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viernes, 19 de junio de 2026

"Laura Bates: “La reacción contra el progreso feminista está alimentada con el poder inmenso de los algoritmos”. Ana Requena Aguilar, elDiario.es

En su libro 'La nueva era del machismo', la periodista inglesa analiza cómo la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías están reinventando el odio contra las mujeres

Es un libro de tecnología que, en realidad, va de otra cosa. Lo explica su autora, la periodista Laura Bates (Oxford, 1986): “Va de poder y de sexismo”. En La nueva era del machismo (Península), Bates, que en su anterior libro (Los hombres que odian a las mujeres, editado por Capitán Swing) trazaba el panorama de las subculturas misóginas online y alertaba sobre la manosfera, analiza cómo la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías están reinventando el odio contra las mujeres.

En su libro habla de IA de 'deepfakes', de robots sexuales, de asistentes creados para ser parejas sentimentales... ¿Algunas tecnologías son un problema en sí mismas o el problema es la manera en la que se entrenan y configuran?

En general, la tecnología en sí no es realmente el problema, se trata más bien del sesgo en la información con la que se entrena o de la falta de ajustes de seguridad y medidas de protección. Pero en algunos casos la tecnología sí me parece en sí misma el problema, y me refiero a las aplicaciones de 'deepfakes': programas y herramientas diseñados para permitir el abuso, para permitir desnudar a otra persona sin su consentimiento. El otro ejemplo es quizá la 'novia virtual', porque están diseñadas para crear la ilusión de una forma muy específica de desequilibrio de poder de género en las relaciones y, si facilitan el abuso sexual virtual, creo que eso es directamente perjudicial en sí mismo.

Cuando hablamos de 'deepfakes' sexuales hay quien excusa su uso en que se trata de imágenes que no son reales, ¿cómo responder a esta justificación?

Podemos ver muy claramente que el daño es real: hay niños que abandonan la escuela, hay niñas de 10 y 11 años que se avergüenzan tanto cuando les sucede que no salen de casa, hay mujeres que son chantajeadas con estas imágenes. Hay políticas que son blanco de ataques con ellas; periodistas y mujeres de la vida pública contra las que se utiliza estas imágenes para amenazarlas, chantajearlas y obligarlas a callar, o para apartarlas de la vida pública. Podemos ver que el impacto psicológico es real: todo el mundo entiende que si llevas unas gafas de realidad virtual o estás viendo una película en 3D en el cine y un tiburón sale de la pantalla hacia ti, das un respingo, tu ritmo cardíaco se acelera y empiezas a sudar. Sabemos que hay una respuesta fisiológica real a los estímulos virtuales y, sin embargo, cuando se trata de mujeres y niñas simplemente no queremos aceptar que sabemos que estas imágenes están provocando que las mujeres pierdan sus trabajos y que, en algunos casos, algunas corran el riesgo de sufrir violencia a causa de ellas o de perder la custodia de sus hijos. El peligro es real porque la misoginia es real y nuestra respuesta a las imágenes es real. Diría que esa excusa es solo otra versión de las formas en las que la sociedad lleva años intentando silenciar las objeciones feministas.

Nos decían que no le diéramos tanta importancia al acoso callejero porque, al menos, no es una violación, así que no podíamos hablar de ello. Nadie está diciendo que las formas de violencia sexual en Internet sean iguales a las que se dan fuera de línea, pero eso no significa que no sean totalmente inaceptables por sí mismas. Es un tipo diferente de daño, pero es un daño muy real y sigue siendo inaceptable.

Los 'deepfakes' se generan con aplicaciones o incluso con bots, y hemos visto algunos casos, como el que sucedió en Almendralejo, que menciona en su libro, en el que los chavales lo usan casi como un juego. ¿Hay una sensación de que esas aplicaciones son eso, una especie de juego? ¿Hay un envoltorio que hace que haya una especie de gamificación de los 'deepfakes'?

Sí, y eso contribuye a la normalización, porque lo convierte en algo colaborativo y social que los hombres hacen juntos y, de nuevo, eso lo normaliza y hace que resulte más aceptable. Lo que estamos viendo en algunos colegios es el intercambio de estas imágenes 'deepfake', casi como si fuera un juego de cromos, es decir, además de normalizar, esa gamificación fomenta la difusión, el intercambio y el comercio de estas imágenes. Eso es muy malo para las mujeres y las niñas, se convierte en una forma de deshumanización.

Señala que la inmensa mayoría de 'deepfakes' que se generan están relacionados con contenido sexual de mujeres pero que, sin embargo, las iniciativas que están surgiendo para regularlos se centran en los 'deepfakes' que afectan a políticos, ¿por qué?

Es un ejemplo de un problema más amplio: cuando pensamos en los retos o riesgos de la IA, la gente piensa en los retos para los hombres, pensamos en quiénes verán afectados sus puestos de trabajo, nos preguntamos si los futuros políticos se verán amenazados y si los robots se harán con el control del mundo. Pero la gente no presta atención a las mujeres, que ya están sufriendo en este mismo momento. ¿Por qué? Porque no hay una legislación adecuada. No hay ninguna protección eficaz y, una vez más, las mujeres se quedan solas haciendo frente a un problema enorme que, en esencia, se ignora.

¿Sigue siendo difícil de asumir socialmente que cuando hablamos de 'deepfakes' sexuales o de difusión de imágenes íntimas sin consentimiento estamos hablando de un delito?

Sí, creo que encaja en dos patrones. Uno es el patrón según el cual pensamos que lo que ocurre en Internet no es real y no creemos que tenga consecuencias en el mundo real; y el otro es que no nos tomamos en serio los delitos de violencia y acoso contra las mujeres. Así que, cuando ambas cosas se unen, como sociedad nos mostramos muy desdeñosos con el problema. Despreciamos a las víctimas y no vemos que el debate público al respecto sea una emergencia, que lo es, porque tantas mujeres políticas actualmente en el cargo están siendo blanco de esta forma de abuso que existe un riesgo real de socavar la democracia. Estamos viendo cómo mujeres políticas de todo el mundo dimiten antes de tiempo, y el abuso en línea es una de las principales razones por las que lo hacen, y eso esa es una amenaza para la política y para la democracia.

Con o sin IA, ¿en el fondo el problema sigue siendo el señalamiento y la culpabilización de la sexualidad femenina?

Sí, esto facilita que se ataque a las mujeres de esta manera porque la sociedad ya está cómoda con avergonzar y señalar la sexualidad de las mujeres, lo que agrava aún más el impacto de estos delitos. Y, por supuesto, eso significa que este es solo el último ejemplo de una larga tradición de ataques contra las mujeres basados en su sexualidad y en sus cuerpos. La gente poco sensata culpaba a las mujeres. Decían: “Bueno, tú hiciste estas fotos” o “tú compartiste estas imágenes, ¿qué pensabas que iba a pasar?”. Lo que sucede ahora con el abuso de los 'deepfakes' es la prueba definitiva de que ese planteamiento es un gran error, porque lo que vemos es que incluso las que no se hacen fotos desnudas pueden ser víctimas. Eso demuestra que nunca deberíamos haber pensado en si las mujeres se mantuvieran a salvo, deberíamos habernos centrado desde el principio en los agresores, en hacer que las empresas tecnológicas rindan cuentas por hacer posible esta tecnología y en la necesidad de que el gobierno la regule.

En el libro relata lo fácil que resulta que sucedan agresiones sexuales en el metaverso. ¿Una agresión sexual en el metaverso es una agresión sexual?

Creo que debería considerarse un delito sexual. Tenemos que tener en cuenta el impacto psicológico que esto tiene. En el Reino Unido en este momento la policía está investigando una violación colectiva virtual de una menor de 16 años en el metaverso. La policía ha hecho pública información indicando que esa chica ha sufrido un trauma psicológico muy similar al de una víctima real de un delito sexual real. Yo diría que los delitos no tienen por qué ser iguales para que reconozcamos que ambos son inaceptables y graves.

También es muy importante reconocer que el desarrollo de la tecnología wearable (vestible) avanza tan rápido que, en un periodo de tiempo muy breve, podremos llevar un traje que cubra todo el cuerpo y que esté equipado con sensores por todas partes, de modo que, cuando alguien te toque o te agreda en la realidad virtual, lo sentirás en todo el cuerpo. Así que nos estamos acercando aún más a una agresión sexual real y es muy importante que nos lo tomemos en serio. ¿Qué significa esto para la sociedad? Estamos construyendo este mundo completamente nuevo que se supone que nos debe entusiasmar, pero si simplemente hacemos la vista gorda ante el hecho de que hay hombres que persiguen a las mujeres, fingen agredirlas, les gritan, las acosan y las acechan, haciendo que esos espacios sean inseguros para ellas, estamos construyendo un mundo nuevo, pero dejando completamente atrás a las mujeres.

¿Cuál es la diferencia entre jugar a videojuegos en los que hay violencia explícita y participar en un metaverso en el que suceden comportamentos violentos?

En primer lugar, cuando jugamos a videojuegos violentos experimentamos una respuesta fisiológica. Por eso, nos sobresaltamos cuando alguien nos dispara en un videojuego. Pero la gran diferencia es que, cuando jugamos a un videojuego violento, estamos tomando la decisión de jugar a ese juego porque queremos participar en esa actividad, mientras que las mujeres están siendo acosadas y agredidas en el metaverso y eso no es lo que ellas han elegido, no es lo que quieren, no han dado su consentimiento para eso.

De alguna manera parece relacionar lo que sucede con el metaverso, los robots sexuales o los asistentes que la gente está usando como una especie de pareja creada por IA con que la violencia sexual y contra las mujeres se siga reproduciendo. ¿No es peligroso hacer una conexión directa entre una cosa y otra?, ¿la violencia de género y sexual no sucede independientemente de que todas esas tecnologías existan porque su origen es otro?

