones contra la ley de amnistía de noviembre de 2023. En un determinado momento, una de las niñas preguntó: "¿mamá, quién es Sánchez?". A lo que su madre contestó: "un hijo de puta". Pensé que esa criatura se estaba socializando en un país en el que había empezado a darse por bueno que un insulto equivale a una consigna política en lugar de a una pedagogía fascista. Y me sobrecogí.

La política en democracia es lo contrario al insulto, que deslegitima y desautoriza la existencia del contrario. La democracia valida el pluralismo y la diversidad y habilita para la competencia y la negociación entre diferentes. En democracia la política es transaccional y exige una forma profunda de respeto que pasa por el reconocimiento del otro como algo más que un mero contrincante, como un miembro de la misma comunidad. El lema "Pedro Sánchez, hijo de puta" no es el fruto de la expresión genuina y espontánea del hartazgo de un sector de la sociedad descontento con las políticas del Gobierno. No nos engañemos.

La realidad es que la radicalización ultra ha generado, a fuerza de repetir la consigna, un imaginario en el que no solo Pedro Sánchez, sino todas aquellas y aquellos que no comulgamos (nunca mejor dicho) con sus planteamientos, somos unos hijos y unas hijas de puta. Esa es nuestra dramática realidad y es muy similar a la de otros muchos países en este tiempo histórico tan inquietante y crepuscular.

Vivo a escasos metros de la calle Ferraz. Desde aquel día de noviembre de 2023 y durante meses, el eslogan antidemocrático "Pedro Sánchez, hijo de puta" no ha parado de sonar. Y sigue haciéndolo. En la esquina de Ferraz con Marqués de Urquijo se oye todas las tardes. Un grupo de ancianos lo profieren, cobijados por el cura párroco del templo católico de la esquina y aparentemente custodiados por los policías nacionales que les observan no tanto por contenerles cuanto por evitar alguna caída o algún atropello al cruzar.

Es curiosa la configuración visual de estas concentraciones en las que los asistentes, adornados con simbología franquista y falangista, vocean flanqueados por la Iglesia católica y las fuerzas de seguridad a escasos cincuenta metros de la sede de un partido democrático.

Las convocatorias de Ferraz me han ido provocando distintas sensaciones con el paso del tiempo. Del miedo inicial pasé al enfado, después al fastidio, más tarde a la vergüenza ajena y ahora ya a la preocupación desapasionada pero sostenida. Esas manifestaciones son un síntoma menor; una excrecencia minúscula de todo el odio que circula desde que la ultraderecha, nativa de las redes sociales y funcional a los intereses de las oligarquías, irrumpió en escena con el propósito (miren a Estados Unidos) de dinamitar la convivencia y destruir la democracia.

"Pedro Sánchez, hijo de puta" es un eslogan político antidemocrático porque se formula como una expresión de odio detrás de la que hay una propuesta implícita. Es de una ingenuidad sideral pensar, a estas alturas, que quienes lo dicen no esperan que al decirlo ocurra algo muy concreto: que Sánchez, su gobierno y el electorado que respalda a la coalición (millones de españoles) desaparezcan; que desaparezca la contienda política, que el parlamentarismo se suspenda, que el gobierno se instituya a partir de principios que no son los democráticos, sino otros que entran en juego cuando un expresidente de Gobierno como Aznar dice "quien pueda hacer, que haga"; o cuando en un chat de militares retirados se insta a aniquilar a 26 millones de españoles; o cuando (como cuenta mi compañero Danilo Albin) el secretario general de Hazte Oír recibe un premio de la ultraderecha franquista por "poner el ojo, el tiro y la bala" en el Gobierno.

