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domingo, 31 de agosto de 2025

"LA TRAMPA DE SER FELIZ". Spanish Revolution

Cómo el mandato de la felicidad perpetua refuerza el individualismo, culpabiliza al débil y silencia la protesta

LA FELICIDAD COMO PRODUCTO DE CONSUMO

Nos dicen que seamos felices. Pero no como una posibilidad, sino como una obligación. Una exigencia emocional que ha mutado en dogma de mercado. Desde los anuncios de Coca-Cola hasta los cursos de mindfulness subvencionados por multinacionales que explotan a sus trabajadores y trabajadoras, todo apunta hacia el mismo horizonte: la felicidad como deber, no como derecho.

En este modelo, no estar bien es una forma de traición. El sufrimiento es interpretado como un fracaso personal. La ansiedad, la tristeza o el malestar dejan de ser síntomas de una sociedad injusta para convertirse en defectos individuales. Y lo que es peor: problemas que debes solucionar tú sola, con disciplina, yoga y actitud positiva.

La industria del bienestar factura miles de millones al año vendiendo terapias exprés, retiros espirituales, libros de autoayuda y gadgets que prometen eliminar la ansiedad a golpe de clic. En 2024, el mercado global del “happiness management” superó los 90.000 millones de dólares, según datos de Statista. Pero ¿a quién hace feliz esa felicidad? ¿Quién se lucra del mandato emocional de la sonrisa forzada?

El capitalismo ha secuestrado la emoción más humana para convertirla en una mercancía más. Y como toda mercancía, su distribución es desigual: no hay mindfulness para las limpiadoras de hospital con contratos basura. No hay “gratitud” ni “gestión emocional” que le sirva a una madre sola que no llega a fin de mes.

LA FELICIDAD COMO HERRAMIENTA DE DOMINACIÓN

La trampa es perfecta: si no eres feliz, la culpa es tuya. No del sistema que te precariza. No del alquiler que devora tu sueldo. No del patriarcado que te acosa. No del racismo que te margina. Eres tú, que no sabes ver lo bueno de la vida.

Este discurso no es nuevo. Tiene raíces profundamente reaccionarias. Como señala Eva Illouz, en su ensayo La salvación del alma moderna, la gestión emocional ha sustituido al análisis político. Nos ofrecen recetas individuales para problemas colectivos. Y así desactivan cualquier impulso de protesta.
Porque la felicidad obligatoria desmoviliza. ¿Cómo vas a quejarte si todo el mundo en Instagram parece estar en Bali? ¿Cómo vas a protestar si te han dicho que el universo conspira a tu favor? ¿Cómo vas a hacer huelga si tu jefe te ha puesto una mesa de ping-pong en la oficina y un coach motivacional para los lunes?

La cultura de la positividad perpetua es profundamente autoritaria. Censura el conflicto, desprecia el duelo, criminaliza la tristeza. Reemplaza la solidaridad por coaching. El llanto por meditación guiada. Y la rabia por frases de Paulo Coelho en formato story.

Las empresas han entendido el filón. Cada vez más se promueve un "liderazgo emocional" que pretende gestionar el descontento con abrazos grupales y dinámicas de equipo, mientras se recortan derechos laborales. El resultado es un malestar silenciado, encapsulado, patologizado. La depresión ya es la principal causa de discapacidad en el mundo. Pero seguimos diciendo que el problema es no hacer suficiente journaling.

FELICIDAD SIN JUSTICIA ES PROPAGANDA

Lo más perverso de todo es cómo este mandato emocional se ha infiltrado también en las políticas públicas. Las y los gobernantes han aprendido a prometer felicidad en lugar de derechos. Le hablan a la “clase media aspiracional”, no a las cuidadoras explotadas ni a quienes no pueden pagar la luz. Apelan al bienestar emocional, mientras destruyen el bienestar material.

Y no, no se trata de despreciar la alegría. Se trata de entender quién decide cuándo es legítimo estar mal. Porque a la trabajadora que llora en el baño del supermercado le dicen que no dramatice. Pero al empresario que se quiebra en un TED Talk por “sus comienzos duros” se le aplaude como un héroe.