Yo no defiendo eso exactamente, sugiero que existe la posibilidad de que, si normalizamos por completo la violencia sexual en estos espacios online, esto anime a los agresores en la vida real, especialmente a los jóvenes que crecen en un mundo online que para ellos es tan real como el mundo exterior y ven cómo se acosa, se menosprecia y se maltrata constantemente a las mujeres en esos espacios online. Quizás esto aumente la probabilidad de que se insensibilicen ante ese tipo de comportamientos también fuera de Internet, pero no creo que necesitemos demostrar esa relación para afirmar que, en cualquier caso, es inaceptable que esos comportamientos se produzcan en los espacios virtuales por sí mismos.

Usted se pregunta en el libro qué se está haciendo al respecto de todo esto y responde: casi nada. ¿Qué no se está haciendo que sí se debería estar haciendo?

Regulación. Regulación en los casos en que se lanzan al público productos que constituyen nuevas herramientas y tecnologías emergentes, o cuando los estados los adquieren y los integran en los sistemas sanitarios o judiciales, o cuando las empresas privadas los compran para utilizarlos en sus procesos de selección de personal. Por ejemplo, en el caso de los servicios financieros, debería haber un punto en el que, antes de que esos productos lleguen a afectar al público en general, deban cumplir una norma de seguridad.

Esto no es nada nuevo, es exactamente lo que ocurre con las normas alimentarias y de higiene. Cuando se lanzan al mercado los coches, primero deben cumplir las normas de seguridad y superar unas pruebas; lo mismo ocurre con los juguetes. Incluso en la ropa y en cualquier otro sector, aceptamos que, cuando los productos van a salir al mercado, primero deben cumplir unas normas que dejen claro que no van a ser peligrosos, inseguros o causantes de daños. Solo en el ámbito tecnológico no tenemos la percepción generalizada de que esa regulación deba existir.

Cambiando de tema y hablando de las comunidades misóginas que utilizan Internet para extender esa misoginia, usted rechaza el término 'incel' (que describe a quienes se han llamado célibes involuntarios) y propone que utilicemos los 'autodenominados incel', ¿por qué?

Porque, de lo contrario, estaríamos aceptando la premisa de que, que una mujer decida no tener relaciones sexuales con esos hombres es un acto de violencia o crueldad tal que impone toda una categoría de identificación y victimismo, cuando la realidad es que estos hombres eligen percibirse a sí mismos como víctimas. Y, por lo tanto, creo que es muy importante que no nos limitemos a aceptar acríticamente la premisa presentada por esos grupos misóginos y extremistas; ahí es donde creo que deberíamos describirlos como los llamados o autodenominados incels. También porque ese lenguaje crea la sensación de que no han hecho nada y de que no pueden evitar la situación en la que se encuentran, pero mi investigación sugiere claramente que su misoginia y sus actitudes extremas hacia las mujeres son probablemente la causa de su celibato. Así que en realidad no es involuntario, porque están tomando decisiones para comportarse de ciertas maneras que son extremadamente problemáticas.

En este contexto político que vivimos en buena parte del mundo, en el que las derechas cuestionan conceptos clave como el de violencia de género y despliegan un doble rasero sobre la violencia sexual, ¿corremos el riesgo de dar un paso atrás respecto a concienciación y a políticas que aborden las violencias machistas?

Estamos viviendo un momento muy peligroso, ya estamos asistiendo a un retroceso de los derechos de las mujeres en países de todo el mundo, desde Estados Unidos hasta Irán y Afganistán. Vemos una reacción contra la idea de la justicia social y del progreso feminista que está siendo alimentada, con un poder inmenso, por algoritmos en todo el mundo. Eso significa que las actitudes también se están volviendo en contra de los movimientos e ideas progresistas. El momento se vuelve aún más peligroso por la proximidad política entre los magnates de las grandes tecnológicas y las administraciones políticas, lo que significa que la tecnología que está impulsando y facilitando gran parte de esta reacción es casi intocable. Es muy importante que sigamos reconociendo y poniendo de relieve la misoginia extrema. Existe el riesgo de que los políticos de extrema derecha estén normalizando ahora ese discurso hasta tal punto de que simplemente se acepte.

Tenemos que seguir dejando claro que es inaceptable, pero también debemos rechazar el secuestro de la narrativa sobre la violencia contra las mujeres y las niñas que hacen grupos racistas de extrema derecha, que afirman actuar como defensores de las mujeres y las niñas, cuando un análisis riguroso de sus políticas y posturas reales sugiere que planean socavar nuestros derechos de las mujeres de todas las formas posibles si llegan al poder. Por todo eso es realmente importante que luchemos contra la desinformación. Debemos apoyar y educar a los jóvenes de nuestro entorno para que identifiquen la desinformación en Internet, para que comprueben los hechos y reconozcan que lo que ven en la red no es necesariamente real. Y no debemos perder la esperanza.

domingo, 24 de mayo de 2026

"NEVENKA FERNÁNDEZ, MAESTRA DE FISCALES". Isabel Valdés, El País

Nevenka Fernández en la sede de la Fiscalía General del Estado
La mujer que ganó el primer juicio en España por acoso contra un político explica a 60 fiscales y jueces qué fue lo más doloroso de su proceso y cómo mejorar su trabajo con las víctimas

La misma mujer que caminaba por Madrid encogida sobre sí misma y envuelta en una sudadera con capucha para intentar algo parecido a la invisibilidad está este martes en la sede de la Fiscalía General del Estado viendo cómo unos 45 fiscales y una quincena de jueces dan grititos en una sala con la luz apagada y los ojos cerrados y un globo entre las piernas porque ella va paseando entre las filas pinchando algunos de esos globos.

Ha pasado un cuarto de siglo entre la mujer encapuchada que se encorvaba para hacerse pequeñita y la que dirige ese ejercicio para esos hombres y mujeres de la judicatura. La ciudad es la misma, pero no es la misma sociedad la que la habita, y sobre todo no es la misma Nevenka Fernández. “Así se siente una víctima en un juzgado, con el globo entre las piernas y el pecho encogido”, les dice mientras se vuelve a encender la luz. Les explica que “el miedo y la ansiedad de no saber lo que va a ocurrir es uno de los mayores terrores de las víctimas de abusos”.

Ella lo fue poco después de cumplir los 20 años. Era concejala de Hacienda en su ciudad, Ponferrada (León), y el alcalde, Ismael Álvarez, comenzó contra ella una caza que la fue minando día a día, poco a poco: acoso sexual, acoso laboral, abuso de poder. “Me anuló”. Hasta que denunció. Fue la primera mujer que ganó un juicio por ese delito en España, pero era 2001, tenía 25 años y ya había decidido su propio exilio a Inglaterra porque no quería vivir en una sociedad de la que, dijo en septiembre en una entrevista en este diario, su silencio fue lo que más daño le hizo.

Lo ha vuelto a repetir este martes: “Era muy difícil encontrar un resquicio de comprensión. La sociedad, los medios y las instituciones, en general, en el mejor caso no se expresaban, y quienes se expresaban no querían escuchar lo que yo tenía que decir”.

Ni siquiera la Fiscalía.

Porque también ha relatado todo el dolor añadido, la violencia institucional que sufrió durante el proceso por José Luis García Ancos, fiscal jefe del TSJ de Castilla y León en aquel momento, al que el fiscal General del Estado entonces, Jesús Cardenal, acabó por relevar de su puesto por esa revictimización a la que sometió a Fernández.

Ella les ha contado el tono “culpabilizador” de Ancos que aún recuerda. Recuerda un interrogatorio de 10 horas en el que sintió que “le agotaban el espacio y el oxígeno”. Recuerda “la postura agresiva de Ancos, coherente con sus palabras, horribles, insultos” en una sala pequeña, terreno hostil. Recuerda “el cuerpo en tensión, mucho ruido alrededor, el peso gordísimo de la vivencia del acoso”.

Ahora, 12 de mayo de 2026, tiene casi 52 años. Ya no solo puede volver a casa, sin encogerse y sin llorar, sino que todo eso que recuerda se ha sentado a contárselo a esos y esas fiscales, y algún juez y alguna jueza. Nevenka Fernández es una de las profesoras del programa Abordaje integral del testimonio de las víctimas vulnerables que ha organizado la Fiscalía General del Estado durante tres días. Durante más de cuatro horas les ha enseñado qué deja el paso por la justicia; cómo viven las víctimas, cómo vivió ella, un proceso judicial; les ha explicado qué le hizo daño, que es algo que no debe provocar el trabajo institucional, el de la Fiscalía.

El segundo ejercicio ha sido leer un testimonio en un folio mientras Fernández hacía sonar o una trompeta o un silbato. Dependiendo de con qué hiciese ruido, tenían que levantarse y dar una vuelta sobre sí mismos, o, sin levantarse, zapatear en el suelo. Al final, ella les ha contado por qué los ha puesto a esa danza: “Una de las consecuencias del trauma es que no te permite concentrarte en una sola cosa, que en el juicio es la pregunta a la que tienes que responder, no es sencillo con todos esos estresores. Si vuestra carrera, vuestra vida dependiera de cómo respondéis ahora mismo aquí haciendo esto, ¿cómo os sentiríais?, ¿creéis que os sería más fácil hacerlo?”.

Fernández les ha hablado de hipervigilancia, de vivir en alerta constante, del caos que sienten que atraviesan continuamente las víctimas. Les ha hecho dibujar con ceras en el reverso del folio que tenía el testimonio del anterior ejercicio: “Ahora cojan el papel y mírenlo, hagan una bola con él, como si fueran a tirarlo a la basura, ahora estírenlo, tanto como puedan, ¿se queda igual? Miren bien el dibujo. Quedan las marcas, siempre”.

