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viernes, 10 de abril de 2026

"15 años recorriendo aulas para deslegitimar la violencia de ETA sin politizar el dolor: “Las víctimas educadoras son los testigos morales del pasado”. Luis R. Aizpeolea, El País

El Memorial del Terrorismo y la Fundación Buesa difundirán a todos los centros educativos de España vídeos con los testimonios de 23 víctimas ante estudiantes durante los últimos tres años. Este modelo contrasta con el uso político del terrorismo que busca Isabel Díaz Ayuso

Las víctimas educadoras, que acuden a las aulas a relatar sus vivencias motivadas por el terrorismo, coinciden en rechazar el odio y la venganza hacia sus agresores, pero divergen en su posición sobre el perdón y los encuentros con terroristas. Reclaman que se sepa la verdad de lo que les sucedió y rechazan que se las utilice políticamente. Es la conclusión de los testimonios de 23 de ellas sobre 29 temas abordados en sus intervenciones para jóvenes estudiantes en los últimos tres años. Los testimonios han sido grabados en vídeo por el Centro Memorial del Terrorismo y la Fundación Fernando Buesa, ambas con sede en Vitoria, que los publicarán próximamente. Los testimonios proceden mayoritariamente de víctimas de ETA, pero también de la ultraderecha, los GAL, el yihadismo y el Grapo.

La experiencia de las víctimas educadoras, con 15 años de ejercicio en España, está inspirada en la gestión de la memoria del Holocausto en Alemania, Países Bajos e Italia, según Raúl López Romo, del Centro Memorial del Terrorismo, quien recuerda cómo el escritor italiano Primo Levi, superviviente del campo de concentración de Auschwitz (Polonia), desarrolló en sus textos su actividad como víctima educadora en las aulas italianas.

La iniciativa de las víctimas educadoras surgió en Euskadi en 2011, al finalizar el terrorismo, cuando era lehendakari el socialista Patxi López. Actualmente, un centenar de víctimas educadoras ejercen por toda España con especial presencia en las aulas de Euskadi, Navarra, Comunidad Valenciana y Castilla y León, si bien el Ministerio del Interior coordina su expansión a otras comunidades autónomas. “Existe una importante demanda juvenil por conocer el pasado y del profesorado por tener instrumentos adecuados para explicarlo”, señala López Romo, que anuncia que los vídeos se enviarán a todos los centros escolares de España.

La Comunidad de Madrid, presidida por Isabel Díaz Ayuso, se ha desmarcado de esta iniciativa nacional y ha adoptado un programa de contenido político, Tu historia, mi memoria. Su consejero de Presidencia y Justicia, Miguel Ángel García, lo ha anunciado para universitarios madrileños, con participación de víctimas, con el objetivo político de denunciar a “aquellos que ponían bombas y ahora ponen su voto para condicionar la gobernabilidad de España”. Eduardo Mateo, responsable de proyectos de la Fundación Fernando Buesa, responde: “Los testimonios de las víctimas ante la comunidad educativa deben ser pedagógicos, pacifistas, con fines educativos y contexto histórico, no partidistas. Su finalidad es hacer memoria y que la historia no se repita. Las víctimas actúan como testigos morales. Mezclarlas con ideología política es demoledor”.

Las víctimas educadoras rehúyen unánimemente la definición política en sus intervenciones y algunas subrayan su rechazo al uso partidista del terrorismo. Otras recuerdan su tardío reconocimiento, en 1999, con la Ley de Víctimas del Terrorismo, e incluso consideran que su presencia molesta a los políticos. La reclamación del conocimiento de la verdad es otra clave de sus intervenciones, sobre todo, entre víctimas cuyos casos no se han resuelto. “Lo legal y lo ético chocan con frecuencia”, señalan algunas.

La actitud ante el perdón a los terroristas y la posibilidad de reunirse con ellas suscita divergencias. Coinciden en que perdonar es cuestión personal, pero algunas aseguran tajantemente que nunca perdonarán a los terroristas mientras otras lo condicionan a su actitud e incluso otras adelantan haber perdonado, en algún caso por razones religiosas. En cuanto a los encuentros, algunas aseguran que nunca se reunirán con terroristas y otras que esa experiencia les ha resultado reconfortante.

El denominador común de las intervenciones de las víctimas educadoras es su transmisión a los jóvenes del rechazo al odio y la venganza y la delegación en el Estado de Derecho de la respuesta al terrorismo. Son unánimes en considerar que el principal perjudicado por el odio es la víctima y su ámbito familiar. “Destruye la felicidad”. “El odio no te deja crecer”. Son expresiones de las víctimas. También son relevantes los testimonios de hijos o hijas de víctimas que señalan cómo sus madres les inculcaron rechazar el odio y que contribuyen a explicar, en el caso de ETA, la ausencia de respuestas violentas a sus actos.

Pluralidad de las víctimas educadoras

Los criterios de selección y preparación de las víctimas educadoras son rigurosos, resalta López Romo. Suelen ser hijos, viudas o hermanos de víctimas asesinadas. También hay heridos que sobrevivieron a los atentados terroristas. “Para intervenir en las aulas, las víctimas educadoras deben estar emocionalmente preparadas. Su papel consiste en relatar a los jóvenes su experiencia personal para deslegitimar el terrorismo, preservar la memoria de las víctimas y defender valores democráticos con el objetivo de no repetir la historia. Las víctimas educadoras no son historiadores. Tampoco pueden dar mítines políticos. Deben evitar el partidismo. Son plurales y en sus intervenciones no representan siquiera a las asociaciones de víctimas a las que algunas pertenecen”, precisa el representante del Memorial del Terrorismo.

La pluralidad es otra clave de las víctimas educadoras. En los vídeos del Memorial de Vitoria y la Fundación Buesa, quienes se dirigen a los jóvenes son mayoritariamente hijos de víctimas de ETA; entre otros, José Luis Elespe, Ana Aizpiri, Sara y Marta Buesa, Naiara Zamarreño, Angel Altuna; así como guardias civiles heridos gravemente por la banda terrorista; y supervivientes como José Aguilar y Koldo San Martin, Alberto Muñagorri, herido de gravedad en su niñez, y la periodista Aurora Intxausti.

También participan víctimas del yihadismo, como Esther Sáez y Antonio Utrera; Maider García, hija de una víctima de los GAL, y Juan Carlos Cuervo, a cuyo hermano asesinó la ultraderecha, entre otros. Del centenar de víctimas educadoras intervienen 23, que abordan 29 temas que plantean los jóvenes. Los profesores, a su vez, informan a los alumnos del contexto histórico en que se produjeron los ataques terroristas, antes y después de las sesiones, señala López Romo. “Tampoco se puede eludir que detrás de los terrorismos hay aspectos políticos, hay un proyecto de poder. El profesorado debe explicarlo a los jóvenes profesionalmente”, señala Eduardo Mateo, de la Fundación Buesa.

