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viernes, 17 de julio de 2026

"La catástrofe moral de los tecnomagnates totalitarios: nos roban los datos, nos roban la democracia". Shoshana Zuboff, El País

SR. GARCÍA
Un grupo de caciques corporativos son los responsables del colapso democrático al que asistimos a escala mundial. Con sus algoritmos han conseguido que los ciudadanos naveguemos en un lodo informativo mientras los líderes políticos improvisan ante cada nueva crisis. Cuando las prácticas empresariales entrañan un coste moral y humano inaceptable, hay que abolirlas. Se hizo con el trabajo infantil. Y con la esclavitud

El 10 de noviembre de 2019, la presidenta electa de la Comisión, Ursula von der Leyen, viajó de Bruselas a Berlín para entregarme el Premio Axel Springer por La era del capitalismo de la vigilancia. Parecía consciente de la importancia histórica de aquel momento en el que Europa era la única fuerza geopolítica capaz de frenar la caída precipitada hacia la distopía digital.

“Creemos que lo más importante es el ser humano. Europa pone los valores, los derechos, la confianza y el Estado de derecho por delante de todo lo demás, y eso debe valer también para la estrategia europea en la era digital. Para nosotros, las nuevas tecnologías nunca significarán nuevos valores… Las personas somos, ante todo, ciudadanos, dotados de derechos y con el control de nuestra propia vida… Tanto en el mundo analógico como en el digital…”.

La presidenta electa era consciente de que las demás grandes potencias iban a pulverizar esos valores. “En EE UU, el mercado es tradicionalmente lo más importante… En Asia, el Gobierno tiende a dominar y el individuo tiene que aceptar un papel subordinado al del grupo. Rusia exige a los proveedores de internet que instalen equipos de red capaces de identificar el origen del tráfico y filtrar contenidos”. “Por el contrario”, subrayó, “Europa tiene una larga tradición de equilibrio entre el poder del Estado y el del mercado y, al mismo tiempo, otorga una prioridad especial al individuo. Esa es la gran ventaja de Europa a la hora de dar forma a la era digital. Y todavía no es demasiado tarde. Por supuesto, el progreso no está garantizado. Hay que seguir trabajando”.

Recuerdo el ambiente que se respiraba en la sala después de sus palabras. El viento helador azotaba las ventanas que dominaban la ciudad, pero allí dentro compartíamos una sensación de esperanza, calidez y solidaridad al ver que la mujer que iba a presidir la UE comprendía verdaderamente la importancia y la oportunidad que ofrecía esta próxima gran transformación. También nos tranquilizó ver que comprendía que la UE era la única de las grandes potencias que había institucionalizado y estaba dispuesta a actuar en defensa de los valores, derechos y leyes capaces de forjar un siglo democrático y digital para Europa y para todos los que, en todo el mundo, están desesperados por huir de la distopía. CONTINUAR LEYENDO

martes, 15 de abril de 2025

"LA TRAMPA DEL 'SIN ELLOS' ". Najat El Hachmi, El País 11 ABR 2025

La dignidad de los inmigrantes no debería basarse en si son útiles a la economía

En los vídeos de la campaña Sin ellos de la Sexta aparecen grupos de trabajadores de distintos sectores de los que se van los inmigrantes, dejando así un notorio vacío. Su objetivo es contrarrestar los discursos xenófobos mostrando lo necesarios que son los extranjeros. El problema es que este discurso entraña una trampa peligrosa. Muchos de los llamados “ellos” no son, de hecho, “ellos” sino “nosotros” dado que hace décadas que vienen “ellos” y hay muchos “ellos” que se sienten parte del “nosotros”. A mi madre la siguen considerando de “ellos” porque viste como “ellas”, a mi hijo mayor lo tienen por uno de “ellos” porque su pelo es rizado, a mi hija pequeña porque lleva mi apellido. Tengo amigos y conocidos que son arrinconados a esa marca hispánica que separa y aísla a pesar de que ni han conocido lo que hay más allá de sus confines ni se han tenido nunca por extranjeros. Pero el tema ni siquiera es ése, el tema es que las libertades, los derechos humanos y el lugar que ocupamos en el mundo, nuestra dignidad no debería ser establecida en base a si somos o no útiles para la economía, meros instrumentos a su servicio. Los valores democráticos deberían ser defendidos por encima del mercado y sus necesidades.

¿No se dan cuenta los que repiten una y otra vez que “ellos” vienen a cuidar de “nuestros mayores” que están justificando nuestra existencia mientras estemos dispuestos a cambiarles los pañales a sus abuelos? ¿No ven que degradan así los dos sujetos que forman la ecuación “ellos que cuidan de nuestros abuelos” porque transmiten la idea de que hay que aceptar que sean “ellos” quienes vengan a ocuparse de las tareas que nadie más quiere hacer? ¿Qué pasará el día que ningún inmigrante quiera cuidar abuelos o recoger la fruta o limpiar casas? ¿Entonces nos parecerá aceptable que sean detenidos y encarcelados sin haber cometido delito alguno, sin juicio ni sentencia? ¿Toleraremos que se apliquen normas discriminatorias específicas para los “ellos” que sobren? Pues yo les digo que sí, porque eso es lo que pasó después de la crisis de 2008: que los primeros expulsados del mercado laboral fueron inmigrantes que al dejar de ser trabajadores perdieron sus derechos. Aunque esa historia no la conoce nadie, porque si algo tienen “ellos” es que casi nunca se les permite hablar en primera persona. Otros deciden si son útiles o no, si merecen existir o no en función de si son productivos o no. De si, como ha dicho el Defensor del Pueblo, son “la solución”.

lunes, 30 de mayo de 2022

"IMPUESTOS O LIBERTAD' ¡QUÉ GRAN FALACIA". Por José María Izquierdo, elDiario.es, 28/05/2022

No caerá José K. en el falso enfrentamiento de la guerra de cifras, tan cara a los contables de la desvergüenza liberal. Esa es su especialidad, tergiversar datos, embarullar con cifras sacadas de contexto, llenar de barro el terreno de juego de una discusión pretendidamente limpia

Anda José K. estos días dando vueltas como una peonza en su estrecho tabuco, obsesionado con una única cuestión. Vencimos al Covid, se dice, superamos Filomena, nos salvamos del volcán, llevamos mal, muy mal, la maldita guerra de Putin, e incluso sobrevivimos a Pablo Casado. ¿Pero qué tengo que hacer ahora para que no me pille la viruela del mono, que todas las noches me despierto temblando cuando escucho en las escaleras aquellos sonidos inconfundibles que oías en el zoo, producido por las manadas de simios que se agolpan a mi puerta? ¿No es terrible lo que nos está pasando? ¿También nos odian los monos? ¿Va a ser así, un dolor, un miedo, un agobio lleno de murciélagos, aludes, lavas ardientes y bichos peludos lo que me queda por pasar en mi penosa vejez?, se queja muy quedo nuestro hombre, lastimero en su jergón.

Y luego está la política. Goza José K. de la existencia de una red pública de bibliotecas que son un primor, camellos que son de su droga habitual, los libros. Un servicio gratuito, como tantos otros, llovidos desde el cielo gracias a los impuestos, palabra que aquí aparece ahora como mero aperitivo para animar a leer las líneas siguientes. Aun así, y mientras trata de sobrevivir a las zanjas y socavones con las que destroza Madrid el alcalde Martínez-Almeida, muy primo de sus primos, nuestro hombre no ha perdido la inveterada costumbre de tomarse todo el tiempo que le sobra ante los escaparates de las librerías que van quedando en su barrio. Consciente de que su magra pensión apenas si le permite una alegría literaria de tiempo en tiempo, gusta de fijarse en las portadas de las novedades, y se entretiene, como Carpanta cuando veía las fotos de los pollos asados, haciendo para sí la crítica del ejemplar del que solo conoce portada -estética- y título-semántica-.

Hoy le ha llamado la atención un ejemplar en concreto, bien situado en los primeros estantes, se conoce que alguien ha tenido buen cuidado de promocionarlo. El encabezado ha sido como un latigazo, un puñetazo en el plexo solar, un rayo que le ha dejado medio conmocionado. Tres veces ha tenido que leer el título, porque la dicotomía que allí se planteaba le parecía tan aberrante que le costaba asumirla: “Impuestos o libertad”, se titula la obrita de un connotado ultraliberal, Ignacio Ruiz-Jarabo, quien fuera director de la Agencia Tributaria con Aznar, 386 páginas, 23 centímetros de alto, 15 de ancho, 2,20 de grueso y con un peso de 650 gramos.

¿Alguna otra firma relevante en este tomito? Sí, sí, la prologuista, nada menos que Isabel Díaz Ayuso. Desparrama la reina del vermú sabiduría y erudición en su riquísimo texto, que todo el mundo que la ha oído alguna vez balbucear en público sabe de su gnosis, de sus enciclopédicos saberes y su rigurosa preparación científica, desgrana nuestro hombre, rojo de vergüenza -¿o es ira?-, asombrado ante tales imposturas. Ahí es nada el tanto que se ha apuntado el autor. ¡Toda una Premio Nobel de prologuista!

