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sábado, 5 de septiembre de 2026

"MARRUECOS CONTRA LOS MARROQUÍES". Najat El Hachmi, El País

El régimen lleva décadas forzando la emigración para rebajar las tensiones de la pobreza y la tiranía

La entrada masiva de marroquíes a finales de julio en Ceuta no es una entrada masiva; es la plasmación más gráfica y fidedigna del trato que da el régimen alauí a su gente, en especial a sus menores. Estarán orgullosos los artífices de la iniciativa, quienes hayan decidido usar a la población para lo que es a todas luces un ataque a una ciudad que lleva cinco siglos siendo española. Estarán contentos por haber dado al mundo esa imagen precisa de lo que es en realidad un país que se presenta como el más moderno, que progresa económicamente, el que tiene una buena selección de fútbol (compuesta casi toda por hombres que ni nacieron ni crecieron en Marruecos y que le deben poco o nada a la bandera que llevan en la camiseta), que prohíbe las bolsas de plástico de forma radical lavando en verde el despotismo con que somete a su población.

Nada nuevo, en realidad: el mundo no lo ha visto, pero el país en el que nací lleva décadas haciendo exactamente lo que hizo este verano, vertiendo a los marroquíes en otros países como se vierte la mierda en las alcantarillas. Pregunten a cualquiera que proceda del magnífico reino dirigido por Mohamed VI y les contará lo que es no tener patria porque la que se supone tuya de nacimiento hace lo posible para que te vayas, para que huyas de su territorio. No es algo reciente: la emigración ya la usaba Hassan II como arma de represión contra sus “súbditos”. La historia de la zona de la que yo procedo, el Rif, no es más que una historia de destierros involuntarios. Nos contaron que era por razones económicas, para tener una vida mejor; pero lo que quedó enterrado por el silencio traumático de nuestros padres y abuelos es que hubo políticas deliberadas para que nos fuéramos. Éramos demasiados, queríamos comer, organizábamos manifestaciones cuando subía el precio del pan y no veíamos forma alguna de aplacar el hambre en esa tierra yerma y abandonada, arrasada por las élites extractivas —empezando por el propio Rey, que puede llevar una vida de lujo y regalar joyas carísimas a mandatarios extranjeros— mientras los niños que viven bajo su dictadura no ven otra salida que la de ir hacia el Norte, donde sus ídolos viven en paz y puede crecer la esperanza.

No, ese Marruecos que ha visto el mundo entero no es nada nuevo, es el plomo de antaño, es Betty Lachgar encarcelada por una camiseta, es Nasser Zafzafi cumpliendo 20 años a la sombra, es usar a seres humanos con finalidades geoestratégicas. Es arrojar a los niños al mar. Y que se ahoguen como se ahoga el resto del país bajo la bota dictatorial.

lunes, 31 de agosto de 2026

""Me quedé embarazada con 15 años y me casaron con mi maltratador": la dimensión feminista de una crisis que arrastró a centenares de jóvenes a Ceuta". Noor Ammar Lamarty, Publico.es

Menores en un campamento en Ceuta
El Gobierno calcula que actualmente hay unas 700 niñas acogidas en la ciudad autónoma, aunque la mayoría siguen sin tener acceso a condiciones salubres ni a una atención psicológica adecuada.

El 30 de julio de 2026, hace un mes exactamente, Ceuta amaneció recibiendo a miles de personas que cruzaban desde Marruecos por el Tarajal. El Ministerio del Interior terminaría cifrando en unas 72.000 las entradas de aquellos dos días, en una ciudad desbordada por una llegada que volvió a activar el vocabulario habitual de la frontera, y esta vez se añadió la palabra "invasión". A 29 de agosto de 2026, la cifra oficial más reciente del Ministerio del Interior es que quedan alrededor de 5.000 personas migrantes en Ceuta de las aproximadamente 72.000 que entraron los días 30 y 31 de julio. De esas 5.000, unas 1.500 son menores. Según la ministra de Juventud e Infancia, Sira Rego, entre los 1.500 menores actualmente acogidos hay unas 700 niñas. Es decir, las niñas representan aproximadamente el 47% de los menores. La mayoría de ellas siguen sin tener acceso a un servicio en condiciones salubres, lo que aumenta el riesgo de que su salud empeore.