El domingo, una concejala del PP de una localidad valenciana viajó hasta Teruel para acudir a un mitin del PSOE. En una acción en ningún caso espontánea, sino premeditada, que claramente buscaba viralizarse para infectar con más odio a la opinión pública, gritó el eslógan "Pedro Sánchez, hijo de puta". Al final del día emitió un comunicado en el que se disculpó, pero el efecto buscado ya se había conseguido. El PP no la ha reprobado ni expulsado. ¿Cómo podría hacerlo? ¿Cómo podría Feijóo expulsar del PP a una dirigente que se limita a reproducir y secundar un lema concebido en el seno de su propia organización?

Ayuso insultó desde la tribuna del Congreso a Pedro Sánchez y ese acto inicialmente espontáneo se transformó en intencional y performativo desde el momento en que en el gabinete de la Presidenta se tomó la decisión de elevarlo a categoría de lema recurriendo al meme "me gusta la fruta". Meme, por cierto, reproducido por el propio Feijóo.

Los análisis moralizantes sobre el empleo de esta consigna política no sirven de nada. No es un problema de falta de educación lo que hay detrás del uso de expresiones que deshumanizan al adversario a pesar de que a quien envilecen es a quien las utiliza. Es un problema de fascismo.

Tampoco hablar del odio como un mal psicosocial, una enfermedad de época que hay que atajar, da cuenta de la gravedad de la situación. El odio es la pasión que galvaniza la antidemocracia. Hay que contenerlo, por supuesto, pero hay que hacerlo comprendiendo que está al servicio de un proyecto político muy concreto: el de la ultraderecha. Miren el acoso que ejercen los ultras sobre informadores y cómicos estos días, obligados a callar mientras otros vocean: "Pedro Sánchez, ..."

Abandonemos la tibieza frente a quienes se adhieren a los discursos ultras. No nos dejemos amedrentar por la intensificación de la violencia política instigada por responsables y dirigentes de las derechas y secundada por sectores desinformados y fanatizados de la sociedad. La protesta legítima en democracia no tiene absolutamente nada que ver con generar y difundir consignas que lo que proponen es destruir al adversario y, de paso, acabar con la convivencia.


domingo, 11 de enero de 2026

"LO COMÚN, A LA MIERDA". Juan José Millás, El País

Cola frente a una tienda de ropa en la Unión Soviética,
enero de 1991
Si la política fuera un espejo, debería devolvernos una imagen de nosotros, si no cómoda, reconocible

La política comenzó a divorciarse de la vida cuando aceptamos como inevitable la precariedad laboral, o los salarios insuficientes, o la imposibilidad de acceder a una vivienda digna. También cuando admitimos el hecho de que los hijos no se fueran de la casa de los padres (o de que volvieran a ella tras el intento fallido de independizarse). Tal vez cuando asumimos que la corrupción formaba parte de la naturaleza de las cosas. La política sigue produciendo grandes palabras, pero la existencia cotidiana transcurre por las vías de los cuidados domésticos, de los miedos discretos, de la sensación agobiante de empezar de cero cada día.

A medida que el divorcio se consolida, lo irregular se expande. La pobreza, en fin, deviene condición ordinaria. La falta de hogar, destino fatal. Y la política, en lugar de interrumpir esa deriva, la administra con un lenguaje cada vez más autorreferencial. En la Unión Soviética tardía, rica en discursos de carácter político, la existencia cotidiana se organizaba a base de colas, de favores, de enchufes, y de una ironía resignada. Los oficiantes de la cosa pública ni siquiera eran percibidos como enemigos, sino como seres de otro mundo. El sistema colapsó sin épica: nadie salió a defender una ficción que llevaba tiempo desconectada de la experiencia real. El divorcio se había consumado. La desafección, de la que tanto hablamos estos días, es una forma de agotamiento lúcido. La vida se refugia en lo privado porque lo público solo ofrece listas de espera, auténticas o metafóricas, en cualquiera de los ámbitos a los que volvamos la mirada. Y ese vacío es ocupado por supuestos patriotas que encuentran ahí un nicho de mercado del que sacar tajada (¡y a fe mía que se forran!).