Las mentiras. Las grandes mentiras de la derecha. ¡Con qué facilidad se imponen esos falsos elefantes que señalaba Lakoff en mitad de las discusiones serias! Porque esta bazofia de la injusticia de los impuestos, no una discusión lógica y pertinente sobre éste o aquél, no tal o cual importe, no si es excesiva o suficiente esa tasa concreta, no, sino la mismísima figura de tener que pagar al Estado, pilar indiscutible en la búsqueda de una sociedad más justa, más equilibrada, es la penúltima barbaridad teórica que la derecha -y la extrema derecha, si diferencia hubiera entre ellas- intenta vendernos como marco de discusión, frunce el ceño José K. harto de que intenten ahogarle, una y otra vez, engullendo ruedas de molino.

¿De verdad es posible discutir en serio, rigor intelectual encima de la mesa, sobre la contraposición entre pagar impuestos y ser libres? ¿Aceptamos entonces que solo pueden gozar de ese regalo los integrantes del pueblo Caxinauá, una de las últimas tribus descubiertas en el Amazonas, desconocedoras, en efecto, del Impuesto de Bienes Inmuebles? ¿O, sensu contrario, que los dos mil millones de habitantes de América y Europa sufren un oprobioso régimen de esclavitud porque pagan, un suponer, su correspondiente IRPF? ¿Qué estupidez es ésa?, grita nuestro hombre.

El mantra de los impuestos es bien conocido y el mismísimo Núñez Feijóo se estrenó con la monserga: bajada de impuestos, bajada de impuestos, bajada de impuestos. La consigna la repitieron sin inmutarse Díaz Ayuso o Moreno Bonilla, meros bustos parlantes de lo que mandan quienes de verdad dictan sus políticas económicas. No caerá José K. en el falso enfrentamiento de la guerra de cifras, tan cara a los contables de la desvergüenza liberal. Esa es su especialidad, tergiversar datos, embarullar con cifras sacadas de contexto, llenar de barro el terreno de juego de una discusión pretendidamente limpia, ¿qué hay más exacto que los números, dicen cuando ya han transmutado todas sus mentiras en guarismos? No, no, cualquiera que quiera encontrar la diferencia de presión fiscal entre los países europeos puede hallarla fácilmente en Google. Sabrá así que Alemania, Francia, Bélgica, Italia, Austria, Finlandia, Dinamarca, Suecia, etcétera, superan en presión fiscal a la ahogada España, estos socialistas insaciables.

Y ya puestos, si teclea gastos en sanidad, va a resultar que prácticamente, casi un calco, son esos mismos países los que más inversión hacen para cuidar la salud de sus ciudadanos. Igual ocurre, ya ven qué sorpresa, si lo hacemos con educación o atención a la dependencia. Así que no sigamos en esa senda estéril, que ellos, los anti impuestos, saben perfectamente de qué hablamos. Simplemente, no les hagamos ni caso. Desde luego al PP, pero menos a Vox, plan demente en su programa.

Porque toda esa propaganda es pura farfolla. Será innecesario razonar con ejemplos históricos o citas de mil y un economistas. Tampoco les repetiremos, se los saben de memoria, los razonamientos de multimillonarios galácticos como Warren Buffet o Bill Gates, reclamando que los Estados les cobren más impuestos para hacer una sociedad más justa. Porque se trata de política y de ideología, no nos enredemos en sus documentos de Excel. Ellos saben perfectamente para qué sirven los impuestos. Cómo no van a saberlo, si los necesitan igual que usted y que yo, les recuerda José K., presto a exponerles algunos ejemplos. Den gracias a esos impuestos que ustedes quieren suprimir, falsos profetas, para que el hospital público de la zona atienda a su padre, a su primo segundo o a su tío del pueblo del cáncer de vejiga. O dé acceso prácticamente gratis a la Universidad a sus hijos, a sus sobrinos o a los hijos de sus vecinos, esos zánganos que nada estudian, allí donde obtendrán esos títulos que les permitirá seguir mandando en esta sociedad clasista. Incluso en aquella residencia de ancianos, subvencionada gracias a los impuestos que otros hemos sabido defender, podrán ustedes alojar a su abuela o a la abuela de sus cuñados, los de la barbacoa, sí. ¿Se lo repito?, pregunta chulesco José K., convencido como nunca de la rectitud de sus ideas.

La dicotomía no es libertad o impuestos. La verdadera elección es si ustedes quieren una sociedad igualitaria -equilibrada, cuando menos- o que sigan arriba los de siempre y abajo, machacados, los que nunca dejan de sufrir. La pregunta es si ustedes, les interpela José K. con la vena en el cuello, están dispuestos a quitarse un trozo de filete para que otros coman pizza. Si ustedes quieren pagar un impuesto por el casoplón para que haya viviendas sociales; si están dispuestos a aportar de sus descomunales emolumentos, un millón, dos millones, tres millones de sueldo al año para que se pueda instaurar un salario mínimo decente. Esto es, decidir si a estos ultraliberales de postín les interesa la salud, la educación o la dignidad del resto de sus conciudadanos. ¿Demagogia? La mínima para que ustedes, sordos como son a la sensibilidad de millones de ciudadanos, dice nuestro hombre, entiendan los razonamientos de quienes buscan una sociedad más justa.

Decíamos, y reiteramos, las mentiras de la derecha y sus hermanos siameses, la ultraderecha. Porque cuando hablan de la “gran sustitución”, esa falacia distópica, en realidad están hablando de racismo, de no queremos mexicanos, moros o africanos. Cuando se oponen con fiereza a cualquier atisbo de libertad sexual, LGTBI, no es no y sí es sí, por ejemplo, o hablan del aborto, lo hacen del mantenimiento de la ideología patriarcal de las muy reaccionarias iglesias, curas, papas y obispos de distintas sotanas, gorros y otros adminículos que nos señalan a los brujos de la tribu. Y cuando se niegan a pagar impuestos para ser libres, lo que de verdad nos están diciendo es allá se las ventilen ustedes, no haber sido pobres.

José K. les replica: canallas, cobardes, sinvergüenzas.

jueves, 12 de mayo de 2022

"SUBIDAS DE LOS TIPOS DE INTERÉS: BIENVENIDOS A LA PRÓXIMA RECESIÓN". Por Tomás (5/05/2022)

 


La Reserva Federal es la autoridad monetaria de Estados Unidos y a ella se le encomienda que controle y supervise el sistema financiero y que ejecute la política monetaria con un doble objetivo: la estabilidad de los precios y alcanzar el pleno empleo.

Otros bancos centrales, como el europeo, solo tienen como objetivo controlar la subida de precios.

Sin embargo, estamos viviendo la inflación más alta de los últimos cuarenta años y, hasta ahora, prácticamente no han tomado ninguna medida.

Primero dijeron que ere muy pasajera y cuando comenzó a alargarse, no hicieron nada.

¿Cómo es posible que, teniendo todo el poder y estando siempre tan seguros de lo que dicen, no han evitado esta subida de precios tan grande?

Muy sencillo.

Su comprensión de la inflación está equivocada. Se sostiene sobre presupuestos falsos.

Creen que los precios suben porque hay demasiado dinero en circulación y que, por tanto, lo que hay que hacer para frenarla es retirar dinero. Algo que básicamente se supone que pueden conseguir subiendo su precio, es decir, los tipos de interés.

¿Por qué no los han subido ahora?

Pues justamente porque saben perfectamente, sin ningún lugar a dudas, que la inflación se debe a otras causas y no a las que ellos han defendido siempre.

Concretamente, los precios están subiendo debido a la escasez en la oferta de bienes después de la pandemia, a problemas de suministro tras la invasión de Ucrania y al gran poder de grandes empresas que suben injustificadamente sus márgenes.

Los bancos centrales saben perfectamente que, si suben los tipos de interés, no van a resolver esas causas de la subida de precios.

Lo único que se conseguiría subiéndolos sería encarecer la inversión y el consumo a crédito, es decir, frenar las ventas, el empleo y la actividad económica en general: hundir a las economías.

Lo saben y por eso no han hecho nada.

Ahora bien. Lo malo es que, si no hacen nada, los sujetos económicos pensarán que, sin medidas contra la inflación, la inflación va a ser inevitable. Y eso hará, curiosamente, que efectivamente haya inflación.

¿Qué podrían hacer los bancos centrales y el resto de las autoridades económicas?

Reconocer que están equivocados.

Que tienen una idea sobre la inflación equivocada y que, en estos momentos, no sirve de nada subir los tipos de interés porque el roto que van a provocar será peor que el descosido que quieren arreglar.

Lo que hay que hacer es llevar a cabo inversiones urgentes para ampliar la oferta, intervenir sobre los mercados energéticos y de materias primas en donde la concentración de capitales está aumentando los márgenes y haciendo que suban los precios innecesariamente, acabar con las burbujas especulativas que están provocando subidas de precios que se trasladan al resto de la economía.

En lugar de eso, la Reserva Federal, y luego vendrán los demás grandes bancos centrales, ha optado por comenzar a subir los tipos de interés, a pesar de que los estudios que se están haciendo señalan (aquí) que, aunque los subieran hasta el 3% a finales de este año, los precios solo bajarían 0,4 puntos: ¡nada!

Han puesto en marcha el brazo tonto de la política monetaria. La Reserva Federal va a provocar una recesión en Estados Unidos y detrás de ella irá la del resto de los países.