Varias veces se ha quedado mirando a esa sesentena de fiscales y jueces durante un instante, brevísimo, como en esas de querer decir algo pero no decirlo. Ha acabado haciéndolo: “Es una locura estar aquí”.

lunes, 27 de abril de 2026

"EL JUEZ DE VIOLENCIA MACHISTA QUE NO CREÍA A LAS MUJERES". Violeta Assiego, elDiario.es

El juez David Maman Benchimol en la ponencia del 18 de febrero
Ilustre Colegio de la Abogacía de Madrid

Cuando la credibilidad de las mujeres y las infancias que denuncian violencia machista se pone en duda de forma sistemática por quien tiene que interpretar la ley e impartir justicia, la violencia desaparece del análisis jurídico y el juzgado especializado deja de cumplir con su función, deja de proteger, prevenir el riesgo y de aplicar el derecho con perspectiva de género

“Con frecuencia, los jueces adoptan normas rígidas sobre lo que consideran un comportamiento apropiado de la mujer y castigan a las que no se ajustan a esos estereotipos. El establecimiento de estereotipos afecta también a la credibilidad de las declaraciones, los argumentos y los testimonios de las mujeres, como partes y como testigos. Esos estereotipos pueden hacer que los jueces interpreten erróneamente las leyes o las apliquen en forma defectuosa.” (CEDAW, Recomendación General nº 33, CEDAW/C/GC/33, 23 de julio de 2015)

Cuando la credibilidad de las mujeres y las infancias que denuncian violencia machista se pone en duda de forma sistemática por quien tiene que interpretar la ley e impartir justicia, la violencia desaparece del análisis jurídico y el juzgado especializado deja de cumplir con su función, deja de proteger, prevenir el riesgo y de aplicar el derecho con perspectiva de género. Cuando esto sucede, lo que queda es una decisión que, bajo la apariencia de imparcialidad que se le otorga a un juez, vacía de contenido todas las garantías legalmente previstas precisamente para estos casos, y deja a la víctima expuesta a la violencia machista y a otra violencia más, la institucional.

Ante este tipo de creencias por parte de algunos titulares de juzgados, como el juez Maman Benchimol, la pregunta es ¿qué hace un juez así en un juzgado de violencia de género? Porque si no creen a las mujeres y las reducen prejuiciosamente a estereotipos (aprovechadas que manipulan a sus hijas e hijos para quedarse con la casa, apartar al padre y disfrutar de todas “las ventajas que tienen” las víctimas“), su papel pierde todo el sentido; a no ser que estén en esas plazas judiciales no para proteger a las mujeres sino a los hombres, para hacer justicia patriarcal.

Lamentablemente, la misoginia de la que hemos tenido noticia por las palabras del titular del juzgado de violencia sobre la mujer número 8 de Madrid no es un caso aislado. Responde a una lógica jurídica conocida y reiteradamente denunciada por diferentes organismos nacionales e internacionales. Una lógica en la que el sistema judicial incurre en estereotipos de género para cuestionar a las madres y priorizar el contacto paterno con las y los hijos comunes en contextos donde existen hechos verosímiles y compatibles con la violencia de género. En esta línea, el GREVIO viene advirtiendo con claridad que ordenar la custodia o las visitas sin tener suficientemente en cuenta los antecedentes de violencia y sin una evaluación adecuada del riesgo para los menores y sus madres no cumple con las obligaciones del artículo 31 del Convenio de Estambul.

Pero el juez Maman no debe dar credibilidad tampoco a estos informes sobre lo que pasa en España, porque parece que se dejará llevar por la inercia de un sistema judicial que todavía no se ha desempolvado algunas creencias del derecho de familia franquista. Ese en el que no se prohibía la custodia materna porque ya el padre era el titular principal de la patria potestad, y la madre estaba relegada por ley a una posición subsidiaria. Ese que, cuando una mujer se separaba era castigada sin patria potestad porque ya no encajaba en el ideal de “buena madre”. Ese, donde, obviamente, no existía el interés superior del menor, sino un orden familiar atravesado por la moral católica y los roles de género.

El Código Civil actual, en cambio, es claro, y se aleja mucho de aquella mentalidad que todavía tienen tantos jueces y juezas, también abogadas y abogados. El artículo 92.7 excluye la guarda conjunta cuando existen indicios de violencia de género. El artículo 94 establece límites igualmente claros al régimen de visitas. No son orientaciones abiertas a interpretación, son límites legales diseñados para evitar el riesgo. A ello se suma que la LO 1/2004, reformada en 2015 para reconocer expresamente a las niñas y niños como víctimas de violencia de género, y la LOPIVI de 2021, que parte del derecho de las infancias a vivir libres de violencia y refuerza su protección cuando están expuestos a violencia contra las mujeres, conforman un marco normativo que no deja margen de duda.

Si la custodia compartida no es compatible con la violencia de género, no es porque sea enemiga de las mujeres, ni porque respondan a supuestos intereses económicos, como afirma el juez Maman. Es porque la custodia compartida presupone cooperación, confianza mínima, comunicación funcional y reconocimiento recíproco de la autoridad parental, condiciones que la violencia de género destruye al convertir la relación parental en un espacio de riesgo, control y revictimización. Bien debería saberlo quien es titular de un juzgado especializado: aplicar la custodia compartida en estos contextos, ignorando las asimetrías de poder y los antecedentes de violencia, no es neutral, sino que produce un efecto discriminatorio y contrario al interés superior del menor.No explicar esto y desplazar el foco hacia una supuesta mala fe de las mujeres que denuncian violencia de género no es solo jurídicamente impreciso, sino que supone legitimar, desde espacios institucionales como el ICAM, una aplicación defectuosa del derecho que, en la práctica, puede traducirse en exposición continuada al daño para mujeres, niñas y niños. Justo lo contrario de lo que un juzgado especializado debería garantizar. A no ser que el juez esté ahí no para proteger a las mujeres y sus hijos sino al pater familias de la sagrada institución familiar.


miércoles, 11 de febrero de 2026

"LAS MUJERES DE LA FOTO". Nevenka Fernández, El País

Estos días he leído algunas de las nuevas revelaciones sobre el caso Epstein. He sentido enfado y repugnancia. Escuchar a las víctimas, mujeres y algún hombre —también hay pedófilos que abusan de niños— es un acto que requiere valor. Porque su dolor desgarrador, insistente y largo en el tiempo, te revuelve por dentro y te rompe.

La violencia sexual, moral y laboral es una violencia social. Estos abusos insidiosos, inhumanos y mundialmente organizados, que no terminan en la oscuridad en la que se producen ―ahí solo empiezan― son una forma social de entender el mundo.

Algunos quieren que aceptemos esta cultura; que aceptemos que unos tienen el derecho de pernada mientras otros solo tienen derecho al silencio. Buscan que todos estos crímenes sucedan sin que se note, sin que sepa, sin que se hable de ello.

Pero lo que más observo desde hace un tiempo son “las mujeres de la foto”. Las he visto también estos días en una ciudad de Madrid. Y siento un déjà vu.

Las mujeres de la foto son todas las que, por acción u omisión, se colocan al lado de esos hombres con poder ―que no poderosos―, de esos hombres sin escrúpulos, sin valores y sin moral. Las mujeres de la foto son las que sonríen al lado del presunto acosador, violador, pedófilo; aquellas que intentan defender una dignidad de la que claramente estos hombres carecen.

No habría habido un Epstein tan longevo sin una Ghislaine Maxwell. Ni “un señor de Ponferrada de conducta impecable” sin un par de Anas blanqueando su delito.

Esta semana, también las concejalas de Móstoles han elegido salir en la foto con el presunto acosador. Seguramente, como dijo una de las dirigentes de su partido, “han tenido que aguantar mucho para estar en política”.

Qué triste. Qué duro me parece que, junto a todas las mujeres valientes, inteligentes, buenas y dignas de la Historia, las mujeres de la foto dejen ese mal ejemplo a sus futuras hijas (e hijos). Seguramente ellas se conformen, contentas, con el documental de Melania Trump.

Parece lo que es: que hay personas con escrúpulos torcidos en los dos sexos, en todas las ideologías. Solo hay que mirar bien las fotos. Ellas son también parte de la herida que acepta perpetuar la impunidad.

Pero muchos, y cada vez muchos más, sabemos que nuestro cuerpo es nuestro y no de otros. Sin culpa. Sin vergüenza. Aunque tengamos que seguir enfrentándonos al miedo.

Sabemos que mostrarse real, sensible y verdadero puede acarrear consecuencias, a veces graves, pero elegimos defender la verdad para seguir viviendo. Porque la verdad es el poder más fuerte.

Por eso el feminismo no es una guerra entre hombres y mujeres. Por eso es tan necesario y por eso nos incumbe a todos.

lunes, 19 de enero de 2026

"JULIO IGLESIAS: YO TAMBIÉN ACUSO". Nuria Labari, El País

El respeto a la justicia es compatible con nuestra libertad para formarnos opiniones. El juicio social y el particular son necesarios para prevenir ciertas conductas

Todos hemos visto alguna de las agresiones sexuales de Julio Iglesias. Por ejemplo, en el vídeo donde besa a la fuerza a la fuerza a la presentadora argentina Susana Giménez. Lo hace varias veces en un minuto y medio hasta que al final le agarra la cabeza mientras ella grita: “No, Julio”. Aunque no es ni mucho menos un caso aislado. Si buscan en YouTube encontrarán más ejemplos. Como cuando besó a la fuerza (de nuevo agarra su cabeza) a la reportera boliviana Brigitte Martínez. Son públicos y numerosos los documentos gráficos y escritos, como las memorias de su expareja Vaitiare Hirshon, Muñeca de trapo: Mi vida con Julio Iglesias (Ediciones B), donde denuncia cómo la obligó a mantener prácticas sexuales que ella no deseaba. No solo hay denuncias, también hay pruebas inequívocas (vean los vídeos) para denunciar a Julio Iglesias como agresor sexual. Por eso no necesito esperar a la justicia como manda Feijóo. En vez de eso me permito condenar a Julio Iglesias como agresor sexual por lo que ya sé. Y espero a que la justicia investigue las denuncias que acabamos de conocer.