Si la política fuera un espejo, debería devolvernos una imagen de nosotros, si no cómoda, reconocible. Al no hacerlo, lo que se va a la mierda es la idea de lo común, que no se reconstruye con retórica.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

"NOMBRAR EL RESTO DE LA CLASE". Violeta Assiego, elDiario.es

Cientos de personas participan en la manifestación
convocada por la Coordinadora de las Plataformas en
defensa de la universidad pública madrileña, durante
el segundo día de huelga general universitaria
Más del 70% sigue apoyando las políticas de igualdad. Esa mayoría, habitualmente invisibilizada, también encabeza la preocupación por el cambio climático, la diversidad LGTBIQ+, los servicios públicos, la vivienda y la salud mental

El ruido de una minoría que simpatiza con el autoritarismo es mucho más “noticiable” que la apuesta progresista de una mayoría silenciosa. Es lo que se conoce como el sesgo de la negatividad. Que alrededor del 19% de las personas jóvenes declare que preferiría vivir en una dictadura o que aumente la simpatía juvenil hacia la extrema derecha nos ayuda a identificar un riesgo real y a detectar tensiones generacionales, pero también produce un efecto colateral no menos preocupante: invisibiliza a la mayoría de la juventud. Conviene añadir, además, un matiz fundamental: el apoyo a opciones abiertamente antidemocráticas no se limita a los más jóvenes. En la encuesta de El País, un 23% de las personas de entre 29 y 44 años y un 16% de quienes tienen entre 45 y 66 años también afirma que preferiría vivir en una dictadura. Reducir el fenómeno a “la juventud” no solo es inexacto, sino que refuerza una lectura distorsionada, y quizá interesada, del panorama actual.

Los datos de otros sondeos, incluidos aquellos que alimentan los titulares centrados en esa minoría autoritaria, dibujan un escenario mucho más complejo. El Barómetro Juventud y Género de la FAD muestra que la mayoría de la juventud, especialmente las mujeres, pero también un porcentaje relevante de los hombres, identifica la violencia machista como un problema social muy grave, y aunque el negacionismo ha aumentado entre los chicos, más del 70% sigue apoyando las políticas de igualdad. Esa mayoría, habitualmente invisibilizada, también encabeza la preocupación por el cambio climático, la diversidad LGTBIQ+, los servicios públicos, la vivienda y la salud mental. Que las personas adultas progresistas nos llevemos las manos a la cabeza ante esta “ola reaccionaria juvenil” no solo no ayuda, sino que, puede estar contribuyendo a crear el estado anímico perfecto para que la extrema derecha haga calar sus mensajes y borramos de la conversación a toda esa otra juventud a la que no vemos y que directamente ignoramos. La dejamos sin reconocimiento político, justo en un momento en que la extrema derecha sí les ofrece identidad y pertenencia.

El tema no es solo que “los jóvenes” se vuelvan de derechas, sino que hay una grieta abismal de género entre chicas y chicos gracias al feminismo. Miramos obsesivamente a los chicos que siguen a influencers reaccionarios mientras ignoramos a las chicas jóvenes, que sostienen posiciones democráticas y de igualdad de manera mucho más sólida. Ellos se llevan nuestra atención mientras repetimos la invisibilización de ellas. Caemos en una lectura parcial de la polarización actual, que no solo se da entre la juventud. Una lectura parcial que refuerza desequilibrios y nos impide comprender lo que realmente les está ocurriendo a las y los jóvenes porque hacemos de nuestros problemas y frustraciones, los suyos. No les vemos, no les escuchamos, no les tomamos en serio.