Pero Ceuta no es únicamente el lugar donde una frontera se desborda de vez en cuando. Es una ciudad hecha, en buena medida, por la propia frontera. Durante el protectorado español en Marruecos, (que es el lugar de procedencia de la mayoría de las niñas y mujeres que hay en Ceuta) entre 1912 y 1956, fue puerto, retaguardia militar y nodo de circulación hacia el norte marroquí; después de la independencia de Marruecos, la separación política no eliminó una cultura fronteriza construida durante generaciones entre Tetuán, Castillejos y Ceuta, donde se daban trabajo, comercio, cuidados, familias y vidas que atravesaban diariamente una línea que para unos era rutina y para otros, cada vez más, obstáculo.

Esa frontera guarda además su propia memoria de crisis. En octubre de 1995, centenares de migrantes subsaharianos permanecían bloqueados en Ceuta, viviendo en las Murallas y sin posibilidad de continuar hacia la Península. La salida autorizada de un grupo de kurdos provocó protestas entre quienes se sintieron discriminados y, el día 11, la situación terminó en graves disturbios, más de doscientas detenciones y un policía herido de bala por un disparo cuya autoría nunca llegó a determinarse; de aquel episodio surgiría después el campamento de Calamocarro y una nueva forma institucional de gestionar la inmigración en la ciudad. Treinta y un años después, Ceuta dispone de vallas, cámaras, centros de acogida, acuerdos bilaterales y financiación europea, pero conserva una vieja paradoja: puede perfeccionar indefinidamente la administración de la frontera sin resolver qué hacer con las personas que quedan atrapadas en ella. Esta vez, entre esos cuerpos había también miles de mujeres y niñas. Y esa clave es fundamental porque a diferencia de otras veces la mayoría son de origen marroquí y están en circunstancias de vulnerabilidad máximas.

La violencia

Me siento en el campamento de Sidi Embarek, gestionado por Karima y su hijo Abdelah, vecinos de Ceuta que se ofrecieron a ayudar a las mujeres y niñas que pudiera albergar la carpa. Son alrededor de 380. Casi todas duermen sobre alfombras o mantas apiladas; varias organizaciones llevan comida, agua y los recursos más básicos. Me siento a escuchar y enseguida comprendo que no existe escucha suficiente para acoger la vivencia de tantos cuerpos. Me colocan una pequeña mesa de pupitre en uno de los extremos de la carpa y empiezan a acercarse algunas menores.

Sumaya tiene 15 años, ojos grandes y el pelo largo y castaño. Se sienta frente a mí y responde con timidez a las preguntas más básicas. Karima lleva un registro de las personas alojadas en el campamento y yo voy completando algunos datos. Le pregunto si ha podido hablar con su familia. Dice que sí, que ha hablado con su madre, y empieza a llorar: "Cuando mi madre sale a trabajar, él me pega. A veces me pega tanto que me desmayo. Me ha pegado tanto que puedo estar aquí un año más y no volver. Me ha roto los dientes varias veces". Entonces se quita la pieza dental que sustituye parte de sus dientes delanteros y me la enseña con vergüenza. "Mi madre no se va a divorciar de él. Tiene miedo de que acabemos en la calle. De que la eche. De que su familia no la quiera. De que el casero diga que ya no podemos vivir allí", explica.

La abrazo. La abrazo porque la profesión se me atraganta. Porque reconozco que son sobre todo las niñas de mi país. Al cabo de un rato me dice que es la primera vez que le cuenta a una adulta lo que le ha pasado, que se siente aliviada. Le digo que los dientes pueden arreglarse, que sigue siendo preciosa. Pero una niña de 15 años no debería tener que abrir una herida así y quedarse después sola frente a ella. Contar no siempre repara. Una menor sometida a violencia sostenida necesita atención psicológica, protección y acompañamiento social especializado; necesita un lugar donde reposar la culpa, la vergüenza y el miedo que quedan después. Necesita algo que en el campamento de Sidi Embarek no existe, porque no es posible que exista sin apoyo gubernamental, sin un despliegue de expertas. Sin un triaje que permita saber en qué circunstancias se encuentran estas menores y jóvenes. Pero lo que sí sabemos es que según el Haut-Commissariat au Plan, el 70,7% de las adolescentes marroquíes de entre 15 y 19 años sufrió alguna forma de violencia en los doce meses anteriores a su gran encuesta nacional de 2019; casi seis de cada diez la sufrieron dentro del espacio doméstico.