El debate sobre el perdón

La experiencia de estos 15 años concluye que los jóvenes coinciden básicamente en preguntar a las víctimas educadoras si perdonarían a los terroristas, si se reunirían con ellos o si han superado el dolor, señala Eduardo Mateo. En Euskadi una pregunta añadida suele remitirse al comportamiento familiar y de los amigos tras el atentado terrorista, añade López Romo.

En línea con la experiencia educadora de Primo Levi sobre el Holocausto, López Romo destaca cuatro aspectos transmitidos a las aulas vascas: si la sociedad vasca era consciente del alcance del terrorismo o lo eludía, especialmente en sus primeros años; el debate sobre el perdón; el valor del testimonio que se extiende de la denuncia del terrorismo a la violencia de género y a otras violencias vigentes —durante la actividad educadora de Levi era la guerra de Vietnam—; o al hecho de los amenazados por el terrorismo que no huyeron y fueron asesinados.

El responsable del Memorial del Terrorismo concluye que “el 80% de los jóvenes asistentes a sesiones con víctimas educadoras quedan impactados por la experiencia y la difunden”. “Les deja huella”, añade. “El impacto de la comunicación directa con las víctimas es muy superior al de los libros”. En cuanto a las víctimas, destaca cómo “la experiencia demuestra que quienes han dispuesto de un apoyo social se han recuperado más rápidamente que las que no lo tuvieron; lo demuestra la comparación de las víctimas de ETA de los años setenta con las de los años noventa en adelante y las del 11-M”. La experiencia de las víctimas educadoras contribuye a ello.

miércoles, 26 de marzo de 2025

"ANTE EL SILENCIO, YO ACUSO". Coral Rodríguez Fouz, elDiario.es 24 MAR 2025

De izquierda a derecha: Fernando Quiroga Veira, Jorge Juan Garcia Carneiro
y Humberto Fouz Escobero (tío de Coral Rodríguez, autora del artículo)
En cuanto a las personas a quienes acuso, debo decir que ni las conozco ni las he visto nunca, ni siento particularmente por ellas rencor ni odio. Las considero como entidades, como espíritus de maleficencia social. Yel acto que realizo aquí, no es más que un medio revolucionario deactivar la explosión de la verdad y de la justicia. (Emile Zola, 'Yo acuso')

Este 24 de marzo se cumplen 52 años de la desaparición a manos de ETA de mi tío Humberto Fouz Escobero y de sus amigos Fernando Quiroga Veiga y Jorge García Carneiro. Para quienes no conocen esta terrible historia recordaré que eran tres jóvenes veinteañeros coruñeses que a principios de los años 70 se habían trasladado a Irún en busca de trabajo y de nuevas oportunidades.

El sábado 24 de marzo de 1973 decidieron ir a Francia a ver una película prohibida en España por la censura franquista. Lo que prometía ser una feliz escapada a saborear las libertades del país vecino acabó en una desgarradora pesadilla que truncó todos sus sueños. Tuvieron la mala fortuna de toparse con varios miembros de la banda terrorista ETA que en su ceguera asesina y con una crueldad absoluta creyeron que eran policías y no solo los torturaron y asesinaron, sino que añadieron una vuelta de tuerca más a su bajeza moral haciendo desaparecer los cadáveres y guardando un espeso silencio que se mantiene medio siglo después.

Sin embargo, a pesar de ese silencio, en el sumario archivado en abril de 1975 figuran los nombres y apellidos de los presuntos asesinos. Tomás Pérez Revilla (alias Hueso), Imanol Murua Alberdi (Casero), Jesús de la Fuente Iruretagoyena (Basacarte), Ceferino Arévalo Imaz (El Ruso), Prudencio Sudupe Azkune (Pruden) y Sabin Atxalandabaso Barandika. Cuando en su último Zutabe ETA reconoció haber cometido algunos asesinatos sobre los que había mentido una y otra vez, olvidó romper su silencio sobre Humberto, Fernando y Jorge. Siguió callando. ETA no ha reconocido públicamente este crimen, pero nunca ha negado su autoría.

En el acto de homenaje celebrado el 24 de marzo de 2023 en el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo exigí, en nombre de estas tres familias, que reconocieran la verdad y que nos dijeran dónde se deshicieron de sus cadáveres. No lo han hecho. Hoy, 52 años después de su desaparición, acuso públicamente.

Acuso a José Manuel Pagoaga Gallastegui (Peixoto) de miseria moral. Por callar todo lo que sabe, después de haberse explayado en conversación con el infiltrado Mikel Lejarza (Lobo) en los detalles más escabrosos de las torturas a las que sometieron a Humberto, a Fernando y a Jorge.

Acuso a los asesinos de Tomás Pérez Revilla. Por convertirse ellos también en victimarios. Por convertir en víctima a un asesino. Y por privarnos de la posibilidad de preguntar a Hueso por su fechoría.

Acuso a Iñaki Mugica Arregui (Ezkerra) de mentir. De mentirme aquella mañana de octubre de 2005 en que acudí a su despacho de San Sebastián. Por decirme que él no sabe nada porque en aquellas fechas estaba en la cárcel. Mentira. Ezkerra no fue detenido hasta el año 1975 y así consta en las hemerotecas. Cuando ETA hizo desaparecer a Humberto, a Fernando y a Jorge, en marzo de 1973, Iñaki Mugica era uno de los dirigentes de la banda terrorista. No creo que no sepa nada.

Acuso de ruindad a los altos cargos de Eusko Alkartasuna que aconsejaron silencio a Imanol Murua Alberdi Casero. Él mismo señaló que fueron miembros de ese partido nacionalista los que le recomendaron que no contestara a las dos cartas que le remití en el año 2000 a la cárcel de Logroño, donde cumplía condena, supuestamente arrepentido, por su pertenencia a ETA.

Acuso a Arnaldo Otegi de cobardía. Por no tener el coraje de recibirme en persona. Por no querer escucharme. Le acuso de cobardía por no ser capaz siquiera de contestar a la carta que le dirigí en setiembre de 2023. Nunca digas nada. Solo quería pedirle en persona la ayuda que hoy vuelvo a reclamarle públicamente. Que trabaje para que los que fueron miembros de ETA reconozcan todos los crímenes cometidos.

Acuso a Sabin Atxalandabaso Barandika de no tener corazón. Hace unos meses conseguí que llegara a sus manos una carta en la que le pedía que demuestre tener un mínimo de humanidad y que no se lleve a la tumba el secreto del lugar donde se deshicieron de los cadáveres de mi tío y sus amigos. Silencio sepulcral.