Tiempo al tiempo.

martes, 15 de febrero de 2022

"AFROTOPÍA". Un libro de Felwine Sarr.

 África no tiene que alcanzar a nadie, no tiene que imitar a nadie. Suyo es el futuro y eso le exige abstenerse de la competencia, de ese infantilismo con el que las naciones se miden para ver quién ha acumulado más riquezas, aparatos tecnológicos, sensaciones fuertes, sin plantearse que esta irresponsable carrera pone en peligro las condiciones sociales y naturales de la vida humana. Necesita lograr su descolonización a través de un encuentro fecundo consigo misma. En treinta y cinco años, la población africana representará un cuarto de la humanidad. Un peso demográfico y una vitalidad que inclinarán los equilibrios sociales, políticos, económicos y culturales del planeta. Afrotopía no es un dulce sueño. Es una utopía activa que pretende sacar a la luz los vastos espacios posibles de las realidades africanas y fecundarlos; es conducir a la humanidad a un nivel superior.

ÁFRICA NO ES UN PAÍS


viernes, 17 de diciembre de 2021

"LOS BANCOS CENTRALES EN EVIDENCIA". Un artículo de Juan Torres López publicado en Público.es el 10 de diciembre de 2021

Los índices de precios están alcanzando los niveles más altos de los últimos treinta años ante la pasividad de las instituciones que nos habían asegurado que son las únicas que podrían evitarlo, los bancos centrales.

A ellos se les encomendó garantizar la estabilidad de los precios y para conseguirlo reclamaron y consiguieron todos los privilegios y competencias posibles: disponen del personal más cualificado y bien retribuido que constantemente nos está diciendo que sabe lo que va a ocurrir en nuestras economías, ahora y en el futuro; son plenamente independientes para diseñar y ejecutar la política monetaria; tienen poder ilimitado para crear dinero y un control prácticamente absoluto sobre todo lo que ocurra en el sistema financiero.

Sin embargo, los bancos centrales no han sido capaces de prever que los precios se iban a disparar. Y, lo que es mucho peor, no pueden hacer nada para evitarlo, salvo subir tipos de interés y dejar de financiar a los gobiernos (directamente o por la puerta de atrás), dos medidas que provocarían un destrozo descomunal en todas las economías sin que sea seguro que frenasen la inflación actual.

La explicación de por qué los bancos centrales están resultando tan incompetentes para evitar un episodio de inflación tan preocupante, por su magnitud y por el momento en que se produce, es bastante fácil: el fundamento de su actuación está plagado de falsedades sobre el funcionamiento real de las economías y la naturaleza de la inflación.

Los bancos centrales asumieron la tesis monetarista y combaten la inflación como un fenómeno de raíz exclusivamente monetaria, es decir, tan solo provocada por un exceso de dinero en circulación y/o de la demanda de dinero. En consecuencia, suponen que para evitarla simplemente hace falta subir el precio del dinero, los tipos de interés.

Es cierto que esto último podría conseguirse si la inflación está ocasionada por un exceso de demanda pues resulta probable que, con financiación más cara, disminuyan el consumo y la inversión. Pero también lo es que, si se hace eso, se provoca un freno considerable de la actividad económica que trae consigo desempleo, una enorme caída de la inversión y de la vida empresarial y un gran aumento de la deuda. Es lo que han hecho en las últimas cuatro décadas casi todos los bancos centrales (unos, como el Banco Central Europeo, más que otros): tratar de bajar la fiebre del enfermo quitándole la vida.

La realidad es que la inflación no es un fenómeno exclusivamente monetario, sino que tiene que ver con la pugna entre los sujetos económicos por la percepción de rentas en los mercados de bienes y servicios y por eso no se le puede hacer frente solo con una medida monetaria.

Por otro lado, el propio comportamiento de los bancos centrales multiplicando la oferta monetaria en los últimos trece años sin que subieran los precios desmiente otro supuesto erróneo que sostiene su política monetaria. Aumentar la masa monetaria no tiene por qué provocar inflación si los medios de pago no llegan a las empresas y familias o si, llegando, hay oferta suficiente.

Otro supuesto erróneo que se utilizó para justificar la independencia de los bancos centrales centrados en el objetivo de la estabilidad de precios fue que los gobiernos son, por definición, manirrotos e incapaces de llevar a cabo políticas fiscales de contención del gasto. La experiencia también ha demostrado que si alguna institución no ha tenido límite a la hora de gastar dinero en fines que no está del todo claro que hayan sido los convenientes (como salvar a bancos quebrados por su gestión irresponsable o enriquecer sin límite a los grandes propietarios) han sido precisamente los bancos centrales.

E igualmente se ha comprobado que se trataba de una auténtica ingenuidad (por no llamarla directamente mentira) establecer como punto de partida que los mercados financieros son estables y los que han de disciplinar a los gobiernos y empresas que no actúan convenientemente, razón por la cual se estima que deben ser quienes los financien y no los bancos centrales. La evidencia absoluta es que los mercados financieros son justamente lo contrario, muy inestables e indisciplinados; no los que pueden imponer disciplina sino quienes la pierden constantemente.

Y, por último, es otra auténtica falacia considerar que la política monetaria que llevan a cabo los bancos centrales es una misión técnica y ajena a la controversia política. La realidad también muestra sin lugar a dudas que las medidas que toman tienen un efecto muy desigual sobre el patrimonio y las decisiones económicas de los sujetos, es decir, que son tan políticas como puedan serlo las medidas fiscales que adoptan los gobiernos.

La consecuencia de todos esos errores y falsedades es que los bancos centrales han venido actuando como fuentes de rentas financieras extraordinarias para determinados grupos sociales mientras que frenaban constantemente la actividad productiva de las empresas y el bienestar de los hogares y provocaban el aumento de la deuda. No han conseguido alcanzar ningún objetivo positivo: la subida muy limitada en los precios que se ha producido en las últimas tres décadas no es un tanto que se puedan apuntar como propio los bancos centrales. Se debe, realmente, a la globalización que ha permitido la entrada en el mercado de docenas de millones de trabajadores asiáticos con salarios de miseria, a la desindustrialización y al debilitamiento del poder sindical. Lo que sí provocaron los bancos centrales, como he dicho, fue que las fases de recesión fuesen más acentuadas y eso ha hecho que durante muchos años no hayan tenido que luchar contra la inflación sino contra la deflación, la bajada de precios como consecuencia de la falta de empuje de las economías.

No se trata de simples equivocaciones. Son mentiras porque, como dijo Joseph Stiglitz en su artículo Mentiras graves sobre los bancos centrales, estos asumieron estos principios «justo cuando los testimonios empíricos estaban desacreditando las teorías en que se basaban».

Ahora pagamos las consecuencias. Los bancos centrales están paralizados porque no disponen de medidas eficaces para hacer frente a subidas de precios que están provocadas por desajustes en la economía real y no por causas monetarias. ¿Para qué va a servir que suban los tipos de interés cuando los precios aumentan porque las cadenas de suministro están bloqueadas? ¿Cabe pensar que el aumento de costes financieros provocado por tipos más elevados no se va a trasladar a los precios?

La combinación de la crisis industrial global manifestada ya antes de la pandemia y los efectos de esta última han dejado desnudos a los bancos centrales. El armamento ideológico que los ha pertrechado desde que son independientes les impide enfrentarse con eficacia a la inflación cuando no nos podemos permitir que se aborte la recuperación ya de por sí débil y problemática en la que estamos.

Centrarse ahora en la inflación olvidando la necesidad de crear empleos y de evitar nuevas crisis empresariales es suicida; hacerle frente con medidas exclusivamente monetarias cuando proviene principalmente de un bloqueo de la oferta y del poder sobre el mercado de grandes oligopolios es un dislate; dejar que la imprescindible financiación pública de la inevitable transición eco-digital que se acerca quede en manos de los mercados es dinamitarla; seguir haciendo una política monetaria que concentra la riqueza y aumenta la desigualdad sin cesar es incendiario.

Urge cambiar el estatuto de los bancos centrales y la orientación de la política monetaria para hacer frente a la situación actual y al futuro económico más inmediato. Es imprescindible establecer que no persigan la estabilidad de precios como único objetivo sino también la generación de actividad productiva y el empleo, la sostenibilidad y la equidad; deben asumir la financiación de los gobiernos para frenar el crecimiento de la deuda pública y hacer posible la inevitable transición ecológica y digital que se avecina; han de liderar planes de reestructuración de la deuda acumulada a causa de la pandemia; deben actuar coordinadamente para conseguir el buen funcionamiento del conjunto de las políticas económicas; y han de actuar sometidos al debate y escrutinio público porque no toman decisiones técnicas sino tan políticas como las que adoptan los gobiernos.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

LOS HALCONES VUELVEN A VOLAR PARA DEFENDER LOS INTERESES DE SIEMPRE. Un artículo de Juan Torres López publicado el 3.12.21

Los medios de comunicación europeos están llenos de declaraciones de políticos y economistas alemanes reclamando el recorte del gasto y de las políticas de financiación que viene llevando a cabo el Banco Central Europeo. El próximo ministro de Finanzas alemán, Christian Lindner, pide acabar con la “orgía de la deuda” y el influyente economista Hans-Werner Sinn exige el “fin del dinero gratis” en un artículo reciente. Aunque el acuerdo de gobierno tripartito recién firmado contempla algunas propuestas genéricas sobre la necesidad de reformar las reglas europeas de estabilidad fiscal, el clima que se está generando en el país que define el rumbo de las políticas europeas va claramente en la dirección que apuntan estos economistas, sobre todo, cuando la subida de precios está empezando a desbocarse en Alemania. Lindner lo va dejando claro en sus sucesivas declaraciones: la hoja de ruta debe ser contención del gasto, bajada de impuestos, reglas fiscales para no desbocar el déficit público, limitar los programas masivos de compra de deuda pública del BCE y subidas de tipos de interés para frenar la inflación.