Hay trabajadoras humanitarias sosteniendo necesidades inmensas con recursos mínimos. Hay personas agotadas, pero no profesionales especializados en violencia contra adolescentes y jóvenes, no es una forma de violencia explícita contra la infancia, el factor de que son mujeres es imprescindible para comprender lo que les sucede. El machismo, el dispositivo de control sexual, es clave para explicar quiénes son estas niñas. Sumaya termina de hablar, se levanta de la silla y la siguiente niña se sienta frente a m

No existen los matrimonios de menores, es la legalización de la violencia sexual contra las menores

No hay matrimonios de menores que no constituyan violencia sexual. "Cuando me dijeron que me iban a casar en realidad me dijeron que me iban a violar. El día que se abrió la frontera salí corriendo de mi casa. Corrí horas, corrí tanto que no fui ni consciente de cómo llegué al otro lado de la frontera. No sé cómo no me ahogaron tantas personas agarradas a mi cuerpo. Salí escapando del tirón de pelos de mi hermano que ahora está en la cárcel", explica, y muerde el bocadillo que se está comiendo. Ella, Salma (nombre ficticio) y su amiga desde hace un mes, Khadija, estaban en la cafetería a la que entré a comprar algo de comer, en una mesa en un sitio repleto de hombres. Usan el baño de la cafetería para hacer sus necesidades, pero las obligan a consumir algo. Me senté con ellas para comer y entonces Salma me dijo que me contaría la verdad, y que prefiere volver en un ataúd a Marruecos antes que volver viva. "Mi hermano es politoxicómano, cuando sale se droga y cuando vuelve a casa me pega. A veces estoy dormida y me despierto en mitad de las palizas. Ya no sé de qué estoy hecha porque nada me duele", me dice en tono jocoso. Tiene una mirada dura y su cuerpo de 19 años parece el de una adolescente de 16 años. Se levanta la camiseta de la selección marroquí de fútbol que lleva y me enseña las cicatrices.

"Esta fue de cuando les dije que no me iba a casar. Me enteré de que mi padre me había vendido. El hombre con el que me querían casar le había dado a mi padre una importante cantidad de dinero. Venía a mi habitación en mitad de la noche y me daba el teléfono para hablar con este hombre de 38 años. Me decía: Respóndele puta". Me dice que siempre lo hizo lo mejor que pudo para que no pegasen también a su madre, pero que el régimen de terror y torturas en la casa pasaba por impedirle hasta cerrar la puerta de la habitación. "Arrancaron la cerradura de mi habitación, y cada pocas noches eran violencias distintas. Un mes antes de venir a Ceuta, mi hermano entró drogado y empezó a pegarme navajazos", dice mientras me enseña las cicatrices.

Aquella noche Salma se desangró, y no fue hasta el día siguiente cuando la llevaron al médico y se quedaron ambos padres con ella cerca del médico para asegurarse de que no contase cómo le había pasado aquello. Se inventaron una historia, nadie preguntó y se la llevaron a casa.

"Pero no me casé. Me llevé todas las palizas posibles, pero no me casé. Cuando el matrimonio ya no era una opción, mi padre me dijo que saliese y fuese a buscar dinero, que le daba igual la forma. Quería que me prostituyese. No quiero casarme nunca de hecho. Quiero estudiar, necesito estudiar. Es lo único que quiero hacer en España. Trabajaré y estudiaré y ayudaré a mi madre a irse de esa casa", añade.

Sukaina sin embargo no pudo evitarlo cuando se quedó embarazada con 15 años de un chico de su barrio: "Después de dar a luz me obligaron a casarme con él. No sé cómo lo hicieron, pero la Policía me convocó a tribunales y nos casamos." Es una menor a cargo de un menor de dos años.

En Marruecos, aunque la edad legal para casarse es de 18 años, el Código de Familia mantiene excepciones judiciales que permiten el matrimonio de menores: en 2024 se presentaron más de 16.000 solicitudes y alrededor de 10.000 fueron autorizadas, casi todas relativas a niñas. El matrimonio infantil funciona así no solo como consecuencia de la pobreza, sino también como un dispositivo de control de la sexualidad femenina porque convierte en un asunto matrimonial embarazos, relaciones o situaciones de vulnerabilidad que deberían activar protección social, atención sanitaria y acompañamiento. El matrimonio de una menor es el reconocimiento de la legitimidad de la violencia sexual porque la mayoría de las menores se casan con hombres adultos que se convierten en quienes están a su cargo. Algunas de las jóvenes y menores que han llegado a Ceuta necesitan pañales y leche para sus hijos, pero también protección para ellas mismas, atención psicológica, asesoramiento jurídico y un espacio donde poder explicar si aquel matrimonio fue elegido, impuesto o simplemente la única salida que los adultos dejaron disponible. Llamarlas únicamente "madres migrantes" borra lo esencial, y es que se hicieron madres cuando eran aún niñas.