Creo que su silencio le delata. ¿Cuántos de quienes están leyendo estas líneas callarían, siendo inocentes, ante la acusación de haber cometido un crimen?

Internet me permitió encontrarle como firmante de una carta a los lectores del Diario de Navarra publicada en enero de 2022. En esa carta glosaba, junto a otros vecinos, todo aquello que hace del pueblo donde vive –o vivía en ese momento– un buen lugar para vivir. Como le decía en mi carta, el interés que manifestaba por el bienestar de sus vecinos refiriéndose a logros alcanzados a lo largo de muchos años viene a reflejar un recorrido vital alejado de la banda terrorista ETA. Todo apunta a que Sabin Atxalandabaso, que en 1976 era dirigente de ETA político-militar, pudo acogerse a la amnistía de 1977, por lo que deduzco que lleva décadas reinsertado. Le pedí, en privado, que facilitara a mi madre el consuelo de saber lo que hicieron con los restos de su hermano. He esperado pacientemente una respuesta que no ha llegado. Creo que no llegará.

Hace muchos años que conseguimos derribar el muro de silencio, que rescatamos para toda la sociedad vasca y española la memoria de estos tres jóvenes, una memoria conservada hasta ese momento únicamente en el seno de sus familias. Aunque los responsables de su desaparición sigan, 52 años después, parapetados tras los restos de ese muro, aunque sigan guardando silencio, no han conseguido el olvido. Porque junto a nuestra memoria limpia, nuestra memoria doliente, junto a la memoria rescatada de tres jóvenes trabajadores llenos de sueños y de ansias de libertad, está la memoria de sus asesinos. Cuando los hijos, los nietos, los hermanos, los amigos de estos últimos busquen sus nombres en internet, ese enorme ventanal abierto al mundo, ese gran hermano que nos permite acceder a información que no imaginábamos poder llegar a tener tan al alcance, los encontrarán retratados como los asesinos de Humberto, Fernando y Jorge.

Como escribió Adolfo García Ortega en 'Una tumba en el aire', ni víctimas ni asesinos merecen el olvido.

domingo, 3 de noviembre de 2024

"EXIBICIÓN PÁNICA", Juan José Millás, El País

Dan ganas de apagar el trasto cuando aparece este hombre en el telediario, con ese aspecto de lactante ahíto, para perpetrar alguna de sus fechorías, o facherías, dialécticas. Decía Cocó Chanel, aunque lo podría haber dicho Camus, que a partir de cierta edad cada uno es responsable de su rostro. También Tellado, que, tras sus intervenciones, se precipita en un deleite íntimo productor de una sonrisa satisfecha (quizá satifacha) que no pertenece a esta dimensión de la realidad. Habría sido perfecto para encarnar al recién nacido de La semilla del diablo. No es necesario tener cuernos ni pezuñas para provocar el horror. Polanski prefirió que no apareciera en la película el bebé de Rosemary como Kafka se negó a que en las portadas de La Metamorfosis apareciera un escarabajo. Partían ambos de la idea de que no convenía cambiar el terror metafísico por la truculencia plástica. Quizá no se habían percatado aún del poder paralizante de la normalidad. Saque usted a una persona normal, normal como Tellado, que es el epítome (signifique lo que signifique epítome) de la normalidad, sáquelo usted, decíamos, sujetando el cartel de la imagen con esos dedos recién salidos de la manicura, y déjese de historias. El efecto pánico está conseguido sin necesidad de los rabos ni de los cuernos que temía Polanski, o de los exoesqueletos de los que recelaba Kafka.

Hasta en sus propias filas, dicen, produjo espanto esta fotografía, sobre todo cuando uno comparaba la expresión de los rostros de las víctimas con la del portavoz, o lo que sea, del PP. ¡Qué nostalgia de ETA y qué poco pudor en exhibirla!

martes, 22 de octubre de 2024

"DELITOS Y PENAS". Luis García Montero, El País

El portavoz del Grupo Popular, Miguel Tellado, exhibe una foto
con víctimas socialistas de ETA, en el pleno del Congreso.

Manipular a las víctimas de ETA es tan grave como manipular el sistema penitenciario o convertir las penas en un linchamiento

Hace tiempo escribí una columna para agradecer a los padres de un niño asesinado que se negasen a que la muerte de su hijo fuese utilizada para celebrar el odio. La furia con la que se estaba pidiendo una pena de muerte contra la asesina identificaba a un sector de la sociedad más con la asesina que con la víctima. Me emocionó la decencia de los padres. Un pseudoperiodista afirmó entonces que yo me dedicaba a defender a la asesina. Que existan periodistas indecentes, subvencionados por poderes económicos y políticos para convertir en fango la convivencia, es un problema. Pero estamos sufriendo ya un problema más grave. Si antes la mala política lanzaba bulos interesados sobre la realidad, ahora se produce un viaje de vuelta. El fango que se arroja regresa sin pudor a la política para ensuciar los debates. Ya no es un pseudoperiodista el que infama en un pseudoperiódico. Es el portavoz de un partido importante el que degrada el respeto a las víctimas en un parlamento. Que el pseudoperiodismo creado por la mala política esté convirtiendo a la mala política en pseudopolítica no es un juego de palabras, sino una desgracia grave para la convivencia.

La modernidad democrática tuvo desde sus orígenes la necesidad de plantearse de manera digna los asuntos relacionados con los delitos y las penas. Manipular a las víctimas de ETA, jugar con su memoria, faltarles el respeto en cualquier discusión, es tan grave como manipular el sistema penitenciario o convertir las penas en un linchamiento. La justicia no es una venganza, es una razón social. Los discursos de odio, agitados para manipular el significado de los delitos y las penas, suponen una dinámica que envenena los mandamientos legales de la democracia. Es desolador ver cómo sufre la foto de una víctima en manos de un pseudopolítico, algo mucho más grave que una infamia en los labios de un pseudoperiodista. España necesita otra derecha.

miércoles, 16 de octubre de 2024

"CUANDO LA RISA ES CRUEL". Elvira Lindo, El País

Es desolador que un número tan chusco como el del PP en el Congreso con fotos de víctimas de ETA pretenda patrimonializar el dolor ajeno

Qué extraordinarias son esas personas que pronuncian un lugar común como si estuviera siendo expresado por vez primera; son, sin complejos, los fabulosos inventores de lo ya inventado. Los niños son muy crueles, dicen. En alguna ocasión hasta osan añadir el odioso “como yo digo”. Pues bien, lo que tú dices es una afirmación sin evidencia científica alguna que, para colmo, contribuye a eludir la responsabilidad de los adultos en el comportamiento de los menores. ¿Son los niños crueles por naturaleza? En absoluto, más bien podría decirse que poseen un natural instinto colaborativo que los adultos vamos cercenando con la influencia no siempre benéfica que ejercemos sobre ellos. A veces los niños van a la escuela adiestrados ya en el ejercicio del desprecio, tomando como normales la burla al débil y el abuso; otras, es en el entorno escolar cuando optan por unirse al chulo de la clase para sobrevivir. Pero lo que más me asombra de esa afirmación, los niños son crueles, es que la hacemos los adultos, justo aquellos que ya estamos tan habituados al ejercicio de la inquina que en ocasiones ni siquiera somos capaces de sentir pesar por el daño infligido.

