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miércoles, 27 de mayo de 2026

"LA LÓGICA DEL LLANTO". Juan José Millás, El País

No es fácil fotografiar el pánico porque el pánico es un concepto, una noción mental, un suceso del alma. No está hecho como los misiles, de metralla y acero, aunque haga tanto daño como una bomba de racimo. Pero a veces el pánico se escurre del recinto craneal y se instala en la mirada de un crío como el de la foto o en el gesto del hombre que ha acudido en su ayuda. Aunque herido, el niño acaba de sobrevivir al bombardeo de un edificio residencial, probablemente el suyo, en Teherán. Quizá estaba desayunando un colacao con cereales en la cocina de su casa cuando las paredes estallaron. Tal vez no sepa qué ha sido de sus padres o hermanos. Tal vez sus tímpanos estén reventados también. Hay en su gesto una interrogación, lo mismo que en la expresión del sanitario. Flota en el aire una pregunta que quizá usted, lector, también se esté haciendo.

El niño no llora porque el llanto pertenece a un negociado de realidad en el que las cosas obedecen aún a cierta lógica: el dolor lleva a las lágrimas y las lágrimas al consuelo cuando el dolor es tolerable. Cuando no, las lágrimas se asustan y no salen, no hay forma de que salgan, pese a que el llanto resulte con frecuencia tan liberador.

El sanitario, con la mano apoyada en su cuerpo, parece verificar que la víctima sigue ahí, que no ha sido borrada por la onda expansiva que ha hecho un roto en el mundo del pequeño. Tocar, en este contexto, es una forma de resistencia: lo que se puede palpar no ha desaparecido del todo. La mirada de ambos se dirige a algo que queda fuera de campo, quizá a aquello que no ha podido ser salvado.

sábado, 28 de marzo de 2026

"LOS BUENOS COMEN LANGOSTA: LAS OBSCENIDADES DE LA GUERA DE IRÁN". Íñigo Domínguez, El País

El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth,
en el Pentágono, el pasado 19 de marzo
A la monstruosa ofensiva en Oriente Próximo se suma un estilo y un lenguaje que parecen una caricatura del peor estereotipo de estadounidense

El ataque a Irán iba a ser cosa de unas semanas, cada día se anuncia que Irán ya ha sido destruido (deben de reconstruirlo por la noche), pero resulta que ahora el dinero no les llega. El Departamento de Defensa de la Casa Blanca, que el aspirante a Nobel de la Paz ha renombrado Departamento de Guerra, acaba de pedir 200.000 millones de dólares. Su secretario, Pete Hegseth, lo ha argumentado así: “Hace falta dinero para matar a los malos”. Yo siempre lo he dicho, si es que solo es cuestión de dinero. Y no les quiero ni contar el que hace falta para que vivan los buenos, sobre todo si los buenos quieren vivir bien. Porque los buenos, por ejemplo, comen langosta. Yo la he comido una o dos veces en mi vida, así que muy bueno no debo de ser. Pero según la plataforma de transparencia Open The Books, solo en septiembre, último mes del año fiscal, Hegseth se fundió 93.000 millones, cifra histórica, la mitad de lo que pide ahora. Y una parte fue en cosas como un piano de cola Steinway & Sons de 98.000 dólares para la casa de un mando de aviación. Es verdad que en un momento dado puede usarse como arma de guerra, lanzándolo desde el aire, pero hay otros dispendios menos comprensibles: en un mes, 6,9 millones de dólares en langosta y dos millones en centollos reales de Alaska. Ni Departamento de Guerra, ni de Paz, mejor Departamento de Crustáceos. Además Trump es de color naranja, le encantaría. En todo caso el nombre está disputado, porque también se les fueron 124.000 dólares en máquinas de helados y 139.000 en dónuts. No puedes evitar imaginar a Homer Simpson sentado ante los mandos de la guerra de Irán. Aunque Pete Hegseth, exmarine y expresentador de la Fox, es uno de esos individuos que ahora, y no importa cuándo lea esto, está haciendo flexiones, y seguramente enfadado, siempre está enfadado.