En primer lugar porque el juicio social y el particular son necesarios para prevenir ciertas conductas. Lo que haga la justicia está sujeto no solo a que exista una denuncia, sino a una serie de procedimientos administrativos donde no ser culpable no significa ser inocente. Evidentemente juzgar no es lo mismo que condenar, y esa potestad sí es exclusiva de la justicia. En cambio, tener un juicio de lo que pasa a mi alrededor es cosa mía. Y por eso denuncio una pauta de acoso mantenida públicamente en el tiempo. Y subrayo que las recientes denuncias no recaen ni cuestionan al Julio cantante, sino que son la última gota de vaso pública y visiblemente lleno del Julio agresor.

Las gravísimas denuncias de sus dos exempleadas (que la Fiscalía de la Audiencia Nacional ya investiga) nos obligan a esperar una sentencia, pero también a condenar al Julio agresor de sobra conocido, incluso cuando las mujeres agredidas no lo denunciaran en su momento. Iglesias agredió públicamente a mujeres en un contexto social propicio, cuando la agresión podía llegar a aceptarse como una de las vicisitudes de la vida. Pero eso no significa que las agresiones no existieran, que no se sintieran o no puedan ser reconocidas y condenadas. También en otros tiempos algunos maestros pegaban en las escuelas, y no por eso los golpes dolían menos. Hoy podemos y debemos condenar esa violencia sin esperar a ningún juez. Igual que podemos y debemos condenar el genocidio en Gaza sin esperar a la Corte Penal Internacional. La denuncia de violencias conocidas no precisa de sentencias ni de juicios y es responsabilidad de cada uno de nosotros. El hecho de que no se acusara públicamente a Julio en el pasado no hace menos graves sus abusos.

La labor de la justicia es una y la de la sociedad es otra. Y relegar el juicio personal a la justicia sería declararnos personas (y sociedades) sin criterio. Yo por ejemplo no me iría a trabajar para Julio Iglesias en una de sus mansiones. Ni permitiría que una hija, amiga o conocida lo hiciera. Y quienes me leen, sean cuales sean sus ideas, tampoco. ¿Saben por qué? Porque Julio Iglesias es peligroso para las mujeres. Y aunque lo hemos sabido siempre no lo hemos condenado nunca. Por eso, Julio, yo también te acuso.

domingo, 18 de enero de 2026

"MÁS TRUHAN QUE SEÑOR". Najat El Hacmi, El País

Como siempre que un famoso es acusado de maltrato machista, no tardan nada en salir en tromba los defensores del orden establecido

Yo querría no tener que hablar de violencia sexual nunca más, poder escribir sobre cualquier otra cosa y olvidarme de la náusea, el asco infinito que embarga todo mi cuerpo al leer los testimonios de las víctimas. Querría olvidarme de esos autoproclamados señores que de caballeros nunca tuvieron nada, que se comportaron siempre más como depredadores que como seductores, lo que los convierte en impotentes de la verdadera erótica. La gran frustración vital de Julio Iglesias será la de haber fracasado estrepitosamente como buen amante porque para follar bien hay que reconocer el deseo de la deseada en tanto que ser humano, hay que prestarle más atención de la que uno presta al propio colgajo hiperactivo. Lo que vemos en las imágenes de estos días, el trato dado a las periodistas, no es sexo sino ejercicio de poder. Sus fervientes defensores quitan importancia hasta a lo que vemos con nuestros propios ojos, profesionales de la comunicación agredidas ante las cámaras, zafándose como pueden de los besos ni deseados ni consentidos. Si esto les hacía a las que lo recibían en los platós en público, ¿por qué deberíamos creer que en privado era más comedido, más respetuoso? Como siempre que un famoso es acusado de maltrato machista, no tardan nada en salir en tromba los defensores del orden establecido. Ponen en duda el testimonio de las víctimas, que mienten siempre, resentidas, envidiosas, interesadas, frías y calculadoras. La maldad intrínseca de la mujer sigue bien viva y más si es pobre y es de uno de esos países paradisíacos que tan bien les vienen a los millonarios colonizadores. ¿Qué ganan ellas enfrentándose a una todopoderosa estrella mundial?

Un amigo del cantante, de cuyo nombre espero no acordarme nunca, salió en el programa de Sonsoles Ónega a decir algo así como que si te violan cada día ya no es violación, que si no lo has denunciado la primera vez después no te quejes. Esos truhanes aduladores de los patéticos machos alfa más deleznables forman parte del problema, de la estructura de impunidad que se establece alrededor de esos dioses tan mundanos. Si hay que sacrificar a las vírgenes en su honor, sean sacrificadas. Pero claro, no son solo hombres los que hablan por Iglesias y desprecian a las denunciantes, también algunas señoras mostraron su falta de empatía alzando la voz a favor del tótem nacional. Será que no saben lo que es ser agredidas sexualmente o creerán que sumándose a las filas del supremacismo machista a ellas no les pasará, que ellas no serán nunca como esas pobres criadas: víctimas.

lunes, 8 de septiembre de 2025

"ANÓNIMO NO ES LO MISMO QUE ANONIMIZADO". Violeta Assiego, elDiario.es 06/09/2025

La sede central de la Universitat de Barcelona

No estamos ante denuncias en el vacío, anónimas, sino ante relatos serios, trabajados y protegidos de mujeres que, formando parte del grupo de investigación liderado por el catedrático de la UB, narran un patrón claro de coerción sexual

Desde principios de julio, a raíz de la investigación periodística sobre las denuncias de coerción sexual contra un catedrático emérito de la UB, se ha impulsado desde su entorno y por él mismo una confusión interesada entre lo que es un testimonio anónimo y lo que es un testimonio anonimizado. La diferencia es decisiva, no solo para entender el trabajo de los medios, sino también para defender la legitimidad de las mujeres que deciden contar las violencias sexuales que han vivido. Un caso muy similar al del catedrático de la UB fue el publicado por El País sobre el cineasta Carlos Vermut, tras un intenso y contrastado trabajo de investigación periodística.

Un testimonio anónimo es aquel que llega sin rostro ni voz reconocible. Los mensajes anónimos pueden ser en un buzón, y claro que pueden responder a rumores que, al provenir de una fuente desconocida, no ofrece suficientes garantías. Ese tipo de información, la anónima, puede servir como indicio, pero nunca no se sostiene por sí sola cuando se trata de una investigación periodística o de un proceso institucional como el que ha iniciado la UB al abrir una investigación interna a cargo de una comisión de personas expertas

Un testimonio anonimizado, en cambio, como los que aparecen en los reportajes periodísticos, se basa en la declaración de una persona concreta, identificada ante quien recoge el relato -en este caso, Ana Requena, Marta Jaenes, Vicky Bolaños y Samantha Villar-, pero cuya identidad no se hace pública por razones obvias de protección. La anonimización no es un borrado de la identidad y menos de las cautelas que se han de dar, sino una medida de cuidado hacia quien rompe el silencio. Esos reportajes y las declaraciones recogidas, anonimizadas que no anónimas, se basan en entrevistas en profundidad, contraste de datos, comprobación de coherencias e incoherencias, puesta en relación con otros relatos e información documental. Solo después de ese trabajo de semanas o meses se decide si un testimonio tiene la solidez suficiente para ser publicado.

Esto es exactamente lo que hicieron elDiario.es, Infolibre, RTVE y Radio Nacional durante varios meses: recoger, acompañar y verificar los relatos de varias mujeres que describían un patrón de coerción sexual por parte de Ramón Flecha. Además, ese trabajo periodístico estuvo en continua comunicación no solo con las supervivientes que relataron las prácticas de coerción sexual, sino con las abogadas feministas de estas mujeres (entre las cuales me encuentro). Frente a esto, la reacción del catedrático y de su entorno está siendo de manual: descalificar el proceso, sembrar dudas y reducir lo sucedido a una supuesta campaña de desprestigio. La palabra mágica que utilizan es “anónimas”: como si las denunciantes no existieran, como si las periodistas se hubieran inventado parte de lo que publican o se hubiesen limitado a publicar acusaciones sin fundamento.

La estrategia parece clara: confundir “anónimo” con “anonimizado” para debilitar la credibilidad de las mujeres víctimas e instalar la sospecha sobre estas y sus verdaderas intenciones. Lo paradójico de todo esto es que la anonimización en este tipo de procesos de investigación -periodística e institucional- lejos de ser una trampa, es precisamente una garantía que permite que estas mujeres hablen, no solo en este caso, sino en muchos otros. Es más, es una práctica recogida en los protocolos universitarios sobre violencia machista: proteger la identidad de estudiantes, profesoras o personal que denuncia a miembros de la comunidad universitaria para evitar represalias. Sin esa condición de seguridad, muchas nunca contarían lo que les sucedió. Parece una obviedad.