Aparentemente se trata de medidas sensatas y con objetivos loables pero la experiencia ha demostrado, lamentablemente, que detrás de ellas solo hay prejuicios ideológicos, ventajas asimétricas para Alemania en perjuicio de la mayoría de los demás países europeos, y que, aplicadas mal y en momentos inadecuados, no generan actividad económica ni reducen la deuda en el conjunto de Europa sino justamente todo lo contrario.

Las reglas de estabilidad presupuestaria que defienden los llamados halcones europeos se basan en criterios puramente arbitrarios que no tienen base científica alguna.

El primer gran error de estas reglas es que se mantienen inalterables sea cual sea la fase del ciclo en la que se encuentre la economía. Tienen el mismo efecto que el de un conductor que circula a la misma velocidad y sin mover el volante en cualquier tipo de carretera, subiendo, bajando, con curvas o sin ellas: terminar estrellándose.

Las reglas fiscales deben ser «contracíclicas», es decir, cambiantes según la coyuntura, diseñadas para poder impulsar la economía cuando esta se detiene o frenarla cuando se acelera demasiado. Y tampoco pueden ser iguales, como ocurre en Europa, las reglas de estabilidad que se apliquen a los gastos corrientes, del día a día, y a los de inversión.

El segundo error es haber establecido un límite del 3% del PIB a los déficit públicos que, además de lo anterior, es arbitrario y sin fundamento.

En mi libro Economía para no dejarse engañar por los economistas expongo cómo llegó a establecerse en Europa, según lo reconoció Guy Abeille, uno de los dos funcionarios franceses que inventaron la regla en 1981 (la historia se cuenta aquí)..

El director de Presupuestos les pidió que proporcionaran al presidente Mitterand alguna “regla sencilla que suene a economista y que pueda ser utilizada contra los ministros que desfilan por su despacho para pedirle dinero”. Abeille reconoció que ni él ni su compañero de despacho, Roland de Villepin, tenían la más remota idea de qué tipo de regla se podía utilizar con ese fin, porque no existía, y explicó que, por descarte, llegaron a la conclusión de que lo mejor sería una tasa sobre alguna magnitud y que finalmente decidieron que esta fuese el PIB. ¿Por qué el 3% y no otro porcentaje? También lo contó Abeille: “el 1% era magro y de cualquier manera no sostenible… el 2% sería inaceptablemente restrictiva… y entonces, bueno, creímos que esta cifra, el 2% del PIB, tendría algo de plano, casi como fabricado. Mientras que el tres es una figura sólida que tiene detrás de él precedentes ilustres (…) un amplio eco en la memoria común: las tres Gracias, la Trinidad, los tres días de la resurrección, los tres órdenes de la alquimia, la triada hegeliana, las tres edades de Augusto Compte, los tres colores fundamentales, el acuerdo perfecto… la lista es infinita…».

La propuesta gustó al ministro de Presupuesto, Laurent Fabius, y a Miterrand, este la presentó públicamente, los alemanes la hicieron suya… y terminó establecida como una regla objetiva y sensata en los tratados europeos. Más tarde, hasta el presidente del Instituto Monetario Europeo, Alexandre Lamfalussy, reconoció su naturaleza: «Los gobernadores son gente demasiado honesta y que saben que los criterios son arbitrarios. Yo jamás habría aceptado cifras de este género. Pero estoy contento de que los políticos lo hayan hecho».

Tampoco tiene fundamento científico ni empírico alguno la otra regla fiscal numérica, limitar el crecimiento de la deuda al 60% del PIB. No hay absolutamente ninguna prueba que permita afirmar que ese porcentaje es más conveniente que el 30%, el 100% o cualquier otro. ¿Acaso la economía europea en su conjunto se desempeña mejor y es más competitiva que la de Estados Unidos por tener un porcentaje de deuda pública mucho más bajo (100% del PIB en la Eurozona y 93% en la UE, frente al 134%)? El intento de hacer creer que más deuda pública implica menor crecimiento económico ha sido un fiasco. La ultima vez, se descubrió que los datos que pretendían demostrarlo tenían errores y que se utilizaron los que más convenía para llegar a esa conclusión preestablecida (lo explico aquí).

El cuarto gran error que hay detrás de la exigencia de los halcones es que se centran en la deuda pública y olvidan la privada y la exterior.

El auténtico problema que viene sufriendo Europa es que la unión monetaria está mal diseñada a propósito, con el fin de que Alemania pueda seguir manteniendo superávits comerciales constantemente. La explicación de por qué es así se entiende fácilmente.

Alemania tiene una economía muy potente y de base exportadora que tradicionalmente genera superávits comerciales con el exterior. Si tuviera moneda propia, su excedente comercial provocaría una apreciación de su divisa, pues habría mucha demanda de ella para comprar los productos alemanes. Pero, al apreciarse, sus exportaciones serían menos competitivas y eso reduciría su superávit. No lo podría mantener constantemente sin un altísimo coste interno. Sin embargo, en una unión monetaria como la del euro, la cotización de la moneda no depende, lógicamente, del exclusivo saldo comercial de cada país, sino del registrado conjuntamente por todas las economía que la componen. En consecuencia, la existencia de déficits (y, por tanto, de deuda pública y privada para pagarlos) de los países del sur no es, en realidad, un inconveniente para Alemania, como nos quieren hacer creer. Todo lo contrario, es lo que le permite compensar sus superávits y poder registrarlos constantemente sin tener que «pagar» los efectos de la apreciación de la moneda que se produciría sin moneda única. Y no solo eso. Los déficits del sur también le proporcionan a Alemania la oportunidad de hacer buenos negocios dedicando sus excedentes a financiarlos, como ocurrió hasta que estalló la crisis de 2007-2008.

Lo trágico es que con la excusa de que los países del sur tienen deuda se les han impuesto políticas de desmantelamiento industrial y de recorte de impulsos de gasto que lo que han producido es justamente una caída de actividad y de ingreso y, por tanto, mayor endeudamiento y déficit… tal y como interesa a Alemania que ocurra.

Los ideólogos de la austeridad reclaman el final de los déficits pero lo que se persigue, en realidad, es que unos países los registren para que otros puedan tener superávits constantes que no podrían mantener en condiciones tan favorables con una moneda propia.

Lógicamente, los responsables de todo esto no van a reconocer ni su verdadero interés ni la arbitrariedad en que se basan las reglas que imponen. Para justificarlas difundan la idea de que en los países del sur trabajamos menos, algo manifiestamente falso, o que tiramos el dinero, endeudándonos sin necesidad.

Yo no voy a defender a los gobiernos que han dilapidado recursos programando inversiones que no interesaban más que a sus constructores y a los bancos que las financiaban. He defendido siempre la mayor moderación posible en el uso de los recursos y en el gasto público y privado, la plena transparencia y el control permanente acompañado de sanciones mucho más efectivas y ejemplares contra la corrupción. Pero esto es una cosa y otra no tener presente que el incremento incesante de la deuda en Europa tiene el fin que acabo de mencionar y otras causas a las que no se suele hacer referencia.

En primer lugar, las políticas de desindustrialización y de frenazo a la actividad que se vienen imponiendo con la excusa de combatir la inflación. Cuando se bloquean las fuentes de generación de ingresos de una economía, como ha ocurrido en la Unión Europea, es normal que los hogares, las empresas y las administraciones se endeuden constantemente. Insisto: como interesa a Alemania y a los bancos.

En segundo lugar, el debilitamiento constante de las políticas de ingresos públicos y consentir la existencia de paraísos fiscales para que las grandes fortunas y grandes corporaciones paguen cada vez menos impuestos.

En tercer lugar, la prohibición de que el banco central financie a los gobiernos, dejando a estos en manos de la que proporcionan, con un coste mucho más elevado, los bancos privados. Los datos de Eurostat muestran que, desde 1995, prácticamente la totalidad del incremento de deuda pública registrado en la eurozona (96,6%) se debe al pago de intereses. Este es el auténtico despilfarro de recursos.

Los halcones dicen que quieren acabar con la deuda pero la realidad es que las políticas que defienden son las que han hecho que se dispare en el conjunto de Europa porque mantenerla como motor de la economía europea es lo que conviene a Alemania y a otras economías excedentarias y a la banca que tiene como negocio su incremento continuo.

Poner fin ahora a los programas de recuperación, dejar de nuevo la financiación de los gobiernos en manos de los fondos especulativos y, sobre todo, subir los tipos de interés cuando los precios están subiendo por bloqueos en la oferta, como defienden los halcones, provocaría una catástrofe económica en Europa. Algo que no es descartable que ocurra porque la ceguera ideológica y la prepotencia hace tiempo que se adueñaron de la derecha que defiende al poder económico y financiero en el viejo continente.