“Tenemos que asegurarnos de que nuestras tropas cuentan con todo lo que necesitan”, ha justificado. Lo dice uno del Gobierno que ha acabado con los programas de asistencia alimentaria y sanitaria de sus compatriotas por ser un derroche innecesario. Por no hablar del cierre de los programas de cooperación, que han hundido la ayuda humanitaria y han dejado a millones de personas sin acceso a un médico, a medicinas, a una escuela, a comida, y eso que nunca comían langosta. En fin, esos 200.000 millones de dólares son tres veces más que la ayuda militar que EE UU ha enviado a Ucrania en cuatro años.Hay algo monstruosamente obsceno en esta guerra, más allá de que cualquier guerra lo sea, por una mera cuestión de estilo y de lenguaje, en la manera de hacer y decir las cosas. Asistimos a un paroxismo casi caricaturesco del peor estereotipo de estadounidense que imaginemos, incluso sin haber estado nunca en Estados Unidos, por lo que hemos visto en películas de vaqueros y de policías sobrados. El equivalente español sería Torrente con una bomba nuclear. Esta apoteosis de langostas me ha recordado a David Foster Wallace, bendito sea, que en uno de sus descacharrantes reportajes se fue en 2003 al Festival de la Langosta de Maine, un despiporre americano total donde se comen toneladas de este animal, con gorras con forma de langosta y langostas hinchables, y una masa popular devorando todo a su paso en una catarsis consumista, en la que nadie reparaba en el extraño ritual de la muerte de miles de bichos: “Puros americanos del último tipo: ajenos, ignorantes, ansiosos de algo que no se podrá tener nunca, desilusionados como no podrán admitir jamás”, escribió. Ahora mandan, agitan la Biblia y declaran guerras. Y encima son los buenos. Así que ya saben, a portarse bien.

domingo, 21 de diciembre de 2025

"¡AY DE LOS VENCIDOS". Irene Vallejo, El País

Terminar las guerras concediendo al más fuerte todo el botín y la impunidad absoluta solo abre la puerta a nuevas violencias y venganzas

La paz a la fuerza es la última incorporación a nuestro repertorio de paradojas cotidianas. La convivencia se cimenta en la violencia; los nuevos paraísos, sobre los escombros de la destrucción. El abuso y el absurdo del poderoso se aplauden, sin tapujos ni disimulos, como logros diplomáticos. Quien está en posición de debilidad solo tiene la libertad de capitular. La clave de la negociación es halagar al líder, árbitro arbitrario que forja pactos para hacer negocios y colocar una medalla más en su pecho tintineante. La humanidad, tras un breve paréntesis de fe en una imperfecta comunidad internacional, regresa a las viejas costumbres del dominio arrollador de las grandes potencias.

Ciertos gobernantes adornan su afán pacificador con humillaciones públicas, amenazas a los más débiles, agasajos entre líderes autoritarios y declaraciones propias de villanos cinematográficos. Como en una timba de tahúres, recriminan al atacado porque tiene malas cartas. Estos nuevos políticos, tan antiguos, deciden un futuro que tendrá que gustarles a los países invadidos: en boca cerrada no entran bombas. Para ellos —tan defensores de la ley y el orden—, la devastación de ciudades, la destrucción de hospitales, los niños asesinados o los periodistas incómodos descuartizados son, simplemente, cosas que pasan.

En su ensayo Lo llamaron paz, Lauren Benton investiga un patrón habitual en los conflictos bélicos: después de los armisticios y las aclamaciones, suelen continuar las agresiones, amparadas en frases sonoras pero nebulosas, como “derecho a la autodefensa”, “ataques preventivos”, “objetivos estratégicos” y “operaciones especiales”. Los antiguos romanos fueron tal vez los primeros en utilizar el eslogan de la Pax Romana para justificar sus abusos imperiales. Desde entonces, “pacificar” un territorio ha significado con frecuencia conquistarlo. El historiador Tácito dejó constancia de las críticas a la expansión de una Roma soberbia, codiciosa y despótica. Lo hizo a través de las palabras de Calgaco, jefe de las tribus caledonias, en la actual Escocia: “A la rapiña, el asesinato y el robo llaman los romanos por mal nombre gobernar; y donde crean un desierto, lo llaman paz”.

Una máxima latina advierte: Vae victis! –¡ay de los vencidos!–. Cuando el ganador posee poder suficiente para aplastar, no existe la compasión: los derrotados sufren todas las injusticias. Los romanos alcanzaban acuerdos con quienes aceptaban su dominación sin rechistar, pero cuando encontraban resistencia eran despiadados. En Numancia o Cartago dejaron huellas milenarias de su crueldad. Después de derrotar a los cartagineses en las dos primeras guerras púnicas, Roma provocó con pretextos una tercera para acabar la tarea y destruirlos por completo. Incendiaron la ciudad, masacraron a la mayoría de la población y vendieron como esclavos al resto. Se dijo que sembraron la tierra con sal para que nada volviera a crecer en el solar de su victoria. La paz del páramo, como denunciaba Calgaco.

Ya desde tiempo de los romanos, el ideal de los imperios camina sobre el filo —de una espada—. Por un lado, les gusta presentarse como adalides de las leyes y civilización —bárbaros y eje del mal, ya lo sabemos, son los demás—. Por otra parte, imponen la lógica de la fuerza desnuda y la paz a palos. Frente a la metrópoli invasora, que se exhibe como benefactora, surgen siempre voces indignadas que desenmascaran las contradicciones chirriantes, los abismos entre la justificación moral y la verdadera conducta. En esas rebeldías tempranas brota el germen del derecho internacional. Avergonzado ante la crueldad de las huestes romanas, Séneca escribió: “Los homicidios individuales los castigamos, pero ¿qué decir de las guerras y del glorioso delito de arrasar pueblos enteros? Elogiamos hechos que se pagarían con la pena de muerte porque los comete quien porta insignias de general”.