No estamos ante denuncias en el vacío, anónimas, sino ante relatos serios, trabajados y protegidos de mujeres que, formando parte del grupo de investigación liderado por el catedrático de la UB, narran un patrón claro de coerción sexual. Será la investigación de la UB la que determine la gravedad de estas denuncias, pero negar que tras ellas hay testimonios concretos es atacar no solo al periodismo comprometido que las ha publicado o a la legitimidad de la investigación universitaria. Es, sobre todo, negar a las mujeres que denuncian un derecho básico: poder contar lo que vivieron sin exponerse a más violencia por parte de quien señalan como responsable. Es invertir los roles en los que las mujeres víctimas son puestas bajo sospecha por el sujeto al que señalan: un clásico lleno de estereotipos machistas que solo busca desacreditarlas y silenciarlas. Otra vez más.

miércoles, 2 de julio de 2025

"YO SÍ LAS CREO". Seis mujeres señalan a un catedrático de la Universitat de Barcelona (Ramón Flecha) por pedirles masajes y sexo mientras era su jefe. Ana Requena Aguilar, elDiario.es 2 de julio de 2025

Los testimonios de hasta nueve personas muestran que este tipo de comportamientos tuvo lugar al menos entre el 2000 y la actualidad. Se trata de un catedrático emérito de la Universitat de Barcelona, el tercer autor más citado en el campo de la Sociología en España y conferenciante habitual sobre violencia de género y acoso sexual

“Yo era becaria de su grupo de investigación, él se me tiró encima y solo recuerdo que acabamos en su habitación”. “Entiendes que o pasas por esto o abandonas tu carrera en la academia”. “Él insistía en que nadie podía saberlo”. “Yo sentía claramente que yo no quería, que eso no estaba bien, pero también quería creerme que no pasaba nada. En esos encuentros yo no era un sujeto, era un objeto, llegué a pensar que la única forma de sobrevivir en la academia era seguir enrollándome con él”. “Controlaba con quién podías quedar y si podías enrollarte con él o no”. “A veces, en su casa, pedía masajes, llegó un momento en que se quitó los pantalones y en un par de ocasiones, también los calzoncillos”.


Son frases extraídas de los testimonios de seis mujeres que señalan que el catedrático de la Universitat de Barcelona (UB) Ramón Flecha –el tercer autor más citado en el campo de la Sociología en España, según Dialnet– las coaccionó para mantener sexo con ellas y les pedía masajes mientras él mantenía una relación de superioridad jerárquica sobre ellas: él era el líder del grupo de investigación CREA del que ellas formaban parte y, en ocasiones, su director de tesis o parte del tribunal que juzgaría su trabajo de investigación para convertirse en doctoras.


elDiario.es, junto a RTVE Noticias, Ràdio 4-RNE e Infolibre, ha recopilado y contrastado el testimonio de seis mujeres que relatan este tipo de comportamientos por parte de Ramón Flecha a lo largo de más de dos décadas, entre el año 2000 y la actualidad. Otras tres personas confirman que existieron este tipo de conductas, así como el testimonio de una mujer incluido en un expediente interno de la UB de 2004. Todas las mujeres han preferido aparecer en este reportaje con pseudónimos por temor a represalias y para priorizar el relato colectivo.


Los relatos de las seis mujeres son coincidentes. Casi todas conocieron a Ramón Flecha durante la carrera, cuando él fue su profesor en la Universitat de Barcelona, y empezaron a colaborar con CREA; y todas relatan un comportamiento envolvente que termina en sexo y/o masajes: el catedrático las introduce en su equipo cuando son muy jóvenes, les ofrece participación en investigaciones y proyectos, e inicia una relación personal -a solas y con otros miembros del grupo- por la que obtiene información íntima de ellas, que después utiliza.


“Siempre que hacías algo mal en el trabajo, eso era culpa de tus relaciones pasadas”, resume una de ellas. “Él lo llevaba todo a lo sexual”, añade otra. Una tercera afectada concluye: “Te dice que tener relaciones con él es lo que te va a redimir y hacer que tengas una vida mejor”. Todas las personas entrevistadas coinciden también en que el catedrático utiliza las publicaciones científicas sobre violencia de género en las que aparece su firma como parapeto ante cualquier crítica o acusación.


Ramón Flecha (Bilbao, 1952) es catedrático emérito de Sociología de la Universitat de Barcelona (UB). Especializado en educación, es conocido por su proyecto Comunidades de Aprendizaje, basadas en su teoría del aprendizaje dialógico. Fue en 1991 cuando creó lo que hoy se conoce como CREA -Community of Research on Excellence for All-, un equipo de investigación ligado a la UB. elDiario.es ha recabado la versión de la universidad, que asegura que el equipo no pertenece a la UB desde 2020. No obstante, su directora, Marta Soler, utiliza un correo de la UB, la propia web de CREA está alojada en el dominio de esta universidad y usa como mails de contacto los pertenecientes a este centro académico. En su web, actualizada el 30 de septiembre de 2024, CREA se autodefine como “un proyecto de investigación de la Universidad de Barcelona, financiado con fondos europeos”.


Desde 2013, Flecha ha participado también en conferencias y publicaciones sobre violencia de género, como “Las nuevas masculinidades alternativas y la superación de la violencia de género” o “Acoso sexual de segundo orden: violencia contra los silenciadores que apoyan a las víctimas”. Él mismo asegura en su perfil de redes sociales ser el “Científico nº 1 (ranking mundial) en Gender Violence”.


En 2016, la Universitat remitió a la Fiscalía tres denuncias que acusaban a CREA de funcionar como una secta y de practicar un alto grado de “manipulación psicológica”. Tiempo después, la Fiscalía archivó el caso porque no había, decía, elementos suficientes para considerar que los hechos pudieran calificarse como delito, pues las personas tenían la libertad de entrar y salir de CREA.


Esa no era la primera vez que la universidad recibía denuncias internas sobre Flecha y el CREA. Ya en 2004, y tras varias quejas, la Universitat abrió un expediente interno, al que ha tenido acceso elDiario.es. El instructor de ese informe recomendó abrir una investigación rigurosa y tomar medidas preventivas de manera inmediata. En ese expediente aparecía el testimonio de una mujer que relataba haber sido alumna de Flecha y mantener sexo con él mientras el catedrático tenía la capacidad de decidir sobre becas y proyectos. La UB afirma que “por personas que trabajaban entonces en el centro” sí se hizo seguimiento de ese expediente y sus recomendaciones, pero que, debido al tiempo discurrido, “trazar el detalle exhaustivo de las actuaciones realizadas en aquél momento no es nada sencillo”. En 2006 Ramón Flecha dejó la dirección de CREA, aunque todos los testimonios y pruebas recabadas muestran que nunca dejó de ser la persona que lideraba el equipo.


En el último año, al menos 24 personas han abandonado CREA. Varias de ellas han buscado asesoramiento legal ante el temor de que su salida supusiera algún tipo de represalia. En una carta fechada el 17 de junio y dirigida al rector de la Universitat de Barcelona, Joan Guàrdiá Olmos, la representación legal de un grupo de 14 exmiembros de CREA advierte de “la gravedad de las situaciones vividas” por sus representadas “durante su pertenencia a la red CREA”, solicita información sobre cómo dio continuidad la universidad a las recomendaciones hechas en 2004, entre otros asuntos, y pide un canal seguro para abordar la situación que garantice “la seguridad” de las mujeres.


En la misiva, las abogadas cuentan que algunas de sus clientas “relatan haber mantenido relaciones sexuales con el Sr. Ramón Flecha en un contexto de clara desigualdad jerárquica —en calidad de alumnas, becarias, doctorandas o subordinadas— y bajo un patrón reiterado de conducta que encaja con una lógica de coerción sexual, abuso de poder, acoso sexual, violencia psicológica y explotación laboral”. La UB asegura que sus servicios jurídicos han respondido a esa carta y que no existen más denuncias que las de 2004 y 2016.


A preguntas de los cuatro medios de comunicación que participan en esta investigación, Ramón Flecha ha negado todos los hechos y asegura que existe una campaña para difamarlo debido a su apoyo a las víctimas de violencia de género y su lucha contra el acoso sexual en la universidad. Flecha asegura que “nunca” ha mantenido este tipo de relaciones ni pedido masajes a subordinadas o alumnas. Preguntado sobre si ha podido incurrir en este tipo de conductas con mujeres cuyos contratos no dependieran directamente de CREA, pero sí estuvieran vinculadas académicamente al grupo, el catedrático se negó a especificar más: “Hacerme preguntas sobre sexo es acoso sexual”. No obstante, Flecha subraya que es “líder mundial” en investigación sobre violencia de género y “pionero” en denunciar el acoso sexual en las universidades y que por eso mismo es “víctima de la violencia de género aisladora”.

Las historias

Mónica es una de las mujeres que relata este tipo de comportamientos por parte de Flecha. En su caso, la relación con el catedrático comenzó cuando, después de haber tenido varios encuentros con ella y otras personas, le ofreció un contrato como ayudante de investigación en CREA. Cuando tenía 23 años, y mientras mantenía una relación laboral con CREA, Ramón Flecha la invitó a cenar: “Recuerdo que me hizo preguntas personales, sobre mi pareja, mi familia, yo le conté muchas historias íntimas que demostraban de alguna manera mi vulnerabilidad. Yo confié en él. Ahí ya va ganándote porque ya has compartido ese tipo de cosas”. A partir de ahí, recuerda, la exposición a “situaciones sexualizadas” fue creciendo, como leves roces en brazos o manos, sorpresivamente y de manera unilateral, preguntas frecuentes sobre su pareja y juicios sobre su relación sentimental.