Eso no quiere decir que lo que se esté haciendo sea lo correcto. Se están poniendo en marcha programas de recuperación que vuelven a dar más poder a los oligopolios para reproducir el modelo, generar nuevas burbujas y aumentar la deuda privada. La financiación del Banco Central Europeo es necesaria pero se está haciendo de forma insensata porque está generando un endeudamiento insostenible de los gobiernos. Y no se está haciendo absolutamente nada para evitar que se produzca una espiral inflacionista.

Los halcones europeos levantan de nuevo el vuelo dispuestos a convertir otra vez a Europa en un pato borracho que será arrastrado por la tormenta que se nos viene encima. Pero el resto tampoco está haciendo bien la tarea. Comenzaremos pronto a sufrir las consecuencias.

martes, 2 de noviembre de 2021

PARA LAS GRANDES FORTUNAS YA NO HAY PANDEMIA: LOS RICOS SE HACEN MÁS RICOS. Los millonarios españoles ven aumentar su riqueza un 17% durante el último año.

Los ricos se hacen cada vez más ricos y da igual la pandemia y la crisis derivada de la covid-19. En el último año, las grandes fortunas españolas han aumentado su riqueza hasta los 153.575 millones de euros, un 17% más que en 2020. Según la lista de la revista Forbes publicada este martes, cada millonario ha visto crecer su cartera en 565.000 euros al día.

Una vez más, el fundador de Inditex, Amancio Ortega, encabeza la clasificación de los 100 españoles más ricos, con una fortuna de 67.000 millones de euros, 10.000 más que en 2020. Le sigue su hija Sandra Ortega, que atesora 6.300 millones de euros, un 12,5% más que el pasado año. El top cinco lo completan Rafael del Pino (Ferrovial), Juan Roig (Mercadona) y Juan Carlos Escotet (Banesco). Entre todos ellos concentran más del 50% del total, 83.500 millones de euros.

La desigualdad de género también está presente en la élite millonaria española. Y es que, según la información de Forbes recogida por la agencia EFE, entre los 100 nombres solo aparecen en la lista 30 mujeres. La riqueza media de ellas es de 993 millones de euros frente a los 1.511 millones de los varones. Por detrás de Sandra Ortega figuran Alicia Koplowitz, propietaria de Omega Capital, y Hortensia Herrero, accionista de Mercadona, en sexto y séptimo lugar con 2.300 millones, respectivamente.

Madrid es la comunidad que más mujeres multimillonarias aporta al ranking con 19 fortunas que acumulan 12.875 millones. Le sigue Catalunya, con 18 mujeres y una suma de 8.550 millones de euros. En el otro extremo de la tabla se sitúan Extremadura y Navarra, donde ninguna mujer tiene más de 30 millones de euros.

Precisamente, el Madrid de Isabel Díaz Ayuso y su política fiscal tiene el mayor número de millonarios con 50, la mitad de la lista. A los 36 oriundos hay que sumar las 14 fortunas que, aunque sean de otras regiones, tienen su sede principal en la comunidad. Catalunya ocupa el segundo lugar en la carrera por congregar potentados. Tras ella están Euskadi y Murcia, que cuenta con cinco de las 100 familias más ricas de España y tres de los españoles más ricos. Balears y Canarias cierran la tabla, marcadas por sus fortunas provenientes del turismo.

Por último, ningún deportista aparece en la lista de 100. Los más ricos, de acuerdo a Forbes, son Rafael Nadal y Fernando Alonso, con 225 millones de euros cada uno. A continuación se sitúan Sergio Ramos, Andrés Iniesta y Gerard Piqué, con 100 millones cada uno.

A nivel global, Jeff Bezos es el más rico del mundo por cuarto año consecutivo, con 177.000 millones de dólares. Elon Musk está en segundo lugar con 151.000 millones de dólares, gracias a la subida de las acciones de Tesla y Amazon, recuerda la revista.

Publicado en Público el 02/11/2021

sábado, 30 de octubre de 2021

ÉCONOFAKES: Las 10 grandes mentiras económicas de nuestro tiempo y cómo condicionan nuestra vida. Juan Torres López

A pesar de su apariencia de verdad objetiva, científica e indiscutible, la economía está plagada de falsedades. Sus medias verdades o patentes mentiras, sin embargo, no se dicen por error ni por gusto, sino para causar un determinado efecto en quien las escucha. En nuestro tiempo, ese efecto es evidente: justificar y propiciar la mayor concentración de ingresos y riqueza en unas pocas manos y hacer que la gente se resigne al silencio mientras se restringen sus derechos y se le impone un modelo económico, además de injusto, ineficiente.

En este libro transparente y demoledor, el catedrático de Economía Aplicada Juan Torres desgrana las diez falsedades de la economía que más impacto tienen en nuestra forma de vivir y repartir la riqueza. En capítulos breves y analíticos, desmonta presunciones como que el problema básico de la economía sea la escasez, que el capitalismo sea un sistema económico basado en la competencia y el mercado libre, que el envejecimiento de la población hará impagables las pensiones, que es ineludible bajar los salarios para crear puestos de trabajo, que bajar los impuestos beneficia a todos y otros mantras en los que se sostiene nuestro sistema.

La economía basada en los postulados liberales, la dominante en nuestro tiempo, se nos presenta con un gran nivel de abstracción, formulada con alambicados desarrollos matemáticos que pretenden hacernos creer que su rigor científico es indiscutible. Pero lo cierto es que las conclusiones y propuestas que se derivan de ella chocan frontalmente con la realidad. Este libro lo demuestra con pasión y precisión.


sábado, 23 de octubre de 2021

LOS TONTOS RACIONALES: UNA CRÍTICA DE LOS FUNDAMENTOS CONDUCTISTAS DE LA TEORIA ECONÓMICA, un ensayo del Premio Nóbel de Economía Amartya Sen

En su Mathematical Psychics, publicado en 1881, afirmaba Edgeworth que "el primer principio de la Economía es que cada agente está movido sólo por su propio interés”. Esta concepción del hombre ha sido persistente en los modelos económicos, y la naturaleza de la teoría económica parece haberse visto muy influida por esta premisa básica. En este ensayo me gustaría examinar algunos de los problemas surgidos de esta concepción de los seres humanos.

Mencionaré que el propio Edgeworth estaba bien consciente de que su primer principio de la economía no era particularmente realista. En efecto, creía que “el hombre concreto del siglo xix era en su mayor parte un egoísta impuro, un utilitarista mixto”. Esto plantea el interesante enigma de la razón de que Edgeworth dedicara tanto tiempo y talento a desarrollar una línea de investigación cuyo primer principio consideraba falso. No se trata de saber por qué deban emplearse abstracciones en la investigación de las cuestiones económicas generales -la naturaleza de la investigación hace que esto sea inevitable-, sino por qué habremos de escoger un supuesto que no sólo consideramos incorrecto en detalle sino fundamentalmente equivocado. Como podremos observar esta cuestión tiene un interés continuo también para la economía moderna.

Por lo que toca a Edgeworth, una parte de la respuesta residía sin duda alguna en el hecho de que no consideraba fundamentalmente errado el supuesto en los tipos de actividades particulares a los que aplicaba lo que llamó el “cálculo económico”: i) la guerra y ii) el contrato. "Admitiendo que existe en las partes superiores de la naturaleza humana una tendencia hacia las instituciones utilitarias y un aprecio por tales instituciones”, se planteó este interrogante retórico: "podríamos suponer seriamente que estas consideraciones morales son aplicables a la guerra y el comercio, que podrían erradicar el núcleo incontrolado del egoísmo humano, o ejercer una fuerza apreciable por comparación con el impulso del interés propio”. En su opinión, Sidgwick había despejado la "ilusión” de que "el interés de todos es el interés de cada uno”, ya que descubrió que “los dos principios supremos –Egoísmo y Utilitarismo," son "irreconciliables, a no ser por la acción de la religión”. "Lejos está del espíritu de la filosofía del placer la subestimación de la importancia de la religión", escribió Edgeworth, "pero en la investigación actual, y tratándose de los elementos inferiores de la naturaleza humana, debemos tratar de buscar una transición más obvia, un pasaje más terrenal, a partir del principio del interés propio, para llegar al principio, o por lo menos la práctica, del utilitarismo”. CONTINUAR LEYENDO

Pablo Casado y el Partido Popular también mienten a los españoles en materia económica, un artículo de Juan Torres López (19 Mar 2019)

Decir que Pablo Casado miente habitualmente no es un insulto sino la expresión de un hecho cierto y objetivo que ha quedado demostrado en muchas ocasiones. Se pueden encontrar pruebas fehacientes de ello aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí o aquí, entre otros sitios.

En estas líneas voy a mostrar que Pablo Casado y el Partido Popular no sólo mienten cuando se refieren a cuestiones de política general sino también cuando le hacen a los españoles propuestas de política económica.

En concreto, voy señalar rápidamente que es falsa una de las ideas que están vendiendo últimamente: que eliminar o bajar impuestos aumenta automáticamente los ingresos fiscales, que crea puestos de trabajo y que hacerlo es indiscutiblemente bueno para la economía en general y para todas las empresas y personas en general.

No es verdad que bajar impuestos aumente necesariamente los ingresos fiscales.