El desembarco español en América, rápidamente convertido en sueño de conquista, alumbró una de las más tempranas ―si no la primera— defensa pública de los derechos humanos. En 1510 llegaron a Santo Domingo, sede del Virreinato, los primeros frailes dominicos. Alojados en una choza pequeña, vivían en extrema pobreza. Fray Antonio de Montesinos, graduado en oratoria por la Universidad de Salamanca y fogoso predicador, pronunció el 21 de diciembre de 1511 su célebre sermón de Adviento: “¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades en que, de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren y, por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? (…) ¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos?”. Allí se encontraba Bartolomé de las Casas, un encomendero que, como después admitió, trataba injustamente a los taínos. Conmovido por la recriminación, se convirtió en testigo comprometido y defensor de la causa. En su Historia de las Indias, recogió aquellas encendidas palabras de Montesinos.

La guarnición española reaccionó con furia. Sin embargo, el domingo siguiente los frailes no solo no se retractaron, sino que añadieron nuevos cargos contra las autoridades, negándoles la absolución mientras no enmendaran su conducta. El virrey Diego Colón se apresuró a enviar una queja a la Corte. Fray Antonio de Montesinos fue llamado a España a rendir cuentas. Un memorial escrito en 1516, probablemente por el cardenal Cisneros, atestigua su persistencia en denunciar y sus exigencias alarmantes acerca del oro: “Un Fray Antonio, dominico, hizo un sermón en la ciudad de Santo Domingo en que dijo que los indios no los podían poseer ni servirse dellos, e que todo el oro que con ellos habían ganado e sacado, lo habían de restituir”. Los frailes obtuvieron una cierta victoria legal: las Leyes de Burgos de 1512, el primer código de ordenanzas para proteger a los pueblos originarios y limitar las demandas de los colonizadores. Pero el oro, claro, nunca se devolvió —esas, en cambio, son cosas que no pasan— y, en la práctica, los abusos continuaron. En 1540 Antonio de Montesinos fue asesinado en la Provincia de Venezuela por un oficial debido a su firme oposición a la explotación de los indígenas. El sermón de Adviento, como el de la Montaña, demuestran que la ley del más fuerte siempre tuvo insubordinados.

Líderes iracundos nos aseguran que vamos a la guerra para hacer del mundo un lugar más seguro, nos hacen creer que las armas abrirán paso a la democracia, nos aleccionan para imponer la paz sin escatimar violencia. En tono condescendiente, invitan a los agredidos a callar y claudicar: vae victis. Sin embargo, “paz” y “pacto” son palabras que comparten raíz y sentido; sin la coherencia de los hechos, no sobreviven los derechos. Terminar las guerras humillando a los derrotados y concediendo al más fuerte todo el botín en la bandeja dorada de la impunidad absoluta solo empedrará el camino hacia nuevas violencias y venganzas. ¿Seguimos en ese sueño tan letárgico dormidos? Cuando los vencedores imponen las condiciones más letales en vez de las legales, nadie está a salvo. Vivir en esa clase de mundo seguro es muy peligroso.

sábado, 27 de septiembre de 2025

"TIERRA SIN NOSOTROS". Irene Vallejo, El País 21 SEPT 2025

FERNANDO VICENTE
La exaltación de la fuerza está de regreso. Nos impulsan a admirar el poder sin restricciones y la crueldad, que es su despliegue

Nunca más, nunca más. Lo repetía el cuervo implacable en el poema de Poe: “Nunca más”. Lo mismo dijeron millones de voces tras la pleamar del horror, tras la Shoah y —menos recordado— el Holocausto gitano. Sin embargo, la advertencia de aquel pájaro fatal se desvanece una y otra vez: los nuncas y los siempres humanos son efímeros cual pluma al viento. Desde entonces, el monstruo del genocidio ha vuelto a despertar. Exterminios en Camboya, en Guatemala, en Ruanda, en Srebrenica, hoy en Gaza… Con el mismo arsenal de pretendidas justificaciones, los ejércitos siguen masacrando a civiles.

La exaltación de la fuerza está de regreso. Nos impulsan a admirar el poder sin restricciones y la crueldad, que es su despliegue. Nada tiene de novedoso: la sed de destrucción total y las matanzas masivas contra pueblos enteros tienen precedentes antiguos. Hace casi 20 siglos, encontramos una temprana mención a los crímenes contra la humanidad. En el libro VII de su Historia natural, Plinio el Viejo alude a Julio César y le atribuye humani generis iniuriam, es decir, un ultraje, un daño, una afrenta contra el género humano.