Diversas autoras feministas no niegan ese 19%, pero lo reencuadran: no es una “nueva ola natural”, sino una reacción defensiva ante el avance de la mayoría, del feminismo y de otros movimientos sociales que defienden los derechos humanos y cuya voz y protagonismo han ido ganando espacio. Nombrar al resto de la clase implica sostener dos verdades a la vez, que se dan entre las y los jóvenes, pero no solo ahí. Por un lado, esa minoría que coquetea con el autoritarismo no es un espejismo: muestra miedos e inseguridades que exigen interpretación política, no desprecio. A la vez, alrededor de esa minoría existe una mayoría expectante que observa hacia dónde se inclina el mundo y recibe impulsos opuestos: proyectos de convivencia, igualdad y justicia frente a un intento de restaurar un orden basado en la arbitrariedad y el privilegio, sostenido por una exhibición obscena de la impunidad.

Poner el foco únicamente en la minoría reaccionaria sirve para disciplinar a las mujeres (“cuidado, que os odian”) en lugar de reconocer la autonomía y la fuerza política que la mayoría ya ha logrado. Debemos comprender que estamos en la lógica del backlash y que cada avance genera una contraofensiva. El riesgo no es solo que crezca la minoría reaccionaria, sino que la mayoría permanezca sin ser nombrada y, por tanto, sin ser disputada. Los titulares alarmistas funcionan como profecía autocumplida: si repetimos que “los jóvenes son fachas”, invisibilizamos a los chicos que son aliados y empujamos a los indecisos hacia la reacción por pura identidad de grupo.

La democracia no se defiende solo señalando el peligro, se defiende ampliando lo posible. Por eso, precisamente ahora, es importante que pongamos a buen recaudo el sesgo de negatividad y nos acerquemos a quienes nombran todo y devuelven al centro el deseo mayoritario que apuesta por la convivencia, la igualdad y los derechos humanos sin discriminación. Es momento de nombrar a la juventud que sí cree en los valores, los ideales y los derechos que han traicionado las generaciones adultas que nos han traído hasta aquí, que os hemos traído hasta aquí.

lunes, 2 de junio de 2025

"EL LEGADO DE ELON MUSK ES ENFERMEDAD, HAMBRE Y MUERTE". Michelle Goldberg. The New York Times 31 de mayo de 2025

Hay una publicación de Elon Musk en X, su plataforma de medios sociales, que debería definir su legado. “Hemos pasado el fin de semana metiendo a USAID en la trituradora de madera”, escribió el 3 de febrero. “Podría haber ido a unas fiestas estupendas. En vez de eso, hicimos esto”.

El absurdo plan de Musk para ahorrar al gobierno un billón de dólares reduciendo “el despilfarro, el fraude y el abuso” ha sido un fracaso. El Departamento de Eficiencia Gubernamental afirma que ha ahorrado 175.000 millones de dólares, pero los expertos creen que la cifra real es significativamente inferior. Mientras tanto, según la Asociación para el Servicio Público, que estudia la fuerza laboral federal, los ataques del DOGE al personal gubernamental —sus despidos, recontrataciones, uso de licencias administrativas retribuidas y toda la falta de productividad asociada— podrían costarle al gobierno más de 135.000 millones de dólares este año fiscal, incluso antes del precio de defender las acciones del DOGE en los tribunales. Es posible que el desenfreno de Musk contra la burocracia no haya generado ningún ahorro, y si lo hizo, fue insignificante.

Ahora, la aventura de Musk en Washington llega a su fin, luego de que el desilusionado multimillonario anunciara que abandona el gobierno. “Sin duda es una batalla cuesta arriba intentar mejorar las cosas en DC, por no decir otra cosa”, declaró a The Washington Post.

Sin embargo, hay un lugar en el que Musk, con la ayuda de sus secuaces, logró sus objetivos. Efectivamente, hizo pedazos a la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por su sigla en inglés). Aunque ahora funciona una pequeña operación dentro del Departamento de Estado, el gobierno afirma que ha eliminado más del 80 por ciento de las subvenciones de la USAID. Brooke Nichols, profesora asociada de salud global en la Universidad de Boston, ha calculado que estos recortes ya han provocado unas 300.000 muertes, la mayoría de ellas de niños, y muy probablemente provocarán muchas más de aquí a fines de año. Esto es lo que ha logrado la incursión de Musk en la política.