Esta idea que ahora defiende el Partido Popular es muy antigua pero se popularizó en los años ochenta cuando Ronal Reagan y otros políticos neoliberales utilizaron el razonamiento de un economista llamado Arthur Laffer.

Su planteamiento es el siguiente: si los impuestos suben por encima de un determinado nivel, un contribuyente racional rechazará seguir trabajando y eso reducirá los ingresos fiscales provenientes de sus rentas o, en el caso de una empresa, soportará costes tan elevados que no obtendrán beneficios y dejarán de producir, reduciéndose también así los ingresos que antes pagaban al fisco. A la inversa, si los impuestos bajan en lugar de subir, podría haber más oferta de trabajo y más producción que aumentarán los ingresos fiscales.

De entrada es obvio, por tanto, que la idea de Laffer sólo se cumpliría a partir de un determina nivel de tasa impositiva y no siempre (por eso se habla, precisamente, de «la curva» de Laffer, porque él mismo supone que los ingresos suben al principio y comienzan a bajar a partir de un determinado nivel). Por tanto, no es verdad que bajar impuestos suponga SIEMPRE Y CON SEGURIDAD un aumento de ingresos fiscales.

Diversos estudios han demostrado las inconsistencias, errores estadísticos y contradicciones de los estudios que pretenden demostrar que bajar o eliminar impuestos sobre la renta, el patrimonio o las herencias ayuda al crecimiento o mejora el estado general de la economía, bien porque no tienen en cuenta factores relevantes, porque realiza mal las regresiones o porque simplifica excesivamente las hipótesis. Por ejemplo, aquí, aquí o aquí.

Pero incluso dando por buena la existencia de relación entre tasas impositivas e ingresos fiscales (que la hay por definición, aunque otra cosa es que sea como dicen los liberales) la idea que defiende Pablo Casado y el PP sólo sería cierta si se demuestra antes que en la economía española hay un nivel de tasa impositiva en el que eso ocurre. Y resulta que es imposible determinar con completa exactitud cuál es el nivel de esa tasa impositiva a partir del cual disminuyen los ingresos fiscales, no sólo en España sino en cualquier otro país (entre otras cosas, porque la idea de Laffer se basa en el comportamiento individual y aceptar que hay una curva para toda la economía supone asumir hipótesis difíciles de aceptar).

Para que fuese cierta la propuesta de Casado tendría que ocurrir que todos los contribuyentes españoles, tomados como un todo homogéneo, se encontraran en la parte descendente de la curva de Laffer. Pero ¿y si estuviésemos en la parte ascendente de la curva de Laffer (como señalaba, por ejemplo, este informe)? Si la cruva de Laffer fuera cierta y estuviésemos en esta última situación, y Casado no ha demostrado que no lo estemos, lo que tendría que proponer él y su partido sería ¡SUBIR IMPUESTOS!!!

En Estados Unidos, por ejemplo, se ha demostrado que la tasa impositiva que optimizaría los ingresos fiscales es del 73%, lo que significa que allí se podrían casi duplicar las tasas sin poner en peligro el crecimiento económico (aquí).

Algún estudio teórico para España demuestra que si se acepta que en España funciona la curva de Laffer el tipo impositivo medio que se debería aplicar sería del 45% (aquí). Por tanto, Pablo Casadodebería señalar si esa es la tasa que desea imponer en España o cuál entonces y por qué. Y, en todo caso, habría que señalar que la relación entre ingresos fiscales y tasas impositivas cambia mucho a lo largo de los años, de modo que también es mentira que la propuesta de Casado vaya a ser buena en cualquier momento.

Además, también se ha demostrado que las tasas impositivas no determinan por sí solas los ingresos fiscales sino que éstos dependen también y sobre todo de otros factores aquí.

Así se ha demostrado, por ejemplo, en Estados Unidos. Allí, los ingresos fiscales como porcentaje del PIB se han mantenido en un intervalo bastante estrecho desde el final de la II guerra mundial, entre el 15 y el 20 por ciento del PIB (aquí), mientras que las tasas impositivas variaron del 28 al 92 por ciento (aquí). Lo que indica que no hay la relación entra ambas cosas en que se basa la propuesta anti impuestos del Partido Popular.

Por otro lado, en los últimos años es fácil comprobar que los ingresos fiscales estructurales en porcentaje del PIB en España (los que ya descuentan el efecto del ciclo económico) han aumentado cuando han aumentado los impuestos (en 2010 y 2012 con Zapatero y Rajoy) y han disminuido cuando han bajado los impuestos (2015 y 2016).

Quizá la mejor prueba de que bajar impuestos no aumenta automáticamente los ingresos fiscales es que su valedor más destacado, Ronald Reagan, duplicó el déficit presupuestario y triplicó la deuda pública de Estados Unidos durante su mandato, cuando aplicó la tesis que ahora defiende Casado después de haber asegurado que lo hacía para disminuirlos (aquí). Y hay que señalar, además, que Reagan no bajó todos los impuestos sino los que recaían sobre beneficios y grandes empresas, que es lo que ocurre siempre que los liberales realizan reformas fiscales asegurando que bajan todos los impuestos: se los bajan sólo a los más ricos. Un resumen de los errores de predicción de todo tipo de los republicanos que en Estados Unidos defienden que bajar impuestos es lo mejor, tal y como ahora quiere hacer Casado en España, aquí.

No es verdad que bajar impuestos cree necesariamente empleos

Tampoco hay datos empíricos que permitan demostrar que simplemente bajando impuestos, como dice Casado, se creen automáticamente empleos. De hecho, puede ocurrir todo lo contrario.

Se podría aceptar que con impuestos más bajos las empresas tendrán menos costes y que eso les permitiría producir más, contratando más empleo para ello. Pero es obvio que eso no tiene por qué ocurrir necesariamente. No contratarían necesariamente más, por ejemplo, si al mismo tiempo que bajaran los impuestos subieran los salarios u otros costes. Y podría ocurrir que, al bajar los impuestos y tener que reducirse al mismo tiempo el gasto público, las empresas y los hogares tuvieran que gastar más que antes en determinados bienes o servicios antes públicos, lo que haría que tuvieran menos recursos para la demanda de inversión o de consumo. Y, además, tampoco es seguro que menos costes para las empresas se traduzca en más inversión, y ni siquiera que más inversión después de menos costes fiscales lleve consigo más empleo.

Para defender esta proposición se ha hecho muy popular en Estados Unidos un estudio de Laffer que supuestamente demostraba que el 62% de todo el empleo nuevo en Estados Unidos de 2002 a 2012 se había generado en los nueve estados que no tienen impuesto sobre la renta. Pero se ha demostrado claramente (aquí) que esa idea está manipulada: el 70% de ese incremento corresponde sólo a Texas, que es un estado con condiciones muy especiales y, además, que no ha mantenido ese patrón en los últimos 50 años (cuando ha estado sin impuesto y no ha tenido ni mucho menos esos resultados de empleo).

La falsedad de la propuesta de Casado también se demuestra si se considera que los países de la OCDE que tienen los tipos impositivos más elevados no son precisamente los que tienen las tasas de paro más altas sino todo lo contrario (aquí).

Bajar impuestos aumenta la deuda u obliga a reducir gasto público y, en ese caso, hay que decir qué se va a recortar

Casado y el PP engañan a la gente cuando le dicen que se van a bajar impuestos sin necesidad de reducir gasto público.

Los liberales sensatos y coherentes proponen reducir impuestos porque creen que eso es bueno pero, al mismo tiempo, señalan qué gastos públicos reducirían y en qué cantidad porque no se creen las ilusiones que defiende Casado.

No se puede soplar y sorber al mismo tiempo. Lo que hay detrás de las propuestas de reducir o eliminar los impuestos es reducir la provisión pública ciertos bienes públicos, aunque no todos, sino sólo los que privatizados proporcionan beneficios privados.

Lo honrado, por lo tanto, es que la propuesta de bajar impuestos que hace Casado venga acompañada de la mención al recorte de gastos complementarios que se va a realizar y del efecto que eso tendrá sobre los precios, sobre la eficiencia, sobre la deuda y sobre el benestar de las personas.

Bajar impuestos no mejora el bienestar general ni el rendimiento general de la economía

La verdad es que no es fácil disponer de evidencias empíricas que demuestren los efectos reales de las subidas o bajadas de impuestos sobre el conjunto de la economía, precisamente por lo que vengo diciendo: porque los ingresos fiscales, la deuda, el empleo… y el bienestar en general, dependen de muchas más variables. Por eso es una falsedad decir que simplemente con reducirlos se consiguen efectos positivos para el conjunto de la economía, o que eso es bueno «para todos». Pero sí hay análisis que han demostrado que eliminar o reducir impuestos no es necesariamente mejor que mantenerlos más elevados. Estados Unidos es un territorio muy útil para hacer este tipo de análisis empíricos y allí se ha demostrado que la economía de los estados con tasas impositivas más elevadas funcionan mejor que la de aquellos que las tienen más bajas: aquí.

Y también sabemos con certeza que, en contra de lo que dice Casado, tener un sistema fiscal con altos tipos impositivos es justamente lo que caracteriza a los países (Suecia, Holanda, Alemania, Dinamarca, Reino Unido, Japón, Suiza, Noruega, Francia… ) que tienen el PIB per cápita más elevado (aquí)

¿Qué cabe esperar si se aplicara la fórmula de Pablo Casado a la economía española?