Explotación laboral y acoso sexual

Salwa y Naima dejaron los estudios con 16 años y empezaron a trabajar en talleres de costura. Ninguna tenía contrato ni seguridad social. "El mes que mejor cobramos llegamos a 2.500 dírhams", cuenta una de ellas. Las jornadas tampoco tenían un final definido: "Hay noches que te dejan hasta las dos, las tres o las cuatro de la mañana porque hay un cupo de producción que se tiene que alcanzar. Da igual que estés enferma. Da igual todo". Salir de la fábrica no significaba estar a salvo. A esas horas dependían de taxis colectivos que a veces las dejaban en mitad de la carretera. "Volvíamos rezando", dicen, primero riéndose y después ya no. Una noche tuvieron que caminar durante horas hasta que otra mujer las recogió. Tres horas después estaban de nuevo en pie para regresar al trabajo.

La precariedad económica se mezclaba con otra forma de violencia. Varias describen acercamientos, tocamientos y acoso por parte de encargados y superiores. "Tienes que protegerte haciéndote la loca. Sabes perfectamente lo que está haciendo, pero haces como que no", explica Naima. Protestar podía significar perder el empleo. Suhayla lo hizo cuando un superior la agarró del culo: "Le pegué un empujón. Después se aseguró de que nunca más pudiera estar tranquila. Quería que me fuera yo y fue lo que hice". Le pregunto si encontró otro trabajo. Se encoge de hombros, como si la respuesta fuese evidente, que cuando el empleo es miserable, pero es lo único que tienes, incluso defender el propio cuerpo es un lujo.

Emergencia humanitaria feminista

Hablar de una emergencia humanitaria feminista en Ceuta no es añadir la palabra género a una crisis migratoria, es reconocer que una parte significativa de las violencias que arrastran estas niñas y jóvenes no puede comprenderse únicamente desde la pobreza, la migración o la minoría de edad. Son violencias específicamente atravesadas por el hecho de ser mujeres: abandono escolar para asumir responsabilidades familiares, matrimonios forzosos de menores, embarazos adolescentes, dependencia económica, violencia sexual, violencia intrafamiliar y una ausencia sostenida de recursos públicos capaces de ofrecer alternativas reales. Marruecos sigue sin proteger a la infancia y a las mujeres, pero la opresión añadida de las niñas lleva a una realidad cruel porque las niñas están sometidas a un dispositivo de control sexual que pasa a través de la violencia. La fractura del país que organiza mundiales y progresa en términos económicos es la insuficiencia de políticas sociales que permitan a una adolescente salir de una casa violenta, a una madre divorciarse sin caer en la precariedad o a una menor embarazada recibir protección sin que el matrimonio aparezca como una solución.

Los derechos sociales de las mujeres y las adolescentes no están en las conversaciones políticas centrales del país y mucho menos sus derechos sexuales y reproductivos porque no solo oprime la legislación carente, sino también la sociedad que repudia, maltrata y estigmatiza, y el entorno familiar que a menudo representa una cárcel para la emancipación. Cuando no existen refugios suficientes, atención psicológica, autonomía económica ni garantías efectivas sobre los derechos sexuales y reproductivos, la violencia ya no es sólo lo que ejerce un padre, un marido o un empleado, también está en la ausencia de un sistema de atención al que poder acudir.

Muchas de las chicas que encuentro en Ceuta han cruzado precisamente porque saben que aquello que les ocurre no debería ocurrirles. Esa conciencia importa. No son cuerpos pasivos desplazados por una crisis que no comprenden; han tomado una decisión, a menudo extrema, para buscar una salida. España aparece en sus relatos como un lugar donde imaginan que una mujer puede denunciar, trabajar, estudiar, divorciarse, vivir sola o pedir ayuda sin quedar necesariamente expulsada de su comunidad. No idealizan España, consideran que en España son personas de pleno derecho. No significa que España sea ese refugio perfecto ni que aquí las mujeres estén libres de violencia. Significa que ellas atribuyen a este lado de la frontera una promesa institucional que tiene que ver con la posibilidad de que exista alguien a quien recurrir. Su migración contiene, por tanto, una forma de agencia política. Están diciendo que no aceptan como inevitable la violencia que han conocido, y que la opresión por nacer mujeres en un país que no las mira es algo que pueden cambiar.