Estamos moldeados en gran parte por aquellos ejemplos en los que fuimos instruidos. Uno de los aprendizajes más sofisticados que existen es el del buen ejercicio de la risa. Hacer saber a un niño que la risa puede ser tan liberadora como dañina y que la burla denota más cretinez que inteligencia es prepararlo para entender qué siente el otro ante sus actos. Dice Don Quijote al ser objeto de mofa: “Es mucha sandez la risa que de leve causa procede”. Sandez es la palabra exacta para definir a quien, por no comprender, ni entiende de qué se está riendo. Esta semana, el Congreso de los Diputados se convirtió en un patio de colegio sin profesores al mando, sin reglas, dejando el ambiente al libre albedrío de quienes carecen de la instrucción necesaria en el humor como para saber que se están burlando de las personas a quienes dicen defender. Yo solo había visto en las noticias televisivas a Miguel Tellado agitar en el aire un cartelillo con rostros de asesinados por ETA, que han sido llorados en silencio y con respeto por españoles de distinto signo. Verlos en manos de quien los estaba utilizando para excusar errores propios ya me pareció el colmo de la ignominia. Sabemos que estos números están pensados para ser transmitidos, porque los políticos han aprendido a actuar para X, pero lo que seguramente no imaginaba quien ideó este gag, que pretendía subrayar la complicidad del Gobierno con una organización terrorista que ya no existe, es que al ampliar el foco y aparecer la imagen de la bancada contemplaríamos el verdadero significado del show. Ahí estaba la diputada popular Macarena Montesinos riéndole la gracia siniestra a su compañero Miguel Tellado mientras señalaba las fotos, ambos mostrando sonrisas burlescas, autosatisfechos por ese golpe bajo con el que esperaban avergonzar al contrario, sin comprender, porque a la vista está que desconocen los sofisticados mecanismos de la risa, que suele ser más transparente que el llanto, que a quien verdaderamente ofendían era al recuerdo mismo de los asesinados, de sus familiares y de todos aquellos que con dolor hemos acompañado la memoria de las víctimas de ETA cuando existía y cuando dejó de matar.

Es desolador que un número tan chusco pretenda patrimonializar el dolor ajeno. A pesar de que corremos el peligro de hacernos tolerantes a lo grotesco, muchos no esperábamos presenciar el espectáculo de esas risas. El mundo se está dividiendo peligrosamente en dos: quienes educan a los niños en el uso extraordinario de la risa para curar heridas, reforzar la generosidad y ensanchar corazones, y quienes nunca podrán advertirles del sentido maléfico que puede extraerse de una carcajada, porque ni ellos mismos distinguen entre risa y crueldad.

domingo, 30 de abril de 2023

"LA CULTURA DE LA MEMORIA". Un artículo de Joseba Eceolaza publicado en Noticias de Navarra el 26 de abril de 2023

En España la Ley de Amnistía consolidó la idea de que el olvido, aunque sea parcial, es necesario para superar la violencia. Se abanderó la desmemoria y se impuso la idea del pasar página cuanto antes como base para la armonía social. El olvido tuvo prestigio y se elevó a actitud generalizada.

Uno de los peores efectos que dejó aquel modelo de transición es que se instaló la idea, a la fuerza, en la opinión pública de que el olvido es un costo asumible, si a cambio los avances son sustanciales. El precio de la Transición fueron las víctimas de la violencia política, la de ETA, la de grupos ultras y la del franquismo, que nunca fueron tenidas en cuenta ni protagonizaron el debate político. Tomás Dorronsoro, que luchó por la memoria socialista de su padre, su hermano y su tío, asesinados en 1936 hasta perder el aliento y la esperanza, decía que “eso no se olvida, eso está dentro para siempre”.

Ese dolor incrustado y no abordado oficialmente es uno de los motivos que explican que la Transición española sea una obra inacabada. Tal vez una de las reflexiones que se nos ha quedado grabada de este tiempo es que el progreso sin cerrar o ajustar las cuentas de las víctimas y la sociedad tarde o temprano se desgarra por la grieta de la memoria. Porque el olvido no es duradero. Siempre habrá alguien que pregunte qué pasó y qué hicimos.

Se suele decir que la verdad es un derecho, pero en realidad la verdad es una cualidad de la convivencia. La verdad, como actitud institucional, ha estado ausente en nuestro sistema político. Tanto es así que 42 años después de la muerte de Franco, España ha tenido que aprobar una ley, la de Memoria Democrática, que corrigiera los olvidos de la Transición.

Así la elaboración de una verdad pública, compartida socialmente e interiozada por las nuevas generaciones estaba en manos de asociaciones y víctimas. La memoria democrática, como base para la construcción de nuestro sistema político, pero también como transmisor de valores, queda así relegada a una memoria íntima o particular. Así ha sido hasta ahora. Y cuando esto pasa la memoria colectiva del pasado, de los luchadores por la democracia, se abandona a merced del relativismo.

Esto explica, entre otras razones, que dos de los grandes mitos franquistas hayan llegado hasta nuestros días. El primero, el mito de los dos bandos igualmente responsables e igualmente mortíferos parece instalado en buena parte de la opinión pública. El segundo, el abuso de la figura del fusilado por envidia, que también ha tenido poca contestación desde las instituciones públicas. Como si el golpe de Estado, la Guerra Civil o los cuarenta años de dictadura hubieran sido producto de las rencillas entre hermanos o las envidias o las disputas por los terrenos y las lindes.

La reconstrucción de los hechos, ya sea jurídica o histórica, hace que las víctimas obtengan respuestas o se planteen preguntas que las persiguen durante toda la vida. De hecho, la verdad del testimonio consiste en dejar hablar y escuchar a la víctima, implica adentrarse en pasajes de la historia que solo ella puede contar. Dar testimonio y tenerlo en cuenta, darle importancia pública, puede llegar a suplir a la justicia como instrumento de reparación cuando ha pasado mucho tiempo desde el delito y ha prescrito o cuando los crímenes se quedan sin esclarecer. Por eso, reconocer y reparar oficialmente a las víctimas también implica dar veracidad a los testimonios.