En España ya se han hecho reformas fiscales para bajar impuestos y sabemos perfectamente lo que han traido consigo generalmente: menos equidad y ninguna rebaja sustancial del déficit y de la deuda. Es decir, ayudas encubiertas para los perceptores de rentas elevadas y mayor déficit social.

Lo único que se puede esperar de la propuesta de Pablo Casado es lo mismo que ocurrió en los Estados Unidos de Reagan: más déficit público y más deuda. Justo lo que desea la banca para ganar dinero financiando al Estado a cuenta del sacrificio de las personas corrientes y de las empresas que crean riqueza y empleo.

Hay que defender que el gasto público sea el adecuado y que no se derrochen recursos. No hay nada gratis y estamos sobrecargando a la naturaleza hasta niveles letales. Hay que defender la austeridad pública en el mejor y auténtico sentido del término (y no en el tergiversado de los últimos años). Hay que combatir y tratar de reducir la deuda que es una esclavitud impuesta por la banca al resto de la sociedad y que paraliza las economías y las lleva a crisis recurrentes. Hay que crear las mejores condiciones posibles para que las empresas creen puestos de trabajo. Pero nada de eso tiene que ver con las fabulaciones de los anarquistas de extrema derecha como Pablo Casado. Lo que quieren en realidad es acabar con los bienes y servicio públicos porque no creen en el Estado o, mejor dicho, que sólo creen en un Estado que puedan patrimonializar para hacer con él lo que quieran a favor de los grandes intereses económicos, como ha hecho el Partido Popular en las comunidades autónomas donde ha gobernado. Están en su derecho. Pero no en el de engañar a la gente a base de mentiras o, en el mejor de los casos, medias verdades.

Las mentiras y burradas económicas de Pablo Casado son incompatibles con la democracia, un artículo de Juan Torres López (30 Mar 2019)

En un artículo anterior mencioné algunas de las mentiras recientes del secretario general del Partido Popular y, en concreto, las que tenían que ver con su propuesta de bajar o eliminar impuestos (aquí). Y otros economistas han hecho más o menos lo mismo.

Pero no sirve de nada. Casado es un mentiroso compulsivo, alguien a quien no le importa inventarse datos para tratar de descalificar a sus adversarios, a veces, llegando a decir auténticas burradas, como la que voy a comentar enseguida.

Hace unos días, hizo en Vitoria una serie de afirmaciones (tal y como puede verse en un video pinchando aquí) que son completamente falsas, sin relación alguna con la realidad.

– Dijo Casado: “La inversión ha caído un tercio en España, 13.000 millones menos de inversión internacional”. Y Casado miente:

Esos 13.000 millones son la diferencia entre el segundo y el tercer trimestre de este año pero esa cifra se debe a que en el segundo trimestre de 2018 se registró una entrada extraordinaria de inversión extranjera de más de 20.000 millones de euros, pues una sola empresa recibió más de 14.000 millones ella sola.

La verdad de la inversión extranjera es otra. Según los datos del Banco de España, su nivel ahora es el más alto desde 2008: la inversión extranjera directa aumentó desde los 6.700 millones registrados en 2017 hasta los 38.20 millones en 2018. La inversión extranjera de cartera ha caído desde los 60.400 millones hasta los 36.800 millones en ese periodo pero este tipo de inversión es la puramente financiera y más volátil. Datos del Banco de España aquí.

– Dijo Casado: “El índice de producción industrial se ha desplomado un 10 por ciento”. Y Casado miente:

En enero de 2019 (último mes del que hay datos) el índice de producción industrial había aumentado un 2,4 puntos porcentuales respecto al año anterior.El índice general era del 105,313 en enero de 2018 y en enero de 2019 el 107,166. Los datos del Instituto Nacional de Estadística aquí y aquí.

– Dijo Casado: “El consumo de los hogares se ha desplomado un 37 por ciento”. Y Casado miente y además dice una auténtica burrada:

El consumo de los hogares en el cuarto trimestre de 2017 fue de 170.097 millones, y en el último trimestre de 2018 (últimos datos de la Contabilidad Nacional) 176.590 millones. Datos del Instituto Nacional de Estadística aquí.

Lo que ha dicho Casado sobre la caída del consumo de los hogares no es sólo una mentira sino una auténtica burrada porque tendría que darse una guerra o algo peor para que se diera una caída de esa magnitud.

– Dijo Casado: “El sector de la construcción ha caído un 25 por ciento”. Y Casado miente:

El valor añadido bruto de este sector en el último trimestre de 2017 fue de 16.804 millones, en el segundo trimestre de 2018 de 17.604 millones y en el último de 2018 (últimos datos disponibles) de 18.390 millones. Datos del Instituto Nacional de Estadística aquí.

– Dijo Casado: “El consumo de bienes de equipo cayó un 2 por ciento”. Y Casado miente:

Sin saber a qué concepto se refiere exactamente no se puede verificar lo que dice, pero ese porcentaje del 2% sólo podría referirse (por aproximación) a la variación en la inversión en bienes intermedios (no exactamente bienes de equipo en su totalidad). La inversión en la totalidad de bienes de equipo ha caído un 1,7% en el último trimestre de 2018 pero ha aumentado un 4,8% en todo el año. Datos del Instituto Nacional de Estadística aquí o aquí.

– Dijo Casado: “Cuando llegaba al gobierno el Partido Socialista se creaban en España 7900 empleos diarios y ahora se destruyen en España 6.800 empleos al día”. Y miente Casado porque manipula las cifras:

Como ha demostrado Daniel Fuentes (aquí) esos datos de Casado resultan de comparar los empleos que se crearon en un mes (mayo) que siempre es de mayor creación de empleo con la de otro mes (enero) que siempre es muy malo y tiene un día más.

Si se acude a la Encuesta de Población Activa se comprueba que en el IV trimestre de 2017 había 18,998 millones de personas ocupadas, en el segundo trimestre de 2018 19,344 millones y en el último de 2018 19,546 millones, es decir, 548.000 empleos más que hace un año (Datos del Instituto Nacional de Estadística aquí).

– Dijo Casado refiriéndose a sus propias declaraciones: “Aquí no hay trampa ni cartón”.

Y Casado miente hasta en la retórica: Sí que hay trampa en sus palabras, en sus datos y en sus afirmaciones.

Pablo Casado es un mentiroso y un tramposo que se inventa las cifras para engañar a los españoles.

Me pregunto si una sociedad democrática y avanzada puede serlo realmente si permite que sus líderes actúen así. No estoy hablando de la opinión de Casado, que puede ser cualquiera y cuya expresión debe estar siempre garantizada, sea cual sea. No. Estoy hablando de mentiras, de un hecho objetivo consistente en dar como cierto lo que es manifiestamente falso con el evidente propósito de tergiversar así la conciencia y la opinión de millones de personas.

Yo creo que la democracia debe basarse en la deliberación y que ésta requiere la confianza, la información transparente y no manipulada para que no se altere la percepción real de las cosas, y la rendición de cuentas. Por eso creo que la mentira como sistema que practica Casado es incompatible con la democracia, que atenta contra ella y que habría que garantizar que la población conozca la falsedad que hay detrás de sus palabras. Pero no sólo en el momento electoral, cuando se supone que la ciudadanía «sanciona» o premia con su voto a los políticos, porque lo que precisamente persigue la mentira como estrategia es que a ese momento se llegue con un sesgo brutal del conocimiento que condicione el voto a favor de quien miente. Una sociedad avanzada como la nuestra en la que la información se transmite de modo tan decisivo y es tan determinante de todas las decisiones necesita garantizar el derecho a disponer de información veraz. Los juristas nos podrán decir cómo, pero me parece que la cuestión es ineludible y cada día más inaplazable.

Bocazas, mentirosos e irresponsables: ¡Vaya tropa! Un artículo de Juan Torres López publicado en Público.es el 15 de octubre de 2021


Dice el diccionario de la Real Academia que un bocazas es la persona que habla más de lo que aconseja la discreción. Y que la discreción es la sensatez para formar juicio y tacto para hablar u obrar; el don de expresarse con agudeza, ingenio y oportunidad, reserva, prudencia y circunspección.

Siendo así, no creo exagerado afirmar que los líderes de la derecha española son unos bocazas. Y muy en particular, el secretario general del Partido Popular, Pablo Casado. Este último combina dos rasgos que, exagerados como en su caso, pueden dar lugar a defectos superlativos: hablar demasiado y, con mucha frecuencia, hacerlo de lo que no se sabe. En el caso de Casado, quizá porque tiene un grave déficit de formación como consecuencia de que el vértigo con el que cursó la carrera de Derecho no le permitió dedicar mucho tiempo al estudio.

A menudo, confunde la geografía y la cultura españolas, como al decir que iba a Gipuzkoa a visitar Getxo, que Melilla es la la «única ciudad española y europea en África» o que «en Baleares no habláis catalán», ni nadie el bable en Asturias

Su falta de tacto y de juicio en materia jurídica son bien conocidas. En una ocasión propuso que «la okupación ilegal de un inmueble pase de tener una sanción de falta a ser considerado delito, con penas previstas de prisión de 1 a 3 años». Algo inaudito porque, como le recordaron varios juristas por entonces, las faltas no existen desde 2015, la usurpación es considerada delito leve y el Código penal ya establece penas de prisión para las ocupaciones violentas.