Y casi todas las historias terminan regresando a sus madres. Madres maltratadas que no pueden abandonar al marido; madres divorciadas que trabajan sin conseguir sostener solas a todos sus hijos; madres que temen perder la vivienda, el apoyo familiar o la protección social si se separan; mujeres cuya falta de autonomía acaba reorganizando también la vida de sus hijas. Las adolescentes dejan los estudios para trabajar, sostienen a sus hermanos, aceptan empleos abusivos o buscan en la migración una posibilidad que sus madres nunca tuvieron. La violencia contra una generación se convierte así en la precariedad de la siguiente. España está recibiendo en Ceuta a menores y mujeres jóvenes que llegan desde una crisis profunda de derechos de las mujeres y que, precisamente porque han sido capaces de identificar la injusticia de aquello que viven, están pidiendo otra cosa. Si la respuesta humanitaria no incorpora protección de menores, salud sexual y reproductiva, atención psicológica, recursos residenciales seguros, acompañamiento jurídico y alternativas reales de autonomía, la violencia de las mafias, de la exposición a la prostitución y la trata irá en aumento.

La organización Mujeres en Zona de Conflicto (MZC) reclama que el Gobierno de España y la ciudad autónoma de Ceuta asuman de forma efectiva la coordinación de la respuesta humanitaria y dejen de descargar sobre asociaciones vecinales, ciudadanía y ONG la cobertura de necesidades básicas como agua, alimentación, salud y alojamiento. La entidad exige una atención descentralizada y con enfoque de género, especialmente para niñas, adolescentes, embarazadas y mujeres en situación de extrema vulnerabilidad, con recursos de salud sexual y reproductiva, mediación intercultural, protección de menores y espacios seguros. También alerta del riesgo de trata y explotación sexual o laboral en un contexto de saturación y desprotección, y reclama mecanismos de detección precoz y acompañamiento especializado.

"Pedimos a vigilancia, a Policía, a los ministerios protección militar o policial alrededor de los campamentos donde están las mujeres. No hay espacios seguros y dignos, porque eso no puede suceder solo con gestión vecinal", declara Ana Martín, coordinadora del Área de Trata y Acción Social de Mujeres en Zona de Conflicto. “Hemos reclamado a las distintas instituciones públicas vigilancia y seguridad para los espacios habilitados por las asociaciones vecinales para mujeres y niñas. La protección no puede recaer sobre las asociaciones vecinales. Es necesario que la administración habilite espacios dignos y seguros. Mientras tanto, seguirán estando expuestas a la captación y explotación sexual y laboral.”

martes, 18 de agosto de 2026

"CUANDO LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN DE LA IGLESIA HABLAN EL LENGUAJE DE LA ULTRADERECHA". José Antonio Vázquez Mosquera, Religión digital

Tragedia humanitaria en Ceuta
Llamar "invasión" a una tragedia humanitaria no solo deshumaniza a las víctimas; traiciona el Evangelio y compromete la responsabilidad de quienes permiten que ese discurso se difunda desde medios vinculados a la Iglesia.

«Fui extranjero y me acogisteis.»
(Mt 25,35)

Hay palabras que matan. No porque disparen un arma, sino porque preparan el terreno para que otros la disparen. No levantan fronteras ni agreden directamente a nadie. Pero moldean nuestra manera de mirar hasta conseguir que dejemos de ver personas y empecemos a ver amenazas. Eso está ocurriendo estos días con la llegada de miles de personas pobres a Ceuta.

Numerosos medios de comunicación han presentado esta tragedia humana como una "invasión". El término se repite una y otra vez hasta construir una imagen profundamente falsa: la de un ejército atacando nuestras fronteras.

Los pobres se convierten en soldados.Los refugiados pasan a ser invasores. Las víctimas aparecen como amenaza. Y la pobreza deja de ser el problema para convertirse en sospechosa.

Es difícil imaginar una inversión más radical del Evangelio.

El lenguaje nunca es inocente

Llamar "invasión" a una crisis humanitaria no es simplemente elegir una palabra desafortunada. Es construir un marco mental.

