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sábado, 27 de junio de 2026

"LA VERGÜENZA DE EUROPA". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

El endurecimiento de la política migratoria en la UE no sólo expulsa a los migrantes: fabrica una categoría de personas

Empezó con un aplauso que fue creciendo hasta que aparecieron los puños en alto, y desde los escaños de la derecha y la extrema derecha del Parlamento Europeo acabó tomando la forma de un cántico: “Send them back!”. Devolvedlos. Se acababa de aprobar una de las reformas migratorias más duras de la historia de la Unión. El cántico no expresaba el alivio de quien resuelve un problema, sino el júbilo de quien al fin ha encontrado un enemigo. Y eso, en una Cámara que nació para desterrar al enemigo de la política europea, es una noticia mucho más grave que la ley misma. Vale la pena detenerse en lo que se aprobó, pues, como siempre, el lenguaje administrativo lo vuelve casi inofensivo. Deportaciones más rápidas, detención ampliada hasta dos años en algunos supuestos, registros domiciliarios asimilables a los métodos del ICE estadounidense, y centros de retorno fuera de la UE, en terceros países a los que enviar a personas sin vínculo alguno con ese lugar. Cada medida, por separado, se presenta como simple gestión, pero juntas dibujan otra cosa: deshumanización.

Conviene reparar en esa desproporción, porque nadie corea una ley. El entusiasmo no se explica por lo que hace la norma, sino por lo que dice: hay un “nosotros” y hay un “ellos”, y el poder acaba de ponerse del lado del “nosotros”. El cántico no celebraba la política migratoria, sino una pertenencia que solo se vuelve gozosa cuando hay alguien a quien apartar. Fue, en el fondo, un acto de identidad disfrazado de medida legislativa. Y para que algo así suceda en un parlamento hace falta que alguien le abra la puerta, y se la abrió el centro. La mayoría que aprobó la ley rompió el pacto tácito sobre el que se sostenía la cámara. El Partido Popular Europeo dejó de buscar el consenso con socialistas y liberales y votó con los conservadores y la extrema derecha. No es la primera vez en materia migratoria, pero ha dejado de ser excepción para volverse método. Al votar y celebrar junto a ellos, el centroderecha no solo sumó escaños: los legitimó.

Bajo el ruido del cántico hay algo que casi nadie nombró. La ley no sólo expulsa: fabrica una categoría de personas. Quien acaba en un centro de retorno, detenido durante meses, sin vínculo con el lugar y sin comunidad que lo reclame, no ha perdido un derecho concreto, sino el suelo desde el cual los derechos son posibles. Es una de las lecciones del siglo XX: la catástrofe del desposeído no es ser tratado injustamente, sino dejar de pertenecer a una comunidad obligada a protegerlo porque es superfluo. Nuestra historia nos enseña con cuánta facilidad se pasa de negarle a alguien todos sus derechos a arrebatarle la existencia. Con todo, lo inédito fue el espectáculo. Europa lleva años excluyendo en silencio, en nuestras fronteras y aguas, pero lo asombroso es que se celebre a la vista de todos. ¿Qué pasa cuando la crueldad ya no se oculta como algo vergonzante y se exhibe como un triunfo? Deja de ser un coste incómodo del que preferiríamos no hablar para convertirse en el mensaje, en seña de identidad y motivo de orgullo. Entramos poco a poco en un mundo donde ya no sirve apelar a la vergüenza. Quien se muestra cruel sin avergonzarse no comete un desliz: enseña los dientes. Las democracias, lo sabemos, no mueren de un golpe sino de costumbre: se insensibilizan, aplauso a aplauso, hasta que la exclusión deja de ser noticia y pasa a ser el clima. Hoy, la única resistencia real es la más modesta y difícil: negarse a acostumbrarse. Que algo así, todavía, nos parezca impensable.

miércoles, 29 de abril de 2026

"¿QUIÉN REARMA A EUROPA?". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

Habermas no advertía contra el rearme, sino exactamente contra el rearme que está ocurriendo, el de una Alemania que busca ser la potencia militar dominante sin haber resuelto la cuestión de la soberanía política europea