Durante sus campañas militares, mientras negociaba una tregua con los usipetes y tencteros, César lanzó un ataque indiscriminado. Lo sabemos por la crónica de sus hazañas, La guerra de las Galias, que escribía para afianzar su propia imagen de general glorioso. Su obra inauguró el recurso de hablar sobre sí mismo en tercera persona, para ocultar —insignificante detalle— que el cronista imparcial y el jefe máximo eran la misma persona. Según contó, “nuestros soldados irrumpieron en el campamento. Una multitud de personas —ancianos, mujeres y niños— huyó en todas direcciones. César envió a la caballería para darles caza. Muchos de ellos fueron asesinados; el resto se arrojó al río y pereció allí, vencido por el pánico, el agotamiento y la fuerza de la corriente". Orgulloso de su gesta, César se jactaba de haber asesinado a más de un millón de combatientes en las Galias, y a 430.000 almas en esa sola acción, a orillas del río ensangrentado. Más allá de la veracidad de las cifras, lo que importa e impacta es la ostentosa satisfacción del general por su ataque a sangre fría contra pueblos desprevenidos con el propósito de aniquilarlos por completo.

A lo largo de la guerra, César entendió el potencial de la hambruna para causar la muerte de familias, incluso de naciones. Gran parte de sus víctimas sucumbió por hambre cuando ordenó confiscar y destruir cosechas, además de quemar asentamientos y granjas. Otras murieron congeladas porque las legiones incendiaron edificios, aldeas y pueblos, expulsando a sus habitantes a la intemperie invernal. Enormes bosques fueron talados para impedirles buscar refugio en la compasión de los árboles. La marcha del ejército romano a través de los territorios enemigos los convirtió en paisajes de devastación y terror.

La masacre de los usipetes y tencteros sacudió Roma. Se nombró una comisión para investigar las acciones militares en las Galias. Catón el Joven exigió que el sanguinario caudillo fuera entregado a los galos por sus delitos. Aquel exterminio parecía violar incluso las laxas ideas romanas sobre las leyes de la guerra. Sin embargo, Julio César, precoz maestro de propagandistas, estaba convencido de que el relato de esas atrocidades afianzaría su reputación como líder invencible. Se aseguró de que sus compatriotas supieran que había sometido a varios millones de personas, muchas asesinadas o vendidas como esclavas, cuantificando minuciosamente sus matanzas. La magnitud de sus victorias acalló las voces críticas y lavó sus crímenes: desde antiguo, el éxito acostumbra a tramitar indultos instantáneos. Partiendo de las cifras de Plutarco y Apiano, se calcula que los ejércitos romanos asesinaron a un cuarto de la población total gala: numerosos historiadores acusan sin ambages a César de genocidio. Como tantas veces ha ocurrido, acto seguido el flamante y admirado general volvió las armas no contra nuevos enemigos extranjeros, sino contra los propios romanos, en una guerra civil. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 25 de agosto de 2025

"HACER LA GUERRA!". Un libro de Simone Weil


Simone Weil, filósofa, revolucionaria y mística francesa, descrita por Albert Camus como «el único gran espíritu de nuestro tiempo», vivió dos guerras mundiales y participó en la guerra civil española. Este libro es una muestra de la evolución de su postura en relación con los conflictos armados, desde unas primeras reflexiones cercanas a los discursos pacifistas por principio (de los que más adelante se desmarcó) hasta el elogio de la valentía, de la acción y del combate. El enfoque sutil con el que aborda los dilemas, contradicciones y matices en torno al uso de la fuerza dialoga elocuentemente con nuestro presente.

sábado, 4 de mayo de 2024

"NECESITAMOS UN ÉXODO DEL SIONISMO". Naomi Klein (elDiario.es 3 MAY 2024)

Judíos y simpatizantes celebran un Séder de Pascua para protestar contra la guerra en Gaza, el pasado 23 de abril, en el distrito de Brooklyn, Nueva York
No necesitamos ni queremos el falso ídolo del sionismo. Queremos liberarnos de un proyecto que comete genocidio en nuestro nombre

He estado pensando en Moisés y en la rabia que sintió al bajar del monte y encontrar a los israelitas adorando un becerro de oro. A la ecofeminista que hay en mí siempre le incomodó esa historia: ¿qué clase de Dios siente celos de los animales? ¿Qué clase de Dios quiere acaparar para sí todo lo sagrado que hay en la Tierra?

Pero hay una interpretación menos literal de la historia. Es una historia de falsos ídolos, de la tendencia humana a adorar lo profano y brillante, a fijarnos en lo pequeño y material en lugar de en lo grande y trascendente.

En este histórico y revolucionario Séder en la Calle [comida ritual de la Pascua hebrea], lo que esta noche quiero decirles es que una vez más son demasiados los que adoran a un falso ídolo que los tiene embelesados, embriagados y envilecidos. Ese falso ídolo se llama sionismo.