El olvido institucionalizado ha consolidado en España una cultura de la impunidad y de la ausencia de verdad que en parte seguimos arrastrando, por ejemplo para el caso de los crímenes no esclarecidos de ETA. Por eso la verdad del testimonio necesita asentarse en una cultura de la memoria que nos ayude a cerrar las heridas de la mejor manera, sin atajos, sin correr, sin dejar tareas pendientes. “Me dirijo a todos ellos para decirles que es la hora de la verdad, que digan dónde están los cadáveres de Humberto, Fernando y Jorge. Que sepan que nunca dejaremos de exigirles que reconozcan la verdad”, les dijo Coral Rodríguez a los dirigentes de Sortu hace pocas semanas ante el caso de estos tres jóvenes gallegos que fueron asesinados y hechos desaparecer por ETA en 1973. Uno de ellos, Humberto, era su tío.

Uno de los retos de la cultura de la memoria es el de evitar las cegueras cruzadas. Romper con la sensación social de que recordar a las víctimas de ETA es de derechas y hacerlo con las republicanas, de izquierdas nos ayudará a reforzar los mecanismos de prevención ante la violencia.

Hoy, ante el final de ETA, seguimos arrastrando una cultura de la impunidad y el relativismo que protagonizó nuestro modelo de transición. Por eso, en esta era del testimonio necesitamos construir una cultura de la memoria que nos ayude a cerrar las heridas del terrorismo de la mejor manera, sin atajos, sin correr, sin dejar tareas pendientes, sin caer en la tentación de la compensación de daños, sin poner en marcha un relato para neutralizar otro, sin caer en la trampa de la teoría del empate.

Para que las enseñanzas de la memoria sean universales, para que la impunidad o la ausencia de verdad se resuelvan en todos los casos y para todas las víctimas, independientemente de la época en la que fueron agredidas, tenemos que darle prestigio a la memoria, aunque a veces nos coloque delante de nuestro propio espejo y la imagen que nos devuelva cuestione nuestros comportamientos más esenciales ante el terrorismo y sus justificaciones. Porque solidarizarnos solo con aquellas víctimas que están cerca ideológicamente no supone un acto de empatía ante el dolor, sino de refuerzo político poco útil en el cierre de heridas.

Como Reyes Mate recoge en su libro El tiempo, tribunal de la historia, el filósofo Theodor Adorno antes de morir le susurró a Habermas: “¿Sabes? Ya sé donde se originan nuestros juicios de valor más básicos: en la compasión, en nuestro sentido del sufrimiento de los demás”.

lunes, 14 de marzo de 2022

"LOS PARIAS DE LA TIERRA". Joseba Eceolaza (Gogoan-por una memoria digna). El Diario Vasco, 07.03.2022

ETA intentó emular al IRA en las peores cosas. En ocasiones, de aquella copia salió una versión chapucera del terrorismo que, sin embargo, añadió más drama al asunto. En 1993, tras la Declaración de Downing Street que se leería a posteriori como el prólogo del proceso de paz, hubo diecisiete meses de tregua que el IRA rompió con un atentado en el barrio financiero de Canary Wharf, en Londres. La negociación estaba estancada y el IRA pretendió demostrar su fuerza así, con una potente bomba. Murieron dos personas, Inam Bashir y John Jeffries.

ETA hizo prácticamente lo mismo en la tregua del 2006, que rompió con un atentado en la terminal 4 del aeropuerto de Barajas al colocar una furgoneta bomba en el aparcamiento. La fecha, un concurrido 30 de diciembre. En esa ocasión murieron dos hombres ecuatorianos, que por no tener no tenían ni un sitio para dormir dignamente, ya que habían pasado la noche en sus respectivos coches. Diego Armando Estacio había nacido en el barrio marginal de Machala, en Ecuador, en una casa con ladrillos desnudos y agujeros en las ventanas.

Carlos Alonso Palate fue el otro hombre que murió bajo los escombros de ese pulso sangriento que ETA diseñó. Carlos era de un pueblo de los Alpes ecuatorianos, lleno de polvo y rodeado de piedras. Picaihua se llama. Su madre viajó hasta Madrid para identificar el cuerpo de su hijo. Era la primera vez que salía de su pueblo porque, pobre hasta las cachas, era Carlos quien alimentaba a toda su familia. En su delirio, el IRA trató además de imponer una especie de seguridad pública propia. En ese trabajo al que se dedicaron con mano dura actuaban contra los robos y el consumo drogas. Pero violentos como eran el exceso solía imponerse a su orden.

ETA en esto no fue tampoco muy original. En su particular estrategia de seguridad pública, se dedicó a matar a personas a las que acusaba, en la mayoría de las ocasiones sin fundamento, de chivatos o traficantes. Así fue engordando la lista de damnificados por su locura. Juzgaban como lo hacían los Tribunales Militares del franquismo: ellos eran los jueces, marcaban las normas a seguir, no cabían pruebas contrarias ni existía un esfuerzo probatorio, no había posibilidad de recurso y, por supuesto, la sentencia estaba decidida de antemano. Alguien era chivato, policía secreta o camello que colaboraba con la Guardia Civil porque ETA lo decidía, y nada más.

En 1973 ETA mató a los jóvenes gallegos Fernando Quiroga, José Humberto Fouz y Jorge Juan García porque estando en San Juan de Luz los confundieron con policías. Sus cuerpos, 48 años, después aún están desaparecidos.

En 1981, otros tres chicos jóvenes que iban vendiendo libros a domicilio en Tolosa, Pedro Conrado, Juan Manuel Martínez Castaños e Ignacio Ibarguchi fueron asesinados al ser confundidos también con policías. Al panadero gallego que vivía en Rentería Cándido Cuña le intentaron matar dos veces: una en 1979 y otra en 1983. La acusación no podía ser más estrambótica: vender pan a la guardia civil. A Luis Domínguez Jiménez lo mataron en Bergara en 1980 por ser «amigo de guardias civiles». En 1983, en Irun asesinan a Lorenzo Mendizábal porque en su carnicería compraban guardias civiles. Ramón Díaz fue asesinado con una bomba lapa puesta en su humilde Ford Orion en el año 2001 porque era cocinero en el Cuartel de Loyola, nada más, solo por eso.

El pueblo de Pasajes es oscuro y lluvioso, hecho de inmigración y marineros. En 1985 Ángel Facal, Gelín, con 42 años, iba todas las tardes a comerse un bocadillo a un bar decadente del pueblo. Se quedaba fuera porque aprovechaba para liarse un porro y fumárselo. Delgado, con el pelo desarreglado y de barba larga, Ángel caminaba por el pueblo arrastrando los pies porque su dependencia de las drogas le pesaba más que la lluvia que caía incesante. A eso se dedicaba, a encontrar algo de dinero para comprarse el bocadillo y el hachís para el día, aunque últimamente se había pasado al caballo, hasta que el 26 de febrero Idoia López Riaño, La tigresa, le pegó un tiro en la cabeza. Gelín ya no volvería a ese bar a comer ese bocadillo porque ETA le había acusado de ser un instrumento de la represión del Estado opresor, a él, que no tenía ni para merendar en un bar viejo de su pueblo.