“El desarme de la Alemania de posguerra fue una sobrecorrección por la que Europa está pagando hoy un precio elevado. La castración de posguerra de Alemania y Japón debe ser deshecha”. La frase no la firma un nostálgico de la extrema derecha europea. Es una de las tesis de The Technological Republic, libro publicado en febrero de 2025 por Alexander Karp, CEO de Palantir, empresa estadounidense que provee buena parte del software con el que se construye hoy el rearme europeo. Tiene contratos con Alemania y el Reino Unido, opera infraestructura en Ucrania y colabora estratégicamente con Israel. Un mes después, Jürgen Habermas publicaba un llamamiento sobre el rearme europeo. No era un texto pacifista (él no lo fue nunca), pero formulaba la pregunta más exigente que un filósofo podía hacerse ante lo que se anunciaba: qué sería de una Europa con el Estado más poblado y más poderoso económicamente siendo, además, una potencia militar muy superior a todos sus vecinos, todo esto sin integrar en una constitución supranacional la sujeción a una política exterior y de defensa europea común ligada a decisiones mayoritarias.

Esta semana, el ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, presentó la primera doctrina militar autónoma de la República Federal desde 1955: “Nuestra ambición es, y debe ser, ser el ejército convencional más fuerte de Europa”. Se trata, básicamente, de la reescritura del pacto tácito sobre el que se construyó el orden europeo de posguerra. Desde 1945, ese pacto tenía una forma reconocible: Alemania sería la primera economía del continente, pero no la primera fuerza militar. Esa asimetría (centralidad económica y contención estratégica) fue la condición bajo la que el resto de Europa aceptamos, primero, la reunificación, y después la hegemonía económica alemana. ¿Desde dónde se autoriza esa reescritura? Porque un ministro no rescribe un pacto fundacional con una sola frase si no hay ya en circulación una matriz que lo legitima. Y esa matriz no es alemana, sino estadounidense. Y tiene un autor concreto.

Karp se doctoró en 2002 en la Universidad Goethe de Frankfurt con la intención explícita de tener a Habermas como director de tesis. Habermas se la rechazó. Acabaron separándose por desacuerdos sobre el contenido. El núcleo de su discrepancia era una pregunta sencilla: ¿qué hay en el fondo de la convivencia humana? Para Habermas, capacidad de entendimiento. Para Karp, agresión. Los seres humanos seríamos criaturas que se agreden, y lo único que puede organizar de verdad la convivencia es la fuerza o, en su versión moderna, la disuasión. Esto significa que el hombre que dirige una pieza central de la infraestructura tecnológica del aparato securitario occidental se formó intelectualmente en la órbita de la Escuela de Frankfurt, la tradición que Habermas pasó toda su vida defendiendo como matriz de la deliberación racional, y ha construido un imperio que es la antítesis exacta de esa tradición.

Habermas describía sin nombrarlo el proyecto Karp, al hablar del “sueño libertario de abolición de la política” de Silicon Valley, sustituida por la gestión empresarial y dirigida por las nuevas tecnologías. Eso es Palantir: el discípulo rechazado de Habermas convertido en proveedor del tipo de poder técnico contra el que su maestro construyó toda su filosofía. Frankfurt regresa a Frankfurt 80 años después, pero del revés. Habermas no advertía contra el rearme, sino exactamente contra el rearme que está ocurriendo, el de una Alemania que busca ser la potencia militar dominante sin haber resuelto la cuestión de la soberanía política europea. Lo que está en juego, por tanto, no es el armamento, sino el sujeto político que lo empuña. Y aquí la voz de Karp, el doctorando frustrado de Frankfurt, dueño de parte de la infraestructura técnica de esta nueva era, no es marginal, pues modifica la respuesta a la pregunta habermasiana. Habermas no pregunta si hemos de rearmarnos sino quién es ese “nosotros” que decide rearmarse, y con qué legitimidad lo decidimos.

Cuando un ministro alemán abandona el léxico del Estado (tanques, soldados, fronteras, deber) y adopta el de la consultora (efectos, capacidades, eficiencia, ambición), no es una mera cuestión de estilo: el Estado que delibera, que rinde cuentas y que admite ser juzgado por sus ciudadanos cede el paso al gestor que produce resultados medibles. Y eso es lo que está ocurriendo: Europa subcontrata su rearme y, con él, la filosofía política que lo orienta. La doctrina la firma un ministro alemán y el vocabulario una empresa de Palo Alto. La pregunta de Habermas ―quién decide― recibe una respuesta que no debería tolerarse: ellos, los que tienen el software, las palabras y el manifiesto. Los poderosos.