Cuando durante horas una sociedad escucha que está siendo invadida, deja de ver niños, familias o jóvenes desesperados y empieza a ver combatientes.Y cuando aparecen combatientes, cualquier respuesta violenta parece más fácilmente justificable.

No es casual que, paralelamente a este discurso, hayan aparecido manifestaciones con gritos de «¡A por ellos!» y agresiones contra migrantes.Las palabras preceden muchas veces a la violencia. Los imaginarios terminan convirtiéndose en conductas.

La verdadera noticia no son los migrantes, es la pobreza.

Mientras las tertulias hablan de invasiones, apenas se escucha la pregunta verdaderamente importante. ¿Por qué miles de personas abandonan Marruecos? ¿Por qué arriesgan la vida? ¿Por qué tantos jóvenes consideran preferible jugarse la muerte antes que permanecer donde nacieron?

La respuesta no está en Ceuta. Está en la pobreza estructural. En la desigualdad económica. En un sistema económico internacional profundamente injusto que sigue reproduciendo relaciones neocoloniales entre el Norte y el Sur.

Está también en una situación de graves vulneraciones de derechos humanos en Marruecos denunciadas desde hace años por organismos internacionales.

Y tampoco puede descartarse que el régimen marroquí, con sus aliados Trump, Netanyahu y toda la ultraderecha internacional, enemigos del gobierno de España, utilice los flujos migratorios como instrumento de presión política, algo que merece una investigación rigurosa.

Pero incluso si hubiera intereses geopolíticos detrás de estos movimientos, quienes cruzan la frontera siguen siendo personas vulnerables. Nunca dejan de ser víctimas porque otros intenten utilizarlas.

El Evangelio nunca habló de invasiones

Jesús jamás llamó amenaza a los pobres. Nunca convirtió al extranjero en enemigo.Nunca identificó la seguridad con el rechazo del necesitado.Al contrario. Se identificó personalmente con él. «Fui extranjero y me acogisteis.» No dijo: «Fui extranjero y me llamasteis invasor.»

El criterio definitivo del juicio de Mateo 25 no será cuánto protegimos nuestras fronteras. Será qué hicimos con quien tenía hambre. Con quien era extranjero. Con quien estaba desnudo. Con quien sufría.

El cristianismo comienza precisamente cuando dejamos de mirar al otro como una amenaza y empezamos a reconocer en él el rostro de Cristo.

La auténtica espiritualidad conduce necesariamente a hacerse cargo del mundo y a una praxis de justicia y compasión hacia quienes más sufren. Una espiritualidad que no desemboca en el compromiso con las víctimas termina convirtiéndose en una espiritualidad vacía.

La mayor vergüenza

Pero quizá lo más doloroso de estos días no haya sido escuchar este discurso en determinados sectores políticos. Lo verdaderamente desconcertante es escucharlo también en medios de comunicación vinculados a la Iglesia.

Que en TRECE TV o en COPE, en determinados programas, se utilice reiteradamente el término "invasión" para referirse a una tragedia humanitaria constituye una profunda vergüenza para la Iglesia institucional propietaria de estos medios.

Precisamente los medios que deberían ayudarnos a mirar la realidad con los ojos del Evangelio terminan muchas veces contemplándola con las categorías del miedo, de la sospecha y de la confrontación.

Uno espera escuchar las Bienaventuranzas.Y escucha discursos donde los pobres aparecen como un peligro. Uno espera encontrar el relato del Buen Samaritano.Y encuentra marcos narrativos extraordinariamente parecidos a los que hoy difunden amplios sectores de la extrema derecha internacional.

Resulta difícil comprender cómo unos medios supuestamente nacidos para evangelizar pueden terminar utilizando un lenguaje que desfigura el núcleo mismo del Evangelio.

La responsabilidad de la Conferencia Episcopal Española

Aquí ya no basta con responsabilizar únicamente a periodistas o tertulianos. También existe una responsabilidad pastoral. Los obispos españoles no pueden limitarse a guardar silencio mientras unos medios vinculados a la Iglesia difunden de manera reiterada un lenguaje que convierte a los pobres en sospechosos y a los migrantes en una amenaza.

El silencio también comunica. La pasividad también educa.

No basta con publicar documentos sobre la Doctrina Social de la Iglesia ni citar al papa León XIV cuando después se permite que desde medios de inspiración cristiana se difundan discursos incompatibles con el corazón del Evangelio.