También ha sido a veces imprudente e insensato por haber hablado más de la cuenta y mal sobre cuestiones económicas que obviamente desconoce. Hace unas semanas proponía la rebaja del IVA en Canarias, una comunidad autónoma donde no se aplica este impuesto; y en su primera campaña electoral propuso bajar el salario mínimo para negarlo enseguida, en cuanto su equipo de dio cuenta de la barbaridad que estaba proponiendo.

Y, como no podía ser menos, Casado es bocazas en materia de derechos y libertades. En mayo pasado declaró: «Los políticos no tenemos que intervenir en la vida de los demás. Yo no puedo decir: “la gente tiene que dejar de comer carne” o “comprar menos ropa”. Le tuvo que contestar el Presidente del Principado de Asturias: «Bien. ¿Y entonces por qué tenemos los políticos que prohibir que la gente se divorcie? ¿O prohibir que una persona se case con otra de su mismo sexo? ¿O prohibir que las personas puedan morir dignamente? ¿Por qué entonces el señor Casado se opone siempre a los derechos?»

En otra ocasiones, como suele pasar a todos los bocazas, a Pablo Casado le pueden la hipérbole y la desmesura, como cuando dijo en 2018 que «la hispanidad es la etapa mas brillante no de España sino del hombre». O cuando fue capaz de lanzar contra Pedro Sánchez los 37 insultos en 15 minutos que Adriana Lastra le contabilizó durante una intervención en la tribuna del Congreso (aquí). O cuando alcanzó la otra estratosférica marca de 21 improperios dedicados a Pedro Sánchez en menos de 10 minutos (aquí). Lo calificó de Ilegítimo, chantajeado, deslegitimado, mentiroso compulsivo, ridículo, adalid de la ruptura en España, irresponsable, incapaz, desleal, catástrofe, ególatra, chovinista del poder, rehén, escarnio para España, incompetente, mediocre, okupa. Todo lo cual, dijo días después Casado, «no son descalificaciones, son descripciones» (aquí).

Prueba de que el secretario general del Partido Popular es un bocazas es que casi nunca es circunspecto y, sobre todo, que él mismo termina por reconocerlo, mal que le pese, como hizo después de haber llamado felón y traidor al presidente Pedro Sánchez (aquí).

Una querencia por la exageración y el exabrupto que ha calado en algunos dirigentes empresariales, como el presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán.

Este emula últimamente, e incluso a veces los supera, a los hooligans del PP y de Vox con declaraciones francamente desproporcionadas y carentes de la más mínima ponderación, buen juicio y sensatez. Hace unos días acusó al gobierno español de «intervencionismo terrorífico» por las medidas que se pensaba adoptar para controlar el precio de la luz. Unas medidas que no podían ser otras que las previstas en nuestras leyes o en las normas europeas (vivimos, aunque a veces no lo parezca, en un Estado de Derecho) y que objetivamente son mucho menos intervencionistas que las que, casi al mismo tiempo, anunciaba el gobierno francés: congelar directamente el precio del gas y la electricidad.

Mucho peor que ser bocazas es ser mentiroso y ahí Pablo Casado, aunque compitiendo, eso sí, muy igualadamente con Abascal, puede convertirse en el gran adalid de la derecha política y económica de España. Tiene realmente muy poco parangón entre nosotros, aunque es cierto que todavía está lejos de Trump, a quien The Washington Post contabilizó 30.573 mentiras o medias verdades en sus cuatro años de mandato.

Una cifra fabulosa la del ex presidente de Estados Unidos pero que podría estar al alcance de Casado a poco que su carrera política se alargue. El total de mentiras de Trump suponen una media de 3,5 a la hora y Casado ha batido ese promedio en varias ocasiones. Hace unos días, Infolibre le registró 13 mentiras en media hora (7,4 veces más de media que Trump); en su intervención durante el debate electoral de abril del 2019 se le contabilizaron 9 (aquí) y 14 en el debate de investidura de noviembre de ese mismo año (aquí).

En todo caso, está ya acreditado en muchas publicaciones que Pablo Casado es un mentiroso, a estas alturas quizá se podría añadir compulsivo, y yo mismo he demostrado que él personalmente y su partido lo son, especialmente, en materia económica. Por ejemplo, en estos tres artículos: Las mentiras y burradas económicas de Pablo Casado son incompatibles con la democracia, Pablo Casado y el Partido Popular también mienten a los españoles en materia económica y Las mentiras del PP sobre el impuesto de sucesiones.

No insistiré ahora, por tanto, en este segundo rasgo de la derecha española que hace política no solo difundiendo el top de las grandes mentiras económicas de nuestro tiempo, a las que he consagrado mi libro recién publicado por Ediciones Deusto, Econofakes, sino también (como se demuestra en los artículos que acabo de mencionar) todo tipo de datos falsos, cifras erróneas e información manipulada.

Ahora bien, el daño que provocan la bravuconería y la imprudencia propia de los bocazas y la mentira constante palidece ante el que produce la irresponsabilidad de la que hacen gala personajes como Casado o Sánchez Galán, por citar solo a dos de los más histriónicos de la agenda española de estos tiempos.

Ya está mal que Casado, en lugar de colaborar, viaje por Europa para criticar al gobierno, poniendo en peligro la recepción de recursos europeos o la llegada de inversiones extranjeras, como una forma más de lucha política sin cuartel, cuando se está jugando la recuperación de la mayor crisis de la historia reciente. Pero que lo haga a base de mentiras, de infundios y de insultos sin fundamento es una irresponsabilidad tan impresionante que cuesta trabajo calificar.

Lo que acaba de hacer hace unos días en una entrevista al diario El Mundo es un manifestación más de la maldad y del odio a media España de Pablo Casado. Una vez más demuestra que está dispuesto a enfrentarse a los problemas de España con la misma falta de escrúpulos con la que debió recoger un título universitario que cualquier profesor de Derecho sabe que es imposible obtener limpiamente en las circunstancias que el propio Casado ha confesado que lo consiguió.

Lo que ha dicho Casado en esa entrevista sobre la situación de la economía española («España se encamina a la quiebra, estamos abocados al rescate» y otras lindezas) es manifiestamente falso, no responde a la realidad en la que nos encontramos. Por no entrar en otras cuestiones, como la de liberalizar todo el suelo público, lo que volvería a provocar los tremendos problemas que trajo consigo la que llevó a cabo José María Aznar, otro mentiroso -por cierto- al servicio de los intereses económicos más poderosos y que malvendió propiedades de todos los españoles, colocando de paso a sus amigos, envuelto, eso sí, en gigantescas banderas y loas a la Patria.

Para descalificar a un gobierno que defiende intereses contrarios a los suyos, Casado y otros dirigentes del PP tienen que inventarse las cifras del paro (ocultando que estamos casi a la mitad del que se llegó a registrar con el último gobierno del PP), obviar los indicadores que normalmente se usan para conocer la confianza que otorgan los inversores en los mercados (la prima de riesgo está ahora casi 6,5 veces más baja que cuando gobernada Rajoy y está bajando en los últimos meses) o hacer una interpretación torticera del crecimiento innegable de la deuda pública. Y, sobre todo, obviando que, para bien o para mal, la economía española -como todas las europeas- está constantemente monitorizada, de modo que ese riesgo seguro del que sin fundamento advierte Casado sería detectado y denunciado mucho antes por las instituciones europeas e internacionales.

Hay que tener muy poca vergüenza y muy poco aprecio al conjunto de los españoles para decir lo que han dicho Casado, Galán y el resto de los dirigentes que siguen su estela de intoxicaciones e insultos. No atacan al gobierno de coalición ni a las izquierdas en general, sino a España en su conjunto y a toda su población, a las empresas y a las instituciones, sea quien sea quien las gobierne en este momento. Porque la verborrea y la descalificación farisaica, las denuncias a base de mentiras en Bruselas solo siembran incertidumbre, inseguridad y temor que retrae la inversión y la creación de riqueza. No destruyen al PSOE y a Unidas Podemos, destruyen a toda España, aunque a estas alturas está bien claro que la prefieren destrozada antes que legítimamente gobernada por quienes no pensamos como ellos ni defendemos sus intereses.

Lo que está haciendo Casado y algunos empresarios como Sánchez Galán responde a la misma estrategia que Franco reconoció que llevaría a cabo en una entrevista con el periodista Jay Allen (aquí):

– «Salvaré España del marxismo, cueste lo que cueste», dijo el dictador (…)»¿Eso significa que tendrá que matar a la mitad de España?». El general Franco sacudió la cabeza con sonrisa escéptica, pero dijo: “Repito, cueste lo que cueste».

Eso, exactamente eso, aunque ahora sin uniformes ni legionarios traídos de Marruecos, es lo que muestra Casado que está dispuesto a hacer la derecha que lidera con tal de complacer a sus dueños y señores, a los Sánchez Galán y compañía. La misma tropa de siempre.

"DIVAGACIONES ESTIVALES SOBRE LA PRESUNCIÓN DE INOCENCIA". Carlos López-Keller, infoLibre.es

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