Es un falso ídolo que usa lo más profundo de nuestros relatos bíblicos sobre justicia y emancipación de la esclavitud —la propia historia de la Pascua—, para transformarlos en brutales armas de robo colonial de tierras, en hojas de ruta para el genocidio y la limpieza étnica.

Es un falso ídolo que ha cogido la trascendental idea de la tierra prometida —una metáfora de la liberación humana que a través de múltiples religiones ha llegado a todos los rincones del planeta—, y se ha atrevido a convertirla en el contrato de compraventa de un etnoestado militarista.

La interpretación que el sionismo político hace de la liberación es en sí misma profana. Desde un primer momento exigió con la Nakba la expulsión de los palestinos de sus hogares y tierras ancestrales. Desde un primer momento, estuvo en conflicto con el sueño de la liberación.

Estamos en Séder y vale la pena recordar que también hay que incluir el sueño de liberación y de autodeterminación del pueblo egipcio.

El falso ídolo del sionismo entiende que para la seguridad de Israel hacen falta una dictadura en Egipto y estados vasallos. Desde un primer momento ha fabricado un desagradable tipo de libertad en el que los niños palestinos no son vistos como seres humanos, sino como amenaza demográfica. De la misma manera que en el Libro del Éxodo el faraón temía por la creciente población de israelitas y ordenaba por ese motivo dar muerte a sus hijos.

El sionismo es un falso ídolo que ha traicionado todos los valores del judaísmo, incluido el que concedemos al cuestionamiento, una práctica que forma parte del Séder con las cuatro preguntas que el niño más pequeño debe formular

El sionismo nos ha traído hasta este momento de catástrofe y es hora de que lo digamos claramente: este es el lugar al que nos viene llevando desde siempre.

Es un falso ídolo que ha llevado a demasiados de los nuestros por un camino profundamente inmoral y que ahora les hace justificar la vulneración de mandamientos fundamentales: no matarás; no robarás; no codiciarás.

Es un falso ídolo que equipara la libertad judía con bombas de racimo que matan y mutilan a niños palestinos.

El sionismo es un falso ídolo que ha traicionado todos los valores del judaísmo, incluido el que concedemos al cuestionamiento, una práctica que forma parte del Séder con las cuatro preguntas que el niño más pequeño debe formular.

El sionismo es un falso ídolo que ha traicionado el amor que como pueblo profesamos por la palabra escrita y por la educación, justificando el bombardeo de todas las universidades de Gaza; la destrucción de innumerables colegios, imprentas y archivos; el asesinato de cientos de académicos, periodistas y poetas. La muerte de los medios de educación, lo que los palestinos llaman escolasticidio.

Mientras tanto, en esta ciudad de Nueva York, las universidades llaman a la policía y se atrincheran contra la grave amenaza que representan sus propios estudiantes por atreverse a hacer preguntas básicas, como esta: ¿cómo podéis afirmar que creéis en algo, y menos en nosotros, mientras permitís, invertís y colaboráis con este genocidio?

Durante demasiado tiempo se ha permitido que el falso ídolo del sionismo crezca sin control. Así que esta noche decimos: esto se acaba aquí.

Nuestro judaísmo no cabe dentro de un etnoestado porque nuestro judaísmo es internacionalista por naturaleza.

Nuestro judaísmo no puede ser protegido por el ejército desenfrenado de ese Estado, porque lo único que hace ese ejército es sembrar el dolor y cosechar el odio, incluso contra nosotros como judíos.

Nuestro judaísmo no se siente amenazado por las voces que, en solidaridad con Palestina, alzan gentes de todas las razas, etnias, generaciones, identidades de género y capacidades físicas. Nuestro judaísmo forma parte de esas voces y sabe que en ese coro residen nuestra seguridad y nuestra liberación colectiva.

Nuestro judaísmo es el judaísmo del Séder de Pascua: la ceremonia de compartir comida y vino en un encuentro con seres queridos y extraños por igual. Un ritual intrínsecamente portátil, lo suficientemente ligero como para llevarlo a la espalda, sin otra necesidad que la de estar con los demás. Un ritual sin muros, sin templo y sin rabino en el que todos cumplen un papel, también y especialmente el niño más pequeño.

El Séder es una invención característica de la diáspora, hecha para el duelo colectivo y la contemplación, para el cuestionamiento y el recuerdo, para revitalizar el espíritu revolucionario.

Así que mirad a vuestro alrededor. Este de aquí es nuestro judaísmo. Cueste lo que cueste, rezamos en el altar de la solidaridad y de la ayuda mutua mientras suben las aguas, arden los bosques y nada es seguro.

Ni necesitamos ni queremos el falso ídolo del sionismo. Queremos liberarnos de un proyecto que comete genocidio en nuestro nombre. Liberarnos de una ideología sin más plan de paz que cerrar tratos con las teocracias asesinas de los petroestados vecinos mientras vende al mundo tecnologías para cometer asesinatos con robots.