No se trata de imponer una determinada posición política sobre la inmigración. Es legítimo debatir sobre las políticas migratorias y sobre cómo gestionar las fronteras. Lo que no resulta compatible con el Evangelio es demonizar a quienes huyen del hambre, de la pobreza o de la desesperación.

Si un medio de comunicación que habla en nombre del cristianismo convierte sistemáticamente a los pobres en una amenaza, quienes tienen la responsabilidad última sobre esos medios deberían preguntarse seriamente si están cumpliendo su misión evangelizadora.

Porque no puede proclamarse el domingo que Cristo está presente en el pobre y permitir durante la semana que desde medios vinculados a la Iglesia se contribuya a presentarlo como un enemigo social.

Cuando la Iglesia adopta el lenguaje del poder

La historia demuestra que el cristianismo pierde su alma cuando deja de hablar el lenguaje de las víctimas para adoptar el lenguaje del poder.

Ocurrió con la esclavitud. Con el colonialismo. Con demasiadas dictaduras. Y puede volver a ocurrir con la inmigración.

El seguimiento de Jesús nunca consistió en tranquilizar a los poderosos. Consistió en anunciar una buena noticia para los pobres.

La consecuencia más preocupante de este clima no es únicamente el aumento del rechazo social. Es que llegará un momento en que quienes acompañen, alimenten, defiendan jurídicamente o simplemente abracen a personas migrantes serán presentados como ingenuos, cómplices o traidores.

Ya sucede en otros países. Sacerdotes, religiosas, voluntarios y organizaciones humanitarias han sido objeto de campañas de desprestigio simplemente por practicar aquello que el Evangelio llama misericordia. Sería una inmensa contradicción que esa sospecha acabara siendo alimentada, directa o indirectamente, desde medios vinculados a la propia Iglesia.

Recuperar el lenguaje de Jesús

Quizá el primer paso para construir una sociedad más humana sea recuperar las palabras. No llamar invasión a la desesperación. No llamar ejército a quienes huyen del hambre. No llamar amenaza a quien busca sobrevivir.

Porque la verdadera invasión no es la de quienes llegan pobres a nuestras fronteras. La verdadera invasión es la del miedo ocupando el lugar de la compasión. La del nacionalismo ocupando el lugar de la fraternidad. La de la propaganda ocupando el lugar de la verdad.

Y, lo que resulta todavía más doloroso, la de un lenguaje ajeno al Evangelio ocupando el espacio de medios de comunicación que deberían llenarse con las palabras de Jesús.

El día en que la Iglesia llame invasor al extranjero dejará de anunciar el Reino de Dios para repetir el discurso de los poderosos.

Y mientras seguimos discutiendo sobre fronteras, el Evangelio continuará haciéndonos la única pregunta verdaderamente decisiva: ¿Qué has hecho con tu hermano?

domingo, 7 de septiembre de 2025

"ALÁ ES LESBIANA". Najat El Hachmi, El País 05 SEPT 2025

Protesta ante el consulado de Marruecos en Madrid

para exigir la puesta en libertad de la activista de los

Derechos Humanos y el ateísmo Betty Lachgar

Por muchos fieles que tenga el islam una religión no puede imponerse a quienes no creen en ella

Betty Lachgar ha sido condenada a dos años y medio de cárcel por una camiseta que se puso en Londres. Esta valiente feminista marroquí de infatigable activismo contra la falta de libertades individuales en su país, que se ha dedicado de forma incansable a denunciar la opresión contra las mujeres y la penalización de la homosexualidad con numerosas acciones que han generado encendidos debates y la previsible reacción de los islamistas y los conservadores. Desde un pícnic para comer por Ramadán (la simple ingesta de alimento en público durante el mes sagrado está penalizada por ley) hasta una quedada para un beso colectivo (también prohibido en Marruecos).