Mónica hizo su tesis vinculada a un proyecto de CREA y su relación profesional con Flecha se estrechó. Finalmente, durante un viaje de trabajo, la mujer asegura que Ramón Flecha aprovechó un silencio durante una conversación para abrazarla “muy fuertemente”. “Me muestra que está teniendo una erección. Me quedé en shock. No lo procesé, no fue un abrazo mutuo ni consentido. Yo no me moví. Él era mi jefe, mi beca dependía de él, yo trabajaba full time para él”, relata. Mónica cree que tener pareja en ese momento la protegió para que la situación no llegara a más. Sin embargo, la ruptura con su novio marca un punto de inflexión: “Me machacaban por haber estado con este chico, me culpan, me dicen que esta relación casi destruye el CREA. Y en esa situación de vulnerabilidad Ramón aprovecha para tener relaciones conmigo”. Las relaciones se extendieron durante unos meses, pero Flecha también involucró a Mónica en los masajes, recuerda, durante varios años más

Tal y como relatan otras personas involucradas en CREA durante años, era frecuente que parte de la actividad del grupo tuviera lugar en casa de Ramón Flecha, desde trabajo de investigación hasta tertulias, comidas o cineforums. Así empezaron los encuentros íntimos: “Él te decía de repente ‘vamos a hablar’ y te llevaba a la habitación. Casi siempre había más gente, pero también a veces sola... Muchas veces nos decía que estaba hecho polvo, que le ayudáramos, que tenía tensión ahí o allá… era un asco, lo envolvía todo de que era algo para cuidarle porque él cuidaba a todo el mundo y nadie cuidaba de él, se quejaba. Una vez, él estaba estirado en la cama, y una de mis personas de confianza estaba sentada con él. Él me cogió de la cabeza y se acarició la tripa con mi pelo, fue horrible”. Mónica recuerda que era frecuente que Flecha se quitara la camisa y que en ocasiones también se quitó los pantalones para tenderse en la cama y recibir los masajes. “Muchas veces me sentía simplemente exhausta, llegaba a pensar que sí, que había que cuidarlo. Yo aún no tenía ni 30 años, estaba contratada en algunos de sus proyectos de CREA, él era mi jefe”, subraya,

La presión se intensificó, asegura la mujer, quien recuerda peticiones de su jefe para que fuera a su casa: “En cualquier momento te decía ‘ven’ o ‘ven a casa y prepárate’. Era una orden, no sabías bien a qué ibas. Podía avisarte por teléfono, decirte ‘¿dónde estás?’ o ‘¿estás libre esta noche? Pues ven’. O te decía que te avisaba luego y tú tenías que estar pendiente. Era una orden, nos tenía a su disposición”. Una vez que sucedían los encuentros sexuales, Mónica recibía por parte de él comentarios sobre su mejora física o su belleza: “Creías que estabas mejorando pero ni siquiera sabías en qué. La idea era que tenías que comportarte bien para que confiaran en ti y te mandaran a un sitio u otro, porque si salía una convocatoria de beca o de plaza todos preguntábamos a quién le tocaba presentarse, y era él quien decidía. Si decidías por libre te machacaban, eras individualista, trepa...”.

Otro de los detalles que recuerda Mónica, y que coincide con el relato de otras mujeres, es que Ramón Flecha le pidió que no hablara con nadie sobre sus encuentros sexuales y que, después, le escribiera correos electrónicos “contándole lo bien que había estado” y lo que significaba para ella acostarse con él.

Este tipo de comportamientos se alternaba con lo que esta mujer describe como “machaque”. “Te decía que era mejor que él decidiera todo porque él era el que mejor decidía y lo que tú hicieras podía estar mal. Decía que no le valorábamos porque él era una nueva masculinidad alternativa, y que nosotras estábamos sometidas a nuestra socialización y que hacían falta 500 años para que las mujeres cambiáramos esa socialización y empezáramos a valorar a los hombres como él en lugar de a los chulos. De repente, te decía que lo estabas destrozando todo. Empezó a difamarme y a inventarse cosas sobre mí. Yo me estaba volviendo loca, ya pedía perdón por cosas que no había hecho”, describe.

Defender a CREA

“Mi relato público siempre ha sido defender a CREA”, dice Alejandra, otras de las mujeres que vivió este tipo de comportamientos. Como otras, esta mujer ha defendido durante años la imagen de CREA y de Ramón Flecha y creyó que las acusaciones y rumores se debían a un ataque académico hacia él y hacia su grupo de investigación: “Lo importante es que al final muchas hemos visto al mismo tiempo lo que realmente estaba sucediendo, las unas gracias a las otras”.

Mientras estudió Sociología en la Universitat de Barcelona, Alejandra acudía un día a la semana a CREA para colaborar con labores de investigación. “Ahí coincidimos sin más. Un día sí nos tomamos un café y me contó un asunto personal muy importante, yo no entendí por qué me lo estaba contando a mí”. La mujer se involucró más en la actividad de CREA, acudiendo con frecuencia a una reunión periódica en la que quienes participaban contaban sus experiencias sexuales y sus primeras relaciones afectivas, “porque decía que era la clave para entender nuestra vida sentimental”. Al acabar la carrera y empezar el máster, Alejandra comenzó a tener más relación con Flecha. “Él me empieza a apoyar y empezamos a tener una relación más estrecha, empiezo a ir a su casa, antes no había ido. Te cuenta cosas personales para que tú le cuentes, hablamos mucho sobre mi vida y pareja, se rompía la barrera entre lo profesional y lo personal. En ese momento, el CREA me empieza a potenciar. Yo siempre tuve un contrato externo a CREA, pero te hace entender que todo lo que tienes es gracias a ellos. En esos años, él era mi director de tesis, y sabes que en los tribunales hay gente de CREA”, explica.

Fue en esos encuentros en casa de Flecha donde, prosigue, comenzó a ver “que le pedía a mujeres que le dieran masajes”. “Cuando ibas a su casa no sabías si era a ver la tele, a escribir un artículo… Yo lo veía como cuidar a un señor mayor, que estaba muy cansado, él iba de víctima”, apunta. Fue así como, en 2016, Flecha comenzó a pedirle masajes, una conducta que duró entre 2016 y 2019: “Como lo había visto antes, cuando me lo pidió a mí me pareció natural. A veces había otra gente en el piso, y en ese momento yo los veía como mi familia, pasábamos todo el día juntos. Otras veces estaba sola con él. Algunos me los pidió en el salón, otras en su habitación, con otra chica o solo yo con él…. Hubo varios en la espalda, llegó un momento en que se quitaba los pantalones para que se los diéramos en las piernas. Al menos en un par de ocasiones se quedó desnudo”. Alejandra recuerda que las peticiones de masajes empezaron justo después de que ella le confesara un episodio de abusos que había sufrido: “Decía que era para que superara las imágenes que yo tenía en mi cabeza, mi trauma”.

Alejandra describe la dinámica de premios y castigos que Ramón Flecha desplegaba con las mujeres: “No había un contexto para decir que no, no podíamos negarnos a lo que pedía, se enfadaba y te castigaba. Veías que lo había hecho con otra gente, apartarla de repente, o si se molestaba, estaba días sin invitarte a ir a nada, te rechazaba cosas, decidía no enviarte a una charla que pedía una universidad”. Ella nunca compartió con nadie lo que sucedía con los masajes y ni siquiera, afirma, se atrevían a hablarlo entre las mujeres que participaban.

A preguntas de elDiario.es, la actual directora de CREA (en el cargo desde 2006), Marta Soler, ha insistido en los mismos argumentos que Ramón Flecha y asegura que los testimonios responden a una campaña de difamación por su apoyo a las víctimas de violencia de género. Al mismo tiempo, y preguntada por si CREA ha tenido en algún momento conocimiento sobre los hechos relatados por estas mujeres, Soler responde: “Esta pregunta transmite otra falsedad que reproduce el peor machismo coercitivo y retrógrado que desarrolla actitudes paternalistas hacia mujeres mayores de edad que ejercen su libertad. Se trata de un discurso muy propio de contextos antidemocráticos con los que se infantiliza a las mujeres como si no tuviéramos capacidad de escoger con criterio nuestras relaciones personales o de amistad o incluso de gestionar nuestras vidas”.

En ningún caso Soler habla de abrir algún tipo de investigación interna para indagar sobre los comportamientos señalados por estas seis mujeres ni por las que suscriben la misiva a la UB. elDiario.es ha decidido publicar de manera íntegra la respuesta de Soler al final de este artículo.

Ocultar los encuentros

“2017 y 2018 fueron los peores años, llegué a tener pensamientos suicidas”, admite Sofía, que conoció a Ramón Flecha una década antes, cuando tenía un trabajo de unas pocas horas en un proyecto de CREA. Fue en 2011 cuando comienzan lo que ella describe como “acercamientos personales”. La primera quedada fue en la cafetería de un hotel, algo que le extrañó. En esas citas. la mujer relata conversaciones íntimas sobre sus vidas en las que él pedía detalles. Fue cuando ella le compartió un problema de salud que sufría, cuando Flecha le aseguró que se debía a su historia sentimental. “A partir de ahí empezó toda su teoría de que todos mis problemas derivaban de mis rollos sexuales. Según él, yo me iba a curar a través del diálogo con él, porque él despreciaba el tratamiento médico”, cuenta.

El primer masaje ocurrió en 2014: “Después de una cena con él y otra compañera, ella nos dejó con el coche en casa de Ramón, allí de repente se quitó la camiseta y me pidió un masaje. Entré en shock. Ese capítulo lo había querido dejar en el rincón de mi memoria. El miedo que tuve ese día, y la sensación de ”esto no está bien“, ”esto no lo quiero“... ”. La tensión era tan alta, recuerda, que el propio catedrático le dijo que parara.