Cuanto más absurda era la acusación, más miedo se generaba y más intimidatorio se volvía el ambiente. El terror actúa como un disolvente de la libertad porque en el miedo, en la cabeza gacha, es donde crece con comodidad. Esos asesinatos de gente común buscaban precisamente eso, que todos fuéramos cobardes porque la pistola y la lengua acusatoria podían apuntarte en cualquier momento. Así que, entre acusaciones de tráfico de drogas y chivateo que estiraron hasta el infinito, ETA aplicó su propia justicia popular a docenas de personas. Una actitud que a veces escondía una chapuza evidente y otras el ánimo de ejercer un control social dictatorial. Porque también los parias de la tierra estuvieron bajo el yugo de ETA.

lunes, 31 de enero de 2022

"HISTORIA DE UN PIRÓMANO". Un artículo de Iñaki Arrizabalaga publicado en Diario de Noticias de Navarra el 30.01.2022

Mientras tanto, el expirómano reconvertido a modélico bombero no tiene en esta nueva fase ni media palabra de humanidad o cercanía hacia todas las personas que murieron abrasadas en sus incendios, ni media sílaba de autocrítica por su pasado incendiario.Señor David Pla: qué felicidad que usted ya no sea un pirómano. Pero de ahí a ser bombero... 

Érase una vez un pirómano que por vocación de servicio al pueblo se dedicaba a quemar casas. En esos incendios moría gente que nunca tuvo que haber muerto. El pirómano sabía que estaba muriendo gente, pero a él eso le importaba bien poco, porque seguía quemando casas. Esa causa superior a él -su vocación de servicio al pueblo- estaba por encima de todas las cosas y personas y justificaba todos sus incendios. También había muchas personas que, contra toda lógica y toda ética, aplaudían al pirómano y le instaban a continuar quemando casas.Un día el pirómano y quienes le jaleaban dicen que ahora lo que toca con relación a la vocación de servicio al pueblo es apagar los incendios que él mismo ha ido causando durante tanto tiempo. Y al pirómano lo transforman en bombero. Quienes le apoyaban cuando quemaba casas nos dicen ahora que el pirómano es, en realidad, un bombero de trayectoria ejemplar, modélico apagafuegos a quien debemos reconocer su colaboración, porque sin ella los incendios que él mismo había creado nunca se apagarían. Si les recordamos que lo que pasó en esos incendios no se puede olvidar y que no se puede hacer borrón y cuenta nueva de su pasado de pirómano, entonces nos acusan de querer provocar otro incendio. Mientras tanto, el expirómano reconvertido a modélico bombero no tiene en esta nueva fase ni media palabra de humanidad o cercanía hacia todas las personas que murieron abrasadas en sus incendios, ni media sílaba de autocrítica por su pasado incendiario.Señor David Pla: qué felicidad que usted ya no sea un pirómano. Pero de ahí a ser bombero...

jueves, 25 de noviembre de 2021

Transterrados: los obligados a irse de sí mismos. Un artículo de José M. Portillo publicado en Crónica Vasca el 25.11.2021

No sabemos cuántos, dónde fueron, cómo rehicieron sus vidas… No sabemos prácticamente nada y, lo que es más preocupante, tampoco parece importarle mucho a nuestras autoridades públicas

Con este adjetivo de uso tan poco habitual, la Fundación Fernando Buesa ha titulado su reciente simposio, el número diecinueve, de estudios relacionados con la violencia política y sus efectos en la sociedad vasca. Interesaba atender un capítulo prácticamente desconocido del que fue uno de los efectos más nocivos del terrorismo ultranacionalista vasco: la salida forzada de Euskadi y la búsqueda de arraigo en otros lugares de personas que ya sufrían otras formas de violencia. No sabemos cuántos, dónde fueron, cómo rehicieron sus vidas… No sabemos prácticamente nada y, lo que es más preocupante, tampoco parece importarle mucho a nuestras autoridades públicas. No hay en la historia vasca reciente un fenómeno más relevante de abandono del país por motivos políticos y, sin embargo, en el potente, y muy bien financiado, programa del Gobierno vasco para el estudio, atención y mimo de lo que denominan “diáspora” vasca no hay ni una rendija para atender este fenómeno, ni siquiera para estudiarlo.

Es asunto que requiere urgente atención por varios motivos que estas jornadas han puesto suficientemente de relieve. Muchas de esas historias, las que hemos podido oír estos días en Vitoria, comenzaron con un grito de dolor por el anuncio de un asesinato, con una bomba fallida que podría haber matado a una familia, con una voz al otro lado del teléfono que hablaba de nombres en una lista: son víctimas del terrorismo forzadas a irse de su ciudad, de sus familias y amigos, de sus trabajos, son víctimas a las que se forzó a irse de sus vidas. Los transterrados fueron víctimas, en fin, que fueron forzadas a alejarse de sí mismas en la medida en que se iba el yo para buscar una nueva circunstancia.
Esto es tan dramático como desatendido por unas autoridades que, como digo, dedican miles de euros a vascos que se fueron de Euskadi. Esa sería la primera reparación, la de urgencia, abrir un registro (como el que se ha hecho para víctimas de la violencia policial ¿ven como si se quiere se puede?), ponerse en contacto con ellos, preguntarles, aunque sea decenas de años después, si necesitan algo de esta sociedad vasca, vindicarles públicamente y tratar de sanar en la medida de lo posible el daño causado.