miércoles, 16 de octubre de 2024

"CUANDO LA RISA ES CRUEL". Elvira Lindo, El País

Es desolador que un número tan chusco como el del PP en el Congreso con fotos de víctimas de ETA pretenda patrimonializar el dolor ajeno

Qué extraordinarias son esas personas que pronuncian un lugar común como si estuviera siendo expresado por vez primera; son, sin complejos, los fabulosos inventores de lo ya inventado. Los niños son muy crueles, dicen. En alguna ocasión hasta osan añadir el odioso “como yo digo”. Pues bien, lo que tú dices es una afirmación sin evidencia científica alguna que, para colmo, contribuye a eludir la responsabilidad de los adultos en el comportamiento de los menores. ¿Son los niños crueles por naturaleza? En absoluto, más bien podría decirse que poseen un natural instinto colaborativo que los adultos vamos cercenando con la influencia no siempre benéfica que ejercemos sobre ellos. A veces los niños van a la escuela adiestrados ya en el ejercicio del desprecio, tomando como normales la burla al débil y el abuso; otras, es en el entorno escolar cuando optan por unirse al chulo de la clase para sobrevivir. Pero lo que más me asombra de esa afirmación, los niños son crueles, es que la hacemos los adultos, justo aquellos que ya estamos tan habituados al ejercicio de la inquina que en ocasiones ni siquiera somos capaces de sentir pesar por el daño infligido.

Estamos moldeados en gran parte por aquellos ejemplos en los que fuimos instruidos. Uno de los aprendizajes más sofisticados que existen es el del buen ejercicio de la risa. Hacer saber a un niño que la risa puede ser tan liberadora como dañina y que la burla denota más cretinez que inteligencia es prepararlo para entender qué siente el otro ante sus actos. Dice Don Quijote al ser objeto de mofa: “Es mucha sandez la risa que de leve causa procede”. Sandez es la palabra exacta para definir a quien, por no comprender, ni entiende de qué se está riendo. Esta semana, el Congreso de los Diputados se convirtió en un patio de colegio sin profesores al mando, sin reglas, dejando el ambiente al libre albedrío de quienes carecen de la instrucción necesaria en el humor como para saber que se están burlando de las personas a quienes dicen defender. Yo solo había visto en las noticias televisivas a Miguel Tellado agitar en el aire un cartelillo con rostros de asesinados por ETA, que han sido llorados en silencio y con respeto por españoles de distinto signo. Verlos en manos de quien los estaba utilizando para excusar errores propios ya me pareció el colmo de la ignominia. Sabemos que estos números están pensados para ser transmitidos, porque los políticos han aprendido a actuar para X, pero lo que seguramente no imaginaba quien ideó este gag, que pretendía subrayar la complicidad del Gobierno con una organización terrorista que ya no existe, es que al ampliar el foco y aparecer la imagen de la bancada contemplaríamos el verdadero significado del show. Ahí estaba la diputada popular Macarena Montesinos riéndole la gracia siniestra a su compañero Miguel Tellado mientras señalaba las fotos, ambos mostrando sonrisas burlescas, autosatisfechos por ese golpe bajo con el que esperaban avergonzar al contrario, sin comprender, porque a la vista está que desconocen los sofisticados mecanismos de la risa, que suele ser más transparente que el llanto, que a quien verdaderamente ofendían era al recuerdo mismo de los asesinados, de sus familiares y de todos aquellos que con dolor hemos acompañado la memoria de las víctimas de ETA cuando existía y cuando dejó de matar.

Es desolador que un número tan chusco pretenda patrimonializar el dolor ajeno. A pesar de que corremos el peligro de hacernos tolerantes a lo grotesco, muchos no esperábamos presenciar el espectáculo de esas risas. El mundo se está dividiendo peligrosamente en dos: quienes educan a los niños en el uso extraordinario de la risa para curar heridas, reforzar la generosidad y ensanchar corazones, y quienes nunca podrán advertirles del sentido maléfico que puede extraerse de una carcajada, porque ni ellos mismos distinguen entre risa y crueldad.

"CUCARACHAS PARA LOS BUITRES". Antonio Maestre, elDiario.es

Mari Carmen nos ha enseñado que funciona la presión social. Que si conocemos el nombre de los buitres que se esconden tras un fondo, sicav o...