Quizá lo más revolucionario hoy no sea buscar la felicidad, sino permitirse estar tristes, enfadadas, agotadas. Compartir el dolor, colectivizarlo, entender que no es individual, sino sistémico. Porque cuando el sistema te dice que “hay que ser feliz”, lo que realmente te está diciendo es: “calla, no jodas el negocio”.

No queremos felicidad en PowerPoint. Queremos dignidad. Y la dignidad no siempre sonríe.

viernes, 14 de febrero de 2025

"YO, SOCIEDAD LIMITADA, SOLEDAD ANÓNIMA". Irene Vallejo, El País 09 FEB 2025

Fernando Vicente
Las personas que se unen para defender el interés común se sienten menos aisladas y asustadas, más protegidas

Las noches de insomnio son páramos donde los minutos se vuelven hostiles. Intentas domesticar la mente, respiras hondo. Tratas de alejar los pensamientos inquietantes, el desasosiego al acecho. El viento susurra en vano su nana, los perros ladran a la luna. Transcurre una lenta procesión de horas, la tristeza se adensa: si no duermes, mañana estarás abatida. Tu cerebro ordena: serénate. Pero cuanto más te esfuerzas en atrapar el sueño, más lejos escapa.

En las hogueras digitales de las redes —y de las vanidades—, los gurús de la felicidad anuncian que haremos realidad nuestros deseos si creemos intensamente en ellos. Nos dan consejos, imperativos suavizados. Dichos para hacernos dichosos: modela tus pensamientos, transforma tus ideas y cambiará tu realidad, atrae lo que deseas, haz ejercicio, sé deseable, asciende, seduce, reluce, rejuvenece. Tienes el poder. La última tendencia es “manifestar”, elegida palabra del año por el diccionario de Cambridge. Consiste en alentar un monólogo interior optimista, robustecer la autoestima, arrojar lejos el bagaje de recuerdos, ideas y hábitos que nos limitan. Sus propuestas podrían parecer sensatas, pero caen en el espejismo de olvidar que la convicción no basta. Aunque mil veces nos dirán que querer es poder, hay obstáculos demasiado grandes, desgracias sobrevenidas, imprevistos del azar. Y, por supuesto, la ventaja de quienes juegan con las cartas marcadas gracias a la cuna, la fortuna y los contactos. Ya sabemos qué tipo de conocimiento premia la meritocracia: el quién conoce a quién.

Las técnicas de autoayuda vuelcan todo el peso del éxito sobre nuestros hombros. Los sueños están al alcance, sin importar la precariedad laboral, las cicatrices del tiempo, el coste de la vivienda, los cuidados a niños o mayores. La obligación de hacer realidad las aspiraciones nos provoca ansiedad y frustración, y conduce a buscar nuevas recetas. Sin embargo, la vida no se cultiva con fórmulas mecánicas: lo más esencial —como dormir o ser felices— huye de la voluntad obsesiva.

Todos los seres humanos apuntamos a la felicidad como arqueros que tienden a un blanco. Esta frase de Aristóteles mantiene una misteriosa y absoluta vigencia. ¿Pero podemos aprender a ser felices? Hace veinticinco siglos, los maestros del buen vivir creían que el camino era la sabiduría, la comprensión clara, un entrenamiento mental capaz de guiar hacia la tranquilidad interior y la bondad exterior. Aristóteles compartía esa fe, pero creía que conviene ser humilde y reconocer que en este viaje surgen dificultades ajenas a nuestro deseo. Como buen conocedor de los vaivenes de la vida, admitía que una parte de ella está ligada a condiciones económicas y materiales, en muchos casos azarosas. Una cierta dicha —Aristóteles abogaba por una prosperidad moderada— no es posible sin salud, seguridad, leyes justas y unos bienes mínimos que garanticen una existencia digna. La felicidad es ilusoria en una polis sin justicia y equidad, en un país en guerra, hambre o dictadura. A este bienestar relativo y dependiente, con sus retrocesos y sus límites, sus aproximaciones y fluctuaciones, se suma, sí, una felicidad que depende de nosotros. De nuestra actitud y decisiones, de nuestros talentos amorosos y humorísticos, de placeres y plenitudes, de la clase de personas que llegamos a ser. Los equilibrios resultarán frágiles, siempre amenazados y sometidos a nuestros fallos. Los seres humanos somos esas criaturas que nunca cometen dos veces el mismo error: como mínimo doce o quince, para estar bien seguros. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 3 de agosto de 2024

"CULTIVAR EL PENSAMIENTO CRÍTICO ES MÁS NECESARIO QUE NUNCA". Borja Santos Porras, Ethic 05 MAY 2020

Comportarse de manera virtuosa o cuidar de las verdaderas amistades requiere tiempo y atención, y requiere asumir responsabilidades: pocas veces aprender a pensar fue tan necesario como ahora.

«Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella, no me salvo yo», decía el filósofo español Ortega y Gasset. Después de muchas semanas confinados en nuestros hogares, la filosofía detrás de estas palabras se torna fundamental. No tanto por el sentido estricto de sobrevivir a la pandemia, sino también por el efecto de este nuevo contexto que nos condiciona, que impacta a nuestra salud mental, a nuestros comportamientos y, a fin de cuentas, a nuestra felicidad.

Para Ortega, el grado en que un acontecimiento nos afecta está condicionado no tanto por lo que sucede, sino por la manera en la que interpretamos este acontecimiento. Para lograr una interpretación virtuosa del contexto actual, es fundamental el pensamiento crítico. La universidad, además de ser un espacio de transmisión de conocimiento, debe ser un espacio de transformación para los jóvenes. Un entorno donde continúen aprendiendo a pensar, a atreverse a usar su propia razón (sapere aude), a comprender y controlar sus emociones, a interpretar mejor su contexto y actuar en él de manera ejemplar.

En este camino y lucha contra la COVID-19, su pensamiento crítico se enfrentará a muchos retos y obstáculos. Me gustaría resaltar cuatro:

1. La lucha contra el hiperconsumo experiencial y la drogodependencia emocional

Según el filósofo José Carlos Ruiz, asociamos la felicidad al consumo emocional y no a la razón. Dado que el consumo material ha sido moralmente bastante criticado, la actual tendencia de la sociedad nos ha desplazado a un constante consumo experiencial, donde buscamos sensaciones que nos perturben, que nos exciten, y que sean capaces de alterar nuestro estado de ánimo (siempre asociado a emociones positivas).

Nos hemos convertido en drogodependientes emocionales. Ante esa inmersión en la hiperactividad, no es extraño que el primer fin de semana del confinamiento los grupos de whatsapp se llenaran de decenas de recursos para mantener nuestra diaria dosis de consumo experiencial (obras de teatro online, conciertos en directo en Instagram, videollamadas, libros y películas gratuitos, etc…). No es extraño que para gran parte de la sociedad el confinamiento haya generado emociones de insatisfacción, de angustia y, en muchas ocasiones, de ansiedad o tristeza, mezclada con un aburrimiento que para algunos resulta insoportable.

En 2014, un estudio publicado en la revista Science liderado por Timothy Wilson reunió a distintos grupos de personas para que estuvieran solos en un espacio cerrado y sin objetos.

Al experimento le añadió la posibilidad de que los participantes pudieran aplicarse descargas eléctricas suaves, algo que aparentemente nadie buscaría hacerse a sí mismo. Un gran porcentaje de personas, al no soportar su aburrimiento y adicción a la hiperactividad, se aplicó las descargas a partir del sexto minuto. El estudio sugirió como conclusiones que a casi nadie le gustaba pensar en soledad, que nos cuesta mantener la mente en calma y que la gente necesita un sentido o propósito ante esas situaciones.

La felicidad actual parece estar estructurada en una especie de to-do list (practicar el último deporte de moda, usar la última red social de actualidad, comer en el nuevo restaurante, visitar el país o la ciudad en boga…). Para sobrevivir a esta drogodependencia emocional es necesario educar personas equilibradas (virtuosas, como definiría Aristóteles), que sean capaces de comprender y controlar sus emociones y puedan usar el parapeto del tiempo y la distancia. Esto permitirá apreciar las cosas buenas que tiene el disponer de más tiempo con nosotros mismos y disfrutar de las diferentes actividades que nos permite el actual contexto.

No es tarea fácil ya que, como explicaría Gilles Lipovetsky, nuestra felicidad es paradójica. Ahora podemos tener tiempo para leer aquellos libros pendientes, para centrarnos más en los estudios, para llamar más a menudo a la familia, pero a la vez nos angustia no poder viajar, no salir a los restaurantes, no consumir aquellas ansiadas experiencias. Contradicciones que también tenemos que aprender a vivir como algo interno y común a nosotros mismos.