Muchos de ellos han rehecho vidas por otros rumbos y han procreado fuera de aquí otras generaciones, que se verán lógicamente más de esos lugares que vascos, pero que, lo hemos podido oír también estos días en Vitoria, siguen considerando Euskadi como referencia esencial en sus vidas. La mayoría no querrá volver a transterrarse para regresar, como es lógico, pero eso no quiere decir que no desearían tener más presencia entre nosotros. Lo dijo alguien que, dirigiendo el periódico más importante del país, se fue de Euskadi sin una despedida pública, sin una miserable palmada en la espalda de quien estaba al mando de este trozo de Estado. José Antonio Zarzalejos ejemplifica muy bien al transterrado que se difumina hasta desparecer del espacio público, que es, justamente, lo que buscaban quienes le forzaron con violencia a irse. Zarzalejos habló este lunes, por fin, en Vitoria y lo hizo para ofrecer nombre y persona para lo que sea menester a ese mismo trozo de Estado que le ignoró en su trasnterramiento.
Pero estos transterrados vascos, estos forzados a abandonar el país, necesitan, a mi juicio algo más y de alguien más. La bomba, el tiro a su familiar, el secuestro, la carta de extorsión, todo eso era obra de ETA, o llevaba su sello o reivindicaban con orgullo la ekintza. Sin embargo, en el proceso que lleva al transterramiento ese era solamente el punto final, la consecuencia de no haber obedecido antes las órdenes: calla, paga, deja tu profesión, vete. Había momentos previos a ese paso final y fatal. Varias periodistas se han referido también a ello esta semana en Vitoria: amenazas en ruedas de prensa, señalamientos con nombres y apellidos en la prensa adicta, pintadas con dianas frente al domicilio, cartelería insultante. Todo ello tenía la finalidad de anular cualquier competidor en el espacio público, silenciar al contrincante, impedir su libertad de escribir. Por supuesto que se partía de un presupuesto diferente que no veía a aquellas personas como contrincantes políticos sino simplemente como enemigos a los que abatir. El cantante Imanol, como recordó Felipe Juaristi, es el epítome de todo ello: el ultranacionalismo lo convirtió en enemigo y se le sometió a un borrado literal del espacio público hasta que murió lejos y solo.

De esas fases previas que llevaban al transterramiento no se ocupaban los de las pistolas sino los del atril. Tiene tanto nombre como ETA: Herri Batasuna, Euskal Herritarrok, Jarrai, Ikasle Abertzaleak. Ni una sola palabra se les oyó entonces de reprobación o repudio del asesinato de sus contrincantes políticos ni de que otros tuvieran que abandonar la esfera pública vasca para sobrevivir. Todo lo más, aprovechaban la ocasión para decir cuánto sufrían ellos, los del atril y los de las pistolas. No pocos de aquellos dirigentes lo siguen siendo hoy de Sortu y siguen con atril a su disposición, ¿alguien les ha oído decir algo de su propia actitud ante el asesinato o el transterramiento de sus contrincantes políticos? Ni en la intimidad.

viernes, 26 de febrero de 2021

"Vidas arrebatadas. Los huérfanos de ETA". Un libro de la periodista Pepa Bueno

 La tragedia de un día. El drama de dos vidas. Dos niños inocentes, sin el calor de la familia y sin la protección de las instituciones.

El 11 de diciembre de 1987, José Mari tenía trece años, y Víctor, once. Residían con su familia en la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza. Poco después de las seis de la mañana el edificio voló en pedazos. Solo una pared quedó en pie. En ella se apoyaban las camas de José Mari y Víctor, que, tras la explosión, despertaron para encontrarse sobre un abismo de escombros. Aún no sabían que su madre, su padre y su hermana de siete años acababan de morir.

Con la serenidad del buen periodismo y emoción contenida, Pepa Bueno narra la historia de los dos hermanos, hoy jóvenes retirados que todavía luchan con sus fantasmas. «Cuando los focos se apagan, a las familias de las víctimas les toca seguir tirando, repartiendo de nuevo las cartas de la vida».

«Esta es la historia de una herida incurable, la de dos hermanos que de niños sobrevivieron al atentado contra la casa cuartel de Zaragoza, en el que perdieron a sus padres y a su hermana pequeña. Un testimonio sin tapujos, de una alta carga humana, tan doloroso como conmovedor».

Fernando Aramburu, autor de Patria


lunes, 8 de febrero de 2021

Maixabel Lasa: "Víctimas, respeto a la diferencia". Maixabel clama contra el "monopolio de la voz de las víctimas", respondiendo al ataque de Daniel Portero, diputado del PP en la Asamblea de Madrid y presidente de la asociación Dignidad y Justicia

Los once años al frente de la Dirección de Atención a Víctimas del Terrorismo del Gobierno Vasco estuvieron marcados por unas pautas que siempre consideré fundamentales en mi actuación.

La principal de todas ellas fue el respeto absoluto hacia la forma de ser, la forma de pensar y la forma de sentir de cada víctima del terrorismo, entendiendo que todas las personas viven su condición de víctima de una manera diferente, como diferentes son. Nunca creí –ni lo creo ahora– que haya víctimas mejores o peores desde un punto de vista moral. Todas son iguales y merecedoras de respeto y consideración. Procuré pues huir de la creación de modelos a seguir que pudieran ser considerados como moralmente superiores.

Al mismo tiempo, tuve siempre muy claro que, efectivamente, las víctimas merecen consideración, solidaridad y respeto a sus derechos, pero que no son poseedoras de un plus de legitimidad a la hora de opinar en política. Siempre defendí que los poderes públicos deben velar por el interés general y no por el particular, por muy comprensible que pueda ser desde el punto de vista humano.

A cambio, en mi condición de víctima, solo pedí también respeto. Respeto hacia mi forma de pensar y mi manera de actuar. Ni mejor ni peor que las de las demás víctimas, pero tan digna de respeto como las suyas. Así ocurrió, por ejemplo, cuando participé en el programa de encuentros restaurativos que me permitió mantener reuniones con dos de los miembros del comando de ETA que asesinó a mi marido, de los cuales escuché palabras doloridas y sinceras de arrepentimiento por sus acciones.

Jamás pretendí que fuera un modelo de comportamiento a seguir, Mostré mi comprensión respecto a todas a aquellas víctimas que no solo no querrían compartir una experiencia como la mía, sino que ni siquiera la entendían. Pero, eso sí, demandé respeto hacía quienes decidimos libremente participar en el mencionado programa.

No hay una forma canónica de ser víctima, ni de pensar como víctima. Por supuesto, no hay tampoco uniformidad en el pensamiento político de las víctimas del terrorismo. Personas de derechas y de izquierdas, incluso nacionalistas, han sido objeto de la brutalidad del terror impuesto por ETA.

En consecuencia, ¿es razonable esperar que las víctimas del terrorismo, en cuanto colectivo, tengamos una sola voz, una sola opinión? Obviamente, no. Y si es así, ¿por qué cuesta tanto admitir esa pluralidad, esa diversidad? ¿Por qué hay quien pretende una y otra vez arrogarse el monopolio de la voz de las víctimas expresando tal o cual opinión? ¿Por qué se utiliza esa impostura de "la voz de las víctimas" para opinar de política, sea esta penitenciaria o relacionada con pactos entre partidos políticos?

Durante años "las víctimas del terrorismo" hemos constituido un caramelo muy goloso para los partidos políticos, por la capacidad de empatía que genera la injusticia de nuestro dolor y nuestro sufrimiento. Y hay gentes que no se resignan a perder esa baza política. Las resistencias a aceptar la diversidad y el pluralismo llevan, por lo común, una firma en forma de siglas de partido. Por eso, es mayor la responsabilidad que le compete a la hora de reflexionar sobre la necesidad de poner fin a esta situación.