Nuestra intención es liberar al judaísmo de un etnoestado que quiere a los judíos en un estado permanente de miedo, que quiere que nuestros hijos sientan miedo y hacernos creer que el mundo está en contra de nosotros para que así corramos a refugiarnos en su fortaleza bajo su cúpula de hierro. O para que sigan fluyendo las armas y las donaciones, al menos.

Ese es el falso ídolo. Y no es solo Netanyahu. Es el mundo que él creó y que a su vez lo creó a él. Es el sionismo.

Naomi Klein es columnista y colaboradora de The Guardian US. Es profesora de justicia climática y codirectora del Centro para la Justicia Climática de la University of British Columbia. Su último libro, Doppelganger. Un viaje al mundo del espejo, se publicó en septiembre.

Esta es una transcripción de un discurso pronunciado en el Séder de emergencia celebrado la semana pasada en las calles de Nueva York.

miércoles, 10 de enero de 2024

"LA INUTILIDAD DE LA GUERRA". Un artículo de Najat El Hachmi (El País. 05 ENE 2024)

Soldados israelíes desplegados en la franja de Gaza,
en una imagen de las Fuerzas de Defensa de Israel.
Dicen que ser pacifista es de ingenuos que no entienden cómo funciona el mundo, pero lo ingenuo es creer que más gasto militar traerá la paz

En Primero de BUP, una amiga me grabó una cinta con canciones de El Último de la Fila que estuve escuchando hasta desgastarla. Me ponía en bucle Querida Milagros y lloraba por la absurda muerte del soldado Adrián. Algunos de mis compañeros de colegio fueron la última hornada de convocados a hacer el servicio militar obligatorio, y el antibelicismo no era solo una posición ética o un concepto abstracto, sino que se trataba de una oposición clara y precisa a un deber concreto que algunos llamaban “ir a aprender a matar”. En catalán era Carles Sabater, del grupo Sau, el que cantaba “no he nacido para militar”. Insumisos y objetores de conciencia pintaban los muros de los descampados con sus reivindicaciones; incluso los menos politizados se distraían garabateando “mili no” en los pupitres y baños del instituto.

Desde que se ha profesionalizado el Ejército y ningún hombre está obligado a adquirir formación militar, nadie canta la muerte inútil de ningún joven soldado, pero eso no significa que no haya hombres jugándose el pellejo por razones que a menudo les resultan lejanas o ajenas. Por eso, es difícil creer lo que afirmó días atrás el líder de un país donde la mili es obligatoria para casi todos y dista mucho de ser un simple entrenamiento: que son los reclutas los que le piden que no pare el fuego y siga con su criminal ofensiva contra los gazatíes. ¿Quién, pudiendo hacerlo, va a escoger la muerte en vez de la vida y la paz? Nadie en su sano juicio, nadie que no esté radicalmente desesperado, cegado por el odio o alienado por esos líderes que ordenan guerras desde sus despachos, sin mojarse nunca los pies en las trincheras ni mancharse las manos con la sangre de niños e inocentes. Y ni que fuera sangre de culpables: ¿qué sentido tiene haber domesticado la violencia con la ley para que ahora se aplique una venganza ciega y sin justicia?

Ser pacifista, nos dicen, es de ingenuos buenistas que no entienden cómo funciona el mundo, pero lo ingenuo es creer que el aumento del gasto militar traerá la paz, que se fabrican armas y misiles para guardarlos en almacenes y no usarlos nunca. Más ingenuo es pensar que alguien puede ganar una guerra o solucionar un conflicto con muerte y destrucción. Más ingenuo es pretender que algo bueno puede salir de la aniquilación de todo un pueblo, mostrada en vivo y en directo con el impotente testimonio de todos nosotros.

domingo, 10 de diciembre de 2023

"LOS AFRODISÍACOS DE HENRY KISSINGER". Un artículo de Antonio Muñoz Molina publicado en El País el 09 DIC 2023

El poder es el gran excitante, repetía el político estadounidense recientemente fallecido. También proporciona los beneficios de la impunidad y la amnesia. Él llegó a centenario protegido por el caparazón de una celebridad reverencial y una frialdad moral absoluta

A algunas personas que acumulan desmedidamente el dinero o el poder sus admiradores más abyectos llegan a atribuirles cualidades inauditas. De Henry Kissinger decían algunos de sus cortesanos y cobistas que no solo era un estratega magistral en los asuntos internacionales y un erudito de profundo saber en la historia de la diplomacia, sino que además, cuando se lo trataba de cerca, tenía un excelente sentido del humor. Algunas pruebas han llegado documentalmente a nosotros. En Nueva York o en Washington, en las fiestas de alta sociedad a las que era tan aficionado, decía a veces, con una sonrisa radiante de descaro y astucia, cuando le presentaban a un desconocido: “¿Usted también piensa que soy un criminal de guerra?”. Pequeño y regordete, con su cara y sus gafas de empollón, se complacía en exhibirse del brazo de actrices siempre más altas que él, y repetía la misma explicación de sus habilidades seductoras: “El poder es el gran afrodisiaco”.