Tiempo después hubo otro punto de inflexión, cuando Ramón Flecha la invitó a un viaje a Bilbao del que pidió que no contara nada a nadie: “Él me dice explícitamente que nadie se puede enterar de ese viaje, porque puede generar envidias. Era un viaje importante para él y una semana antes me dijo que yo no parecía lo suficientemente motivada. Yo estaba asustada, no quería nada con él”. En ese viaje, Sofía asegura que Flecha intentó besarla, pero ella lo esquivó. “Tenía ganas de vomitar. Sentí, ¿cómo me escapo de esto? Esto es claramente una emboscada. Era muy difícil”. La mujer recuerda que el catedrático aprovechó para criticar a su novio, con el que había roto, y para atacarla a ella por defenderlo y por haber estado con él.

“Volví a Barcelona con mucha angustia y mucha culpa y se lo digo a Ramón”, prosigue. A partir de ahí, empieza un año “en el que no para de reventarme”: “No paró de picar piedra, de decirme que yo tenía un problema de deseo ancla, que yo había hecho de puta gratis… Yo era la peor persona que pisaba el mundo. Durante esos meses, yo me convencí a mí misma de que me tenía que morder la lengua, y hablar menos. Él le contó a la gente que yo estaba en un proceso de resocialización”. Finalmente, una vez pasó ese año, Ramón Flecha la besó y ella cedió, “puse el piloto automático, pensé que era un acto que me iba a liberar de todo esto”. Al mismo tiempo, señala, el catedrático insistía mucho en la importancia de tener oportunidades en la academia.

Desde ese momento, Sofía habla de lo que ve ahora como un patrón: “Quedábamos para lo que fuera y luego él decidía qué pasaba. Él podía decirme lo que quisiera, yo tenía que callarme porque estaba en un ‘proceso de reforma’. No te puedes atrever a hacer ninguna sugerencia ni nada, porque él nos dice que es el mejor tío del mundo y nos criticaba nuestra doble moral. Pensé que tenía que elegir: entre seguir en la academia y aguantar o irme, y la única forma de sobrevivir en la academia era enrollarme con él, así que lo hice y me disocié. Yo estaba hecha mierda por todo lo que había pasado. Sentía claramente que yo no quería, que no estaba bien, pero una parte de mí quería creerse que no pasaba nada, que nadie se enteraría nunca. Él estaba en una posición en la que podía tomar decisiones sobre mi carrera, yo me quería morir”. Él, asegura, insistía en que nadie debía saber lo que sucedía entre ellos.

Como con otras mujeres, después de esos encuentros él le hacía escribirle correos y mensajes “para decirle que todo estaba bien, para que le contara lo bonito que había sido el sexo, que le reportaras tu nivel de transformación y satisfacción… todo eran conversaciones sobre la bondad y la belleza de esos encuentros”. De la misma manera, cuando le hacía saber que se había equivocado en algo, ella tenía que escribirle una disculpa. “Tú ya sabías lo que tenías que escribir. Le obsesionaba mucho que le pudieran pillar”, piensa ahora esta mujer sobre aquellas instrucciones.

Su último encuentro fue en 2019: “Estuvo horas reventándome con cosas que yo había hecho mal y de repente todo está maravilloso y hay que ir a dormir juntos. Él elige siempre, no tienes margen, yo en esos encuentros no era un sujeto, era un objeto”. Sofía empezó a inventarse que tenía la regla o migrañas para evitar esos momentos a solas.

Tutorías en su casa

Raquel, que fue alumna de doctorado con Ramón Flecha a principios de los 2000, relata una dinámica similar. Encuentros con más gente en los que él reproduce la idea de que a las mujeres les gustan “los cabrones” porque tienen un problema de socialización, en los que se anima a las personas a compartir detalles íntimos sobre sus vidas y a analizar sus relaciones.


Tres semanas después de dejar la relación con su pareja, Ramón Flecha le propone hacer un viaje a Bilbao. “Estamos con otra compañera, que se va a dormir, nos quedamos en el sofá, empieza a acercarse, a acariciarme, yo estoy muy incómoda y me dice que miremos por la ventana a ver no sé qué. Cuando volvemos al sofá ya me da un beso, no pasó nada más”, recuerda. En el viaje de vuelta a Barcelona, en coche, Raquel, a petición de Flecha, tuvo que “repasar todas y cada una de las relaciones que yo había tenido y él me reinterpreta mis historias, me decía quién me había tratado bien y quién mal”. Desde entonces, esa información sirvió, “de manera insistente” para relacionar cada error de ella con esas historias. “También me contó detalles de mujeres de CREA que eran profesoras con las que tenía relaciones y me preguntaba que dónde me situaba yo. Y me decía que la transformación social y personal van de la mano”.

En 2002, a la salida de un seminario, una profesora de CREA se dirigió a ella: “Me dijo que me veía muy bien y que yo ya estaba preparada. Entendía que se refería a tener sexo con él. Estaba nerviosísima, lo consulto con una de esas personas cercanas a él y me dice que tengo que entregarme. En ese momento yo colaboraba con CREA y, no recuerdo ni cómo, empezaron las relaciones en casa de él”. Raquel le contó uno de sus encuentros a una amiga y eso llegó a oídos de Flecha: “Me echó una bronca tremenda, que no podía decírselo a nadie, solo a una persona que era de su confianza”.

Desde entonces, la mayoría de veces que ella pedía tutoría para su tesis, las reuniones tuvieron lugar en casa de Ramón Flecha, “y a veces acababa en sexo”. Él fue el presidente de su tribunal de tesis. En ese mismo periodo y durante algunos meses, Raquel tuvo una beca en el grupo en el que Flecha era el investigador principal. Esas relaciones duraron tiempo, hasta que ella logró tomar distancia del grupo, aunque seguía ocupándose de otras tareas personales. Raquel también participó de los masajes durante años, casi siempre con otras chicas y con Flecha, apunta, desnudo de cintura para arriba, “puntualmente sin pantalón”

“A mí Ramón me ha machacado personalmente, también delante de otras personas. Me ha dicho que destrozo los momentos bonitos, que siempre voy a fastidiar. Si te rebelas, te amenaza con que te vas porque no apoyas a las víctimas de violencia de género”, asevera.

Control

Los testimonios de Sonia y María tienen también muchos puntos en común. En el caso de Sonia, Ramón Flecha fue su codirector de tesis a comienzos de los 2000.. Ella había entrado a trabajar en CREA en el 2000. “Hablamos mucho sobre relaciones, empiezo a pensar que yo elijo mal y que por eso me va mal, él lo contrapone a su modelo de relaciones abiertas, podías contarle todo, no se escandalizaba de nada. Él iba de que era el hombre más feminista del mundo”, relata. Pronto comenzaron las conductas de control, por ejemplo era él quien tenía que darle permiso a ella si quería entablar alguna relación con un chico.

“Ni me planteaba no seguir esas normas, tenía miedo al machaque, a que me hundieran. Me echaban broncas porque decían que era muy competitiva por los hombres y que quería quitarle el chico a las demás. Tenías que pedir perdón, reconocer que te habías equivocado, obedecer. Siempre que hacías algo mal en el trabajo, eso era culpa de tus relaciones pasadas”, cuenta.

Sonía empezó a tener sexo con Ramón Flecha. “Cuando empezamos a tener relaciones, él dirigía los proyectos en los que yo participaba y mi tesis”, asegura. La mujer recuerda que en ese momento se sentía fascinada por la atención que le daba el profesor. También que existía una dinámica de “premios y castigos”: “Si después de una bronca de trabajo, quedabas con él y te enrollabas con él, eso significaba que lo que había pasado estaba perdonado. Si le decías que no a algunas cosas, entonces podía haber una connotación patologizante o te decía algo como que yo era una conservadora y que por eso no se podían hacer cosas conmigo”. Negarse a hacer un trío le costó a Sonia sufrir ese tipo de “consecuencias”. En ese momento, Flecha era su director de tesis.

En el caso de María, conoció a Flecha cuando él fue su profesor de Sociología de la Educación en segundo de carrera en la UB. “Hablábamos en los pasillos o al final de clase. Un día llegué muy preocupada por un tema personal, me hizo acercarme y me preguntó qué me pasaba y se lo conté. Me dijo: ‘eso es porque tiene problemas sexuales’. Me quedé muy descolocada, él era un señor importante”, rememora. Al final de una de esas clases le ofreció un contrato en CREA, y así fue, como becaria.

Durante las vacaciones de esa beca, Flecha la llamó para invitarla a tomar algo con unos amigos. “Hablamos de cosas personales, me recomendó un libro y me dijo que si subía a su casa me lo dejaba. Una vez allí me dijo que tenía una sala con discos, fuimos, se sentó en su sofá y me sentó encima, yo estaba muy incómoda, solo pensaba ‘¿este hombre qué está haciendo?’ Ante un comentario físico que me hizo, me levanté, entonces él se me tiró encima y solo recuerdo que acabamos en su habitación. Tuve que dormir allí, no dormí nada. En ningun caso mi voluntad era tener sexo con él”, relata. Días después, Flecha le pidió que le enviara un correo contándole qué había sentido en el encuentro “y que tuviera presente que él era la primera persona que me había dicho que me quería mientras me hacía el amor”. Su beca se reanudó poco después.

Durante años, María asumió responsabilidades y proyectos en CREA y fue testigo de las dinámicas del catedrático. “Escoge chicas para ser sus preferidas y para ser su mano derecha. Ha explicado relaciones con compañeras de CREA delante de gente ajena o de mucha gente que no tenía nada que ver. Da detalles de sus relaciones con nombre y apellidos de las chicas y dice cosas como ‘esa chica es de las que no follan’ o ‘¿no la ves más guapa? Es porque ha estado conmigo’. Esas chicas de las que hablaba eran becarias o doctorandas y él igual era su director de tesis o iba a estar en su tribunal de tesis”, explica. María también cuenta “el machaque” al que la sometía con comentarios sobre su físico o su manera de vestir, o las referencias constantes a sus relaciones cuando consideraba que ella había cometido algún error: “Esto es porque te gustan los guarros” o “porque quieres machacar a los chicos majos”.