Ahora, Betty ha sido encarcelada por el régimen alauita por llevar una camiseta en la que se podía leer Alá is lesbian. Para los detractores de la activista el lema es ofensivo y no se puede consentir, menos aún cuando se sabe que la portadora de la prenda es de sobras conocida por sus críticas al islam. Hablan de responsabilidad en el uso de la libertad de expresión y de la frontera que separa la libertad del libertinaje, ese demonio al que apelan siempre que ejercen su autoritarismo teocrático. Defensores de la libertad limitada y condicionada a la sensibilidad de la mayoría, hablan de provocación cuando lo verdaderamente provocador e insultante es que quienes creen en milagros y seres fantásticos, en caballos alados que viajan por el cielo con un señor profeta sobre su lomo, los que tienen por verdad las alucinaciones de los creyentes, lo indecente y blasfemo e insultante es que toda esa gente pretenda imponer por ley sus delirios colectivos. Dan igual los millones de fieles que tenga el islam, ninguna religión puede ser obligada a quienes no comulgan con sus principios. No hay libertad religiosa si no se puede ofender a los creyentes. Lachgar ha venido poniendo en evidencia la hipocresía de una sociedad que practica la cobardía de la doble moral. Lo que les molesta no son los hechos, sino que estos sean verbalizados públicamente. Si se dedicaran a condenar a todo el que en Marruecos transgrede la moral islámica no habría cárceles suficientes para albergar a quienes fornican fuera del matrimonio, a los homosexuales, a los apóstatas y blasfemos. Cabe recordar que mi país de origen es uno de los principales destinos de turismo sexual. De eso no se ocupan los señores que añoran tiempos en los que como hombres podían campar a sus anchas bajo el paraguas de la autoridad patriarcal. No, lo que les ofende es una camiseta.

domingo, 17 de septiembre de 2023

"INÚTIL TURISTA". Un artículo de Najat El Hachmi publicado en El País el 15 de septiembre de 2023

Lo que ha pasado con el terremoto de Marruecos demuestra que viajar a otro país solo sirve para consumir al otro convertido en cliché y colgarse la medalla de la distancia recorrida

¿Para qué sirve el turismo en realidad? Está la búsqueda de un paisaje distinto, una belleza desconocida, para renovar nuestra capacidad de asombrarnos ante el mundo (en rifeño las mujeres llamaban a esto “refrescar la mirada”). Pero paisajes bonitos y distintos los hay muy cercanos. ¿Por qué nos desplazamos a centenares, miles de kilómetros? En principio, nos mueve la curiosidad por lo lejano, por descubrir otras formas de vivir, pero desengañémonos: el turismo no solo no sirve para conocer al “otro”, sino que, en muchos casos, conformados los viajeros con decorados de cartón piedra y reconfortados por la confirmación de sus prejuicios, puede incluso ser contraproducente para el intercambio intercultural real. Primero, porque la relación entre turista y habitante está ya viciada de antemano; es un vínculo pervertido por las enormes necesidades materiales de los últimos y el poder económico de los primeros. Incluso los guías, muchos de ellos fabuladores de rica inventiva, lo alimentan al servicio de un imaginario que les entra muy bien a quienes van a pasar unos días, como mucho un par de semanas en el país que visitan. En Egipto, uno de estos creativos contestó a la pregunta de por qué tantos hombres tienen una mancha en su frente diciendo que es porque rezan mucho. Y el grupo se lo creyó porque era algo verosímil dentro de la visión que tenían del musulmán como ferviente devoto. Les dio igual que los rezos se hagan siempre apoyando levemente frente y nariz sobre mullidas alfombras.

Que hacer turismo solo sirve para consumir (consumir al otro convertido en cliché) y colgarse la medalla de la distancia recorrida lo demuestra lo que ha pasado con el terremoto de Marruecos. Si les pilla una catástrofe natural en alguna parte, procuren tener cerca a cualquier tipo de persona menos a un turista. Lo primero que hace el viajero superficial es irse corriendo, aunque tenga que pagar los billetes de avión a precio de oro y a su alrededor se amontonen los escombros bajo los que puede haber sepultadas personas vivas. Ahí es donde se demuestra lo desconectado que está emocionalmente de quienes hasta entonces observaba con curiosidad exotizante. No sabe nada de las manos que cocinaron esos deliciosos manjares que degustó con admiración ni de las que tejieron esa auténtica alfombra bereber. Ya ha pagado, ¿qué más quieren? Eso sí, luego regresará admirado de la enorme hospitalidad de unas gentes que te lo dan todo aunque no tengan nada. Nunca se le ocurre copiar de los marroquíes tan generoso y asombroso comportamiento.

"LA OBSCENA ISLAMOFOBIA". Adolfo Estrella, infoLibre.es

El odio al islam como nuevo sentido común reaccionario Aumentan en España los episodios cotidianos y mediáticos de rechazo al islam, focaliz...