Pero su presunto humorismo no disminuía cuando hablaba de alguno de aquellos tiranos matarifes a los que garantizó siempre el apoyo de Estados Unidos. Uno de los más crueles, y de los menos recordados ahora, fue el general Yahya Khan, que en 1971, como presidente de Pakistán, dirigió una masacre de más de 300.000 personas, hombres, mujeres y niños, en lo que hoy es Bangladés, y provocó un éxodo hacia la India de unos 10 millones, con pleno conocimiento y apoyo del presidente Nixon y del propio Kissinger, consejero de Seguridad Nacional. Ninguno de los dos hizo caso de las advertencias de sus propios diplomáticos destinados en Pakistán. Incluso facilitaron clandestinamente el envío de aviones de guerra americanos que aceleraban la destrucción y la matanza. El general Yahya Khan tenía para ellos el valor inestimable de que estaba sirviéndoles como intermediario en los preparativos secretos para el viaje de Nixon a China un año después. Como al dictador paquistaní se lo veía tan envanecido de sus habilidades como mediador, Kissinger dijo de él, según consta en una de las grabaciones de la Casa Blanca: “Khan disfruta todavía más haciendo esto que masacrando hindúes”. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 3 de diciembre de 2023

"EL MUNDO ARDE". Un artículo de Luis García Montero publicado en infoLibre.es el 25 de noviembre de 2023

Pedro Salinas escribió después de la Segunda Guerra Mundial su poema “Cero” para denunciar los efectos de los bombardeos y las armas de destrucción masiva. Una bomba lanzada a seis mil metros de altura acaba con una ciudad llena de personas, edificios, monumentos e historias. El poeta se pregunta: “¿Hay ojos que distingan / a la Tierra sus primores / desde tan alto?”. Acabar con lo que se desconoce suaviza la responsabilidad, parece más fácil que disparar contra los ojos que nos están mirando. Y por desgracia no se trata sólo de los metros de altura, sino de los procesos que convierten a las personas que tenemos cerca en caricaturas sin alma. El miedo, el odio, el asco y el rencor desdibujan la realidad del otro, sobre todo cuando nos enamoramos de nuestra propia irracionalidad. No disparamos contra personas, sino contra monstruos inventados. Así se normalizan las matanzas.

El novelista peruano Renato Cisneros ha publicado El mundo que vimos arder (2023). Reúne dos historias que se vinculan con las tensiones de la vida entre el sentido de pertenencia y el desarraigo. En la primera, dos peruanos que viven en Madrid, taxista y cliente en medio de un atasco, hablan de sus existencias, sus recuerdos, las quiebras que se producen en los sentimientos cada vez que hay que empezar desde cero. Por bien que se esté en una ciudad, el pasado es una compañía que nos interpela y nos hace extranjeros. “El pasaporte europeo —concluye el taxista— sólo sirve para que no te miren tan feo en los aeropuertos”.

La sensación de extranjería tiene que ver también con el paso de los años, con las realidades que van cambiando en nosotros y fuera de nosotros, aunque no queramos abandonar un lugar. Son transformaciones normales que se intensifican en las experiencias de emigración, destierro y, sobre todo, en los abismos humanos provocados por las guerras cuando nos atrevemos a quitarnos la venda de los seis mil metros de altura. Esa es la otra historia de El mundo que vimos arder, la vivida por Matías Giurato Roeder, un joven peruano, con orígenes paternos italianos y maternos alemanes, que se hace norteamericano y acaba en uno de los aviones militares que bombardean Alemania en la Segunda Guerra Mundial.

La vida nos cambia. Matías Giurato Roeder, luego Matías Clifford Roeder, luego Matías Clifford Ryder y luego Matthew, va caminando sobre su propio destino con la voluntad de adaptarse a las situaciones que surgen. Pero se produce un cortocircuito demasiado íntimo cuando recibe la orden de bombardear Hamburgo, la ciudad en la que vive su familia materna. Distante desde niño del agresivo machismo de su padre, había crecido en el amor cómplice de su madre y en el deseo de hacerse un miembro más de la familia alemana. El proyectado viaje a los orígenes desemboca en su participación en uno de los bombardeos más feroces sobre Alemania, el bombardeo que destruye a su propia familia. El abuelo de Matías era enemigo del nazismo, pero fue con todos los suyos una víctima más de la guerra contra los nazis.