Los funcionarios de la Casa Blanca niegan que su aniquilación de la USAID haya tenido consecuencias fatales. En una audiencia celebrada en la Cámara de Representantes la semana pasada, los demócratas confrontaron al secretario de Estado Marco Rubio con los informes de mi colega Nicholas Kristof desde África Oriental, que documentaban el sufrimiento y la muerte causados por la retirada de la ayuda. Rubio insistió en que no se han producido tales muertes, pero personas que han estado en el lugar afirman que Rubio miente o está mal informado.

Atul Gawande, administrador adjunto de salud global en USAID en el gobierno de Joe Biden, me dijo que durante un viaje a Kenia la semana pasada, visitó el hospital nacional de referencia. Se ha producido un gran aumento del número de pacientes con síntomas avanzados de VIH, como consecuencia de la pérdida de acceso a la medicación antirretrovírica. En los campos de refugiados de la frontera con Sudán del Sur, la ayuda alimentaria se ha recortado tanto que la gente recibe menos del 30 por ciento de las calorías que necesita. “No es suficiente para sobrevivir, lo que ha disparado los niveles de desnutrición grave y las muertes asociadas a ella”, dijo Gawande.

Al parecer, Musk no previó que para el hombre más rico del mundo sería una mala publicidad quitarle alimentos y medicinas a los niños más pobres del mundo. El Post reportó que Musk no había previsto “la intensidad de la reacción negativa a su papel en la política durante el último año”. Ha estado haciendo una serie de entrevistas que Axios calificó de “gira de rehabilitación de imagen”.

Si hubiera justicia en el mundo, Musk nunca podría reparar su reputación, al menos no sin dedicar la mayor parte de su fortuna a aliviar la miseria que ha engendrado. La estancia de Musk en el gobierno ha revelado graves defectos en su carácter: una crueldad despreocupada y deshumanizadora, y una apatía mortal. Esto debería moldear la imagen que se tenga de él durante el resto de su vida pública.

A veces, Musk se refiere a las personas que desprecia como “PNJ”, un término de los videojuegos para referirse a los personajes que no son controlados por los jugadores y que, por lo tanto, no tienen poder de decisión. Más que un insulto, creo que el término revela algo sobre su visión del mundo. O bien no considera que la mayoría de las personas sean totalmente reales, o bien no ve el sentido de tratarlas como tales. Como le dijo a Joe Rogan este año, “la debilidad fundamental de la civilización occidental es la empatía”, refiriéndose a esta emoción como un “error” de nuestro sistema.

Sin embargo, incluso cuando se enorgullece de su rigor desapasionado, Musk ha demostrado una notable falta de interés por averiguar cómo funciona realmente el gobierno que pretendía transformar. Samantha Power, directora de la USAID bajo el mandato de Biden, me dijo que había intentado hablar con miembros del nuevo gobierno, con la esperanza de convencerles de que había elementos del trabajo de la USAID que podían aprovechar para su propia agenda. Pero, aparte de una reunión con funcionarios de la transición, sus esfuerzos fueron ignorados.

En lugar de eso, Musk pareció derivar su visión de la agencia de los teóricos de la conspiración en X. Allí calificó a la USAID de “operación psicológica política de la izquierda radical” y amplificó una publicación del provocador de derecha Milo Yiannopoulos que la difamaba como “la organización terrorista global más gigantesca de la historia”.

Habría sido fácil para Musk tomar su avión privado a un país como Uganda para ver por sí mismo el trabajo que ha hecho la USAID proporcionando medicinas a personas con VIH o alimentando a los refugiados de Sudán del Sur. En lugar de eso, recurrió a los consejos de los troles de internet y dotó al DOGE de lacayos igualmente ignorantes. “Si escuchas las conversaciones que mantuvo el personal de la USAID con la gente de DOGE, no hay palabra en ningún idioma que refleje el nivel de ignorancia sobre lo que la USAID hizo en realidad”, dijo Power.