María cuenta que las peticiones de Ramón Flecha eran prácticamente imposiciones, también en lo académico, cuando les exigía, por ejemplo, que hablaran bien de él a los rectores, que solicitaran que le hicieran doctor honoris causa y que si nadie lo hacía era “porque él estaba del lado de las víctimas de violencia de género”. “Entiendes que o pasas por esto o abandonas tu carrera, dejas la universidad por las represalias y consecuencias que íbamos a sufrir”, resume.

Respuesta de la directora de CREA, Marta Soler, a las preguntas de elDiario.es

“Contesto a todas sus preguntas después de dejar constancia por escrito a todos los efectos la aclaración de quién diseña la campaña en la que ustedes están colaborando activamente y en qué momento se produce y por qué se produce intensivamente en cada uno de los tres momentos que ha habido en el 2004-2006, en el 2016 y ahora en el 2025.

Quien diseña las campañas es un abusador de menores, desde que el CREA apoyó a una de sus víctimas que fue forzada sexualmente por él cuando era menor. En el 2004 encontró la complicidad de varias personas de CREA a quienes una becaria de CREA acusaba de malos tratos. En el 2016 encontró una gran complicidad ya que el CREA había denunciado al catedrático más acosador de las universidades españolas y se sintieron atacados muchos acosadores y sus cómplices. No por casualidad, como el tiempo y las denuncias han demostrado, quienes fueron más activos y activas en los medios fueron quienes tenían más complicidad activa o pasiva de lo que pasaba dentro de ellos.

En esta tercera ocasión el motivo es la defensa del CREA de cualquier persona becaria por reciente y desconocida que sea frente a comportamientos no adecuados de cualquier otra persona, por conocida que sea. Para asegurar institucionalmente su defensa, y a partir de la petición pública de una de ellas el 15 de diciembre del 2023 hasta el 17 de enero del 2025 se ha estado elaborando por parte de la Comisión de Igualdad Violencia 0 un comunicado con comportamientos de abusos de poder que no se admiten en CREA. Ha habido personas que durante ese proceso se han opuesto a ese pronunciamiento y se han ido de CREA. Son ellas las que presentan las denuncias falsas que el abusador de menores quiere que presenten. Saben que, igual que en el 2006 y 2016 se archivarán, pero el abuso de poder mediático que ustedes están preparando, les sirve para poder seguir diciendo toda la vida “se les denunció por”. Esta violencia de género aisladora es la que deja aislada a las víctimas de violencia de género y de abuso de poder. Van a tener ustedes el mérito de dar la razón a quien les dice: “no les apoyes que te van a machacar”.

Por supuesto nos reservamos el derecho de hacer público a nivel internacional esta comunicación que les hacemos a tiempo de que no cometan ese error. También me reservo el derecho de publicar cada una de las palabras con las que contesto a sus preguntas“.

¿Tiene CREA conocimiento de que Ramón Flecha ha mantenido tutorías en su casa con alumnas?

Tengo conocimiento de que eso no lo ha hecho nunca nadie de CREA. También tengo conocimiento de que esa práctica es demasiado habitual. Cuando yo llegué a la universidad fue CREA quien primero lo denunció en las universidades españolas y en nuestra propia universidad al catedrático más reincidente de España.

¿En algún momento CREA ha conocido que Flecha coaccionaba a mujeres que colaboraban con el grupo para hacerle masajes y mantener sexo?, ¿y que estas mujeres asumían a veces labores como prepararle la maleta, encargarse de compra y tareas como fregar o plancharle las camisas?

Esta pregunta transmite otra falsedad que reproduce el peor machismo coercitivo y retrógrado que desarrolla actitudes paternalistas hacia mujeres mayores de edad que ejercen su libertad. Se trata de un discurso muy propio de contextos antidemocráticos con los que se infantiliza a las mujeres como si no tuviéramos capacidad de escoger con criterio nuestras relaciones personales o de amistad o incluso de gestionar nuestras vidas. Es el mismo discurso coercitivo dominante que se encuentra en los centenares de posts que el abusador de menores que ataca a CREA desde el 2004 realiza bajo perfiles anónimos. Realmente quienes les han dicho estas cosas plagian tan bien al abusador de menores que cualquier lector que conozca ambas cosas pensará que se han hecho en estrecha comunicación con él.

¿Cómo es posible que existan testimonios de este tipo de comportamientos durante décadas y nadie en CREA tuviera conocimiento o tomara medidas?

Aunque lleve interrogantes al principio y al final esto que dice usted es una acusación gravísima, ya que está afirmando que había esos comportamientos. Me reservo el derecho de publicar esta entrevista en su integridad con sus preguntas y las respuestas.

Las mujeres aseguran que sentían que corrían un riesgo, en términos personales y laborales, si se desvinculaban del grupo o se negaban a participar en determinadas dinámicas internas o si dan testimonio sobre lo vivido. ¿Qué responden a esto?

Esta acusación que insinúa represalias por desvincularse del grupo es totalmente falsa como demuestran muchas pruebas por escrito de que la realidad es justo la contraria. Lástima que las denuncias se archiven y nunca nos den la oportunidad de presentar las pruebas de las mentiras que dicen cada una de ellas. Claro que usted ya sabe que el objetivo no es ese, sino que usted pueda disfrazar de libertad de expresión la violencia de género aisladora hacia quien apoyamos a las víctimas.

Nos parece que por razones que algún día saldrán a la luz ustedes han elaborado un reportaje queriendo creerse sus mentiras sin contrastarlas, que recurren a nosotras a última hora para cumplir el expediente. Van a hacer un mal infinito, no solo a quienes defendemos a las víctimas y a nuestros hijas e hijos, sino a todas las víctimas de violencia de género y abuso de poder de toda España.

Saludos,

Marta Soler

Doctora por Harvard y Catedrática de la Universitat de Barcelona

Directora de CREA

PD: Como ve, he respondido a todas sus preguntas. Espero que usted también responda a las mías cuando hagamos una investigación científica internacional sobre el impacto que su “periodismo” ha tenido en el aumento de sufrimiento de las víctimas y en el aumento de la violencia de género.

viernes, 6 de junio de 2025

"SER CHICO HOY EN DÍA ES DIFÍCIL, ES MUY DIFÍCIL". Ana Requena Aguilar, Cuarto Propio (elDiario.es)

"Ser chico hoy en día es difícil, es muy difícil". Podría estar de acuerdo con esa frase. Podríamos utilizarla para pensar en cómo es ser un niño o un chico en un mundo en el que la crisis climática amenaza la vida tal como la conocemos y en el que el capitalismo feroz compromete el bienestar de quienes estamos aquí hoy como adultos o como niñxs y de quienes vendrán.

Podríamos, incluso, pensar qué es lo que necesitan los niños y los chicos (en masculino nada genérico) para vivir mejor, para no tener que reproducir un modelo de masculinidad dañino , para independizarse de esas expectativas terribles sobre lo que un hombre debe ser: siempre fuerte, siempre agresivo, siempre activo, nada sentimental, podado emocionalmente, alejado convenientemente de vínculos y cuidados.

El problema es que esa frase la ha pronunciado alguien en un contexto muy distinto y con un propósito muy diferente al de estas reflexiones. Es de Antonio Carlos Serrano, uno de los abogados de los cuatro chicos acusados de violar a una chavala que en el momento de los hechos tenía 14 años. Ellos, entonces, tenían entre 20 y 21. El juicio está siendo estos días en la Audiencia Provincial de València.

Voy a ahorrarme detalles porque, aun sin darlos, el caso ya es tremendo. Estos cuatro hombres están sentados en el banquillo, pero hay testigos que aseguran que hubo muchos más. La chica estaba bajo los efectos del alcohol y, sospechan, quizás bajo alguna droga que alguien le administrara sin su consentimiento.

Antonio Carlos Serrano, sin embargo, a las puertas del juicio, explicó indignado ante los medios que sus clientes estaban "con un miedo espantoso" desde que les imputaron y criticó que la ley ampare que no puede existir consentimiento entre una chavala de 14 años y unos tíos mayores de edad. Y dijo la famosa frase: "Ser chico hoy en día es difícil, es muy difícil. Ser chica no es tan difícil, porque estás protegida". Ya de paso balbuceó algo en contra de la ley del solo sí es sí y del tremendo problema de "desintegración familiar" que tenemos.

Esos cuatro hombres tienen derecho a una defensa y a un juicio justo. Antonio Carlos Serrano tiene derecho a ejercer una buena defensa como abogado. El problema es que eso se sigue confundiendo demasiado a menudo con atacar la integridad y la dignidad de las víctimas, con reproducir estereotipos e ideas falsas o dañinas y con atacar al feminismo e invocar la guerra de sexos.

Seguramente sea difícil ser chico hoy en día. Y el discurso de este señor y la conducta de sus representa no ayuda a que sea más fácil, más bien lo contrario. Porque los chicos de hoy necesitan ejemplos distintos de cómo se puede ser un hombre distinto. Necesitan saber que sus derechos no los ponen en peligro los derechos de las mujeres. Necesitan educación sexual de calidad. Necesitan espacios para encontrarse y para hablar. Necesitan ver a las mujeres como iguales, necesitan tener referentes femeninos.

Para Antonio Carlos Serrano, ser una mujer hoy en día es, en cambio, muy fácil. Tendríamos tanto que contarle... si quisiera escuchar. Tiene tantos lugares donde mirar, donde aprender, tantas historias que atender... si quisiera.

"EL SUMO SACERDOTE". Juan José Millás, El País

No se pierdan a Florentino Pérez entrando en la sala de prensa de Valdebebas con el gesto de quien se dispone, más que a responder pregunta...