Hay un momento en el que Matthew no puede dejar de ser Matías. Cuando se conocen los mapas, y dentro de los mapas las ciudades, y dentro de las ciudades los barrios, y dentro de los barrios los edificios, y dentro de los edificios las personas, ni siquiera seis mil metros de altura pueden suavizar los abismos del infierno. Los cuerpos calcinados no son monstruos, son personas con su propia historia, gente con derecho a vivir más allá de nuestros odios, nuestros miedos y nuestra violencia.

El bombardeo lleva al extremo los cambios sufridos por Matías, un ser humano, hasta conducirlo al despeñadero de su propia desaparición. Ningún pasaporte puede evitar vernos feos, muy feos, cuando nos miramos al espejo y se bombardea en nuestro nombre.

viernes, 3 de marzo de 2023

"LA PRIMAVERA". Un artículo de Luis García Montero publicado en infoLibre.es el 25 de febrero de 2023

Pocas veces permite la vida una solución sencilla a sus problemas. Buscar afirmaciones fáciles supone casi siempre una manera de evitar la observación de aquello que no nos gusta, dejando a un lado el análisis de todo lo que va en contra de nuestros deseos y nuestros intereses. Que la cultura no es un adorno se demuestra cada vez que vivimos una situación de crisis grave. Resulta tan necesario actuar como ser precavido. La cultura sirve para asumir y valorar la profunda complejidad del mundo en el que somos.

Cuando el optimismo es pura ingenuidad de una conciencia irresponsable, conviene ser precavido ante el pesimismo, porque su negación desemboca con facilidad en actitudes cínicas, apuestas por la indiferencia y excusas para la falta de compromiso. Como nada tiene arreglo, caemos en la tentación de asumir los resultados indomables de la oscuridad. Pero no siempre la razón humana debe desembocar en el pragmatismo injusto o la renuncia. El poeta Antonio Machado encontró en la vitalidad de su conciencia ética un modo de esperar la primavera en los momentos más tormentosos. Mientras la aviación enemiga bombardeaba los campos y las ciudades para sembrar el espanto, quiso escribir un soneto a la primavera, más fuerte que la guerra en su tarea infatigable de conseguir que florezca la tierra.

Machado murió en el exilio el 22 de febrero de 1939. Morir exiliado no supone quedarse fuera de juego. Las palabras y la imagen de Machado han permanecido vivas en los momentos más difíciles de la historia de España y en las mañanas soleadas y pacíficas del invierno. Me acordé del soneto de Machado el pasado 22 de febrero, mientras paseaba las calles de Segovia y visitaba los lugares machadianos con los amigos de la Academia de San Quirce, herederos de la antigua Universidad Popular. A Segovia llegó Machado en 1919, allí trabajó, se comprometió con la voluntad cívica de los movimientos republicanos y subió al balcón del ayuntamiento el 14 de abril de 1931.

El deseo republicano de unir las instituciones a la vida de la gente fue una apuesta democrática contra la España Oficial, gobernada por instituciones huecas. Tan peligrosas son las instituciones que pierden el respeto a los pueblos, como los pueblos cuando pierden el respeto a las instituciones. También son peligrosas en la poesía unas formas alejadas de la verdad sentimental o unos sentimientos incapaces de ponerse en forma. Lo supo Machado muy pronto y procuró que sus palabras y su intimidad se equilibraran con el idioma del pueblo y con las ilusiones colectivas. De hecho, la primavera celebrada bajo los bombardeos franquistas era inseparable del olmo seco, capaz de aprovechar las lluvias de abril y el sol de mayo para dar hojas verdes después de la muerte de Leonor.

También lo comprendió María Zambrano, otro recuerdo imprescindible mientras paseábamos por las calles de Segovia. Durante las guerras, se producen heridas intelectuales. Frente a los racionalismos pragmáticos que acababan en bombardeos, cámaras de gas y discursos bélicos, María Zambrano leyó a Galdós y Machado en busca de una razón poética. Resultaba difícil caer en el optimismo o abandonarse al pesimismo, pero los poemas de Machado y Misericordia de Galdós le permitieron seguir cultivando la esperanza, es decir, el compromiso personal con un futuro humano propio de los que no quieren renunciar a sus valores y su conciencia.

Razón poética: frente al invasor, frente al imperialismo, frente a los negociantes de las armas, frente a los puros que se refugian en su nada, frente a los que se aprovechan de los muertos y los vivos para diseñar sus intereses en el mundo, frente a las pasiones militares y la desvergüenza humana, es posible esperar la primavera. El crimen fue en Granada, escribió Machado en recuerdo de García Lorca. Ahora el crimen es en Ucrania. Y siento necesidad de solidarizarme y no abandonar a las víctimas, pero con la precaución de no abandonarme a la pasión bélica o al cinismo de los negociantes.

"EL SUMO SACERDOTE". Juan José Millás, El País

No se pierdan a Florentino Pérez entrando en la sala de prensa de Valdebebas con el gesto de quien se dispone, más que a responder pregunta...