Este tipo de descuido intelectual debería hacer que la gente reevaluara su fe en la genialidad de Musk. “Ser presidente no cambia quién eres, sino que revela quién eres”, dijo Michelle Obama. Lo mismo puede decirse, al parecer, de ser el mejor amigo del presidente, aunque sea fugazmente.

sábado, 30 de noviembre de 2024

"MALISMO. La ostentación del mal como propaganda". Mauro Entrialgo, Capitán Swing Libros

Llamamos «malismo» al antiintuitivo mecanismo propagandístico que consiste en la ostentación pública de acciones o deseos tradicionalmente reprobables con la finalidad de conseguir un beneficio social, electoral o comercial. ;Quizás sea en política donde el desarrollo de este fenómeno asentado en la última década en Occidente resulta más llamativo. Una representante pública entiende la destrucción de las infraviviendas de las personas sin hogar como un acto autopromocional. Otra aumenta su aceptación popular tras calificar de «mantenidos subvencionados» a los desfavorecidos afectados por una pandemia. Un alcalde se jacta de que no hará nada en absoluto por aquellos estudiantes y trabajadores que no pueden acceder a una vivienda digna en la ciudad que él gestiona. El insultar a alguna minoría o mostrarse contrario de forma muy agresiva a consensos de mínimos como la justicia social o la Agenda 2030 es hoy en día tendencia en la propaganda política. ;Pero el malismo está también muy presente en cualquier forma de comunicación a pequeña o gran escala. Una compañía aérea se mofa en sus redes sociales de las quejas de sus propios clientes. Los bares de moda ostentan nombres canallitas. En los concursos de televisión son bien recibidas las figuras de poder que humillan a sus concursantes. El nuevo cristianismo neopentecostal que triunfa en nuestros barrios no es ya una supuesta religión de amor sino una de declarado odio al diferente. Soldados sionistas difunden con orgullo pruebas audiovisuales de sus propios crímenes de guerra. ;Lo malote ha dejado de ser solo un sistema ingenioso para vender el producto musical de un grupo de jóvenes punks de barrio o un vídeojuego gamberro. Es ahora una eficiente fórmula publicitaria dominante que, además, no se dirige ya contra los poderosos, sino que es una herramienta común utilizada por estos.

sábado, 22 de junio de 2024

"DEMASIADO TARDE PARA DESPERTAR. ¿QUE NOS ESPERA CUANDO NO HAY FUTURO?". Un libro de Salavoj Žižek

Sinopsis: Žižek reflexiona sobre los retos del presente: de la guerra de Ucrania al ascenso de los populismos.

¿Y si diéramos por hecho que el fin del mundo ya no tiene vuelta atrás? ¿Y si hubiera que empezar a pensar a partir de esa asunción?

Žižek, el filósofo rockstar, analiza los retos del presente con su agudeza, contundencia y dosis de provocación e ingenio habituales: la guerra de Ucrania y la manipulación del lenguaje; Putin, el leninismo y los sueños de la Rusia imperial; los pacifistas melifluos e ingenuos (y en algunos casos muy cínicos); el ascenso de los populismos; la situación de Palestina y los dobles raseros; el calentamiento global; la cultura woke y sus derivas; el caso Assange…

Filosofía de urgencia para pensar no el futuro y sus utopías, sino el presente y sus desgarros. Reflexiones iluminadoras y nada acomodaticias para desentrañar las trampas del mundo en que vivimos. Una invitación a repensar nuestra realidad.

"ESCLAVOS EN LA SIERRA TARAHUMARA (México). Equator.org

Agentes de la Fiscalía General del Estado de Chihuahua en una operación de búsqueda en un campo de trabajo forzado abandonado, controlado po...