2. Discernir las amistades fuertes y verdaderas

Un estudio liderado por Robert Waldinger en la universidad de Harvard trató de contestar a la pregunta ¿Qué nos hace envejecer con salud y felicidad? El estudio comenzó en 1938 y examinó la vida de más de 1.300 personas durante 80 años, analizando los factores que hacían que algunas personas envejecieran felices y con salud y otras terminaran con debilitamiento mental e infelices.

Los resultaron mostraron que no era el dinero, la reputación o la fama, sino la fortaleza de las relaciones con los amigos, la familia, la comunidad y la pareja lo que les hacía tener una vida más feliz y saludable. En los días más complicados del confinamiento, esas relaciones nos ayudan más que nunca.

El pensamiento crítico es lo que nos permite distinguir las buenas amistades y las relaciones inteligentes de las que no implican afectos verdaderos. Aristóteles diferenciaba tres tipos de amistad: una primera utilitaria, donde los amigos tienen una utilidad común y la amistad termina cuando esa utilidad desaparece; una segunda sobre la diversión, basada en el entretenimiento común hasta que este existe; y una última sobre la excelencia, una amistad virtuosa que requiere una atención mutua y que busca la virtud, el éxito y la felicidad del otro. Para Aristóteles, aprender a distinguir estas amistades era fundamental.

3. Distinguir nuestra circunstancia real de la virtual

Para José Carlos Ruiz, las redes sociales nos permiten desarrollar nuestro avatar y una nueva circunstancia virtual. En el mundo real, nosotros y nuestras circunstancias están predefinidas, mientras que en el mundo virtual elegimos nosotros quién queremos ser, mostramos lo que queremos enseñar. Nos encontramos con una circunstancia virtual donde muchas personas aparentan felicidad, sonríen, salen perfectas en los selfies y se mantienen ocupadas en actividades de manera constante.

Dado que el tiempo empleado en internet crece exponencialmente, y más en cuarentena, esto puede rodearnos de pensamientos dañinos y de ideas insustanciales. El mayor problema es que no sepamos definir el yo real (circunstancia real) con el yo virtual (circunstancia virtual). Cuando el yo real se contempla desde las circunstancias virtuales o viceversa, es decir, cuando comparamos la fortaleza de nuestras amistades con el número de likes que tenemos o cuando no sabemos valorar nuestras propias realidades, ya que nos comparamos con las circunstancias virtuales que creemos ver en los avatares virtuales de otras personas, estamos distorsionando la perspectiva y falsificando las circunstancias.

Si no queremos acabar con cuerpos esculturales pero medicados para luchar contra una sensación de vacío que nos atemoriza, debemos protegernos con el pensamiento crítico.

4. Regar la felicidad del árbol ante la felicidad del césped

Cuando queremos que una planta dé sus mejores frutos, debemos cuidarla diariamente, cultivarla poco a poco para que ofrezca esos frutos. Lo mismo sucede con la felicidad y el aprender a pensar. José Carlos Ruiz lo distingue entre la felicidad del césped y la felicidad del árbol.

El césped crece rápido y es, estéticamente, muy bonito y cómodo. Nos proporciona una recompensa inmediata, ideal en la sociedad del instante y de la búsqueda de resultados rápidos, de la «turbotemporalidad». Sin embargo, el césped se muere pronto y se arranca fácilmente. El árbol necesita que una semilla plantada tenga tiempo para germinar, necesita de cuidados, de riego y de bastante inversión al comienzo, sin que se reciba ningún resultado temprano. Sin embargo, con el tiempo, las raíces crecen y buscan su propio alimento, el árbol crece y resiste los cambios meteorológicos, e incluso da sombra y refugio a quien lo necesita.

Aprender a pensar, el desarrollo del pensamiento crítico, los comportamientos virtuosos o el cuidado de las verdaderas amistades requiere tiempo, atención y cuidado. Requiere asumir responsabilidades. La felicidad del árbol nos permitirá salir adelante de esta pandemia con mayor resiliencia. Pocas veces aprender a pensar fue tan importante para nuestra felicidad como lo es en estos tiempos.

Borja Santos Porras, director ejecutivo – IE School of Global and Public Affairs, IE University. Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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