Suyo es el diputado de la Asamblea de Madrid que no ha dudado en zaherir de manera vergonzante los sentimientos de mi familia, con afirmaciones insidiosas que, además de faltar a la verdad, no le incumben por ser personales.

Que nadie se engañe, este señor no tiene nada contra mí ni contra mi familia. Incluso en el pasado llegamos a mantener una relación razonablemente cordial y ningún motivo de perturbación de la misma ha existido desde entonces.

No, no hay nada personal. Otra es la causa. Detrás de su exabrupto hay un intento más de desacreditar a las víctimas que, pensando diferente a él y a sus acólitos, rompemos su añorado monopolio de la voz política de este colectivo. No es la primera vez que ocurre, aunque esperemos que sea la última. Se ha utilizado la ideología de la víctima ("es que es nacionalista, ya sabemos"), el manido síndrome de Estocolmo, y ahora llegando al cuestionamiento mismo del dolor que sentimos.

No tengo nada contra esta persona. Al contrario, va a seguir contando con todo mi respeto como víctima y acepto su forma de pensar, aunque discrepe de la mía. Faltaría más. Es su derecho y es su libertad. Pero defiendo y reivindico uno de los pilares esenciales sobre los que quise que pivotara mi actuación pública en la Dirección de Atención a Víctimas del Gobierno Vasco: el respeto y la consideración a todas las víctimas y la defensa de su diversidad y pluralismo. Basta ya. Exijo RESPETO.


domingo, 7 de febrero de 2021

"Ryan". Un articulo de Rául López Romo de la Fundación Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo en Elcorreo_com

El asesinato del ingeniero jefe de Lemóniz, hace hoy 40 años, y la paralización de las obras de la central dieron combustible a ETA para continuar su delirio homicida

José María Ryan trabajaba como ingeniero jefe en la construcción de la central nuclear de Lemóniz. A sus 39 años, estaba casado con Pepi Murua, con quien tenía cinco hijos. Vivían en una urbanización de Umbe, tan cerca de Bilbao como de aquella obra de Iberduero que nunca llegó a inaugurarse. Buena parte de la culpa la tuvo ETA militar. El 29 de enero de 1981 la organización terrorista secuestró a Ryan de camino a su casa. Impuso un ultimátum: si en una semana no se derribaba la planta atómica «bajo la dirección de los organismos populares correspondientes», el rehén sería «ejecutado». ETA sabía que estaba exigiendo un imposible. El plazo venció el 6 de febrero. El cadáver de Ryan apareció en la cuneta de un camino forestal de Zarátamo, maniatado y con un tiro en la nuca. Para entonces ya habían estigmatizado al cautivo acusándole de ser un «yanki imperialista al servicio de la oligarquía española». Las amenazas contra el resto de los técnicos no se hicieron esperar.

No hizo falta demoler los recios muros de hormigón, que hoy, 40 años después, siguen en la que antaño fue la cala de Basordas. El miedo cumplió su función. Las obras, ya casi terminadas, se paralizaron, primero provisionalmente y luego para siempre. ETA lo exhibió como un trofeo de guerra; el triunfo parcial que vaticinaba su victoria definitiva. Le dio combustible para continuar su delirio homicida.

La violencia terrorista no es una cualquiera, sino que espera réditos políticos, y en este caso los obtuvo. La discusión sobre la energía nuclear, que era intensa, quedó relegada por otro debate primordial, ético, que aún nos ocupa: la eterna cuestión de los fines y los medios.

Repasar la prensa de la Transición, hoy más accesible gracias a las hemerotecas online, nos retrotrae a un periodo convulso en el que se iban consiguiendo libertades en un ambiente de extrema tensión y violencia, sobre todo en el País Vasco. Por un lado, hablamos de una época muy distinta de la actual. Las noticias de atentados se sucedían. La sociedad, con honrosas excepciones, permanecía silente. Las víctimas ocupaban apenas unas líneas. La amenaza golpista se materializaba el 23-F. La democracia era frágil. Por otra parte, hablamos del hito fundacional del sistema vigente. A diferencia de lo ocurrido en otros países que presumen de un origen glorioso, a menudo mitificado, no es precisamente la unidad lo que prevaleció en nuestro caso. Los que quedaron en el camino, los muertos, nos tendrían que recordar lo que no debe volver a suceder. Pero no hay consenso ni siquiera en torno a ellos. Políticos hay que siguen legitimando los asesinatos de ETA, tácita o explícitamente, al resistirse a afirmar que fueron injustos. También a estos efectos se nota que no ha sido hace tanto y que las responsabilidades fueron enormes.

El impacto del terrorismo ha sido tan grande y proyecta tal sombra hacia el presente que sigue generando noticias a diario, más de una década después de la última víctima mortal de ETA. Pero tan importante es lo que aparece -sobre iniciativas de memoria o, en otro plano, sobre 'ongi etorris', acercamiento de presos etarras, el papel de Bildu en las instituciones…- como los silencios y las omisiones.

Como muestra, un botón. El Museo de Bellas Artes de Bilbao expone hasta finales de este mes una muestra sobre Lemóniz donde no aparece ETA, que, en su particular cruzada antinuclear, mató a cinco personas. Ryan fue la penúltima. Un año después acribilló a su sucesor en el cargo, Ángel Pascual, al salir de su casa del barrio bilbaíno de Begoña. ¿Hubo manifestación de protesta? A diferencia de lo que solía ocurrir, esta vez sí, pero cada partido desfiló por separado, marcando distancias con los cortejos de las otras fuerzas políticas. Ciertas cosas no han cambiado tanto.

La exposición se centra en los llamados «herrikoi topaketak» (encuentros populares), organizados por los comités antinucleares en noviembre de 1980. También repasa las masivas movilizaciones contra Lemóniz y recoge interesantes imágenes de la construcción de la central. El evento congregó en la Feria de Muestras de Bilbao a artistas e intelectuales de diferentes disciplinas y procedencias. Esa diversidad -entre los firmantes del manifiesto contra Lemóniz estaban Chillida, Oteiza, Agustín Ibarrola, Jon Juaristi o Luis Castells- habría sido imposible apenas tres meses después, cuando ETA asesinó a Ryan. Para muchos, lo urgente pasó a ser la denuncia de los crímenes de la banda.
Hurtar al espectador el decisivo papel que jugó ETA es ofrecer un esbozo parcial de aquellos días. Lo mismo vale para esta exposición en concreto que, en general, para el paisaje que ha dominado nuestra historia reciente.

"DIVAGACIONES ESTIVALES SOBRE LA PRESUNCIÓN DE INOCENCIA". Carlos López-Keller, infoLibre.es

Cuando la probabilidad sustituye a las pruebas En los albores del derecho romano, que es tanto como decir del derecho mismo, dos escuelas de...